Bus I


Bella POV

Cariño, no debiste de haber viajado si te encontrabas tan mal de salud –me reprochaba la señora Mary.

Es mi primera semana de trabajo, señora Mary, si me ausento o presento licencia médica, lo más probable es que me despidan inmediatamente –contesté, con algo de tos.

Pero la salud es lo primero en la vida, imagínate que después empeores, un resfrío mal cuidado se puede convertir en neumonía.

¿Se siente bien la señorita? –escuché que preguntaban de unos asientos más adelantes que el mío. El bus dobló en una curva y cuando siguió su camino recto, un joven de unos veinticuatro años se acercó hacia mí.

Hum… sí, estoy bien, gracias –respondí avergonzada. Era realmente bello. No sé cómo no le había visto cuando me subí al bus en el paradero.

Mentira Eddie, Bella está con un resfrío de los mil demonios, y no se lo ha tratado aun.

El chico apodado Eddie, dibujó una sonrisa ladeada que me hizo ruborizar mucho más, si era posible.

Mi nombre es Edward Masen, mucho gusto –se presentó, al momento que buscaba mi mano para besarla. Eso me mató internamente, ningún chico del siglo XXI te saluda de aquella forma, cientos de Bellas eufóricas gritaban en mi cabeza.

Yo soy Bella Swan, el gusto es mío –habría salido genial mi saludo, si no se hubiera interpuesto una horrible tos que me desgarró en parte la garganta.

Veo que la señora Mary tiene algo de razón, no está muy bien de salud, ¿qué medicamento está tomando para tratar su resfrío? ¡Ah! No le he mencionado que soy estudiante de medicina, aun no egreso, pero ya queda poco para aquello. Tengo conocimiento en el tema.

La chiquilla no ha tomado nada, es porfiada… es lo que te estaba diciendo, Eddie.

Señora Mary… –susurré bajando la cabeza, me estaba dejando en vergüenza. Él se devolvió a su asiento y regresó con un bolso que tenía apariencia de maletín.

Tengo estos antigripales, son bastante efectivos para estancar los molestos síntomas. Es recomendable que visite un médico si persiste con los malestares –él me entregaba una cajita de color azul con letras blancas, que había extraído de su maletín–, una pastilla cada ocho horas, mañana debería de encontrarse muchísimo mejor –escribía las indicaciones con una caligrafía hermosamente cuidada en la cajita, a pesar del movimiento del transporte.

Muchas gracias –agradecí mordiéndome el labio, tratando de no sonrojarme más.

El chofer del bus apagó las luces del transporte, quedando la escasa luminosidad del exterior.

Me voy a mi asiento. Que se recupere, y buenos días.

Buenos días –dijimos las dos a coro.


De hacía unos seis meses que compartíamos el mismo recorrido en bus.

Él se subía mucho más antes que yo, y por comentarios de mi compañera de viaje, la madre de Alice Brandon –a quién no conocía en persona, sino por las múltiples historias que su madre, la señora Mary me contaba todas las mañanas–, Edward era uno de los primeros pasajeros en abordar el viaje en este bus.

Estudiante de medicina. Siempre estaba con un maletín caoba, que hacía un contraste perfecto con la luminosidad de sus ojos, de un posible verde esmeralda. Al viajar tan de madrugada, el sol no se apreciaba en el cielo, y las luces del bus eran tenues y acordes con la poca presencia de los postes de luz en el exterior.

Producto del hielo matutino, utilizaba una enorme chaqueta que le protegía de los resfríos, sus zapatos bien lustrados, su cabello con pocas gotitas de agua escurriéndole, su delantal blanco doblado pulcramente en una de sus manos… trataba de observarle lo máximo posible en los treinta segundos que me tardaba en caminar por el pasillo del bus y dirigirme al asiento número quince. Él iba en el asiento tres, porque también era uno de los primeros en bajarse del recorrido.

Durante todo este tiempo, en la hora y media de viaje, la señora Mary me había relatado toda la vida de Edward Masen.

Posiblemente nunca le había visto porque él estudió en un colegio particular, y apenas egresado de los estudios obligatorios, decidió continuar en la universidad la misma carrera que su padre, medicina. Vivió los primeros años en la ciudad, pero cuando su padre falleció de un ataque cardíaco en Chicago, su madre Elizabeth se hundió en una depresión, al no tener a su marido con ella, y más aun, el no estar viviendo con su añorado hijo. Ahí regresó a su ciudad nuevamente y emprendió el cansador método de viajar todos los días a sus clases para no dejarle sola. Nunca se le veía en la ciudad donde vivimos porque es demasiado tranquilo, y ocupa su tiempo libre en enseñar piano a un grupo de chicos, o a pasar más tiempo en el hospital, haciendo su práctica profesional.

Yo estudié en un colegio común y corriente, y salí con un certificado de secretaría. Mis padres nunca tuvieron una buena situación económica, y empeoró cuando mi madre se contagió de una enfermedad mortal. Con aquel incidente, mi padre dejó el trabajo, y se ha dedicó a laburar en oficios mal pagados, por lo que descarté el estudiar en la universidad alguna carrera, y comencé con la práctica de mi trabajo. Siempre he sido eficiente y responsable, así me gané gran cantidad de cursos para perfeccionar mi trabajo, hasta que una nueva oferta de mejor remuneración apareció en la ciudad, y pronta a cumplir veintitrés años, decidí aceptarla, sabiendo el costo que sería el viajar todos los días al trabajo.

Todo costo se redujo a nada cuando conocí a Edward. Eso quedó claro desde que sus ojos me observaron a través de la ventana empañada por la respiración de todos los pasajeros, cuando él se bajó a la entrada de su universidad, y yo seguí con el recorrido del bus más al centro de la ciudad.

En la primera semana de viaje también conocí a la señora Mary, quien desde hace más de siete años, ha comprado el boleto dieciséis del bus, que transporta a todos los ciudadanos de esta ciudad a la otra. Su marido es repartidor de productos para el hogar, por lo que el sueldo que obtiene no es suficiente para mantener a la familia. Ella es ama de casa de otra familia en la ciudad, y con eso puede solventar los gastos comunes de su hogar.

Desde aquel día en que hablé con Edward, jamás crucé otra palabra con él. Nos sonreíamos a modo de buenos días, y siempre al bajarse del bus, le agitaba la mano a través de la ventana.

Mi corazón se agitaba cuando le observaba mirarme, mas no me atrevía a acercarme a él.

Se veía tan fino, tan cortés e inalcanzable, que prefería observarle de lejos. Era como si fuese un Dios griego. Toda una divinidad, imposible de alcanzar, porque su divinización no estaba acorde a mi vida. Me conformaba con que me sonriera y esperase mi saludo cuando él se bajaba del bus.

Muchas veces la señora Mary me consultó de por qué no cambiaba mi boleto al número cuatro, así podría irme junto a él, puesto que Edward no tenía una pareja de asiento repetitiva. No era que ella me estuviese echando, sino más bien, quería que yo entablase una relación más 'amistosa' con el joven médico, pero siempre compraba el boleto quince, porque me sentía segura en este lugar del bus. Tenía un pequeño trauma de pequeña, cuando supe por qué había tantas animitas (1) juntas en el camino de la ciudad a la otra.

Hace unos veinte años atrás, Bella –me contaba mi padre, mientras viajábamos a realizar unos trámites–, ocurrió un enorme accidente en la carretera. Dos buses repletos de pasajeros, uno que venía del norte, y otro que regresaba del sur, chocaron de frente. Todos los pasajeros de las tres primeras corridas de asientos fallecieron de manera instantánea. Nunca se supo cómo los buses chocaron y quedaron como acordeones. Fue un accidente lamentable. Mucha gente de nuestra ciudad se vio afectada porque perdieron a seres queridos, y los pasajeros que se salvaron de morir, no lo hicieron de alguna amputación. Muy pocos de ellos tuvieron la suerte de salir psicológicamente bien. Trata siempre de viajar en los asientos de la mitad, tampoco en los últimos.

¿Y por qué no debo viajar en los últimos asientos, papá?

Porque pueden chocar el bus por atrás, y allí perecerán los pasajeros que están al final. Pocas veces los buses son colisionados de lado, y esta carretera no tiene grandes abismos. Mi sentido de padre me dice que tú, tu madre y yo, estaremos seguros en los asientos que estén en la mitad de cualquier medio de transporte. Ideal que sean estos, en la fila del copiloto.

¿Y por qué dices eso, papá?

Tú solamente preocúpate de prometerme Bella, que siempre irás en medio de los cuarenta y cinco asientos. Y al medio de los quince asientos de las micros, y siempre al medio del taxi…

Sí papi, es una promesa –recordé.

Lo malo era que no iba tan a la mitad del bus como hubiese deseado mi padre o yo. Muchas personas llevan su buen tiempo viajando, y eso significa que ya tienen reservado su lugar. Lo más central que pude encontrar, fue el quince.

Tampoco tenía que pensar en desgracias… más que mal, era la fila del copiloto.

El sol ya iluminaba la carretera, y con su fulgor, se apreciaba el aeropuerto de la ciudad y las casas de los trabajadores de este que estaban ubicadas a la entrada.

Dentro de quince minutos aproximadamente, Edward descendería del bus a la universidad. Podría dormir una media hora en el viaje, pero me gustaba estar atenta a cuando él se bajaba del bus para poder despedirme de él. Era ridículo, pero con aquel pequeño gesto, me conformaba.

Limpié con mi puño la humedad de la ventana y le saludé cuando él se volteó a despedirse de mí. Era viernes, no le volvería a ver hasta el lunes. Cerré mis ojos y traté de conciliar el sueño, pero la señora Mary despertó y me quedé conversando con ella el resto del viaje.

–Hay querida, no sabes el encargo que debo de hacer el día lunes.

–Cuénteme.

–Debo de llevar a mi casa, un monto total de un millón de pesos. Félix se los envía a Alice.

–¿Pero de dónde sacó Félix un millón de pesos? Si recién tiene diez años... y para su hija. Qué raro suena todo lo que me acaba de decir –Félix es el hijo menor de la familia donde trabaja la señora Mary. Ella me habla tanto de él, como de su pequeña hija Alice, de nueve primaveras.

–No es el millón de pesos que crees. A él le encantan los dibujos que hace mi Alicita. Ella le dibujará algo muy lindo, y dijo que le pagaría un millón de pesos en besos. Son muy buenos amigos los dos. Alicita quiere ser maestra de jardín infantil para enseñarles a niños como Félix.

El chofer estancaba el motor, mientras algunos pasajeros descendían en la parada.

–¡Ah! Ahora entiendo –exclamé. Sí que eran tiernos los niños–. Ya me pregunto cómo le enviará le millón de pesos besos Félix a su hija. Espero conocer algún día a la pequeña Alice.

-Creo que ya ha comenzado a dibujar muchas bocas sonrientes, de tonalidades rojas, rosadas y moradas, el pequeño Félix es un encanto. Y estoy segura de que conocerás pronto a mi hija. Ella también desea conocerte. Le he hablado mucho de ti. De seguro que para su cumpleaños, enviará una invitación con tu nombre.

–La estaré esperando –contesté alegre.

–Bueno querida, ya estamos llegando a mi parada. Que tengas una hermosa jornada laboral.

–Muchas gracias, usted también señora Mary –ella se bajó en el barrio central y yo seguí con mi recorrido, que finalizaba en unas tres paradas más.

–Muchas gracias –me despedí del chofer y caminé las dos cuadras que me faltaban para llegar a mi oficio.

Abrí las puertas de la entrada principal del gimnasio y encendí las luces, las cuales fueron llenando la estancia con su fulgor. Caminé hacia mi sector de trabajo, y busqué el interruptor para prender el aire acondicionado, así templaba a temperatura ideal ambiente la estancia. Comencé a ordenar el enorme papeleo que había dejado mi jefe el día anterior. No había forma de poder ordenarlo, siempre revoloteaba entre los papeles, y todo el tiempo ocupado en el orden de estos, se perdía.

–¡Muy buenos días, Bella! –gritaba feliz mi jefe.

–Buenos días, Emmett.

–¡Pero con más ánimos! ¡Estás viva, joven, radiante, quiero una sonrisa de tu parte! –me zarandeaba a modo de canción, besándome en la mejilla al paso que se disponía a trotar. Siempre llegaba cargado de energía, llegaba a pensar incluso que era inmune al frío. Siempre vestía con una sudadera y unos shorts que dejaban a la vista sus enormes músculos. Observó la pila de papeles que estaban en la mesa de informaciones y me regaló una sonrisa–, tú sabes, ayer cuando te fuiste, me llamó una señora, preguntando por su ficha, yo no la encontraba, tuve que buscar entre los papeles… y me vas a creer que era la ficha que tú me habías dejado en la oficina…

Suspiré y me alcé de hombros, qué más iba a hacer, a Emmett le conocí así, y a pesar de ser desordenado y algo despistado, era una gran persona.

–No te preocupes, trataré de dejarte papelitos de colores encima de las informaciones importantes.

–¡Tan eficiente que eres, Bella! Que tengas un hermoso día, yo estaré en la sección de aeróbica, vienen unas abuelitas a mover su queque dentro de una hora y media, y debo de estar preparado –siguió su camino trotando y desapareció por unas escaleras. Me reí ante su buen optimismo y comencé por ordenar nuevamente sus papeles.


La mañana siguió su transcurso natural, y cuando me disponía a salir a almorzar, una llamada me hizo devolverme.

–Gimnasio Bear Sport's, buenas tardes –la persona que llamó no respondió a mi saludo–, ¿aló?

–Buenas tardes –quien me hablaba por teléfono tenía una voz tan sensual… aquella melodía la había escuchado una sola vez en mi vida, pero no podía ser él…

–Bue, buenas tardes –tartamudeé–, ¿en qué le puedo ayudar?

–Quisiera saber de los horarios para hacer una rutina de ejercicios, los precios y todas esas variantes.

–Pues… hay muchas modalidades de precio, también de los días en los que usted puede asistir al gimnasio según sea su tiempo libre, si quiere podría darme su correo electrónico y yo le envío toda la información adjunta.

–¿Podría ir al gimnasio ahora? Estoy a una cuadra de distancia.

–Claro, por qué no habría de venir –se me olvidó el hambre y las ganas de tener mi colación–, le estaré esperando entonces.

Colgué el teléfono y me apoyé en mi mesón. Traté de ondular las ondas de mi cabello con una mano, sin soltar las llaves y la cartera, cuando le vi atravesar la entrada principal.

Ya no llevaba sobre su cuerpo la chaqueta de siempre, tampoco tenía su maletín. Estaba vestido de manera informal, con un jean ennegrecido, una chaqueta azul marino que se ajustaba de forma sugerente en su cuerpo, realmente atrayente. Pude corroborar el verdadero color de sus ojos, y darme cuenta que su cabello tenía matices cobrizos que se percibían muchísimo mejor con la luz del día. Era como si su piel brillase, tan perfecta, sin ninguna mancha de nacimiento o cicatriz…

Era Edward.


Edward POV

–Sabía que eras tú. Reconocí tu voz enseguida a través del teléfono –ella se sonrojó al escuchar mis palabras. Se veía realmente hermosa ahí, de pie. Siendo unos tres centímetros más alta por el taco de sus zapatos color negro.

–Yo… también supe que eras tú –habló con su voz angelical. Mientras sus dientes atrapaban su labio inferior con furia.

Caí en cuenta que se encontraba fuera de su mesón de trabajo, con su cartera acomodada en uno de sus hombros y un juego de llaves en una de sus manos. Observé la hora que dictaba el reloj de la pared, las 13.30 y luego recaí en el papelito que decía horario de atención para público hasta las una de la tarde, pegado a la vista de todos en el mesón de informaciones.

–Creo que vine a molestarte en tu horario de colación.

–¡No! O sea sí, pero no te preocupes –ella bajaba su cabeza para ocultar su sonrojo. No sé por qué lo hacía, si ve veía mucho más linda con ese tinte natural en sus mejillas.

–Ya sé lo que podemos hacer, te invito a almorzar, y ahí me puedes contar más o menos los horarios y modalidades de pago del gimnasio.

–Tranquilo, aquí tengo justamente unos folletos de las promociones…

–Acepta mi invitación, me haría muy feliz, Bella –pedí. Siempre quise hablar más con ella. Pero creí que eso le asustaría. Me conformé con que me saludara cuando nos veíamos en la mañana, y su sonrisa a través de la ventana me llenaba de fuerza durante todo el día. Esta era una oportunidad que el destino me estaba regalando, no podía dejarla pasar.

–Está bien, acepto. Vayamos a almorzar –respondió sonriendo. Esperé a que cerrase la puerta que daba a la entrada principal y metiese las llaves en su cartera, así nos encaminamos al centro de la ciudad.

No sé por qué no me había decidido a acercarme a ella antes. Me resultaba muy fácil poder conversar con Bella. Coincidíamos en gustos musicales, y su simpatía y reserva me encantaron completamente. Creí que era humilde y sencilla, agraciada e ideal. Y lo mejor de todo, era que todas mis suposiciones eran verídicas.

Me sentí atraído desde que la miré por primera vez a los ojos, cuando se encontraba un poco enferma. Ahora podía saber que ella tenía en sus pies a este hombre, que no dejaba de pensar en su persona en ningún momento del día.

–Gracias –me dijo de repente, cuando degustábamos el postre.

–¿Por qué? –pregunté desconcertado. Nos habíamos quedado callados para poder deleitar de mejor forma el sabor del pie de limón.

–Aquella vez en que nos conocimos, tú me regalaste un antigripal, y sin conocerme, me brindaste tu ayuda. A pesar de verte casi todos los días de la semana, jamás te agradecí. El medicamento me hizo efecto y todo malestar desapareció tal como dijiste. Han pasado seis meses de aquel incidente, y bueno… ahora que hemos vuelto a conversar, me parecía justo que te diera las gracias.

–Gracias aceptadas, aunque con una condición –Bella abrió un poco sus ojos, sorprendida, pero decidí sonreírle para que no malinterpretara mi petición–, no perdamos el contacto. Siento que podemos ser muy buenos amigos si pudiésemos compartir más tiempo juntos, los dos.

–¿Tú no tienes demasiadas cosas que hacer?

–Aunque no lo creas, no. Ya no tengo tantas clases en la universidad, ejerzo mi práctica con un módico y flexible horario, y por eso decidí entrar al gimnasio, para entretenerme.

–¡Cierto! El gimnasio… aquí traje el folleto –ella se contorneó para buscar entre su cartera el famoso papel que tenía unas ofertas tentadoras a la vista, pero todo se quedaba precario, si lo comparaba con Bella. En un acto de reflejo, tomé sus manos y las entrelacé con las mías. Su piel era más cálida que la mía, mucho más suave. Nos quedamos así, por un momento, sintiendo la calidez de nuestras manos. De la sensación agradable al estar unidos de alguna forma.

Ya no me podía contener más, quería poder estar más cerca de sus labios, respirar de su aliento que me hipnotizaba e invitaba a ser preso de sus inicios. O la besaba ahora, o la besaba ahora. No tenía más opciones.

Me fui acercando un poco más hacia su rostro, y pude ver como Bella pasaba su lengua tímidamente por sus labios. Eso fue el impulso necesario para atraparlos por un leve instante con los míos.

No sé si era el ambiente, las paredes de color crema que atrapaban con su calidez la luz del exterior. La vegetación que decoraba la estancia donde nos encontrábamos, el ventanal cubierto con un visillo, para que no molestase a la vista el constante ir y venir de las personas ajetreadas y los conductores fastidiosos por el calor o los tacos en los semáforos. Tal vez la música de fondo, una guitarra pausada, otra más rápida, la voz del cantante, melodiosa, con sentimiento…

A pesar de todo aquello, ninguna de las cosas nombradas me había hecho sentir de la manera en que me sentía ahora.

Cuando mis labios se posaron en los suyos, supe hacia donde se dirigía mi norte. El motor real para que mi corazón latiese con esa vivacidad única. Auténtica.

Saborear sus labios y traspasarle cariño con los míos se convertía en una labor realmente agradable por cumplir. Quería abrazarla, estrecharla contra mis brazos, pero una mesa y sus implementos me hacían sentir una distancia condenadamente odiable.

Recordé lo que me dijo uno de los ex alumnos del profesor Cayo, hace unos cuantos meses atrás.

Él y sus colegas tenían problemas para presentar un caso en su tesis final de titulación. Les faltaba un paciente que se prestara para exponer su caso, y así, centrar la tesis en el proceso de cura de su problema. Sin proponérselo, él conoció a una mujer, la cual calzaba perfectamente para el estudio que deberían de desarrollar. Sin embargo, no esperó enamorarse de ella, y cuando esta se enteró de los primeros motivos del por qué él le atendía de manera tan cordial y atenta, sufrió un accidente de tránsito producto de su frustración. Pasaron por muchos problemas, los cuales con el tiempo se pudieron ir resolviendo. Ella comprendió que él no actuaba de mala fe, a pesar de las primeras intenciones, y decidió aceptar ser su paciente para la tesis, luego de casarse y hacer los trámites de adopción. Ambos querían formar una familia y vivir juntos.

Ya no tenía aire en mis pulmones, y a pesar del frío que sentí cuando nos distanciamos para inhalar un poco de oxígeno, me premió la vista al tener su rostro tan cercano al mío, y observarle con sus ojos cerrados, sus mejillas sonrojadas, una sonrisa verdadera.

–Lo siento, no pude contenerme, deseaba besarte desde hacía mucho tiempo atrás –hablé muy cerca de su oído.

–Disculpas aceptadas, aunque… no te perdono por haberte tardado tanto –respondió, sonrojándose más.

–Eso podríamos solucionarlo.

–Suena bastante atrayente la idea.

Iba a besarla nuevamente, pero su móvil comenzó a sonar en su cartera. Apenas contestó, una voz desesperada se escuchó.

–¿Dónde estás Bella?

–¡Emmett! ¿Qué ocurre?

–Eso debería de preguntártelo a ti Bella, son las tres y treinta y todavía no llegas al gimnasio, tengo a toda la clientela de las tres aquí afuera.

–¿Ya son las tres y media? –gritaba asustada, comenzó a ponerse de pie, mientras buscaba en su cartera su billetera para dejar algo de dinero, cosa que se lo impedí, moviendo mi cabeza reprobatoriamente–, discúlpame Emmett, voy corriendo en este instante –cortó la comunicación y suspiró pesadamente–. Perdóname, me tengo que ir corriendo, tenía que haber estado en el gimnasio a eso de las tres, y creo que no tuve noción del tiempo.

Pensé en mi única clase de la tarde, que también había comenzado hacía media hora ya.

–Tu jefe debe de estar molesto contigo, te acompañaré.

–No hace falta, Emmett es un sol, entenderá mi retraso. Además, es la primera vez que ocurre una situación así.

–Nos vemos entonces…

–… ¿El lunes?

–Claro, el lunes –asentí no muy animado, creí que podríamos juntarnos el fin de semana.

Pero no tenía que ser desagradecido, había avanzado demasiado con Bella.

Ella se despidió como todas las mañanas y emprendió el viaje hacia su trabajo. Pedí la cuenta y dejé una propina por el buen servicio. No me servía de nada el ir a la universidad, llegaría posiblemente cuando la clase ya estuviese finalizada.

Bella dejó el folleto del gimnasio en la mesa y decidí verlo con verdadera curiosidad. ¿Para qué esperar hasta el lunes? Podría verla ahora mismo y concretar la promoción cinco que se expresaba en el divertido afiche.

Caminé en rumbo al gimnasio nuevamente. Estaba llegando a la conclusión que sin Bella, me sería imposible seguir viviendo. Había probado su compañía, su tacto, respirar de su aroma, besado sus labios, ser dueño de su boca por escasos momentos que parecieron eternos.

Ahí la vislumbré a través de los ventanales. Era algo cómico el que nos despidiésemos siempre por medio de ventanas y esas cosas por el estilo. Bella me vio y extendió su mano en señal de hola de nuevo.

Entré y nos saludamos como si no hubiera sucedido nada entre nosotros durante el almuerzo.

–Vine a solicitar la promoción número cinco del folleto que dejó en nuestra cita, señorita.

–¿Cita? –repitió con una sonrisa.

–Yo considero que sí. Nuestro primer almuerzo. Se escucha muy romántico… nuestro primer beso, mucho mejor –sonreí para que tuviera más confianza en mí. Nos conocíamos de hacía seis meses, me imagino lo avanzada que se encontraría nuestra relación si tan solamente hubiésemos hablado más desde aquellos días.

–Eres todo un caballero, Eddie –bromeó.

–¡Oh! No me llames con ese apodo, por favor.

–Lo siento, la señora Mary siempre habla así de ti, ya es una costumbre.

–No me niegues el placer de escuchar mi nombre por medio de tu boca –ella se sonrojó y desvió su mirada–, ¿qué sucede?

–Nada.

–Cuando una mujer dice 'nada' en realidad es 'todo' ¿No me tienes confianza?

–No se trata de eso… creo que las cosas están yendo muy rápido.

–Tranquila, irán a la velocidad que tú desees –recité muy cerca de su rostro.

–¿Nueva conquista, Bella? –un joven se acercaba hacia nosotros–, con cuidado chico, que si quieres conquistarla, tienes que aprobar la palabra del hermano mayor.

–¿Él es tu hermano? –consulté. No les encontraba parecido alguno.

–No. Yo soy hija única, el es mi jefe, Emmett –habló girando sus ojos–, Emmett, yo no me meto en tus conquistas.

–¡O sea que este jovencito de cara linda lo es! ¡Cómo creces Bella! –Emmett se saltó el panel de informaciones y le abrazó, elevándola con demasiada felicidad por los cielos–, ¿edad? ¿Profesión u ocupación laboral? ¿Salud estable?

–Veinticuatro, últimos años para egresarme de médico. Buena salud… de hecho, he venido por el programa número cinco –le decía, mientras estrechaba su mano.

–Pero el programa cinco no incluye a Bella.

–¡Emmett! –la nombrada le golpeó en el pecho. Dudo que le haya hecho algún daño.

–Supongo que estabas con este joven hoy. Y por eso no llegaste a la hora –retomó serio.

–Sí. Lo siento, no volverá a suceder.

–Tranquila, tendré que acostumbrarme a tus llegadas un poco tardes entonces, y a no dejar la llave en mi oficina. Siendo el jefe de todo esto, ya debería de haber aprendido. En fin, los dejo entonces.

–¿Eso quiere decir que el hermano mayor me aprueba? –pregunté sonriendo.

–Tiene el permiso –contestó desapareciendo.

–Es simpático tu jefe.

–Lo es. Y se toma demasiadas atribuciones, como te habrás dado cuenta.

–Me agrada el ambiente de este sitio. Estaré feliz de venir a este gimnasio todos los días.

–Pero si la promoción cinco toma dos días de la semana.

–Y tú trabajas los cinco días. No creas que te volverás sola a tu casa de ahora en adelante –le contesté animado. Una sonrisa de sus labios fue la afirmación perfecta–, el león a encontrado a su oveja.

–Qué oveja tan afortunada.

–Que león tan feliz y enamorado –susurré.

–¿Qué fue lo último que dijiste?

–Lo sabrás el lunes.

–¿Y por qué esperar hasta aquel día?

–Planeo darte una sorpresa.

–Esperaré impaciente el lunes –me hizo saber con alegría.

–Eso no significa que te privarás de mí el sábado y domingo –definitivamente, no podría vivir sin ella.


Bella POV

–¿Me podrías decir qué significa lo que acabo de ver?

–No ha sido nada especial, señora Mary –contesté, mientras me sentaba en mi puesto de viaje, era probable que ella cuestionaría el hecho de que al subirme al bus, yo besara la mejilla de Edward–, muy buenos días.

–Veo que las cosas han cambiado bastante entre ustedes dos –no iba a poder dejarla fuera del asunto. Si no le comenzaba a contar desde ahora, sería capaz de molestarme todo el trayecto del viaje.

–Bueno, se podría decir que sí –admití.

–Me alegro muchísimo por ustedes dos. ¡Eddie! ¡Eddie! –le llamaba insistentemente, mientras las luces del pasillo comenzaban a descender. Edward asomó su cabeza entre los asientos para observarle–, ven, querido.

Edward se levantó y fue hacia nosotras.

–Buenos días señora Mary, ¿desea algo?

–Sí, deseo que te sientes aquí, junto a Bella.

–No hace falta, señora Mary –pedí. Podría ver a Edward durante todo el día. Que intentáramos algo no iba a significar que estuviésemos todo el tiempo juntos, como la uña y el dedo.

–No te estoy pidiendo permiso, Bella. Haber, dime tú, ¿quién lleva más años viajando?

–Usted –respondí.

–Entonces, yo decido. Y quiero cederle el asiento a Eddie –Edward y yo nos observamos por un instante. Sería imposible rebatirle a la señora Mary. Ella tomó un maletín negro que llevaba en la mañana. Me acordé de la conversación del dibujo de Alice, el que costaría un millón de pesos–besos.

Me corrí hacia la ventana, para que Edward quedara en el pasillo. Me dio un corto beso en los labios y sentí que el frío de la mañana desaparecía por completo. Le había visto durante todo el fin de semana. Paseamos por la plaza de la ciudad, luego nos dedicamos a conversar acerca de nuestras vidas, observando el atardecer. Compartimos un helado, me acompañaba hasta mi casa y se despedía con una bella muestra de caballerosidad. No podía estar más feliz en mi vida.

–¿Cuándo me vayas a buscar al gimnasio me dirás lo que susurraste el viernes?

–No, te lo diré dentro de un momento –acotó acomodándose en el asiento. Yo apoyé mi cabeza en su hombro. Su respiración me fue adormilando.


Cuando los rayos del sol estaban apareciendo como de costumbre, ya estábamos a mitad del viaje. Todo estaba en silencio.

Permiso, con permiso…

–¿Escuchas eso, Edward?

–¿Hum? –preguntó algo dormido.

Me deja aquí, por favor –un hombre que venía desde los últimos asientos le pedía al chofer que lo dejase en medio del recorrido. Me pareció insólito, estábamos en medio del desierto, con los primeros rayos del sol.

El motor del bus se detuvo cuando el chofer estacionó al lado derecho de la carretera, y activó el botón con el que la puerta se abría. Sin embargo, aquel hombre no se bajó. Los pasajeros como era de habitual suponer, comenzaron a despertarse, al no sentir el motor en marcha del transporte.

¿Sucede algo, señor? –se escuchaba como consultaba el chofer. Cabezas curiosas comenzaron a asomarse. La de Edward y la mía también.

–Así es. Esto es un secuestro –articuló con seriedad, mientras desenvainaba un sable que medía aproximadamente dos cabezas.

Los gritos y la desesperación se hicieron presentes inmediatamente. Mi padre siempre me había aconsejado el lugar dónde sentarme para evitar accidentes de tránsito. Pero jamás me había aconsejado medidas en caso de un secuestro.


Nota de la autora:

Animita: para quien no conozca el término, porque puede que en su país se diga de otra forma. Animita viene del latín 'anima' que significa alma. Se confeccionan animitas en el lugar donde falleció alguna persona, ya sea por un accidente o asesinato. Tienen mayoritariamente la forma de una casita, las cuales son decoradas con los gustos que tenía el fallecido, incluso, a veces colocan parte de sus pertenencias.

Muchas gracias por los rr que dejan en este fic. Realmente, nunca pensé que sería de su agrado. ^^

¿Qué creen que sucederá en el próximo capítulo? Pueden barajar hartas hipótesis… ¿Será verdad o mentira todo este embrollo? quién esté más cerca de la idea inicial, podría ganarse una firma de lo que desee (es lo único que puedo ofrecer, ti ni ni xD u.u)

De paso, les informo que sigue el concurso de The Halloween Cullen Contest. Anímense a participar, hay hermosos premios, más información, en mi perfil ^^