De nuevo estaba allí…no notaba ni piernas, ni brazos, y mi visión estaba oscura. Sin embargo, a mi alrededor sólo había silencio, excepto por un contínuo pitido, que supuse era el de una máquina de frecuencia cardiaca. Al contrario que la última vez que visité indirectamente el hospital, ahora me sentía tumbada, y no estaba observando las cosas desde tercera persona. En ese instante, oí voces acercarse, y me límite a escuchar.

-Tiene numerosos ematomas en las piernas, pero no nos consta que los trajera de fuera, ni que se los causara el impacto. ¿Qué crees que está pasando? Tal vez se la esté cortando la sangre en ciertas zonas, debido al cierre de algunos vasos.

-Lo dudo. De todas maneras, ¿qué le vamos a decir a la familia? ¿Qué a su hija le aparecen ematomas por arte de magia? ¿Qué ha habido una perforación en la parte inferior de la rodilla que ha salido de la nada? No podemos hacer eso, tenemos que darles un justificante, porque podrían empezar a caernos cargos, vete tú a saber. Ya sabes la clase de gente que hay por ahí.

-Te comprendo, ¿pero qué narices podemos hacer?

-Tal vez sea mejor ocultarlo, por ahora, hasta que podamos dar un diagnóstico claro.

-Tal vez. ¿Hay algún familiar esperándo?

-Hay un hombre, que debe ser su padre.

-Bien, pues llámalo. Intentaré redactar un informe…lógico.

La parte de la conversación en la que dijeron que me habían aparecido ematomas no era nada nuevo para mí, las numerosas caídas, golpes, rasguños y rozaduras eran tan visibles aquí como en el otro mundo (como me había acostumbrado a llamarlo), sin embargo me impactó que mi madre no hubiese vuelto, a pesar de que supuestamente ya había pasado un día desde que tuve el accidente.

Tal vez me equivocaba, y en la realidad había pasado menos tiempo. Me repetí eso una y otra vez a mí misma, para intentar justificar por qué mi madre no había ido a verme.

Pasó un rato en el que dejé la mente en blanco, no quería pensar, sólo quería relajarme. Todo esto estaba empezando a poder conmigo. Yo siempre he sido una gallina, y siempre lo seré, torpe como ninguna y no muy dotada. No estoy preparada para este tipo de situaciones.

Solía ver con mi hermana películas de Tomb Raider, y me imaginaba que era Angelina Jolie, fuerte, guapa, valiente, ágil…pero yo no era ninguna de esas cosas. Había visto el asesinato más cruel que podría haber imaginado, estaba en un coma, y me arriesgaba a morir, o a no volver a ver jamás a mi familia.

Mi desesperación se transformó en cansancio, y de nuevo, la consciencia dejó mi mente.

Abrí los ojos lentamente. Estaba en una superficie blanda, y por un momento creí que era mi cama. Pero noté algo grueso y húmedo pasar por mi cara. Pensaba que era un paño o algo así, pero cuando abrí los ojos, me encontré con la lengua de uno de esos…bichos (por si no lo habéis notado, es así como llamo yo a los caballos).

Y creéme que estoy segura de que nunca hubiéseis podido oír un grito como ese. Ni Monserrát Caballé, ni el chaval de la caída de Edgar podrían haberme superado.

No estaba en nada parecido a una cama. Estaba en un montón de paja que también olía a mierda, por cierto, como mi ropa, y un bicho me estaba lavando la cara, pero yo consideraba que no tenía nada que agradecerle. Pero lo mejor fue lo que pasó después.

El caballo se dió la vuelta y…¡Sorpresa! El desayuno. Y en la cama. Una plasta enorme en todo el pelo ¿De qué me quejo? Pensé, intentando darle humor a la situación. Era ya la segunda vez que me llenaba de mierda.

Eché un vistazo a mi alrededor. Estaba en un establo. Gallinas correteaban por el suelo picando de aquí y de allí, también había burros y mulas. Yo estaba al final. Entraba poca luz, y olía fatal, pero en ese momento yo olía peor que el mismo establo, así que tampoco me quejaba demasiado.

Me estaba levantando cuando en ese preciso instante apareció Altaïr por la puerta. Me miró con disgusto.

-Estás cubierta de porquería –encima se quejaba. No sé cómo había llegado a ese establo, pero estaba segura de que él tenía algo que ver.

-¿Hola, servicio de habitaciones? Me ha cagado un caballo encima. Y los caballos no cagan rosas.

-Levántate – dijo, de mal humor, como siempre. Supuse que lo del día anterior había sido sólo un momento, hoy Altaïr volvía a estar en su línea –Al-Mualim quiere verte. Ya le he informado de que estás aquí, y te presentarás ante él después de haberte bañado, y vestido.

Dudo que quiera verte…así.

Decidí no hacer incapié de este comentario y crucé el establo hasta la puerta, donde estaba Altaïr. Al pasar a su lado, hizo una mueca de disgusto que me pareció muy divertida, tal vez por lo poco propia que era en él. Por un momento me olvidé de que tenía delante a un asesino tan eficaz, y me pareció tener delante a un niño. Me paré al lado suyo y me puse de frente a él.

-Dame un besito –dije, poniéndo "morritos".

-Por favor… –dijo, con un tono despectivo que tan sólo consiguió arrancarme una carcajada.

Salí al exterior para encontrarme en la plaza de la ciudad de Masyaf. A mano izquierda, tenía el camino que conducía al castillo, que quedaba algo lejos teniendo en cuenta que estaba en lo más bajo de la ciudad. En frente, las puertas de Masyaf se alzaban, y la gente se movía, entraba, y otros salían. Hay personas que se limitaban a estar en los bancos, sentados, pero conversaban, al contrario que en el juego, donde las personas de los bancos sirven solo para, incosncientemente, ocultarte.

Cuando me dí cuenta, Altaïr ya estaba subiendo la cuesta hacia Masyaf. Me apresuré a seguirle. La gente hacía muecas de disguto cuando pasaba al lado, en frente, o me acercaba un poco. Me miraban, algunos con repulsión, otros miraban a los pantalones, otros a la camiseta, otros hacían gestos de tristeza y algunos hasta echaban monedas cuando yo pasaba. ¡Era como Paris Hilton!

-Altaïr –llamé.

Nada.

-¡Altaïr!

-¿Mmm?

-¿Puedo hacerte una pregunta?

-No

-¿Por qué las puertas de Masyaf son de madera? ¿No tenéis miedo a que os invadan?

Pasó un rato, y el muy chulo no respondía. Decidí probar otra táctica.

-Si no me respondes, te doy un abrazo.

-Pues probarás mi acero –de verdad que intenté no reírme con esa frase.

-Pero el abrazo ya estará dado –insistí. Debí de cansarle mucho, porque al final me respondió.

-Masyaf consta de una posición que le otorga una defensa natural. Está en una zona elevada, lo que hace difícil su acceso en grandes masas. Los recursos naturales son una buena defensa en caso de invasión, y aún así, hemos sido entrenados desde pequeños para luchar, por lo que posiblemente uno de los nuestros pueda vencer a seis de los suyos, tal vez más. Excepto si es un novicio.

-Creía que tú eras un novicio –respondí. Una sonrisa maliciosa apareció en mi cara, pero se quitó de lleno cuando Altaïr me dirigió una de…las miradas. Aunque ya no me afectaba tanto, supongo que me estaba acostumbrando. Yo en retorno, le sonreí.

Hay algo que me ha pasado varias veces, y seguro que a ti más de una. Cuando conoces a alguien, y extiendes la mano para saludar de forma cordial, y el otro es lo suficiente borrego para no estrecharte su mano, tu cerebro recibe un shock, y por un momento, entra en un estado de confusión.

Pues eso fue exactamente lo que le pasó a Altaïr cuando le devolví una sonrisa a su mirada. Que fallaron sus engranajes. Pero su momento de poca lúcidez duró poco. Un asesino apareció en las puertas de Masyaf, era más grande que Altaïr, y bastante más corpulento.

-Pero mira quien se digna a aparecer –dijo el grandullón –la mano derecha de Al-Mualim. Apostaría a que no ha hecho más que silbarte, y ya estás dispuesto a recoger el palo, ¿no, Altaïr? ¿Y tu novia es esta puerca tan mona?

-No –respondí– es tu madre.

El corpulento asesino se puso rojo como un tomate y se abalanzó a mí, pero Altaïr puso un brazo delante mía y le sujetó, deteniéndole.

-Al-Mualim ha pedido verla, si le haces algo, te verás en serios problemas…amigo –le respondió Altaïr al oído, con un tono amenazante.

El otro asesino retrocedió. Nos miró del uno al otro, y siguió su camino.

-Nos veremos las caras, Altaïr –dijo ya a lo lejos –y ni yo seré tan benevolente, ni Al-Mualim estará aquí para protegerte.

Nosotros nos limitamos a seguir caminándo. A nuestra izquierda, los asesinos practicaban con la espada.

-¿Quién era ese? Menudo ímbecil.

-Abbas.

-¿Y es mejor que tú? Dijo que no sería tan…

-Valiente iluso.

-¿Sabes que eso que te hace se llama bulling? Es denunciable –me dí cuenta de la estúpidez que había dicho, A parte de que Altaïr era mayorcito para cuidarse, allí no había teléfono del menor. Ni defensor del menor. Joder, por no haber no había ni teléfono. No pude evitar reírme ante mis pensamientos. Altaïr sólo me miró, neutral como de costumbre, y siguió andando.

Cuando llegamos a Masyaf, me dejó con unas chicas que me lavaron y me vistieron. A algunas hasta les daban arcadas por el olor, pero no me molesté. Si hubiese sido yo, no hubiese podido soportarlo. Me peinaron trenza, y hasta me pintaron los ojos. No sé realmente con qué, y prefiero no saberlo. Luego me vistieron con camisetas y velos similares a los que ellas llevaban. También me cambiaron de ropa interior, pero no me pusieton sujetador.

Tampoco había mucho que sujetar.

En menos de diez minutos ya estaba fresca y liampia. No podía negar que estaba nerviosa, e incluso asustada. No sabía qué me esperaba. ¿Era Al-Mualim un hombre benevolente? ¿Era razonable? Yo sabía como era el personaje del videojuego, pero a lo largo de mi viaje había aprendido que eso ya no me servía para nada.

No sé como podría reaccionar el maestro de los asesinos frente a una chica de 16 años, que poco tenía que ofrecer. Me ejecutaría sin más, y todo acabaría allí. Si quería durar algunos días más, tenía que medir cuidadosamente mis palabras.

Las chicas me guíaron al jardín que había en la parte trasera del castillo. Jamás había visto un lugar tan bonito. Era el paraíso.

-Espera aquí –dijo una de las chicas –entrarás a ver al maestro cuando él lo ordene.

Decidí dar una vuelta, y perderme en el paisaje. Hacía eso muchas veces desde que entré en ese mundo. Nunca había visto cosas tan hermosas como las que estaba viendo allí, antes de que el hombre hiciese con el lugar donde yo vivía lo que había hecho, antes de los coches, de los móviles. Era precioso.

Nada más salir al jardín encontrabas césped verde, con un estanque en medio. Estaba separado de otra zona inferior mediante una valla, y se bajaba por dos caminos laterales, en esta zona había otra fuente. A los laterales había mesas y cojines, cubiertos por techo, y antorchas colgaban de la pared.

Pero lo realmente bello era la tercera y última zona, inferior a las dos anteriores, desde dónde se veían las montañas de Masyaf, en cuyo balle transcurría un río, y supuse que el Sol daba de frente, desde que salía, hasta que se ocultaba, haciéndo disfrutar al jardín de la belleza de todas las horas del día.

Frente a la barandilla, recostado a ella, se encontraba Altaïr, mirando al horizonte. No pude evitar sonreír, y me coloqué en silencio al lado suya. Pero antes de dar el primer paso, yo ya sabía que él había notado que yo estaba allí.

-¿Cómo es Al-Mualim? –pregunté, sin esperar realmente una respuesta. Con él las cosas siempre eran así, nunca podías esperar una respuesta, y si te la daba, debías sentirte privilegiado. Supongo que formaba parte de su enorme ego.

-Sensato –respondió, secamente.

Sensato. Me repetí yo. ¿Quiere eso decir que tengo una oportunidad de vivir? Decidí dejar de pensarlo y cambiar de tema, quería disfrutar de ese monento, de esa mañana tan preciosa, porque quizás jamás vería otra.

Había conocido a Altaïr, alguein que supuestamente, hubiese dado lo que fuera por conocer en mi mundo, aún sabiendo que no era real, y sólo me había encontrado con un hombre orgulloso y despectivo, y dudo que pudiese averiguar mucho más de él. Era humano, pero se empeñaba en ocultarlo, y lo conseguía. Y eso me daba bastante lástima. Y no por mí, sino por él.

Normalmente, la niña no callaba. Este silencio en ella era tan extraño como sobrecogedor. Incluso para mí, que considero paz al silencio. Pero, por extraño que parezca, empecé a pensar que quizá ella estaba mejor hablando que callando.

Porque al estar callada, había algo que desencajaba. Y a mí no me gustaba que las cosas desencajasen. ¿Acaso tenía miedo de Al-Mualim? ¿Pero era sensato no tenerlo? Lo dudo, ya que un hombre que había asesinado a cientos, con tan sólo alzar una ceja, podría apuñalar a una niña.

Pero yo ya me había dado cuenta de que esa niña era la más avispada de las mujeres que había conocido a lo largo de mi vida. Puesto que no había conocido muchas, pero las que había conocido, vivían para servir a los hombres.

Ella no tenía la belleza de las mujeres que había en los jardines, pero no estaba tan ciego como para no ver que poseía una inteligencia que se salía del rango respecto a las demás.

Tal vez pudiese haber sido interesante saber algo más de ella. Saber más sobre su país extranjero, o sobre sus extrañas palabras y hábitos.

En ese momento, un viento fuerte atizó del oeste. Olía a jazmín, posiblemente era el perfume que le habían echado las muchachas al vestirla. O tal vez era su olor. La miré de reojo. Al-Mualim la citaría pronto. Tal vez esta era la última vez que la vería.

Tal vez si la hubiese devuleto a la calle, su vida no correría peligro. Tal vez nunca debí traerla. Durante esos días, mis pensamientos estaban llenos de frases que sólo encerraban posibilidades. Tal vez si no me hubiese adelantado en el templo, Kadar seguiría vivo. Tal vez Malik estaría saltando y trepando conmigo. Tal vez yo conservaría mi rango.

No debía importarme la vida de esa niña, y tal vez no me importaba, pero no había podido evitar que se convirtiese en otro eslabón de la cadena de mis errores. Tal vez debería dejar de lamentarme. Tal vez debería darme cuenta de que el pasado no puede cambiarse. Tal vez debería comenzar a actúar. Tal vez podría cambiar las cosas. Sé que voy a cambiar las cosas.

En ese momento, un hermano apareció detrás nuestra.

-Altaïr –me llamó –Al-Mualim desea ver a la muchacha.

La niña me miró tristemente antes de darse la vuelta y seguir al otro asesino. Y mientras se alejaba, el olor a jazmín abandonaba mi olfato, y la misma frase resonaba una y otra vez en mi cabeza.

Voy a cambiar las cosas.