Este es el último capítulo. Assassin's creed no me pertenece, ni sus personajes, de verdad xD. Que lo disfrutéis mucho
XIII
Cabalgábamos hacia Masyaf. El cielo estaba oscuro, y parecía que iba a llover. Qué extraño, como en una de esas películas malas, cuando las cosas van mal, el cielo se nubla y llueve. No eran muchos hombres, pero los suficientes para superar dos docenas.
Había perdido completamente la noción del tiempo, y no podía saber en qué momento del día estábamos ya que unas pesadas y oscuras nubes cubrían el cielo. Malik iba a mi espalda, dirigiéndo el caballo. Podría haberme pasado lo que me pasó con Altaïr la primera vez que fui a caballo, que caí redonda. Pero no tenía tiempo de pensar en esas cosas cuando mi vida estaba en juego. Y la de Altaïr, y la de Malik.
No tardamos mucho en llegar teniendo en cuenta a la velocidad que íbamos. En la puerta, estaban los dos hombres que normalmente hacían la guardia en las puertas de Masyaf.
Uno de los hombres que iba con nosotros desmontó el caballo para hablar con él(con el guarda, no con el caballo). Nosotros permanecimos detrás, expectantes. El guarda tenía la mirada perdida, de frente, y parecía no parpadear.
-¿Qué está pasando? –preguntó nuestro hombre.
-Él sabe la verdad –respondió el guarda, como si de un sonámbulo se tratase –él nos ha iluminado.
Todos los que permanecíamos subidos en los caballos nos miramos de unos a otros. Menos yo, ya que sabía perfectamente lo que estaba pasando allí. De pronto, el guarda desenbainó la espada, y para la sorpresa de todos, atacó al hombre de los nuestros que le había preguntado, hiriéndole del costado. Todos los asesinos que nos acompañaban bajaron rápidamente del caballo, y bastó uno de ellos para despachar a los dos guardas, ya que el otro se había unido a la pelea. Una vez estaban los dos muertos, atravesamos a pie las puertas de Masyaf.
Masyaf estaba completamente desierto. Los transitados caminos que había estado recorriendo apenas un día atrás habían desaparecido, dando paso a calles vacías, sin vida, negras.
-¿Dónde estará todo el mundo? –preguntó Malik –deberíamos ir a ver a Al-Mualim, y exigirle…
-¡No! –agarré fuertemente del brazo a mi amigo –si vas, significaría una muerte segura para ti. Ya leíste antes lo que el cachibache que tiene puede hacer. Si hay uno que puede hacerlo, creo que sabes perfectamente quién es. –No quería menospreciar a Malik para nada, pero sabía que era Altaïr quien debía acabar con Al-Mualim, si es que lo conseguía.
Malik solo me miró por un momento. Es un hombre testarudo, pensé, pero aún así, no podía dejarle ir bajo ningún concepto. Al fin, al cabo del rato suspiró, y habló.
-Está bien –dijo –esperaremos aquí, ya que no sabemos lo que nos espera arriba. Pero no podemos escondernos siempre.
Esperamos en un saliente que llevaba directamente al castillo de Masyaf. Los hombres estaban nerviosos y ninguno de ellos decía ni una palabra, Malik estaba pensativo, y yo estaba preocupada. Pasamos así varios momentos hasta que oímos forcejeos y el choque de espadas, y cuando miramos, ahí estaba Altaïr, luchando con los guardias que le impedían el paso a la fortaleza. Estaba perdiendo, eran demasiados y muy buenos. Así que arrojé una piedra a uno de ellos que le dió en la cabeza y cayó al suelo. Si no estaba muerto, cerca le andaba.
Los que me acompañaban me miraron extrañados, pero luego comenzaron a repetir la misma acción. En pocos segundos, todos los guardias estaban en el suelo, y Altaïr corría a nuestro encuentro.
-¡Altaïr! –grité, agarrándole de las mangas –¿has matado al calvo? –logicamente, la respuesta era obvia. Altaïr se limitó a asentir con esa pequeña sonrisilla que tanto le costaba sacar de vez en cuando, pero que me encantaba.
Malik se puso en frente de Altaïr, y yo me eché a un lado para no esta en medio.
-Altaïr, llevabas razón. Investigamos, como tú me dijiste, y fuimos al templo de Salomón haber si podíamos encontrar algo. Por lo visto, Al-Mualim estuvo allí después de la misión, y dejó caer su diario. La verdad me dolió, pero me abrió los ojos. Siento haber dudado de ti, hermano.
-No pasa nada, Malik.
-Pero no podemos quedarnos parados. Mi brazo aún es fuerte, y mis hombres fieles.
-Cubrid las filas, y dejarme el paso libre haciala fortaleza. Pero intentad no hacer daño a nadie, ya que no son ellos mismos. Siguen siendo nuestros hermanos.
-Lo sé –replicó Malik, apesadumbrado.
-Bien –dijo Altaïr –es hora de que termine con esto, de una vez por todas.
-La paz sea contigo, hermano. Ten cuidado –se despidió Malik.
-Lo tendré –respondió Altaïr.
Malik volvió con sus hombres, y Altaïr se giró hacia mí.
-Ve con ellos –dijo –a partir de aquí es peligroso. Seguiré yo solo.
-¡No pienso quedarme aquí! ¡Iré contigo! –le respondí.
-Si vienes, es muy posible que mueras.
-¿Qué más dá? ¡Si puedo ayudarte, eso sería una ventaja para tí!
-No pienso dejar que mueras por mi culpa –ante eso, se hizo el silencio. ¿De verdad había dicho eso Altaïr? –No voy a ser responsable de más desgracias. No voy a ser responsable de más muertes. No voy a ser responsable…de más vidas –me puso las manos en los hombros –debo ir solo, y enfrentarme solo a lo que yo he causado.
-¿Y morir solo? ¿También quieres morir solo?
Altaïr premaneció en silencio. Estiré mis manos y las coloqué en su cara, retirándole la capucha. Jamás pensé quee podría tener el placer de ver a Altaïr sin capucha. Por un momento la respiración se me cortó al verle la cara completa. Su pelo era castaño, como siempre imaginé que era.
Sus ojos eran del color de la miel, pero algo grisáceos. Me estremecí al pensar que estaba tocando la cara del hombre que jamás podría alcanzar. Y sonreí tristemente.
Él levantó sus manos, y las posó sobre las mías, retirándolas, pero manteniendo el lazo que unían nuestros dedos.
-No estoy solo –respondió con una ligera sonrisa. Sus ojos emitían un calor que jamás imaginé que vería en Altaïr. Y comenzó a alejarse. Mis manos rozaron las suyas hasta el momento en el que solo las yemas de nuestros dedos se tocaron, y cuando perdieron el contacto fue cuando Altaïr se dió la vuelta y comenzó a subir el camino que llevaba hasta la fortaleza. Hacia el desenlace.
Miré a Malik. Él y sus hombres estaban ocupados en detener a la gente que quería seguir a Altaïr hasta el castillo. Por desgracia para ellos, hubo una persona a la que no pudieron detener.
A mí.
Corrí y corrí, subiendo la cuesta y atravesando las puertas de las murallas de la fortaleza. Frente a la puerta del castillo, un montón de gente se aglomeraba, todos mirándome, silenciosos, esperando. Por un momento sentí como un pánico extraño se apoderaba de mí. Me miraban sin parpadear, en silencio. Al fin vencí mi miedo, y comencé a acercarme con cautela. Para mi sorpresa, la gente ni se inmutó. Me fui colando entre ellos, apartándolos en silencio, con miedo a romper la calma. Entré dentro de castillo, y me dirigí hacia el jardín que días atrás me había parecido el mismísimo paraíso. El Jardin del Edén. Que ironía.
En medio estaba Altaïr, que por lo visto acababa de llegar también.
-¡Altaïr! –llamé.
-!¿Qué demonios haces aquí?¡ –gritó, enfadado.
En ese momento, la puerta del jardín por donde había entrado se cerró, dejándonos acorralados.
Intenté avanzar hasta donde estaba Altaïr, pero no tuve mucho éxito. Cuando iba a mitad de camino, algo comenzó a oprimirme las piernas, y me empecé a asustar de verdad. No podía mover ni brazos ni piernas.
-¡Altaïr, cuídado! –grité. Cuando Altaïr corría hacia mí para ayudarme, pareció ocurrirle lo mismo. Algo nos alzó a unos cuantos centímetros sobre el suelo.
-Habeis venido –dijo una voz por encima nuestra. Al-Mualim. El viejo de la montaña estaba subido en el balcón que había encima de las puertas del jardín, que momentos atrás se habían cerrado desde dentro.
-No me esperaba menos, Altaïr.
-¿Qué me has hecho? –gritó el asesino, preso, colgado en forma de cruz, pero en una cruz inexistente.
-Mira –el viejo alzó lo que conocía como la Manzana –contempla, Altaïr, lo que causó que un simple exclavo pudiera partir en dos los mares para cruzarlos, contempla lo que hizo que un simple hombre pudiera multiplicar un sólo pan. La explicación a todo.
-¿Y qué les ha hecho a los demás? ¿Y por qué no me lo hiciste a mí?
-Yo prometo, y ellos escuchan. Contigo lo intenté, pero pareció no tener efecto. De todas formas, no me hubiese servido de nada que hubieras perdido la voluntad de hacer, pues hubieses dejado de ser tú mismo, y los demás líderes templarios no estarían muertos.
-¿Y por qué les mataste? ¿Por qué les traicionaste a ellos? ¿Por qué nos has traicionado a nosotros?
-Nunca me gustó compartir. Altaïr, no te das cuenta de lo que tengo en mis manos. Juntos podríamos cambiar el mundo. Conseguir el propósito que nuestra hermandad siempre ha buscado. No tiene por qué ser así.
-Eso no va a ocurrir –respondió el otro.
-O estas conmigo, o estás contra mí. Has tomado tu decisión. Has sido un buen alumno. Te echaré de menos, Altaïr –Al-Mualim alzó su espada, dispuesto a matar a su mas fiel asesino.
-¡No! –grité.
-Por un momento, me había olvidado de ti –replicó el anciano, dirigiéndose a mí– Valerosa, sin duda. Insensata, también –comenzó a acercarse a mí.
-¡Déjala! –gritó Altaïr –¡esto no tiene nada que ver con ella!
-Yo creo que sí que tiene que ver, más de lo que pensaba…– respondió Al-Mualim, sin dejar de caminar hacia donde yo estaba. –¿Crees que no me lo mostró? –preguntó retóricamente, mirando de nuevo al fruto del Edén, que ahora resplandecía fuertemente ante mis ojos. Era…hermoso –sé quién eres. Causante de un desorden natural, culpable de la rotura de la coordinación. Mientes bien, he de admitirlo –Altaïr sólo me miraba en silencio, extrañado –pero a mí no me puedes engañar. No importa. Morirás junto a él, si tan fuerte es el vínculo que os une.
Al-Mualim alzó su espada, esta vez en frente mía, y estaba segura de que este era el final.
-Adiós, pájaro descarriado, al final no fuiste más lista que los demás.
-¡No! –volvió a gritar Altaïr –¡Lucha conmigo! ¿Acaso tienes miedo?
-¿Miedo? ¡Me he enfrentado a cientos mejores que tú! –dijo, dirigiendo su espada a Altaïr de nuevo.
-Entonces lucha, sin trucos, sin tretas, sin trampas.
-Como desees.
Alataïr pareció volver a recuperar su capacidad de movimiento, pues cayó al suelo mientras yo me encontraba suspendida en el aire, y comenzó a pelear con su maestro. A pesar de estar asustada como el diablo, me emocioné un poco. Parecía una pelea de Star Wars, alumno contra maestro. Me golpeé mentalmente avergonzada de por dónde iban mis pensamientos, y decidí ayudar.
-¡Cuídado, Altaïr, detrás tuya! –el asesino consiguió esquivar a tiempo el derechazo de su maestro y contraatacar, tirándole al suelo. En el momento en el que se desequilibró, pude comenzar a moverme de nuevo. Pero el viejo desapareció.
-¡Búscale Altaïr! ¡Lo más seguro es que esté más abajo!
El asesinó me obedeció, y como no, yo le seguí. Allí esperaba de nuevo Al-Mualim. Sus espadas conectaron unas cuantas de veces, hasta que el viejo desapareció de nuevo.
-¡Arriba, Altaïr, en las puertas!
Subimos otra vez, de nuevo hacia donde estaba Al-Mualim. Y entonces ocurrió algo extraordinario ante mis ojos. ¡El viejo se multiplicó! Para mi sorpresa, aparecieron cuatro más a cada lado del auténtico Al-Mualim, que nada más empezaron los clones a moverse, quedó perdido completamente, y era imposible diferenciarle de los demás.
A mí me atacaban cuando me metía en medio, pero su atención se centraba principalmente en Altaïr, que era justo la causa por la que yo me metía en medio, para distraerles. Era como un carrousel. Cada vez que uno se lanzaba hacia mí, lo esquivaba y huía hacia otro lado, hasta que volvía a atacar a Altaïr, que se los iba despachando a todos.
Al final, cuando sólo quedaban cuatro, los tres desaparecieron, dejando al descubierto al verdadero Al-Mualim.
Pero el viejo tenía preparada otra sorpresa para nosotros. Ante nuestros ojos, apaarecieron nueve hombres, todos de un pálido sobrenatural, y unas ojeras horriblemente profundas y marcadas.
-¡Ah! ¡Son zombis! –exclamé, sobresaltada.
No creo que Altaïr supiese el significado de esa palabra, pero por la seriedad de su expresión, parecía hacerse la idea. En un segundo, todos los hombres habían cargado contra nosotros. Altaïr me apartó a un lado con el brazo antes de que lograsen abalanzarse sobre mí, y casi me caigo al suelo. Menudo bestia.
No me acordaba del nombre de todos los que estaban luchando con Altaïr, pero sí de su aspecto. Daban escalofríos al mirarlos.
Altaïr luchaba muy bien, y daba gusto verle cargárselos uno a uno. Hasta que sólo quedaban dos. Uno era Robert de Sablé, pálido como un muerto el pobre. El otro, un ricachón de Acre del que no me acuerdo del nombre.
Altaïr estaba lichando con el rico de Acre, pero no se dió cuenta como el otro…ser se le acercaba por detrás, con la intención de matarle.
La verdad es que no pensé mucho lo que hice en ese momento, pero cuando quise darme cuenta, sentí una punzada tremenda en las costillas. Me había puesto en medio. Miré hacia abajo, y sentí como un gran peso se posaba sobre mis hombros al observar que el zombi me había clavado la espada en una zona…bastante mala. Las costillas. El pulmón.
Terminé con el hombre de Acre, al que había matado pocos días atrás, y sentí un gran alivio. Al hacerlo, supe que había vuelto a poner en orden el curso natural de las cosas, ya que lo que ví no eran ni más ni menos que hombres ya muertos.
Pero el alivio duró poco cuando sentí un peso apoyado sobre mi espalda. Me dí la vuelta, y me encontré a la niña que tantos quebraderos de cabeza me había dado durante los últimos días. Pero también la causante de que me sintiera más humano de lo que jamás pensé que podría llegar a ser.
Uno de los muertos le había clavado la hoja de su espada, y chorreaba sangre. Me dí la vuelta rapidamente y en silencio, por miedo a que el viejo pudiera oírme y venir, entonces la tendría que dejar a su suerte. "¿Qué has hecho?" Repetía yo una y otra vez, mientras la dejaba en el suelo.
-Yo…quería…él…te iba a matar…
En ese momento, el viejo apareción detrás mía. Y empezó a crecer en mí una rabia que no sabía que había estado acumilando. Le deseé la muerte como nunca se la había deseado a ningún hombre.
-¡Bastardo! –grité, antes de embestirle. Al-Mualim ya estaba muy debilitado de la lucha, que se estaba prolongando demasiado. El anciano luchaba más torpemente, pero tenía la fuerza suficiente para atacarme. Y lo hizo. Nuestras espadas chocaron unas cuantas veces más, y en un intento más desesperado me atacó. Bloqueé el atace, y ví mi oportunidad para contraatacar.
Dos golpes, y el anciano había caído al suelo. Y ese, ese fue mi momento. Abrí completamente la mano, mostrando mi hoja oculta, y me lancé a su cuello, hundiéndola en la carne, con rabia, pero elegantemente a la vez. El hombre cayó, y el artefacto del demonio rodó hacia donde estaba Blanca tendida, mirándome.
-¡No! –Dijo ya en el suelo –¡El alumno no puede superar al maestro!
Es posible que en otras ocasiones me hubiese quedado a escuchar las penurias y confesiones del anciano. Pero en ese momento, corrí hacia donde estaba la chica, a la que cada vez le costaba más respirar.
-¿Qué coño pasa? Se está accelerando el pulso. ¡Llama al equipo!
En un momento, un grupo de cirujanos había acudido donde la paciente estaba.
-¡Rápido, el medidor! ¡Tranquilizantes!
-Joder, ¿de dónde chorrea la sangre?
Uno de los médicos levantó el camisón, y todos presenciaron como había aparecido un enorme agujero donde estaban las costillas, en cuyo interior estaban los pulmones.
-¡Joder, no tenemos mucho tiempo, hay que darla puntos!
-Pero entonces la desconectaremos las sondas del electrocardio…
-¡Da igual! –el medico observó como la herida sangraba mientras se ponía los guantes –Santo cielo –dijo –¿es esto obra de Dios?
-El pulso se está deteniendo. No tiene suficiente oxígeno, la va a dar un derrame.
-Pero podemos intentar coserla.
-Y lo haremos, pero es cuestión de tiempo. Sólo queda esperar.
Y allí estaba. Supongo que he sido demasiado inmadura como para darme cuenta de que me enfrentaba a la muerte. Y no literalmente, me refiero a mi propia muerte. O es que he actúado por impulso. Quería ayudar a Altaïr. Supongo que he llegado a quererle demasiado, ¿no?
Estaba en uno de esos momentos en lo que sabes que cada segundo cuenta. Como cuando mi padre me llevaba al parque de atracciones de pequeña, disfrutaba al máximo de cada momento, porque sabía que lo bueno se iba a terminar, y no volveríamos a ir en muchos años. De hecho, no habíamos vuelto a ir. Supongo que ya no podremos.
Noté como una lágrima resbala por mi mejilla. Esperaba que mi madre hubiese ido a verme al hospital. Jamás conocí a mi madre como quería haberla conocido, y apenas pasaba tiempo con ella. Aunque me acuerdo que cuando había tormenta, yo tenía un miedo horrible a los truenos. Ella se sentaba al lado de la ventana, y me sentaba en su regazo, y juntas observábamos los truenos. Y el miedo se iba. Habría visto con ella muchas más tormentas si hubiese llegado a saber que todo iba a durar tan poco.
Y mi hermana, Sofía, la alta, la guapa, a la que todos hacían caso. Me dí cuenta de lo infantil que había sido todo el tiempo pensando esas tonterías, y recordé las tardes que pasaba ella pintándome y poniendome guapa en casa, mientras yo me negaba, y era antipática con ella, sólo por envidia. Ya jamás podría volver a maquillarme, y jamás conoceria a ese novio tan majo que según ella yo iba a encontrar algún día.
Empecé a llorar como una magdalena, pero bueno, no pasaba nada porque en ese momento llegó Altaïr para socorrerme. No pude evitar reírme un poco debido a mis pensamientos.
Altaïr me agarró de la cabeza, dejándome apoyarla sobre su brazo. Me dolía un montón, extrañamente. Había tres segundos de pausa entre cada respiración que intentaba soltar por la boca.
Altaïr me apartó el pelo de la cara, mojado por las lágrimas, y me sonrió. Una sonrisa como las que jamás había visto en su cara, sincera, abierta, cálida. Y no pude evitar devolvérsela.
Pero entonces me entró un ataque de tos, y se me oprimió el pecho aún más. Miré el preocupado rostro de Altaïr. Sonreí de nuevo, y alcé una mano, para tocarle la cara. Para mi sorpresa, él se retiró la capucha, y me dejó ver su rostro de nuevo. Parecía que se hacía una idea de cuanto me gustaba.
-Altaïr…–conseguí musitar.
-Blanca –respondió, su mirada neutral algo rota, sus ojos humedecidos.
-No…no mueras…no mueras solo…
Altaïr sonrió tristemente.
-No estoy solo – respondió.
Entonces alcé el otro brazo, entrelazando los dedos detrás de su cuello, y le acerqué a mí. Él no puso objeción. Y pasó algo maravilloso. Sus labios se posaron sobre los míos. Eran ásperos, pero yo me podía haber pasado así toda mi vida. Toda mi otra vida, y todo el tiempo que hubiese durado la Tierra en pie. Y en ese preciso instante, me dí cuenta de que ya no era una niña. Al igual que me dí cuenta de que era un poco tarde para descubrirlo.
Retiré a Altaïr, ya que me estaba quedando sin oxígeno. No había sido un beso apasionado de los de película, pero yo había sentido que el tiempo se paraba, y que el mundo era mío. Siempre os he dicho que soy las cosas más simples podían hacerme la persona más feliz. Y eso no había sido para nada simple.
-Se acabó, llama a los familiares, que se despidan de la pobre chavala.
-Vale.
La primera en entrar en la sala fue una mujer alta, castaña "mi Blanca, mi Blanquita" repetía. "¿Qué te han hecho?" Decía mientras miraba los tubos a los que la chica estaba conectada y lloraba. Luego la siguió un hombre, su una vez simpática cara marcada con ojeras, pálida y delgada, que rompió a llorar nada más ver a la criatura.
Y por último, una muchacha de unos dieciocho años, a la que todos los médicos miraban, alta, y guapa, la pintura de sus ojos extendida por sus mejillas de las lágrimas.
-Te he cogido el móvil, enana –dijo la chica mayor, entre lágrimas –quería que supieses la de veces que ha llamado tu amiga Rocío, pregunando que cuándo te ibas a recuperar. ¿Qué la voy a decir ahora, Blanquita? –preguntó, como si la niña pudiera oírla, acariciándola el pelo –¿qué vamos a hacer sin tí, Blanquita?
Los familiares lloraron destrozados alrededor de la cama mientras el pitido de la máquina de tensión cardiaca iba haciendose más leve, más pausado.
Y aquí estoy. Ya penas puedo respirar, pero siento que no me preocupa tanto como debería. Solo espero lo que no puedo evitar. No siento miedo, pero estoy triste, triste por perderme todas las cosas que e debería haber vivido. Ya hay al menos cuatro segundos entre respiración y respiración. Ojalá hubiese podido contar a Altaïr–que no deja de acariciarme el pelo–toda la verdad. Sobre quien soy, de donde vengo.
No ha podido ser. De todas maneras no me hubiese creído o hubiese pasado de mi. Altaïr es así. Ya estoy dejando de respirar. Me pesan los párpados. No puedo evitar llorar. Es raro.
En este momento, llegan Malik, y sus hombres. Los hombres que le acompañan se han quedado contemplando el fruto del Edén, pero Malik está a mi lado.
-¿Qué ha pasado? –su rostro es una mezcla entrepreocupación y tristeza.
-Iba a morir –habla Altaïr –y ella me protegió.
Malik se ha agachado, como en shock, y me mira. Yo le devuelvo la mirada, y con las pocas fuerzas que me quedan le sonrío lo mejor que puedo.
-¿Estás…estás orgulloso…de mí? –pregunto, con una voz que me cuesta reconocer como mía. Los ojos de Malik se han abierto de par en par, humedeciéndose. Luego solo queda la tristeza, y una sonrisa leve cruza su rostro.
-Ni te lo imaginas –dice, sonriéndo –Ni te lo imaginas –repite.
Y entonces siento como los párpados me pesan, se cierran. Y noto como me ahogo, la peor muerte que existe, según dicen. Pero no tengo miedo. Espero.
Oigo un pitido lejano, cada vez más lento. Oigo como se apaga, como se hace cada vez más distante.
Pero ya no tengo miedo.
No estaba precisamente animada cuando escribí esto, y ya hace algún tiempo, pero no se me dan muy bien los finales felices. Por cierto, hay epílogo, por si te quedas con hambre xD un saludo a mis lectores. Espero que os haya gustado esta historia tanto como me ha gustado a mí escribirla. Un saludo.
