DOS SABUESOS DESPISTADOS
DISCLAIMER:Casi todo es de Rowling. Lo de siempre, vamos.
CAPÍTULO 6
Trayectoria de bumerán
Cuando Cillian había sugerido que se compraran un ordenador, Audrey lo había considerado un gasto inútil y se había negado con rotundidad. No obstante, el paso del tiempo le terminó demostrando su error y esa mañana estaba actuando de forma poco diligente. Porque aprovechar cada instante libre para correr hasta el puesto de control de enfermeras y hacer consultas en Internet no formaba parte de su trabajo habitual.
Audrey se asomó por encima del mostrador para comprobar que no había nadie cerca. Helen ya la había pillado antes, pero no iba a delatarla. Le preocupaba más que Polly Fisch apareciera por allí y le echara una bronca más que justificable. Con movimientos rápidos, se introdujo en el buscador y tecleó el nombre de Richard Clearwater. Audrey soltó un suspiro de desaliento cuando comprobó que existían un buen número de artículos periodísticos sobre él. Imprimió los cinco primeros, plegó los folios y lo metió en la carpeta que tenía más a mano.
Contenta y confiada porque nadie la había descubierto, Audrey se dirigió a la sala de enfermeras. Aprovecharía el almuerzo para leer toda aquella información y con suerte sacaría algo en claro. Tampoco era como si pudiera hacer algo más para averiguar cosas sobre Richard Clearwater. No podía presentarse en el Parlamento y esperar allí hasta que llegara para llamar su atención a voces. No tenía pinta de ser un plan muy efectivo.
Durante el desayuno, Audrey había sometido al pobre Stan a un interrogatorio. La chica no conocía a nadie que supiera más cosas sobre política, pero tristemente ignoraba quién era exactamente el señor Clearwater y dónde podía encontrarlo. Toda la información que Stan poseía de él procedía directamente de la televisión, así que Audrey podría haberse ahorrado la conversación matutina de haber prestado un poco más de atención durante la noche. Cillian había señalado, no muy amablemente, que Audrey estaba loca por querer encontrar a un hombre que era conocido de otro tipo del que sólo sabían que era rarísimo, y Audrey, no muy amablemente tampoco, lo había mandado a la mierda. Así, sin más, frente al exquisito desayuno que Stan había preparado.
Evidentemente, Audrey no salió de casa de muy buen humor. Lo único positivo del día era que tenía turno de mañana. Había discutido con un tipo barrigón que le había dado un empujón en el metro y después increpó a un conductor que casi la atropella. No era como si ella hubiera tenido razón, pues cruzaba la calle cuando no debía hacerlo, pero Audrey necesitaba desahogarse un poco. Normalmente no dejaba que Cillian la enfadase, pero el sentirse tan sola en su aventura de encontrar a la novia de Percy la frustraba mucho.
Además, Audrey aún estaba intentando averiguar por qué quería dar con ella. Percy Weasley no era amigo suyo. Tan solo habían hablado un par de veces y, aunque le parecía agradable y lo encontraba bastante mono para ser pelirrojo y tener tantas pecas, no existía ninguna clase de vínculo entre ambos. Cierto que la tarde anterior se lo había pasado en grande con él, pero ahí terminaba todo. Era bastante posible que Weasley no fuera a buscarla para que le quitara los puntos de la cabeza y no tenía forma alguna de ponerse en contacto con él. Era sólo un desconocido y su novia era más desconocida aún, pero Audrey quería ayudar.
Seguramente porque la historia le pareció dramáticamente romántica. Y a ella le gustaban los grandes dramas. No hacía falta ser muy lista para darse cuenta de que a Percy le dolía la ausencia de la chica. Por su forma de hablar, debía estar absolutamente loco por ella. Y tampoco era como si le hubiera hablado mucho de esa tal Penny, pero no hacía falta. Audrey sabía lo que era estar colado por alguien. Conocía ese brillo en los ojos de Percy, el mismo brillo del que Cillian no quería ni oír hablar y que ella, pese a sus esfuerzos por olvidarlo, aún tenía cuando recordaba a David.
David. De una forma u otra, Audrey siempre terminaba pensando en él. No era fácil no recordar cosas estando en el hospital. Habían sido muchos encuentros fugaces en el cuarto de la limpieza, muchas miradas compartidas en los turnos de guardia y muchos besos fugaces para que fuera fácil. Audrey tampoco entendía cómo se había liado con él. No existía nadie en el hospital que fuera más inadecuado. Lo había intentado, su conciencia le había gritado millones de veces que no estaba bien, pero ella no había podido resistirlo.
David era como aquel caballero andante con el que Audrey solía soñar de niña. La primera vez que se fijó realmente en él ni siquiera fue en el hospital. Se saludaban y hablaban de vez en cuando, por supuesto, pero Audrey no sintió atracción alguna por él hasta aquel día de Navidad, casi un año antes.
Después de una decepcionante comida navideña, consistente en cerveza y comida china, Audrey y Cillian se fueron a tomar unas copas. Bebieron, bailaron e hicieron el idiota con un grupo de viejos amigos. David andaba por el mismo pub con unos tipos trajeados y escandalosos y Audrey se vio en la obligación de ir a saludarlo. La conversación fue incómoda porque ella no conocía a los amigos de David y porque realmente no sabía de qué hablar con él. Y, entonces, se escuchó un alboroto en el local y Audrey vio como un tipo salía corriendo de allí.
Fue la primera vez que Audrey veía un apuñalamiento. Apenas llevaba unos meses en el hospital y sus tareas habían sido tan aburridas como sencillas. Cuando vio a aquel chico tirado en el suelo, con el abdomen ensangrentado, creyó que se moriría allí mismo. Sintió tantas nauseas que quiso salir corriendo. Pero no lo hizo porque David gritó su nombre y le ordenó que le ayudara. Y Audrey no pudo más que obedecer.
Dudaba mucho que el chico sobreviviera porque ella hubiera sido capaz de llamar a una ambulancia y de apretar la herida con un par de toallas, pero todo salió bien y ella empezó a fijarse en David. Los hombres mayores nunca le habían gustado, pero después de ese día, Audrey descubrió que el médico era arrebatadoramente guapo, que tenía unas manos enormes capaces de hacer maravillas y, ante todo, que le excitaba muchísimo su voz. Firme, grave y varonil. La voz perfecta. Era tan ridículo que incluso esa mañana se sintió avergonzada.
Su pequeña aventura de más de nueve meses con David Ferguson no era algo de lo que enorgullecerse. Audrey supo que no irían a ninguna parte desde el principio. Supo que podría hacer daño a gente inocente y supo que ella misma terminaría echa polvo, pero se lió con él. Y quizá no debería darle tantas vueltas al asunto, puesto que era David el que más tenía que perder, pero su conciencia no la había dejado descansar ni un solo día. Y cuando vio a la mujer de David y a sus dos encantadoras hijas en el hospital, abrazándolo y saludándolo y queriéndolo y disfrutando de él, porque era de ellas y de nadie más, Audrey decidió que todo terminaría y lo terminó. No era una bruja, por más que se hubiera comportado como una.
Había sido su decisión, sí, pero no fue fácil. Algunas veces, David le decía que le gustaría dejar a su mujer para irse con ella y Audrey pensaba que eso no podría estar tan mal, porque David le gustaba de verdad y no estaba con él por capricho, pero siempre supo que él no lo haría. Su mujer y sus hijas era lo más importante y, viéndolo con perspectiva, Audrey casi lo agradecía. No le hubiera gustado ver una familia rota por su culpa.
El día que lo dejó lloró como una boba. Cillian había faltado al trabajo para quedarse a su lado durante todo un fin de semana. Ni siquiera le dijo que se lo había advertido. Cillian podía ser un gilipollas y un insensible hijo de puta cuando se lo proponía, pero la quería lo suficiente para ofrecer consuelo y guardarse los consejos. Se conocían tanto que sabían cuándo era conveniente guardar silencio y cuándo ofrecer opiniones y por eso seguían siendo buenos amigos. Podían meter la pata hasta el fondo, y el otro siempre estaría ahí para levantarlos si se caían. No importaba lo reprobables que fueran sus acciones. Se querían sin concesiones. Cillian aceptaba que Audrey fuera un poco zorra, y Audrey aceptaba que Cillian fuera un poco ladrón. Así de sencillo.
Lo único que Audrey había sacado en claro de aquella relación fue que nunca más volvería a hacer algo así. Si volvía a fijarse en un hombre comprometido, se pondría un cinturón de castidad y desaparecería todo lo deprisa que le fuera posible.
En cuanto a David, era un fastidio tener que convivir con él todos los días, pero poco a poco lo sobrellevaba. Aquello debía ser su castigo por haberse portado tan mal y Audrey era capaz de asumirlo y vivir con las consecuencias. Además, el deseo arrebatador de otros tiempos se iba esfumando y, aunque era innegable que David aún le gustaba, ya no sentía lo mismo por él. Seguramente sólo quería convencerse a sí misma para evitar que siguiera doliendo, pero Audrey dudaba que hubiera llegado a enamorarse de él. Sabía lo que era estar enamorada y la ruptura no fue tan dramática como las que tuvo en su adolescencia.
¡Dios! ¡Cómo lloró cuando lo dejó con Andrew! Audrey sonrió para sí misma. No es que fuera la mujer más lista de la tierra, pero sí que fue la adolescente más tonta y melodramática de la historia.
-No quiero imaginar en qué estás pensando.
Helen fue directa a la máquina de café e introdujo un par de monedas.
-En cosas muy malas, por supuesto. Ya sabes lo que me gusta conspirar.
-¿Y qué es esta vez? –Helen se sentó frente a ella, poniendo los pies en los travesaños de la silla- ¿Pretendes organizar un ejército de enfermeras para tomar el poder?
-Incluso he considerado la posibilidad de solicitar ayuda alienígena. ¿Qué te parece?
-Suena interesante. Te ayudaré si me nombras Ministra de Moda y Peluquería.
Audrey resopló y ahogó una risita. Helen rió a su vez e intercambiaron un par de comentarios surrealistas antes de volver al trabajo. No querían que Fisch fuera por allí a meterles prisa. Audrey estaba convencida de que la jefa de enfermeras tenía poderes paranormales y era capaz de detectar cuando una de sus empleadas no estaba atendiendo sus obligaciones.
-¿Te apetece venirte a tomar algo esta noche? Necesito alejarme de Cillian y los hombres todo lo que pueda.
-Siempre me he preguntado qué le ves.
Se refería a Cillian, claro. Helen lo odiaba desde siempre. Lo suyo había sido odio a primera vista y eran incapaces de estar en una misma habitación sin insultarse o intentar asesinarse. Audrey solía bromear diciendo que lo que había entre ellos era cierta tensión sexual no resuelta.
-Es más majo de lo que parece. Si lo conocieras un poco más, seguro que te caería bien.
Helen alzó una ceja y se detuvo frente a la habitación de uno de sus pacientes. Audrey le guiñó un ojo y se puso a trabajar. Realmente le hacía falta una noche sólo de chicas y se alegraba de que Helen quisiera irse por ahí con ella de vez en cuando. Al menos ella no la miraba como si estuviera loca.
OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
-¿Qué tienes aquí, cielo?
Su madre le cogió la cara con las dos manos y toqueteó con firme decisión la tirita que Audrey le había colocado en la ceja un par de días antes. "Mierda", fue lo único en lo que pudo pensar Percy mientras se maldecía por haberse olvidado de que esa cosa estaba ahí.
Seguramente sería lógico pensar que no le habían faltado oportunidades para curarse la herida y olvidarse de puntos de sutura y muggles parlanchinas, pero en realidad Percy no había tenido tiempo. O eso quería pensar mientras cogía las manos de su madre y se alejaba un par de pasos de ella.
-No es nada, mamá. Es una tontería.
Tenía toda la pinta de serlo, la verdad. Él, un mago cualificado y talentoso, aceptando que una extraña le cosiera la cabeza para luego olvidarse de que debía recurrir a los métodos de siempre y dejarse de chorradas. Sí. Era una tontería cuanto menos, aunque Percy era consciente de que una parte de sí mismo no había querido solucionar ese pequeño problema. La parte que quería volver a ver a Audrey.
No tenía ningún motivo en especial para desear visitarla otra vez. Era simplemente el hecho de que ella no supiera quién era en realidad Percy Weasley. Audrey no sabía que había rechazado a su familia durante años, que era un lamebotas insufrible, un pretencioso pirado y un imbécil pomposo y gilipollas. Audrey tampoco sabía que Fred estaba muerto y no tenía que sentir pena por él, ni por la forma que tuvo de perder a Penny ni por tantas otras cosas que a Percy le parecían muy injustas. Audrey sólo sabía que se llamaba Percy y que el mundo que a ella le resultaba absolutamente natural y cotidiano, para él era una aventura apasionante. O casi.
Después de un breve forcejeo, Percy se zafó definitivamente de las manos maternas y logró quitarse el abrigo y la bufanda. Le pareció tocar un objeto extraño y entonces encontró la piruleta que Audrey le había regalado. Ajeno a la mirada suspicaz de su madre, sonrió.
-¿Has vuelto a aficionarte a los dulces? –Inquirió Molly, asomando la cabeza por encima de su hombro –Cuando eras pequeño te encantaban. Solías escaquearte por las noches para robar caramelos de la alacena. ¿Te acuerdas?
Percy hubiera podido negar los hechos, pero lo recordaba perfectamente. Las golosinas habían sido su absoluta perdición durante una etapa de su vida que le hacía sentirse un poco avergonzado. Una etapa en la que acostumbraba saltarse las normas para lograr un pequeño trozo de regaliz que llevarse a la boca.
-En realidad no es para mí –Mintió, dejando la piruleta de Audrey sobre la mesa- Es para… Teddy.
Percy no estaba seguro de que regalar dulces a adultos pudiera considerarse como algo maduro y adecuado, así que recurrió al único niño que había en la familia –más o menos- para hacer valer su mentira.
-¡Oh! –Su madre se extrañó un poco, eso sí, puesto que Percy jamás le había regalado nada a Teddy. No es que fuera el hombre más detallista del mundo –Supongo que está bien, aunque me parece que aún es un poco pequeño para piruletas. ¿No crees?
Percy se encogió de hombros y tomó asiento en su lugar habitual de la mesa de la cocina. Estaba un poco cansado. Había pasado todo el día encerrado en su despacho trabajando y su madre era el primer ser humano con el que intercambiaba más de dos palabras. De pronto se sintió un poco más avergonzado que antes porque se dio cuenta de que bastantes funcionarios del Ministerio le habían visto la tirita de la frente, pero tenía demasiada hambre para darle muchas vueltas al asunto.
-He hecho pastel de carne. ¿Te apetece?
Por supuesto que le apetecía. De hecho, le apetecía cualquier cosa que su madre hubiera cocinado. Molly le sirvió un buen plato para cenar y se sentó frente a él. Tenía esa expresión un tanto ausente que le ponía los pelos de punta a Percy.
Todos los Weasley sabían que Molly no estaba bien, que tenía la muerte de Fred clavada a fondo en el corazón y que le sería muy difícil superarlo. Un día, su padre les comentó a Bill y a él que se pasaba casi todo el día llorando. Era evidente que no quería preocupar a nadie, y por eso recurrió a sus hijos más mayores. Arthur no sabía cómo ayudar a su esposa ni cómo ayudarse a sí mismo, porque él también había perdido a un hijo y después había asumido la responsabilidad de sacar a su familia adelante. Percy odiaba ver los ojos constantemente enrojecidos de su madre y, en un acto reflejo, cubrió la mano de su madre con la suya y la estrechó con fuerza. Y todo eso sin dejar de comer, como quitándole importancia a su intento por ofrecer consuelo. Pronto sintió la caricia materna en sus dedos y alzó la vista un instante, encontrándose con una desgarradora gratitud en los ojos de su madre.
-¿George no ha venido contigo?
-Nos encontramos con Angelina cuando veníamos para acá. Iban a tomarse un par de copas juntos.
Molly afirmó con la cabeza. Últimamente Angelina y George quedaban más de dos o tres veces a la semana. Percy sabía que sólo eran amigos. Ambos buscaban una fuerza que sólo eran capaces de encontrar en el otro. Solían sentarse en algún rincón de cualquier bar y beber en silencio, intercambiando miradas y rumiando su dolor juntos. Percy se alegraba de que su hermano hubiera encontrado a alguien que le hiciera sentir bien porque, aunque George se esforzaba por ser el mismo de antes –y era una auténtica lucha diaria el hacerlo- nunca lo conseguiría. Fred se había llevado un pedazo del corazón de Molly Weasley y la mitad del alma de George.
-Es una buena chica. Fred la quería mucho.
Percy apretó los dientes, fijando toda su atención en la expresión de su madre. Buscaba un indicio indicativo de que iba a ponerse a llorar de un momento a otro, pero Molly no lo hizo. Elevó los ojos hacia el cielo un instante y suspiró, dándole un golpecito a Percy en el brazo antes de ponerse en pie. Cuando se dio la vuelta y se puso a mirar el jardín, el joven comprendió que su madre necesitaba respirar. Se preguntó si en algún momento ella podría hablar de Fred sin que se le quebrara la voz y los ojos se le llenaran de lágrimas.
Percy se comió el resto de su cena con un nudo pesado en la garganta. Escuchaba los sollozos ahogados de su madre y veía sus hombros agitándose agónicamente. Quería ponerse en pie, abrazarla y decirle que todo iba a salir bien, que con el tiempo el dolor mitigaría y el recuerdo de Fred dejaría de hacerle tanto daño, pero sabía que eso no la haría sentir mejor. Porque Molly no quería que el dolor desapareciera ni que el recuerdo dejara de hacer daño. Molly quería a su hijo de vuelta y ni Percy ni nadie podría devolvérselo jamás.
La llegada de Arthur hizo que el ambiente experimentara un leve cambio. Molly se limpió las lágrimas y lo recibió con una sonrisa forzada. Era obvio que no quería que su marido la viera en ese estado. Aún así, bastó un pequeño intercambio de miradas entre el señor Weasley y su hijo para que el hombre supiera lo que estaba pasando. Arthur caminó hasta la mesa y se sentó. La comida pronto estuvo frente a él. Ni siquiera tuvo tiempo de dar las gracias cuando Molly salió al exterior.
-No podemos seguir así.
Percy apretó los dientes. El nudo en la garganta seguía allí y no sabía si sería capaz de seguir conteniéndolo.
-Pensaba que poco a poco se sentiría mejor. Confiaba en que pudiera superarlo, pero no puede. Necesita ayuda y yo no…
Arthur se interrumpió bruscamente. Percy se dijo a sí mismo que no podría soportar verlo llorar a él también.
-En San Mungo están organizando una especie de grupos. No sé cómo se llaman. La gente se reúne para compartir sus experiencias y he pensado que a tu madre podría hacerle bien.
-Mamá se niega a hablar con nosotros. No estoy seguro de que vaya a funcionar.
Percy había hablado con suavidad, temiendo que la voluntad de su padre pudiera destruirse si elevaba la voz o no utilizaba las palabras adecuadas. Arthur suspiró y cerró los ojos un instante. Parecía más viejo que nunca.
-Estoy tan cansado.
Percy se tapó la boca con una mano y bebió agua. Su padre negó con la cabeza varias veces y finalmente empezó a comer. O a intentarlo al menos, porque esa noche Percy fue plenamente consciente de lo desmejorado que estaba su padre y se preguntó cómo era posible que no se hubiera dado cuenta antes.
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La música de Blur inundaba todo el piso. Audrey incluso podía escuchar a Cillian vociferando Song 2 en su habitación. Debía estar saltando sobre la cama, haciendo el idiota y fingiendo que tocaba la guitarra. Audrey sonrió ante la imagen y siguió intentando hacer algo decente con su pelo. Partiendo del hecho de que necesitaba recortárselo urgentemente, nunca se le había dado bien la peluquería, menos aún si tenía que practicar consigo misma. Se planteó la posibilidad de ponerse alguna de las pelucas que utilizaba en las Noches del Misterio –la rubia cortita le resultaba especialmente bonita- pero finalmente se peinó el flequillo hacia delante y el resto se lo recogió todo lo alto que le fue capaz. No es que fuera lo más sofisticado y elegante del mundo, pero a Audrey le gustaba así.
Se observó al espejo. Minifalda negra y top blanco, con las preciosas botas de cuero que se había comprado hacía ya un montón de tiempo. No presentaba su aspecto más discreto y eso le gustaba. Esa noche le apetecía que la gente la mirara. Se había prometido dejar aparcado a David en el pasado y si tenía que ligarse a algún tío imbécil para lograrlo, pues lo haría y punto.
Tras darle al maquillaje un último retoque, se miró en el espejo y se dio el visto bueno.
-¿Vas a salir con eso?
Cillian había aparecido a su lado en el espejo y amenazaba con comportarse con el clásico celo estúpido y machista del hermano mayor. Audrey alzó la barbilla, se miró el trasero y sonrió.
-Pues claro. ¿No te gusta?
-Yo diría que vas a coger un buen resfriado con esa ropa. –Cillian torció el gesto- Y que estás bastante buena, a pesar de que eres muy bajita y de que no tienes ni puta idea de cómo peinarte.
-Vaya. ¿Gracias?
Cillian sólo sonrió y quitó la música. Stan debía estar a punto de perder la paciencia ante tanto y tan desagradable ruido.
-¿Te has echado novio? –El chico se dejó caer en su sillón orejero- No me digas que has quedado con Weasley el Raro.
-¿Qué? ¡No! Claro que no. He quedado con Helen y otro par de chicas del hospital –Audrey carraspeó- Y no llames así a Percy. No es raro.
-Sí que es raro.
-No lo es.
-¿De verdad quieres que empecemos otra absurda discusión?
-Creo que no tengo tiempo –Audrey miró el reloj y cogió su abrigo y el bolso- Será mejor que me de prisa si no quiero llegar tarde.
-Tú siempre llegas tarde.
Audrey le despidió con un gesto desdeñoso y salió por la puerta. La noche se presentaba relativamente agradable. Hacía un frío insoportable, pero no llovía. Seguramente se levantaría un poco de niebla más tarde, pero a Audrey le gustaba la niebla.
Había quedado con Helen y las otras en un local del centro. Tenía que coger el metro en la parada de siempre y tardaría aproximadamente un cuarto de hora en llegar. Para la vuelta lo más seguro era que cogieran un taxi, puesto que estaban preparadas para estar de juerga hasta tarde.
-Hola, Audrey.
Miró a ambos lados y vio a Percy medio escondido entre las sombras. Aquel nuevo encuentro no tenía nada de casual y si Audrey no hubiera conocido a aquel chico, se habría llevado un buen susto. Pero Weasley estaba allí, con su tirita en la ceja y su cara pecosa y ella se olvidó por un instante del metro y de las chicas.
-Percy. ¿Has venido a que te quite los puntos?
Lo vio llevarse la mano a la herida de la frente y se acercó a él un poco más. Lo miró a los ojos y descubrió que no parecían tan inexpresivos como era normal en él. De hecho, estaban un poco más enrojecidos de lo normal y su mirada estaba plagada de tristeza. Audrey se preguntó qué le habría pasado para tener esa pinta. Por supuesto, no preguntó nada.
De haberlo hecho, Percy no le habría dicho que había salido tan echo polvo de casa de sus padres que se había pasado casi una hora llorando como un imbécil. No había querido mostrarse débil frente a ellos, pero una vez a solas el mundo se le vino encima. Pensó en Fred, en los Lupin, en Penny y en todos los que la guerra se había llevado por delante y no pudo seguir luchando contra las emociones. Se había dado cuenta de que la única persona que lo ayudaba a distraerse era Audrey y había ido hasta allí con la esperanza de volver a encontrarla. Había sido algo tan instintivo que incluso él estaba sorprendido.
-Me parece que es un poco tarde. ¿No?
Audrey le sonrió y se abrazó a sí misma, tirando del cuello del abrigo que llevaba puesto. Tenía frío. ¡Qué cierto era aquello de que para estar bella hay que sufrir!.
-Podrías pasarte mañana. ¿Qué te parece? Es que tengo un poco de prisa.
-Claro. Perdona.
Percy lamentó que la chica se despidiera tan pronto. La vio siguiendo con su camino y estaba a punto de soltar un suspiro de frustración cuando ella dio media vuelta y se acercó nuevamente a él.
-¿Por qué no te vienes? He quedado con unas amigas. Vamos a dar una vuelta por ahí. Será divertido.
-No sé. No quiero molestar. Ni siquiera conozco a tus amigas.
-Venga. Vente, de verdad. A las chicas no les importará. Además, están locas por liarse con alguien y yo no creo que esta noche vaya a conseguirlo. Si te vienes, no me quedaré sola.
Percy se mordió los labios. Sabía que eso de salir con muggles por ahí no era una buena idea. Una cosa era hablar con Audrey porque le gustaba escucharla decir cosas sin parar y otra muy distinta meterse en su vida de aquella manera. Era evidente que ella tenía ganas de irse con sus amigas, aunque también era verdad que había tenido ocasión de irse y que había vuelto para invitarlo. Realmente debía apetecerle contar con su compañía.
-¿Estás segura?
-Claro. Vamos.
Audrey lo agarró de la mano y lo arrastró calle abajo. Percy estaba a punto de vivir una nueva experiencia y no se sentía nada seguro al respecto. Lo único que tenía claro era que estar con esa chica le haría sentir mejor y sólo por eso valía la pena correr el riesgo.
OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOo
Audrey bailaba bastante bien. Él no. Él era bueno con el baile de salón, pero aquello era muy diferente. Además, no terminaba de sentirse cómodo. Había demasiada gente a su alrededor, todos ellos muggles. La música estaba muy alta, la gente gritaba, reía, y se toqueteaba todo el rato y los empujones eran una constante bastante molesta. Aún así, Percy debía reconocer que las amigas de Audrey eran simpáticas, aunque no parecieran excesivamente listas. Un par de ellas habían desaparecido de la mano de unos chicos, y Helen, la única que aguantaba con ellos, acompañaba a Audrey en su exhibición de danza moderna. O lo que fuera aquello, porque lo único que las chicas hacían era contonearse. Con bastante ritmo, eso sí.
Percy estaba de pie frente a ellas, con una Coca-Cola en la mano y moviendo un poco los pies. El baile no era lo suyo y quizá porque estaba prácticamente inmóvil, los empujones le resultaban tan molestos. Procuraba concentrarse en Audrey y Helen con relativo éxito.
De hecho, en ese momento pensaba que la ropa de las chicas muggles era excesivamente provocativa. Mucha carne al descubierto y muchos ojos masculinos clavados en ellas. Las brujas vestían con bastante más decencia, todo sea dicho de paso, pero a una parte de Percy le gustaba muchísimo la minifalda de Audrey. No estaba seguro de que Penny alguna vez hubiera usado algo parecido, sobretodo porque nunca la había visto con la ropa que podría utilizar para salir de fiesta, pero la ropa de Audrey era… Diferente.
Audrey y Helen intercambiaron unas palabras. Percy supuso que hablaban sobre ese tipo que, durante tanto tiempo y con tanto interés, había estado mirando a Helen. Efectivamente, la chica fue junto a él y Percy no tardó en perderlos de vista entre el montón de gente que les rodeaba. Audrey se acercó a él entonces, le cogió de la mano y lo sacó de la pista de baile. Se estaba apiadando de él. Debía de darle mucha pena por su escaso talento de bailarín y quería evitarle que siguiera sumido en aquel mal trago.
Aunque para hablar tenían que gritar, Percy aceptó de buen grado tomar asiento. Empezaba a hacerse tarde y realmente no creyó conveniente que Audrey apoyara una mano en su pierna con tanta confianza, pero ni siquiera se movió para huir del contacto. Era agradable sentir esa calidez desinteresada, ese gesto amable que no muchos tenían con él.
-¿Qué te dije? Al final nos hemos quedado solos. No creo que ninguna de las tres vuelva con nosotros hoy.
Percy cabeceó y esbozó una sonrisa de circunstancias. No estaba muy seguro de que aquella clase de comportamiento fuera correcto. No es que fuera un tipo remilgado ni nada de eso, pero no le parecía bien que las chicas se fueran con gente desconocida así como así. No era algo que Penny o cualquiera de sus conocidas hubiera hecho.
-Cuando quieras nos vamos.
Percy volvió a cabecear y agradeció el gesto. La verdad era que estaba un poco harto de la música y el ambiente y así se lo hizo saber a Audrey, sugiriendo que podrían ir a algún lugar un poco más tranquilo para charlar. Ella no puso objeción alguna. Después de todo había pasado más de dos horas haciendo el loco. Además, era obvio que a Percy no le gustaba demasiado salir a bailar y la verdad era que le apetecía hablar. Esperaba que él dijera algo más que en las ocasiones anteriores. Y, qué demonios, él no podía seguir en la discoteca con aquel traje ni un minuto más.
El ambiente en la calle estaba bastante animado. Caminaron entre al gente durante unos cuantos metros, uno junto al otro y sin decir palabra. Audrey, que estaba bastante segura de que el aspecto taciturno del chico no se debía únicamente al aburrimiento que pudiera provocarle el baile, decidió que ya era hora de averiguar un poco más. Sí. Era un poco cotilla, pero también se preocupaba por Percy. ¿Y qué podía perder? Él podría negarse a hablar y punto, tampoco era el fin del mundo ni nada parecido.
-Sé que no es asunto mío y de verdad que no me gustaría que te molestases conmigo, pero a ti te pasa algo. ¿A qué sí?
Lo vio suspirar. A Percy no le había sorprendido la pregunta. Ella ya lo había mirado unas cuantas veces como si se muriera de ganas por decirle algo y, aunque había estado esperando toda la noche a que dijera algo como aquello, no pudo evitar sentirse un poco incómodo. No le gustaba compartir sus cosas con nadie. Seguramente por eso no tenía ningún amigo íntimo. De hecho, con la única persona con la que alguna vez había hablado sobre sí mismo fue con Penny. Penny, que tan lejos de su alcance estaba en ese momento.
A pesar de que no le apetecía demasiado contestar, cuando miró a Audrey y vio la genuina preocupación de sus ojos, supo que no era justo utilizarla para abstraerse de su vida sin ofrecer nada a cambio. Tampoco era como si tuviera que entrar en detalles.
-No he pasado un buen día.
-Ya.
Audrey se mordió los labios, suponiendo que no podría sacarle más información. Lo escuchó suspirar profundamente y tuvo que retroceder un par de pasos, puesto que Percy se había detenido en medio de la calle. Parecía estar pensando en algo y ella lo encontró un poco raro por primera vez desde que lo conoció.
-Te agradezco el interés, Audrey, pero no me pasa nada. Hace unos meses –Se detuvo, tragando saliva ruidosamente- Hace unos meses perdí a alguien y hoy…
Se encogió de hombros, sin atreverse a terminar la frase. No le había hablado de Fred, pero supo que tampoco hacía falta cuando Audrey le sonrió y se agarró a su brazo. Fue una sonrisa luminosa y cálida, sin compasión. Percy agradeció más la falta de esa compasión que cualquier otra cosa que Audrey hubiera podido hacer o decir.
-Todos tenemos días malos. Es algo perfectamente normal.
Audrey se había dado cuenta de que a él le daba vergüenza revelarse ante ella y, supuso, ante cualquiera. Era perfectamente normal, puesto que apenas se conocían, pero había algo más, algo que tenía que ver con su forma de ser. Percy era un tipo bastante estirado, de esos que nunca demuestran sus emociones o que fingen no tenerlas. Tal vez por eso agradeció la confianza que, aunque escasa, había depositado en ella, y se agarró a él sin más miramientos. Lo notó tenso ante el contacto y le hizo gracia, pero no lo soltó. Consideraba que era muy importante que se fuera acostumbrando a esas cosas.
-¿Qué te apetece hacer? –La pregunta le sorprendió y Percy la recibió con los ojos entornados. Audrey seguía sonriendo, agarrada a él y prácticamente dando saltitos emocionados- Haremos cualquier cosa que quieras para animarte –Entonces, ella se mordió los labios y adquirió una expresión un tanto ridícula- Bueno. Cualquier cosa no. ¿Verdad que no?
Percy notó un codo estampándose contra las costillas y tardó un par de segundos en darse cuenta de que Audrey le había dado un sentido bastante sexual a esa última parte. Azorado, se separó de ella y la escuchó reír. No era burlona, pero a él no le gustó mucho esa risa.
-¡Claro que no! –Espetó, alzando las manos en actitud defensiva. Audrey agitó la cabeza y volvió a agarrarlo. Esa vez no se sintió tan incómodo como antes, aunque no terminaba de gustarle tanto contacto.
-Venga, hombre, que era broma. Para esas cosas estoy yo.
Percy resopló y sonrió forzadamente otra vez. En ese momento se dio cuenta de lo diferentes que eran ambos. No solo en altura, puesto que Audrey parecía más pequeña que nunca cuando se agarraba a su brazo, también en carácter y actitudes. Ella no dejaba de hablar, reía y subía la voz sin preocuparse por nada ni por nadie y era muy cariñosa. Por decirlo de alguna forma. Y él. Bueno, él no era ni hablador, ni afectuoso y siempre se mostraba más comedido. Y, pese a todo, Audrey le caía bien. Tampoco se parecía mucho a Penny, aunque vislumbraba en ella cierto genio muy parecido al de las mujeres de su familia.
-Creo que es muy tarde para hacer algo que pueda animarme. Quizá debería acompañarte a casa.
-¡Oh, qué amable por tu parte!
Audrey no recordaba la última vez que un hombre se había ofrecido a llevarla a casa. No es como si saliera con tipos precisamente galantes, pero ni siquiera David había tenido ese detalle cuando se veían fuera del hospital. Tampoco era como si a Audrey le hiciera falta tener un perro guardián, pero no se negó al ofrecimiento de Percy. Le gustaba bastante la idea.
-Creo que voy a ser buena contigo y te voy a quitar los puntos. ¿Qué te parece? A sí no tendrás que volver mañana a casa. A no ser que quieras venir, claro.
Y le guiñó un ojo. Percy torció el gesto, supuso que seguía bromeando y le siguió el rollo soltando una risita. Ella le dio un golpecito en el pecho y llamó un taxi con un sonoro –y sorprendente- silbido.
Percy agradeció el poder sentarse. Nunca antes había viajado en un coche. Cuando su padre hechizó el viejo Ford Anglia ni siquiera se había acercado a él, así que esa noche sumó a su cuenta de nuevas experiencias una que no le hizo mucha gracia. Tan solo los comentarios de Audrey sobre la música de los setenta que ponían por la radio distrajeron su atención de lo horripilantes que le parecían el tráfico de Londres, los insultos del orondo taxista y los espeluznantes frenazos que le hacían tambalearse hacia delante. Incluso se planteó la posibilidad de cerrar los ojos, pero Audrey, que seguía aferrada a su brazo, no se lo hubiera permitido. Estaba muy ocupada llamando su atención.
Era sorprendente cómo una persona podía hablar tanto sin coger aire. Tenía la sensación que ella sólo lo hacía para mantenerlo entretenido, porque él había confesado que no se sentía muy bien y ella quería echarle una mano. Audrey no sabía absolutamente nada de él y le ofrecía esa ayuda desinteresada. Era un poco raro.
Percy se bajó del taxi con un suspiro. Audrey pagó, se cerró el abrigo y echó a andar hacia su apartamento. Todo estaba en silencio, como si el otro Londres, en el que habían estado hasta hacía muy poco tiempo, perteneciera a otro mundo. Los tacones de las botas de Audrey prácticamente hacían eco y Percy se preguntó qué narices estaba haciendo allí. No le importó no saber la respuesta.
Una vez en el apartamento, Audrey le hizo tomar asiento en la mesa de la cocina. Stan estaba durmiendo en el sofá, con la tele encendida y los pies en alto, y tan solo se removió un poco cuando la chica cerró la puerta.
-¿No deberías despertarle? No parece una postura muy cómoda.
-¡Bah! Déjalo. A él le gusta estar así.
Percy se encogió de hombros mientras su compañera se metía en su dormitorio y regresaba con el ya familiar botiquín de primeros auxilios. Adquiriendo una pose realmente profesional, a pesar del alcohol consumido, Audrey le revisó los puntos y dio su visto bueno con un gesto afirmativo.
-Esto está muy bien. Te lo has estado desinfectando. ¿Verdad?
-Sí.
La verdad era que tampoco había prestado mucha atención, pero Audrey se veía tan satisfecha que no pudo contradecirla.
-Podía habértelos quitado ayer, pero bueno, así tenemos más seguridad.
Percy cabeceó. Esperaba que el retirar los puntos fuera doloroso o sumamente desagradable, pero apenas se enteró. Se tocó la frente cuando Audrey anunció que ya estaba curado y esbozó una sonrisita bastante estúpida.
-Espero que ahora que ya no me necesitas no te olvides de mí. ¿Sabes? Si quieres te dejo mi número de teléfono. Podríamos quedar alguna vez.
-Yo… No tengo teléfono.
Percy supo que daba la impresión de que quería librarse de ella en cuanto pronunció esas dos palabras. Audrey perdió su eterna sonrisa y centró su atención en el botiquín. Sentirse rechazada no era algo agradable para nadie.
-Pero quizá pueda usar una cabina. O pasarme por aquí de vez en cuando.
-Sí. Te anotaré el número.
Fue agradable cuando los ojos de la chica brillaron de alegría. Percy sonrió mientras ella cogía papel y lápiz y garabateaba unos números a toda prisa.
-¡Oh, pero qué estúpida soy! –Audrey se golpeó la frente. Le acababa de dar el papel a Percy y era obvio que se acababa de acordar de algo muy importante- Tenía que comentarte algo sobre Penny.
-¿Qué?
-Es que he averiguado algunas cosas sobre su padre y no sé si tú las sabes, y creo que debería contártelo todo porque es posible que podamos hacer algo. Espera. Ya verás.
Y Audrey volvió a desaparecer. Percy apenas fue consciente en esa ocasión, puesto que su corazón se había detenido ante la mención de Penny. No había pensado en ella durante esa noche –no mucho, al menos- y Audrey se la había recordado justo cuando menos la extrañaba. A pesar del momentáneo olvido, se moría de ganas por saber cosas y recibió a Audrey y a su montón de papeles con una ansiedad mal disimulada.
-Su padre es Richard Clearwater, representante de un condado escocés en el Parlamento. Mira, hay un montón de artículos sobre él –Le entregó un montón de hojas impresas al estilo muggles que Percy leyó por encima- Actualmente está promoviendo una Reforma Agraria bastante polémica, o eso dice Stan. Yo no es que entienda mucho de política, la verdad. Es tan aburrida.
Percy la miró de soslayo y sonrió.
-A ti te gusta. ¿Verdad?
El movimiento afirmativo de cabeza se ganó un resoplido divertido a cambio.
-He buscado cosas sobre su vida privada. Lo único que he encontrado son fotografías de él y su esposa en eventos oficiales. Mira –Y, efectivamente, le mostró dichas fotos. Penny se parecía extraordinariamente a su madre- También hay un par de reseñas sobre su hija, aunque tú ya sabes que ella es hija única. ¿Verdad?
-Sí.
Penny solía decir que envidaba a Percy por tener seis hermanos. Percy a veces envidiaba a Penny justamente por lo contrario.
-He intentado encontrar alguna dirección en la que puedas localizarlos, pero la única forma posible de acercarte a ellos es solicitar una entrevista oficial con el señor Clearwater. No hay ni direcciones ni nada parecido.
Percy suspiró. Una vez más había creído que Penny volvía a estar cerca y otra vez se alejaba inexorablemente de su lado.
-Pero no te pienses que me he dado por vencida –Audrey le entregó una nueva hoja. Esa vez, el artículo era mucho más breve y parecía sacado de alguna pinacoteca antigua, pues estaba fechado varios años antes –Deberías saber que soy una excelente investigadora y curioseando por ahí he averiguado que la señora Clearwater tiene una hermana que aún vive en Escocia. En su ciudad natal. Justamente el mismo pueblo en el que nos conocimos.
-¡Oh! Eso suena muy bien.
Realmente muy bien. Percy sintió cómo su ánimo se elevaba hasta el infinito y no reprimió la sonrisa más amplia de toda la noche. Audrey se sintió tan satisfecha consigo misma que lo acompañó en su celebración. O lo que fuera aquello.
-Esa mujer es tan accesible, Percy. Cillian y yo vamos a viajar a ese pueblo el sábado que viene. ¿Por qué no nos acompañas y hablamos con ella? Quizá puedas encontrar a Penny. ¿No es genial?
En otras circunstancias hubiera rechazado la invitación y había ido a ver a la tía de Penny él solo, pero la franqueza en los ojos de Audrey le hizo actuar de forma muy diferentes.
Cuando afirmó con la cabeza supo que ya no podía rehuir la amistad de aquella chica. Ni siquiera aunque fuera muggles.
OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO
Estos dos ya son oficialmente amigos. No sé lo que les durará cuando encuentren a Penny, pero de momento todo parece ir bastante bien.
Seguiré escribiendo para no tener que retrasar la actualización nuevamente. En el próximo capítulo creo que Audrey se dará cuenta de cosas que pretende evitar y que Percy no se dará cuenta de nada, pero es normal en él, jeje. Espero que sigáis leyendo y que os haya gustado el capítulo. Aunque parezca que no, hay bastante chicha oculta.
Besos
Cris Snape
