Capítulo 3: Primer día de clases. Morgan

A la mañana siguiente, el dormitorio de las niñas de primer año era todo un caos, pijamas tiradas, calcetines en las camas, pantuflas regadas por todos lados, cepillos, peines, listones, ligas, fijador para el cabello, poción alisadora y otras mugres por el estilo cubrían el tocador y las mesitas de noche. Las niñas peleaban por el espejo del baño y por la regadera.
Después de media hora, tres pleitos y tres reconciliaciones, las cinco niñas bajaron a desayunar. Casi todos estaban allí. Morgan saludó a su hermano con la mano porque no encontró un lugar junto a él.

Mientras desayunaban, Hermione pasó repartiendo unos papelitos.
- ¿Qué es eso? – preguntó Lucy.
- Son los horarios – contestó Morgan observando el suyo – Miren, tenemos Pociones y luego Transformaciones.
- Genial – dijo Lucy sarcásticamente - ¿Ya vieron que pociones es con los de Slitheryn y Transformaciones con Huffelpuff? Y miren, vuelo con Ravenclaw
- No suena tan mal, al menos conoceremos gente de las otras casas, ¿no?- dijo Laura en un tono muy optimista.
- ¡Qué horror! Tener que tomar clases en el mismo salón que los Huffelpuff y los Ravenclaw – exclamó Rebeca.
- ¿Te quejas de ellos?, preocúpate por los Slitheryn, ellos sí son un problema – replicó Lucy.
- Yo no veo problema alguno, en Slitheryn sólo hay gente de sangre limpia y nada tontos. Hacen cualquier cosa para conseguir lo que quieran. – dijo Rebeca con una actitud de superioridad que a Morgan le pareció estúpida.
- No me digas que de verdad te importa que la gente sea de sangre limpia o no, eso es pura basura. Ya casi no hay gente que tenga 100 sangre mágica. En todas las familias debe haber, por lo menos, un muggle. – dijo Morgan enojada, ¡¿cómo era posible que hubiera una niña tan arrogante como su papá o el tío Lucius?!
- Tranquila Morgan. No es para que te pongas así. – dijo Laura en tono conciliador – Además, no es para tanto. Sólo fue un simple y sencillo comentario. No hagas una tormenta en un vaso de agua.
- Discúlpame Laura, pero sí es importante -, dijo Lucy – fue un comentario racista.
- Estoy de acuerdo con Lucy – volvió a decir Morgan – hay gente que piensa que los hijos de muggles son peores que gusarajos. Se supone que todos somos iguales, no importa quiénes sean nuestros padres y a qué se dediquen. Además, quien-ustedes-saben no era de sangre limpia y estaba en Slitheryn, para que estés enterada antes de hablar, Becky.
Rebeca estaba a punto de contestarle a Morgan, pero, afortunadamente, sonó la campana y Pam las apresuró para llegar a clase.

La primera lección era pociones. Entraron en el salón, más bien la mazmorra, y buscaron un lugar cerca del pizarrón con los otros Gryffindor. Ya había algunos Slitheryn y estaban juntos. Morgan observó a un chico de esa casa que le pareció muy guapo, era más alto que ella, tenía el cabello negro rizado y los ojos negros también. Tenía una sonrisa casi perfecta, se le hacían unos lindos hoyuelos en las mejillas. Su mirada era profunda y misteriosa, pero a la vez alegre. Sobresalía mucho del resto de los Slitheryn y Morgan se preguntaba por qué no la había visto antes.
- ¡Morgan! Despierta, niña -. Dijo Lucy sacando a Morgan un buen susto, pues se había quedado mirando a aquel chico.
- Estoy despierta. –
- Te gusta ese Slitheryn, ¿verdad? – preguntó Laura adivinando la repuesta.
- No, no. ¿Cómo crees? Sólo que creo que es muy guapo y parece lindo ¿no? –
- Pues sí, es guapo, pero es más odioso que las tripas de un dragón. – dijo Laura.
- ¿Por qué dices eso? – pregunto Morgan - ¿Lo conoces?
- Claro que lo conozco. Es mi vecino. Vive en la casa de al lado. Su nombre es Nathaniel Spencer. Es de una de las familias de "sangre limpia" con más dinero en todo Hogsmade– dijo Laura con cara de aburrimiento.
- No puede ser tan odioso. Sólo míralo, es tan... lindo – dijo Morgan como hipnotizada sin despegar la mirada de aquel chico misterioso.
- Pues es todo un patán. Es arrogante y antisocial, cree que nadie es digno de cruzar una palabra con él amenos que tenga una cámara acorazada repleta de galeones en Gringotts. Es un antipático – concluyó Laura enfadada.
- ¿Qué apuestas a que logro que hable conmigo y hasta se haga mi amigo? – retó Morgan.
- Hecho – dijo Laura estrechando la mano a su amiga para cerrar el trato -, si lo que quieres es perder, adelante, no te detendré. Pero, ¿qué vamos a apostar?...- pero Laura no pudo terminar la frase porque acababa de entrar en la mazmorra un hombre de cabello grasiento y piel cetrina. Vestía una capa negra que hacía mucho ruido cuando caminaba y miraba a los estudiantes como si fueran vómito de dragón.
- Espero – comenzó el profesor – que todos se hayan puesto, por lo menos, a leer el primer capítulo del libro mientras yo llegaba. Soy el profesor Severus Snape y les doy la "bienvenida" a su clase de pociones. ¡¿Qué esperan?! Saquen una hoja para hacer un examen sobre el primer capítulo.

Ninguno de los chicos tardó en obedecer la orden del profesor. Todos tenían una cara de terror, como si hubieran visto un monstruo. Morgan pensó que Snape le recordaba a alguien: a su padre. Esa forma de mirar a la gente, era la misma mirada que su padre les dirigía a ella y a su hermano, en especial a su hermano.
Los niños escribieron como 50 preguntas que fueron muy difíciles y, cuando había pasado sólo media hora, el profesor Snape les recogió los exámenes.

- Vaya. No puedo creer que sólo una persona de todo este grupo haya podido contestar casi todas las preguntas. Son unos buenos para nada. ¿Quién es Rusalka? – preguntó el profesor.
Morgan se puso de pie y murmuró un "Aquí, señor". Snape la miró de arriba abajo, como barriéndola y luego le dijo: - Gryffindor, ¿verdad? -. Morgan sólo asintió con la cabeza.

- Dígame, señorita Rusalka – comenzó Snape - ¿De dónde copió las respuestas?
- De ningún lado, profesor. Contesté lo que sabía – dijo Morgan educadamente.
- ¿Cree usted que soy un tonto, Srita. Rusalka? – preguntó Snape enojado.
- No, profesor, yo no creo que usted sea un tonto – dijo Morgan muy extrañada.
- Le advierto, Srita. Rusalka, que no tolero que copien en mis exámenes y que, de encima, mientan cuando se les descubre.
- Ya le he dicho que yo no copié, profesor. Yo no digo mentiras.
- Si usted no está mintiendo, supongo que no tendrá ningún inconveniente para quedarse después de clase a hacer un examen oral, Srita. Rusalka – dijo maliciosamente Snape.
- Pero después de pociones tengo otra clase, profesor – replicó Morgan.
- Ése, Rusalka, es problema suyo. La veré después de la lección de hoy. Siéntese. – concluyó Snape y comenzó a dar su clase.

Morgan se sentó y apuntó todo lo que Snape decía y cada vez que él preguntaba algo, ella levantaba la mano para contestar, pero el profesor nunca le dio la palabra. Sonó la campana y todos los niños comenzaron a salir en silencio.

- Te esperamos en transformaciones. Le explicaremos a Mc Gonagall lo que pasó- dijo Becky a Morgan al oído cuando iba hacia la puerta.
- Gracias, Becky. Te debo una – dijo Morgan con una sonrisa.

- Bien, Rusalka – comenzó Snape -, acérquese a mi escritorio. Ahora -. Morgan dejó sus cosas en su banca y camino tranquilamente al escritorio de Snape.

- Veamos – dijo Snape, buscando algo en las últimas páginas del libro. De pronto, se detuvo en el capítulo 20: Pociones para encoger – Aquí está – continuó Snape -. Dígame, ¿cuál es el tiempo que lleva preparar una poción para encoger?

- Depende de qué poción estemos hablando – dijo Morgan – pude ser desde unos 10 minutos si se trata de la poción Encogius, hasta 4 días si es la poción Potentus Encogimentus – contestó la niña. Snape se le quedó mirando con cara de lo que parecía ser asombro.

- Vaya. Bien, dígame, Rusalka, ¿cuándo leyó usted el libro completo? – preguntó el profesor.

- Hace unos dos años, cuando mi hermano mayor dejó de usarlo – dijo la niña.

- ¿Te gustan las pociones, Rusalka? – pregunto de nuevo Snape.

- Sí, profesor. Me encantan, hasta sé como preparar algunas sencillas - dijo la niña reflejando emoción en el rostro.

- Está bien. Te pondré un 6 en el examen. Te pondría un 10, pero tus respuestas fueron poco precisas e incompletas. 20 puntos serán restados de Gryffindor por tratar de interrumpir mi clase tantas veces...-

- Pero... – interrumpió Morgan

- Que sean 50 entonces y te quedarás castigada todo un mes si no desapareces de mi vista en este momento – dijo Snape clavando la mirada en unos papeles de su escritorio.

Morgan no dijo nada más. Se dio la vuelta y recogió sus cosas. Salió de la mazmorra y corrió al aula de transformaciones, la clase ya había comenzado hace rato y Mc Gonagall escribía en el pizarrón, así que Morgan entro en silencio y se sentó junto a Lucy.
- Me alegra que haya decidido acompañarnos, Srita. Rusalka. 10 puntos menos – dijo Mc Gonagall sin dejar de escribir.
- Perdón profesora, pero el profesor Snape me detuvo y no pude llegar a tiempo – dijo Morgan a manera de disculpa.
- Entonces, ¿puedo ver la nota del profesor Snape justificando su retraso a mi clase? – preguntó Mc Gonagall. Morgan negó con la cabeza, Snape no le había dado ninguna nota.
- Lo suponía. Le sugiero que se apresure a tomar nota, pues pronto comenzaremos a hacer transformaciones.

Morgan se sentó. Estaba muy avergonzada y enojada a la vez. No había sido culpa suya que Snape la detuviera y no era justo que Mc Gonagall se pusiera en ese plan, por lo visto Becky no le dijo nada a la profesora. La niña sacó pluma, tinta y pergamino y comenzó a copiar todo lo que la profesora escribía en el pizarrón. De pronto, se detuvo. Recordó la apuesta que estaba pendiente con Laura, así que se volteó y le dijo:
- Ya sé que es lo que apostaremos – Laura miraba a Morgan con mucha atención – la que pierda, deberá hacerle una pequeña broma a Snape y soportar las consecuencias.
- ¿"Pequeña broma"? ¿A qué te refieres con eso? – preguntó Laura con mayor interés.
- Tú sabes, algo leve. Nada del otro mundo, como entrar a su oficina cuando él no esté y lanzarle un hechizo a algún objeto importante para él – dijo Morgan con una mirada maliciosa.
- ¿No estarás hablando de... ? - preguntó Laura con un brillo en los ojos.
- Exactamente hablo de eso. De su estúpido cuervo, el que tiene en una pajarera junto a su escritorio – confirmó Morgan.
- Estás loca. ¿Tienes idea de lo que nos haría Snape si se enterara? – dijo Laura con un poco más de cordura.
- Claro que sé lo que haría, pero si no, no tendría chiste hacer la broma. Además, Snape no tiene por qué enterarse, ¿o sí? – dijo Morgan tratando de convencer a Laura.
- Bueno, es un trato. Pero, ¿qué le vamos a hacer al pajarraco? – preguntó Laura emocionada.
- ¿Alguna vez has visto un cuervo rosa con machas verdes? – fue la respuesta de Morgan, quien se volteó para seguir tomando nota de la clase.

Las clases de ese día terminaron y, excepto por pociones y por los puntos que Mc Gonagall le había quitado, a Morgan le fue de maravilla. Los maestros la ubicaban de inmediato como la mejor de la clase, en especial en la clase de vuelo. Madame Hooch comenzó dando la lección básica y Morgan lo hizo excelente, el grado que Madame Hooch le dijo que tenía que hacer las pruebas para entrar al equipo de la casa. Alrededor de las 10:00 de la noche, las chicas habían terminado con sus tareas y se fueron a dormir, la única que no había estado con ellas desde que terminaron las clases de la tarde había sido Rebeca. Al entrar al dormitorio, Morgan se tiró en la cama con la túnica puesta todavía y saltó de susto cuando abrió los ojos después de pestañear y se encontró con la cara de Becky sobre ella.
- Te llegó una lechuza. Es de tu mamá. Dice que está en Salem y que le va muy bien con un tal Patrick. Bastante extraña la carta, parece que tu mamá está muy preocupada – dijo Rebeca en el tono más natural del mundo.
- ¿Leíste mi carta? – preguntó Morgan con los dientes apretados y poniéndose en pie de un salto. Tenía ganas de arrastrar a Becky por el suelo.
- Sí, la leí. Lo siento, pero la lechuza (si eso puede ser llamado así) me golpeó al aterrizar y derramó todo mi barniz de uñas sobre la cama – dijo Becky.
- Ese no es motivo para leer las cartas de otras personas. Eso no es de gente con un poquito de educación. Si dices que tu "papi" es tan partidario de las buenas costumbres, ¿por qué haces esto? – dijo Morgan casi llorando de rabia. Odiaba cuando su papá leía las cartas que le enviaba su madre y luego, si lo consideraba prudente, se las daba, si no, las quemaba en la chimenea, Rebeca no tenía derecho a hacerle eso también. Las otras chicas no decían nada, sólo miraban esperando el momento en que Morgan explotara y le diera su merecido a Becky, pero esto no sucedió. Morgan sabía perfectamente cómo controlarse cuando estaba muy enojada y desde pequeña había aprendido, por las malas, a reprimir su enojo y a no explotar. Morgan tomó su muñeca de la cama y salió de la habitación de las chicas y bajó a la sala común esperando ver a Salomon, pero ya no había nadie. La chimenea estaba encendida y sólo se escuchaba el crepitar de las llamas. Morgan se sentó en un sillón frente a la chimenea como solía hacerlo, con las rodillas pegadas al pecho y abrazando a su muñeca.
Abrió el sobre ya rasgado y sacó la carta. Estaba escrita en un pergamino perfumado, olía justo como su mamá, y con una letra muy bonita. La carta decía:

Morgan, hijita:

Te escribo porque no he tenido noticias tuyas ni de tu hermano y comenzaba a preocuparme. Ya sé que a tu padre no le gusta que tengan comunicación conmigo y que tal vez te voy a meter en un problema por haberte escrito, pero sé que sabrás perdonarme, lo hago porque de verdad estoy preocupada por ustedes.
Ahora me encuentro en Salem, en Estados Unidos, porque Patrick quería tener vacaciones. La estamos pasando "de lujo", como dice tu hermano, hemos visitado lugares fascinantes. Pero me sigue faltando algo para ser completamente feliz, me faltan mis niños. Sabes que tu hermano y tú, princesa, son mi adoración, no tienes idea de cuánto los extraño.
Espero que tu padre los esté tratando bien, aunque, francamente, lo dudo mucho. Quiero que sepas, y que le digas a tu hermano, que Patrick y yo estamos buscando la forma de pelear por la custodia de ustedes, sigue sin parecerme justo que tu padre la haya ganado en el juicio de divorcio inventando cosas horribles sobre mí, pero no quiero que culpes a tu padre. En el fondo es una buena persona y se preocupa mucho por ustedes, por lo menos sé que no les falta nada.
Te pido, hijita, que me avises en cuanto se muden a Inglaterra, quiero saber de mis niños.

Te mando un gran, gran abrazo y muchísimos besos. Lo mismo para tu hermano y dile que de verdad quiero que me escriba, aunque sólo diga hola.
Te quiere,
Mamá.

Las lágrimas salieron de sus ojos, no las pudo reprimir, y se sintió avergonzada. De pronto, alguien tocó su hombro:

- ¿Estás bien, Morgan? – preguntó Lucy preocupada. Morgan se limpió las lágrimas con la manga de la túnica y contestó: - Sí, estoy bien, es solo que... que Becky no tenía por qué leer mi carta ni tenía que dar su opinión sobre lo que decía – dijo Morgan un poco más tranquila.

- Tienes razón – dijo Lucy -. Becky es una niñita mimada y no tiene bases para criticar las cartas de tu mamá. Becky ya nos dijo lo que decía la carta, prácticamente la memorizó toda y, por lo que dijo, tú mamá está muy preocupada. ¿Por qué? – preguntó Lucy, más que por curiosidad, por hacer que Morgan se desahogara.

- Lo que pasa es que... – Morgan pensó si sería conveniente hablar con Lucy sobre ese asunto - ... que mi mamá no vive con nosotros porque mis padres se divorciaron hace dos años y ella se volvió a casar y ahora vive con Patrick, un mago americano que no le cae bien a mi hermano.

- ¿Y por qué está preocupada tu mamá? – preguntó Lucy.

- Porque cree que mi papá nos regaña y nos castiga cuando le escribimos a ella sin pedirle permiso a él primero – dijo Morgan secamente, le costaba trabajo hablar así con alguien.

- Pero un castigo no me parece motivo para que tu mamá se preocupe tanto ¿o sí? – preguntó Lucy extrañada.

- Es que no conoces a papá – dijo Morgan, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Recordó que hacía sólo tres días su papá la había "castigado" como él acostumbraba hacerlo, con un cinturón, aún le dolía un poco la espalda y tenía grabados en la memoria todos los sonidos que escuchó aquella noche en el Caldero Chorreante. Morgan se puso de pie y dijo: - Tengo mucho sueño, ¿te parece si nos vamos a dormir?

- Sí, vamonos. Pero con una condición, que me jures que estás bien y que si necesitas algo me vas a hablar. Y que Laura y tú me dejan entrar a la apuesta, estoy en contra tuya, el tipo parece odioso – dijo Lucy con una sonrisa para alegrar a Morgan.

- Prometido – dijo Morgan, también con una sonrisa. Las niñas subieron al dormitorio y se acostaron, pero Morgan no se durmió, sino que le escribió una larga repuesta a su madre donde le decía, en pocas palabras, que ella y Salomon estaban en Hogwarts y que estaban bien. Después de escribir a su mamá, recordó que tampoco le había escrito a su padre, así que también hizo una carta para él, era más corta y, como Salomon le dijo, no mencionó que habían entrado a Gryffindor. Después de esto, tomó la lechuza que había traído la carta de su mamá y le dio las dos cartas especificándole que primero debería ir a Salem y luego a casa de su padre.