Capítulo 8

Ese día había visita a Hogsmeade. Se palpaba en el ambiente: los estudiantes de Hogwarts estaban deseando poder salir del castillo y dirigirse al pueblo que tanto amaban.

Hogsmeade era el único pueblo totalmente mágico de Inglaterra. Y como cualquier pueblo, tenía una serie de atractivos que hacía que los estudiantes de Hogwarts estuviesen deseando ir: sus numerosas tiendas, sus restaurantes… y sobre todo, que siempre era una excusa para dar un paseo con la persona que querías.

Eso mismo pensaba Remus cuando, esa misma mañana, se ponía sus mejores galas para ir al pueblo. Se había pasado mucho tiempo delante del espejo, intentando lucir lo mejor posible.

¿Y por qué? Porque Remus Lupin había decidido que hablaría con Ethel Holden, aquella chica que le robaba el sueño.

Cuando llegó a la sala común de Gryffindor la vio, sentada en un sillón, ajena a lo que pasaba a su alrededor, leyendo un libro.

Remus, muy nervioso, decidió acercarse:

- ¿Ethel?

La chica se sobresaltó al oír su nombre y más cuando vio que era el merodeador quien se había dirigido a ella.

No había quien entendiese a los hombres… primero la evitaba y ahora se acerca a ella. ¿Se podía aclarar de una vez?

- ¿Qué quieres, Remus?- dijo, carente de emoción.

No estaba dispuesta a que Remus volviese a jugar con sus sentimientos. No estaba dispuesta a que se pusiese su careta de ser indefenso y consiguiese engañarla, no. Ethel Holden había aprendido la verdadera naturaleza de Remus Lupin y nunca más se iba a dejar avasallar.

- Yo… me preguntaba si querrías acompañarme a Hogsmeade- dijo él.

Ethel se sorprendió mucho al oír esas palabras. Después de todo lo que había pasado, ¿ahora se dignaba a dirigirle la palabra como si no hubiese pasado nada?

- ¿Y vienes como si no hubiese pasado nada?- preguntó, ofendida.

Remus suspiró: iba a ser más difícil de lo que había pensado:

- Yo quería arreglar las cosas contigo- confesó.

- Pues si no me explicas lo que pasó sin mentirme, olvídate de arreglar las cosas conmigo- dijo Ethel tajante.

Remus bajó la cabeza, avergonzado:

- Ethel, yo te prometo que lo siento mucho…- dijo- pero no te puedo contar los motivos por ahora. Es algo muy personal que no estoy preparado para contarte aún.

Ethel se enfadó:

- Pues si no eres capaz de contarme tus cosas, yo no podré perdonarte- dijo- si no lo entiendo, ¿cómo perdonarte?

Remus no quiso decir nada más. Se sentía abatido. Sentía que no podía hacer nada más. Sólo… contarle la verdad. Pero no estaba preparado, no era capaz:

- Algún día te lo contaré- y se marchó, dejando a Ethel muy confundida.

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A Roanne le encantaba pasear por Hogsmeade. Sentía que cada vez que acudía allí, algo nuevo y emocionante podía ocurrir.

Le gustaba pasear por sus calles, mirar a la gente a la cara, sentir que ella era parte de ese mundo.

Le gustaba ver a las parejas paseando de la mano, le gustaba ver las peleas de los estudiantes, le gustaba ver a las pandillas de amigos…

Le gustaba porque era como un retrato de la vida misma. Ahí tenía todo, desde lo más normal a lo más dispar. Y a ella le calmaba pasear sola por sus calles y reflexionar.

Reflexionaba acerca de cualquier cosa: de los comportamientos que veía, de cuestiones transcendentales, de acontecimientos que le habían ocurrido…

En ese momento, Roanne estaba sentada en un banco, con los ojos cerrados, sintiendo cómo la brisa le rozaba la cara. Era una sensación tan placentera…

Entonces, sintió como alguien se sentaba a su lado. Avergonzada, Roanne abrió los ojos. Para su sorpresa, un Slytherin se había sentado junto a ella.

No le quiso dar importancia y se dispuso a mirar al frente. En esos momentos, la calle estaba vacía. Roanne sintió un escalofrío, ya que sentía que el Slytherin le estaba clavando la mirada. Ofendida, resolvió a darse la vuelta y reprenderle, pero su mirada le heló la sangre.

Se quedó paralizada. El Slytherin le dirigía una sonrisa cruel y acompañada de una mirada tétrica.

Era como si la desnudase con la mirada.

Asustada, se levantó de un salto del banco, dispuesta a marcharse de allí lo más rápido posible.

Sin embargo, el Slytherin le cogió del brazo:

- ¿Dónde crees que vas, zorrita?

Roanne tembló. Sabía que nada de lo que la estaba ocurriendo marchaba bien:

- Suéltame- su intención había sido hablar con una voz firme y tajante, pero, sin embargo, de su boca había salido un tono suplicante y asustadizo.

El Slytherin avanzó, con ella agarrada. Roanne intentó soltarse, pero el Slytherin la doblaba en tamaño y altura. Intentó gritar, pero él le tapó la boca con su enorme mano.

Estaba atrapada. No tenía escapatoria. ¿Qué iba a hacer?

El Slytherin la llevó hasta un callejón sin salida. Parecía ser que buscaba un lugar donde nadie les viese.

Roanne seguía temblando.

El Slytherin apartó la mano de su boca para desabrocharle la camiseta y, en ese momento, Roanne aprovechó para gritar. Para gritar como nunca antes lo había hecho.

- Cállate, zorra- le dijo el Slytherin, pegándola una bofetada.

Roanne se quedó muda del dolor. Y sólo fue capaz de soltar unas silenciosas lágrimas. Estaba tan asustada…

El Slytherin siguió desabrochándole la blusa. Cuando hubo terminado, la arrojó violentamente al suelo.

Roanne se sentía indefensa, vulnerable. Sentía tanto miedo…

- Ahora le vas a dar a papá lo que él quiere- dijo el Slytherin.

Acto seguido, la quitó el sujetador y comenzó a saborear sus senos:

- ¡Apártate!- lloraba Roanne, intentado librarse de él.

Le empujaba con todas sus fuerzas, pero parecía que no eran necesarias, porque él no se movía ni un milímetro.

En ese momento, percibió como alguien caminaba cerca. Esa era su oportunidad:

- ¡Ayuda!- gritó con todas sus fuerzas.

Vio como alguien se acercaba corriendo. Era un chico, más o menos de su edad…

Pero no pudo ver más, porque inmediatamente después de desmayó.

Roanne se despertó aturdida. Alguien la llevaba en brazos por un pasadizo muy oscuro. Tuvo miedo. ¿Seguía atrapada por el Slytherin?

Entonces, vio su cara. Y sintió un alivio tremendo. Nunca se había sentido más feliz en toda su vida:

- ¡Sirius!

Él la miró preocupado:

- ¡Roanne! ¡Despertaste!- exclamó- ¿cómo te encuentras?

- Mareada…-respondió ella.

Él la empezó a contar todo lo que había pasado. Había luchado contra él y le había lanzado un hechizo aturdidor. Después, vio que ella seguía desmayada y decidió vestirla y llevarla a la enfermería.

Y ahora estaban en un pasadizo secreto que sólo los merodeadores conocían.

- Estás temblando- notó Sirius.

Era cierto. Estaba temblando y ni siquiera se había dado cuenta. Y es que, aunque aparentemente todo hubiese pasado y estuviese sana y salvo, sentía mucho miedo.

Sin saber por qué, abrazó fuertemente a Sirius. Se lo agradecía tanto…

Y se lanzó a llorar. A llorar como nunca lo había hecho, ni siquiera cuando era niña. Lloraba y temblaba a la vez. Sentía tanta impotencia, tanta rabia, tanto miedo…

Sirius se quitó su chaqueta y se la pasó por los hombros:

- Toma, no tengas frío- la dijo, tiernamente.

Roanne se sintió protegida, en los brazos de Sirius, como si fuese una niña pequeña que acabase de ser rescatada por su príncipe azul:

- No tengo frío… tengo miedo- confesó.

Esas palabras le helaron la sangre a Sirius. Sin pensarlo dos veces, la sostuvo fuertemente en sus brazos, como si pensase que se pudiese caer.

Era tan vulnerable… sentía unas ganas tremendas de protegerla. Tenía que asegurarse de que estaba bien:

- Tranquila, estás a salvo- le acarició sus largos cabellos- estás conmigo.

Y ella hundió su cabeza en su pecho, llorando amargamente. Sirius, sin saber bien qué hacer y sintiendo cómo se le encogía el corazón, le dio unas tímidas palmaditas en la espalda.

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Roanne había pasado toda la noche en la enfermería. Y para sorpresa de ella, Sirius había permanecido a su lado, sin separarse ni un minuto de ella.

Cuando abrió los ojos, sonrió para sus adentros al ver a Sirius con una silla, postrado a su lado, mirándola preocupada.

Sirius se había portado genial con ella. No encontraba palabras para agradecerle todo lo que había hecho por ella…

- ¿Estás bien?- preguntó él, preocupado.

- Mejor, gracias- sonrió ella.

Sentía la necesidad de agradecerle todo lo que había hecho:

- ¿Sirius?- le llamó.

- ¿Sí?

- Muchas gracias por… por salvarme- agradeció con toda su alma- no sé como agradecerte todo lo que has hecho por mí.

- Era lo mínimo que podía hacer- fue su respuesta.

- Y…

- ¿Sí?- quiso saber Sirius.

- Por favor, no cuentes a nadie nada de lo que ha ocurrido… no quiero que nadie lo sepa- dijo ella avergonzada.

- Si no quieres que nadie lo sepa, nadie lo sabrá- le prometió Sirius.