DOS SABUESOS DESPISTADOS

DISCLAIMER:Casi todo es de Rowling. Lo de siempre, vamos.

CAPÍTULO 3

Un crimen dormido

Cillian se vengó por la desaparición de la alfombra el lunes por la mañana. Había pasado gran parte del domingo despotricando por toda la casa, vaticinando que la próxima reunión sería un desastre y culpando a Audrey del noventa y nueve por ciento de los males del mundo, pero cuando cayó la noche se tranquilizó un poco y empezó a mirarla con absoluta malignidad. Audrey lo conocía lo suficiente para saber que estaba tramando algo terrible y, efectivamente, cuando la sacó de la cama a las cinco y media de la mañana y la obligó a ponerse el chándal, la pobre chica tuvo la certeza de que empezaría la semana de la peor forma posible.

Corriendo.

Cillian adoraba hacer ejercicio. Audrey no sabía si por vanidad, por salud o simplemente porque lo encontraba divertido, pero lo recordaba así desde siempre. Cuando eran niños, era el único que nunca se quejaba por tener educación física en la primera clase del día. Se había apuntado al equipo de fútbol del colegio y durante una buena temporada dio clases de kárate. Después, Audrey le había perdido la vista durante un par de años, aunque suponía que había desarrollado sus dotes como gran corredor huyendo de la policía. Ahora no huía de nadie –no en condiciones normales- pero insistía en salir a correr todas las mañanas. Y, para su desgracia, Audrey tuvo que ir con él ese día.

Tal vez hubiera podido resistirse un poco, pero cuando Cillian amenazó con echarle un cubo de agua helada encima, Audrey decidió hacerle caso. Cillian nunca amenazaba en vano y hacía demasiado frío para ir por ahí empapada. Así pues, Audrey se encontró a sí misma arrastrando los pies tras su enérgico compañero de piso, medio asfixiada y reconociendo que debía ponerse en forma.

-Cillian. Para. Por favor.

Audrey apoyó las manos en las rodillas y procuró recuperar el resuello. Cillian retrocedió sobre sus pasos y la miró con un gesto despectivo, como si ella fuera una criatura patética que no mereciera consideración alguna. Cillian era bastante bueno lanzando esa clase de miradas.

-Venga, tía. No seas nenaza.

Audrey quiso responderle un montón de cosas originales e insultantes, pero estaba demasiado ocupada intentando recuperar el resuello. Finalmente, Cillian se compadeció de ella y le ofreció una botellita de agua que Audrey se bebió como si llevara semanas vagando por el desierto.

-No recuerdo que fueras tan blandengue.

-Gilipollas.

Cillian hizo una mueca burlona. Audrey logró erguirse de nuevo y le echó un vistazo al reloj.

-Debería volver a casa. Tengo que ducharme y comer algo antes de irme a trabajar.

Su compañero se limitó a encogerse de hombros y dio un par de saltitos para recuperar el ritmo perdido. A pesar de que aparentaba ser el de siempre, Audrey sabía que seguía enfadado y no quería tener que pasarse un par de semanas soportando malas caras.

-Escucha. Siento lo de la alfombra. ¿Vale? Si tanto te importa, te daré las cincuenta libras. ¡O mejor! Me encargaré de comprar otra. ¿Qué te parece?

-No quiero tu dinero y mucho menos quiero que vayas por ahí comprando cosas. Lo que quiero es que me digas qué has hecho con la alfombra que yo –y le dio un énfasis especial a esa palabra, prácticamente gritándola- me encargué de comprar.

-Te he dicho un millón de veces que la tiramos.

-¿La tirasteis? ¡Venga ya!

-De verdad que la tiramos, Cillian.

-Entonces, ¿Por qué no estaba en los contenedores cuando pasó el camión de la basura? Porque te recuerdo que dio la puta casualidad de que esos idiotas casi me atropellan.

Audrey se mordió el labio inferior. Realmente no sabía qué había ocurrido con la alfombra, aunque se hacía una idea bastante aproximada. ¿Cómo iba a decirle a Cillian que creía que había salido volando?

-No lo sé. ¿Vale? Y deja de agobiarme. Eres un pesado.

-Así que ahora yo soy el malo de la película.

-Un pesado y un psicópata histérico con manía persecutoria.

Cillian bufó. Audrey lo miró desafiante, dándole a entender que ya no le aguantaría más tonterías. Él parecía tener muchísimas ganas de seguir echándole la bronca, pero en lugar de eso le quitó la botella de agua y se puso a correr otra vez.

-Vete a casa, princesita.

Cillian sabía que Audrey odiaba que la llamara así, por lo que supuso que lo hizo para molestarla. Comprendía que el chico estuviera enfadado, pero en ocasiones resultaba exasperante e insoportable. Si Audrey no lo conociera tan bien, lo habría mandado a la mierda cientos de veces. De hecho, si no tuviera tanta paciencia, nunca habrían llegado a hacerse amigos. O quizás sí, porque cuando se conocieron ambos parecían necesitar con urgencia a alguien que les hiciera un poco de compañía.

Audrey agitó la cabeza y alejó los recuerdos de su infancia de su mente. No era el momento de pensar en aquellos tiempos. Lo que debía hacer era correr hasta el piso para adecentarse un poco.

Mientras volvía a casa, no podía dejar de darle vueltas al tema de la alfombra. Lo más lógico –por decirlo de alguna manera- era pensar que ese extraño objeto se había ido volando vete tú a saber dónde, pero Audrey creía que había algo más. El haber visto a Percy Weasley a esas horas, en un callejón oscuro y observando el objeto más extraño que Audrey había visto jamás, podría resultar un poco sospechoso. Audrey no tenía ni idea de quién era ese hombre y por qué se mostraba interesado en una alfombra voladora, pero estaba segura de que el destino lo había puesto allí para que lo viera otra vez. ¿Qué otra explicación podría haber?

A Audrey le gustaba creer en cosas como el destino. Cillian le decía que era tonta por creer en estupideces como aquella, pero a ella no le importaba. ¿Qué tenía de malo que ella sintiera interés por el ocultismo y los OVNIS? ¿Acaso Cillian no era feliz escuchando su música horrenda y viendo películas de Steven Seagal? No. Nadie se metía con él por eso. ¿Por qué no podía dejarla en paz?

Audrey se preparaba para vapulear mentalmente a su amigo –otra vez-, cuando dobló la esquina de su casa y llegó al callejón de los contenedores. La calle estaba prácticamente vacía y silenciosa. Audrey incluso escuchó el llanto del bebé de una de sus vecinas. Seguramente, la presencia de Percy Weasley le pareció extraña por todo el rollo de la soledad y la semioscuridad. O quizá su presencia era extraña de por sí.

Audrey dudó un instante. No sabía si acercarse a él o irse directa a su apartamento. La segunda opción tenía toda la pinta de ser la más sensata, pero como Audrey nunca lo había sido demasiado, fue hasta los contenedores y se hizo notar con un leve carraspeo.

-¿Percy Weasley?

Él la miró. Se le notaba a leguas que le había asustado un poco, aunque en todo momento logró que su rostro permaneciera impertérrito. Audrey vio cómo entornaba los ojos, como si intentara recordarla.

-¿Nos conocemos?

-¡Oh, claro! –Audrey sonrió ampliamente y se dio un golpe distraído en la cabeza- Deben ser el pelo y las zapatillas.

Percy Weasley frunció el ceño y la observó con expresión interrogante.

-Soy Audrey Ramsey. Nos conocimos en Halloween –Como él no dio muestras de acordarse de ella, Audrey se señaló el pelo. Ciertamente, sus facciones se endurecían bastante cuando lucía su color negro natural –Entonces yo era rubia y creo recordar que pisoteé un buen charco de sangre.

-¡Oh!

Finalmente él la reconoció, aunque no dejó de parecer desconcertado. Y no era para menos. Audrey nunca había tenido dos encuentros tan surrealistas con nadie, menos aún con un desconocido.

-¿Y qué te trae exactamente por este barrio?

El chico no dijo nada. Audrey supuso que no lo haría aunque se tiraran allí horas, así que carraspeó, dio un paso atrás y supuso que lo que Percy Weasley hiciera allí no era asunto suyo.

-Vale. Será mejor que me vaya.

Se dirigió al portal de su casa sin molestarse en mirar a aquel hombre otra vez. Se sentía bastante torpe, intentando ser amable con un tipo que no estaba muy interesado en hacerle caso.

-¿Usted vive aquí?

Audrey giró la cabeza para mirarlo. Le pareció que ese chico estaba más pelirrojo que nunca bajo la tenue luz del amanecer.

-Sí. ¿Por qué?

Percy miró a su alrededor como si estuviera reflexionando sobre algo. Finalmente, agitó la cabeza y volvió a mirar los contenedores. No abrió la boca de nuevo y Audrey cerró la puerta del portal con la sensación más rara que había experimentado nunca. Alfombras voladoras incluídas.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

-Buenos días, Sadie. ¿Has dormido bien?

La chica sobre la cama no movió un músculo. Audrey le apartó un largo mechón rubio de la cara y le colocó una servilleta sobre la bata azul para evitar que se le ensuciara. Sadie era una chica muy guapa, aunque después de más de un año en el hospital estaba demasiado delgada y pálida para llamar la atención de nadie. Aunque Audrey solía hablar con ella todos los días, con la esperanza de que alguna vez le contestara, Sadie nunca había dicho nada. Ni siquiera se movía. Tenía los ojos constantemente clavados en la nada y todos sus movimientos eran mecánicos. Era como un cascarón vacío. Los médicos aún intentaban diagnosticar su enfermedad y, a pesar de no tener la más mínima idea de lo que le pasaba, no tenían demasiadas esperanzas puestas en su recuperación.

-Hoy te he traído una papilla de frutas para desayunar. ¿Qué te parece?

Le introdujo la primera cucharada en la boca. Sadie tragó sin siquiera paladear y Audrey siguió dándole de comer. Tal vez hubiera sido mejor para todos ponerle una sonda para alimentarla, pero Audrey insistió. Le gustaba tratar personalmente a los pacientes, apoyarlos y ayudarlos. Y, aunque con Sadie no sirviera de mucho, siempre había quién le agradecía su dedicación.

A veces, Audrey tenía la sensación de que a Polly Fisch, su jefa, le molestaba un poco tanta dedicación. Otras, la descubría mirándola con algo que se asemejaba mucho a la compasión. Quizá, en algún momento de su larga carrera, Fisch hubiera sido como Audrey o, tal vez, deseaba haberlo sido. En cualquier caso, Audrey la miró de reojo cuando Polly entró en la habitación, con sus ojos sagaces y su nariz achatada, y se acercó un poco a Sadie.

-¿Algún cambio?

Audrey se encogió de hombros. Fisch comprobó la temperatura corporal de la paciente, hizo un par de anotaciones en su sempiterna carpeta negra y se fue sin hacerle ningún reproche. Eso estaba muy bien.

Cuando terminó de atender a Sadie, Audrey fue directa a la sala de enfermeras para tomarse un buen café. Se sentía bastante adormilada –odiaba a Cillian por obligarla a madrugar- y necesitaba espabilarse. Sus compañeras la saludaron y le preguntaron por Sadie. Al principio de estar ingresada, casi todo el personal del hospital hizo apuestas para intentar averiguar qué le había pasado a la misteriosa paciente. Unos decían que estaba en estado de shock, otros que había entrado en alguna clase de coma e incluso había quién aseguraba que estaba fingiendo. Con el tiempo, la gente se aburrió de especular y tan solo Audrey y sus compañeras más cercanas seguían cuestionándose aquel asunto. Era un misterio que todas querían resolver y, con suerte, tarde o temprano lo lograrían.

-Quizá fue víctima de alguna agresión –Dijo Helen esa mañana- La pobre quedó tan afectada que no logra volver a la realidad.

-No –Audrey negó con la cabeza- Cuando la encontraron no había signos de que hubiera sido atacada. No creo que sea eso.

-A lo mejor le han hecho una lobotomía.

Helen y Audrey se miraron y seguidamente miraron a Paula, la nueva. Se notaba a leguas que quería introducirse en el grupo, hacerse amiga de ellas y, aunque no era una mala chica, a veces decía tonterías como aquella.

-Si fuera eso, a estas alturas ya lo sabríamos. ¿No te parece?

Paula agachó la cabeza, avergonzada, y Audrey creyó que había sido un poco brusca. Nada más lejos de la verdad.

-¿Otra vez hablando de su crimen dormido, señoritas? –Fisch irrumpió en la sala como un vendaval, cargada de trabajo y con el rostro inexpresivo de siempre –Porque les recuerdo que tenemos un montón de pacientes que sí pueden hablar, comer y moverse. ¡A trabajar!

Audrey apuró su café y se puso en marcha. Le gustaba su trabajo. Había querido ser enfermera desde niña. No es que tuviera un buen recuerdo de sus primeras experiencias, cuando se creía incapaz de ver la sangre sin sentir nauseas, pero ahora le iba bastante bien. Quizá ni su horario ni su sueldo fueran los mejores, pero al menos estaba ahí.

-Hola, Audrey.

Si no fuera por él…

-David.

Quiso pasar por su lado sin mirarle. Definitivamente, si había una persona en el hospital a quién no soportara ver era David Ferguson. Y no porque no fuera guapo, ni inteligente, ni encantador. No. No quería verlo porque lo odiaba. Sí. Lo odiaba y no quería tener que mirarlo a los ojos por si se le olvidaba.

Lamentablemente, él no la dejó escaparse. Otra vez. Llevaba un mes evitando cruzarse por él en los pasillos, ignorando sus llamadas y pasando de largo cuando se lo encontraba de frente. Esa mañana, sin embargo, David taponó la puerta con un brazo y se acercó tanto a ella que la hizo dar un paso atrás.

-Quítate de en medio. Tengo que trabajar.

-Tenemos que hablar.

David se apartó de la puerta para dejar pasar a Polly Fisch. La enfermera, que parecía inmune a la sonrisa franca y absolutamente encantadora del médico, ni se molestó en mirarlo. Y tampoco hubo mirada de advertencia para Audrey, así que ella supuso que tenían vía libre para quedarse allí el tiempo que fuera necesario.

-Creo que lo dejaste todo bastante claro el otro día.

-Por favor.

Audrey, que estaba muy ocupada intentando largarse, se detuvo al escuchar esas palabras. Y cometió el error de alzar la cara y mirarlo. David era tan guapo. Tenía los cuarenta cumplidos, el pelo un poco canoso y unas adorables arruguitas en los ojos, y aún así era el hombre más atractivo del hospital. Y él más deseado.

Y el más hijo de puta. Audrey no debía olvidar eso bajo ningún concepto.

-No pude hacer otra cosa. Tú sabes que me gustas.

Audrey rehuyó la mano que amenazaba con acariciar su mejilla. Bajó la mirada y se cruzó de brazos. Quería que él se enterara de que su postura era inflexible y que no podía hacer ni decir nada para que cambiara de opinión.

-Lo sé. Y por eso no quiero que volvamos a vernos.

David apretó los dientes, agachó la cabeza y se hizo a un lado. Bien. Al menos no se lo estaba poniendo difícil. Aún así, cuando Audrey pasó por su lado, le cogió del brazo y la obligó a mirarlo a los ojos. Increíblemente azules. La chica necesitó hacer acopio de todas sus fuerzas para irse, pero lo hizo. Definitivamente, era lo mejor.

Caminó por el pasillo sintiéndose aún un poco aturdida. Fisch estaba en el puesto de control y la miró con interés un instante. Cuando Audrey captó el gesto de apoyo –o lo que fuera- afirmó imperceptiblemente con la cabeza y siguió con su camino. No le apetecía mucho hablar sobre el tema, pero cuando Helen se enganchó a su brazo, temió que no le quedara más remedio.

-¿Qué te ha dicho?

-No le he dejado decir mucho, la verdad. Supongo que quería que volviéramos a vernos.

-¡Oh! Si quieres hablar…

-Estoy bien.

-Vale. Pero si necesitas algo, llámame. Estaré todo el día en urgencias.

Audrey cabeceó y observó a Helen alejarse por el pasillo. Ella también era su amiga. No como Cillian, claro, pero había cosas sobre las que prefería hablar con una chica. David no era una de esas cosas, pero la presencia de Helen era como una bendición algunas veces.

Antes de entrar a visitar al primer paciente, Audrey pensó en David. Estaba bien librarse de él. Quizá podría hablar con Cillian sobre eso al terminar el día. Él ratificaría que había actuado correctamente.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Percy pasó el día dando vueltas por el barrio. La noche anterior, habían encontrado una alfombra voladora tirada en los contenedores de basura y, lamentablemente, no sabían quién la había dejado allí. Era bastante posible que algún muggle hubiera visto volar a aquel objeto y era imprescindible que lo encontraran lo antes posible para borrarle la memoria y subsanar el problema.

Percy había estado prestando atención a las conversaciones de los vecinos, a la espera de escuchar algo interesante. Lo único que había descubierto era que el tipo del bar de la esquina tenía una úlcera estomacal –fuera eso lo que fuera- y que el bebé de una tal Susie no había dejado dormir ni a sus padres ni a los vecinos de al lado. En definitiva, nada de interés.

De hecho, lo más emocionante que le había ocurrido en todo el día era el reencuentro con esa muggle llamada Audrey o algo así. Percy nunca habría esperado volver a verla, y menos aún en esas circunstancias. Era una casualidad bastante grande, encontrarla primero en la casa de Penny y luego allí. De todas formas, Percy no dedicó más de unos minutos a pensar en ello. Debía seguir con su infructuosa investigación. Si no conseguía resultados, tendría que hablar con Nolan Fawcett para que le echara una mano. Había cosas que sólo los aurores estaban autorizados a hacer, como valerse de la Legeremancia durante las investigaciones criminales. Si la cosa seguía así, a Percy no le quedaría más remedio que recurrir a ella para obtener resultados.

-Buenas tardes, Percy.

Percy giró sobre sí mismo al escuchar el saludo. Audrey otra vez, aunque ahora ella no se había detenido para hablar. Percy reconocía que por la mañana había sido un poco maleducado, algo bastante comprensible teniendo en cuenta que había estado trabajando. Claro que a esas horas también seguía trabajando, pero se tomó la molestia de inclinar la cabeza y corresponder al saludo.

-Buenas tardes.

La vio sonreír y acercarse a él. Le pareció que estaba un poco cansada y lamentó haberle respondido. Quizá hubiera sido mejor dejarla pasar de largo.

-¿Aún por aquí?

Percy se encogió de hombros. Era evidente que ella sentía una gran curiosidad por saber lo que se traía entre manos, pero después del desplante matutino no tenía intención de preguntar. Después de cabecear un poco, ella se cruzó de brazos y retomó el camino de vuelta a casa. Percy pensó que volvería desaparecer y, sin embargo, se dio media vuelta y regresó a su lado.

-Me preguntaba si habías tenido suerte con el asunto de esa chica. Penny.

Percy sintió el característico dolor cruzándole el pecho al mencionar a Penny. Por supuesto, no se le notó ni un poco, pero eso no significaba que no estuviera allí.

-Me temo que no.

-¡Oh, vaya! –Audrey se mordió el labio, pensó en algo un instante y luego dio una palmada de satisfacción –Espera aquí.

Percy no tuvo tiempo de decir nada. Audrey había salido corriendo y había desaparecido por el portal que era su casa. Era un poco desconcertante. El encontrarla allí y que ella se acordara de esas cosas y fuera amable con él y se fuera así, sin más. Percy no sabía muy bien qué pensar. Quizá todos los muggles fueran así de raros. No es que hubiera tenido una muy buena impresión de ella. Le parecía que era una chalada, por aquello de organizar asesinatos ficticios y cambiarse el color de pelo.

Por cierto. ¿Cómo se cambiarían los muggles el color de pelo?

-Aquí está. Gordon Archer.

Percy se sobresaltó al verla otra vez. Pero allí estaba, tendiéndole una notita inmaculadamente blanca y sonriéndole con amabilidad.

-¿Qué?

-Gordon Archer. El tipo de Yorkshire que compró la casa de esa chica. Este es su número de teléfono.

-¡Oh! Gracias.

Percy no se había esperado eso. La chica le sonrió otra vez y él cogió la nota sintiéndose un poco raro. Sin duda, Audrey quería echarle una mano, pero él no sabía qué podría hacer con un número de teléfono. Así lo había llamado ella.

-Suerte.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

¡Buenaasss!

He aquí un nuevo capítulo. Es más corto que el anterior, pero me ha servido para conocer un poco más de Audrey y asentar las bases de la futura relación entre ella y Percy.

Que, por cierto. ¿Qué hará Percy Weasley con un número de teléfono si ni siquiera sabe utilizar un teléfono? Eso ya lo veremos, ya.

Muchas gracias a todos por leer y por dejar vuestros comentarios. Nos vemos pronto.

Besos

Cris Snape