Esa mañana, cuando Alexander despertó, vio que Inwa tampoco estaba allí, a pesar de que era muy temprano y de que apenas apuntaba el primer sol por el horizonte. La noche anterior, le había insistido para que se acostara y le había dicho que ella tenía que ir a un sitio, pero que luego volvería. "La misma excusa de ayer", pensó, aunque no la contradijo. Había estado sufriendo un punzante dolor de cabeza desde que habían regresado del bosque aquella tarde y tenía ganas de descansar. Se levantó, cómo el día anterior, y miró a su alrededor. Había notado algo extraño hacía rato y por eso se había acabado despertando. En seguida se fijó en que no estaba en el mismo sitio que la noche anterior. Se encontraba en una pequeña habitación muy parecida a la anterior, pero era más pequeña y sólo había una cama, una cómoda con una jofaina y una jarra de agua y una mesita con una silla. Sobre el respaldo de la silla estaba su camisa y también había una capa de pieles blancas. No era la de Inwa, así que supuso que ella le habría dado otra. También, en el suelo, estaban sus botas. Se lavó la cara y se terminó de vestir. Se calzó y tomó la capa y salió de la habitación, preguntándose qué era lo que había pasado y cómo había llegado hasta allí sin darse cuenta. Cuando abrió, se encontró con la sala en la que habían estado comiendo y durmiendo(al menos él) los dos. Aún así, estaba diferente, puesto que no había ninguna cama y en su lugar había una especie de armario y un par de sillones. Junto a la puerta por la que él había salido, había otra que estaba entrecerrada. El fuego de la chimenea estaba apagado y sólo quedaban unas cuantas brasas, aunque pudo ver que la olla estaba llena y caliente aún; el nuevo cuerpo central de la cabaña estaba en la penumbra, pero los primeros rayos de sol ya entraban por las ventanas. Miró a su alrededor, alucinado, y dejó escapar una exclamación por lo bajo. Dejó la capa sobre uno de los sillones e intentó adivinar dónde podía estar Inwa. Oyó un movimiento a su espalda y se giró. Procedía del otro cuarto, el que estaba junto al suyo. Se acercó a la puerta y la empujó suavemente. Ésta se abrió sin hacer ruido y el joven echó un vistazo dentro. Estaba bastante oscuro, pero pudo distinguir perfectamente los detalles de la habitación, que era muy similar a la suya, pero con un armario y una cama más grande, como de matrimonio. En ella, Inwa dormía plácidamente. Volvió a moverse y el rasgar de las ropas de la muchacha con las sábanas provocó el mismo sonido que lo había sobresaltado momentos antes. Se acercó, comido por la curiosidad, para poder observarla mejor. La chica estaba colocada de lado y tapada por una sábana hasta los hombros. Bajo ésta se distinguía perfectamente su pequeña y fina silueta. El cabello rubio le caía en ondas por el hombro y se desparramaba sobre la almohada. Alexander se descubrió mirándola con otros ojos de repente, pero se controló. Esa muchacha lo intrigaba, y mucho. Deseaba saber más cosas sobre ella. Pero no quería mirarla de forma distinta de la que miraba a sus amigos. No quería meterse en más líos de los que ya estaba. Dominó el impulso de acariciarle el pelo y salió de la habitación lo más rápido que pudo. Cerró la puerta tras de sí y respiró hondo, aliviado. Se acercó al fuego y se sirvió un poco. Cuando acababa de tomar su desayuno, la puerta de Inwa se abrió y salió ella vestida y peinada.

-Buenos días-murmuró, aún algo adormilada.

-Buenos días.

-¿Qué tal has dormido?

-Bien. ¿Y tú?

-Perfectamente. Por cierto, ¿cómo has hecho tantas reformas en una sola noche?

-Pues con magia.

-Conozco a varios magos y no podrían hacer eso solos y en tan poco tiempo.

-Bueno...-se encogió de hombros. Ella también se sirvió algo, pero fue más rápida y los dos acabaron de comer más o menos a la misma vez. Salieron de la cabaña en silencio e Inwa empezó con sus quehaceres matinales, bajo la atenta mirada de Alexander, que la ayudaba de vez en cuando.

Cuando a mediodía se sentaron en el porche a descansar y entablaron conversación, se oyó un sonido proveniente de unos matorrales cercanos. Cop llegó hasta ellos corriendo y sin aliento. La joven lo tomó en sus manos y le preguntó que qué era lo que ocurría. El animalillo le contestó con rápidos chillidos. La chica, que era pálida de por sí, se puso aún más blanca si cabía.

-¿Cómo es posible?-murmuró para sí.

-¿Qué ocurre?

-Están llegando.

-¿Quiénes?

-Las serpientes. Cop dice que hay dos sheks y una decena de shizs.

-Tendremos que eliminarlos.

-Ya. Pero vamos a ver cómo lo hacemos si somos tres contra tantos bichos.

-Nos las arreglaremos.

-Te recuerdo, por si se te ha olvidado, que aunque seas un caballero de Nurgon estás todavía convaleciente y que, por ello, se te podría abrir de nuevo la herida en el vientre.

-¡¡¡¡¿¿¿¿QUÉ???!!!!-gritó, impresionado y cogido de sorpresa- ¿CÓMO DEMONIOS SABES TU ESO?

-Observación-contestó, simplemente, tapándose los oídos con las manos-. Si llevas una espada exclusiva para los caballeros de Nurgon, es de cabeza que se sepa eso y segundo, se te volvió a abrir a causa del frío y de yo no sé que más.

-Pues sí...

-Bueno, a lo que íbamos. ¿Cómo nos libramos de ellos?

-Con una buena estrategia de ataque-opinó Alexander, esbozando una sonrisa siniestra.

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Las serpientes se deslizaban suavemente por la nieve, seguidas de cerca por los shizs. Una de ellas, un macho joven, alzó la cabeza y siseó amenazadoramente.

"¿Qué ocurre?" le preguntó otra shek.

"Hay algo ahí arriba"

"¿Estas seguro?"

"Sí. Voy a ver" Afirmó. Alzó el vuelo y se perdió en las nubes. A los pocos minutos, se oyó un siseo furioso y el cielo se tornó anaranjado. Al rato, una bola de fuego cayó de lo alto y se estrelló en tierra. Los shizs sisearon aterrorizados y la shek intentó dominar su rabia al reconocer el cadáver de su compañero. De repente, una figura blanca que se confundía perfectamente con la nieve bajó del cielo. Era Inwa, que estaba montada sobre Cop, el cual, se había transformado en una gran y hermosa águila blanca. Descendió y llegó al suelo. En una mano tenía una hermosa espada que parecía estar hecha de hojas y, en la otra mano, le brillaba un círculo rojo cómo el fuego. En su rostro brillaba una mueca de determinación. La serpiente se abalanzó sobre ella con un siseo amenazador. Cop volvió a su forma original y se perdió en la nieve. Inwa comenzó a esquivar y golpear al shek. Le había aplicado a la hoja de su espada un hechizo de fuego, de modo que cada vez que entraba en contacto con la piel de la serpiente, no sólo le producía un corte más o menos profundo, sino que este se incendiaba.

Los shizs estaban algo impresionados por que una humana estuviera luchando de esa forma con la shek. Antes de que pudieran reaccionar, Alexander se abalanzó sobre ellos por detrás y comenzó a atacarlos. Los shizs, pillados por sorpresa, reaccionaron rápido, pero para entonces ya habían caído varios bajo la furia del joven. A él se unió pronto un enorme tigre blanco que desgarraba a las serpientes con sus dientes y sus garras con insultante facilidad.

Cuando todas las serpientes estuvieron muertas, Alexander y el tigre se dejaron caer sobre la tierra, agotados. Oyeron un siseo y vieron que Inwa seguía luchando aún con la serpiente, que seguía oponiendo resistencia a pesar de que estaba moribunda. Ella también estaba herida, pero seguía luchando y golpeando. Finalmente, le lanzó una bola de fuego que le dio en plena cara a la shek. Ésta chilló de dolor y calló al suelo, muerta. Inwa se dejó caer, agotada. Alexander corrió hacia ella y la tomó en sus brazos. La chica tenía desgarrones por todo el cuerpo y sangraba abundantemente.

-Inwa... Inwa, ¿estás bien?-le preguntó, preocupado.

-Bueno... Si estar así se puede considerar bien... Sí. Entonces sí estoy bien-murmuró, irónicamente.

-No bromees. ¿Qué tengo que hacer ahora contigo? Estamos demasiado lejos de tu casa y no hay nada para curarte.

- Fácil. Puedo aguantar hasta que lleguemos. Que Cop se transforme en un caballo y que nos lleve.

-Pero volando llegaremos antes.

-Lo sé, pero volando sólo nos podría llevar de uno en uno y no puede hacer eso. Ahora soy yo la que te necesita a ti-susurró, al borde de sus fuerzas. Alexander asintió y se levantó, llevándola en brazos. Cop se acercó. Se iluminó y se fue agrandando hasta poseer una forma totalmente distinta. Cuando la luz se fue, en su lugar había un precioso caballo blanco.

-Vamos, monta-le dijo-. Hay que darse prisa.

Alexander la montó y luego subió él. La sujetó y se agarró a las crines del corcel. Éste se alzó de manos y relinchó antes de dar un salto hacia delante y comenzar a galopar, en una rápida carrera a contrarreloj.