Subasta
Disclaimer: Los personajes y la historia base, es decir, el mundo de Harry Potter, no me pertenecen, lo único que es de mi propiedad en todo esto, es la trama en la que se desarrolla el fic.
Pareja: Harry/Draco.
Tiempo: Futuro.
Género: Romance.
Resumen: Draco Malfoy, tras haber perdido toda su fortuna después de la guerra, se ve obligado a tomar una medida desesperada para ganar dinero: subastarse en un centro de solteros acaudalados.
Las cosas no parecían marchar tan mal, hasta el momento en que vio la mano levantada de su antiguo rival de colegio, Harry Potter, ofreciendo una suma de diez mil galones por su persona.
¿Qué planes tendrá Harry para Draco?
Autora: Aleiram
Subasta
"Dulces sueños"
Draco Llevaba aproximadamente veinticinco minutos subiendo y bajando escaleras sin encontrar nada que pudiera servirle para salir del embrollo en el cual se había metido por culpa de Potter y sus diez mil galeones.
La casa era amplia y demasiado desorganizada como para manejarse con facilidad en su interior; así que nadie podía culparlo por estar, dicho con palabras bonitas, un tanto desorientado.
No tenía idea en dónde se encontraba, pero intuía por la cantidad de escalones que había subido, que debía hallarse en la tercera o cuarta planta.
La oscuridad en la que estaba sumida la residencia, era deprimente y tétrica. Sombras y suciedad por todos lados. A Draco le daban escalofríos de sólo mirar las paredes cubiertas por gruesas capas de polvo, al igual que el techo y el piso ¿Cómo podía vivir Potter en semejante pocilga?
No había lugar en la casa, o por lo menos no lo había en las partes que él había recorrido, que no estuviera atiborrado de telarañas, tierra y penumbras. Nadie en su sano juicio querría vivir en un lugar así; pero Potter no era precisamente la cordura hablando.
A aquella casa le estaba haciendo falta una buena dosis de limpieza e iluminación. Aseada, estaba seguro, que el aspecto cambiaría. De por sí la arquitectura era interesante, conflictiva, pero interesante; y por la antigüedad de la estructura, la casona debía costar mucho dinero. Si él fuese el moreno, le sacaría muy buen provecho a ese caserón.
Mientras cavilaba, abrió distraídamente una puerta de madera color verde musgo, que se encontraba justo donde las escaleras terminaban y el lúgubre recorrido llegaba a su fin.
Se detuvo un momento a contemplar el interior de la habitación que acababa de abrir, esperanzado de encontrar una salida que le llevara fuera de la fantasmagórica residencia; mas lo único que halló fue oscuridad; una densa y escalofriante oscuridad, acompañada por un impresionante olor a humedad y encierro.
Hizo una mueca de asco, al tiempo que se preguntaba a sí mismo si debía entrar y husmear un poco, o descender nuevamente y dirigirse al comedor –si es que lograba dar con él – a cenar junto al Gryffindor.
La respuesta era más que clara. No que estuviera ansioso de meterse en una habitación oscura y pestilente; pero si eso servía para retrasar el momento de encontrarse de nueva cuenta con el moreno, no lo desaprovecharía. Era mejor aguantar malos olores, que verle la cara de maniaco a Potter.
Una vez dentro, se vio en la obligación de dejar de respirar por unos cuantos segundos, hasta lograr acostumbrarse a la peste, y luego, a tientas, buscar algún interruptor –si es que había uno- para activar las luces del lugar. De haber tenido su varita, todo habría resultado más sencillo ya que con un simple lumus habría bastado para iluminarse; pero como no la tenía, debía adaptarse a los mecanismos manuales.
Pronto dio con una pequeña llave incrustada en la pared, que al tacto tenía forma de rosca. La giró con fuerza y esperó. Un sonido agudo y parecido al que hacen las puertas sin lubricar al abrirse, llegó hasta sus oídos. Momentos después la oscuridad desapareció, dejando visible un gran salón teñido de naranja, gracias al potente brillo que brotaba de sus paredes.
Debía tratarse de una especie de iluminación interna, pensó Draco. Por lo general, las familias antiguas solían iluminar los sótanos y habitaciones escasas de luz, con filtros incrustados en el interior de las paredes, o bajo el piso.
Ahora que podía ver con claridad, se sorprendió al encontrarse con una innumerable cantidad de objetos apilados por doquier. Era alucinante el número de cosas que había allí dentro. Parecía una bodega de antigüedades. Muchas de ellas, supuso el rubio, debían ser carismas y arcaicas. El polvo acumulado en los rincones también era impresionante, nada se había salvado de las delicadas partículas de tierra.
¡Qué desperdicio! –pensó, cerrando la puerta tras de sí.
Si su madre llegaba a ver todas aquellas cosas en las condiciones que estaban, se volvería loca. Era ilógico tener reliquias tan caras como las que allí había, abandonadas en la oscuridad y la basura.
Comenzó a recorrer el salón, al principio sólo mirando las piezas, y luego tocando.
Deslizó sus manos sobre aquellas cosas, atesorando en su corazón los recuerdos de su antigua casa, Malfoy Manor.
Acarició con cuidado cada objeto: una talla de marfil de Venus, un oso pardo cincelado en una sola pieza de secuoya, un unicornio de ónix… entonces, se detuvo frente a una hermosa pintura que representaba un amanecer sobre un cristalino lago de montaña rodeado de un bosque de pinos. La observó durante varios minutos, analizando cada detalle, deseando por un instante ser su dueño. Era una obra magnifica y relajante a la vista. El paisaje era esplendido.
Si tuviera dinero, me mudaría a un lugar así –pensó, decidido.
Una vez hubo dejado de contemplar la pintura, se trasladó hacia tres gigantescas estanterías que cubrían las paredes del suelo al techo; las tres repletas de libros. La biblioteca de la Mansión Malfoy había sido infinitas veces más grande que eso, pero hacía tanto que no leía, que se sentía como un niño frente a una casa hecha de dulces.
De pequeño, Apenas aprendió a leer, amó los libros; las historias que en sus hojas se contaban, todo lo que ellos podían enseñar con sólo una leída; un gusto que gracias a Merlín, compartía con su padre. Lucius había pasado años de su vida recoleccionando libros de todas partes del mundo y de todas las clases habidas y por haber. En la biblioteca de Malfoy Manor, cualquier cosa que se buscara podía encontrarse. Muchas de las ediciones que atestaban las estanterías, eran primeros documentos autografiados por los autores. Algunos tomos eran tan antiguos que corrían el peligro de desintegrarse. Otros eran antiquísimos, como el de los salmos medievales del siglo XIV, escrito por un squib, pero que había tenido gran trascendencia entre los magos, una hermosa pieza de arte cuidadosamente escrita e ilustrada a mano. Poseía libros y manuscritos que eran realmente incunables. Algunos de ellos estaban escritos en corteza de árbol o de bambú, en lienzo o seda. Uno en particular había sido tallado en placas de metal. En otras palabras, su biblioteca había sido, era y estaba seguro, sería, la más grande que jamás vería. Ni siquiera la de Hogwarts podía comparársele.
Se acercó a las tres estanterías que se alzaban en la habitación, y recorrió con la mirada los títulos de los libros que tenía a su alcance.
Se extrañó al encontrarse con un «parabaiks», un libro plegable que, mediante escritura e ilustraciones, relataba la vida de Buda. Curioso, realmente curioso. Draco había aprendido sobre Buda junto a su madre cuando aún era un niño. Habría tenido alrededor de cuatro o cinco años, y sus prejuicios hacía los muggles y los media sangre, no habían estado del todo delimitados.
Extrajo el tomo de la estantería y con un soplido se deshizo del polvo que le cubría. Le parecía curioso que ese libro se encontrara allí porque era un documento muy antiguo y valioso como mantenerlo en tan descuidado lugar ¿Sabría Potter de su existencia?
¡Qué va a saber ese ignorante! Se dijo a sí mismo, frunciendo el ceño al recordar al Gryffindor. Es tan inepto que ni debe conocer la existencia de esta habitación.
Devolvió el parabaiks a su lugar y sustrajo un volumen titulado "Historia Antigua, mitos, realidad o ficción". Aquello era mucho más curioso que el libro de Buda. Hasta donde sabía, y según le había contado Narcisa;la antigua dueñade esa casa, Walburga Black, había tenido los mismos ideales que Lucius. Había despreciado a los sangres impuras, a los traidores y a los muggles. Por ese motivo, le parecía ilógico que hubiera conservado libros, que en su mayoría, habían sido escritos por squibs o muggles.
Aunque quizás eso explica por qué estas estanterías se encuentran acá –pensó Draco, al tiempo que se desplomaba en el piso. No había sillas, así que si quería sentarse, debía conformarse con el suelo.
Hojeó rápidamente las páginas, y miró las imágenes de pasada, hasta que se detuvo en una que captó su atención más que cualquier otra. Era un pequeño dibujo en blanco y negro de una mujer en una hoguera, rodeada por una furiosa turba que agitaba antorchas sobre sus cabezas.
La reseña decía: «Caroline Blackwell, acusada de brujería, ardiendo en la hoguera».
Sus ojos se abrieron cuan grandes eran. Su padre le había contado algo sobre que los muggles, en épocas pasadas, quemaban personas en la hoguera o las ahorcaban, acusándolas de brujería. Pero, jamás imaginó que fuera verdad. Siempre creyó que aquellos sólo habían sido cuentos inventados por Lucius para afianzar su odio hacía los muggles.
Examinó la imagen desde todos los ángulos posibles, y llegó a una conclusión: Los muggles no eran mejores que Voldemort. Ellos también habían cometido asesinatos atroces contra personas inocentes, única y exclusivamente por ser diferentes y no cumplir con el protocolo de "normalidad" establecido.
Un recuerdo llegó a su mente. Recordó la cara de Voldemort ordenándole torturar a un mortifago que no había logrado llevar a cabo con éxito una misión. Tenía patente su expresión sádica y su sonrisa desquiciada a la hora de mandarle a torturarlo. Recordó los gritos y el olor a sudor mezclado con sangre.
Cerró los ojos durante algunos segundos y luego volvió a abrirlos, apartando los recuerdos y prestando nuevamente atención al libro que reposaba en su regazo.
Con el ceño fruncido, observó detenidamente el cuadro una vez más. Por supuesto, no era una fotografía, tan sólo una ilustración de lo ocurrido, un simple bosquejo en blanco y negro en el cual la mujer se percibía viva de alguna manera. Podía sentir su terror como un trozo de hielo en el estómago, al igual que el calor de las voraces llamas lamiéndole los tobillos. Se sintió identificado con ella. Él se había sentido igual, aterrorizado, cuando las llamas en la sala del requerimiento se habían avasallado a su alrededor; consumiendo todo a su paso. De no haber sido por Potter, habría padecido el mismo destino que la muchacha de esa imagen. Habría muerto carbonizado.
Se puso de pie, recordando a Crabbe, quien había muerto bajo el fuego que él mismo había conjurado.
Cerró el libro; ya no quería seguir viendo aquello. Sólo le traía malos recuerdos. Volvió a dejar el ejemplar dónde lo había encontrado y siguió repasando otros títulos. Muchos estaban relacionados con la brujería, y algo conocido cómo "inquisición"
Tomó un Volumen de tapas acartonadas, color ocre; y lo examinó un poco. Allí aparecía abundante información respecto a la caza de brujas de Salem: de junio a septiembre del mismo año, diecinueve hombres y mujeres habían sido sentenciados por brujería, trasladados en carretas hasta Gallows Hill, y colgados.
Un hombre de más de ochenta años que había rehusado someterse a juicio, fue aplastado con piedras hasta morir sofocado después de dos días de agonía en los que llegó a suplicar por «más peso» para acelerar el final. Además de las diecinueve personas, dos perros sospechosos de ser «familiares» de los acusados, fueron también ejecutados.
Merlín, esto es ridículo –pensó sin dejar de recorrer las páginas del libro.
Encontró muchos datos similares que le resultaron interesantes. Pasajes referentes a los animales generalmente más relacionados con las brujas: gatos, hurones, perros y pájaros. Otra sección que profundizaba la información al respecto, contaba que si un perro gruñía a la nada, era considerado como una advertencia de la presencia de un fantasma. En Persia, por ejemplo, cualquiera que poseyese un perro podía ser acusado de brujería ya que se los asociaba a la magia negra y se los consideraba responsables de enfermedades. En el Antiguo Egipto, se creía que los gatos poseían alma. Así también, el enterrar un gallo en la intersección de tres afluentes o de tres rutas, serviría para contrarrestar el poder del demonio.
Los muggles debían ser muy estúpidos para creer en semejantes tonterías. Se notaba que no tenían ni remota idea sobre temas como hechicería, fantasmas y demonios.
Permaneció largo tiempo observando la imagen de un demonio idealizado a base de datos inconcretos, recopilados por los muggles. Luego se echó a reír, pensando en la cara que pondrían esos ignorantes si llegaran a encontrarse frente a frente con un verdadero demonio.
De repente, su estómago rugió, protestando por la falta de alimento. No había ingerido nada desde esa mañana y su cuerpo comenzaba a exigir atención.
Sería mejor ir en busca de algo que comer. Potter había dicho que la cena se serviría a las once. Quizá no fuera tan mala idea presentarse en la planta baja y llenar un poco el estómago. Después de todo, no tenía nada que perder; salvo la vida, pero dudaba mucho que el Gryffindor fuera a matarlo.
Se puso de pie, dejó el libro a un costado, y se encaminó hacia la puerta de salida. Ya volvería a ese lugar en otra ocasión –eso si lograba escaparse de Potter, otra vez.
Harry bebió un sorbo de vino mientras miraba furtivamente hacía la entrada del comedor. El reloj marcaba más de las once y media y Malfoy aún no bajaba.
Desde el principio había sabido que el rubio no descendería, pero muy en el fondo, había guardado la esperanza de que lo hiciera. Hacía tiempo que no cenaba con nadie que no fueran sus amigos y los Weasley, y la verdad sea dicha, la idea de comer con Malfoy le había parecido estupenda.
Volvió a llevarse la copa de vino a los labios, y dio otro trago, al tiempo que recordaba cómo había adquirido la botella de Cuvée Dom Pérignon que ahora atildaba la mesa principal. La había comprado en un viaje por Francia, dos años atrás a pedido de su mejor amigo, Ronald Weasley, quien había alegado que no había mejor placer que beber vino espumoso en una velada romántica; o por lo menos eso le habían dicho a él.
Sonrió. Ron era toda una caricatura. Harry tendía a preocuparse por él como si fuera un hermano, y estaba seguro de que el pelirrojo pensaba igual.
Ambos eran los mejores amigos el uno del otro, y a pesar de las muchas peleas que habían tenido a lo largo de su amistad, jamás habían estado tiempo separados como lo estaban ahora.
Ron y Hermione se encontraban de luna de miel. Habían contraído matrimonio dos semanas atrás, en una pequeña parroquia muggle. La castaña había insistido en casarse vestida de blanco en una iglesia, y Ron, como habían supuesto todos, no había podido negarse al pedido.
Él estaba feliz por ellos dos, hacía tiempo que salían y la boda se venía venir. Pero ahora que por fin se había concretado el enlace entre sus dos mejores amigos, se sentía solo, abandonado y con el ligero presentimiento de que cuando regresaran del viaje a las Bahamas, las cosas no volverían a ser las mismas entre ellos tres.
Desde su noviazgo, Harry había comenzado a sentirse como un estorbo para Hermione y Ron; y ahora que ambos eran marido y mujer, él ya no sólo sería un estorbo pequeñito, sino una gran molestia. Sus amigos querrían estar solos y ya no le necesitarían.
Suspiró con tristeza.
Así es la vida, Harry –se dijo a sí mismo, buscando reconfortarse –, debes acostumbrarte; las cosas cambian.
Un ruido en la planta alta, alteró sus pensamientos. Alguien descendía por las escaleras. El sonido de los escalones siendo pisados con firmeza, era inconfundible.
Así que el rubio finalmente había decidido bajar; medía hora tarde pero lo había hecho.
Harry se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en la mesa, y entrelazó los dedos, esperando paciente la entrada triunfal del Slytherin. Sonrió para sí, mientras pensaba en el castigo que le daría por su impuntualidad.
Draco apareció en el umbral de la puerta, segundos después, con aspecto desalineado, y un poco más pálido de lo normal.
—Te ves como si estuvieras en el infierno. –dijo el moreno a modo de chiste, al tiempo que le dedicaba una mirada sardónica.
Draco gruñó en silencio, avanzando hasta la mesa. – No necesitas decírmelo, Potter; lo sé –dijo haciendo uso de su usual arrastre de palabras.
Harry rió entre dientes y no le pasó importancia al comentario.
─ Siéntate, hay Roast Beef; supe que es tu favorita.
La ceja de Draco se arqueó.
─ ¿A sí? ¿Y Quién te dio esa información?
En efecto, la carne preparada de esa manera, le encantaba; pero tampoco lo admitiría con Potter.
El moreno sonrió despacio, volviéndose a llevar la copa de vino a la boca. Dio un sorbo sin apartar la mirada de los ojos del rubio, y luego, sin un toque de sutilidad, sacó la punta de la lengua pasándosela sensualmente por sobre los labios.
─ Delicioso –Gimió, sirviendo una copa para Draco – ¿Piensas sentarte, o te quedaras parado lo que resta de la noche? –preguntó, haciendo levitar la copa hasta el rubio. – Oh, y en cuanto a tu pregunta; supongo que un pajarito me lo contó.
Malfoy recibió la copa entre sus manos y la llevó hasta su nariz, aspirando el aroma que esta desprendía.
En el pasado, había aprendido a catar vinos junto a su padre. Lucius no bebía nada que no fuera lo mejor, de lo mejor; o bueno, por lo menos no bebía. Ahora debía conformarse con las pequeñeces que Draco les daba a él y a su madre.
─Pues en cuanto averigüe el nombre de ese pájaro, lo mataré –sonrió con malicia – Por cierto, excelente elección, Potter –dijo como si estuviera hablando con cualquier otra persona, menos con Harry. –; pero yo habría elegido un vino más dulce. –añadió, dejando la copa sobre la mesa, al tiempo que tomaba asiento en la punta más alejada al Gryffindor.
─ Para contrarrestar lo amargo ¿quizás? –se oyó decir Harry, tajantemente.
El rubio le enseñó sus blancos dientes en una mueca distorsionada que aparentaba ser una sonrisa, y volvió a beber un poco de vino.
─ Sí, quizás para eso…
Harry rió burlonamente mientras se ponía de pie─. Si me disculpas Malfoy, debo ir en busca de la cena –dijo, moviéndose unos cuantos trancos hasta llegar a la puerta.
A Malfoy le extraño que Potter no tuviera elfos domésticos trabajando a su servicio. Su búsqueda más hedonista hasta el momento, era comprar uno para que hiciese las tareas domesticas en la casa y librara a Narcissa de ese martirio. La mujer no era desordenada y se encargaba muy bien del aseo, pero cocinando podría decirse que era un desastre.
En muchas ocasiones Draco se había visto en la obligación de tirar la comida, debido al desagradable aroma y seguro también sabor que emanaba de ella.
Amaba a su madre, pero no sus recetas culinarias; así que en cuanto reuniera el dinero suficiente para hacerse de un elfo, lo compraría.
Potter apareció a los minutos, trayendo consigo una bandeja de plata cubierta por una tapa de igual material.
Dejó la bandeja sobre la mesa, y miró a Draco con una sonrisa cruzándole el rostro.
─ ¿Quieres hacer los honores? –le preguntó, mostrándole el cuchillo.
─ No –contestó el rubio, entrecerrando los ojos para ver si Potter se metía con él. Por más adulto que fuera ahora, la energía que recorría su cuerpo cuando molestaba al moreno, era la misma que hacía diez años atrás. Hay cosas que nunca cambian. Pensó observando al Gryffindor.
Harry sonrió abiertamente –. Como desees, Malfoy. Sólo trataba de ser cortés.
El Slytherin frunció los labios, mas no dijo nada.
Harry destapo la bandeja, dejando a la vista una enorme pieza de carne asada a las brasas, acompañada por papas doradas al horno y guisantes.
El aroma de la carne recién sacada del fuego, llegó a las fosas nasales de Draco, obligándole a cerrar los ojos por un microsegundo.
Aquello no lucía delicioso, lucía extremadamente apetitoso. En su boca la saliva comenzaba a acumularse.
─ ¿Punta o centro? –preguntó Harry con el cuchillo preparado para cortar. No había pasado por alto la expresión del rubio, y ciertamente, le confortaba que se mostrara así de emocionado por la comida que había pedido a un Restaurante regional de Londres. Había esperado tener tiempo para cocinar las cosas él, pero no lo había conseguido; así que, qué mejor salida que hacer uso del delivery. Aunque claro, Draco eso no lo sabía, y él tampoco se lo diría.
─Centro.
Harry sirvió en un plato un trozo de carne, extraída del centro tal cual había pedido Draco, y la aderezó con papas y arvejas.
─ Aquí tienes –colocó el plató frente al rubio, y pasó a servirse su porción.
Pasaron la mitad de la cena en silencio, sin hablarse ni mirarse; más Draco no podía dejar de pensar en lo que tiempo atrás había escuchado decir sobre el Gryffindor.
─ Oye Potter –llamó, al tiempo que se limpiaba la comisura de los labios con una servilleta de papel.
─ ¿hm? –Harry tenía la boca llena de carne triturada y papas a punto de ser tragadas.
─ Hace algún tiempo escuché decir por ahí que tú y la pequeña Co… la Weasley, iban a casarse; pero por lo que he visto hasta ahora, no ha habido casamiento; ¿qué pasó? ¿Te plantó?
La cara del moreno se arrugó. Al parecer había tocado un tema delicado.
─ No, no me plantó –dijo Harry al cabo de un rato, mirando con concentración su plato a medio terminar –Decidimos que lo que sentíamos el uno por el otro no era suficiente para llegar al altar, y quedamos como amigos. –volvió a llevarse un bocado a la boca, y miró ligeramente al rubio. - ¿Por qué preguntas?
─ Curiosidad…
─ ya veo…
Pasaron alrededor de cinco minutos sin decir nada más. Draco siguiendo con la mirada a Potter, estudiando sus expresiones; y Harry, haciéndose el loco, fingiendo no estar enterado de la inspección de Malfoy.
No le gustaba tocar el tema de Ginny; era un tanto complicado hablar de ello.
Lo que Malfoy había dicho, era verdad. Ellos estuvieron a punto de casarse, tenían todo preparado e incluso habían elegido las invitaciones; pero entonces, un día cualquiera, la pelirroja llegó a su casa y le dijo: "Harry, tenemos que hablar". Y valla que hablaron. Ginny le confesó entre lágrimas que no le amaba, y que todo ese tiempo había estado engañándose a sí misma en cuanto a sus sentimientos. Admitió estar enamorada de Neville Longbottom, y ser correspondida.
El golpe para Harry no fue tan duro como la joven había supuesto que sería, ya que él también sentía que sus sentimientos hacia ella habían cambiado mucho desde Hogwarts. Pero, tampoco había sido muy fácil aceptar la ruptura, principalmente porque el moreno contaba con esa boda para salir de la depresión en la que había caído luego de perder a tantas personas importantes en su vida, entre ellas Sirius, Remus y Dumbledore.
─ ¿Listo para el postre? –pregunto después de un rato al rubio. No quería pensar en el asunto de Ginny; de eso habían transcurrido ya nueve meses y sinceramente, no estaba tan mal. Ser soltero tenia sus beneficios.
Draco se encogió de hombros. No diría que sí, pero tampoco se negaría.
─Valla, qué comunicativo resultaste ser, Malfoy –Harry sonrió, levantando los platos para llevarlos a la cocina.
Draco hizo una mueca de desagrado, preguntándose qué esperaba el Gryffindor que dijera: "OH, gracias Potter, mi salvador"; sí, seguro era eso lo que quería; eso y que se arrodillara a sus pies y se los besara como agradecimiento a su "magnifica" atención. Maldito hipócrita.
Al cabo de un rato, el moreno regresó. En sus manos traía una bandeja con dos copas llenas hasta el tope de helado, crema y salsa de chocolate.
─ Disfrútala –dijo, pasándole una de las copas, y tomando asiento junto a Draco.
El rubio se puso tenso ante la cercanía del Gryffindor e hizo un amague para levantarse y alejarse de él; pero Harry fue más rápido y dijo:
─ Relájate, Malfoy. No voy a comerte. No me temas.
─ No te tengo miedo.
─ ¿No?, entonces ¿Por qué te alejas?
─ Yo no me alejo.
─ Sí lo haces.
Draco gruñó, y con el entrecejo fruncido, se llevó una cucharada enorme de helado a la boca; degustando el exquisito sabor a crema y chocolate. Una manera sencilla para dejar de discutir con el Gryffindor, de lo contrario, tanto disgusto le ocasionaría una ulcera. Se llevó otra cucharada más, y luego otra y otra, hasta que Tres minutos después, su cuerpo cayó inconsciente al piso, desparramando sobre sí los restos del postre.
Harry sonrió, observando la escena al tiempo que dejaba su helado en la mesa. Al parecer se había excedido un poco con el somnífero. No esperaba que hiciera efecto tan pronto.
Se hincó al lado del Slytherin y le pasó una mano por la frente, apartando un par de mechones rebeldes que habían quedado engrudados con dulce. Se veía lindo así; dormido y con la cara cubierta de chocolate.
Suspiró y sonrió a la nada.
Nunca en su vida hubiera imaginado que diría que Malfoy se veía lindo de ninguna manera. Pero ahí estaba, aceptándolo sin vergüenza alguna. Las vueltas de la vida son extrañas. Pensó mientras tomaba el cuerpo de Draco en brazos.
La primera fase estaba completa.
***
Muchísimas gracias por leer y por comentar.
Besos y abrazos.
*
Aleiram
