DOS SABUESOS DESPISTADOS

DISCLAIMER:Casi todo es de Rowling. Lo de siempre, vamos.

CAPÍTULO 7

Noche eterna

-¿Estás seguro de que este trasto aguantará el viaje?

-Creo recordar que preguntaste exactamente lo mismo la última vez que fuimos a Escocia. La respuesta sigue siendo la misma. Aguantará.

-Pero tardaremos siglos en llegar. Aún podemos alquilar una furgoneta. Iremos mucho más cómodos, ahora que ese Weasley va a venirse con nosotros.

-No hay tiempo para alquilar nada. Estaremos bien.

-Vamos a llegar tarde. Si Weasley no viene ya, nos iremos sin él.

Audrey estaba ignorando a los dos hombres. Cillian no había dejado de lanzarle indirectas durante todo el día, molesto porque ella les había impuesto la presencia de Percy y porque ignoraba olímpicamente todas sus protestas. Stan, que tenía la paciencia de un santo, estaba un poco cansado de Cillian y, tras su último comentario, resopló y se dio media vuelta para asegurar la alfombra en la baca del coche.

-Además de raro, Weasley es impuntual.

Cillian se había colocado frente a ella y a Audrey le fue imposible no hacerle caso. Entornó los ojos e intentó apartar a su amigo de en medio, pero él tenía ganas de pelea. Lo quería, de verdad que lo quería, pero a veces podía ser un pesado y temía que el viaje fuera un infierno para todos. Normalmente estaba insoportable antes de las Noches del Misterio, pero en esa ocasión era mucho peor.

-Mira que eres pesado, tío –Audrey puso los brazos en jarra- Aún faltan cinco minutos para las cinco, así que deja de molestar, haz el favor.

-Te apuesto lo que quieras a que llega tarde –Audrey sólo apretó los dientes, luchando por no caer en la provocación- Si se retrasa aunque sólo sea un minuto, nos vamos sin él. ¿Te enteras?

-Mira, Cillian. Si se retrasa un poco no pasará nada. Tenemos toda la noche para viajar y tiempo de sobra para ultimar detalles.

-Quiero llegar pronto para repasar algunas cosas del guión.

-¡Pues repásalas en el coche!

Cillian hizo una mueca de disgusto. Odiaba que le gritaran, pero se lo estaba buscando desde que empezó con las incesantes.

-No sé porqué tiene que venir Weasley.

Eso era lo único que le molestaba. Audrey no conocía el motivo por el cual Percy no le caía bien a Cillian. Apenas se conocían, cierto, pero solamente se comportaba de esa forma cuando no podía ni quería soportar la presencia de alguien. Ya había sido sumamente desagradable con David. Siempre ponía esa cara de desagrado cuando Audrey le hablaba de él y fue muy antipático con el hombre durante los escasos encuentros que tuvieron. Audrey reconocía que tenía sus motivos para actuar así, pero con Percy no existían ninguna clase de razones. Simplemente estaba obcecado en que no lo quería tener cerca y punto. Y Audrey dudaba que se debiera a la organización de la Noche del Misterio.

-Te he dicho cientos de veces que no molestará. Quiero echarle una mano y ya está.

-¿Y por qué quieres echarle una mano? –Espetó, burlón- Lo conoces desde hace unas semanas. No entiendo por qué eres tan amable.

-No tengo que darte explicaciones, Cillian. Le prometí que vendría y vendrá.

-Lo estropeará todo. Y tampoco es como si no pudiera ir él solo a ver a esa mujer. Que ya es mayorcito, Audrey. Por su culpa iremos apretados en el coche. Y va a llover.

-El coche es de Stan y a él no le importa que venga. ¿A que no, Stan?

-Ni un poco.

-¿Has oído? A Stan no le importa ni un poco. Y es mi problema si quiero ayudarle o no, así que déjame en paz.

Cillian iba a seguir con la discusión, pero Percy apareció en el otro lado de la calle en ese instante. Audrey sonrió y agitó una mano para saludarle y Percy llegó junto a ellos cargado con una pequeña maleta.

-Buenas tardes. Llego puntual. ¿Verdad?

Cillian miró su reloj. Las cinco en punto. Bufó.

-Totalmente. Permíteme.

Stan cogió el equipaje del recién llegado y lo acomodó en el pequeño espacio que le había reservado en el maletero. Cillian ya se había metido en el coche, ocupando el asiento delantero y con su cuaderno de notas sobre las rodillas. Audrey imaginaba que se pasaría todo el viaje enfurruñado y sin decir una palabra. Perfecto.

-He preparado unos bocadillos para más adelante –Audrey, que llevaba una mochila colgada al hombro, empezó a hablar. Con bastante buen humor en esa ocasión, habría que añadir- Llegaremos a Escocia bastante tarde. Pensamos turnarnos para conducir. ¿Sabes? ¿Tú tienes permiso?

-¿Permiso? –Percy, que estaba empezando a comprender que la conversación de Audrey podía avasallarlo un poco, no logró entenderla muy bien.

-Permiso de conducir. Para llevar el coche, ya sabes.

-¡Oh, eso! No. No tengo.

-¿Has oído, Stan! –Audrey rió y rodeó el coche- Un espía del Departamento de Transportes de Londres que no sabe conducir.

-¿Podéis dejar la charla y subir al coche de una puta vez?

La voz de Cillian estropeó el momento. Percy le miró con los ojos entornados un instante y finalmente se metió en el coche, justo detrás del chico. Audrey se acomodó al otro lado y siguió sonriéndole, encantada con su presencia allí.

-Me encantan los viajes largos. Ya verás cómo nos divertimos.

Percy, que seguía sin sentirse del todo cómodo en coche, afirmó quedamente con la cabeza y buscó una posición que le permitiera mantenerse lo más inmóvil posible. Notó que la chica lo miraba con curiosidad, pero Audrey no dijo ni una palabra, ni siquiera cuando Stan puso en marcha el motor y dio un respingo.

-¡Allá vamos!

-Hurra.

Cillian masculló la palabra sin perder su mal humor. Audrey le dio una sonora colleja pero no perdió la sonrisa. Al menos ella estaba cerca de Percy para hacerle sentir un poco mejor. Y si hablaba lo suficiente, no tendría que sentirse total y absolutamente estúpido por estar haciendo aquello. Si hasta había pedido la tarde libre en el trabajo.

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Cillian canturreaba "Stop", de las Spice Girls, procurando que no se le notara demasiado. Habían salido de Londres una hora antes y, poco a poco, el chico había ido perdiendo su mal humor y ya intercambiaba monosílabos con Stan. Todavía fingía estar muy enfadado con Audrey, pero se rió un poco cuando ella comentó que no entendía cómo le gustaba aquella música. Era el mismo comentario de siempre, pero al menos sirvió para limar asperezas.

-A Cillian le encanta este grupo –Audrey se había inclinado para hablarle a Percy al oído. Él también se había relajado un poco, aunque no terminaba de fiarse del todo de ese vehículo- ¿Ves la cara de idiota que se le queda?

En ese momento, las Spice entonaron la última palabra y Sara McLaughlin inundó el habitáculo con su voz suave. Habían optado por poner la radio para evitar peleas y a Audrey le divertía muchísimo que Percy fuera incapaz de reconocer canción alguna. Audrey estaba empezando a pensar que fingía ignorancia para parecer encantador. También era un poco raro, pero le gustaba ver su cara de absoluto desconcierto cuando ella le hacía comentarios sobre cantantes y grupos. Audrey sabía un montón de cotilleos de todo el mundo y Percy no tenía ni idea de quién era "todo el mundo".

-Por cierto, Cillian. ¿Te has enterado ya de que la Spice Pija va a casarse con Beckham?

-Se llama Victoria Adams. Y sí. Ya me he enterado.

-¿Y qué piensas?

-A mí me pone cachondo Geri. Victoria es una gilipollas.

Audrey rió ante la aplastante sinceridad y le dio una palmada en el hombro a Percy. No sabía ni quién eran esas chicas ni quién era Beckham, pero le gustó que Audrey le hiciera partícipe de la conversación.

-Por una vez, y sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con Cillian. Victoria es una gilipollas.

-¿Y Geri también te pone cachonda a ti? –Inquirió Cillian muy serio.

-A mí me pone Beckham. ¿Y a ti, Stan?

-Ninguno de los tres –Stan resopló con aire divertido. Era un conductor excepcional, aunque no podía hacer que el traqueteo del coche desapareciera- Yo soy más de Ursula Andress.

-Todo el mundo es un poco de Ursula Andress –Señaló Cillian entre risas -¿Tú que dices, Weasley?

Se limitó a encogerse de hombros. Nunca le había gustado hablar de chicas, así que la conversación no le parecía de muy buen gusto. Además, tampoco tenía gran cosa que decir.

-Percy es un caballero. No le gusta hablar de otras mujeres estando en presencia de una dama. ¿Verdad?

-Por supuesto.

Audrey rompió a reír y se removió para apoyar la cabeza en su hombro. Definitivamente, ese chico era encantador.

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Audrey sustituyó a Stan una hora más tarde. Pararon en un prado verde e infinito y estiraron un poco las piernas. La chica había agarrado a Percy de un brazo y los alejó de los otros dos para hablarle en privado. Había estado lloviendo hasta un rato antes y el campo estaba empapado y medio embarrado.

-¿Estás bien? No quiero que te sientas incómodo.

-Estoy bien, tranquila.

-Quizá podríamos haber hecho esto los dos solos, pero tampoco es como si pudiéramos viajar a Escocia todos los días. Y, bueno, Stan es un tío guay. Y Cillian no se está portando mal. Antes estaba un poco cabreado, pero se está comportando.

-Todo está bien, Audrey, de verdad. Y me alegra que estemos haciendo esto.

-¿Por Penny?

-Por Penny y porque me lo estoy pasando bien.

Y realmente se estaba divirtiendo. Tenía la sensación de estar alejándose de los problemas de su vida cotidiana y era genial. Audrey no le miraba con lástima y no sabía nada de nada, y era lo que él necesitaba para estar tranquilo. Y, además, Penny estaba un poco más cerca.

-Debe ser una tía genial. Mira todo lo que estás haciendo para encontrarla.

Los ojos de Audrey brillaron de una forma peculiar mientras decía aquello. Le parecía que la historia de Percy y Penny era muy romántica, eso ya lo había dicho antes, pero es que además él era un tipo fabuloso, alguien que era capaz de cruzar medio país en un coche destartalado y con tres personas casi desconocidas para encontrar a su novia. Audrey incluso se sintió un poco celosa porque nadie había hecho algo así por ella y dudaba que alguien fuera a hacerlo alguna vez.

-Nos conocemos desde los once años –Dijo Percy casi en un susurro. Aunque no le gustaba hablar sobre sí mismo, creía que Audrey merecía saber más. Estaba ofreciéndole su ayuda de forma desinteresada- Los dos solíamos pasar mucho tiempo en la biblioteca y allí empezamos a hacernos amigos y más tarde nos gustamos y decidimos salir juntos.

-¿Y no has estado con nadie más? –Percy negó con la cabeza y Audrey soltó un silbidito- Vaya. Pensé que esas cosas ya no ocurrían en el mundo real.

-Pues ocurren, te lo aseguro.

-Entonces. ¿Cómo es que os separasteis?

Percy reflexionó un instante, pensando en la forma de decir algo pero sin decir nada.

-Pasaron algunas cosas ajenas a nuestra voluntad que nos separaron. No era algo que quisiéramos hacer, pero pasó.

Audrey se mordió el labio inferior, lamentando que algo así hubiera pasado entre Percy y la otra chica. Realmente no existían muchos chicos como él. Era un caballero, quizá un tipo demasiado serio, pero Audrey estaba segura de que era la clase de hombre que toda mujer querría tener cerca. Estaba demostrando ser un chico leal y, bueno, no era muy hablador, pero Audrey consideraba que era mejor un hombre que supiera escuchar a uno que no parara de decir estupideces.

-¡Ey, tortolitos! ¡Vámonos!

-¡Cillian!

A Audrey no le gustó que los llamara así, por si Percy se pensaba cosas que no eran, pero al chico no pareció importarle y echó a andar hacia el coche con una media sonrisa en el rostro.

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Contar con la compañía de Stan en el asiento trasero del coche no estuvo tan mal. No parecía tener la intención de apoyar la cabeza en su hombro, como ya hiciera Audrey, y era considerablemente callado, así que Percy pudo ir casi todo el rato prestándoles atención a los dos chicos que se sentaban delante.

Cillian ya no estaba de mal humor. Audrey y él cantaron a voz en grito un par de canciones e intercambiaron opiniones sobre famosos y cosas que carecían de sentido alguno para Percy. Poco a poco fue anocheciendo y para entonces habían bajado la música hasta que casi no se oía y Stan se dedicaba a contar historias de terror con esa voz grave y profunda que resultaba ciertamente perturbadora.

Percy consideraba que no era muy buena idea asustar a Audrey mientras conducía. Estaba muy tensa y miraba de vez en cuando para atrás, como si esperara que alguno de los asesinos en serie de los que hablaba Stan fuera a aparecer en el interior del coche. Porque de eso trataban sus relatos, de asesinos destripadores, estranguladores y demás variaciones particularmente violentas.

Percy llegó a la conclusión de que los muggles no estaban demasiado bien de la cabeza si eran capaces de hacer cosas así. Tenían un gusto desmedido por la sangre y todas esas cosas. Audrey comentó con una sonrisa que a ella Jack el Destripador siempre le había parecido un tipo interesante y morboso y que a veces fantaseaba con él. Percy no sabía quién era ese Jack, pero quiso pensar que Audrey sólo bromeaba. O quizá no y era cierto eso de que las mujeres solían sentirse atraídas por los hombres malos.

En ese momento, Stan hablaba sobre un pequeño ubicado en Escocia que tenía una extraña tradición. Una vez al año, los vecinos se dedicaban a cazar humanos y se los comían. A Percy le pareció repugnante, pero cuando Stan afirmó que sus últimas víctimas habían desaparecido justo en aquel tramo de carretera, Audrey gritó y casi pierde el control del coche. Afortunadamente Cillian parecía conocerla muy bien, pues sujetó el volante con firmeza y rompió a reír. Audrey se tranquilizó y a Percy le pareció que se enfadaba por primera vez desde que la conocía.

-No tiene gracia. Podríamos haber tenido un accidente.

-¡Claro que no, Audrey! Estaba perfectamente preparado para controlar la situación.

Percy quiso decirle a aquel tipo que Audrey tenía razón, pero Stan estiró una mano consoladora y apretó el hombro de la chica.

-Lo siento, niña –Dijo con suavidad- Pero Cillian tiene razón. Por si no te has dado cuenta, estamos casi parados.

Y también era verdad, porque mientras Audrey escuchaba hablar al hombre, había ido reduciendo la velocidad y avanzaban más lentos que una tortuga.

-¡Acelera, princesita! –Cillian dio una palmada- Los paletos caníbales podrían estar en cualquier parte.

Audrey, lejos de hacerle caso, paró el coche y le dio un empujón un tanto brusco a su amigo. Después, se bajó sin decir nada y se alejó unos metros en dirección a un bosque cercano. Percy quiso seguirla, pero Stan lo detuvo con un gesto.

-Déjala. Necesita tomar aire.

-No debería estar sola ahí afuera.

-No te preocupes, Weasley –Cillian cogió la mochila de los bocadillos y sacó cuatro de su interior, acompañados por unos refrescos. Curiosamente, estaban frescos. Y sin ayuda de la magia- Audrey sabe cuidar de sí misma. Si yo fuera un caníbal, saldría huyendo.

-Cillian dice eso con total conocimiento de causa, créeme.

Stan le dio un mordisco a su cena y pareció poco dispuesto a seguir hablando.

-Una vez me rompió la nariz de un puñetazo. Sabe cómo noquear a un hombre a patadas.

Percy resopló para ocultar una risita. Le resultaba muy difícil de creer que una chica tan pequeña como Audrey pudiera dejar fuera de combate a un hombre tan alto como Cillian, pero a juzgar por su expresión estaba diciendo la verdad.

-De todas formas, me gustaría ir a ver cómo está. Y creo que le llevaré la cena.

Percy cogió dos bocadillos, dos coca-colas y fue en dirección al bosque. Llovía ligeramente y el brujo supuso que dentro de poco el agua caería con más fuerza.

Encontró a Audrey a unos pocos metros de distancia, apoyada en un árbol y fumándose un cigarrillo. No creía que fuera un hábito demasiado saludable, pero no le pareció conveniente hacer ningún comentario. Cuando llegó junto a ella, le entregó el bocata y miró hacia el cielo.

-Va a caer otro chaparrón.

-Seguramente.

Como Audrey se quedaba callada, algo bastante raro en ella, Percy le abrió su refresco y se lo ofreció con gesto distraído.

-¿Estás bien?

Audrey lo miró como si no considerara la pregunta demasiado conveniente, pero contestó con tranquilidad, sin demostrar en absoluto que estaba un poco enfadada.

-Sí, claro. Lo que pasa es que algunas veces Cillian me pone de los nervios y encima Stan le ayuda y… ¡Bah! Es una estupidez. Supongo que es normal que me enfade con Cillian –Se encogió de hombros y le dio un trago a su bebida- Si tienes hermanos, deberías entender perfectamente lo que digo.

Percy resopló y dejó escapar una risita no exenta de ironía.

-Seis.

-¿Seis?

-Tengo seis hermanos.

Audrey alzó una ceja, parpadeó y se echó a reír, palmeándole a Percy el hombro.

-Por supuesto que me entiendes. ¡Joder! Seis hermanos.

-En realidad, ahora son sólo cinco –Percy suspiró, sin poder creerse lo que acababa de decir. No quería que Audrey supiera demasiado sobre él y, sin embargo, ahí estaba, contándole cosas. Una parte de sí mismo se arrepintió de habérselo dicho, pero la otra no pudo parar de hablar- El otro día, cuando fuimos a bailar. Él era la persona a la que había perdido.

Audrey lo miró fijamente durante unos segundos. Había pena en sus ojos, pero no la clase de pena a la que estaba acostumbrado. Era como si Audrey fuera capaz de comprender su pérdida y quisiera ofrecerle alguna clase de consuelo que no le resultara agobiante.

-¿Cómo se llamaba?

-Fred.

-Lo siento.

Compartieron un silencio más o menos largo. Se comieron sus respectivos bocadillos, se tomaron sus refrescos y finalmente Audrey volvió a hablar.

-Y dime una cosa, Percy. Tú eres el hermano número…

-Tres.

-Prácticamente una figura de autoridad. Seguro que más de una vez tuviste que poner orden entre los hermanos menores.

Percy torció el gesto y rió, agitando la cabeza en un gesto negativo.

-Si conocieras a mis hermanos no pensarías que alguien es capaz de poner orden entre ellos. Tan solo mi madre es capaz de controlarlos. Algunas veces, ni siquiera ella podía meter en cintura a los gemelos.

-¡Tienes unos hermanos gemelos!

-Una auténtica pesadilla –La sonrisa de Percy aún bailaba en su rostro, aunque se fue borrando poco a poco- Fred era uno de ellos. Ha sido una pérdida muy dura.

Notó cómo los dedos de Audrey se entrelazaban con los suyos. Para ella parecía ser un gesto de lo más normal, pero él sintió cómo se le erizaban los dedos de la nuca y se agitó con algo de nerviosismo. Audrey ya lo había tocado antes –demasiadas veces- pero aquella vez fue algo más íntimo, como totalmente fuera de lugar. Quiso apartarse, rechazar su mano, pero no quería ser brusco porque Audrey no pretendía nada más que ofrecerle su apoyo y le parecía injusto no permitirle que lo hiciera.

-¿Sois todo chicos?

-No. Ginny es la más pequeña de todos.

-¡Oh, Dios mío! Pobre Ginny.

-¿Por qué dices eso?

-Porque no quiero ni imaginarme lo que tiene que ser para una chica tener seis hermanos mayores.

-No veo nada de malo.

Percy se encogió de hombros, sin entender a dónde quería llegar Audrey exactamente.

-¿Me vas a decir que nunca os habéis entrometido en sus cosas? ¿Ni que la agobiáis pensado que la protegéis? ¿Ni que la tratáis como si fuera una niña indefensa?

-No sé. Supongo que cuidamos de ella. Es nuestra hermana. Pero te aseguro que no hay nadie capaz de entrometerse en sus cosas. Tiene un carácter temible y es una cabezota insufrible.

-¡Qué remedio le queda a la pobrecita!

Audrey habló como si Ginny le diera muchísima lástima y no quisiera bajo ningún concepto estar en su pellejo, pero después soltó una risotada. El enfado de antes parecía haberse evaporado entre las ramas de los árboles.

-¿Qué hay de ti? –Inquirió Percy cuando ella dejó de reír- ¿Tienes hermanos?

-Aunque quiero a Cillian como si lo fuera, debo decir que no tengo ninguno.

-¡Oh! Vaya.

-En realidad, no tengo más familia que Cillian. Y él no tiene más familia que yo –Audrey se abrazó a sí misma. Había algo en sus ojos un poco oscuro, como si disfrutara tampoco hablando de ese asunto como Percy hablando de Fred- Ahora también está Stan. Es el adulto que nos hacía falta para sentar cabeza.

-¿Y vuestros padres?

Audrey se pensó la respuesta. Percy pensaba que había hecho mal llegando tan lejos, pero la chica comenzó a hablar. No parecía contenta, aunque tampoco entristecida.

-Mis padres murieron en un accidente de tráfico cuando yo tenía nueve años. No tenía ningún familiar más que pudiera hacerse cargo de mí, así que me llevaron a un centro de acogida –Audrey chasqueó la lengua- Un orfanato, vamos. Y allí estaba Cillian. Ninguno de los dos fue adoptado por otra familia, así que crecimos allí.

Percy se había quedado mudo. Audrey parecía la clase de persona que había crecido en un hogar feliz. Era dicharachera, agradable, lista y se la veía tan feliz que no daba la impresión de haber tenido una infancia dura.

-No pienses que el orfanato era un lugar horrible ni nada de eso –Audrey parecía haberle estado leyendo el pensamiento- Los cuidadores repartían su tiempo y su cariño entre todos nosotros y, aunque nunca tuvimos demasiadas cosas ni caprichos, siempre tuvimos abundante comida, ropa limpia y una buena educación. Era un buen sitio, Percy. Suelo visitarlo de vez en cuando.

-Yo pensé que…

-Es por lo de orfanato. Suena fatal –Audrey le guiñó un ojo- Aunque no todo fue bien siempre. Al principio, yo no hablaba. Con nadie.

Percy no podía imaginarse a una Audrey enmudecida. Era antinatural.

-¿Por qué?

-El día del accidente, yo iba en el coche –La chica tragó saliva. Era obvio que no quería recordar ciertas cosas y Percy quiso decirle que no tenía que entrar en detalles si no le apetecía, pero Audrey no callaba- Quedé traumatizada y durante los meses posteriores tenía pesadillas todos los días. Estaba cansada y no terminaba de entender que mis padres estaban muertos, así que me negaba a hablar con nadie. Siempre estaba sola y los otros niños se burlaban de mí.

-¿Qué? ¿Por qué?

-Ya sabes como son los niños, Percy. Siempre se aprovechan del más débil. Y allí, yo era la más débil –Audrey se encogió de hombros, como si eso fuera lo más natural del mundo- Un día, Cillian se acercó a mí, me cogió de la mano y me dijo que tenía que jugar con él al fútbol. Él llevaba en el orfanato un par de años más que yo y también sufría el acoso de los otros niños, sólo que tenía muy mal genio y siempre se defendía a puñetazos –Audrey sonrió, como si recordar aquello le produjera muchísima ternura- Yo no quería jugar, claro, pero el insistió e insistió hasta que me hizo gritarle. Y, desde entonces, no he dejado de hablar.

Percy rió ante el último comentario. La historia de Audrey no era precisamente alegre, por más que ella la contara como si no le diera importancia a las cosas malas que le habían pasado. Debía ser una persona muy optimista para afrontar todo aquello con tanta tranquilidad.

-¿Y la familia de Cillian?

-Eso tendrás que preguntárselo a él.

Aunque Percy sentía cierta curiosidad, ni loco pensaba decirle algo a aquel tipo. Se le notaba un montón que no le caía bien y no quería arriesgarse a recibir una mala contestación. Tampoco insistió con Audrey, porque no parecía la clase de persona que fuera por ahí contando las intimidades de otras personas. Le gustaba enterarse de todo, por supuesto, pero no aireaba los trapos sucios de nadie.

-Antes me ha dicho que le rompiste la nariz.

-¡Oh, eso! –Audrey sonrió con malicia- Digamos que necesitaba que alguien le diera una lección. Quizá algún día te cuente la historia, pero ahora debemos volver al coche antes de que empiece a llover con más fuerza.

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-Parece que esos dos se han dormido.

Cillian miró a través del espejo retrovisor y apenas logró distinguir el rostro de Weasley en la oscuridad. Fuera del coche llovía con inusitada fuerza y, aunque sólo faltaban unos pocos kilómetros para llegar a su destino, avanzaban con lentitud. El viaje se había alargado un poco más de lo previsto, pero tendrían toda la noche para descansar y podrían levantarse temprano. Eso era bueno. A Cillian le gustaba que todo estuviera preparado para la llegada de los invitados, prevista para la media tarde del sábado. Tenía organizada una velada excepcional. Todo sería genial y divertido si alguien –Weasley- no lo echaba a perder.

Audrey giró la cabeza y sonrió. Los ronquidos de Stan eran perfectamente audibles. Tenía la cabeza colgando a un lado, en una postura extraña, pero es que se hombre sería capaz de dormirse incluso estando de pie. Lo que la chica no se esperaba era que Percy también sucumbiera al sueño. No era la clase de persona que hacía cosas así, por lo que debía sentirse muy cansado.

-¿Sigues enfadado?

-¿Porque me has hecho una encerrona? Un poco sí, la verdad.

A pesar de las palabras, Audrey sabía que no estaba realmente enfadado. Quizá un poco molesto y preocupado porque sus planes no fueran a salir bien, pero no enfadado.

-De verdad que no va a causar problemas, Cillian. Sabes que no lo hubiera traído si pensara lo contrario.

Su amigo reflexionó unos segundos y terminó afirmando quedamente con la cabeza. Volvió a buscar a Weasley a través del espejo y giró un poco la cabeza para mirar a Audrey.

-Te tomas muchas confianzas con él para conocerlo desde hace tan poco tiempo. ¿No crees?

-No sé –Audrey se encogió de hombros, un poco sorprendida por el comentario y, sobre todo, por el tono suspicaz que Cillian utilizó- Me cae bien. Es amable y me gusta hablar con él. Es muy bueno escuchando. Y tiene paciencia.

-Debe tener muchísima para poder soportarte.

-¡Cillian! No seas borde.

Audrey le dio un golpe en el brazo y el chico resopló. Apartó los ojos de la carretera nuevamente y la miró durante más tiempo del conveniente, teniendo en cuenta que iba conduciendo.

-Mira, Audrey, sabes que no me gusta darle vueltas a las cosas, así que te lo preguntaré directamente. ¿Te gusta?

La chica dio un bote, totalmente alucinada por la pregunta. No era el hecho de que Cillian fuera tan franco y directo, puesto que siempre lo era, sino tener la seguridad de que ese chico la conocía mejor de lo que ella se conocía a sí misma y de que, si preguntaba aquello, era por una buena razón. Razón de la que Audrey ni siquiera era consciente.

-No digas eso –Espetó, bajando la voz- Percy podría oírte y no quiero imaginarme lo qué pensaría.

-Me importa una mierda lo que piense Weasley. Te estoy preguntando a ti.

Audrey entornó los ojos y miró hacia atrás, asegurándose de que los dos hombres seguían durmiendo. Se mordió los labios y se inclinó un poco para hablar prácticamente en el oído de su amigo.

-No hace casi nada de tiempo desde que lo dejé con David. No estoy para pensar en otros chicos.

-Sí, claro. Eso suena muy sensato, pero no es lo que te he preguntado. ¿Te gusta Weasley?

Audrey reflexionó y miró hacia atrás de nuevo. Luego miró a Cillian, que permanecía expectante y daba la impresión de estar un poco preocupado.

-No. Apenas nos conocemos. No puede gustarme. No sé nada de él.

Su voz sonó firme y Audrey estaba bastante segura de que su respuesta había sido sincera, pero Cillian la miró de esa forma extraña, como si pudiera ver a través de ella, y chasqueó la lengua.

-Está bien. No te gusta –Dijo, y sonó como si intentara convencer a un niño de que la verdura estaba riquísima- Pero de todas formas acuérdate de que tiene novia. Tú ya sabes lo que pasa con Audrey Ramsey cuando se lía con tipos comprometidos.

-Ya te he dicho que no me gusta. Pero si me gustara, te aseguro que lo de David no se repetiría. Y si yo sucumbiera a la tentación y me lanzara al cuello de Percy, te aseguro que él me rechazaría. Está loco por Penny.

Cillian no dijo nada más. Audrey sabía perfectamente que no estaba en absoluto convencido y entonces empezó a pensar en la cuestión que él le había planteado. A pensar en ello de verdad. Le había dicho a Cillian que no conocía nada de Percy y sin embargo sabía que era educado, puntual, fiel e inteligente. Sabía que tenía una familia enorme, que había sufrido grandes pérdidas y que era capaz de darlo todo por aquellos a los que quería. Sabía que no sabía bailar, que le encantaba la Coca-Cola y que nunca había visto una película de Steven Spielberg. Sabía que era alto y pelirrojo y que usaba gafas y que a veces todo en él le parecía encantador y perfecto. Y ante todo sabía que, algunas veces, tenía envidia de Penélope Clearwater y que, entonces, una parte de su ser ansiaba no encontrarla jamás.

Se tensó cuando comprendió esto último. Miró hacia atrás y miró a Cillian. Él no captó su gesto ligeramente angustioso y siguió conduciendo bajo la lluvia como si nada. Audrey quiso decirle que no estaba muy segura de lo que estaba pasando por su mente y entonces.

El reventón sonó como si hubieran explotado una bomba. Cillian se aferró al volante con todas sus fuerzas y logró controlar el coche antes de que se fuera a la cuneta. Los dos de atrás se despertaron con sobresalto y durante un terrible segundo Percy Weasley tuvo la certeza de que iban a morir. Hasta que Cillian consiguió frenar y todos se quedaron momentáneamente inmóviles, con los ojos clavados en el asfalto mojado y escuchando el ruido de la lluvia al golpear el capó.

-¡Oh, mierda!

Audrey nunca había estado más de acuerdo con Cillian que en ese momento.

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-Me cago en…

Cillian contuvo la sarta de palabras malsonantes, maldiciones y blasfemias varias que pugnaban por escaparse de sus labios y le dio una patada a la rueda con todas sus fuerzas. Se hizo daño y sus protestas cada vez sonaban peor. Finalmente, se encaró con Stan y le señaló con el dedo.

-Dijiste que el coche aguantaría.

-Y ha aguantado. El pinchazo no tiene nada que ver con el coche.

Cillian apretó los dientes como si no estuviera en absoluto de acuerdo y buscó algo que golpear. Sólo encontró el aire, aunque al menos sirvió para aplacar un poco su mal humor.

Todos estaban fuera del coche, empapados por la lluvia y con muy pocas ganas de seguir escuchando las quejas de aquel insoportable. Percy incluso estaba ayudando a Stan a cambiar la rueda, tarea bastante complicada puesto que él nunca había hecho nada parecido y no tenía ni idea de cómo se llamaban las herramientas muggles necesarias para llevar a cabo una labor tan complicada. Afortunadamente Audrey también estaba allí y, puesto que Cillian no parecía muy dispuesto a echarles una mano, ambos se esforzaban por asistir a Stan lo mejor posible.

Mientras Percy le daba el gato al otro hombre y Audrey alumbraba el escenario con una linterna, el brujo pensó en lo que diría su padre cuando le contara esa pequeña aventura. Si es que lo hacía, claro. Seguramente se entusiasmaría y le sometería a un interrogatorio exhaustivo. Percy no podría entrar en detalles, por supuesto, pero seguramente su padre insistiría en conocer a Audrey, a Stan e incluso a Cillian y entonces el mundo caería sobre sus hombros y perdería el pequeño oasis en que se había convertido aquella chica chiflada. Definitivamente, nadie en su familia debía saber qué había estado haciendo durante ese día.

-Ten, Percy. Deja la rueda por aquí cerca y pásame la otra. Esto casi está. Y tú, niña, acerca la linterna un poco más.

Era sorprendente la pericia de Stan en aquellos menesteres. A pesar de la oscuridad, la lluvia y los improperios de Cillian, estaba logrando cambiar la rueda en un tiempo récord.

-Apuesto a que nunca habías hecho esto. ¿Verdad, Percy?

El chico sonrió vergonzosamente al saberse descubierto. Audrey le sonrió, pero no le miró durante mucho rato. Por algún motivo, Percy la notaba un poco más esquiva que antes. No era un gran cambio, pero no le miraba como antes y cuando Audrey le había entregado una llave inglesa, se había esforzado mucho por no rozarle la mano.

-Yo lo intenté una vez, pero fue un desastre. No se me da bien la mecánica.

-Porque la mecánica es cosa de hombres –Intervino Cillian bruscamente- Vaya mierda. Vamos a pillar un buen resfriado, ya veréis.

-Deja de quejarte, Cillian, por Dios –Stan se puso en pie, perdido ya todo resquicio de paciencia- Todos estamos empapados, cansados y jodidos, así que cierra la boca y ayúdame a guardar las cosas. Percy ya ha hecho bastante.

Cillian entornó los ojos, murmuró algo entre dientes y obedeció la orden. Audrey solía decir que su amigo era un cordero con piel de lobo, porque siempre se quejaba por todo y siempre terminaba cediendo, aunque fuera contra su voluntad. La chica decidió que ya se había mojado lo suficiente e hizo que Percy se acomodara con ella en la parte trasera del coche. Al mirar el reloj se dio cuenta de que eran casi las dos de la madrugada y fue consciente de lo terriblemente cansada que estaba. El próximo viaje a Escocia lo haría en tren.

-Perdona a Cillian. No hay quién lo aguante.

-La verdad es que es comprensible que esté de mal humor. –Percy habló con total diplomacia- Yo tampoco me encuentro precisamente feliz en este momento.

Audrey le sonrió y alzó una mano como si quisiera darle un golpecito en la pierna, pero se detuvo justo antes de hacerlo.

Lo dicho. Su comportamiento era un poco desconcertante, pero Percy no le dio importancia. Sólo quería llegar a casa y olvidarse de lo estúpido que había sido hacer ese viaje. Al día siguiente, y si tenía un poco de suerte, habría encontrado a Penny, lo que supondría una mejora sustancial en su vida.