CAPÍTULO 8
Terminó de recoger las pocas cosas que llevaba en el fardo y lo cerró para que no se cayeran. Salió de la habitación y tomó la capa de pieles que Inwa le había regalado y se la echó por los hombros.
Inwa... ¿Dónde estaría ahora? Sacudió la cabeza. Seguía molesto consigo mismo por haber cedido a contarle su historia y, sin embargo, sentía que se había quitado un gran peso de encima. Le entristecía que ella hubiera reaccionado así, y más aún que no pudieran despedirse. Bueno, sería lo mejor. No le gustaban las despedidas, sobre todo cuando eran tan dolorosas.
Abrió la puerta de la cabaña y lo recibió una ráfaga de aire frío en la cara. Sintió un escalofrío y cerró tras de sí, dejando el suave calor de la hoguera tras la puerta. Dio un paso hacia delante, pero antes de que pudiera empezar a bajar los dos escalones del porche, una voz lo retuvo. Vio, entre la suave nieve que caía con delicadeza, una figura oscura que se acercaba a él lentamente.
Respiró hondo y aguardó.
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-¿Qué tal vas?-le preguntó con voz grave.
-No muy bien, Jack. Intento hacer lo que puedo, pero no es suficiente. Lo siento...
-No importa. No eres el primero que lo intenta y que ha fallado-murmuró, con la mirada gacha. Etrob se mordió el labio y apartó la mirada del pálido rostro de Victoria. Odiaba, al igual que el joven dragón, aquel oscuro agujero que adornaba su frente. Se levantó con cuidado, pero se tambaleó. Jack lo sostuvo para que no se cayera al suelo. "¿Cómo es posible que me haya cansado tanto? Pero si mi poder es mucho más fuerte que el de cualquier mortal... Definitivamente no lo entiendo." Se dijo a sí mismo, abatido. Jack lo ayudó a salir y lo llevó a su habitación, puesto que el joven no se podía tener en pie. No tuvieron que caminar mucho, puesto que Etrob se había instalado en una de las salas de aquel mismo pasillo, un poco más adelante.
Se sentó en la cama y enterró la cabeza en las manos. Jack observó que sus hombros estaban hundidos.
-No te preocupes, Etrob. No pasa nada. Ya ocurrirá lo que tenga que ocurrir. No te atormentes por eso. Descansa, ¿de acuerdo? Te necesitamos en plena forma.
-No lo entiendes...-susurró, para sí mismo. Alzó la mirada y se encontró con que él sonreía, intentando animarlo. Le devolvió la sonrisa y luego Jack se marchó para dejarlo tranquilo y volver con Victoria. Etrob se levantó con esfuerzo y se acercó a la terraza, tambaleante. Miró el mar con el cejo fruncido, y volvió a murmurar- No lo entiendes Jack... No puedes entenderlo...
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Esa mañana, cuando Christian despertó, se encontró acostado en su jergón de paja, tapado hasta la cintura. Junto a él, sentía una presencia que lo observaba atentamente. Deseó por un instante que fuera Victoria, pero sabía que era imposible. Estaba a cientos de kilómetros de distancia y no se encontraba en buenas condiciones, precisamente. Abrió los ojos y bajó la mirada pera encontrarse con una tan fría como la suya.
-Buenos días, dormilón-sonrió Awin-Estas cansado, ¿eh? Normal. Eres muy apasionado. No creía que una noche contigo pudiera ser tan gratificante, la verdad... Pero bueno. No ha estado mal. Nada mal...
-Eso lo dirás por tu parte...-murmuró el chico, levantándose. Buscó su ropa y comenzó a vestirse bajo la atenta mirada de la joven, que lo observaba curiosa. Al poco rato salió de allí, enfadado consigo mismo por haber sucumbido de aquella forma tan irracional.
-¡Espero que repitamos esta noche!-le gritó la mujer, cruzando las piernas, riendo. El shek paró unos instantes y le dirigió una mirada envenenada por encima del hombro antes de continuar su camino.
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Ambos se sentaron en el porche de Inwa, resguardados por la media pared de la terraza, apoyados en ella, el uno junto al otro. Intentaban no mirarse, pero Alexander no pudo evitarlo cuando la chica suspiró quedamente.
-Verás, yo... Siento haber reaccionado así, de verdad.
-No importa, estás en tu derecho. Me marcharé y...
-Pero es que yo no quiero que te vayas-lo retuvo del brazo, cuando ya se levantaba-. Siéntate y hablemos. Tú me has contado tu historia y lo menos que puedo hacer es... Contarte yo a ti la mía- el joven la miró, asombrado.
-No tienes que hacerlo si no se te apetece.
-Es que deseo hacerlo. A ver cómo te lo explico. Bueno, tienes que prometerme que no vas a interrumpirme, que vas a creerme por muy inverosímil que te parezca y que no vas a juzgarme por lo que te cuente, sino por lo que has visto hasta ahora, ¿de acuerdo?
-Sí. Te lo prometo.
-A ver. Soy idhunita, eso no cabe duda, pero no soy humana. Al menos no del todo.
-¿Semifeérica?
-No. No tengo sangre de ninguna de las otras razas.
-¿Entonces?
-A ver cómo te explico... Sabes cómo fue la creación de Idhún, ¿verdad?
-Claro que sí.
-Y conoces el origen de Kash-Tar, ¿cierto?- Alexander asintió- Pues bien, supongo que tendrás constancia de que Wina se enfadó muchísimo con Aldun por destrozar parte del maravilloso bosque que había creado. Pues bien, la cosa fue mucho peor de lo que pareció. Los dioses... Tienen sentimientos, al igual que las razas que crearon. Están emparejados entre ellos y se quieren muchísimo. Yohavir e Irial, Karevan y Neliam... Aldun y...
-Wina-murmuró el joven.
-Exacto. Pero Wina se enfadó tantísimo que cometió un error. Un terrible error. Se dejó engatusar por el Séptimo. La sedujo con sus palabras envenenadas y ella cayó en la trampa. Poco después se metió en el cuerpo de Ashran y Wina lo siguió. Se metió dentro del cuerpo de una mujer temporalmente y se unió a él... Pero Aldun y el resto de los dioses se enteraron y hablaron con ella. Consiguieron convencerla y se arrepintió de lo que hizo. Pero para entonces ya era tarde... Porque ya estaba embarazada.
-Espera un momento. ¿Me estás diciendo que los dioses pueden quedarse encinta? ¿Qué pueden tener hijos?-preguntó, con los ojos muy abiertos, anonadado.
-Sí. Eso es exactamente lo que quiero decir. Ocurrió algo muy extraño. Wina salió del cuerpo de esa mujer pero dejó a su bebé dentro de ella. El bebé siguió creciendo dentro de ella, pero era como si no estuviera allí, puesto que no se le notaba el embarazo ni nada. Al cabo de un tiempo, cuando estaba preparado, salió de su cuerpo. La que supuestamente fue su madre, nunca llegó a saberlo. Sólo los dioses tenían constancia de lo que había ocurrido.
Pero, aún así, no se dieron cuenta hasta el final de un pequeño detalle: que Wina no tenía solo un bebé, sino dos. Dos gemelas, sólo distinguibles por el color de sus ojos. Una los tenía azules y otra... Verdes-murmuró. Esperó a que Alexander dijera algo, pero estaba demasiado impresionado por la nueva información-. La primera decidió seguir el camino de su padre y se marchó con él y la segunda... Bueno. Creo que se crió entre alguna de las razas de Idhún, y acabó por encontrarse con su familia... Los otros hijos de los dioses: los semidioses. Ella misma era una semidiosa.
Al principio estaba sola, pero Wina, que había creado junto con los demás una raza expresa para ellos y le dejó a una de sus creaciones. Ese era su guardián, que debía protegerla. El guardián podía morir y a los semidioses no les ocurriría nada, pero si ellos morían también lo harían sus guardianes.
Juntos, buscaron a los demás, pero no los encontraron. La joven se sentía perdida y desamparada. Una noche, cuando estaba descansando al pie de un arroyuelo, sintió que la temperatura había descendido bruscamente. Cuando vio a la enorme serpiente acercarse a ella, intentó huir, puesto que no tenía armas para hacerle frente. Pero, cómo era de esperar, aún no sabía usar los poderes que se le habían concedido y el shek la alcanzó. Luchó como pudo y quedó gravemente herida, pero otra chica la salvó de la muerte. Poco después descubrió que era una de los semidioses. Su prima... Se fue con ella y se instaló junto con el resto de sus familiares, dos semidioses más, en un lugar tranquilo y apartado. Durante un tiempo fue feliz, pero...-la voz se le quebró y los ojos se le empañaron. Se quedó unos minutos en silencio. Finalmente, Alexander lo rompió.
-¿Eras tú, verdad? La hija de Wina... Y del Séptimo-susurró, sombrío. Ella le devolvió una mirada cargada de pena.
-Sí...-respondió, en el mismo tono-. Soy una semidiosa.
