Capítulo 4.- El gato cazado
- Tú -susurró Kyo. Sus labios eran incapaces de dejar pasar cualquier otra palabra.
No podía creérselo. Ambos allí, Tooru y él, bajo la lluvia mirando a los ojos oscuros de una de las personas en las que más había confiado en su vida. Shigure, pero, no tenía expresión alguna. Solamente se atisbaba un reflejo efímero de resignación en la mirada de aquél hombre.
- Shigure... -consiguió decir la voz entrecortada de Tooru- ¿Por qué...?
- Lo siento, Tooru -dijo Shigure lentamente, avanzando hacia ellos por el claro-. No quería que te vieras involucrada en esto. Tú no tienes nada que ver con los Soma. Pero ahora has llegado demasiado lejos…
- P-pero... -exclamó Tooru incorporándose, con las lágrimas manando de sus ojos- No podéis hacerlo... No podéis hacerle esto a Kyo...
- Lo que está ocurriendo está decidido desde hace mucho tiempo, Tooru -dijo otra voz familiar tras ellos- Nada podemos hacer para cambiarlo.
Los dos chicos se dieron la vuelta, mirando hacia la dirección opuesta de donde estaba Shigure. Un trueno fugaz iluminó los ojos verde claro de Ayame, resaltando la decisión que reflejaban en aquél momento. Kyo sintió que los dedos de Tooru se apretaban alrededor de su brazo.
- ¿Tú también...? -preguntó Kyo, aunque en el fondo de su ser ya lo sabía.
- Vosotros sabéis que Akito es el que tiene el mando de los Soma -repuso Ayame saliendo de las sombras, mientras jugueteaba con unos mechones plateados de su cabello-: debemos obedecerle, no importa cuáles sean sus decisiones... Lo menos que podemos hacer por él es acatar sus órdenes.
En aquél instante, sintieron unos pasos acelerados que se acercaban a ellos por el camino que habían tomado los dos chicos. Tooru agudizó los ojos entelados por la lluvia para tratar de distinguir a esa persona, que se acercaba como una sombra fugaz hacia ellos. Reconoció al instante los cabellos grises de Yuki, que llegaba a la carrera. El chico se detuvo, respirando entrecortadamente. Tenía manchas de barro en el uniforme y venía empapado.
- Tooru, Kyo -exclamó preocupado.
Giró lentamente la cabeza, sólo para quedarse mirando frente a frente con su hermano mayor, el cual no tenía ni un atisbo de su habitual serenidad en el rostro.
- Ayame... -siseó Yuki entre dientes- ¡¿Tú estás metido en esto?!
El chico de los cabellos plateados agudizó los ojos, adoptando una expresión calculadora, aunque no se apreciaba sonrisa alguna.
- Tú no deberías estar aquí, Yuki -dijo en un susurro- Vete antes de que sea demasiado tarde. No quiero que lo veas...
- ¿Qué dices? -exclamó Yuki indignado.
- De hecho, ya no importa -intervino otra voz.
Los tres muchachos miraron en otra dirección, sólo para encontrarse mirando a una de las pocas personas de las que jamás habían creído que se convertiría en su enemigo.
- Yuki, vas a ser castigado por imponerte a Akito, igual que Hatsuharu y Momiji -advirtió Hatori- No sé qué os hará, pero será terrible. Y en cuanto a Tooru... Akito me ordenará que le borre la memoria en cuanto todo esto termine. No hay nada que hacer...
Tooru estaba completamente horrorizada. ¿Borrarle le memoria...? Le borrarían sus recuerdos. No podía soportarlo. No deseaba dejar de lado todo lo que ocurría.
Salió de su ensimismamiento cuando un sonido chasqueante rompió la calma. Miró a su lado y vio que Shigure se había avanzado, aferrando con fuerza el brazo de Kyo. En los ojos del hombre se reflejaba un dolor profundo, aunque trataba de ocultarlo tras una capa de seguridad.
- No lo empeores, Kyo -le aconsejó en un susurro- Esto ya es bastante difícil. Entrégate a Akito y todo será más fácil...
- ¡¿Cómo quieres que haga eso?! -gritó Kyo en un restallido de furia.
Con una potencia que jamás hubiera podido sacar en otra circunstancia, Kyo levantó su puño derecho y se lanzó derecho a golpear el rostro de Shigure. Aunque el impacto jamás llegó. El blanco se convirtió en defensa, cuando detuvo con total tranquilidad el golpe de Kyo. Éste se quedó de piedra cuando Shigure rodeó su puño con los dedos, ejerciendo una fuerza que jamás hubiera imaginado que tuviera aquél.
- No creas que eres el único que sabe artes marciales -susurró- Yo aprendí junto con Kazuma. Además, no te sientes bien cuando llueve... No me ganarás en un combate.
- ¡¿Cómo podéis hacer esto?! -gritó Yuki indignado- ¡¿Vais a luchar contra un miembro de vuestra propia familia...?!
Sintió una mano fuerte que le cogía por el brazo. Giró con rapidez, sólo para ver el ahora tétrico rostro de su hermano, con los mechones plateados ocultando su mirada.
- No sabes cuáles son nuestras razones... -dijo en un susurro- Jamás podrías entenderlo... Nadie excepto nosotros tres y Kureno puede comprender la razón de la maldición de los Soma...
- ¿Y por esa razón vais a cometer un despropósito como éste? -exclamó Yuki, tratando de quitarse de encima la mano se su hermano.
- ¿Acaso crees que nos gusta esta situación? -preguntó Hatori acercándose a ellos- ¿Crees que disfrutamos con lo que está ocurriendo? No queremos haceros daño, pero si Akito decide que así sea, así será. No hay más que hablar. Volvamos. Él nos está esperando.
- ¡No pienso permitirlo! -gritó Yuki estallando de ira.
Sin reparar en sus posibilidades, se dio la vuelta y arremetió una increíble patada contra su propio hermano. Pero, evidentemente, Ayame tampoco era tan frágil como parecía. Sin esfuerzo alguno, esquivó el golpe de su hermano pequeño. Entonces, con una técnica de absoluta perfección, el poseído de la serpiente golpeó de un modo calculado la parte trasera del cuello de su hermano, afectando su centro de gravedad. El chico ahogó un sonido vacío y cayó sin sentido sobre el suelo encharcado por la tormenta.
Tooru y Kyo miraron con los ojos desorbitados de horror como Ayame dejaba inconsciente a su hermano pequeño de un solo golpe. El chico del pelo plateado se incorporó de inmediato, mirando a Yuki con una expresión difícil de interpretar.
- No quería llegar a esto, Yuki... -susurró- espero que puedas perdonarme...
- ¡Estáis todos locos! -gritó Kyo con los ojos rojos encendidos, apretando los puños- ¡Habéis perdido el juicio!
- Y ahora es tu turno, Kyokichín -dijo Ayame con tranquilidad, acercándose a él, al igual que Shigure y Hatori.
Kyo miró alrededor, calculando sus posibilidades. Aunque sabía que no conseguiría nada, no quería darse por vencido. Tooru permanecía arrodillada sobre el barro, al lado de Yuki, cogiéndole entre los brazos.
Kyo miró alrededor y, después, posó su mirada granate sobre Tooru. Estaba aterrorizada, eso se veía a simple vista. ¿Qué podía hacer él...? ¿Había algún modo de enfrentarse a Hatori, Shigure y Ayame resultando vencedor...? Una idea vino a su cabeza. Lentamente, sus ojos descendieron hasta detenerse en la pulsera de bolas blancas y negras que envolvía su muñeca.
No, no quería. Aquella era la parte que más odiaba de sí mismo: la forma maldita del signo número trece.
El espíritu vengativo del gato. Pero si era el único modo de proteger a Tooru y a Yuki, lo haría. No se dejaría vencer. Ya no temía tanto a aquél ser monstruoso en cual se convertía por culpa de la maldición. Sabría controlarse. Sin pensarlo un instante, se llevó la mano a la muñeca izquierda, tratando de desprender la pulsera.
Shigure se lanzó sobre Kyo, cogiéndole por la muñeca izquierda con fuerza, evitando que se quitara el brazalete. Kyo le miró desafiante, encontrándose con los ojos profundamente negros como pozos de Shigure clavados en él.
- ¿Qué piensas hacer, Kyo...? -preguntó el hombre- ¿Dejarás libre a ese monstruo? Todos sabemos qué ocurrirá... Ni siquiera tú podrías controlarte.
- ¡Si con eso evito que le hagáis daño a Tooru, lo haré! -gritó Kyo sacando fuego por los ojos.
Empezó una lucha contra Shigure, tratando de deshacerse de su agarre. Pero pronto Hatori y Ayame corrieron en ayuda de su compañero. El forjeceo de Kyo duró poco, pronto consiguieron reducirle, cogiéndole entre todos. El chico aún se debatió ferozmente, pero no sirvió de nada. Shigure le cogió por los cabellos y le miró fijamente.
- ¡¿Por qué no quieres entenderlo, Kyo?! -gritó con desesperación- ¡No podemos hacer otra cosa! ¡¿Es que no lo entiendes...?!
Kyo no pudo evitar su sorpresa al ver unas grandes lágrimas resbalando por las mejillas de Shigure, mezclándose con la lluvia que le caía sobre el rostro. Ayame tomó la determinación, como siempre.
- No perdamos tiempo -dijo- Akito está esperando.
- ¡No, por favor! -gritó una voz desesperada.
Ayame se detuvo de golpe, sintiendo una fuerte presión sobre el su brazo. Bajó la mirada, para ver a Tooru colgándose de él con fuerza, llorando estridentemente. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, manando sin pausa de sus ojos verdeazulados.
- ¡Por favor...! -gritó con fuerza- ¡No le hagáis esto a Kyo! ¡Os lo ruego! ¡Él es muy bueno...! ¡Sé que si hablamos con Akito nos podremos entender! ¡No os llevéis a Kyo...!
- Tooru... -susurró la voz grave y aterciopelada de Kyo.
La chica se quedó paralizada, abriendo aquellos preciosos ojos arrasados en lágrimas. Miró al chico de los cabellos naranjas, mirando fijamente sus ojos rojos.
- Por favor... -dijo en un murmullo- No quiero que te veas involucrada en esto. No te metas... No quiero que te hagan daño. A partir de ahora será mejor que te alejes lo más posible de mí... Te lo ruego, Tooru. No quiero que Akito te encuentre... -exhaló Kyo mirándola con decisión.
La chica le miró con los ojos muy abiertos, tratando de asimilar el impacto de sus palabras. ¿Que debía alejarse de él...? ¿Kyo lo estaba diciendo por ella...? Lentamente, soltó el brazo de Ayame, provocando que el chico de los cabellos plateados le mirara con sorpresa. Poco a poco, Tooru se dejó resbalar hasta caer de rodillas al suelo, golpeando sobre la tierra enfangada. Dejó caer las manos hasta hundirlas en el barro, rompiendo a llorar desconsoladamente. Kyo le dirigió una última mirada de tristeza instantes antes de que Shigure y Ayame se lo llevaran.
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Hatori no se movió. Permaneció clavado en el sitio, mirando a la destrozada muchacha que tenía ante sí. No podía evitarlo... Se sentía sucio. Lo que estaban haciendo no tenía perdón de Dios.
Tooru gemía, lloraba sin consuelo posible. Él, lentamente, se le acercó y, titubeando, puso una mano sobre su hombro. La chica se estremeció por el contacto, pero no se movió. Hatori la miró con compasión, horrorizado por lo que está ocurriendo.
- Escúchame, Tooru... -susurró- No me gusta nada lo que está ocurriendo pero no podemos hacer nada de momento... Haremos lo que podamos, pero ahora no hay nada en nuestras manos que pueda ayudar a Kyo. Deberá pasar un tiempo...
La chica reaccionó y, lentamente, se incorporó, para mirarle con los ojos llenos de una oscuridad que recordaba a la muerte.
- Tooru: quiero que te marches de aquí -dijo- Akito no debe verte. Una vez vuelvas a la ciudad, quiero que no te acerques por la casa de los Soma. Quédate en casa de alguna amiga o algo. Ahora las cosas están demasiado turbias. Mira, sigue por aquél camino -le indicó con un dedo, señalando una senda a su izquierda- una vez encuentres la carretera, verás un coche azul oscuro. Es el mío. Espérame allí, vendré sólo y te llevaré a casa cuando todo esto termine.
- No quiero... -susurró Tooru con desesperación.
Hatori se la quedó mirando con sorpresa, por el tono muerte y frío que había utilizado la chica. Esta se estremeció, tensando los dedos de sus manos.
- ¿Cómo... cómo podéis hacerle esto?! -gritó- ¡Kyo no ha hecho nada malo...! A-ahora entiendo por qué siempre parecía tan enfadado, por qué sus ojos siempre estaban tristes... Éste es el destino que le deparaba... y él lo sabía...
Hatori entristeció la mirada, luchando contra sus sentimientos. Al final, se dio la vuelta y se inclinó para recoger a Yuki, que aún estaba inconsciente. Pero antes de marchar dejó unas palabras.
- Solamente desearía... que no estuvieras aquí.
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Hatori se fue con Yuki entre los brazos. Tooru permaneció unos instantes en silencio, mirando al suelo con desesperación. Pero al final se puso en pie lentamente. No tenía nada que hacer: ir tras Kyo sólo empeoraría las cosas. Con mucho esfuerzo, se dio la vuelta y se marchó a trompicones por el camino que le había señalado Hatori. No vio una sombra fugaz que se perdía entre las tinieblas. Tampoco aquella estilizada silueta femenina, de largos cabellos negros que se sumergió en un efímero instante en la oscuridad.
Ni siquiera pudo decir nada cuando llegó enfrente del grupo de gente que había reunida allí. Kyo sólo sintió que un cubo de agua fría caía sobre él. Había muchos rostros que no conocía. ¿Qué había ocurrido allí...? El horror le invadió por completo, apoderándose de él.
En medio del claro de enfrente de la casa había un corrillo de gente. Los reconoció, todos eran Soma. Vio a Momiji y Haru arrodillados en el suelo, al parecer sin oponer resistencia. El rubio tenía la mejilla izquierda enrojecida. Seguro que Akito le había golpeado, siempre le había tenido especial manía al poseído del conejo. Haru parecía ileso, aunque tenía signos de haber peleado. Tras ellos estaba el hombre del pelo castaño claro y ojos oscuros. Kureno observaba la escena en silencio, una actitud muy normal en él. Kyo sintió un golpe en la parte trasera de las rodillas que le obligó a caer arrodillado al suelo.
Entonces unos pasos se acercaron lentamente, pisando el fango que había bajo ellos. A Kyo no le hizo falta nada más para adivinar que estaba frente a Akito.
El silencio se hizo eterno, y nadie parecía dispuesto a romperlo. Pero una risa calculadora y aguda resonó en la noche.
- Eres escurridizo, gatito... -susurró una voz escalofriante- Pero como puedes ver, el gato ha sido cazado.
- ¿Dónde está el maestro? -preguntó Kyo, advirtiendo que Kazuma no estaba cerca.
- Deberías sentirte orgulloso de él -dijo Akito con crueldad- Ha tratado de defenderte contra toda la familia. Si mis cálculos no fallan, dentro de dos semanas habrá salido del hospital. Ten en cuenta que más de veinte hombres contra uno se trata de una absoluta estupidez...
Un fuerte pinchazo perforó el corazón de Kyo. Maestro... ¿Qué le habían hecho? Era un maestro de kárate... Debían haber sido muchos para lograr derrotarle.
- ¡¿Qué le has hecho, maldito?! -gritó Kyo fuera de sí, sintiendo que le hervía la sangre- ¡Te mataré! ¡Te juro que te mataré...!
Aquel arranque de ira le proporcionó una fuerza que jamás hubiera conseguido. Logró deshacerse de los brazos de Shigure y Ayame, que a duras penas pudieron retenerlo de nuevo. De nuevo hubo un vacío, en el cual nadie dijo nada. Pero, acto seguido, Akito levantó la mano y le arrancó un golpe a Kyo en la cara. El chico ahogó un sonido vacío, siguiendo la trayectoria del golpe. Permaneció de aquél modo unos instantes, mientras se le amorataba la mejilla. Akito clavó de nuevo sus ojos en él.
- Me das asco... -escupió lentamente- En lugar de enfrentarte a mí, huyes...
El chico de los cabellos negros se inclinó a su lado y le puso una mano bajo el mentón. Kyo se resistió, enfurecido.
- ¡No me toques! -gritó.
- Sigues siendo un monstruo a pesar de todo... -susurró Akito- Por muy humano que te creas, la mancha del asesinato que cometiste aún está ahí...
Kyo sintió un salto en el pecho. Otra vez aquella imagen, la del cuerpo desangrado de su madre, le vino de nuevo a la mente. Negó violentamente con la cabeza.
- ¡No es cierto! -vociferó. Pero sus ánimos se fueron apagando- No es cierto...
- Piensa lo que quieras -dijo Akito-, pero vas a pagar muy caro tu crimen. Vas a quedar recluido para siempre en una prisión oscura que hará que las tinieblas en las que te has convertido pasen desapercibidas. Y no saldrás de allí hasta que mueras...
- ¡No...! -exclamó Kyo, luchando contra las lágrimas- ¡No...!
- No te servirá de nada resistirte -afirmó Akito con una sonrisa cruel- ¿A dónde irás, siendo el monstruo que eres? La gente te rechazará, te temerán; todos te repudiarán... Sólo los Soma podemos ponerte a salvo del mundo. Encerrándote garantizamos tu seguridad...
- ¡Eso es mentira! -gritó Momiji sin poder contenerse- ¡Sólo lo haces por herirle...!
- ¡Cállate! -ordenó Akito furioso.
- ¡Kyo, no le escuches...! -gritó el chico de cabellos rubios, sin atener a consecuencias- ¡Te está mintiendo...!
- ¡Silencio! -bramó Akito con los ojos ardiendo de ira.
Momiji calló de inmediato, aún con el recuerdo del golpe que le había arremetido Akito hacía unos minutos. Su respiración se alteró cuando el cabeza de familia se plantó ante él, provocando que sus ojos marrones se desorbitaran de nuevo. Akito clavó sus ojos negros en él, transmitiendo toda su rabia.
- Eres valiente, debo reconocerlo, Momiji... No me gustan las personas valientes -afirmóde un modo muy cruel, inclinándose para tomar con fuerza los cabellos dorados del muchacho.
Aquel gesto hizo reaccionar a Haru, que dejó su aparente tranquilidad para embestir de un modo violento contra Akito, empujándole con todas sus fuerzas. Este se tambaleó por el empujón, aunque logró mantenerse en pie. El silencio reinó por unos instantes, hasta que la respiración alterada de Momiji inundó el ambiente. Sus ojos marrones estaban clavados en su primo, que había atacado a la máxima autoridad de los Soma por defenderle. El poseído del buey advirtió su error, pero volvió a su posición original, aunque con un rastro de orgullo y decisión en sus ojos. Akito se incorporó con facilidad, lanzándoles una mirada de desprecio.
- Me lo esperaba de Momiji, pero de ti, Hatsuharu, nunca -admitió en un susurro- Me ocuparé de vosotros dos más tarde...
Akito fijó sus oscuros ojos de nuevo en Kyo, que permanecía de rodillas, aún afectado por sus crueles palabras. Empezó a andar a su alrededor, como un buitre acechando a su presa. Con un gesto suyo Shigure y Ayame se retiraron, dejando a Kyo sin restricción alguna. Todos sabían que el chico no intentaría huir de nuevo.
Shigure no dijo nada, simplemente se quedó detrás de Kyo con la cabeza gacha, en absoluto silencio. Ayame permaneció quieto unos instantes, observando al muchacho de los cabellos naranjas, pero después se dio la vuelta con celeridad, marchando a través del camino oscuro, como si lo que estaba ocurriendo no le importara lo más mínimo. El hombre de los cabellos rubios cenizo le siguió con la mirada, con clara intención de seguirle, pero aquella voz le detuvo.
- Kureno, déjale -ordenó Akito autoritariamente- Volverá a mí, ya lo verás...
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Kyo parecía no estar allí. Simplemente su mente se negaba a aterrizar. Hacía unas horas estaba en el instituto, discutiendo con Uotani, peleándose con Yuki... y ahora estaba rodeado de aquella maldita familia, traicionado por los que creía sus amigos.
A punto de recibir un castigo que no sabía si iba a ser capaz de soportar... La lluvia no cesaba, y eso le hacía sentir aún peor.
Tooru...¿cómo estaría ella? ¿Cómo le habría afectado lo que había visto? Reparó por primera vez en todo el rato en que la vida de aquella chica también se había hecho añicos en unos pocos minutos. ¿A dónde iría ella? No podía volver a casa de Shigure... Akito la encontraría y entonces le haría daño. Pensó en Haru y Momiji, también en Yuki. Recibirían algún castigo por haberle ayudado. En Kazuma, su maestro, que al parecer había luchado por protegerle, resultando herido...
Realmente era un monstruo. Todas aquellas personas habían sufrido por su culpa. Cerró los ojos con fuerza. ¿Por qué...? ¿Por qué ni siquiera en esos momentos era capaz de llorar? Quizás las lágrimas hubieran logrado aligerar aquel peso de su pecho...
No se resistió, simplemente se dejó llevar al coche de Akito, dónde sabía que le esperaba más de una hora de interminable tortura psicológica de manos del cabeza de familia…
Hasta que llegaran a la residencia Soma y le privaran para siempre de la libertad por la que siempre había luchado. Antes de meterse en el coche, pero, reparó en alguien que observaba la escena desde cerca, un hombre de cabellos negros, tristes ojos azabache, ahora llenos de odio y rencor.
- Por fin tienes tu merecido... -dijo su voz cruel entre tartamudeos- Finalmente pagarás por el crimen que cometiste...
Kyo no dijo nada. El corazón le había dado un doloroso salto dentro del pecho al oír las acusaciones retumbar de nuevo en su mente, de labios de su propio padre, el odio del cual le acompañaría por siempre jamás.
La lluvia caía a su alrededor mojándole los cabellos plateados y manchando sus ropas, pero no se inmutaba por ello. Se había ido sin decir nada a Akito, seguramente el cabeza de familia estaría furioso.
Pero no le importaba. No había sido capaz de soportar la visión de aquel pobre muchacho dominado por una fuerza superior a él, con aquellos ojos llenos de un infinitivo dolor que incluso había logrado conmoverle a él. Dios... ¿qué había hecho? Aún recordaba el cuerpo sin sentido de su hermano sobre el barro. Él mismo le había dejado inconsciente de un certero golpe. A cada instante que pasaba lo que estaba sucediendo se le volvía más absurdo, más inhumano. Por mucho que Akito lo deseara, por mucho que dijeran que era lo correcto... ¿realmente tenía sentido lo que estaban haciendo?
Y él había tomado parte como el fiel vasallo de Akito. Después de todo la serpiente era el traicionero... Se ganaba la confianza de los demás y después les apuñalaba por la espalda. Era su naturaleza, pensó irónicamente.
Aún así aquella opresión en el pecho... Le dolía en el alma.
No tardó en advertir que no estaba sólo. Alzó aquella aguda mirada verde, acechando a la oscuridad. Distinguió de inmediato a esa persona. Esa vez descifró de inmediato el secreto de aquellos profundos ojos negros que se clavaban en él, acusándole de quizás uno de los peores crímenes. Los cabellos negros de ella, empapados por la lluvia, ocultaban gran parte de su rostro, aumentando su tétrica expresión.
- No pareces el mismo, Aya -observó Rin con su habitual voz tétrica-, y sé reconocer lo que hay en tus ojos: eso que sientes y que no conoces es el peso de la culpa. El arrepentimiento...
Ayame la siguió mirando en silencio, tratando de mostrar inexpresividad, pero sintiendo en el fondo de su ser que ella tenía razón. Ni siquiera advirtió como desapareció en las sombras de la noche, como una luciérnaga desvaneciéndose en la nada. Pero sus palabras quedaron en su cabeza, retumbando con crueldad en su mente.
"El peso de la culpa..."
"Arrepentimiento..."
