¿Mejor, muchacha? – ruge Hagrid mientras Chris bebe su enorme taza de té.

Sí, gracias… - susurra ella apenas de forma audible. – Ya estoy mejor.

Cualquiera puede tener un olvido, ¿verdad, Rubeus? – añade amablemente Albus Dumbledore sonriendo.

Claro, claro. ¿Recuerda usted cuando no recordé dar de comer a los equus? Nunca los vi tan enfadados y la culpa de todo fue que…

Chris oye sus voces a lo lejos, pero es incapaz de escuchar. Su falta no ha sido ser olvidadiza o despistada y no fijarse bien en la carta de la subdirectora. No. Su fallo ha sido la cobardía. Ha mirado sólo en beneficio propio, salvaguardando su tranquilidad y destrozando así la paz del director. Nada de lo que los dos hombres le digan va a consolarla. Se siente despreciable. Y no sólo despreciable, sino como un bicho raro, como si portara una enfermedad contagiosa y tuviera que guardar cuarentena. ¿Por qué sino la lista de sus libros era tan extraña? ¿Qué tiene de diferente respecto al resto de alumnos?

… como le decía, fue horrible. Una extensión de calabazas pisoteadas por sus cascos. ¡Nunca me recuperé de aquel Halloween tan tristón! – solloza el semigigante con gran pesar.

Vamos, vamos, Rubeus – le consuela Dumbledore tendiéndole un pañuelo de seda. – Estoy seguro de que la señorita Gramcia está tan interesada como yo en tan trágica historia, pero tenemos otros asuntos que atender, ¿de acuerdo?

El desdichado hombre se suena fuertemente la nariz y seca sus ojos, asintiendo con la cabeza pesadamente.

Sí, señor – murmura con voz ronca. – Fang y yo iremos a dar una vuelta. Tengo que hacerles una visita a los gnomos del Sur. Últimamente se están volviendo muy quisquillosos con los Lingae, ¿sabe?

Chris está a punto de abrir la boca y quejarse. ¡No, Hagrid! ¡Quédate, por favor! , siente deseos de exclamar, pero es como si su voz se hubiera evaporado. O tal vez acaso siente que ya es hora de dejar de esquivar sus miedos y enfrentarse a su pasado, ya es hora de dejar de caminar bajo la sombra de su amigo. Sí, ya es hora.

La puerta se abre. Ladridos, lluvia, frío gélido y un ¡Hasta la vista! y la puerta vuelve a cerrarse.

Silencio y más silencio. Hasta la lluvia ha dejado de sonar. Todo la Naturaleza enmudece ante la revelación que Chris tiene miedo de escuchar. Tanto miedo siente que es incapaz de levantar la mirada y enfocar sus ojos hacia el anciano que tiene delante: sus pupilas no se separan de las vetas de la mesa de roble. Mirada estática, avergonzada, acongojada.

Tu madre era una mujer maravillosa.

La mirada estática se vuelve dinámica. Chris mantiene sus ojos fijos en los del director, que miran melancólicos por la ventana empañada hacia el castillo.

¿Usted… usted la conoció…? – pregunta ansiosa.

Dumbledore niega con la cabeza con sus ojos brillantes clavados en el cristal. La muchacha siente decepción y sus ojos también comienzan a ser brillantes.

¡Pero sé que se le daban muy bien las pociones! – añade el hombre junto a una risa corta y clara.

Chris enarca una ceja. Está empezando a pensar que otra vez el famoso director está como una chota y le está tomando el pelo, pero la sonrisa del semblante de su tertuliano se vuelve más ácida.

Sus informes educativos estaban en los documentos del archivo del señor Filch, el conserje. Los descubrí hace un par de días y…

¿Cuál era su nombre? – interrumpió Chris.

Dumbledore abre los ojos con sorpresa. Su alumna es inteligente, muy inteligente…

No lo sé – repone el director. Sus ojos vuelven al cristal de la ventana. Ha comenzado a chispear de nuevo. – De hecho, no sé gran cosa de ella. Muchos de los documentos se hallan en mal estado. Algunos fueron destruidos por los seguidores de Lord Voldemort, puesto que el archivo se trasladó a la Casa de Los Gritos para mayor seguridad…

Vaya al grano – le interrumpe ella de nuevo.

Dumbledore la mira fijamente. ¿Debe explicarle todo, absolutamente todo? ¿Y si no le gusta lo que le cuenta? ¿Y si vuelve a escaparse, como hizo con sus otras familias…? ¿Soportará la verdad? Es una chica fuerte, desde luego. Tan fuerte que ni se ha inmutado ante el nombre del Señor Oscuro: una gran valentía… o una falta de conocimiento mágico, tal vez.

Dígamelo.

El director suspira y explica con parsimonia:

Nació en alguna zona de Inglaterra. Fue buena estudiante, especialmente en Pociones. Tras graduarse en Hogwarts, se casó con un hombre de sangre pura. Es todo lo que sé.

Chris traga saliva. Es mucha información de golpe. Nota cómo los ojos se le humedecen.

¿Cómo sabe que es mi madre…?

Ni siquiera de eso podemos estar seguros – susurra Albus Dumbledore apenado. – Sólo podemos hacer… conjeturas – añade incómodo.

¿Qué quiere decir?

El hombre, con todo el dolor de su corazón, extrae un pergamino estropeado y arrugado de su bolsillo.

Esto lo dejó tu madre al morir en manos de la dueña del primer orfanato en el que te criaste. Quiso destruirlo en un primer momento, pero yo la retuve. No debías verlo hasta… hasta que fuera la hora de verlo. Te he estado protegiendo durante estos años y buscando durante tantos otros… hasta ahora. Hasta entregarte esto: esta carta que tu madre dejó para ti.

Chris quiere llorar, gritarle a ese hombre que está loco. Quiere exigirle respuestas, explicarle lo mal que lo ha pasado todos esos años. Quiere estrujarlo y chillarle que es un mal cuidador, que nunca la ha protegido. Quiere decirle que le odia, que por su culpa se ha hecho ilusiones. Pero tiene un nudo en la garganta que le impide hablar. Y, lo que es más urgente, tiene algo muy importante que hacer: leer las últimas palabras de su madre.

Con manos temblorosas, sostiene el pergamino ajado que le tiende el profesor y siente sus lagrimales rebosantes de gotas saladas que ya se escurren por sus mejillas. Traga saliva por última vez y empieza a leer.