-¡No es lo que crees! –excusó Deidara con vergüenza. Iba a quitar sus manos cuando la derecha fue tomada por la de Tobi, entrelazando sus dedos.- ¡Suéltame, hum!
-No quiero. –Sentenció el chico caramelo.- Sabes, no pensé que no pudieras controlar tu curiosidad… Muy, mal, Senpai… -dijo, con voz cambiante lo cual extrañó a Deidara.
-Qué no…
-¿Qué? –dijo divertido al ver que se cortó cuando dejó caer la mitad de su máscara, ocultando el sharingan para evitar problemas y se acercó a su rostro, quedando en una posición comprometedora. Tobi sujetando su peso con la mano derecha al costado se Deidara, las piernas flexionadas sobre las del rubio y manteniendo en su lugar su mano. Mientras Deidara trataba frenéticamente de sacarlo de ahí a empujones con la mano libre. A la vez, miraba el rostro de Madara, juraría haberlo visto en algún otro lado.
-¿Qué haces? –Dijo buscando zafarse.-Quítate.
-¿Cómo que qué? -cuestionó burlón ahora Madara.- Te muestro mi rostro, por supuesto. Hay que pagar recompensa.
-¿Eh?
-¡Se acabó! –Gritaba el albino.- ¡me largo a mi puta habitación!
-Espero hayas apagado las luces antes de irte, son caras. –Respondió Kakusu revisando si había monedas bajo los cojines de los muebles.
Hidan hizo un gesto obsceno con su dedo medio mientras gritaba varias maldiciones entre la que destacaba destajarle el culo al avaro.
Camino molesto por el pasillo que llevaba a las habitaciones, le sacó la madre a la puerta de su compañero y entró sin disimulo a su cuarto. Lo único que se escuchó después fue la gran pregunta de Hidan:
-¡¿Qué hacen en mi habitación?!
Itachi caminaba tranquilamente, acomodando el vendaje de su nariz. Y escuchó, escuchó el grito del fanático religioso. Más unas plegarias a Yashin-sama. Y entendió lo que pasaba. Se deslizo por las paredes de la bati-cueva y siguió el rastro de sangre que la guadaña de Hidan había dejado. El muy sucio. Quedo de piedra cuando vio la escena por la que Hidan gritaba.
¡¿Qué hacía Tobi besando a Deidara?!
