Entendimiento
Minato había sentido muchas cosas por Itachi en todo el tiempo que lo conocía.
Algunas de esas sensaciones habían sido fácilmente puestas en palabras como curiosidad por la primera vez que lo vio. Compañerismo cuando comenzaron a conocerse. Amistad con el paso de los años, al ser el pelinegro su único confidente. Admiración por su perspicaz inteligencia. Fascinación por ese misterioso carisma que poseía.
Hubo otras más que fue un poco más difícil de definir. La inexplicable envidia que lo consumía cuando Itachi se embelesaba atendiendo a su hermanito. Cosquilleantes nervios cuando se encontraban cerca y se miraban a los ojos. Emoción al estar a su lado y saberse receptor de la atención del pelilargo.
Atracción… esa había sido la más confusa de todas, porque en algún momento entendió que no era una atracción a la personalidad de su mejor amigo, entendió que estaba atraído a él. Que ya no le era suficiente estar a su lado, quería tocarlo y que Itachi lo tocara también.
Fue entonces que sintió deseo y actuando en base a ese deseo había buscado sus labios y exigido de ellos un beso que le concediera el permiso de buscar en ellos mucho más que amistad.
Y lo había conseguido.
Itachi y él ahora eran una pareja y lo habían sido por varios meses ya. Aunque su relación se mantuviera como el íntimo secreto para dos.
Ahora Minato se enfrentaba con un nuevo brote de sensaciones.
A sus 16 años ya no tenía problema para identificar lo que sentía, el problema era que no sabía cómo lidiar con ello. Con ese creciente placer que bien sabía que podía calificar como lujuria y excitación. Cada vez que estaba junto a Itachi ese deseo por tocarlo por rozar su piel y devorar sus labios era cada vez mayor.
-¡Minato! – La voz fuerte de Itachi le sacó de su ensimismamiento, levantó los ojos para ver a su novio frente a él con una ceja arqueada en curiosidad. Sonrió culpable.
-¿Qué te tenía tan distraído?
-Nada en especial, ¿nos vamos a clase? – murmuró restándole importancia y adelantando unos paso a Itachi.
El moreno lo miró alejarse un segundo. Al siguiente sus ojos se clavaron firmes en el trasero del rubio y suspiró.
Si tan solo Minato supiera de las imágenes tres equis que asaltaban su cabeza.
