DOS SABUESOS DESPISTADOS

DISCLAIMER:Casi todo es de Rowling. Lo de siempre, vamos.

CAPÍTULO 5

Pleamares de la vida

Audrey Ramsey. Stanley Crosbie. Cillian Colleman. Los tres muggles implicados en el caso de la alfombra voladora. Percy releyó una y otra vez los nombres, centrándose principalmente en el primero. Definitivamente, esa chica no dejaba de cruzarse en su camino.

Percy no tenía motivos para estar preocupado. Sabía que Fawcett en particular y los aurores en general eran buenos con los hechizos desmemorizantes, aunque realizarlos no formara parte de su rutina habitual. Sin duda alguna, ni esa chica, Audrey, ni sus compañeros habían sufrido daño alguno, pero Percy no podía evitar sentirse un poco inquieto. Las cosas parecían más sencillas cuando no relacionaba los nombres con nadie y, después de leer esas dos palabras por doceava vez, decidió que no perdía nada por acercarse a su casa –a escondida, eso sí- para asegurarse de que la muggles no se creía una gallina o algo parecido.

Por supuesto, no habló sobre sus intenciones con nadie. Esperó a que terminara su jornada de trabajo y abandonó el Ministerio envuelto en un abrigo oscuro y con un paraguas a mano. Consciente de que hacer uso de la aparición no sería una buena idea, puesto que se arriesgaba a ser visto por algún inocente testigo, decidió viajar en autobús. Fue en el Noctámbulo, por supuesto, así que sólo tardó en llegar cuatro o cinco minutos.

El barrio presentaba el mismo aspecto de siempre. Aunque ya estaba empezando a anochecer, un grupito de niños jugaba en el callejón de los contenedores con una pelota. Percy sabía que era fútbol. Ignoraba por completo las reglas de ese juego, pero consideraba que era su obligación saber muchas cosas sobre todo lo que le fuera posible. Los deportes muggles debían ser una de esas cosas.

Dispuesto a pasar lo más desapercibido posible, Percy cruzó la calle y se medio escondió detrás del único árbol que parecía haber por la zona. Afortunadamente no llovía, aunque ya empezaba a hacer frío. Se arrebujó en su abrigo, lamentando no haber llevado consigo una bufanda, y se dedicó a hacer lo que había estado haciendo durante los días que duró su investigación: observar a la gente.

Al cabo de unos minutos, Stan, el hombre que vivía con Audrey y el otro chico, salió del edificio y se alejó caminando calle abajo. A Percy le pareció que maldecía entre dientes y no le dio la impresión de que se hubiera vuelto loco o, tal y como ya le ocurriera a Gilderoy Lockhart, idiota. Aunque, para ser justos, Lockhart ya era idiota antes del incidente con la varita de su hermano Ron.

Percy ya estaba empezando a sentirse un poco cansado cuando vio venir a Audrey. Envuelta en el mismo chaquetón del otro día, con unos pantalones similares y unos zapatos de tacón de color rojo. Definitivamente llamativos. La observó detenidamente desde la distancia mientras bajaba la calle y, para qué negarlo, se sintió un poco raro. Sabía que podía asegurase de que estaba bien desde dónde estaba, pero lo correcto era hablar con ella. Por ese motivo, salió de su escondite y fingió pasear. Sabía que en algún momento tendrían que cruzarse y, entonces, no le sería difícil hacerse el sorprendido. Habían tenido los suficientes encuentros casuales como para que a ella le extrañara alguno más.

-Buenas tardes.

Esa vez fue él el primero en saludar. Le pareció que ella se sobresaltaba un poco, pero en cuanto le reconoció le sonrió y se sacó las manos de los bolsillos. Estaban justo frente al callejón, a unos pocos metros del portal de su apartamento.

-¡Weasley! Pensé que no volverías más por aquí.

-Es un buen barrio para pasear.

-Claro, pero yo tendría cuidado con la cartera. Sólo por si acaso.

Audrey pronunció esas últimas palabras en tono confidencial y las acompañó con una suave risa. Percy sonrió, sintiéndose bastante aliviado porque ella siguiera acordándose de él. Fawcett había hecho un buen trabajo.

Percy iba a decir que el barrio no le parecía en absoluto peligroso cuando escuchó los gritos de advertencia de los niños. Apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. Y fue una pena que lo hiciera, porque de haber continuado mirando a Audrey, la pelota de fútbol no le hubiera golpeado en toda la cara. Fue una sensación desagradable, pero lo fue aún más cuando sintió la calidez de la sangre escurriéndose por su cara.

-¡Oh, madre mía!

Antes de que él fuera plenamente consciente de lo ocurrido, Audrey ya lo había cogido por ambas manos de la cara y lo examinaba con movimientos veloces y profesionales.

-¿Qué narices estáis haciendo, mocosos? –Mientras sus manos eran suaves sobre la cara de Percy, su voz sonaba demoníaca al regañar a los niños -¡Mirad lo que habéis hecho!

-Lo sentimos, Audrey.

Los niños, que parecían conocer el carácter de la chica, recogieron la pelota y desaparecieron del callejón en un abrir y cerrar de ojos. Audrey dejó de fruncir el ceño y rebuscó algo en su chaquetón. Finalmente, colocó un pañuelo de papel blanco sobre la ceja de Percy y le limpió la sangre que se escurría por su cara.

-¿Te duele mucho? ¡Joder! ¡Lo siento tanto, Weasley! Esos chicos no tienen cuidado. Por más que les adviertes, no hacen caso.

-No pasa nada. Ha sido un accidente…

-Esto no tiene buena pinta –Tocó con cuidado la herida y siseó, como si ella misma estuviera sufriendo las consecuencias del pelotazo. Antes de que Percy pudiera decirle que estaba bien, ella lo cogió de la mano y lo guió hacia su casa- Vamos a desinfectar la herida. Hasta puede que te hagan falta unos puntos.

-¿Qué? ¡No! Estoy bien. De verdad.

En los planes de Percy no estaba dejar que le dieran puntos. Sabía, por la experiencia de su padre con aquella serpiente, que la medicina muggle no era muy efectiva. Lo único que necesitaba era desaparecer, llegar a La Madriguera y aplicarse a sí mismo un hechizo que arreglara ese pequeño arañazo. Serían unos pocos segundos y no tendría que someterse a ninguna clase de tratamiento extraño. Una lástima que Audrey no lo soltara y prácticamente lo arrastrara escaleras arriba.

Cuando llegaron al apartamento, ella encendió la luz y lo obligó a sentarse en el sofá mientras cerraba la puerta. Todo al mismo tiempo.

-No muevas un músculo -Le advirtió y desapareció por una de las puertas laterales.

Percy la escuchó remover cosas en lo que parecía ser su habitación. Con una curiosidad que le pilló un poco desprevenido, examinó la pequeña sala de estar, la cocina tipo americano y, ante todo, la televisión. Era enorme y sobresalía entre todas las cosas. Los colores llamativos y alegres predominaban por todos lados y Percy supuso que la decoración era cosa de la chica.

-Veamos que te han hecho esos salvajes.

Audrey dejó una caja metálica sobre la mesa. Traía también una palangana llena de agua tibia y un par de trapos blancos que utilizó para limpiarle la sangre.

-Puedes quitarte el abrigo si quieres. Estarás más cómodo.

Mientras seguía su consejo, Audrey comenzó a manipular las cosas que tenía en el botiquín. Primero abrió un paquetito de gasas, que empapó en agua oxigenada y que le pasó por la herida. Después de examinarlo detenidamente –otra vez- chasqueó la lengua y se puso las manos en las caderas.

-Tal y como me temía, hay que dar puntos.

Percy sabía que se había puesto blanco. Audrey lo miró con aire divertido y se volvió hacia el botiquín, preparando el instrumental necesario.

-No te pongas nervioso. Debes saber que soy una especialista en suturas. Durante mis prácticas en el hospital hice tantas, que podría coser a alguien con los ojos cerrados –Percy tragó saliva y supo que hizo ruido. Maldita sea- Y la herida no es para tanto. Con un par de puntitos será suficiente.

-De verdad que no hace falta…

-¡Vamos, Percy! Si te portas bien, te daré una piruleta.

Por su forma de hablar, Audrey Ramsey debía estar acostumbrada a tratar con pacientes ariscos. A pesar del tono condescendiente, Percy no se sintió incomodo o menospreciado. Más bien todo lo contrario, porque la alegre despreocupación de la chica le provocó cierta seguridad que antes no había tenido. Y era engañoso, lo sabía perfectamente, pero no le importó porque, en cierta forma, supo que no tenía escapatoria.

-Te pondré un anestésico local para que no te duela. ¿Vale?

Percy suspiró y afirmó con la cabeza. ¿Cómo se había metido en ese lío? Él había ido hasta allí con buenas intenciones y ahora lo iban a coser como si fuera una túnica raída. Maldito fuera Merlín.

-Cuanto teníamos unos diez u once años, Cillian y yo nos hicimos con una pistola de aire comprimido y comenzamos a jugar a policías y ladrones –Audrey hablaba mientras se ponía unos guantes de látex y manipulaba sus terribles objetos de medicina muggle –En aquel entonces, a él le gustaba hacer de policía y durante la persecución, me disparó. Me dio en el pecho y comencé a sangrar como un cerdo –Audrey rió con aire melancólico y le puso a Percy una mano en la frente –Imagínate qué susto nos llevamos. Yo creí que me moría y Cillian pensaba que le iban a llevar a la cárcel y que lo iban a ejecutar y todas esas cosas que se imagina un niño de esa edad.

Se calló durante unos instantes. Percy quiso preguntarle cosas sobre esa historia absurda cuando sintió el pinchazo sobre la ceja. Se estremeció y tragó aire, pero antes de quejarse –no era que pensara hacerlo- Audrey siguió hablando.

-La herida fue bastante aparatosa, pero superficial. Tuvieron que darme unos puntos, eso sí. ¿Quieres saber cuántos?

-¿Cuántos? –Masculló entre dientes, más tieso que el palo de una escoba. Audrey hacía algo con aquel hilo extraño y sonrió. O eso le pareció a Percy, porque realmente tenía los ojos cerrados.

-Diez. Lloré, grité y me retorcí, pero sobreviví. Y, unos pocos años después, decidí que quería ser enfermera para cuidar de otros niños a los que sus mejores amigos hubieran disparado con una pistola.

Percy sintió un segundo pinchazo y apretó los dientes. Estaba sudando y dudaba que alguna vez fuera a ser capaz de destensar los músculos. Cierto que no estaba siendo tan terrible como esperaba, pero estaba seguro de que lo peor estaba por llegar.

-A Cillian lo castigaron durante tres meses. Pobrecito. Consideró que fue bastante injusto que a mí no me echaran la bronca, pero no se resistió mucho. Y eso que era un especialista resistiéndose a los castigos. O saltándoselos, mejor dicho.

Audrey volvió a manipular su botiquín y Percy sintió como le echaba el yodo y le ponía una tirita. No lo vio porque seguía con los ojos cerrados.

-Ya está.

-¿Ya? –Miró a Audrey con confusión, descubriendo que ella le sonreía con ternura, como si acabara de curar a uno de esos niños de los que hablaba.

-No ha sido para tanto. ¿Verdad? Ya te dije que soy una enfermera bastante buena.

Percy se palpó la herida con gesto de extrañeza. Quizá Hermione tuviera razón y la medicina muggle no fuera tan mala como parecía. Audrey recogió todas sus cosas en un abrir y cerrar de ojos y Percy ni siquiera tuvo ganas de levantarse. Aún estaba un poco alucinado.

-Toma, tu piruleta.

Percy recogió el obsequio con la misma mirada de extrañeza. Audrey se sentó a su lado y siguió mirándole la frente un poco más, como examinando su obra.

-Después de haberte cosido la cabeza, podemos decir que hay más confianza entre nosotros. ¿Verdad?

Percy se encogió de hombros, carraspeó y masculló una respuesta afirmativa. Poco a poco iba recuperándose de tan traumática experiencia.

-Entonces, creo que te preguntaré por qué has estado dando vueltas por el barrio los últimos días.

-No te andas con rodeos –Resopló, sin querer contener una sonrisita.

-Venga, hombre. Tú ya sabes que soy una enfermera excepcional, cuéntame algo de ti.

Percy se lo planteó un instante. Por supuesto que no podía decirle la verdad, aunque tampoco pasaría nada por maquillarla un poco. Y no le parecía que fuera tan malo contarle algo a Audrey. Era simpática.

-Trabajo para la Oficina de Transportes –Dijo de forma bastante críptica, esperando que en el mundo muggle existiera algo parecido.

-¿En serio? –Audrey frunció el ceño y Percy temió que no le hubiera creído -¿Es por lo de las peticiones para una parada de autobús?

O tal vez hubiera sido mejor que no le creyera, porque no tenía ni idea de cómo proseguir con la conversación.

-En realidad no es por eso. Es… Confidencial.

Audrey abrió mucho los ojos y se mordió el labio inferior. Entonces, le dio un codazo y decidió bromear un poco.

-Así que le acabo de coser la ceja a un espía de la Oficina de Transportes de Londres. Espera a que se lo cuente a mis amigas.

-No creo que les parezca demasiado interesante.

-Pues debería. ¿Qué pasaría si tú y los otros espías estuvierais organizando un complot para subir el precio de los bonos de metro y autobús? Podrían organizarse revueltas callejeras y convertir Londres en una ciudad sitiada.

-Pensándolo así…

Percy resopló y la escuchó reír. Poco importaba si le creía o no. No daba la impresión de estar tomándose las cosas muy en serio.

-Aprovechando que estás aquí, te voy a invitar a una cerveza. ¿Qué te parece?

-En realidad, creo que debería irme…

-Tonterías.

Audrey fue a la cocina, abrió el frigorífico y sacó dos latas de cerveza. Después, vació una bolsa de patatas fritas en un bol de cristal y se reunió con Percy nuevamente.

-No me gustaría que sufrieras un mareo después de tu lastimosa pérdida de sangre.

Percy rió y cogió la cerveza que ella le ofrecía. Nunca había tenido una lata de esas entre las manos y no sabía abrirlas, así que hizo algo que se le daba bastante bien: observar. Vio a Audrey tirar de la anilla hacia arriba y la lata se abrió sola. Era fácil. Percy tiró de la anilla y…

La rompió.

-¡Oh, vaya!

-Todavía estás un poco nervioso. ¿Eh? –Audrey le quitó la lata y volvió junto al frigorífico. Cuando le dio a Percy la nueva cerveza, ya estaba abierta- Dejemos que Cillian se cabree esta noche cuando se encuentre con el bote.

-Quizá yo debería…

-¡Bah! No te preocupes. Es divertido ver a Cillian cabreado. Y tampoco necesita que lo provoquen mucho.

Audrey le dio un trago a su cerveza y cogió un puñado de patatas. Percy nunca había probado ni lo uno ni lo otro. La cerveza le resultó muy amarga y las patatas muy aceitosas y, sin embargo, le gustaron ambas cosas. Quizá fuera posible que los muggles inventaran cosas buenas.

-¿Vives aquí con él?

-Desde hace un par de años. Sí.

-¿Y es tu…?

Percy no debería haber hecho esa pregunta. Lo supo antes de terminarla y por eso guardó silencio y notó como le ardían las orejas. Debía ser el estrés postraumático. O la cerveza, puesto que llevaba más alcohol de que él podía soportar. Y no podía soportar demasiado, puesto que era una persona que bebía en contadas ocasiones.

-¿Yo enrollarme con Cillian? –Audrey soltó una carcajada, entre incrédula y asqueada- ¡No, por Dios! Si es como un hermano para mí. Sería incestuoso. Y, además, yo jamás podría tolerar a un hombre como él. Y dudo que él pudiera soportarme a mí. Dice que tengo muchos pajaritos en la cabeza.

-Ya. Siento ser impertinente. No sé por qué…

-No eres el primero que lo piensa, te lo aseguro. Incluso Stan nos sometió a una especie de interrogatorio poco después de venirse con nosotros. Claro que Stan no es que hable mucho, pero…

Percy bebió un poco más. Estaba buena la cerveza. No tanto como la de mantequilla, pero le gustaba, especialmente acompañada por las patatas fritas.

-¿Te apetece oír un poco de música?

Audrey no esperó a que respondiera. Se puso en pie de un salto y se acercó a un cacharro que tenía cierto parecido con la vieja radio de su madre. Examinó unas cajitas y sacó un disco plateado de una de ellas, que luego introdujo en dicho equipo. Instantes después, los primeros acordes de una guitarra inundaron el salón y Audrey volvía a su lado, sentándose sobre una de sus piernas y colocando el brazo en el respaldo del sofá. Los zapatos habían quedado olvidados en la alfombra de una forma un poco desordenada.

-¿Te gusta Oasis? Me sé el último disco de memoria.

-No está mal –Dijo Percy, que apenas prestaba atención a la música cuando la escuchaba. Suponiendo que Audrey había puesto algo de esa gente, decidió que su afirmación no era del todo mentira.

-Stan dice que soy la reina del grunge, pero a ti no parece gustarte mucho –Percy se encogió de hombros y Audrey parecía cada vez más animada con la conversación- Ni siquiera sabes que es el grunge. ¿Verdad?

-A mí me gusta la música clásica –Percy carraspeó, esperando que su comentario no fuera comprometedor.

-¿Y no sabes quiénes son Nirvana? –Audrey señaló un póster adherido al frigorífico- Supuestamente soy muy infantil por conservar esas cosas, pero yo más bien me siento como una miembro orgullosa de la Generación X. Tú también eren de la Generación X. Dime que te gusta Nirvana.

Percy carraspeó de nuevo y agitó la cabeza. Era de esperar que una muggle empezara a hablar de cosas de muggles. Lamentablemente, él no podía darle mucha conversación.

-Ya puedo imaginarme tu triste historia –Anunció ella con tono alegre, poco dispuesta a rendirse sólo porque Percy no supiera qué decirle- Has pasado toda tu vida en un internado y teníais prohibido escuchar música. ¿Es eso?

-En parte, sí –Y era verdad. Realmente lo era.

-Pues si quieres que toda una experta en cultura musical te enseñe un poco, tendrás que pasear más a menudo por el barrio.

Audrey lo miró con expectación, mordiéndose el labio inferior. Eso era una especie de invitación y Percy sentía que todo estaba ocurriendo demasiado deprisa. Por fortuna, antes de que pudiera darle la razón o quitársela, la puerta del piso se abrió y Stan apareció cargado con un par de bolsas de cartón.

-¿Ya estás en casa, Audrey?

-¡Hola, Stan! Mira quién está aquí.

El hombre asomó su prominente nariz por encima de la compra y entornó los ojos como si quisiera reconocerle. Percy se vio obligado a ponerse de pie. Le hubiera estrechado la mano si el pobre hombre no viniera cargado como una mula.

-¡Oh! El Percy Weasley de verdad –Comentó con aire despreocupado, llevando las bolsas hasta la cocina. Después, fue a saludar a su invitado –El Señor Destino sigue haciendo de las suyas.

-¡Stan!

El hombre palmeó el hombro de Percy y se presentó. Al mago le pareció que bajo su aspecto burdo se escondía un hombre culto y de modales exquisitos. Había tratado con algunos de esos y con otros tantos que intentaban parecerlo.

-¿Acaso Audrey le ha tirado uno de sus zapatos? –Inquirió, señalando la herida del chico.

-En realidad ha sido un balonazo. Supongo que el fútbol es un deporte de alto riesgo.

-No sabe usted cuánto.

Stan dio por terminado el intercambio de palabras y prestó atención a las bolsas.

-He comprado unos calabacines para rebozarlos y creo que haré un poco de pollo a la carbonara. ¿Se queda a cenar, señor Weasley?

-Yo…

-¡Oh! Quédate, Percy. Stan es un cocinero excepcional.

-No quisiera molestar…

-No molestas –Audrey hablaba mientras se ponía los zapatos- Además, mientras Stan cocina te invito a tomarte algo al pub. No puedes negarte.

Percy sabía que podría hacerlo, pero la verdad era que esa tarde se estaba sintiendo bastante a gusto. Incómodo por momentos, pero al menos no tenía que pensar en juicios contra mortífagos, expedientes reguladores, hermanos muertos y novias desaparecidas. Sólo tenía que escuchar la incesante verborrea de Audrey Ramsey. Y beber cerveza, algo que era muy agradable.

-Dile a Cillian que se baje un rato si llega pronto. ¿Vale?

-No comáis muchas guarradas –Dijo Stan con el mismo tono que utilizaba Molly Weasley cuando regañaba a sus hijos- Odio que la comida se estropee.

-Que no, Stan.

-Y cambia la música, anda.

-¿Una ópera te va bien?

-Una ópera siempre me va bien.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo

-Bernie cree que Salvar al soldado Ryan es una maravilla de la técnica, pero es una peli de Spielberg. Tiene un final ñoño, como todas.

-No tiene un final ñoño, joder. Es un final bonito.

-¿No te parece que eso debería decirlo yo? ¡Eres un hombre, Bernie! Nada debería parecerte bonito.

-Escúchame, chico –Bernie, el dueño del pub de la esquina que tenía problemas estomacales, señaló a Percy con el dedo –No hagas caso de nada de lo que te diga esta chiflada. No entiende una mierda de cine.

-¿Qué no entiendo…? –Audrey pareció momentáneamente indignada- La delgada línea roja es una de las mejores películas bélicas de la actualidad. Es más que una película. Es pura filosofía.

-Habló la experta –Bernie volvió a mirar a Percy- ¿Tú qué dices? ¿Cuál de las dos es mejor?

Tanto Audrey como Bernie lo miraron fijamente, esperando su respuesta. La verdad era que él no tenía ni puñetera idea de lo que estaban diciendo, pero encontraba la conversación interesante y, ante todo, divertida. Y, además, Audrey le había pedido un maravilloso refresco muggle llamado Coca-Cola que lo tenía absolutamente obnubilado. Si los que despreciaban a los muggles probaran la Coca-Cola, se pondrían de rodillas ante ellos para adorarlos. Y no estaba exagerando ni un poco.

-En realidad no he visto ninguna de las dos películas.

Bernie parpadeó. Era un tipo de mediana edad, de pelo totalmente blanco y ojos azules. Tenía la voz grave y fuerte y se movía detrás de la barra con una velocidad digna de un gran mago.

-Eres el sueño de cualquier mujer, chico. Un hombre al que no le gustan las películas de guerras –El camarero chasqueó la lengua –Una pena que hayas dado con Audrey.

-Ese comentario es muy machista. Porque sea una chica no deben gustarme únicamente las comedias románticas y los melodramas de Meryl Streep.

Bernie quería seguir discutiendo, pero un par de clientes habían entrado al pub y se apresuró a atenderlos.

-Está lleno de prejuicios, Percy. A veces creo que lo educaron en pleno siglo XIX.

-Es agradable. Y sabe de lo que está hablando, eso se nota.

-Aunque pasáramos siglos discutiendo, jamás nos decidiríamos entre Salvar al soldado Ryan y La delgada línea roja. ¿Sabes que incluso hay debates en Internet sobre el tema? Algunos de ellos son bastante violentos.

Internet. Audrey lo había mencionado un par de veces. Percy estaba dispuesto a averiguar lo que era exactamente, costara lo que costara.

-La verdad es que tampoco he tenido ocasión de ver mucho cine. El internado, ya sabes.

-¡Oh, Dios mío! ¿Qué cosas horribles os hacían allí dentro?

Intercambiaron unas risas. Audrey no daba muestras de sorprenderse cuando Percy le decía que ni escuchaba música, ni veía la televisión, ni iba al cine, ni sabía nada de fútbol, críquet, rugby o cualquier otro deporte muggle. Parecía más bien enternecida y se ofrecía a echarle una mano cada vez que quisiera. O se encontraba con mucha gente como Percy, o pensaba que lo suyo era puro teatro.

-Sé que antes no he hablado muy bien de Spielberg, pero hay muchas películas suyas que me gustan. Incluso con sus finales –Percy sonrió y apuró su refresco. Absolutamente delicioso- En los multicines han programado un ciclo muy interesante con una buena parte de su filmografía y tengo pensado ir. Si quieres venirte, estaré encantada de llorar contigo cuando E.T. vuelva a casa.

-¿E.T.?

-No –Audrey pareció alarmada- No puedes decirme que no sabes quién es. Si lo haces, consideraré muy seriamente la posibilidad de que hayas sido torturado durante tu infancia.

-Ya te he dicho que no voy al cine. Nunca.

-Me pregunto quién es el extraterrestre –La voz de hombre resonó a la espalda de ambos- Si el pobre E.T. o el señor Percy Weasley.

Audrey giró la cabeza y le dio un codazo al recién llegado. Percy notó que le ponía bastante mala uva a ese gesto y encontró divertido el resoplido resignado de Cillian.

-Acabas de llegar y ya estás siendo un borde.

-Perdona que no vaya repartiendo florecitas y corazoncitos por ahí –Cillian se sentó y llamó la atención de Bernie. Pidió su cerveza y luego se unió al grupo que formaban Audrey y Percy- Stan dice que le queda media hora a la cena.

-¡Oh, fantástico! –Audrey prácticamente se estaba relamiendo de anticipación- Todo estará delicioso, ya lo verás. A Stan se le da muy bien cocinar la verdura. Y creo que nos quedaba un trozo de la tarta de nata del otro día. ¿Verdad?

-Algo queda –Cillian se encogió de hombros y, al ver el refresco vacío de Percy, le pidió uno nuevo- ¿Saliste victorioso de tu pelea con la cabina, Percy?

Definitivamente, el tono era desagradable. Percy ya había tenido esa sensación con la primera frase. Esa nueva sólo servía para confirmarlo.

-En realidad sí, gracias.

-Temí que no fueras a conseguirlo. Como hay que ser ingeniero nuclear para llamar por teléfono.

Desagradable, sí. Y sumamente borde. Fuera lo que fuese un ingeniero nuclear.

-¡Cillian!

-No seas tan susceptible, princesita. Sólo estoy bromeando.

-No le hagas caso a Cillian –Audrey miró a Percy y le dio un par de golpecitos en la mano con aire consolador- El pobrecito se cayó de la cuna cuando era un bebé y mira cómo se ha quedado.

-Y luego soy yo el que está borde –Cillian se llevó la cerveza a los labios y prácticamente se la bebió de un trago.

-¿Te ha pasado algo hoy? Estás más insoportable de lo normal.

-Tú también lo estarías si el imbécil de tu jefe te hubiera acusado de robar un dinero que, qué casualidad, tenía metido en el puto bolsillo del puto pantalón.

-¿Qué? ¡Oh, Cillian! ¿Ha salido todo bien?

Él sólo se encogió de hombros. Esa vez fue a él a quién Audrey intentó consolar, aferrándose a su brazo y apoyando la cabeza en su hombro. Percy había contemplado el intercambio de palabras Coca-Cola en mano y se sentía fascinado. Observar a Audrey era como observar el comportamiento muggle en general.

-Mi pasado me persigue –Se lamentó Cillian, aunque no parecía muy amargado. Era como si el simple contacto de Audrey lo hubiera hecho sentirse mejor- Todo se ha aclarado y ese subnormal incluso me ha pedido disculpas. A su retorcida manera, pero lo ha hecho. Se sentía tan culpable que no me ha puesto los peros acostumbrados cuando le he pedido el próximo fin de semana libre.

-Todo listo para una nueva Noche del Misterio.

Cillian sonrió con complacencia. Si había una cosa que le hiciera absolutamente feliz, eran esas reuniones.

-¿Qué son exactamente las Noches del Misterio? –Inquirió Percy cuando se sintió lo bastante seguro como para entrar en la conversación.

-Son unas veladas geniales –Audrey habló con entusiasmo- Cillian escribe el guión de un asesinato y un grupo de personas nos reunimos para descubrir al culpable. Es muy divertido, aunque él se niega a darme el papel de asesina.

-Vamos a ver, Percy –Cillian chasqueó la lengua- ¿A ti te parece que Audrey tiene pinta de asesina?

Pequeñita, con un rostro algo aniñado y unos ojos chispeantes de vida. La verdad era que mucha pinta no tenía.

-Quizá sería una buena asesina precisamente porque no lo aparenta.

Percy no pudo resistirse a darle su apoyo a ella. Audrey le dedicó tal mirada de gratitud que la sonrisa acudió sola a sus labios.

-¡Ja! ¡Te lo he dicho cientos de veces! Mi aspecto anodino sería mi mejor arma para escaquearme de un crimen.

-Lástima que seas una actriz penosa.

-No soy penosa. Eres tú, que te crees que estamos postulando para ganar un Óscar.

-Ya. Lo que tú digas.

-Claro que sí.

-Vale.

Audrey iba a seguir añadiendo monosílabos a la discusión, pero recordó que Percy seguía allí y temió quedar como una idiota, así que dejo que Cillian ganara. Más tarde se tomaría la revancha. Aunque quizá pudiera malmeter un poco. Sí. Sería genial.

-Oye, Percy. ¿Te gustaría venirte con nosotros alguna vez?

-¿A una de esas reuniones? –Audrey afirmó alegremente con la cabeza. Sintió la mirada de Cillian clavada en su nuca y no le importó- No sé si sabría entrar en ambiente. Si hay que actuar y eso, no creo que pueda. No se me da nada bien.

-¡Oh, vamos! Es bastante fácil. Hasta Stan hace un papel digno.

-Stan siempre hace de muerto –Recordó Cillian, cuya expresión se había transformado en algo muy sombrío.

-Pero es un muerto genial.

-De verdad que no me apetece –Atajó Percy. Una cosa era tomarse un maravillosa Coca-Cola en compañía de esa gente y otra muy diferente formar parte de sus juegos extraños- Pero gracias de todos modos.

-Ya lo has oído, Audrey. No le apetece.

-Pues es una pena. Sería una experiencia inolvidable.

Audrey no insistió porque no quería que Percy se molestara o se sintiera obligado a asistir. Realmente no había esperado que aceptara cuando hizo la sugerencia; sólo quería que Cillian pusiera esa cara de psicópata.

-¿Por qué no nos vamos para casa? –Dijo Cillian tras consultar el reloj- Tendremos que poner la mesa y elegir un buen vino para obsequiar a nuestro invitado.

-No os molestéis…

-No le hagas caso, Percy. El único vino que hay en casa es de cartón y sólo lo utilizamos para cocinar.

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Todo estaba riquísimo. Audrey tenía toda la razón al afirmar que Stan era un cocinero excepcional y, a pesar de que las circunstancias que lo llevaron hasta ese piso durante esa noche fueron un poco inusuales, Percy disfrutó de la cena. Audrey no se callaba ni un segundo, Cillian discutía con ella de vez en cuando y Stan, que presidía la mesa –si es que alguien podía presidir una mesa circular- los miraba con el orgullo titilando en sus ojos. Audrey se aseguraba de que Percy entrara en la conversación, pero Stan daba la impresión de manejarlo todo. Cuando Cillian hacía un comentario que no venía a cuento, suavizaba el ambiente con una broma, un reproche o un sutil cambio de tema. Percy, que al levantarse no se había imaginado que terminaría el día rodeado de esa gente, pensó fugazmente en que no le importaría repetir la velada en alguna otra ocasión.

Cuando se dio cuenta de que era realmente tarde, Percy afirmó que debía marcharse y Audrey no puso impedimentos para dejarlo ir. Le entregó su abrigo y lo acompañó a la puerta, quedándose ambos en el descansillo de la escalera para despedirse.

-Me lo he pasado muy bien –Audrey, que no había perdido la sonrisa en todo el rato, se cruzó de brazos- No sería mala idea que continuaras viniendo a pasear por aquí. Podría hablarte de todas esas cosas que ignoras.

-Tal vez venga por aquí alguna vez –Percy pensaba decirle que no creía muy posible un nuevo encuentro, pero optó por dejar una puerta abierta. Sólo por si acaso.

-Deberías venir, aunque sólo sea para que le eche un vistazo a la herida. Tú puedes desinfectarla solo, pero sería conveniente que yo te quite los puntos. Seguramente en una semana ya estarán secos.

Percy se tocó la frente. Se le había olvidado por completo el balonazo de aquella tarde.

-Supongo que sí.

Seguramente se quitaría los puntos él mismo. Si es que era capaz de hacerlo sin sacarse el ojo, claro.

-En fin. Hasta pronto.

Percy se despidió con cordialidad. Escuchó cerrarse la puerta mientras bajaba las escaleras. Aún tenía la mano en la herida de la frente. Al salir a la calle, se metió las manos en los bolsillos y descubrió que Audrey había metido dentro la piruleta.

Sonrió.

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-Podía haberme imaginado cualquier cosa menos lo que has hecho.

Audrey ayudó a Stan a recoger los platos y le dedicó a Cillian una mirada un tanto condescendiente. Tenía que quejarse por todo, por supuesto.

-Sólo dime una cosa. ¿Cuándo te levantaste esta mañana tenías previsto invitar a cenar a ese chico?

-Me lo encontré en la calle.

-Otra vez.

-Charlamos, le dieron un balonazo y tuve que curarle la herida –Audrey, que había entornado los ojos ante el comentario de su amigo, procuraba no perder la paciencia con Cillian- Lo que pasó después fue inevitable. ¿A qué sí, Stan?

-Totalmente inevitable.

Audrey agradeció el apoyo del hombre con un gesto seco y recogió el mantel. Le gustaba cuando Stan se ponía de su parte. A él no era fácil discutirle las cosas.

-Además, no sé por qué te quejas. Percy es un chico muy amable. ¿Verdad, Stan?

-Amable y educado.

-¿Amable y educado? –Cillian los miró con incredulidad- Es un bicho raro que no sabe utilizar una cabina, que nunca había probado la Coca-Cola y que no escucha música, ni ve películas, ni sabe absolutamente nada de nada.

-Quizá es miembro de esa comunidad religiosa… -Stan frunció el ceño, como intentando recordar algo –Los amish.

-O a lo mejor es miembro de una secta que pretende acabar con nosotros –Audrey torció el gesto y chasqueó la lengua- A mí no me parece tan raro, la verdad. Ha estado en un internado muy severo durante un montón de años.

La verdad era que Percy no había mencionado cuanto tiempo estuvo en ese supuesto colegio, pero daba por hecho que sus padres lo encerraron siendo muy niño. Era una explicación bastante lógica para su falta de conocimientos.

-¿Y dónde se metía en verano, listilla? –Cillian no podía dejar de poner peros.

-¡Ay! ¡Mira, no lo sé! No seas pesado, tío. ¿Qué más da si es un poco raro? Es muy simpático y me he divertido mucho con él. ¿Pasa algo por eso?

Audrey lo retó con la mirada. Cillian pareció dispuesto a objetar más cosas, pero se mordió los labios y encogió los hombros. Audrey supuso que era porque Percy Weasley era el primer hombre con el que intercambiaba más de dos palabras seguidas desde lo de David y, dentro de su cabeza, eso debía ser bueno.

-¿Por qué no vemos la tele un rato, niños?

Stan se sentó en el sofá, apoderándose del mando a distancia. Eso sólo significaba una cosa. Debate político. No había nada que aburriera más a Audrey que eso, ni siquiera los campeonatos de golf que el propio Stan veía algunas veces por televisión. Cillian se mostró un poco más entusiasmado y se acomodó en su sillón orejero. Era la cosa más fea que Audrey había visto jamás, pero asombrosamente cómodo.

Audrey se planteó la posibilidad de encerrarse en su habitación, pero le gustaba quedarse un rato con aquellos dos por las noches, así que se sentó junto a Stan y se abrazó a un cojín de tamaño considerable.

Los rostros de unos cuantos políticos y periodistas pasaron ante sus ojos sin que ella prestara mucha atención. Hablaban sobre una reforma agraria o algo así, nada que le produjera otra cosa que no fuera sueño. Bostezó un par de veces, apoyó la cabeza en el comodísimo hombro de Stan y, entonces, el nombre y el rostro de un hombre la sacaron de su sopor.

-¿Quién es ese?

Stan la miró con sorpresa, puesto que era la primera vez que le hacía alguna pregunta relacionada con la política, pero le respondió con la naturalidad de siempre.

-Richard Clearwater. Tiene un escaño en la Sala de los Comunes y…

-¡Clearwater!

Audrey se levantó del sofá. Se sentía como Newton el día que la manzana le cayó en la cabeza.

-¿No te suena de nada el nombre?

-Pues no –Cillian estiró un brazo y la apartó del medio –Y cierra la boca, chiflada.

-¡Pero es Richard Clearwater!

-No sé que te pasa, Audrey, bonita. Pero me estás jodiendo el reportaje.

Audrey, al comprender que no le estaban haciendo caso alguno, se apartó de la televisión y reflexionó largamente durante unos segundos. Después, se puso otra vez frente a Cillian. Tenía información muy importante y deseaba compartirla con alguien.

-¿Es que no te das cuenta? Ese es el dueño de la casa que alquilamos el otro día. ¡Es el padre de la novia de Percy!

Cillian alzó una ceja. Stan estaba totalmente ajeno a la conversación, aunque Audrey sospechaba que tenía una oreja puesta en ellos.

-Vamos a ver, detective Poirot. ¿Sabes cuánta gente hay en Inglaterra que se apellida Clearwater?

Audrey apretó los labios, sintiéndose repentinamente enfurecida. Odiaba cuando Cillian hacía eso de quitarle la esperanza utilizando unas cuantas palabras.

-No puede ser una coincidencia.

-¡Ay, calla ya!

Cillian hizo ademán de apartarla de nuevo, pero Stan se incorporó un poco y miró a Audrey con expresión insondable.

-En realidad, lord Clearwater es representante de la zona en la que estaba la casa.

-¿Ves? –Audrey señaló acusadoramente a su amigo- ¡Te lo he dicho!

-Stan, no le des la razón, haz el favor. Audrey está loca y nosotros debemos controlarla.

Audrey gruñó. No encontraba otra forma de expresar su indignación, así que le tiró a Cillian un par de cojines y se encerró en su dormitorio dando un portazo. Ella tenía razón y lo iba a demostrar, le costase lo que le costase.

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Hola a todos otra vez.

Pues sí, una vez restablecida mi conexión a Internet puedo cumplir con mi palabra y actualizar la historia de nuevo, y recuperar así la semana perdida. Seguramente el sábado o el domingo cuelgue otro capítulo. Es que estoy en racha y me divierto tanto con Audrey que no puedo parar de escribir.

Espero que vosotros hayáis disfrutado tanto leyendo como yo escribiendo. Tengo la sensación de que me he pasado con las referencias a la cultura pop, pero me apetecía tanto confundir al pobre Percy dentro de ese mundo desconocido que es el muggle, que no he podido resistirme. Y sí, la trama no es que avance mucho, pero todo el rollo que os habéis tragado estaba únicamente dedicado a la relación Percy/Audrey. En algún momento tendrán que hablar –sobretodo ella- hacerse amiguitos, empezar a gustarse y todas esas cosas.

Para no dejaros con la duda, sí, Richard Clearwater es el padre de Penny, pero no os penséis que será tan fácil dar con él. No sé cómo serán las cosas por Inglaterra, pero yo no me imagino entrando en el Congreso para liarme de conversación con, no sé, el presi ZP o con el pepero Mariano. No lo veo fácil, no.

Por cierto, Hércules Poirot es el protagonista de un buen número de novelas de Agatha Christie. Y aunque parece un poco machista, xenófobo y clasista, me cae bien. Quizá su encanto resida precisamente ahí. Era sólo para añadir algo de información, para el que no siga la obra de esa escritora.

Nada más por mi parte. Nos vemos muy pronto

Besos

Cris Snape