DOS SABUESOS DESPISTADOS

DISCLAIMER:Casi todo es de Rowling. Lo de siempre, vamos.

CAPÍTULO 2

El hombre del traje color castaño

El Ministerio de Magia era un auténtico desastre. En realidad, todo el mundo mágico se había sumido en el caos más absoluto después de la guerra, pero en el Ministerio los problemas parecían amplificarse por mil. Eso lo sabía muy bien Percy Weasley, pues llevaba semanas trabajando día y noche y ni siquiera había podido hacer un inventario de todos los objetos de magia oscura que habían llegado a sus manos durante todo aquel tiempo.

Supuestamente trabajaba en el Departamento de Transporte Mágico. Debía encargarse de controlar el tráfico de trasladores, tanto nacionales como internacionales, pero en el resto de departamentos apenas daban abasto y esa mañana Percy estaba echándoles una mano a los funcionarios administrativos del Wizegamont. Había que clasificar centenares de expedientes delictivos, distinguiendo a aquellos que habían sido condenados por motivos políticos durante la época oscura del año anterior, de aquellos que habían sido acusados de otros delitos. No era una tarea grata, ni siquiera para un hombre como Percy que siempre había disfrutando organizando cualquier clase de cosas.

Percy suspiró y dejó el expediente de Otto Crofton sobre la mesa. Crofton había sido condenado en el año noventa y cuatro a diez años de prisión por posesión y venta de pociones prohibidas. Según el informe, había sido ingresado en San Mungo en el mes de mayo, aprovechándose de la orden ministerial de excarcelar a cualquier mago o bruja injustamente condenado. Percy suponía que para Crofton, que era hijo de muggles, no debió resultar difícil engañar a los aurores en mitad de todo aquel caos. Había pasado un par de semanas internado en el hospital y después se había ido a casa. Percy suponía que a esas alturas debía estar perfectamente escondido entre los muggles, si es que no había abandonado el país. En cualquier caso, apiló el expediente junto al de otros presos fugados y decidió tomarse un par de minutos de descanso.

Por sus manos pasaban al día más de una docena de casos. Desde auténticos monstruos hasta personas que, como Penny, habían sufrido en manos de gente como Umbridge. Precisamente fue el caso de Penny el primero que Percy decidió solucionar. Él personalmente se encargó de preparar su orden de libertad y de limpiar su nombre. Faltaría más. Le desilusionó un poco que ella recibiera la noticia con cierta indiferencia, pero no se lo tomó a mal. Era comprensible después de todo lo que había tenido que pasar.

Percy había pensado mucho en ella durante esos meses. Aún se resentía del varapalo recibido el día de Halloween. Reconocía que quizá se había hecho demasiadas ilusiones, pero el no poder encontrarla le había sumido en un deprimente estado de melancolía. La echaba de menos y, aunque seguía estando dispuesto a darle todo el espacio que ella necesitara, cada vez le costaba más hacerlo.

Agitó la cabeza, decidido a expulsarla de su mente. No podía permitirse esas distracciones. El trabajo era lo más importante en ese momento, luchar para que el mundo mágico recuperara la normalidad perdida. Cuando eso ocurriera, quizá podría retomar su búsqueda con más ímpetu que antes, pero hasta entonces no debía pensar en Penny.

-¿Tienes algo nuevo para mí, Weasley?

Nolan Fawcett fue compañero de Percy en Hogwarts. Era el hombre que le servía de enlace con el Departamento de Aurores y, a pesar de ser un tipo un tanto rudo, le caía bien. Percy señaló un pequeño montón de pergaminos y Fawcett les echó un rápido vistazo.

-Hay un par de delincuentes de medio pelo. Por el momento, yo me centraría en Crofton. Parece ser bueno en lo que hace y podría llenarnos Inglaterra de pociones estimulantes en un tiempo récord.

Percy cabeceó. Nolan era un tipo intuitivo. Seguramente lograría hacer carrera en el cuerpo de aurores, aunque le faltaba un poco de diplomacia y saber estar para llegar a ser alguien realmente poderoso. A Percy le recordaba un poco a Alastor Moody y eso le llevaba a pensar que lo que Nolan realmente quería era ser un hombre de acción.

-Quiero terminar con estos expedientes antes de irme a casa –Señaló un montoncito de considerable tamaño. Fawcett lo miró como si no lo creyera capaz de hacerlo- Si encuentro algo interesante, te lo llevaré.

Nolan cabeceó, cogió el pergamino del caso Crofton y se fue sin añadir nada más. Quizá Percy hubiera agradecido un poco más de conversación, pero supuso que la soledad le podía ayudar a retomar su labor. Así pues, estiró la mano hacia el montón y siguió trabajando.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

Percy se encontró con su hermano en la puerta de Sortilegios Weasley. Aunque nunca habían acordado nada explícito al respecto, Percy y George habían cogido la costumbre de volver juntos a casa. George parecía un poco menos George desde la muerte de Fred y Percy se sentía en la obligación de no dejarle solo. Era algo más bien inconsciente, pero una parte de sí mismo deseaba cuidar de su hermano. Quizá porque no había podido hacer nada por Fred durante aquella fatídica noche, ahora no podía permitir que George se hundiera. Sería como fracasar de nuevo y Percy había vivido demasiados fracasos últimamente.

George había decidido reabrir el negocio a finales de agosto. Quería aprovechar el inicio del curso en Hogwarts para vaciar los bolsillos de los nuevos alumnos. Percy había pensado que no era correcto volver a su actividad tan pronto, pero la tienda era lo único que parecía mantener a George de buen humor. Tal vez porque, al igual que él conseguía mantenerse ocupado rellenando informes insufribles, George encontraba un poco de paz en la actividad que tantas alegrías le había otorgado en el pasado.

George cerró con la puntualidad de un reloj. Verity, la chica que ya había trabajado antes de la guerra con sus hermanos, le ayudó con los hechizos protectores y saludó a Percy con una sonrisa.

-Ron se ha pasado hoy por aquí –Comentó George, guardándose la varita en el bolsillo- Se ha ofrecido a ayudarme con el negocio. Dice que tiene un par de ideas, aunque no sé si otorgarle el suficiente crédito. ¿Qué opinas?

Percy se encogió de hombros. En el pasado había cientos de cosas que no le gustaban de los gemelos, pero siempre reconoció que eran muy imaginativos. Dudaba mucho que Ron tuviera la capacidad inventiva de sus hermanos, aunque quizá fuera conveniente darle una oportunidad.

-No me parece el trabajo más adecuado, pero ya iba siendo hora de que tomara una decisión respecto a su futuro. Me pareció una imprudencia por su parte no terminar los estudios en Hogwarts.

George le palmeó un hombro y no le discutió. A Percy no le gustaba verlo tan apagado. La muerte de Fred no había sido fácil para nadie, pero George pareció perder mucho más. A veces, Percy dudaba seriamente que alguna vez llegara a recuperar ese brillo travieso que siempre había estado presente en sus ojos. Lo echaba de menos casi tanto como a Penny.

-¿Te apetece una copa?

Percy no solía beber muy a menudo, pero consideró la invitación de George como algo muy positivo y aceptó con un movimiento seco. ¿Quién le hubiera dicho a él un año antes que iba a tener ganas de salir a tomar algo con George? Incluso él mismo solía tener cierta sensación de irrealidad cuando pensaba sobre ello.

Caminaron a buen paso hasta el Caldero Chorreante. Últimamente había recuperado una buena parte de la clientela perdida durante la guerra y el bullicio en el local era considerable. Percy reconoció a Fawcett entre un nutrido grupo de aurores que bromeaban junto a la barra y le saludó con una casi imperceptible inclinación de cabeza. Percy también pudo ver a unos cuantos empleados del Ministerio y a algún compañero de escuela con el que ya ni siquiera intercambiaba saludos. George, que era bastante más sociable –y querido- que él, alzó la mano para saludar a media docena de amigos y se acomodó en una mesa, justo en el centro del local. Percy hubiera optado por un lugar más discreto, pero había demasiada gente por todas partes para buscar algo mejor.

Tom, el dueño del local, se acercó personalmente a ellos para tomarles nota. La gente comentaba que estaba pensando en retirarse y, quizás por eso, había contratado a un par de camareros. A Percy no le pareció que ninguno de ellos fuera muy hábil en aquellos quehaceres, pero se guardó su opinión para sí mismo.

-¿Hubo suerte con Penny?

George hizo la pregunta de sopetón, pillándolo un poco desprevenido. Durante una de las cenas familiares, y como quién no quiere la cosa, Percy había dejado caer sus planes de ir a buscar a Penny. Lo había dicho tan a la ligera que incluso se encontraba bastante convencido de que nadie le había escuchado. Obviamente, estaba equivocado.

-No mucha –Dijo. No supo por qué lo hizo, ya que no lo consideraba realmente necesario, pero al hablar se esforzó por fingir que la ausencia de Penny no le importaba- Al parecer, su familia y ella se han mudado. Y antes de que lo preguntes, no tengo ni idea de dónde han ido.

George alzó las cejas y pareció analizar la situación.

-¿Y?

-¿Qué?

-¿Qué piensas hacer al respecto?

Percy chasqueó la lengua y agradeció la llegada del camarero con la bebida. Encontraba la pregunta de George un poco incómoda y, a pesar de ser consciente de que no le quedaba más remedio que responder, aún conservaba la esperanza de no tener que hacerlo. Porque odiaba no tener la respuesta adecuada para preguntas como aquella.

-No hay mucho que pueda hacer. Penny me pidió tiempo y si considera que poner tierra de por medio la ayudará a sentirse mejor, yo no pienso oponer resistencia.

George bebió de su jarra. En ese momento no tenía mucha pinta de ser un bromista y Percy casi se lo agradeció.

-Para mí que ya le has dado suficiente espacio a Penny. Quizá vaya siendo hora de hacerla reaccionar.

Aunque Percy se había jurado a sí mismo que no la presionaría, era posible que George hubiera dicho algo realmente inteligente por primera vez en su vida. Se disponía a hacer algún comentario insustancial y poco revelador cuando una chica se acercó a su mesa y se encaró directamente con su hermano.

-¿Qué tal estás?

-¡Ey, Angelina!

Percy la recordaba perfectamente. Angelina Johnson era inconfundible porque había sido miembro del equipo de quidditch de Gryffindor y algo muy parecido a la novia de Fred en varios periodos intermitentes de su adolescencia. Y Percy no era el chico más sensible del mundo, pero cuando vio la mirada –casi angustiada- que intercambiaron ella y George, tuvo la molesta sensación de que estorbaba.

-Estoy muy cansado, George, creo que me voy a ir a casa.

Y sin esperar a que ninguno de los otros dos le despidiera, fue hasta la chimenea del pub. Segundos después, su madre le acosaba a preguntas y su padre le ofrecía una consoladora taza de té. Había sido un día largo y estaba tan cansado que sólo le apetecía dormir.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

-¿No te parece el abrigo perfecto para Edith Grosvenor?

-Apenas puedo verte entre tantas pieles, Audrey.

Audrey se quitó el abrigo y lo dejó con el resto de la ropa.

-No es divertido ir de compras contigo. Nunca te parece bien nada de lo que escojo.

-En realidad –Y Cillian le pasó un tul de seda en color negro por los hombros- Considero que tienes un gusto excepcional para los zapatos.

Audrey contempló su reflejo en el espejo retrovisor de una furgoneta y reconoció internamente que Cillian tenía razón. Cuando se trataba en escoger el vestuario para los personajes de sus Noches del Misterio, era Cillian quién solía hacer las mejores elecciones. El tul resultaba bastante elegante, justo como debía ser, y lo mejor era que estaba tirado de precio. Por eso Audrey disfrutaba tanto de los mercadillos; podías encontrar auténticas maravillas a precios de saldo.

-Me encanta. Podría ponerme el vestido rojo…

-No. El negro.

-¿Qué? El rojo es perfecto.

-El rojo hace que todos te miren. Madame Grosvenor es discreta. Si no consigues que pase desapercibida durante al menos tres cuartas partes de la velada, tú solita puedes estropearlo todo.

-Pero mira que eres amargado –Audrey luchó para que no le quitaran el tul y le dio un codazo a su compañero para que lo pagara- Además, supongo que tengo que olvidarme de los tacones.

Cillian se encogió de hombros, rebuscó en sus bolsillos y le entregó un par de billetes al dueño del puesto. Cada vez que tenía que pagar algo, el joven convertía la búsqueda del dinero en una auténtica odisea. Era la persona más desordenada que Audrey había conocido jamás. Y eso que su mente era extremadamente calculadora y meticulosa par las cosas que le interesaban. Como los asesinatos.

-Tendríamos que echarle un vistazo a las alfombras. Los de la tintorería me atracaron después de la sangrienta muerte de lord Altamount. Necesitamos algo viejo y prescindible.

Audrey guardó su nueva golosina en el bolso y siguió a Cillian a través de la calle atestada de gente. A pesar de que esa mañana hacía un frío que pelaba y de que había estado lloviendo durante un buen rato, todo el mundo quería aprovechar el sábado para salir de compras. Cillian la agarró de un brazo y la guió a través de toda la gente. Él sabía perfectamente que si la dejaba ir a su aire no comprarían la susodicha alfombra ni en un millón de años y, aunque Audrey odiaba que la tratara de esa forma, sabía que era mejor así. Después de todo, no tenían todo el día.

Al fin llegaron junto a un puesto que Audrey conocía muy bien. El dueño era un tipo turco de bigote espeso y ojos diminutos. No hablaba mucho, pero Cillian solía comprarle cosas muy a menudo. Sus productos tenían aspecto usado y por eso eran perfectos. A veces Audrey tenía la sensación de que vendía cosas que valían mucho más de lo que pedía por ellas, pero nunca protestó. Lo que ese hombre se tuviera entre manos no era asunto suyo.

Cillian le soltó el brazo y comenzó a curiosear entre las alfombras. Audrey sabía que su ayuda no era precisamente necesaria y fijó su atención en unas lámparas de aceite que parecían recién salidas de "Las mil y una noches". Las antigüedades nunca le resultaron especialmente interesantes, pero había algo en todos los viejos trastos de aquel puesto que atraían su atención de forma poderosa. Ineludible.

-Esta es perfecta.

Cillian le mostró una alfombra bastante bonita y acto seguido se vio inmerso en el noble arte del regateo. Audrey encontraba terriblemente divertido verlo hacer eso, así que se cruzó de brazos y observó todo el espectáculo sin poder reprimir una sonrisita. El dependiente era fingidamente duro de pelar y, después de cinco minutos de intensa negociación, Cillian le dio cincuenta libras y se echó la enorme alfombra al hombro. Sin duda, el día de compras había terminado.

-¿Puedes creer que me pidiera doscientas libras por una alfombra vieja y deshilachada? Tiene suerte de que se la haya quitado de encima.

-No sé de que te quejas. Antes has dicho que buscabas algo así.

-Eso no justifica que intentara robarme.

Audrey alzó una ceja y Cillian sonrió culposamente. Él sabía bastante más de robos que el pobre vendedor turco y Audrey nunca sentiría lástima por sus cincuenta libras. Teniendo en cuenta el dinero que conseguían cada vez que organizaban una Noche del Misterio, las protestas de su compañero eran absolutamente injustificables.

Caminaron juntos hasta el destartalado coche de Stan. Hubiera sido bastante molesto tener que ir en metro cargando con la alfombra, así que Audrey no pensaba quejarse por lo incómodo y horrible que era el vehículo. Stan se lo había comprado cuando ni ella ni Cillian habían nacido; era lento, pequeño, no tenía ni calefacción ni aire acondicionado y Audrey estaba segura de que ni siquiera tenía amortiguadores, pero les servía. Entre Cillian y ella acomodaron la alfombra en la baca del coche y, minutos después, se habían incorporado al tráfico. Stan había instalado una radio en el salpicadero, aunque Audrey hubiera sido mucho más feliz prescindiendo de ella.

-Me toca a mí elegir música –Dijo, intentado cambiar de casette. No obstante, Cillian le dio una palmada en la mano y la miró con los ojos entornados. No pensaba ceder- Pero es que estoy harta de las Spice Girls.

-Deja de quejarte, anda. Pareces una cría.

Audrey apretó los dientes y le devolvió la mirada asesina. Vale, en ocasiones mantenían discusiones que rozaban lo infantil, pero en esa ocasión tenía razón. Estaba harta de que Cillian se convirtiera en dueño y señor de la música sólo porque sí. Y lo peor era que luego él se comportaba como si fuera el colmo de la seriedad y la madurez. ¿Se podía ser más insoportable? Además, eran las Spice Girls. ¿Cómo podían gustarle a un tipo como Cillian las Spice Girls?

Como tardarían aproximadamente media hora en llegar a casa, Audrey decidió que enfadarse sería contraproducente y optó por mantener una conversación más o menos agradable con Cillian.

-¿Me vas a decir ya qué se supone que tiene que hacer Edith Grosvenor en la próxima reunión?

Cillian la miró de reojo y luego se interesó por los espejos retrovisores. Era una forma de crear expectación. Audrey no le dio una colleja porque estaba conduciendo y no quería provocar un accidente.

-Ya te lo he dicho. No llamar la atención.

-Bien. Muchas gracias por darme algo en lo que trabajar. Eres muy amable.

-¡Qué pesada eres!

Pero, por más pesada que fuera, Audrey no podría sacarle ninguna clase de información, así que parecían condenados a volver a casa en el más absoluto silencio. O tal vez no.

-¿Me toca ser la asesina? –Cillian sonrió misteriosamente. Lo dicho, quería crear expectación- ¡Oh! ¡Dime que sí! Me encantará hacerlo.

-No estás preparada para esa responsabilidad.

Cillian le palmeó el hombro. Esa frase podría aclararle bastante las cosas, pero Audrey no perdía la esperanza. Cuando Cillian decidió que la dejaría ayudarle con la preparación de esas veladas y participar directamente en ellas, Audrey le había pedido que le permitiera asumir el papel de asesina alguna vez, pero hasta ahora nunca lo había logrado. Seguramente por cuestiones de dinero, pues los tipos que se apuntaban a las reuniones solían encontrar divertido ser ellos mismos los malos de la historia.

-¿Nada entonces?

-Tú preocúpate de que no tengamos más intrusos y déjame a mí el resto.

Audrey recordó a Percy Weasley. Cillian se había quejado amargamente de su presencia y, por algún motivo, le había culpado a ella de lo ocurrido. Ella le había mandado a freír monas, afirmando que ella no tenía ni idea de cómo debía ser el supuesto señor Weasley, y se habían peleado. Finalmente, Cillian había aceptado que la coincidencia realmente podía inducir a cualquiera a cometer un error y, ahí estaban, regresando en coche a casa. A Audrey algunas veces le gustaría tener más responsabilidad en todo aquel asunto, pero era demasiado importante para Cillian. Era su pasión.

-Es un poco perturbador. ¿No te parece?

-¿Qué es perturbador?

-Que apareciera alguien llamado Weasley precisamente esa noche. ¿Cuántas posibilidades crees que había de que algo así ocurriera? No es que Weasley sea el apellido más común del mundo.

-No sé. No es algo que me haya planteado.

-Claro. Para ti sólo fue una molestia –Audrey chasqueó la lengua- Pero es que además estaba buscando a los anteriores dueños de la casa. ¿Puedes creerlo?

-La verdad es que tengo cosas más importantes de las que preocuparme.

-¿Crees que estábamos destinados a conocerle?

-No, Audrey. No empieces otra vez con el rollo del destino. ¿Quieres? Cambia si quieres la música, pero cierra la boca.

Audrey sonrió y quitó el casette en un movimiento rápido e infalible. No es que hubiera pretendido lograr algo así cuando mencionó al destino, pero no pensaba quejarse. Además, y dijera lo que dijera Cillian, ella sí que creía en esas cosas. Un poco.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

Cillian tenía turno de noche. Trabajaba en una gasolinera –el único empleo más o menos aceptable que había logrado encontrar dadas las circunstancias- y casi siempre le tocaba ir allí los fines de semana. Tampoco era como si pudiera protestar demasiado, pues el pobre vivía perpetuamente amenazado con ser despedido. Audrey sabía que odiaba ese trabajo, pero también sabía que lo necesitaba para seguir siendo alguien normal, así que no protestaba demasiado mientras le preparaba la ropa y un bocadillo. A veces se sentía un poco como un ama de casa y Stan, recientemente instalado con ellos en el caótico piso que habían alquilado, solía hacer bromas al respecto.

Stan había llegado a sus vidas casi sin darse cuenta. Audrey y Cillian lo habían encontrado una noche, borracho y acostado en el portal de su edificio. A Cillian le había parecido divertido tirarle un cubo de agua helada encima, en un gesto típico del adolescente maniático que un día fue, y Stan había reaccionado de forma brusca. Audrey terminó con un labio partido –Stan insistía en que fue accidentalmente- y el intruso borracho con los ojos enrojecidos por culpa de spray antivioladores que Audrey le pulverizó encima sin compasión alguna. Después, los dos jóvenes se habían apiadado de él, le habían ayudado con el problema de la vista y se habían encontrado con que Stan podría servirles de ayuda. Audrey no sabía muy bien qué ayuda era esa, pero su piso dejó de ser tan caótico, la comida caliente empezó a llenar sus estómagos y la voz de Stan cantando óperas en italiano se convirtió en una constante en casa.

En ese momento, Stan estaba viendo la tele y Audrey pidiendo un poco pizza por teléfono. La alfombra que habían comprado esa misma mañana estaba medio extendida en el pequeño saloncito y Stan afirmaba que era bastante reconfortarte pisarla. De hecho, lo había dicho más de una docena de veces a lo largo de toda la tarde, logrando que Cillian se encerrara en su habitación y que Audrey hiciera uso de su casi siempre olvidado walkman.

-¿Dónde dices que la habéis comprado? –Stan volvió al tema estrella del día en cuanto Audrey se sentó a su lado.

-En el mercadillo. ¿De verdad es necesario que te lo repitamos tantas veces?

-Es bastante bonita. ¿Os importará que me la quede cuando ya no os haga falta?

-Tendrás que hablarlo con Cillian.

-Bien.

Stan le echó un último vistazo a la alfombra y después volvió a mirar la tele. Fútbol. A Audrey le gustaba bastante. Era una ferviente seguidora del Chelsea y, puesto que Cillian y Stan preferían al Arsenal, las disputas en ese sentido estaban cargadas de bastante acritud.

-¿Te apetecen unas cervecitas, niña?

-Claro. Gracias.

Stan fue en busca de la bebida. Solía comportarse con ellos de forma un tanto paternal y, aunque a Cillian le molestaba muchísimo que el hombre bebiera, según él porque no quería compartir techo con un borracho asqueroso, Audrey no consideraba que fuera tan grave tomarse un par de cervezas mientras veían el fútbol y comían pizza.

-¿Para qué crees que quiere la alfombra?

Y otra vez el mismo tema.

-Para llenarla de sangre, creo.

-Bien.

Stan permaneció callado y viendo el fútbol hasta que llegó la pizza. Audrey hacía algún comentario de vez en cuando, sobre todo mencionando la perfecta anatomía de los jugadores. Le encantaba que Stan la mirara como si quisiera echarle la bronca, aunque solía ser Cillian quien la trataba de obsesa.

Después de un rato, medio partido aburrido, una pizza y seis cervezas después, Audrey se sentía bastante adormilada como para apoyar la cabeza en el hombro de Stan, cerrar los ojos y pensar tonterías.

-¿Crees en el destino?

-¿El destino?

-Sí. Lo comentaba esta tarde con Cillian, pero ya sabes cómo es.

Escuchó a Stan reír y alzó un poco la cabeza para mirarlo.

-Es por lo de ese chico. Percy Weasley. ¿Te acuerdas de él?

-Por supuesto.

-Es raro que apareciera así. ¿No te parece?

-Quizá.

-¿No te parece que alguien lo puso ahí para que lo conociéramos? Tal vez volvamos a cruzarnos con él. ¿No?

-Seguramente sólo sea una coincidencia. No creo que lo veamos otra vez.

-Ya.

Audrey se acomodó de nuevo y no pudo evitar que los ojos se le quedaran cerrados. Stan consideró un momento el asunto del destino y luego miró el fútbol de nuevo. Una lástima que fallaran ese penalti. Mercenarios inútiles.

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Le despertaron los ronquidos de Stan. La televisión seguía encendida, aunque el fútbol debió terminar horas antes. Audrey miró un momento el aparato de gimnasia milagroso que anunciaba una rubia escultural y estiró la mano para alcanzar el mando a distancia. Eran las tres de la madrugada y tenía un dolor de cuello horroroso. Debía acordarse de no volver a dormirse en el sofá jamás, por muy cómodo que le pareciera el hombro de Stan en un principio.

Se puso en pie, tambaleándose un poco, y le pareció ver algo un poco raro por el rabillo del ojo. Al girar la cabeza, comprobó que lo que antes era un poco raro, ahora se transformaba en un acontecimiento paranormal en toda regla. Lo último que pensó antes de soltar un gritito ahogado fue que no debía volver a dormirse nada más terminar de cenar. Luego sufría alucinaciones.

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De vez en cuando, Percy tenía trabajos relacionados directamente con lo que se suponía que hacía en el Ministerio. En el Departamento de Transportes no sólo se ocupaban de los trasladores, la red flú y esas cosas, sino que trababan casos de contrabando. En ocasiones había muggles involucrados y ese era el caso.

El aviso lo había dado Catherine Malone, una chica de padres muggles que vivía en Londres. Durante una visita a un mercadillo callejero, había visto un puesto que le pareció un poco sospechoso y dio un aviso en el Ministerio de Magia. Así fue como encontraron a un famoso contrabandista turco que llevaba meses intentado librarse de la mercancía sacada de forma ilegal de su país. Estaba tan desesperado que incluso vendía a los muggles y, aunque en un principio todos las cosas tenían pinta de ser bastante inofensivas, había objetos mágicos en toda regla, como alfombras voladoras.

Habían llevado al mago turco al Ministerio y éste no se mostraba excepcionalmente colaborador. Afirmaba que había obtenido un permiso legal en el mundo muggle para dedicarse a la venta ambulante, se quejaba de un trato injusto y exigía su inmediata puesta en libertad. Percy debía reconocer que tenía un perfecto conocimiento de las leyes y, a pesar de que el permiso muggle no tenía validez alguna entre magos, se aferraba a él como a un clavo ardiendo.

-Me da igual que tuviera ese permiso o no. Queremos una lista de todos los muggles a los que ha vendido algo. Su integridad podría estar en peligro y usted sería el único responsable.

-Ya le he dicho que no conozco sus nombres. Trabajo en un mercadillo. No exijo los datos personales de mis clientes.

El compañero de Percy bufó con frustración y abandonó la estancia dando un sonoro portazo. Percy, que se alegraba de no haber tenido que realizar ese exasperante interrogatorio él mismo, habló con voz absolutamente profesional.

-Me pondré en contacto con el gobierno turco inmediatamente para extraditarlo. Después nos encargaremos de los muggles. Si alguno se hizo con un objeto mágico, pronto tendremos noticias.

Y, efectivamente, en ese instante llegó un memorándum inter-departamental anunciando un incidente en el mundo muggle. Percy tenía trabajo que hacer.

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Audrey le dio un nuevo escobazo, sólo para asegurarse de que aquella cosa, fuera lo que fuera, no iba a moverse más. A su lado, Stan sujetaba la fregona con ambas manos. Ambos estaban sudando, jadeantes y totalmente alucinados. Cuando se lo contaran a Cillian, no se lo iba a creer.

-¿Qué coño es eso? –Dijo Audrey. Tenía el cerebro tan atrofiado que casi no lo sentía.

-Yo diría que una alfombra voladora –Afirmó Stan con calma, como si eso fuera lo más normal del mundo.

-Pero… No. Es. Posible.

-Es lo que es, niña. Los dos lo hemos visto.

Audrey consideró el asunto unos segundos. Al principio, pensó que todo era una alucinación. Quizá alguien había puesto algo en la cerveza o en la pizza y estaba drogada, o tal vez le habían introducido mensajes subliminales en la cabeza a través de la televisión y por eso veía cosas tan raras, pero luego Stan también lo había visto y, bueno, era posible que ambos alucinaran, pero… Golpear la alfombra voladora había sido totalmente real y, aunque les había llevado más de media hora de tiempo devolverla a su lugar natural –el suelo- la cosa no había terminado.

-Vale. Pues no sé si es real o no, pero no quiero tener alfombras voladoras en mi casa.

Stan pareció conforme y la ayudó a bajarla al callejón más cercano, allí donde descansaban unos adorables contenedores de basura. Entre los dos la metieron en uno, dejando media alfombra fuera. Les daba un poco de miedo que fuera ponerse a volar por ahí otra vez y por eso se quedaron mirándola un rato, sólo para asegurarse de que no volvía a hacerlo.

-Cillian se va a cabrear –Comentó Stan mientras volvían a casa –Cuando se entere de que hemos tirado la alfombra.

-¡Pero si estaba volando en mitad del salón!

Stan sólo alzó una ceja.

-¡Mierda!

Escuchó a su compañero de piso echarse a reír. ¿Qué le iban a decir a Cillian cuando preguntara por lo ocurrido? La verdad no, eso estaba claro. Podría tomarlos por locos o algo peor y, aunque Audrey odiaba escucharlo gritar, sería lo mejor. Aguantar un mal rato y volver a la vida cotidiana como si nada hubiese ocurrido.

-Yo me voy a dormir.

A Audrey no dejaba de asombrarle la calma absoluta de Stan. Sabía perfectamente que era un hombre difícil de sorprender, pero una alfombra voladora eran palabras mayores. Ella se creía incapaz de seguir durmiendo después de lo ocurrido. Casi sin pensarlo, se acercó a la ventana. Desde allí podía ver el callejón y los contenedores. A pesar de que estaba relativamente oscuro, pudo ver a un hombre vestido con un traje marrón observando la alfombra. Ese hecho no le pareció demasiado extraño, a pesar de que estaban en plena madrugada y de que la alfombra que el hombre miraba podía volar. No, lo que le resultó chocante fue descubrir que el hombre era Percy Weasley. El cabello pelirrojo era inconfundible.

Audrey dio un paso atrás y agitó la cabeza. Aquel era, oficialmente, el día más raro de su vida.

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Y hasta aquí puedo leer :) Sé que dije que contestaría a los reviews, pero he estado un poco liada esta semana. De todas formas, muchas gracias por leer y dejarme vuestros comentarios. Prometo responder esta vez a los siguientes. De verdad que sí.

He querido presentar un poco de la vida cotidiana de los protagonistas y, al mismo tiempo, enlazar sus vidas. Pronto tendremos un segundo encuentro entre Audrey y Percy. Aunque apenas se conocen, ya tienen unas cuantas cosas de las que hablar. Y es que antes de empezar con la acción, quiero que conozcáis un poco a los personajes, sobre todo a Audrey. Creo que tendré que centrarme un poco más en ella, porque de Percy ya sabemos más cosas. ¿No?

En fin. Espero que os haya gustado o, que al menos, tengáis un poco de curiosidad por leer más. Si es así, abajo hay un botoncito verde que todos conocéis muy bien ;)

Saludos

Cris Snape