Llegué al departamento enfadado, impotente, me urgía largarme rápidamente, quería olvidarme de absolutamente todo, quería deshacerme de la oscuridad que opacaba mi alma en esos momentos.
Entré a mi habitación y mis maletas seguían ahí, algo por lo que me sentí aliviado, aunque Zafiro no se encontraba en el departamento, lo que si me pareció extraño, pero no quedaba tiempo de localizarlo y despedirme formalmente, asó que opte por dejarle una nota, la cual escribí tan rápido como pude.
Subí mis maletas al carro, debía irme antes de que alguien pudiera detenerme, antes de que alguien intentara cambiar mi opinión. Acelere, llevaba los vidrios debajo, por lo que pude sentir el viento golpear mi rostro intensamente, algo que impidió que las lágrimas salieran. El reloj estaba por marcar las 8, faltaban veinte minutos, en los que se me irían revisando el equipaje y otras cosas, todo debía ser rápido y sencillo, nada podía estropearlo.
Me entretuve con los guardias que revisaban, después tuve que ir a checar mi boleto, todo estaba listo ya, solo faltaba escuchar el último llamado.
"Pasajeros con destino a Londres, favor de abordar el anden 303, última llamada"
Por un momento el corazón se me detuvo, pero no podía dar vuelta atrás, por lo pronto todo estaba saliendo bien, aunque quizá muy en el fondo no deseaba que así fuera. Camine por el enorme pasillo, junto a los demás pasajeros que lucían felices por sus vacaciones a Londres. La puerta del avión estaba cerca, note entre la multitud a la muchacha que checaba por última vez el boleto, el momento estaba cerca.
Llegue al punto en el que mis nervios se encontraban acelerados al máximo, ni siquiera quise mirar hacía atrás por miedo a querer detenerme, así que solo seguí adelante, entre al avión y tome mi asiento, guardando las lágrimas. Casi todos los pasajeros se encontraban en sus asientos ya, solo era cuestión de despegar e irme para siempre de aquel lugar sombrío.
Las puertas se cerraron. Las sobrecargos comenzaron a explicar el procedimiento de que hacer, se escucho la voz del capitán que daba la bienvenida, sentí como el avión comenzó a moverse por la pista.
El momento había llegado, sentí una enorme decepción, creí que por alguna razón vería a Serena entrar por la puerta, buscándome, pero todo fue una estúpida ilusión, un deseo que llevaba por dentro.
Y así fue como me despedí de Tokio, me despedí de todo, deje que mis ojos se cerraran, sería un largo, pero muy largo viaje.
Abrí los ojos por el sonido de la voz del capitán, informándonos de que todo había salido bien y de que en unos minutos aterrizaríamos sanos y salvos en tierra firme. Habían sido las horas mas largas de mi vida, todo por lo que había luchado, se había perdido ahora.
El aeropuerto de Londres era un poco mas pequeño que el de Tokio, aunque no había estado ahí en años, así que tuve que pedir indicaciones, en ese momento me sentí más solo que nunca.
Llegue al hotel en donde alquile una habitación por algunos días, lo primero que debía hacer era buscar un trabajo y un lugar en la universidad, para poder terminarla.
Me tumbe sobre la cama, desolado, desorientado, ¿Qué haría ahora?, no dejaba de hacerme esa pregunta, no tenía a nadie a quien acudir. El hambre me había ganado, primero que nada debía salir a buscar algo de comer, era un poco más del medio día, por lo que decidí salir y caminar mientras encontraba algún restaurante barato.
Camine algunas cuadras hasta encontrar un lugar de hamburguesas, no deseaba acabarme el dinero tan rápido en tonterías, por lo que comí mientras intentaba ordenar mis ideas.
¿Se sentía así de mal estar solo?
Salí del restaurante y el sol comenzaba a ocultarse, pude ver el horizonte anaranjado, el sol ocultándose lentamente tras las montañas bañadas de verde, camine sin rumbo alguno, esperando ver algún rostro conocido, mas sin embargo sabía que eso no sucedería, que no vería rostros conocidos durante mucho tiempo.
Decidí regresar al hotel, pero ya había oscurecido, y como era de esperarse en Londres, la lluvia comenzó a caer sobre mi piel, gota tras gota, sentí como mi rostro se refrescaba, había pocas personas en la calle en esos momentos, la neblina comenzó a hacerse presente, casi no lograba ver nada bajo la lluvia y la neblina.
Quizá era un momento perfecto para desahogarme, algunas lágrimas se derramaron de mis ojos, no me sentí mal por que sabía que se perderían junto con la lluvia que caía, pero de pronto algo distrajo mi atención, un cabello dorado y brillante se distinguía a lo lejos.
¿Podría ser?, era imposible, quizá la tristeza, la neblina, la lluvia, todo había confundido mi mente y había hecho que mi cerebro creara una imagen de Serena frente a mi. Pero de pronto la figura se encontraba mas cerca, noté como corría entre la lluvia, como su cabello se agitaba con el viento, ¿de verdad era una alucinación?
Me quede paralizado, detenido por la impresión, mire atentamente la figura, que cada vez se encontraba mas y mas cerca.
-¡Diamante!-gritó la figura.
Mis ojos no podían creer lo que veían, Serena se encontraba a tan solo unos metros de mi, y era ella en verdad, de verdad se encontraba ahí, en Londres, y estaba buscándome.
Mi corazón se detuvo por unos segundos, no creyendo lo que sucedía.
De pronto sentí los brazos de Serena rodeándome, apretándose mas a mi, un impulso me recorrió el cuerpo, y no pude evitarlo, la rodee con mis brazos, afrentándola fuertemente contra mi, no queriéndola dejar ir.
-¿Serena?… ¿de verdad estas aquí?-dije aun sin creerlo.
-Diamante…Diamante, ¡por que lo hiciste!-dijo llorando.
Lo que no pude soportar, no pude soportar verla derramar lágrimas.
-No debiste hacerlo, yo no quería…pero tu…
-Serena, lo siento mucho.-dije mirándola a los ojos.-Ya no soportaba mas.
-¿Por qué, Diamante?, lo único que debías hacer era…era…decírmelo.
-Pero…tu…Darien…
De pronto Serena tomo mi rostro entre sus manos, me miro fijamente por algunos segundos y nuestros labios atraídos se unieron en un ligero beso. Todo el mundo a mí alrededor desapareció, tantos años, tanto tiempo soñando con probar sus dulces labios, y ahora era realidad, la apreté contra mí, reflejando mi deseo de no dejarla ir, nuestras bocas encantadas se movían al mismo ritmo, nuestros pulsos acelerados, nuestras manos se juntaron, nuestros cuerpos empapados.
Nuestros labios se separaron por algunos segundos, era el momento adecuado, debía decirlo ahora.
-Te amo.-le dije nervioso.
Noté como el rubor se hacía presente en las mejillas suaves de Serena, realmente era lo mas dulce que había visto en mi vida, la tome de nuevo en mis brazos, era todo lo que necesitaba.
-Yo también, Diamante. Nunca te perdonaré por haber huido sin decirme que me amabas, por haberme dejado ir con otro.
-Nunca te perdonare por haber elegido a otro, por enfermarme de celos.-le susurre al oído.
-Nunca te perdonare por no haberme besado antes.-respondió.
-Nunca te perdonare por ser tan hermosa, tanto que no puedo soportarlo, me matas.
Serena soltó una ligera risita, presione mis labios contra su frente, lucía hermosa bajo la lluvia de Londres.
-¿De verdad me amas, Serena?-pregunté, inseguro, temeroso de que todo fuera un simple sueño.
-Como no lo imaginas, no soporte el que te hubieras ido.
-Entonces no te dejare ir, Serena, nada me detendrá ahora.
Y nuestros labios se unieron por segunda vez, deslicé mis dedos por su cabello dorado, brillante, suave, era lo mas perfecto que existía, Serena lo era todo para mi.
