DOS SABUESOS DESPISTADOS

DISCLAIMER:Casi todo es de Rowling. Lo de siempre, vamos.

CAPÍTULO 8

La señora McGinty ha muerto

Pasear por la antigua casa de Penny resultó ser una experiencia perturbadora. Cada vez que Audrey encendía una luz o abría una puerta, Percy imaginaba cómo debió ser para su novia vivir allí y se sentía triste y no podía dejar de lamentar todo lo que había pasado y lo poco que había hecho él por evitarlo. En el exterior, la lluvia no dejaba de caer, lo que sólo contribuía a que el ambiente se volviera más melancólico.

-Percy. ¿Pasa algo?

El joven supuso que había estado un poco ensimismado, pues Audrey estaba parada frente a él y mirándolo con expresión extraña. Estaba empapada de agua y lo que más le apetecía hacer era imitar a Stan y Cillian e ir a darse un baño caliente, pero alguien debía encargarse de instalar a Percy y, obviamente, le tocó a ella.

-No pasa nada. Estoy bien.

-Te decía que podrías quedarte en esta habitación –Dijo Audrey mientras pasaba a un amplio dormitorio- La casa es enorme y nunca ocupamos los cuartos de los antiguos inquilinos. Por respeto, ya sabes.

Percy cabeceó. Lo que decía Audrey sonaba bastante lógico, aunque ella no terminaba de comprender qué clase de respeto había que tener hacia dichas habitaciones si sus dueños ya nunca volverían. De cualquier forma, había sido Stan el que lo había sugerido y no estaba de más hacerle caso de vez en cuando.

-Tienes tu propio baño. Hay un montón de mantas en el armario y Cillian se ha encargado de encender la calefacción, así que la habitación se calentará pronto si cierras la puerta.

-Muchas gracias, Audrey.

-Si tienes hambre, hay latas de comida en la cocina. Mañana compraremos más cosas.

-Claro.

-Y si necesitas algo, estaré en la puerta de enfrente –Audrey bajó la voz y se acercó un poco a él- Es para tenerte vigilado. Cillian insistió. Cree que estás tramando algo terrible.

Percy resopló divertido y miró a Audrey especulativamente.

-No creo que tú pudieras detenerme si realmente estuviera tramando algo.

-Pero Percy, a estas alturas, hasta tú deberías saber que soy una chica de recursos.

Audrey le guiñó un ojo. Era bueno comprobar que volvía a ser la de siempre. En el coche se había comportado de forma un poco rara, incluso para ser ella, y casi no había abierto la boca, pero cuando llegaron a la casa y comenzó a enseñársela habitación por habitación, Audrey recuperó su buen humor y su eterna verborrea.

-Gracias otra vez.

Audrey le sonrió y se apartó de su camino. Cuando Percy se encerró en la habitación, le pareció oírla suspirar. Después, sus tacones resonaron en dirección a la escalera principal. Seguramente iría a buscar a Stan y Cillian, que dormían juntos en el primer dormitorio del pasillo. Quizá una parte de sí mismo echó de menos un poco más de conversación, pero era tarde, tenía frío y estaba tan cansado que su cerebro ni siquiera podía pensar en lo que ocurriría por la mañana. Así pues, se dio un baño caliente, se puso el pijama y se metió en la cama. Antes de dormirse se preguntó cuál sería la habitación de Penny. Seguramente Audrey se lo diría si le preguntaba.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Cuando se despertó aún estaba amaneciendo. Percy calculó que había dormido unas tres o cuatro horas y aunque el sueño le embotó el cerebro durante unos minutos, no tardó en sentirse en plena forma. Percy estaba acostumbrado a madrugar mucho. En Hogwarts solía quedarse estudiando hasta las tantas y el trabajo también solía robarle horas de sueño y por eso no necesitaba descansar demasiado para recuperar fuerzas. Lo que realmente necesitaba era un buen tazón de café bien cargado, así que se puso uno de sus trajes oscuros y bajó a desayunar.

Ya en la escalera le llegó el olor del bacon y el estómago rugió de hambre. Recordó las comilonas matutinas de La Madriguera y la sonrisa bailó en sus labios hasta que llegó a la cocina y vio a Stan apartando una sartén del fuego. Audrey y Cillian charlaban tranquilamente en la mesa, ambos vestidos con ropa deportiva, relajados y aparentemente recuperados de la mala experiencia del día anterior. Percy se sintió extraño un instante. Había pensado que él sería el primero en levantarse y le extrañó un poco ver tanta vida allí, delante de sus ojos.

-Buenos días, Percy –Fue Stan el primero en verlo- ¿Te apetecen unos huevos con bacon?

No dejó que respondiera. Inmediatamente siguió con su tarea en los fogones, mostrándose muy eficiente a pesar de la ausencia total de magia.

-Hola –Audrey alzó una mano a modo de saludo y lo invitó a tomar asiento- ¿Quieres té, zumo, café o leche?

-Yo…

-No atosigues a Weasley. Ya es mayorcito para tomar lo que le apetezca. ¿A que sí?

Cillian nunca había sonado tan amable. Percy notó que se había cortado un poco el pelo y parecía recién afeitado, seguramente por el acontecimiento de esa misma tarde. Mientras untaba mantequilla en una tostada, movió una silla con el pie y Percy creyó conveniente sentarse allí. A continuación se sirvió un poco de café y recibió la comida preparada por Stan con una sonrisa. Estaba buenísimo.

-Creí que sólo había comida enlatada –Comentó, saboreando detenidamente los huevos fritos.

-Stan se lo tenía muy calladito.

-No quería que os abalanzarais sobre la carne como bestias hambrienta.

-Mentira. Querías tener ocasión de levantarte a media noche y comértelo todo tú solo. Confiésalo.

Stan rió y palmeó la espalda de Cillian. A Percy le pareció que esa acusación era del todo pausible, puesto que Stan tenía pinta de ser un gran comilón. Mientras desayunaban, alguien puso la televisión. Minutos después, Audrey se apoderaba del mando a distancia y sustituía las noticias de la mañana por los dibujos animados.

-¡Audrey, tía!

Cillian enmudeció, intimidado por la mirada que su amiga le dirigió. Percy pensó que esa chica podía ser realmente intimidante cuando se lo proponía y supo que, efectivamente, tenía sus recursos. Quizá se debía al hecho de haber crecido en un orfanato. Sin duda, vivir allí debió haberla hecho muy fuerte e independiente y la intimidación era la mejor demostración de dicha fuerza e independencia.

-He pensado que mientras vosotros compráis, Percy y yo vamos a ir a visitar a Emily Irving.

-¿A quién? –A juzgar por su expresión, Cillian sabía perfectamente de qué iba el asunto.

-Son cosas de Percy y mías. Pero no te preocupes. Volveremos antes del mediodía. ¿Vale?

Percy no supo si había o no protestas. Audrey se había levantado, lo había cogido de la mano y lo había arrastrado hasta el recibidor sin que él fuera consciente de lo que pasaba.

-Será mejor que huyamos antes de que empiece a protestar.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

-Buenos días, Liam. ¿Se acuerda de mí?

-La Pequeña Gran Bebedora de Whisky. Claro que me acuerdo de usted, señorita Ramsey.

-Por lo visto su memoria no es tan buena. Creí haberle dicho que me llamara Audrey.

Si Percy no la conociera, hubiera pensado que su acompañante estaba coqueteando con el dueño del bar. El tal Liam estaba tan flaco que casi parecía enfermo y había algo definitivamente desagradable en la sonrisa que le dirigía a Audrey. Claro que a él no debería importarle en absoluto que le mirara los pechos y no la cara, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de ropa que la chica llevaba puesta. Simplemente estaba mal que un hombre hiciera eso. No era correcto.

-¿Qué le trae por aquí? ¿El chiflado de su novio organizando un nuevo asesinato?

-¿Acaso uno ya no puede mantener en secreto esas cosas?

-Edna. Le gusta enterarse de todo. Además, su hotel se ha llenado de gente que no deja de comentar lo del crimen de esta noche.

Audrey sonrió y se apoyó en la barra. Percy todavía no sabía qué estaban haciendo allí. Sólo sabía que esa pequeña chiflada lo había sacado de casa, lo había hecho caminar por un camino medio embarrado durante más de un kilómetro y lo había llevado directo al bar para, después, ponerse a ligar con el camarero. ¿Qué sentido tenía todo eso?

-Si Edna es la que se entera de todo, quizá debería recurrir a ella, aunque he preferido venir a verle a usted.

-Supongo que eso es bueno, Chica de Ciudad. ¿En qué puedo ayudarle?

-Recuerdo que usted se jactó de conocer a todo el mundo en el pueblo. Mientras yo bebía cinco copas de whisky más que usted. ¿Me equivoco?

El tal Liam rió y afirmó alegremente con la cabeza, como si ver a una chica beber como un cosaco fuera el espectáculo más divertido del mundo. A Percy tampoco le gustó mucho aquello.

-Desembuche de una vez, Audrey.

-Verá, Liam. Me gustaría saber donde vive exactamente Emily Irving. Tengo un asunto muy importante que tratar con ella.

Percy no creyó que fuera a ser tan fácil. Esperaba que aquel hombre respetara un poco más la intimidad de sus vecinos y, aunque le molestó un poco que señalara la casa que estaba precisamente frente a su bar, no se quejó. La irresponsabilidad de ese hombre lo acercaba un poco más a Penny. ¿De qué iba a quejarse?

Tras agradecerle al hombre su ayuda, Audrey volvió a arrastrarlo por la calle. Percy parpadeó y al instante estaba frente a la puerta de la casa de la señora Irving y se disponía a llamar.

-Espera.

Percy la detuvo en el último segundo. Ella lo miró de forma rara, pero le hizo caso.

-No estoy seguro de que esto sea lo correcto. No podemos presentarnos aquí y llamar a su puerta sin más.

-¿Y qué sugieres? ¿Quieres que hagamos alguna clase de ritual o algo?

Percy bufó y negó con la cabeza. Audrey, que obviamente había querido tomarle el pelo, le dio un golpecito en el hombro y sonó ciertamente consoladora.

-Vamos, Percy. Sé que estás nervioso, pero ya verás como todo sale bien. ¿O es que no quieres encontrar a Penny?

Claro que quería. Era lo que más deseaba en el mundo, pero hasta ese instante no se dio cuenta de lo realmente perturbado que se sentía. Era casi como la noche que conoció a Audrey, cuando se presentó en aquel mismo pueblo, decidido a volver a la vida de Penny quisiera ella o no. Entonces había sido valiente y ahora debía volver a serlo.

-Está bien. Yo lo haré.

Y presionó el timbre. Audrey le sonrió como si se sintiera realmente orgullosa de él y esperó a su lado. Cogiéndole la mano.

Cuando la señora Irving abrió, no pudo reprimir el impulso y dio un paso atrás. La mujer tenía el pelo alborotado, llevaba puesto un mandil y parecía muy atareada. Percy se acordó de su madre y cuando escuchó las voces de niños en el interior de la casa imaginó que la mujer se ocupaba de sus nietos. Parecía demasiado mayor para tener hijos pequeños.

-Si han venido a pedirme dinero… -La señora Irving, que sonaba seca e impaciente, observó detenidamente a Percy y supuso que alguien tan trajeado no podía ser un mendigo- No quiero comprar nada. Y no cambiaré de religión ni me asociaré a ningún partido político ni…

-Es usted Emily Irving. ¿A qué sí? –Audrey extendió una mano, amable y decidida, y asumió por completo las riendas de la conversación- Yo soy Audrey Ramsey. Seguramente me ha visto otras veces por aquí. Unos amigos y yo organizamos reuniones en la casa que hay a las afueras.

-Claro –La mujer pareció un poco descolocada ante la mención de la casa. Allí había vivido su hermana, después de todo.

-No quisiéramos molestarla. Parece muy ocupada.

A través del hueco que dejaba el cuerpo de la mujer, Percy vio a un par de niños que se peleaban por un trapo o una toalla. La señora Irving suspiró y se apartó el pelo de la cara.

-La verdad es que ahora estoy un poco liada, pero si puedo serles de ayuda…

Emily Irving se hizo a un lado para dejarlos pasar. Su casa era mucho más pequeña que la de su hermana y estaba sorprendentemente limpia y ordenada a pesar de la revoltosa presencia de los niños.

-Todos mis hijos se han puesto de acuerdo para irse de viaje y me han dejado a los niños a mí –Emily se quejó y lanzó una mirada feroz a los niños peleones. Percy pensó que aquella clase de mirada debía ser patentada por madres y abuelas de todo el mundo, pues conseguía que los niños se tranquilizaran por un rato. Era la misma mirada de Audrey cuando quería pararle los pies a Cillian- Es una locura. Pero dígame. ¿Hay algún problema con la casa?

-¡Oh, no! Todo está perfectamente. Es una casa preciosa.

-Pertenecía a mi hermana. Bueno, en realidad a la familia de su marido. Es muy antigua. Fue de los Clearwater desde el siglo dieciocho, pero tuvieron que venderla.

-¡Qué pena! –Audrey se mordió el labio inferior. Por supuesto que ella no tenía ni idea de los motivos que impulsaron a los Clearwater a salir de allí. A juzgar por la expresión de Percy, él lo sabía perfectamente. Audrey supo que no sería algo que le agradara conocer. Tampoco era como si fuera asunto suyo.

-Sí –Emily suspiró y miró a Percy –No recuerdo que usted se haya presentado debidamente.

Percy había creído que podrían obtener información sobre Penny sin necesidad de que él abriera la boca. Audrey había conectado a la perfección con la mujer y se la veía lo suficientemente capacitada para sonsacarle cosas, pero la señora Irving le había hecho una pregunta y convenía contestar. De cualquier forma. ¿Qué daño podría hacer decirle su nombre?

-Percy Weasley.

Pero hizo daño. El rostro de la señora Irving se descompuso y lo miró con odio absoluto. Definitivamente algo no estaba bien allí. No era normal esa acritud. No podía ser normal.

-¿Cómo te atreves? –Señaló a Percy con un dedo y lo hizo retroceder- ¿Cómo tenéis la poca vergüenza de venir aquí después de lo que habéis hecho?

-Señora Irving, yo no…

-¡Sí! ¡Tú y toda tu gente! Y venís aquí como si nada. ¿Cómo os atrevéis?

-Escúcheme. Audrey no tiene nada que ver. Hablemos a solas, por favor.

-¿Ella no tiene nada que ver? –Emily se volvió hacia la chica. Audrey estaba absolutamente alucinada. Tanto que hasta se había quedado sin palabras –Así que tú no eres una de ellos.

-¿Qué?

-¡Y ni siquiera lo sabes! –Emily soltó una risita casi enloquecida y miró a Audrey con compasión- Aléjate de esta gentuza, cariño. Es lo mejor que puedes hacer.

-No sé que quiere decir, pero Percy es un buen tipo.

-¡Oh, no! Parece un buen tipo, pero es como todos los suyos. ¿Verdad, Weasley?

Percy no podía creer que aquello estuviera pasando. No podía dejar que todo escapara a su control y sobre todo no podía consentir que esa mujer dijera algo que revelara el secreto de la magia ante Audrey. Así pues, cogió a la chica de los hombros y la empujó suavemente hacia la salida.

-Espera fuera, por favor.

-Pero Percy…

-Hazme caso. ¿Quieres?

Audrey afirmó quedamente con la cabeza y salió. Vale. Lo de ahí dentro había sido muy raro, pero seguro que había una explicación lógica. Se negaba a creer que Percy hubiera sido capaz de hacer algo malo. Porque, aunque no entendía lo que esa mujer había querido decir con lo de ser uno de ellos y todo eso, sí que había sonado a acusación. A acusación de las graves, para ser más exacto. Y Percy era un buen tipo. Al menos con ella lo estaba siendo.

Mientras la chica se dejaba caer en los escalones de la entrada, Percy volvió junto a la señora Irving y se aseguró de que los niños no les estaban haciendo el menor caso.

-Escúcheme. Sé que para usted la situación es muy difícil, pero le aseguro que no quiero hacerle daño a Penny. La quiero.

-¿La quieres? ¿Y por eso dejaste que tus amigos se la llevaran a ese lugar horrible? ¿Sabes el daño que ha sufrido?

-Estoy seguro de que ni siquiera puedo alcanzar a comprenderlo, pero le juro que no fue mi culpa. Los que la encerraron no eran mis amigos. Mataron a mi hermano y los odio mucho más que usted, se lo aseguro.

Emily se mordió el labio inferior, pero su expresión no se suavizó ni un poco.

-Siempre supe que sería una maldición, desde que Penny recibió la maldita carta. Claro que mi hermana y el idiota de su marido creyeron que sería algo bueno, pero yo sabía que sólo traería problemas. Y así ha sido. Primero alejándose de nosotros cada vez más, luego quedando paralizada y ahora esto… No sabes cuánto odio la magia, Weasley. No tienes ni idea.

-No es la magia la que ha hecho daño a Penny. Si hablara con ella, comprobaría hasta qué punto la hace feliz.

-¿Eso crees? ¿Qué la hace feliz? –Emily resopló y se cruzó de brazos- La odia tanto como yo. Tanto como sus padres.

Escuchar aquello fue como recibir una bofetada. Percy sintió que el aire le faltaba. No era verdad. Penny jamás, nunca, odiaría la magia.

-¿Por qué te crees que se han ido? Porque quieren empezar desde cero. Penny necesita recuperar su vida. Ha perdido muchos años. Desde que puso un pie en ese colegio.

Percy tardó un poco en asumir esas palabras. Cuando vio a Penny por última vez no mencionó nada de alejarse de la magia, pero sí que había algo en su mirada, una desesperanza que iba más allá de la influencia de los dementores. Quizá el inicio de aquella especie de rechazo a todo lo que tenía que ver con su propia identidad.

-Penny y yo estamos enamorados. Ella puede odiar la magia y puede querer alejarse. Está en su perfecto derecho. Y quizá me odie a mí también porque no estuve a su lado cuando me necesitó, pero necesito oírselo decir a ella. Me lo merezco.

Emily no movió un músculo, pero Percy sabía que se lo estaba pensando. Quizá le gustaba imaginar que Penny sería hiriente con Percy, que no tendría piedad a la hora de dejarlo atrás y quizá por eso suavizó un poco su tono de voz y cedió ante él.

-Se fueron a Londres hace meses. Su padre anda metido en política. Te daré su número de teléfono.

No podía creerlo. Mientras Emily garabateaba una serie de números en un trozo de papel, Percy no podía creer lo que ocurría. Ya estaba hecho. Tenía su teléfono. Sólo tenía que llamarla y aclarar las cosas. Pronto, muy pronto estarían juntos otra vez.

-Audrey parece una buena chica –Dijo la señora Irving antes de dejarlo ir- Y no es uno de vosotros. Penny desgraciadamente lo era y no supo alejarse a tiempo, pero esa chica no tiene porqué sufrir.

-No quiero hacerle daño.

-No quieres, pero terminarás haciéndoselo. Ambos lo sabemos.

Y dicho eso, prácticamente lo echó de su casa. Percy no estaba en absoluto de acuerdo con lo último que la mujer había dicho, pero no le dio importancia. Además, Audrey se había puesto de pie de un salto y ya estaba a su lado.

-¿Qué ha pasado?

-Tengo el número de Penny. Necesito llamarla.

Se quedó inmóvil un instante, como si ella tampoco pudiera creer que hubiera sido tan fácil, e inmediatamente después dio un gritito y se abrazó a su cuello. Percy se sorprendió tanto que no intentó quitársela de encima.

-¡Es genial, Percy! –Audrey dio un saltito, se alejó de él un par de pasos y lo cogió de la mano- Vamos a buscar una cabina ahora mismo.

-Sí, claro. Pero Audrey. Esto tengo que hacerlo yo solo.

Y era verdad. Necesitaba hablar con Penny ahora, pero no podía hacerlo con Audrey revoloteando a su alrededor. Le agradecía con toda el alma que lo hubiera ayudado tanto, pero el resto del camino debía recorrerlo él solo. Y Audrey pareció entender, pues le sonrió, se tranquilizó bastante y dejó de tocarle. Percy agradeció esto último. El abrazo de Audrey se había sentido un poco raro. Muy raro, a decir verdad.

-Tienes razón. Sé que a veces soy un poco pesada, pero no lo hago a propósito –Percy rió por lo bajo. La chica estaba en lo cierto- Me iré a casa a echarle una mano a Cillian. Tú tómate todo el tiempo que quieras. ¿Vale? Y ten mucha suerte.

-Gracias por todo.

Ella agitó la cabeza como quitándole importancia e inició el viaje de regreso a casa. Le había parecido ver un deje de tristeza en la mirada de la chica cuando se había enterado de que Percy tenía el número de teléfono de su novia, pero luego todo había seguido el guión establecido. El brujo hubiera pensado un poco más en dicha mirada si el recuerdo de Penny no hubiera inundado sus sentidos.

Suspiró profundamente y echó a andar hacia el interior del pueblo. Seguramente que habría una cabina o algo en la plaza principal. De todas formas, si no había ninguna siempre podría entrar al bar del tal Liam y utilizar su teléfono. Por suerte, no tardó en encontrar una cabina.

Los nervios se instauraron en su pecho. Por un momento casi le faltó el aire y su mente se quedó en blanco. Debía reconocer que lo que estaba a punto de suceder le aterrorizaba. Las palabras de la señora Irving se habían grabado a fuego en su cabeza y no podía dejar de temer que Penny lo rechazara. Sería más duro aún que estar alejado de ella. Significaría que la había perdido para siempre.

De cualquier forma, debía actuar. Era un hombre valiente. A muchos no les había parecido nunca un Gryffindor como los otros, quizá porque siempre había sido muy ambicioso. Claro que la guerra le había cambiado bastante. Había descubierto la existencia de unas cuantas cosas por las que luchar y que no eran ni el dinero ni el poder. Había peleado por y junto a su familia y eso era algo que, poco a poco, iba rigiendo cada vez más en sus decisiones.

Percy se dijo que estaba pensado tonterías sólo para postergar el momento definitivo, así que se irguió, se aseguró de que tenía unas monedas en el bolsillo del pantalón y se metió dentro de la cabina. Ni siquiera pensó mientras marcaba los números y esperaba.

-¿Diga?

¡Oh! La voz de Penny al fin, después de tanto tiempo. Percy cerró los ojos y dejó que los recuerdos invadieran su mente. Sintió incluso que la mano le temblaba un poco, pero no le dio importancia.

-Hola, Penny. Soy yo.

Se produjo un momento de silencio. Percy incluso creyó que había sido incapaz de hablar. Se sentía tan feliz que todo parecía un poco irreal a su alrededor. Pero estaba pasando, allí y en ese momento, y se vio obligado a tragar saliva para contener la emoción.

-¿Percy?

-Sí. ¿Cómo estás? Hacía tanto que no sabía nada de ti.

Tenía la sensación de que estaba sonando bastante estúpido, pero es que no se le ocurría qué decirle. Normalmente no tenía problemas a la hora de comunicarse con Penny, pero ese día era diferente. Todo era diferente y le asustaba bastante.

-Estoy bien. Pero. ¿Cómo has conseguido éste número?

Era extraño que Penny no sonara tan emocionada como él. Más bien me parecía molesta y Percy no lo entendía. A no ser que la señora Irving tuviera razón y realmente ya no sintiera lo mismo de antes por él.

-Te he estado buscando. Estoy… Estoy en tu pueblo. He estado hablando con tu tía y ella me ha dado el número. Estaba muy preocupado por ti.

Escuchó como la chica suspiraba y un poco de su felicidad anterior se desvaneció entre la creciente preocupación. ¿Qué estaba pasando allí?

-No deberías haberlo hecho, Percy. –Dijo ella, y sonó cansada y resignada, como harta de la situación. Percy sólo dio un respingo y apretó el auricular del teléfono con inusitada fuerza.

-No sabía qué había pasado contigo, Penny. Me pediste tiempo, pero pasaron los meses y no dabas señales de vida. Creí que te había ocurrido algo.

-No ha pasado nada. Sólo necesitaba alejarme, eso es todo.

-Pero ya ha pasado medio año.

-No se trata de tiempo, Percy. No voy a volver.

Enmudeció. No. Penny no podía estar diciéndole eso. Debía tratarse de un malentendido. Sí. Seguro que era eso.

-¿Qué? –Musitó, incrédulo- ¿Por qué? Te aseguro que las cosas están bien otra vez. Puedes venir cuando quieras.

-Pero es que no quiero, Percy. No quiero volver a coger una varita nunca más y no quiero ir a ese mundo otra vez. Voy a empezar una nueva vida alejada de todo aquello.

No. No era verdad. Aquello no estaba pasando. Percy sintió tantas ganas de llorar que se contuvo a duras penas.

-Escucha, Penny. Lo que te pasó fue terrible, pero no puedes tomar una decisión así a la ligera. Podríamos quedar. Hablar sobre ello. Me gustaría volver a verte. Te ayudaré en todo lo que necesites.

-No. Ya no necesito que me ayudes. Y no he tomado mi decisión a la ligera. Lo he pensado mucho y no quiero saber nada de vosotros.

-Pero. ¿Qué pasa conmigo?

No quería sonar preocupante. No quería decirle a Penny que la necesitaba a su lado y pensó que con eso bastaría. Creyó que ella recordaría lo mucho que lo quería y que aceptaría una cita con él, pero se equivocó por completo.

-Lo siento, Percy. No vuelvas a llamarme.

Y colgó sin despedirse.

Percy permaneció en pie dentro de la cabina un rato, con el auricular en la mano y la mirada perdida. No había imaginado que todo terminaría así. No creyó que realmente Penny estuviera tan herida como para querer marcharse del mundo mágico. De su mundo. Y si no hubiera estado en mitad de la calle, Percy se habría puesto a llorar hasta quedar agotado, pero no podía permitirse que nadie lo viera en ese estado. En lugar de eso, se aclaró la garganta, se estiró la ropa y se dispuso a volver a la casa de los Clearwater.

En ese momento hubiera dado cualquier cosa por que Audrey le diera un abrazo.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Cuando Audrey entró a la cocina, descubrió que Stan había conseguido ayuda para el tema de la cena. En una ocasión habían recurrido a una empresa de catering, pero como Stan era un cocinero espléndido y Cillian un tipo un tanto tacaño, ahora era él quién siempre se encargaba de preparar la comida. Insistía, eso sí, en contratar a un par de chicas del pueblo para que le echaran una mano, puesto que era demasiado trabajo para un hombre solo. La cuestión era que ya empezaba a oler de forma deliciosa y Audrey no pudo contener la tentación de acercarse a la encimera y meter un dedo en lo que próximamente sería una deliciosa tarta de limón.

-No hagas eso, niña –Stan le dio un manotazo, alejándola en el acto.

-Huele que alimenta. Insisto en que deberías montar tu propio restaurante. Sería un éxito alucinante.

Stan resopló y no respondió al cumplido. De hecho, cada vez que Audrey o Cillian sugerían la posibilidad de que se dedicara a la hostelería, él se enfurruñaba un poco y no parecía en absoluto halagado. Audrey solía pensar que, tal vez, su oscuro pasado incluía algún negocio fracasado y que por eso se negaba a intentarlo otra vez. Era algo no muy probable, pero a la chica le gustaba imaginar cómo podría haber sido la vida de Stan antes de aparecer en las suyas.

-¿Has perdido a Percy por el camino?

-Tenía que hacer unas cosas. ¿Sabes que hemos conseguido el número de teléfono de su novia?

-Francamente, no puede extrañarme estando tú de por medio. Eres demasiado obstinada para darte por vencida.

-Muchas gracias, Stan.

Le sacó la lengua y el hombre le guiñó un ojo cariñosamente. Después, volvió al menú de la noche. Podía cocinar cosas realmente buenas con muy poco dinero y eso era algo que Cillian agradecía mucho.

-¿Debo suponer que Percy no nos acompañará esta noche?

Audrey no había pensado en ello. La verdad era que no le gustaba la idea de que él se fuera tan pronto. Se alegraba de que Percy al fin hubiera encontrado a su chica, pero le gustaba pasar tiempo con él. En cierta forma era contradictorio, puesto que lo lógico sería que a partir de entonces Percy estuviera con Penny y a ella dejara de verla tan a menudo. Y Audrey se alegraba por él, de verdad que sí, porque era su amigo y todo eso, pero una parte de si misma estaba molesta porque no quería que desapareciera de su vida.

-Creo que se quedará. No tiene coche y no hay ningún autobús que salga del pueblo hasta el lunes.

-Quieres decir que no le quedará más remedio. Pobre Percy.

-Debe estar muy contento. ¿No crees?

-Seguramente. Si quiere tanto a su novia como dices, ahora mismo estará impaciente por irse con ella.

Audrey afirmó con la cabeza y se quedó callada. Sí que debía estar impaciente, sí.

-¿Te pasa algo?

Stan se había acomodado frente a ella y la miraba con esa expresión tierna que a veces tenía. La chica lamentó que la conociera tan bien y se hubiera dado cuenta de los sentimientos encontrados que el reencuentro de Percy y Penny le provocaba.

-¿Qué? ¡Claro que no! Estoy perfectamente.

-Mira, niña. Yo no soy Cillian y entiendo que no me cuentes las cosas que le cuentas a él, pero no te creas que soy tonto. Sé perfectamente qué pasa por esa cabecita –Le golpeó la frente con un dedo y se dio media vuelta para seguir trabajando.

Audrey se mordió el labio inferior. Sinceramente, estaba echa un lío. No se había sentido así desde los días que sucedieron a la Navidad en que realmente conoció a David y no le hacía gracia pensar que eso se debiera a que Percy estuviera empezando a gustarle. Porque ella no podía ser tan tonta. ¿Verdad? No podía ser que tuviera un radar para localizar a todos los hombres comprometidos de Inglaterra. Seguramente había muchos solteros por ahí, chicos adecuados con los que divertirse o salir, no tipos enamorados hasta las trancas de sus novias fantasmas. No. Percy no podía gustarle. No sería justo.

-Stan. ¿A ti te ha gustado alguien alguna vez?

Pareció desconcertado un instante, pero luego soltó un resoplido de risa y puso los ojos en blanco.

-Pues claro que sí, Audrey. Puedo ser viejo, pero no he pasado mi vida en una burbuja.

Ella se ruborizó, fue inevitable. Su pregunta había sido tan estúpidamente formulada que le parecía increíble que Stan le hubiera prestado un mínimo de atención.

-Entonces, si te ha gustado alguien, también debo pensar que alguien ha dejado de gustarte también. ¿Verdad?

-Efectivamente –El hombre recuperó la ternura de antes y se sentó frente a ella.

-¿Y crees que es posible que pierdas el interés por alguien en unas cuantas semanas?

-¿Intentas decirme que ya no te gusta David?

Audrey se encogió de hombros. Ver a David aún le hacía sentir cosquillas en el estómago, pero cada día que pasaba pensaba menos en él y más en todas las extrañezas de Percy y no entendía muy bien qué le estaba pasando. No estaba siendo consciente del cambio en sus sentimientos.

-No lo sé. No es que lo haya olvidado, pero creo que está empezando a haber alguien más y…

-Tenemos un problema.

Cillian irrumpió en la cocina como un huracán e interrumpió la conversación. Audrey y Stan se levantaron al mismo tiempo y lo miraron con condescendencia, pensado que estaba exagerando otra vez, pero al verle la cara supieron que era posible que sí que tuvieran un problema de verdad.

-¿Has roto algún jarrón chino del siglo XIX y tendremos que pagarlo nosotros? –Sugirió Audrey, considerando que aquello podría ser lo más grave que podría ocurrirles.

-Si fuera eso daría saltos de alegría. Lo que pasa es que nos hemos quedado sin Martin McGinty. Han tenido que operarle de no sé qué cosa y está totalmente fuera de juego. Su hermano acaba de llamar.

-Sam Daniels era el señor McGinty. ¿Verdad? –Inquirió Audrey, recordando al hombre risueño y amable que acudía a las reuniones de forma habitual- ¿Y está bien?

-Lo han sacado del quirófano hace un par de horas y ya se ha despertado. No ha habido ningún contratiempo y se pondrá bien. Nosotros, en cambio, estamos jodidos.

-¿Por qué? Ya hemos tenido problemas similares otras veces y tú siempre has podido adaptar el guión.

-Pero esta vez no puedo –Cillian suspiró y pareció tan afectado que Stan no le regañó cuando también probó la masa de la tarta- McGinty es una pieza clave en el misterio de esta noche. No podemos prescindir de él.

-Podrías hacer tú su papel…

-Soy el narrador de la historia, Audrey. No puedo hacer ambas cosas.

-¿Entonces?

-O encontramos un sustituto para Daniels o suspendemos la reunión.

En ese instante, y como caído del cielo, Percy llegó a casa. Le apetecía encerrarse en su cuarto y sentirse miserable hasta que el lunes tuviera que irse a trabajar, pero tres pares de ojos se posaron en él con aire depredador y supo que sus lamentos tendrían que postergarse.

-Weasley. Tienes que hacerme un gran favor –Aseguró Cillian sin más, acercándose a él con decisión.

-¿Qué?

-Creo que una vez dijiste que no se te daba bien actuar, pero hoy tienes que hacerlo. Tienes que interpretar al señor McGinty.

-¿A quién?

-Al señor McGinty. El ataúd de su mujer ya está instalado en la biblioteca.

Percy recordó la noche que conoció a Audrey. Todo había sido muy raro, con muertos vivientes tirados en mitad del suelo, pelucas rubias y llamativos vestidos dorados. Esas cosas formaban parte de una especie de juego que solía organizar Cillian y que por lo visto ahora incluía ataúdes de verdad. No se encontraba con ánimos de meterse en medio de tanto jaleo, pero algo le dijo que no tenía escapatoria.

-Está bien. Vosotros dos –Cillian señaló a Audrey y Percy- Venid conmigo.

Salió de la cocina tan rápido como había llegado. Audrey se encogió de hombros, agarró la mano de Percy y siguió a su amigo hasta la habitación que siempre utilizaban de despacho. Percy se sentía tan confundido que casi agradecía todo aquello; al menos no tenía que pensar en Penny.

-Martin McGinty y Edith Grosvenor son los asesinos de esta noche –Anunció Cillian con voz arrastrada, como si confesar aquello le estuviera resultado excepcionalmente difícil- Por eso no puedo prescindir de ninguno de los dos. La historia gira alrededor de su relación con Martha McGinty. ¿Lo entendéis?

-No me lo puedo creer –Audrey se puso en pie y corrió a abrazar a su amigo. Percy, que se había conseguido sentar, lo contemplaba todo con absoluta incredulidad- ¡Al final me lo has dado! ¡Muchas gracias!

-Venga, quita, pesada. Sólo espero que no hagas que me arrepienta.

-¡Claro que no! Quedarás tan satisfecho conmigo que querrás que siempre sea tu asesina.

Percy pensó que eso sonaba muy desconcertante, pero estaba bien. Cualquier cosa le parecería buena en ese momento. Finalmente Audrey volvió a su lado y comenzó a agitarse nerviosamente.

-Bien. La cuestión es que Martha y Edith son hermanas. Edith y Martin estaban juntos, pero Martha se encaprichó de Martin y se casó con él. Edith fingió sentirse traicionada y tal y Martin fingió estar enamorado de su mujer, pero nada más lejos de la realidad. En resumen, Edith y Martin se alían para asesinar a Martha. Si sois listos y jugáis bien vuestras cartas, no os descubrirán, aunque vigilaría de cerca al señor Lane. Es un idiota insoportable, pero terriblemente sagaz.

-¡Claro que no nos pillarán! –Agarró el brazo de Percy sin fijarse en la expresión de abatimiento del chico- Seremos la perfecta pareja de amantes clandestinos, ya lo verás.

-Eso espero. Ahora haz el favor de explicarle cómo funciona todo y asegúrate de que lo hace más o menos bien. ¿Vale?

-Déjalo en mis manos –Audrey se levantó, volvió a coger a Percy y lo sacó del despacho. Antes de cerrar la puerta, chasqueó la lengua y miró a Cillian con los ojos entornados- Por cierto. Hay que ver lo melodramático que puedes llegar a ser. ¡Quién lo diría!

Cillian bufó. Cuando la puerta se cerró, sólo pudo pensar en lo desgraciado de todo aquello. ¿Por qué todo tenía que salirle mal?

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-No puedo creer que esté haciendo esto. ¡Yo!

Audrey rió suavemente y lo ayudó a ponerse la chaqueta de su esmoquin de los años veinte. Normalmente Percy utilizaba trajes de raya diplomática y en tonos oscuros, así que verle esplendorosamente vestido de blanco y con ese aire retro le pareció divertido y encantador. Había pasado las últimas horas dándole instrucciones sobre cómo debía actuar para no fracasar en su papel de señor McGinty y se le había olvidado todo lo relacionado con Penny. Lo había notado un poco ensimismado y se dejaba hacer con cierto aire ausente que no dejaba de trastornarla. Podría haberle preguntado, pero lo más importante en ese momento era la reunión de esa noche.

-Si mis hermanos se enteran, se reirán de mí durante el resto de mi vida.

-Pues es una suerte que no vayan a hacerlo. ¿No te parece? Porque yo no pienso decirles nada, te lo aseguro. Ni siquiera les conozco.

Percy se miró en el espejo. No es que tuviera mal aspecto, pero es que toda la situación era tan extraordinaria que no podía evitar sentirse un poco ridículo. Quizá podría haberle dicho a Audrey que no quería hacerlo y seguramente ella no habría hecho nada para obligarlo, pero es que en realidad prefería prestarse a ese juego. No se sentía con demasiadas fuerzas para afrontar el rechazo de Penny. Realmente no en ese momento.

-No tienes nada de lo que preocuparte, de verdad. Nuestro papel es el más fácil de todos. Sabemos que somos culpables y si actuamos rápido podremos encontrar las pistas incriminatorias antes que los demás. Si es así, no tienen por qué descubrirnos. Cuando eso pasa Cillian se pone muy feliz.

Audrey dio un par de vueltas por ahí y cogió las hojas de papel que les llevaban acompañando toda la tarde.

-Nuestras conversaciones deben girar en torno a lo que Cillian ha establecido. Podemos improvisar, pero si te atascas yo me encargaré de todo. Se me da bien hablar, ya lo sabes –Percy sonrió por primera vez desde lo de Penny y Audrey se dirigió a la salida- Voy a cambiarme de ropa y a recogerme el pelo. Afortunadamente, la señorita Grosvenor es morena.

Se dio un golpecito en la cabeza y salió entre movimientos casi espasmódicos. Cuando la puerta se cerró, Percy fue consciente de lo realmente solo que se sentía y quiso desaparecerse y volver a casa, pero no lo hizo. Quizá porque no quería dejar a Audrey colgada después de todo lo que había hecho por él, quizá porque regresar significaba tener que regodearse en su sufrimiento y no le apetecía mucho tener que hacerlo.

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-¡Habéis estado absolutamente geniales!

Audrey recibió el abrazo con una sonrisa orgullosa dibujada en la cara. Percy se encontraba un poco más tenso, pero por primera vez desde que lo conocía Cillian le estaba estrechando la mano y eso era algo absolutamente insólito. Y es que la noche había sido un éxito absoluto.

Al principio, Percy se había sentido evidentemente incómodo. Encontrar el ataúd cerrado en mitad de la biblioteca no le trajo buenos recuerdos, pero debía reconocer que la ambientación de aquella extraña representación no podía ser mejor. Supuestamente los acontecimientos tenían lugar el mismo día en que Martha McGinty fue asesinada, la noche antes de su funeral. Se habían reunido una docena de personas para velar el cuerpo y ahí habían empezado todas las intrigas y maquinaciones que la mente de Cillian había puesto en marcha. Audrey le comentó que el chico solía inspirarse en un montón de novelas policíacas y que aquellas reuniones cada vez tenían más éxito. Percy pensaba que era una locura, pero agradeció estar en la piel de Martin McGinty durante unas horas.

Ser el amante secreto de Audrey había sido una experiencia inolvidable. La chica se había pasado toda la noche haciendo aspavientos y alargando las palabras de una forma absolutamente teatrera y en un par de ocasiones lo había alejado del grupo y le había comunicado que en ese instante debían estar besándose apasionadamente porque se habían librado de Martha y estaban impacientes por desatar su pasión. A Percy le había hecho gracia las dos veces y se había reído un poco mientras Audrey le instaba a guardar silencio.

Poco a poco habían ido construyendo la historia de sus dos personajes y al final de la noche Percy casi se estaba divirtiendo. Reconocía que el señor Lane era un listillo inaguantable y se alegraba de que no hubiera podido responder al misterio. Había habido una pareja de ancianos que se pasaban todo el rato murmurándose cosas al oído, un universitario de pelo largo que se suponía que era su mejor amigo y un tipo barrigudo que lucía un uniforme de policía con un orgullo encomiable. Percy se había dado cuenta de que más allá de lo excéntrico que todo pudiera parecer, esa gente sólo se reunía para divertirse y él mismo había logrado tener la mente despejada y el ánimo más o menos arriba. Observar como toda esa gente buscaba pistas minúsculas por todas partes, desde papeles arrugados hasta mechones de cabello negro, casi le había dejado con ganas de más. De hecho, Percy se había descubierto a sí mismo pensando en que no estaría mal acudir como investigador a alguna de esas reuniones.

Para cuando la noche terminó, Cillian fue el único capaz de explicar el misterio. Obviamente lo consideraba como un logro personal, puesto que conforme llevaba a cabo su explicación de los hechos, en su rostro se iba dibujando una sonrisa más y más amplia. Los invitados parecían un poco defraudados por no haber podido descubrir a los criminales, pero se fueron a casa de buen humor y le pidieron a Cillian que no tardara en escribir un nuevo asesinato. Lo dicho, todo estaba siendo muy raro.

-Y pensar que dudabas tanto de nuestras capacidades –Audrey frunció el ceño fingiendo estar molesta- ¿No tienes nada que decir al respecto.

-Pues creo que no, princesita. Salvo –Y miró a Percy con absoluta solemnidad- Gracias, Weasley. Sé que no querías meterte en esto y te agradezco que nos hayas echado una mano. Al final no vas a ser tan terrible como yo pensaba.

Dicho eso, y antes de que alguien pudiera decir algo, Cillian se encerró en el despacho. Percy parpadeó y miró a Audrey con expresión confundida.

-¿Cree que soy terrible?

-¡Oh, sí! Y no se esconde para decírtelo. Eso es bueno. ¿No crees?

Percy lo consideró un instante y llegó a la conclusión de que debía serlo. Sintió también la mano de Stan posándose en su hombro.

-No te lo tomes como algo personal. Cillian cree que prácticamente la totalidad de la gente es terrible.

Percy no supo qué decir a aquello. De cualquier forma Stan tenía pinta de estar muy cansado y se dirigió a la escalera sin añadir nada más. Segundos después, Audrey y él estaban solos. La chica aún no había perdido la sonrisa.

-No sé tú, pero tengo hambre. ¿Quieres que acabemos con la tarta de limón?

El brujo se limitó a encogerse de hombros y siguió a Audrey hasta la cocina. Tal y como ella había dicho, colocó la tarta sobre la encimera, agarró dos cucharas e instó a Percy a comer. No había sido consciente de ello, pero también tenía hambre.

-Has estado genial. ¿Sabes? Nadie diría que era la primera vez que hacías algo así. Debes tener un talento innato o algo.

-No creo que hubiera estado genial sin ti para darme instrucciones. Eres realmente buena borrando pruebas.

-Ya ves. Cosa de práctica.

Intercambiaron una mirada cómplice y se sonrieron. La verdad era que Audrey había estado toda la noche pendiente de él, asegurándose no solo de que no metía la pata, sino también de que se sintiera cómodo, y Percy le estaba muy agradecido.

-Te apuesto lo que quieras a que Cillian ya está escribiendo el guión de la próxima reunión.

-No conozco muy bien a Cillian, pero yo diría que tienes razón.

-Creo que se le da bien escribir. Casi lo tengo convencido para que retome los estudios y vaya a la universidad. Lo dejó en el instituto y nunca aprobó la secundaria.

-¿Por qué?

-Digamos que no llevaba tan bien como yo lo de no tener padres. Pasó una etapa difícil.

-Todos hemos pasado una de esas –Masculló entre dientes, recordando los años que pasó voluntariamente alejado de su familia. Nunca dejaría de lamentarse por ello, pero lo más duro era darse cuenta de que en su familia, sobre todo entre sus hermanos, siempre existiría un halo de desconfianza hacia él.

-Supongo que sí –Audrey se encogió de hombros y soltó un bufidito- Creo que yo desarrollé un enfermizo gusto por los zapatos durante la mía. ¿Y tú?

Por supuesto que Percy no iba a contarle la verdad y estaba seguro de que Audrey tampoco esperaba que lo hiciera.

-Me pasó algo parecido a lo tuyo, sólo que no colecciono zapatos, sino corbatas.

-¡Dios mío, Percy! Un chico de quince años obsesionado por las corbatas.

-Suena patético. ¿Verdad?

-Un poco, sí.

Volvieron a sonreírse. Percy sabía que en cuanto estuviera solo se sentiría considerablemente peor que en ese momento y por eso le apetecía quedarse con Audrey allí más tiempo, incluso aunque hubieran terminado de dar cuenta de la tarta.

-A estas alturas ya deberías saber que mi adolescencia no fue precisamente salvaje. Me encantaba estudiar, así que dedicaba casi todo mi tiempo a eso. El resto lo aprovechaba para comer y dormir.

-Ambas actividades igual de necesarias.

-Sí. Supongo que sí.

Audrey se imaginó al estudiante aplicado que Percy debía haber sido, y entonces se sintió tonta y muy egoísta. Acababa de acordarse de que Percy conoció a Penny en el instituto y de que esa mañana había conseguido ponerse en contacto con ella y aún no le había preguntado nada.

-¡Pero qué idiota soy! –Percy se sobresaltó ante la efusividad de la chica- He estado tan metida en mi mundo que no te he preguntado nada de tu novia. Te hemos tratado casi como un esclavo y hasta es posible que a estas horas debieras estar con Penny en Londres, reencontrándote con ella.

Percy sintió cómo se le encogía el corazón. Por supuesto que Audrey no había querido despertar esa sensación, pero ya no había vuelta atrás. Podría haberse negado a hablarle, pero seguía pensando que Audrey merecía un poco de sinceridad después de todo lo que le había ayudado y se aclaró la voz antes de hablar.

-En realidad no ha salido muy bien –Murmuró lo suficientemente bajo como para procurar no escucharse a sí mismo. Era duro asumir la realidad- Penny no quiere volver conmigo.

Esperaba que Audrey le hiciera miles de preguntas, que se mostrara ansiosa por saber los detalles y que incluso llegara a agobiarle, pero no pasó nada de eso. Audrey se llevó las manos a la boca, ahogó una exclamación de sorpresa y se abalanzó sobre él para abrazarlo. Percy se había mantenido firme, pero ella debía haber visto algo en él que le llevara directa a ofrecer consuelo. Percy sólo pudo agradecer el abrazo de todo corazón, contento porque Audrey le estaba dando justo lo que necesitaba.

-¡Oh, Percy! ¡Lo siento tanto!

-No pasa nada. Estoy bien. Un poco cansado, nada más –Y eso último sólo lo dijo porque consideraba que el abrazo se estaba alargando demasiado y porque se estaba sintiendo demasiado a gusto.

-Deberías irte a dormir. ¿Sabes? Si te apetece, mañana podremos hablar. Yo no me daría por vencida tan pronto. Seguramente Penny te quiere y sólo esté confundida. Ya lo verás.

Percy quería creerla. Quería ver el futuro esperanzador que Audrey estaba retratando, pero conocía a Penny y sabía que era una mujer de ideas firmes. Si había decidido no volver con él, no lo haría bajo ningún concepto. Aún así, afirmó con la cabeza y se dispuso a seguir los consejos de la chica. Seguramente dormiría como un tronco esa noche, si es que no se acordaba de Penny y se ponía a pensar en todo lo que había cambiado su vida en los últimos meses. Quizá renunciar a sus viejas ambiciones había sido duro, pero nada equiparable a la pérdida de Penny.

¡Cuánto la echaba de menos, por Merlín!

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Y colorín, colorado, este capítulo se ha acabado. Ha tenido un poco de Penny y todo, así que poco a poco vamos sabiendo cosas de ella. Como que está viva.

Espero que os haya gustado y todo eso.

Hasta la próxima, coleguillas

Cris Snape.