II
Sobre la situación "Quinn".



¿Cuánto tiempo, ya? Un día, dos semanas… no, medio mes. Llevaba allí medio mes, ¿o media semana? No tenía importancia, podría permanecer allí toda la vida si quería, y la posibilidad no estaba muy lejos, al fin y al cabo, no había nada que perder encerrada, con sus pensamientos a la deriva, que eran interrumpidos por Batman, el comisionado, el detective Kolter, la psiquiatra que le habían asignado, el Dr. Arkham… Todos preguntando, obviamente, por el paradero y el próximo plan del Joker. Y era verdad cuando repetía una, otra, y otra vez, que no tenía la más remota idea de nada. A ninguno le importaba realmente su estado emocional, sólo querían salvar a la ciudad, a la gente sana, a sus hijos, a sus seres queridos... Nadie se preocupaba en resolver los problemas de los malditos enfermos, total, nunca serían normales; por eso estaban allí.

—Quinn, es hora de tu cita semanal. —Otto entró, seguido de Frank, que portaba, como de costumbre, su rifle con dardos. Le causaba cierta gracia ver a todos tan atemorizados; nadie creía en que no haría nada, y no es que le importara mucho.

—Ok, ok —suspiró. Se volteó, mirando a la pared y ofreciendo la espalda a sus guardias, como hacía cada vez que salía de la celda. Otto se acercaba con cautela y le vendaba los ojos con fuerza, luego la hacía girar diez veces hasta dejarla aturdida, y emprendía el camino a ciegas por el Laberinto. Era realmente una estupidez, pero creían que funcionaba. Mejor dejarlos con esa ilusión.

Las sesiones con la Dra. Leland no tenían ninguna utilidad, pero sería en vano pedir que se cancelaran; quedaría poco humano negarles su momento de desahogo a los pobre loquitos. Era todo tan hipócrita... hubiese preferido una celda en una cárcel común y corriente. Pero tal vez… ya que era gratuito, ya que todo quedaba (supuestamente, por ley) en secreto… tal vez.

—Gracias muchachos —dijo la voz de la doctora—. Descuiden, no habrá ningún problema, no los hubo en las sesiones anteriores. De todos modos, si los hay, los llamaré. –Uno de los muchachos le quitó a la rubia la camisa de fuerza y la venda. —Pasa, Harleen, ponte cómoda. —Harley obedeció y se instaló en el diván. La doctora sacó su cuaderno de apuntes, un bolígrafo, y comenzó a hacer un par de notas. El silencio era tan insoportable, que Harley dijo lo primero que le vino a la cabeza para interrumpirlo.

—Lindo bolígrafo, doc.

—Gracias, Harleen. Por cierto, ¿no te molesta que te llame así?

—¿Por qué habría de molestarme? —La sesión de esa semana parecía entretenida.

—Bueno, cuando entraste aquí, como psiquiatra recién graduada, eras Harleen Quinzel, pero, al aliarte con el Joker, cambiaste al alias de Harley Quinn.

—Si, ¿y a dónde quiere llegar con eso?

—Pensé que, al no llamarte por el nombre con el que te bautizó el hombre que amas, te molestarías. ¿Recuerdas, mientras estudiabas, que dejarse cambiar el nombre por otra persona es algo muy importante? El nombre nos define, y tú, no tuviste queja alguna cuando él quiso hacer una combinación formando "Arlequín".

—¿Sabe? Es gracioso. Todo el mundo parece… fascinado con esto, y vive rompiéndose la cabeza, o al menos eso aparentan, tratando de entender porqué me enamoré del Joker. No es muy difícil. Usted, doc., parece una mujer inteligente, ¿lo entiende?

—No, Harleen, nadie entiende qué viste en ese demente.

—¿Usted está casada?

—Sí.

—Y su esposo, ¿es alto?

—Sí.

—Pongámoslo así: usted se enamoró de alguien alto, eso no es ni malo ni bueno, pero, en otra parte del mundo, hay otra mujer que se apasiona por las personas bajitas y termina casándose con una, lo cual tampoco es malo o bueno. Yo me enamoré de alguien que, según ustedes, no es muy cuerdo, pero ¿quién tiene derecho a decir si está mal o está bien? —En cuanto terminó de decir "bien", vio cómo la mano de la doctora se movía rápidamente sobre su anotador; era la primera vez, en sus dos semanas de estadía (o media semana, o un mes, seguía perdida en el tiempo), que hablaba tanto.

—Oh, Harleen, pero una cosa es ser alto y bajo, y otra, muy diferente, son virtudes y defectos morales. Él te maltrataba, no te atrevas a negarlo porque por algo estás aquí. Su sed de destrucción, la ironía cruel en sus bromas... Recuerda que dejó paralítica a la hija del comisionado. ¿Cómo una mujer con un gran futuro pudo ver todo aquello como algo apasionante?

—Si yo conociera a su esposo, podría preguntarle cómo pudo sentirse apasionada por esas ridículas corbatas, o esos zapatos de tarado. No es que yo lo haya visto antes —emitió una risa ahogada y macabra, luego suspiró, se pasó la mano por la frente, apartando los mechones rubios que lo cubrían—. Doc., yo pensé que iba a poder hablar con usted de todo lo que viví, pero es imposible; una persona tan común, tan normal… jamás podrá entenderlo.

—Harleen, estoy aquí para ayudarte.

Pero Harley había tomado su decisión y no respondió, solo se cruzó de brazos y cerró los ojos. La doctora volvió a insistir inútilmente.

—Como quieras. —Presionó el aparato que comunicaba con la oficina de los guardias y los llamó para que la devolvieran a su celda. Antes de que cruzaran la puerta, la doctora agregó: —Si no hablas de ello, significa que aun quieres conservarlo. ¿Hasta cuándo, Harleen?, ¿hasta cuándo piensas seguir en este círculo vicioso?

—¡No nos piensa decir nada! –Gritó Kolter mientras golpeaba la mesa con su taza de café, la cual se rompió en mil pedazos, liberando el líquido hirviente sobre su mano—. ¡Mierda! —se quejó.

Hacía tres semanas que Quinn había ingresado a Arkham, y hacía, también, tres semanas que la policía no creía el hecho de que ella no supiera nada de nada sobre los próximos planes del Joker, luego de su misteriosa desaparición. Batman la había visto sólo dos veces y Gordon, tres. Kolter una sola, pero no porque quisiera, si no porque todos creían que, al no lograr sonsacarle nada, se saldría de control, y la violencia usada en los interrogatorios era lo que lo convirtió en una leyenda.

—Por Dios, detective —exclamó Gordon, harto de su boca de cloaca—. Tal vez ella esté diciendo la verdad.

—¿Es qué nunca ha trabajado con mentes criminales?

—Eso no se lo voy a permitir. Conozco a la gran mayoría de los pacientes de Arkham. Usted no tiene derecho a...

—Entonces, debería saber que ella está haciendo todo lo posible para que perdamos la pista —interrumpió Kolter.

—¿Qué le hace pensar eso? ¿No se dio cuenta que no hubo intento de fuga, ni nada que la relacione con añorar al Joker? No se olvide de que es un ser humano; no está tan loca como para insistir en algo que la trajo al mismo lugar seis veces.

—No me diga que se tragó el cuentito de "ya no lo amo más". Es como el pastor mentiroso; nos hará creer, la cantidad de veces que sea necesario, que ya no ama al hombre que la "traicionó". Caeremos en la trampa si todo sigue dependiendo de usted. Entonces, cuando estemos con la guardia baja, ¡bam! Su noviecito volverá con el golpe de gracia. ¿Eso es lo que quiere, Gordon?, ¿que Gótica se convierta en el circo de ese enfermo?

Gordon suspiró mientras negaba con la cabeza. Una parte de él creía que lo que Kolter suponía era cierto, pero otra parte, probablemente ese lado suyo que vivía en familia y enamorado de Bárbara, lograba entender a Quinn. Era hora de decidir a quién de ambos escucharía.

—Gordon, yo respeto sus métodos y principios, pero si Batman no hubiese llegado a tiempo la última vez, un cuarto de gótica estaría hecho pedazos. —Se acercó a su escritorio lentamente y dejó encima un papel. —Necesitamos progresar… necesito que, por favor, firme esto.

"Permiso especial para someter al sospechoso/culpable al tratamiento de TEC (Terapia Electro-Convulsiva)…"

—¿No es indirectamente un permiso para la tortura?

—¿Tortura? Una tortura es a lo que esos dos sometieron a la ciudad. Le pido tres días. Si para ese entonces no consigo sonsacarle nada…

—¡Olvídelo! Eso nos volvería igual a ellos. Además, se ha comprobado que causa grandes daños cerebrales y estados depresivos, y ella no lo necesita. No podemos aplicarle cosas porque usted cree que funcionaran. No va a tener nada de ese modo.

—No me va a decir que Batman obtiene datos pidiendo "por favor". Algunos dientes ha tenido que romper...

—Batman actúa fuera de la ley, le recuerdo. Y creo, además, que hay una gran diferencia entre sacar dientes y una horrenda terapia de electroshock. Le permitiré que vaya a verla e intente conseguir el paradero del Joker, pero si para dentro de tres días no tenemos nada, dejaremos de insistir.

—Será a su estilo, Gordon, pero recuerde que yo le avisé.

—Te aseguro que hacer esto es la mejor decisión que puedes tomar —dijo mientras se enjuagaba el cabello.

—Me da igual, Ivy. Estoy cansada de que todo el mundo venga a verme. No necesito ayuda de nadie, no necesito hablar de nada; esos psiquiatras creen que sirven de algo, pero uno prefiere confiar en los amigos. —Levantó la cabeza, sonriente. —Por ejemplo, tú.

Ivy sonrió por el cumplido; siempre llevó una amistad a distancia con Harley, pero, desde que se enteró que también tenía su cuarto en el asilo, hizo todo lo posible para coincidir en las duchas del laberinto, donde únicamente se podían bañar de a dos personas.

Le había propuesto, también, un intento de escape; esta vez no para asaltar negocios o similar, solo para largarse de allí, bien lejos, a un lugar tranquilo, sólo ellas dos. Pero estaba equivocada, porque la Harley que estaba ahí no solo se había resignado al Joker, sino a todo su espíritu.

—Gracias, ¿pero estás segura de lo que quieres hacer? Ya sabes, sobre… ese asunto —susurró.

—No me apetece salir de aquí aún, pero te prometo que pronto llegará ese día, y saldremos.

Una de las mujeres a cargo de la sección de aseo golpeó la puerta con fuerza y gritó:

—¡Quinn, te quiero fuera en cinco minutos, el Dr. Arkham quiere verte ahora mismo!

Ivy bufó mientras Harley tomaba una toalla verde y gastada, se secaba, y se ponía la ropa.

La rubia se preguntaba qué tan importante era su caso para que el mismísimo doctor Arkham quisiera verla en persona, ya que él solamente se ocupaba del la parte financiera y administrativa del asilo. Probablemente, insistiría con el próximo plan del Joker y, con algo de suerte, se daría cuenta de que realmente no tenía idea de nada.

Salió fuera y la mujer a cargo la esposó bruscamente.

—¿Qué es lo que quiere Arkhy?

—Silencio —le dijo secamente.

Caminaron a pasó rápido. La mujer se había olvidado de vendarle los ojos, y pudo ver las vueltas y pasillos que había allí, pero esta vez recorrían un trecho más largo; iban a un cuarto que nunca había visto antes. La puerta era de un metal grueso… para que los ruidos no salieran. Pero no tenía miedo, ¿miedo de qué?

Fue desposada y, antes de que preguntara algo, la acostaron brutalmente en una cama fría, también de metal; con unas correas de cuero sujetaron sus brazos y piernas. Era obvio que estaba todo preparado. No podía ver bien, las luces estaban apagadas, sólo escuchaba murmullos inentendibles.

—Doctor Arkham… no se sienta culpable. Esto es por el bien de Gótica.

—Si usted dice, Kolter…