Al alba cerró el libro de un manotazo. Se había saltado diversas partes, por ejemplo, dónde enardecía el espíritu saiyano y describía con todo lujo de detalles la vida de ejemplares guerreros que llevaban los miembros de tan ilustre raza y etc.
A él le interesaban los asuntos más banales. La jerarquía, la división social, al menos el genial autor anónimo del libro se molestó en mencionarlo. Ahora ya tenía una idea de cómo funcionaba todo y comprendía mejor las palabras de Minya.
El futuro rey tenía plena libertad para escoger esposa aunque debía ceñirse a ciertas reglas. La escogida debía de ser poderosa y seguir las leyes de forma escrupulosa. Podía ser hermosa o fea, alta o baja, muda, sorda o ciega pero con la suficiente fuerza como para hacerse respetar y a su vez, tener una conducta sin mácula.
Si era cierto todo lo que ponía en el libro, había pocas mujeres que reunieran tantos requisitos ya que las leyes eran muchas y tocaban varios campos, así que el futuro rey siempre, o casi, terminaba uniéndose a una mujer perteneciente a las dianka, el grupo al que dedujo pertenecía Minya y su madre.
Para su frustración en el libro aparecía poca información sobre ellas aunque entre líneas, el libro insinuaba que formaban un clan cerrado e independiente. Aunque no estuviera reconocido sus opiniones eran importantes y su apoyo, vital para la realeza.
Poco más se podía leer sobre ellas, sólo lo más corriente y que ya le explicó Minya y Nappa en su momento, que viajaban en grupos de tres, que eran muy listas y que era mucho mejor tenerlas como amigas que como enemigas.
Bien, al menos, no podía decir que fueran amigas pero tenía claro que no eran enemigas.
La idea le hizo sonreír como si se riera de si mismo y se levantó de su asiento. Estiró sus brazos hacia el techo y un profundo suspiro escapó de sus labios. Notó como los huesos de su espalda se estiraban y rechinaban y casi al unísono, su estómago rugió reclamándole algo de comida.
Le pareció una excelente idea y se marchó hacia la cocina de la antes muy ruidosa casa.
Muy lejos de allí, Bulma y su hija Bra estaban tumbadas tomando el sol en casa del viejo maestro Roshi para regocijo de este último.
El viejo verde estaba asomado a la ventana del salón observándolas. Ambas eran muy parecidas y muy guapas. Bulma era una mujer adulta, madura pero conservaba ese cuerpo espectacular y una piel pálida que prometía ser muy suave. Su hija, era menos exuberante que su madre pero igual de atractiva y tan joven, tan virginal…
Con una mano se restregó la nariz para limpiar una pequeña gota de sangre que empezaba a asomar, de repente, la visión gloriosa de las dos mujeres al sol se vio interrumpida por una sombra.
- ¿No te da vergüenza? A tu edad…
El maestro Roshi miró a Trunks por encima de sus gafas de sol con evidente fastidio.
- Niño, tú no te metas- con ambas manos intentó apartarlo de ahí sin mucho éxito.
- ¿Quieres que se lo diga a mi padre?- Trunks esgrimió una sonrisa de triunfo.
El anciano cejó en su empeño y rezongando por lo bajo se dirigió al interior de la casa. Trunks sonrió satisfecho y fue a sentarse en la arena junto a su madre y hermana.
- ¿Cuánto crees que tendremos que estar aquí, mamá?
La mujer se retiró las gafas y miró a su hijo.
- Ni idea. Imagino que tu padre nos avisará cuando todo se calme.
Trunks frunció el ceño. Bulma sonrió y volvió a colocarse las gafas de sol. Sabía sobradamente que a su hijo esa situación no le hacía gracia, era un guerrero fuerte y entrenado, había probado su valía y ahora tenía que estar allí, refugiándose de un posible ataque.
Intentó hacerle comprender que él estaba allí como guardián. Nadie podría enfrentarse dignamente a un grupo de saiyanos si decidían presentarse allí. No le convenció y notaba que cada día estaba más ausente. Muchas noches se sentaba en la arena, cerca de la orilla del mar y miraba a las estrellas.
En cambio su hija se había acomodado. Al principio se indignó porque no podría ir al instituto ni salir de compras ni charlar con sus amigas, pero el estar en una casa en mitad del océano tomando el sol y bebiendo batidos todo el día lo compensó con creces.
En cuanto a ella, la zozobra la acompañaba cada día y cada noche. Se comportaba de manera frívola como siempre, le daba a Roshi una bofetada en la calva si intentaba propasarse y se dedicaba a crear pequeños robots sentada en la mesa del comedor. Pero por las noches, la zozobra cobraba vida y se hacía fuerte y se enroscaba a su alrededor.
No sabía nada de su marido, ni de qué ocurría y vigilaba constantemente por si aparecía algún extraño por el horizonte. Secretamente, creó un objeto que imitaba el poder de su marido y amigos en detectar el ki a distancia basándose en los aparatos usados por los saiyanes. Estaba escondido en un cajón de su cómoda y cada noche, antes de acostarse lo encendía y lo enfocaba hacia distintos puntos como si fuera un radar.
- ¿Por qué no lo llamamos?- su hija se había quitado las gafas y la miraba sentada en su hamaca. Junto a ella, Trunks tenía la misma mirada suplicante.
Suspiró y acabó cediendo.
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Vegeta acababa de salir del baño y estaba vistiéndose con la mente aun puesta en las dianka y sobretodo en Minya. Quería volver a verla y hablar con ella.
El teléfono sonó. Descolocado, reaccionó al segundo timbrazo y antes de responder miró en la ventana del aparato por si reconocía el número.
Y tanto que lo reconoció, era demasiado largo como para olvidarlo.
- ¿Vegeta?
- Hola, Bulma- oyó como su mujer chistaba con la lengua ante el saludo tan poco entusiasta.
- Creí que te alegrarías aunque fuera un poco de que te llamáramos.
- No he pedido que me llamárais- oyó una pequeña confusión al otro lado del hilo. Sonrió con un poco de maldad.
Imaginaba perfectamente a Bulma indignada por la respuesta intentando responderle de forma hiriente mientras su hija agarraba el auricular y Trunks impedía que su madre iniciara una nueva disputa. No se equivocó, la voz de Bra sonó:
- Papi, te echamos de menos. ¿Cuándo podremos volver?
Se le caía la baba ante ese papi pero ni muerto lo reconocería.
- No lo sé, hija. Ya os avisaré.
- ¿Y cómo estás? Estamos muy preocupados, mamá espera que no te metas en ningún lío y que vayas con cuidado.
- Dile a tu madre que no se preocupe. Estaré bien. ¿Y vosotros cómo estáis?
Bra sonrió. Su padre tenía una relación distinta con cada miembro de su familia. Con Bulma era poco cariñoso en público y siempre la contradecía pero sabía que la amaba con locura, a su hermano le exigía y era estricto, pero sabía que Trunks tenía unas limitaciones y otros intereses así que siempre era justo con él. En cambio, con ella se mostraba mucho más receptivo y abierto sin importarle. Y ella le correspondía, sabía dónde estaban los límites y había muchas cosas que no le contaba pero aun así apenas había secretos entre ellos.
Por eso supo que esa pregunta no se refería a su estado de salud si no a temas tan importantes como por ejemplo si Yamcha había pasado por ahí, si Roshi las perseguía o espiaba o si habían tenido alguna visita desagradable.
- Todo bien, papi- se limitó a responder.
- Deacuerdo. Pásame a tu madre- un breve silencio se hizo y la voz de Bulma retumbó en su oreja.
- ¡Ah! ¿Ahora quieres hablar conmigo?- intentaba sonar indignada.
- Siempre quiero hablar contigo- le dijo susurrando. Su mujer se rió coquetamente- Tengo que irme.
- Vale- hubo una pausa y oyó sonidos de pasos- Te quiero.
- Y yo a ti, mujer- añadió con una sonrisa.
Colgó y acabó de ponerse la camiseta. Una vez vestido abrió el ventanal que daba acceso a un pequeño balcón y se dispuso a emprender el vuelo.
Una mano apoyada en su espalda lo detuvo. Instintivamente, se revolvió y atizó un fuerte puñetazo a ciegas hacia atrás para repeler al atacante. Otra mano o la misma, detuvieron el golpe, desviando su puño. Vegeta aprovechó ese momento para saltar por el balcón y esperar a su enemigo en el jardín.
Miró hacia arriba y vio a Minya asomada en el balcón de brazos cruzados y gesto serio.
