Assassin's Creed y sus personajes pertenecen a Ubisoft, por desgracia, yo no tengo a ninguno de ellos en mi casa. Aquí traigo el capítulo 9, y espero que lo disfrutéis, aunque no esté del todo contenta de como me ha quedado.
Entonces había llegado el momento de ver a Al-Mualim. Naturalmente, no tenía pensado nada de lo que le podía decir, puesto que tampoco sabía nada de lo que me iba a preguntar. Esperaba realmente que me diese tiempo de contestarle a algo.
Detrás mía ya quedaba Altaïr, sin ni siquiera una despedida decente. De todas maneras, él no debe de ser el tipo de las despedidas, por lo tanto, dudo que me hubiese perdido nada.
El asesino me guió hasta la salida del jardín y la entrada a la biblioteca de Masyaf, e hicimos ese tan familiar recorrido subiendo las escaleras y atravesando el piso de arriba de la biblioteca, hasta llegar a la mesa de Al-Mualim.
El maestro de los asesinos estaba de espaldas, mirando por la ventana y a su derecha, la jaula de las palomas, que en ese momento eran las únicas que emitían algún que otro sonido. Tal vez para Al-Mualim, las palomas no fuesen muy diferentes que sus asesinos, pájaros enjaulados, que manejaba a su antojo como títeres.
Despreciaba a ese hombre sin ni siquiera conocerle, por lo que ya venía sabiendo de él. En cambio, poco conocía de su carácter y personalidad. Con la única ventaja que contaba en ese momento, era con que él no conocía ni un ápice la mía.
Y sin ni siquiera darse la vuelta,el hombre cogió una paloma, y la enganchó un mensaje a una pata, antes de echarla al exterior, hacia su destino.
-Curiosos pájaros –dijo –a pesar de conocer cual es su destino y su penuria, fieles como la conciencia de un hombre, siempre regresan, y lo que es más importante, siempre llegan. Da igual lo que ocurra en el camino, y las tormentas que deban atravesar. Los animales no tienen nada que envidiar al hombre en ciertos aspectos.
Al-Mualim se dió la vuelta, encontrándome frente a frente con él. No tenía nada que yo ya no hubiera visto, las barbas, la capucha…en cambio, en lo que si me fijé más es en la ausencia de su ojo, antes desapercibida para mí.
-Entonces, por fin te conozco. Desde que recibí el mensaje de Jerusalén, he estado más que inquieto por ver a aquella que sabe más de lo que le han contado, ¿no es así? ¿Cuál es tu nombre?
-Blanca –respondí. Con suerte pude evitar que me fallara la voz por los nervios.
-¿Has estado siguiendo a mis asesinos? ¿O es que tienes alguna relación con ellos?
-No, señor. Antes de que los guardias me atacasen en Jerusalén, yo jamás había oído hablar de ellos –mentí. Rápidamente me dí cuenta de mi error, pues ahora tendría que explicar cómo sabía sus nombres, ya que esa era la razón por la que estaba allí. Estoy más jodida de lo que pensaba.
-¿Qué sabes de los Templarios? Tengo entendido que los mencionastes en la casa de asesinos, ¿verdad?
-Sé que son una orden de caballeros que protegen a los viajeros que llegan a Tierra Santa. Deconozco cualquier otra causa que les mueva –eso era lo que me habían enseñado en el instituto, y la verdad es que no sabía mucho más.
-¿Y de Malik y Altaïr? ¿Cómo es que conocías sus nombres?
Y aquí llegaba la pregunta trampa. En cierto modo, nunca había mencionado que supiese el nombre de Altaïr, por lo que no había problemas para evadir esa parte. Pero lo de Malik…
-Malik pasea de vez en cuando por Jerusalén, y habla con la gente. También compra artículos en el mercado. Y en cuanto a Altaïr, oí decir su nombre en la casa de asesinos mientras estaba un poco plof.
-¿Plof?
-Medio inconsciente.
Me pregunté si había metido en algún lío a Malik por haber contado esa mentira, pero a los asesinos se les dejaba hablar e investigar, ¿no? ¿Y si le mataban o castigaban por mi culpa? No se lo merecía, y esperaba realmente que no ocurriese.
-¿De dónde vienes? También tengo entendido que eres extranjera.
-Soy de Damasco –volví a mentir –viajaba con mi familia cuando atacaron a mis padres, y tube que terminar el viaje sola –no tenía ni idea de si ese hombre estaba creyendo alguna de mis mentiras. Tampoco tenia ni idea de que pudiera llegar a ser tan mentirosa. Supongo que es lo que hacen las situaciones extremas.
-Sea cierto o no lo que dices, me trae sin cuidado. No tenías nada que ofrecer, pero aún así me gusta que mis asesinos sean cautos. Mi curiosidad está saciada contigo, por lo que ya no me sirves para nada, pero no puedo dejarte ir, ya que me arriesgo a que delates nustra posición a otros bandos. Me temo que he de terminar tu vida.
No. ¿Era así como terminaba todo? No podré despedirme de mis padres. Ni de mi hermana. Ni de Rocío. Moriría sabiendo que mi madre ni siquiera se pasó a verme al hospital después de que me atropellase un maldito coche. Moriría sin haber tenido novio, sin haber disfrutado.
Al-Mualim ya había cogido la espada de la mesa, y la estaba observando, catándola con las manos.
Moriría sin conocer la PlayStation4. Moriría sin conocer lo suficiente bien a mi madre. Moriría sin decirle a mi hermana lo mucho que la admiro en realidad, y lo que me gustaría ser como ella. Moriría sin ni siquiera haberle podido sonreír a mi padre y haberle dado un beso, sin decirle que era la persona más maravillosa que había en el mundo. ¿Y sabéis que es lo que más me angustiaba?
Que la última imagen que verían de mí sería una niña tumbada en una cama de un hospital, conectada a diez aparatos, más pálida que un muerto y sin ser capaz de saber que estaban allí y sonreírles, para agradecerles todo lo que habían hecho por ella desde el día en que nació, y lo feliz que había sido con ellos.
Y yo no iba a permitir eso. Decidí poner en práctica la última opción que me quedaba. Sólo rezaba por que funcionase, de lo contrario, estaba perdida.
-¿Qué es eso que hay bajo el escritorio? ¿Ese jarrón?
Pareció que al maestro de los asesinos le comenzaban a brillar los ojos, con un brillo que había visto en más de una ocasión a otras personas. Avaricia.
Para ser completamente sincera, a pesar de despreciar a ese hombre por ese preciso motivo, la avaricia, le admiraba. Admiraba cómo consiguió engañar y controlar a hombres tan peligrosos a su antojo, y me parecía realmente curioso que un hombre aparentemente sensato, de los más sensatos de hecho, pudiera verse corrompido tan fácilmente por el poder. Era un hombre que inspiraba desprecio, miedo, curiosidad y respeto a la vez. Una combinación curiosa para una persona más que compleja.
-¿Qué hay en este jarrón que te atraiga más que lo demás?
-Llama la atención, pero no sé exactamente por qué.
Las cosas estaban saliendo según lo previsto.
-¿Puedo hacerle una pregunta, Al-Mualim? –dije, llevándo a cabo mi plan.
-Te lo permitiré.
-¿Cree usted que se deben cumplir las útimas voluntades?
-Lo creo –respondió –¿y cuál es esa última voluntad tuya?
-Quiero ver lo que hay dentro de ese jarrón –propuse. En realidad estaba aterrada de miedo, pero mi tono era neutral, casi como el del propio Altaïr. Sabía que Al-Mualim tenía en cuenta que el Fruto del Edén atraía a las personas, por lo que esperaba que el anciano hubiese atribuído mi interés por el jarrón a la atracción que hubiera debido sentir por el artefacto.
-Que así sea –respondió Al-Mualim, alzando el jarrón y colocándolo encima de la mesa.
Sabía perfectamente que dentro del jarrón estaba el Fruto del Edén. Pero tal vez si me pasaba lo mismo que les había pasado a los habitantes de Masyaf bajo el poder del artefacto, que perdía la capacidad de razonar por mí misma, que me limitaba a obedecer, sólo tal vez tubiese una oportunidad de salvarme, ya que Altaïr los liberaría, según la trama del juego. Y Al-Mualim sabía que yo perdería toda capacidad de razonamiento.
Y por eso accedió a enseñármelo, para él yo sólo sería otro perro fiel. Otra paloma a sus órdenes.
El anciano metió la mano dentro del jarrón, y sacó el ya familiar objeto, alzándolo delante mía. Simplemente lo mantubo, expectante de lo que ocurriese.
Yo esperaba perder la razón, pero para mi asombro, no pasó nada, y Mualim no pudo ocultar su pequeña sorpresa al ver que no me había afectado de ninguna manera. Supongo que yo tampoco pude evitar sorprenderme, pero lo oculté profesionalmente.
Quizá aún quedase una esperanza para mí, y sin necesidad de convertirme en un zombi descerebrado.
Y en ese momento, podía decir perfectamente que le había dado al viejo en toda la boca.
-Eso era todo lo que necesitaba –respondí –supongo que me he decepcionado. Mi curiosidad está saciada –dije, imitando su frase anterior.
Al-Mualim simplemente dejó el jarrón sobre el escritorio de nuevo, y se dió la vuelta, mirando por la ventana. El sol de mediodía era ardiente, pero no daba de frente, por lo que se observaba Masyaf desde esa ventana perfectamente.
-Peró de vez en cuando –comenzó a hablar el anciano, mirándo de nuevo a la jaula de palomas –encuentras una que nunca regresa. Una vez, envíe mi pichón favorito a Acre, pero nunca regresó. Por ese entonces yo era mucho más joven e imprudente, y mi impulso fue pensar que el pichón había muerto. Días después viajé a Acre a recopilar información sobre un mercader, y encontré a el pichón, al que distinguía por una mancha de tinta que derramé a propósito sobre su lomo. Y supe que el pichón había huído, había sido más listo que los demás –al mencionar la última parte giró la cabeza a la derecha para mirarme.
No sabía si bien tomarme esto como un cumplido, como una amenaza, o como un insulto. No creo que el hombre fuera nada parecido a infantil como para llamarme pichoncito. No pude evitar pensar en lo divertido que había sido ese pensamiento.
-Creo que no entiendo… –comencé.
-Te quedarás en Masyaf hasta nueva orden. Y más te vale no intentar escapar, porque te encontraremos. Siempre, no lo olvides. Y procura mantenerte viva hasta que desee verte de nuevo, me trae sin cuidado cómo lo hagas.
A pesar de que eso era una amenaza, yo no podía evitar sentirme extremadamente contenta. Mi idea había salido excesivamente mejor de lo que esperaba. No me había pasado nada frente al chisme ese, y lo que es mejor, estaría segura aquí hasta que despertase en mi mundo, si esque despertaba.
Me quité ese pensamiento de la cabeza inmediatamente.
-Puedes retirarte –dijo el anciano, mirándo por la ventana y perdido en sus pensamientos.
Bajé las escaleras mientras los demás asesinos me miraban, unos con asombro, otros con desconfianza, otros con mofa…por fin salí del castillo y me encontré en el patio interior de la fortaleza, en la otra cara de dónde estaba el jardín.
Conocía ya de sobra todo esto, y también podía distinguir el cerco donde los asesinos practicaban con la espada, y al pesado que le decía en el juego a Altaïr que sus alumnos no sabían como manejar la espada, y tenías que practicar aunque no te importase una mierda.
Me puse al lado de ese tío tan plasta, riéndome porque él no me conocía a mí, pero yo a él sí. Pareció notar mi presencia, porque dejó de vocearles a los novatos que estaban entrenando y se giró para mirarme a mí.
-¿Y tú quién eres? –preguntó el joven asesino.
-¿Yo? Nadie –respondí.
El hombre arqueó una ceja y yo sólo pude sonreír; estaba demasiado contenta para ocultarlo. Él a esto hizo un gesto de sorpresa para luego sonreír ligeramente.
-¿Viajas con mercaderes, extranjera? –preguntó el chico. La verdad es que cuando le miraba a la cara, era bastante mono.
-Bueno, se podría decir que sí. ¿Por qué gritas tanto a los novatos? Quiero decir, no luchan tan mal.
-Luchan realmente mal, y aunque no lo creas, para hacerlo como ellos lo hacen hacen falta años y años de práctica. Para luchar como luchan algunos de rango superior, directamente hace falta media vida.
-¿Y tú cuánto tiempo llevas luchando? –pregunté. No me importaba tanto la vida de ese hombre, pero me entretenía.
-Pues…llevo exactamente veintidos años. Y espero que me queden unos cuanto más. Oye, pásate por aquí de vez en cuando. Quizás, aunque seas mujer, puedas aprender algo.
-¡Eh! –Exclamé, enfadada –¿qué quieres decir con "aunque seas mujer"?
-No te sobresaltes tanto. Las mujeres se limitan a hacer tareas domésticas o al comercio, no a luchar.
Decidí no culparle por ese comentario. Al fin y al cabo, y por muy extraño que parezca ahora, había comprobado que en esa época la mujer se trataba como a un objeto.
-Está bien –dije, sonriéndo de nuevo –me pasaré de vez en cuando.
-La paz sea contigo –se despidió el hombre.
-Que la fuerza te acompañe.
A esto volvió a arquear una ceja.
En ese momento, Altaïr salió del castillo y se sitúo en frente nuestra.
-Altaïr –dijo el entrenador, maestro o lo que fuera eso –parece que mis alumnos no saben como se empuña una espada. ¿Te importaría enseñarles?
Rodé mis ojos inconsientemente. "Pesado" murmuré.
-Quizás en otro momento.
-Estás ocupado, lo entiendo.
¡Eh, un momento! ¡Esto no se podía hacer en el juego! Comencé a caminar junto a Altaïr por el camino que llevaba a la plaza.
-¿No quieres saber lo que me ha dicho tu querido Al-Mualim? –pregunté burlonamente.
-No –respondió de manera seca.
-Te lo contaré de todas maneras.
-Lo sé.
Y pasé el resto del camino contándole con todo detalle la conversación. No sé si debería habérselo contado precisamente a Altaïr, pero, ¿qué otra persona de confianza tenía allí? ¿El "entrenador pesado"? Altaïr mientras mantenía el gesto neutral que tenía siempre.
-Por un momento pensaba que me iba a matar, de verdad. Me he asustado no lo ha hecho al ver que…–decidí no continúar por ahí, ya que nadie debía saber que yo sabía qué podía hacer el "cachibache" del Edén..
-¿Y sabes que tengo que vivir aquí? No sé donde quedarme... -Sabía perfectamente que para Ataïr solo sería una molestia, y que me dejaría a mi suerte, pero en esos momentos lo único que me importaba era agarrarme a cualquier cosa que me mantubiera con vida el mayor tiempo posible.
Alltaïr se limitaba a seguir andando. No creo que estubiese enfadado conmigo, yo no le había hecho nada. ¿Tanto le molestaba tener que verme de vez en cuando? Si seguro que no pasaba casi por allí. Aún así, me apenaba de alguna manera que en todo este tiempo no hubiese cogido la suficiente confianza conmigo como para hablarme, o importarle algo lo que me pasara.
Pero una vez más, era Altaïr de quien estábamos hablando. Tampoco me podía esperar mucho. Sin darme cuenta me había detenido, y él ya iba a dos metros por delante mía.
-Me llamo Blanca –dije, casi gritándo. Altaïr frenó en seco. Y otra vez lo noté. Un cambio.
-Blanca –dijo él, sin darse la vuelta para mirarme. Mi nombre parecía serio y gris cuando él lo pronunciaba.
–Hay que cambiarte las vendas.
Miré a mi pierna y ví que la venda estaba roja. Al lavarme debían de haber abierto la herida. Sonreí inconscientemente y Altaïr reanudó su marcha, con su mirada neutral y su paso decidido. Yo le seguí a un metro por detrás.
Siempre iría a un metro por detrás suya.
Pues ya el capítulo 9. Aunque no lo parezca, esto se acerca a su final xD
Leed y comentad, y espero que lo esteís disfrutando ^^ Muchísimas gracias a mis lectores
