DOS SABUESOS DESPISTADOS

DISCLAIMER: Casi todo es de Rowling. Lo de siempre, vamos.

CAPÍTULO 12

La casa torcida

Cuando Percy abrió los ojos, le costó unos pocos segundos recordar dónde estaba. El colorido caos de la habitación de Audrey pronto lo devolvió a la realidad y no pudo contener una sonrisa. Habían pasado otra noche juntos, algo que venía siendo muy habitual en las últimas semanas.

Tras holgazanear durante unos segundos, porque era domingo y no tenía absolutamente nada más que hacer ese día, decidió que era hora de levantarse. Después de vestirse y dejarse envolver por el olor a verano que entraba a través de la ventana entreabierta, Percy se cargó de valor para enfrentar lo que le esperaba al otro lado de la puerta. Porque era cierto que le gustaba mucho compartir aquel dormitorio con Audrey, pero tener que reunirse con el resto de habitantes de la casa solía avergonzarle bastante.

Audrey decía que no tenía motivos para hacerlo. Tanto Cillian como Stan sabían que eran novios y lo más normal del mundo era que los novios se acostaran juntos, pero para Percy seguía sin ser fácil enfrentarse a la condescendencia de Stan y a la furia protectora de Cillian.

Cada vez que intentaba recordar en qué momento exacto de su vida se había metido en semejante lío, Percy llegaba a la conclusión de que fue en Navidad, después de darle aquel beso a Audrey. Habían pasado más de siete meses desde entonces y no terminaba de creerse que una chica como Audrey pudiera ser eso. Su novia.

Objetivamente hablando, no tenían nada en común. Audrey no era puntual, ni ordenada, ni tenía modales exquisitos o gusto por las cosas correctas. Audrey era una chica muggle charlatana e irreflexiva a la que no le importaba darle un beso de los que quitan el hipo en plena calle y que adoraba tomar la iniciativa en todos los aspectos de su relación. Le hacía reír, podía pasarse horas discutiendo con él sobre el asunto más insignificante y Percy estaba bastante seguro de que era una buena persona. En cualquier caso, no se parecía en nada a su ideal de la mujer perfecta y, sin embargo, le encantaba tenerla a su lado.

No podía decir a voz en grito que estuviera perdidamente enamorado de ella. De hecho, consideraba que lo suyo con Penny había terminado muy poco tiempo antes como para pensar en estar con otra persona y, sin embargo, ahí estaba. Con Audrey. Le tenía muchísimo cariño, por supuesto, y acostarse con ella era una experiencia muy gratificante a la que no podría renunciar con facilidad, pero. ¿Amor? Percy creía que sí, que estaba empezando a enamorarse, pero era lo suficientemente inteligente como para saber que todo era más complicado que eso.

Ni siquiera le había hablando de la magia. Sabía que si quería que su relación siguiera adelante tendría que sincerarse lo antes posible. No era un hombre al que le gustaran los secretos y Audrey tenía derecho a saberlo porque ella sí estaba enamorada de él. A Percy le pilló un poco desprevenido su confesión. Ocurrió tres meses antes, después de que se acostaran por primera vez. Audrey lo había llevado a ver un interesantísimo museo muggle y, de alguna manera que Percy no acertaba a comprender, habían terminado en un hotel un tanto siniestro porque la chica no quería hacer nada con Stan y Cillian al otro lado de la puerta. Para Percy había sido un poco precipitado, pero no había podido negarse y cuando Audrey le dijo que le quería, así, sin avisar ni nada, el corazón le había dado un vuelco y se había sentido muy bien. No pudo decirle que el sentimiento era mutuo, pero a ella no pareció importarle. Parecía estar más que dispuesta a darle todo el tiempo que fuera necesario y jamás le había presionado.

Sin embargo, Percy se daba cuenta de que ella necesitaba algo más. No conocía lo suficiente la mente femenina como para saber qué era exactamente, pero Audrey le pedía algo más y Percy sí sabía que la única forma de dárselo era siendo sincero con ella. Pero. ¿Cómo hacerlo? Uno no le decía todos los días a su novia que era un mago. Audrey posiblemente pensaría que estaba loco o que quería librarse de ella, pero la verdad parecía hacerse cada día más necesaria y Percy esperaba poder contárselo pronto. Necesitaría valor para hacerlo, pero por el momento sólo reunió el necesario para traspasar el umbral de la puerta.

Lo primero que vio fue a Audrey recostada en el sofá, con los pies descalzos sobre la mesa y un bol de cereales mal puesto sobre su vientre. Estaba despeinada, todavía en pijama y era casi seguro que ni siquiera se había lavado la cara todavía y, sin embargo, a Percy le pareció que estaba preciosa. Él lucía un aspecto mucho más presentable con su pantalón del traje y su camisa blanca un poco arrugada, pero necesitaba imperiosamente hacer algo con su pelo y afeitarse. Sin embargo, Stan no le permitió ir al baño.

-¡Ey, Percy! ¿Qué te apetece desayunar?

-¡Uhm! Lo que sea. Da igual.

Audrey, que había girado la cabeza y lo miraba con una medio sonrisa, parecía pedirle un beso con los ojos y Percy se lo dio con algo de incomodidad. Definitivamente, las muestras de afecto en público no eran lo suyo, pero esa chica se merecía que hiciera un pequeño sacrificio. Se sentó junto a ella y miró con los ojos entrecerrados los dibujos animados. Era temprano aún y la programación infantil era casi omnipresente en la televisión. Percy se había ido acostumbrando poco a poco a aquel cacharro e incluso podía disfrutar de algunos programas y adoraba las series de ficción. Aunque los muggles nunca le habían llamado mucho la atención, debía reconocer que eran unos expertos en eso del ocio.

Al cabo de un par de minutos, Stan le entregó un café bien cargado, una manzana verde y un par de tostadas con mantequilla y mermelada de fresa. Era increíble la velocidad con la que se había aprendido cuáles eran sus comidas favoritas y eso hacía que Percy se sintiera como en casa estando allí. Además, todo lo que preparaba ese hombre estaba delicioso.

-He pensado que podríamos pasar el día en Hyde Park. ¿Te apetece?

-Vale.

A Percy le gustaba Hyde Park más de lo que nunca hubiera podido imaginar. Audrey le había descubierto lo maravilloso que podía ser caminar descalzo sobre la hierba, comerse un bocadillo a la sombra de los árboles o jugar al fútbol. Sí. Ese deporte muggle tan popular que él no entendía, que no le interesaba y que le encantaba practicar. Aunque Audrey no le había explicado cuáles eran exactamente sus reglas, Percy suponía que hacía trampa porque no consideraba muy normal que la chica lo aprisionara por la cintura o le tapara los ojos cada vez que intentaba hacerse con el control de la pelota. En cualquier caso, poco importaban las reglas porque Percy se divertía y se permitía ser todo lo natural que era capaz mientras jugaban.

Esa era una de las cosas que más le sorprendían de todo aquello, su recién descubierta naturalidad. Puesto que Audrey era una chica que siempre actuaba espontáneamente, Percy había terminado contagiándose y de vez en cuando no pensaba antes de hacer algo. Simplemente se dejaba llevar, se reía, corría de un lado a otro y terminaba tirado en el suelo, abrazado a Audrey, con las gafas escurriéndose por su nariz y una sensación de ligereza en el pecho que nunca antes había experimentado. Simplemente se divertía estando con ella, lo que era una novedad absoluta porque él nunca antes le había dado la más mínima importancia a eso de divertirse.

-¿Te quieres venir, Stan? Convenceremos a Cillian y nos iremos los cuatro. Será guay.

Stan sonrió de forma poco comprometida desde la cocina. Sus ojos se habían deslizado disimuladamente hasta Percy, como pidiéndole permiso a él para acompañarles. Era obvio que no quería resultar un estorbo en su relación y Percy se lo agradecía. La verdad era que prefería que ni Stan ni Cillian aceptaran la invitación, pero fingió que la idea le agradaba porque sabía lo importantes que eran esos dos hombres para Audrey.

-¿Qué será guay?

-Una excursión –Audrey se incorporó un poco para mirar a un Cillian que se paseaba en calzoncillos por la casa. La primera vez que lo vio, Percy se escandalizó. Las siguientes sesenta veces, ni siquiera le importó- En Hyde Park. Hace mucho que no hacemos nada juntos.

Cillian miró a Percy como si sólo él tuviera la culpa de que Audrey se estuviera alejando de su lado. Percy entendía que se sintiera celoso porque era plenamente consciente de que esos dos sólo se tenían el uno al otro. No debía ser fácil pensar en un futuro separados y, aunque era lógico que alguno de los dos encontrara una pareja algún día e iniciara una nueva vida, Percy no podía culpar a ese chico por estar un poco enfadado.

-No suena mal.

-Ya has visto, Stan. Nos iremos los cuatro. Así podremos enseñar a jugar a Percy al fútbol.

-¡Joder, tío! –Cillian se sentó junto al brujo y lo miró con cara rara- Sigo pensado que vienes de otro planeta.

Percy se encogió de hombros, acostumbrado a quedar como un bicho raro ante esa gente. Poco a poco se iba acostumbrando al mundo muggle, aunque siempre habría cosas que escaparían por completo a su entendimiento.

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Ya por la noche, cuando Percy llegó a La Madriguera porque le había prometido a su madre que iría a cenar a casa sin falta, el brujo se sentía absolutamente destrozado. Jugar al fútbol con Cillian en el equipo rival había sido una experiencia altamente traumatizante porque él no era un chico que acostumbrara a tener piedad y se había pasado todo el rato cosiéndolo a patadas y jugando lo más sucio de lo que era capaz. Audrey incluso le había regañado por tomarse el juego más en serio de lo necesario y Percy había agradecido enormemente que llegara la hora de irse a casa. Se había despedido de Audrey prometiendo que la visitaría al día siguiente y había llegado a casa de sus padres dándose cuenta de que no se había cambiado de ropa en todo el día y de que, por lo tanto, el traje lucía un aspecto lamentable, todo lleno de hierba y barro, especialmente la camisa.

-¿Se puede saber dónde te has metido? –Le preguntó su madre, claramente sorprendida porque su hijo, el siempre perfecto Percy, tuviera esa pinta.

-Es una larga historia –Espetó él, sin querer entrar en muchos detalles. Todavía no le había contado a nadie que Audrey existía.

-Y esa historia no tendrá nada que ver con el motivo por el cual has estado un poco ausente los últimos meses. ¿Verdad?

No había reproche en la voz de Molly Weasley. Más bien parecía suponer por dónde iban los tiros y se le notaba interesada. En cualquier caso, ella tenía toda la razón porque desde que estaba con Audrey aprovechaba casi todo su tiempo libre para estar con ella y tenía un poco olvidada al resto de la familia. Durante un segundo se sintió culpable, como si estuviera cometiendo otra vez los mismos errores, pero entonces se dijo que esa nueva situación nada tenía que ver con la antigua y tuvo la necesidad imperiosa de dejarlo muy claro. Y, siguiendo con el mal ejemplo de Audrey, actuó impulsivamente.

-Estoy saliendo con una chica.

Molly se quedó seria un instante y luego sonrió y le pellizcó una mejilla. Sí. Se la pellizcó.

-¡Oh, Percy, cariño! ¿Y quién es? ¿La conozco?

-No creo –Percy carraspeó, arrepintiéndose por haber hecho tan inadecuada y gratuita confesión- Es… Bueno. Es un poco complicado.

-¿Por qué?

-Ella es muggle.

Molly frunció el ceño y la alegre jocosidad de un instante antes desapareció como si acabara de encontrar un millón de razones por las que aquello era un gran error. En ese momento entró a casa Arthur, que había estado todo el día rodeado de sus cacharros muggles.

-Pero, Percy. Eso es…

-Lo sé, mamá. Pero es… –Percy miró de reojo a su padre. Se sentía muy avergonzado hablando sobre esas cosas, pero él solo se había metido en ese lío y él sólo tendría que salir de allí- Me gusta.

-¡Oh!

Era obvio que su madre no sabía muy bien qué decir. Después de todo, Percy no tenía del todo claro que fuera la suegra ideal. Sabía que a Fleur no la había aceptado con facilidad y que no le había parecido nada bien que George y Angelina empezaran a salir –porque habían anunciado que estaban juntos un par de meses antes, causando un gran revuelo en la familia por el antiguo noviazgo de la chica y Fred-. Así pues, era fácil suponer que su anuncio no fuera recibido con alegría.

-¿Quién te gusta? –Inquirió Arthur, ajeno hasta entonces a la conversación.

-Una chica muggle.

A Percy le hubiera gustado poder contestar personalmente, pero su madre se le adelantó con el tono de voz de un muerto viviente, como si le estuviera costando un mundo y medio universo aceptar la noticia.

-¿Una chica muggle? –Arthur pareció incrédulo un momento y luego sonrió tanto y tan deprisa que Percy pensó que le había dado un ataque o algo- ¡Eso es fabuloso!

-¡Oh, Arthur! –Suspiró Molly con exasperación- ¡Qué va a ser fabuloso! ¡Es todo un problema!

-¿Por qué tendría que serlo? A mí personalmente me parece una noticia espléndida. ¡Podría explicarme tantas cosas sobre los muggles que no entiendo!

-¿Es que no te das cuenta de lo difícil que será todo? Para empezar. ¿Se lo has dicho ya?

-La conozco desde hace unos meses –Percy se enfrentó a la mirada materna con serenidad- No quiero precipitarme.

-Pero algún día tendrás que decírselo y. ¿Qué pasará entonces? ¿Cómo crees que va a tomárselo?

-No lo sé. Pero tiene una mente abierta. Seguramente se sorprenderá pero luego…

-Luego saldrá corriendo y te romperá el corazón –Ante esa frase, Percy sólo pudo pensar que estaba siendo un poco melodramática- Esa clase de relaciones no suelen salir bien, cariño.

-Si la conocieras no dirías eso, mamá.

-Bien. Entonces, preséntamela.

-No puedo traerla a casa. Aún no.

-No he dicho que la traigas a casa, tontorrón, sólo que me la presentes.

-Yo también estaré encantado de conocerla –Intervino Arthur, que no había perdido la ilusión ni por un segundo- ¿Crees que ella sabrá cuál es el misterio de los patitos de goma?

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-Así que vas a conocer a los suegros. Eso sí que es ir en serio.

Audrey no prestó atención al tono provocador de Cillian. Era evidente que quería picarla para ponerla nerviosa, pero Audrey ya se sentía lo suficientemente histérica sin que él le ayudara. Cuando Percy le había dicho, el lunes por la tarde, que a sus padres les haría muchísima ilusión conocerla, ella había considerado la posibilidad de negarse. Nunca antes había sido oficialmente presentada a la familia de ninguno de sus novios anteriores, tal vez porque nunca había ido muy en serio con ninguno de ellos. Así pues, el gesto de Percy indicaba claramente cuáles eran sus intenciones a largo plazo y, puesto que ella quería más o menos lo mismo, había accedido.

Cenarían ese mismo viernes, en un restaurante que la misma Audrey había escogido, un italiano con buena fama en el barrio que tenía cierto ambiente familiar y que a ella le encantaba. Percy le había dicho que no tenía por qué estar nerviosa, que sus padres eran gente humilde y que no tenía que hacer nada para impresionarlos, pero Audrey quería causarles una buena impresión. Si estaba enamorada de Percy tendría que compartir muchas horas de su vida con su familia y caerles bien a sus padres era el primer paso.

Había pasado toda la tarde intentando encontrar el vestido adecuado. Incluso había estado en la peluquería para ondularse un poco el cabello. Lo único que tenía claro era que no se pondría ninguna joya y que llevaría los zapatos rojos que Percy le regaló en Navidad. Eran, sin duda, los mejores de todos y, aunque llamativos por el color, se sentía cómoda con ellos y estaba segura de que le traerían buena suerte. Percy le había dicho que estaría bien con cualquier cosa que se pusiera y, después de consultar a Stan, Cillian y a Helen por vía telefónica, Audrey había decidido ponerse un vestido negro, de corte recto y sin florituras. Sencillo y elegante para no llamar demasiado la atención.

Percy llegó a casa temprano. Llevaba traje, pero había prescindido de la corbata. Audrey tuvo el impulso de despeinarle porque encontraba ese gesto tremendamente atractivo, pero decidió que lo mejor sería contenerse y centrarse en los señores Weasley. ¿Cómo serían? ¿La aceptarían en seguida o se convertirían en unos suegros diabólicos como los de las películas?

-Estás muy guapa. Todo va a salir bien, ya verás.

Una de las cosas que más le gustaban a Audrey de aquel chico, era que siempre tenía algo bonito que decirle y que no le daba vergüenza hacerlo. Cillian nunca le hubiera dicho que estaba guapa con esa naturalidad. Además, por su forma de mirarla, Percy no podía estarle mintiendo y ahí estaba otro punto a su favor: la sinceridad.

-Será mejor que nos vayamos. ¿No? No estaría bien llegar tarde.

-Sólo son mis padres, Audrey.

-Claro, Percy. Sólo son tus padres. ¡Cómo se nota que tú no tendrás que enfrentarte a los míos!

-A ellos no, pero ahí tienes a Cillian, que me odia y no se esfuerza por disimularlo.

-Cillian no te odia.

-¡Ey! ¡Sí que le odio!

Cillian había estado todo el rato tumbado en el sofá, así que los había oído perfectamente. Audrey lo fulminó con la mirada a pesar de saber que estaba diciendo una mentira como una casa.

-¿Ves? Te aseguro que mis padres no serán tan terribles como Cillian. Ni como Stan, que ahí donde lo ves puede ser mucho peor.

-¿Stan? Stan es encantador.

-Dice que me arrancará las tripas si te hago daño.

Audrey soltó un cómico resoplido y Stan, que ocupaba su puesto en la cocina puso cara de inocencia absoluta. La chica sabía que ese hombre era perfectamente capaz de amenazar a Percy o a quien fuera para defenderles a Cillian y a ella. Tal y como les había confesado una noche, tenía la necesidad de cuidar de ellos como si fueran sus hijos y, aunque la mayor parte del tiempo eran Cillian y ella los que debían asegurarse de que estuviera bien, no hacía del todo mal su trabajo.

-Lo dicho –Audrey le guiñó un ojo y fue hasta donde estaba Stan para darle un beso en la mejilla- Un auténtico encanto. Y ahora, vámonos.

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-Me alegro mucho de conocerles. Percy habla mucho de ustedes.

Molly estrechó la mano de esa chica y le echó un vistazo. Tenía buen aspecto y, aunque estaba un poco flaca para su gusto, parecía gozar de un perfecto estado de salud. Quizá era demasiado bajita para Percy, aunque no era de extrañar teniendo en cuenta que su hijo siempre había sido un muchacho espigado y que no había muchas chicas que estuvieran a su altura. Por lo demás, no había gran cosa que resaltara en ella. Quizá los ojos, que eran redondeados y muy oscuros, pero poco más.

-¿Nos sentamos?

Molly consideró que la propuesta de Percy era perfectamente aceptable, así que miró de nuevo a Audrey y tomó asiento en una de las sillas de madera. Aquella era la primera vez en su vida que comería en un restaurante muggle y, aunque era bonito y estaba extraordinariamente limpio, no terminaba de sentirse a gusto. Porque una cosa era no tener nada en contra de los muggles, pero tener a uno de ellos en la familia no podía traer nada bueno. Ni siquiera si el muggle en cuestión era tan amable como Audrey.

-Percy nos ha dicho que trabajas en un hospital.

-Soy enfermera.

Molly hizo una mueca. Siempre había considerado que la medicina muggle era digna del más sanguinario de los carniceros, muy alejada en todos los sentidos de la sanación mágica. Aún recordaba todo lo que le hicieron a Arthur cuando le mordió la serpiente aquella y se le ponían los pelos de punta.

-Hasta hace unos meses estaba en prácticas, pero ya me han contratado definitivamente.

-Audrey es muy buena en su trabajo.

-¿Y sabes dar puntos? –Inquirió Arthur con curiosidad. Audrey lo miró como si encontrara esa pregunta un poco absurda, pero en seguida sonrió y, Molly estaba bastante segura, aferró la mano de Percy en un gesto reflejo.

-Las suturas son mi especialidad. ¿Percy no les dijo que tuve que curarle una ceja después de que le dieran un pelotazo?

-No.

Molly frunció el ceño y Percy tuvo la impresión de que le iba a regañar por haberse atrevido a dejar que le hicieran algo así. Sin embargo, el reproche no llegó, quizá porque estaban en un sitio público y no era cuestión de avergonzarle.

-Fue una herida sin importancia –Dijo Percy para quitar hierro al asunto.

-Y sanó extraordinariamente rápido.

-Y no ha quedado ninguna cicatriz.

Cuando Molly vio la mirada que intercambiaron aquellos dos, se dio cuenta de que la situación era mucho más grave y peligrosa de lo que pensaba. No sólo se trataba de que los tortolitos hablaran como si se compenetraran perfectamente. No. Lo peor era que Audrey estaba totalmente enamorada de su hijo y de que su hijo también sentía algo por ella. Sólo esperaba que todo terminara bien, por el bien de Percy.

-En fin –Percy suspiró, buscando mentalmente una forma de proseguir con la conversación- Deberíamos pedir algo. ¿Verdad?

-Tal vez debería elegir Audrey.

-Claro, señora Weasley –La chica sonrió ampliamente, sintiéndose afortunada porque conocía la carta de ese sitio como la palma de su mano- Les encantará la cena. Ya verán.

Efectivamente, Audrey pareció escoger lo más delicioso del menú y, aunque no era precisamente comida casera, Molly debía reconocer que no estaba tan mal como esperaba. Percy hizo un esfuerzo por conducir toda la situación, pero de alguna forma Audrey se las había arreglado para apoderarse de la atención de todos. Les habló de sus padres, de su infancia y de su relación actual con Cillian. Y también se mostró interesada por su trabajo como ama de casa y, por lo difícil que debió resultarle ocuparse de siete hijos. Molly se sintió bastante cómoda casi todo el tiempo y era cierto que Audrey le parecía agradable, pero no dejaba de ser complicado.

No tenía nada en contra de la chica, por supuesto. Si hubiera sido un mal bicho no hubiera dudado ni un segundo en expresarle a Percy su disconformidad, pero eso carecía de importancia dadas las circunstancias. Una relación entre un mago y una muggle simplemente no podía salir bien. Los muggles preferían vivir engañados, ignorando las cosas que les parecían extrañas, con sus mentes cerradas y su dificultad para abrirse al mundo. Y Audrey podía ser una buena persona, pero durante esa noche no había tenido ningún indicio de que fuera a tomarse bien la verdad, si es que Percy se atrevía a revelársela algún día.

Así se lo hizo saber esa misma noche, después de que Percy acompañara a la chica a su casa y se apareciera en La Madriguera con expresión expectante. Arthur, que había disfrutado enormemente de la compañía de Audrey y que se moría de ganas de preguntarle cientos de cosas, no había abierto la boca en todo el rato y Percy esperaba que al menos él le apoyara un poco.

-No digo que no sea una buena chica, cariño –Decía Molly en ese momento, procurando sonar lo más razonable posible- Me parece que es un encanto, pero deberías replantearte tu relación antes de que sus sentimientos y los tuyos vayan a más. No estaría bien que le hicieras daño.

-No voy a hacerle daño, mamá.

-Sé que no quieres, pero si le dices la verdad es muy posible que todo termine y, entonces, lo va a pasar fatal. Está muy encaprichada contigo, por si no te has dado cuenta.

-Molly, querida, yo diría que está más que encaprichada –Comentó Arthur con una sonrisa, como quitándole hierro a lo que su esposa estaba diciendo.

-Como sea. No puedes seguir viéndola.

Percy reflexionó unos segundos. No era fácil para Molly adivinar lo que pasaba por su mente, pues Percy siempre había sido un chico poco dado a mostrar emociones.

-No puedo creer que estés diciendo esto –Dijo finalmente, poniéndose en pie y bastante convencido de sus palabras- Después de repetir una y otra vez que los muggles no tienen nada de malo, ahora vienes y rechazas a Audrey sólo porque no es una bruja.

-Eso no es así, cielo. Yo no estoy rechazando a Audrey. Sólo digo que una relación con ella no saldrá bien.

-¿Cómo lo sabes? No la conoces en absoluto. No sabes qué pensará o qué hará.

-¿Tú lo sabes, Percy? ¿Tienes la certeza de que te aceptará cuando sepa que eres un brujo? No se trata de que nosotros rechacemos a los muggles, sino de que los muggles nos rechacen a nosotros.

Percy apretó los dientes y, por algún motivo, se sintió repentinamente furioso. Quería decirle a su madre que estaba harto de que fuera tan hipócrita, de que dijera que los muggles eran personas normales y luego quisiera mantenerse alejada de ellos y no quisiera conocerlos. Quería decirle que dudaba mucho de que las novias de sus hijos pudieran convencerla así, de buenas a primeras, pues hasta el momento las había rechazado a todas por un motivo u otro. Quería gritarle que Audrey era una persona maravillosa que jamás huiría de ellos sólo por ser magos. Quería explotar, pero no lo hizo porque era consciente de que ya le había hecho mucho daño a esa mujer y que no merecía que le faltara el respeto de esa forma. Así pues, se alisó una arruga inexistente de su chaqueta y se dispuso a marcharse.

-Creo que tengo que correr el riesgo.

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A Percy le hubiera gustado muchísimo ir a buscar a Audrey aquella misma noche para decirle la verdad, pero en cuanto lo pensó un poco llegó a la conclusión de que necesitaba encontrar una forma para sincerarse con ella. No podía soltárselo todo de buenas a primeras. Necesitaba tener delicadeza, encontrar las palabras adecuadas y, ante todo, no asustarla o hacerle creer que estaba tratando con un loco.

Pensarlo era mucho más fácil que hacerlo, por supuesto. Percy pasó toda la noche en vela, ensayando un discurso tras otro y sintiéndose torpe y estúpido al terminar todos y cada uno de ellos. Incluso se preguntó cómo hubiera abordado la misma Audrey todo ese asunto, llegando a la conclusión de que ella hubiera dicho algo así como "He pensado que podemos pasar este fin de semana en la playa. Por cierto, soy una bruja". Sí, ese era el estilo de Audrey.

Cuando llegó la mañana, Percy se sentía lo suficientemente nervioso como para no querer ir a verla, pero como había decidido que no retrasaría ni un día más ese asunto, se presentó en su casa muy temprano. Por desgracia, Audrey no estaba. Cillian le dijo que la habían llamado del hospital porque una compañera estaba enferma y tenía que cubrir su turno. Percy podría haber esperado hasta la tarde, hubiera sido lo mejor, pero algo le hizo ir a buscarla al trabajo. Seguramente un hospital no era el sitio adecuado para esa clase de confesiones, pero la ansiedad estaba pudiendo con él y quería terminar con todo cuanto antes.

Nunca había estado en un hospital muggle. Olía a desinfectante, el personal sanitario se paseaba por todos lados con sus uniformes azules y la gente iba a visitar a los enfermos con más o menos ánimo. Puesto que era sábado, el día estaba siendo bastante tranquilo y Percy esperaba poder dar con Audrey enseguida.

-¿Percy? ¿Qué estás haciendo aquí?

Bueno, sólo era Helen, pero también estaba bien. Conocía a esa chica porque de vez en cuando había salido con ellos por ahí, pero no tenían una relación demasiado estrecha. En realidad, a Percy solía costarle un montón hacerse amigo de la gente.

-Hola, Helen. Estaba buscando a Audrey.

-¿Por qué? ¿Ha pasado algo?

-No. Sólo quiero verla.

-¡Oh, vale!

Helen lo miró extrañada, como si no fuera normal que las enfermeras recibieran visitas, pero pronto le hizo un gesto para que lo siguiera y lo guió por los pasillos de aquel sitio. Realmente parecía un laberinto.

-Si no me equivoco, estará atendiendo a Sadie.

Después de torcer un par de veces aquí y allá, Helen le pidió que le esperara en el pasillo y asomó la cabeza detrás de una de las puertas cercanas. Quería asegurarse de que Sadie estaba presentable. No era que la pobrecilla se enterara de nada, pero no era adecuado que Percy la viera en una situación comprometida.

-Puedes pasar.

Percy inclinó la cabeza a modo de agradecimiento y entró a la habitación. Audrey tenía la mano colocada sobre la frente de una chica joven que yacía tumbada en la cama con los ojos fijos en el techo.

-¡Percy!

-Hola, Audrey.

Percy dio dos pasos adelante y Helen desapareció para volver a hacer lo que quisiera que hubiera estado haciendo antes de eso.

-¿Qué haces aquí?

-Fui a buscarte a casa, pero Cillian me ha dicho que habías tenido que venir a trabajar y, bueno, aquí estoy.

Percy se colocó las gafas sobre la nariz, sintiéndose bastante tonto de repente. La verdad era que su presencia allí no tenía mucho sentido, que debería haber esperado a tener un poco más de intimidad para hablar con ella.

-Tengo un montón de trabajo, Percy. Siento no poder quedarme contigo.

-¡Claro! Perdona. Yo no debí venir.

-No pasa nada, en serio –Audrey le sonrió y le dio un beso breve en los labios- ¿Te apetece que comamos juntos? La verdad es que la comida de la cafetería no es gran cosa, pero hay que probar de todo.

-Me parece bien.

-Perfecto entonces. –Audrey se acercó de nuevo a su paciente y alzó un poco su cuerpo. Percy se dio cuenta de que a pesar de tener los ojos abiertos estaba como muerta- ¿Me haces el favor de colocarle las almohadas? Creo que Sadie está un poco incómoda.

A pesar de que Percy pensaba que esa chica estaba totalmente incapacitada para sentir algo, se esforzó todo lo que pudo por cumplir con la petición de Audrey.

-¿Qué le pasa?

-Nadie lo sabe –La chica retiró un mechón de pelo del rostro de Sadie- Está en una especie de estado vegetativo, pero hasta hoy no sabemos los motivos.

-¡Oh! ¿Y puede oírnos?

-Me gusta pensar que sí. Paso mucho tiempo hablando con ella, así que espero no estar haciendo el ridículo.

Percy rió suavemente, pensando que sólo Audrey era capaz de decir algo como aquello. Miró de nuevo a Sadie y encontró estremecedoramente familiar el vacío de sus ojos. Juraría haberlo visto antes en otro sitio, pero no tenía muy claro dónde.

-Es como un cascarón vacío. Lamentablemente nadie es capaz de hacer nada por ella.

Percy se estremeció al oír lo del cascarón vacío y, al enfrentarse de nuevo a los ojos de Sadie, recordó dónde los había visto antes. En San Mungo.

-Tengo que irme. Nos vemos luego. ¿Vale?

El brujo apenas pudo afirmar con la cabeza. Siguió a Audrey al exterior de la habitación y después la vio alejarse por el pasillo para seguir con su trabajo. Se sintió momentáneamente fuera de lugar, sin saber muy bien dónde ir y pensando en lo que acababa de pasar con Sadie. Y por primera vez en todo el día dudó sobre la conveniencia de contarle la verdad a Audrey. Porque si le confesaba que era un mago tendría que hablarle también de todo lo malo y no estaba seguro de que ella fuera a soportar escuchar algo así.

Aún así, se reunió con ella para comer. Definitivamente el menú de la cafetería no tenía absolutamente nada que ver con el del restaurante italiano de la noche anterior, pero Audrey se comió su plato con absoluta ferocidad mientras comentaba cosas del trabajo. Percy la notó un poco nerviosa y supuso que era por lo de sus padres. Lamentablemente, no pudo decir nada para animarla porque él mismo estaba inquieto.

Fue entonces cuando aquel hombre hizo acto de presencia. Percy no lo había visto en su vida, pero por su forma de mirar a Audrey supo perfectamente quién era. La chica pareció un poco violenta ante su presencia, pero no le dedicó más de dos segundos de su atención. Aún así, Percy sintió el ramalazo amargo de los celos subiendo desde su estómago y quiso pegarle a alguien. Vale, no era la reacción más comedida del mundo, pero fue su reacción.

-¿Ese es David?

Audrey pareció descolocada por la pregunta, pero finalmente afirmó quedamente.

-No me digas que quieres que te lo presente.

-Creo que no hará falta, gracias.

Audrey notó su tensión y lo miró como si fuera un cachorrito abandonado.

-¡Oh, Percy! ¡Estás celoso!

Percy no supo que le molestó más, si la presencia de David o el tono condescendiente de Audrey.

-¿Qué? ¡Claro que no! No digas tonterías.

-¡Claro! Perdona. ¡Qué boba soy!

Era más que evidente que Audrey estaba siendo irónica. Se la veía bastante satisfecha con el hecho de que Percy estuviera celoso. Irritantemente satisfecha.

-Tampoco es como si tuviera motivos. ¿No? Sólo es un ex.

-Por supuesto. Ahora sólo te quiero a ti.

-¿Ahora?

-¿Quién sabe lo que puede pasar mañana?

-¡Audrey!

La idea de que esa chica pudiera dejar de quererle le resultó extrañamente dolorosa. Ella, por su parte, se rió de lo horrorizado que parecía y lo besó con cierta efusividad, como queriendo compensarle por el comentario.

-¡Eres tan mono!

-No sé por qué insistes en decir que soy mono.

-Pues porque lo eres –De pronto, Audrey miró el reloj y se puso en pie- Tengo que irme. ¿Te pasas esta noche por casa? La verdad es que me apetece que nos quedemos viendo pelis y comiendo palomitas. ¿Vale?

-Ya sabes que tú eres quién manda, Audrey.

-No me digas eso, me haces parecer una bruja.

Percy no tuvo tiempo de responder. Audrey volvió a besarlo y se fue prácticamente corriendo. Él se quedó allí unos minutos más, pensando en sus padres, en Sadie, en David y en lo bien que le sentaba a Audrey el azul.

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Percy quería contarle la verdad, pero no era fácil hablar cuando Audrey te arrojaba sobre la cama, te quitaba la corbata con un gesto poco elegante y te besaba hasta dejarte sin aliento. Quiso detenerla antes de que se sacara la camiseta por la cabeza y se lanzara a por sus pantalones, pero apenas tuvo tiempo de protestar antes de sentir sus uñas rasgando juguetonamente su pecho y su aliento travieso demasiado cerca de su entrepierna. Y en otras circunstancias no se hubiera quejado. De hecho, lo que más le apetecía era darle la vuelta a la tortilla y demostrar que él también sabía cómo llevar las riendas en el sexo, pero esa noche no. Esa noche tenían que hablar.

-Audrey –Se incorporó un poco, alejándose de ella un poco- Para.

Ella no se alegró demasiado por la petición, pero se detuvo, quedándose de rodillas frente a él, medio desnuda y con una carita de deseo que era irresistible.

-¿Te encuentras mal?

-No. Es sólo que tenemos que hablar. ¿Vale? –Audrey afirmó mansamente con la cabeza y dejó de mirarle como un animal carroñero- Y vístete, por favor.

-¿Tan irresistible soy? –Audrey serpenteó juguetonamente y le puso un dedo en el pecho, acariciándole- Porque podemos hablar después.

-Es mejor que sea ahora.

La verdad era que le hubiera apetecido posponerlo, volver a hacer el amor con ella antes de revelarle su secreto, arriesgándose a que toda su relación se fuera por la borda, pero tenía que hacerlo porque si seguía postergándolo era posible que se acobardara. Bastante habías dudas había tenido durante esa tarde como para echarse atrás ahora.

-Lo he estado pensando y creo que yo también te quiero.

Vale. Como confesión amorosa era una mierda. De hecho, Audrey alzó una ceja y pareció un poco confundida, pero no hizo ningún comentario mientras se ponía la camiseta y se sentaba a su lado, apoyada en el cabecero de la cama.

-Y por eso tienes que saber la verdad. No puedo quererte y engañarte al mismo tiempo. ¿Sabes?

-¿De qué hablas?

-Sé que va a ser difícil de entender, pero quiero que sepas que no te voy a mentir. Sólo escúchame e intenta abrir tu mente a otras posibilidades. Yo confío en que lo entiendas todo y tú sólo tienes que confiar en mí para que estoy salga bien.

-Percy, por favor…

Audrey era la viva imagen del desconcierto. Percy la encontró terriblemente guapa, con su pelo algo alborotado y sus ojos negros llenos de preguntas. Le acarició el rostro y suspiró, pensando en el terrible riesgo que estaba tomando.

-Eres la persona más especial que he conocido nunca. ¿Sabes? Me he enamorado de ti y ni siquiera sé cómo.

-¡Oh, Percy!

-No quisiera perderte. Me gustaría que esto que tenemos dure mucho tiempo, pero para que eso ocurra tienes que saberlo todo sobre mí.

-Sé lo suficiente…

-No, Audrey. No sabes nada. Te he ocultado muchas cosas, pero voy a contártelo todo ahora. ¡Por Dios! Ni siquiera te he contado la verdad sobre mi trabajo.

-¿No?

Percy suspiró y decidió dejarse de rodeos. Aquello no iba a ser fácil.

-No quiero que me interrumpas. Te diré la verdad y luego te lo demostraré.

Y dicho eso, pronunció las palabras que cambiarían la vida de ambos para siempre.

-Audrey. Soy un mago.

OoOoOoOoOoOoOoOoOoOoOoO

Era una locura. Cuando Percy le dijo que la quería, aquella noche en su casa, una semana antes, Audrey se había sentido un poco decepcionada porque, la verdad, esperaba una declaración un poco más elaborada, pero todo lo que había ocurrido después le había parecido una absoluta locura. Al principio, pensó que Percy iba a confesarle que estaba casado o algo parecido, pero lo de la magia no se lo había esperado en absoluto. ¡Cómo para imaginárselo siquiera!

Al principio, había pensado que a Percy se le había ido la cabeza. No era normal lo que le estaba diciendo. Todo eso de que existía un mundo paralelo del que no sabía nada, pero en el que vivía un montón de gente, que tenía sus tiendas, sus colegios, sus Ministerio, sus leyes y sus guerras. Percy había pasado toda la noche hablando, desgranando todos los detalles de su mundo, avasallándola, asustándola y dejándola absolutamente aterrorizada.

En su defensa debía decir que eso sólo fue al principio, cuando Percy hizo levitar todos los muebles de su habitación, demostrándole que no la estaba engañando en absoluto. Después, Audrey se había puesto un poco histérica y le había dicho que se fuera. Quería creer que era lo normal. Percy había obedecido sin protestar, diciéndole otra vez que la quería y pidiéndole que pensara en todo aquello porque no había motivos reales por los que tuvieran que separarse.

Y Audrey había pensado. Tanto que incluso se había pedido unos días libres en el trabajo porque estaba tan confundida que se veía incapaz de atender a la gente como era debido. Durante esa semana se había encerrado en su cuarto, se había inflado a comer helado de chocolate y había mantenido un buen número de conversaciones surrealistas con Cillian sobre lo que haría él si un día se enamorara de una extraterrestre y ésta le pidiera que se fuera a vivir con ella al otro lado del universo. Cillian había querido llamar a un médico y le había dicho que a veces el amor era lo más importante –algo sumamente extraño viniendo de él, todo había que decirlo.

Era plenamente consciente de lo difíciles que serían las cosas. Por un lado, el mundo mágico le parecía fascinante y por otro muy peligroso. Percy le había dicho que Sadie estaba enferma porque unas criaturas, los dementores, le habían absorbido el alma. ¿Cómo podía ser seguro un lugar en el que pasaban esas cosas? La primera idea de Audrey fue la de abandonarlo todo y no arriesgarse, pero entonces había comprendido que el mundo no mágico, su mundo, no estaba exento de problemas. Después de todo, en él también había guerras, crueldad y sufrimiento. Y en el mundo mágico también se podía ser feliz porque eso de la magia no sonaba mal del todo. ¿Verdad? Además, ella que siempre había creído en lo paranormal no podría estar más satisfecha ni queriendo. ¿Cierto?

Así pues, se limitó a pensar en Percy. Era un buen hombre. Honrado, distinguido, honesto y de gran fortaleza. Se divertía con él, se compenetraban perfectamente y le apetecía un montón pasar muchísimo tiempo con él. Toda su vida, incluso. Lo quería, estaba enamorada de él hasta los huesos y era capaz de aceptarlo tal y como era. Después de todo, él también la había aceptado a ella a pesar de sus diferencias y ninguno se merecía sufrir por algo tan nimio como la ausencia o no de magia. ¿Verdad? Por eso había aceptado su llamada del viernes por la noche y lo había invitado a venir a casa otra vez.

-Esto es muy raro, Percy –Le había dicho, apenas pudiendo creer que tuviera frente a sí a un mago de verdad- No sé qué hacer.

-Todo va a salir bien, te lo prometo.

Audrey le había creído. Le había besado cuando él volvió a decirle que la quería y habían pasado toda la noche juntos, hablando sobre los pros y los contras de su nueva situación. Porque Audrey quería seguir estando con él y necesitaba saber qué cosas podía o no podía hacer. Podía contarles la verdad a Cillian y a Stan, pero sería conveniente esperar un poco. No podía ir por ahí diciendo que estaba saliendo con un mago, eso desde luego. Y podía hacerle todas las preguntas que quisiera, pedirle que hiciera todos los trucos que supiera y besarle cada vez que le apeteciera. Las condiciones no estaban tan mal.

A pesar de que creía en todo lo que él le había dicho, Audrey necesitaba dar un paso más. Necesitaba introducirse en su mundo y a Percy no se le ocurrió otra idea más que invitarlo al cumpleaños de Harry que se celebraría ese sábado en La Madriguera. La ocasión perfecta para que ella conociera a su familia y para que su familia la conociera a ella.

Y allí estaban, parados en frente de esa casa retorcida que desafiaba toda ley de la gravedad y que era totalmente alucinante. Como alucinante había sido eso de la aparición. Un instante estabas en Londres, y al segundo siguiente en el campo, en lo que parecía ser un mundo aparte.

-¿Sabes qué, Percy? No estoy del todo segura de que esto sea una buena idea.

-Será divertido, ya verás. El mundo mágico te encantará.

-Me refiero a lo de conocer a tu familia. ¿Cinco hermanos?

Percy rió, sorprendido porque esa chica pudiera tenerle miedo a algo así. La abrazó con fuerza, aspiró el aroma de su cabello y le frotó los brazos.

-Te aseguro que ninguno de ellos será tan horrible como Cillian.

Audrey resopló y se quedó pegadita a él durante todo el tiempo que le fue posible. Se hubiera quedado muchísimo más, pero Percy se separó de ella, le alzó la cara para mirarla a los ojos y la besó.

-¿Vamos allá?

-¡Qué remedio!

Percy volvió a reír. Eso era algo que le resultaba inevitable cuando estaba con ella. La cogió de la mano, entrelazando sus dedos cuidadosamente, y la guió hacia La Madriguera.

Acababan de iniciar una nueva vida juntos y sólo podían esperar que durara mucho, mucho tiempo.

FIN

¡Oh! Ya se ha acabado. La verdad es que he tardado más tiempo del que pensaba en escribir esta historia, pero creo que he pasado unos meses un poco complicados en el trabajo y apenas he podido dedicarme a lo importante. De todas formas, espero que no se os haya hecho demasiado largo y que, ante todo, lo hayáis disfrutado. Yo me lo he pasado muy bien, la verdad. Tanto que ya estoy liada con otro Percy/ Audrey, aunque creo que no empezaré a publicar hasta que no lo tenga muchísimo más avanzado. Sólo diré que le daré un enfoque totalmente diferente y que cuento con vosotros para echarle un vistazo. No seáis malandrines y malandrinas, ¿eh?

Nada más. Agradecer a todos los que os habéis pasado por aquí, especialmente a aquellos que me habéis dejado un review. Un beso y un abrazo para todos y hasta la próxima.

¡Oh! ¡Y que España gane el Mundial! Lo digo ahora porque no creo que publique nada en estos días, así que tengo que desahogarme. Yo creo, eso sí, que no pasamos el cruce de octavos (no ganamos ni a Brasil, ni a Portugal ni a Costa de Marfil ni de coña), pero de esperanzas también se vive. Ya veis por dónde están mis ánimos :(. Habrá que apostar por Argentina o Inglaterra, que me caen bien, jeje.

Me dejo de rollos. Gracias otra vez y hasta pronto.

Cris Snape.