El Bus II
Bella POV
No era solamente yo, sino alrededor de cuarenta personas que observábamos lo que estaba aconteciendo, mientras el sol seguía su trayecto normal de posicionarse en las líneas de la ciudad. Trabajadores, estudiantes, el propio chofer del bus… todos nos abocábamos a pensar en lo que podría suceder minutos, qué minutos, segundos del reloj.
El hombre que había pedido estacionar el bus, estaba apuntando con el sable la cabeza del chofer. Moviendo su cabeza, le pidió este que se desabrochase su cinturón de seguridad, e hizo que se saliera de su asiento y caminase hasta el principio del pasillo de la locomoción.
—¡Las llaves del bus! —le pidió con brutalidad. El conductor le señaló debajo del manubrio. Lo llevó con él, a modo de rehén para que ninguno de nosotros intentáramos hacer algo al respecto, y junto a su persona, cerró la puerta del bus con las llaves. Luego las ató en un collar con una pita que se desabrochó de su muñeca. Quienes no habían visto el tamaño del sable se exaltaron, dando inicio a los gritos y llantos por parte de todos los presentes.
—Esto no puede estar pasando —murmuré cada vez con menos fuerza. Mi corazón latía de forma frenética, como si hubiese estado corriendo durante una gran cantidad de tiempo. Mis labios comenzaron a tiritar, y los poros de mis brazos se marcaron, como si un chorro de agua helada me estuviese recorriendo lentamente cada vértebra de mi espalda.
Edward me protegía en un abrazo apretado. Su respiración estaba demasiado rápida. No dejaba de observar al secuestrador que seguía amenazando al chofer, mostrando el filo de su arma.
—¡Silencio todos! Si no quieren ver como muere este hombre —amenazó, elevando el arma blanca para intimidarnos aún más. Logró que los pasajeros nos estremeciésemos doblemente, y la histeria se acrecentó.
Aquel hombre cumplió parte de su promesa al apreciar la neurastenia colectiva, y con un movimiento rápido, sin corazón, desmembró la oreja izquierda del chofer, quien se arrodilló en el piso producto del dolor. Sus ojos se desorbitaron y su quijada se abrió como nunca había visto en mi vida. Los gritos de él taladraron mi mente y me hicieron gimotear producto del miedo. Los pasajeros que estaban en los primeros cuatro asientos le sostuvieron para que no se terminase de caer en el pasillo. El chofer borboteaba sangre rápidamente, tiñendo de color rojo su ropa y la de quienes le trataban de ayudar, a la vez que iba cerrando sus ojos.
—¿Qué quiere de nosotros? —se atrevió a preguntar uno de los pasajeros que trataba de socorrer al malherido hombre. La señora Mary se había puesto de pie para que el chofer descansase en su puesto. Trataba de estancarle el principio de hemorragia que estaba teniendo con la pañoleta que usaba como bufanda.
—Quiero que todos me guarden en sus bolsos, toda pertenencia de valor que lleven consigo mismos. Ahora, y rápido —exigió con autoridad.
—Bella, necesito que te escondas —me pidió Edward, comenzando a empujarme entre el espacio que había entre asiento y asiento—, puedes esconderte ahí, pondré mi chaqueta para que no te vean.
—Estás loco si me esconderé y tú no lo harás —protesté con el nerviosismo a flor de piel. Los sollozos de los pasajeros no cesaban, y podía entender el por qué. Del sable goteaba el líquido rojo que comenzaba a crear un pequeño charco.
—Por favor, hazme caso. Me moriría si te pasara algo.
—Créeme que a todos en este instante nos puede pasar lo mismo, Edward. No me esconderé si tú no lo haces —rogaba, jalándolo hacia mi cuerpo. Ya estaba agachada en el piso, estaba metiendo mis piernas abajo del asiento delantero, y trataba de hacerme un ovillo con la parte superior de mi cuerpo. No sabía cómo calzaba en aquel pequeño espacio. La adrenalina hacía que la anatomía trabajase con más precisión si era posible.
Edward y yo estábamos escondidos entre los asientos, sintiendo nuestra respiración agitada por el temor y la incomodidad de nuestras posiciones. Él trató de sacar su celular para poder llamar a la policía o a alguien que pudiese ayudarnos en tan extraña situación.
—Mierda… batería baja —balbuceó enojado.
—Trataré de sacar el mío —dije corriéndome un poco más para buscar entre los bolsillos de mi pantalón. Sin pensarlo dos veces, llamé a mi padre. El tono de marcando se convirtió en la melodía más lenta que había escuchado en toda mi vida. Todo se sentía, se alcanzaba a ver y a escuchar en cámara lenta. El sufrimiento y la angustia se multiplicaban, como si se tratase de algo divertido… el tiempo no se dignaba a correr con el ahínco de las víctimas.
—¿Aló? —mi padre se escuchaba somnoliento. Era entendible, recién estaba amaneciendo.
—Papá… —susurré. No pude evitar llorar—, papá… el bus…
—¿Tuvieron un accidente? ¿Dónde estás Bella? —comenzó a gritar, con la misma angustia que le presentaba yo.
—El bus está siendo secuestrado, papá… Hay un hombre… que nos está… amenazando… con un sable —relataba entrecortadamente, tratando de no emitir tanto ruido. Los pasos del hombre a través de los pasillos retumbaban, como si tuviesen instalados un par de megáfonos en cada plantilla de sus zapatos— llama a la policía… nos encontramos… cerca del aeropuerto —informaba.
—Papá irá ahora mismo para allá. Tranquila amor, no tengas más miedo —me pedía, tratando de calmarse.
—¿Qué hacen escondidos ahí?, ¡denme sus pertenencias de valor! —el secuestrador nos había escuchado, y levantaba la chaqueta de Edward que nos protegía.
—¡No le hagas nada! —gritaba Edward, poniéndose delante de mío. Un grito emergió de mi garganta por el miedo. Mi padre gritaba mi nombre a través del teléfono. Corté la comunicación para que no escuchase lo que pudiese ocurrir a continuación… si aquel tipo me asesinaba, no me perdonaría nunca el que mi padre me hubiera escuchado morir.
—Te daremos todo lo que tenemos, pero por favor no nos lastimes —pedía debajo de Edward. Ambos nos sentamos nuevamente en los asientos y buscamos entre nuestras cosas los objetos con más valor. Edward guardó su billetera, su móvil. Yo también di las mismas pertenencias, todas guardadas en el maletín de Edward.
—Cuidadito con intentar hacer algo estúpido. Ya pudieron apreciar de lo que soy capaz, y hoy no me importa asesinar a personas que no obedezcan mis peticiones —amenazaba, mostrándonos el arma todavía manchada. Siguió recolectando las especies de valor de todos los pasajeros, no le importaba que se tratase de jóvenes estudiantes, mujeres, adultos, ancianos. Para los ojos de aquel tipo, todos éramos iguales. Todos teníamos que saciar su locura. Todos teníamos que estar presos del miedo. Todos podríamos tener la misma suerte.
Ninguno de nosotros se movía. Ninguno era capaz de intentar romper el vidrio o hacerle una emboscada. La sensación de querer moverte y no poder hacerlo te cala la psiquis, se te olvida respirar, comienza a nacer una presión en el pecho que te contrae los músculos. Las lágrimas caen sin gracia y sin control por las mejillas. Apretaba el brazo de Edward con miedo, era el único método que me mantenía despierta. Podría estar desmayada producto de todo lo que sentía.
—No pensé que este viaje terminaría de este modo —pronunció, mientras apretaba de la misma forma que yo mi mano—, quería que fuese distinto, pero cuando pensaba en distinto, no se me pasaba por la mente este tipo de escenario, de ambiente —se quedó un instante en silencio. Sólo el sonido de las pertenencias siendo ultrajadas de sus dueños nos acompañaba—, yo quería decirte lo que había susurrado aquel día en que platicamos de mejor forma, quería pedirte que fueses mi novia, segundos antes de que me bajase. Quería ofrecerte esta medalla que mi padre le dio a mi madre, cuando le hizo la misma proposición. Quise obsequiártela al tiempo de observarte cada mañana, con cada sonrisa que me regalabas. Quise tener más contacto contigo, y cuando lo concreté, fui realmente el hombre más feliz del planeta entero. Lamento tanto que esta situación se esté dando ahora… —cerró sus ojos, y me di cuenta de todo el miedo que también estaba sintiendo. Sus cejas se surcaban para que sus propias lágrimas no bañasen su rostro de ángel, sus pestañas algo cobrizas tiritaban al igual que nuestras manos—, podría haberte pedido que fueses mi novia antes, mucho antes, cientos de días antes, y podríamos haber compartido de variadas formas —le agarré fuertemente de sus mejillas y le di un beso en sus labios. No sabía si iba a vivir medio minuto más, media hora, día… o seguiría con mi vida normal. Ahora, en el instante en que me encontraba, en que cada segundo era primordial para poder decir todo lo que se te apetecía, lo fundamental para mi existencia era tenerlo besándome.
—Saldremos de esta, si hay algún Dios que nos está observando desde algún lugar… nos protegerá. No puede ser tan malvado y permitir que estas personas y nosotros suframos —trataba de consolarlo y auto consolarme—. Y… me encantaría ser tu novia —profese, estrechándolo contra mis brazos. Uniéndonos en un nuevo beso.
—Hasta en los momentos más difíciles, haces que mi vida tenga una alegría magnífica, Bella —sus palabras eran la música perfecta en estos momentos. Me sentía de cierta forma culpable, porque estaba encerrada en una burbuja colmada de amor, estaba gozando de la paz que todos los presentes nos merecíamos.
—Tú me has regalado algo muy importante. Yo también deseo obsequiarte un presente que es muy significativo para mí —le dije, separando nuestras manos enlazadas, buscando debajo del cuello de la blusa una cadenita que llevaba conmigo siempre—. Este collar era de mi madre, me lo regaló antes de morir. Siempre me ha protegido desde entonces. Quiero que tú lo tengas. Si a ti te llegase a ocurrir algo, no sé qué sería de mí…
—Haremos algo especial —tomó toda mi atención—, cuando acabe toda esta pesadilla y estemos en tierra firme, con nuestros seres queridos, nos pondremos estos tesoros como símbolos de nuestro amor —propuso.
—Será nuestro primer acto como novios, delante de quienes más nos quieren —contesté, mientras guardábamos nuestros presentes. Edward guardó la cadenita de mi madre, que tenía un medallón con la frase 'juntos por siempre' en el bolsillo de su camisa, cercana a su corazón, y yo en el bolsillo que tenía mi chaqueta al costado de mi ombligo.
—¡Desocupen estos asientos! —volvió a exclamar el sujeto, haciendo que los pasajeros que se encontraban en los asientos uno y dos corriesen hasta nuestra posición. Ahí fue depositando todas nuestras pertenencias, revisaba las billeteras y guardaba el dinero de estas en una de las mochilas. Lanzaba por los aires nuestros documentos de identificación, y los teléfonos celulares que no se encontraban de moda—. ¡Dónde está el millón de pesos! —exigía, colérico.
Cuando le escuché decir aquello, toda tranquilidad que había logrado se evaporó, y la sensación de pánico recorrió mi cuerpo nuevamente.
Pensé en una sola persona, la señora Mary.
—No… no puede ser.
—¿Qué sucede Bella? —me consultaba Edward preocupado.
—Señor… es imposible que alguien traiga consigo tal cantidad de dinero —uno de los pasajeros que se había atrevido a darle primeros auxilios al inconsciente chofer, trataba de hacer entenderle que nadie portaba tal suma.
—¡Cierra la boca! Tú no sabes nada, aquí hay una señora que lleva un millón de pesos —respondía prepotentemente, caminando en el pasillo, tratando de buscar a la portadora de aquella cantidad.
—Edward, este tipo escuchó algo el día viernes, y estoy segura que lo malentendió —le balbuceé. Él me levantó las cejas, esperando a que yo siguiese diciéndole la suposición que se acrecentaba más y más en mi cabeza—, la señora Mary me comentó algo relacionado a un millón de pesos, pero que en realidad, no lo son. Todo esto es un juego entre su hija pequeña y el niño que cuida en la ciudad la señora Mary.
—¿Estás tratando de decir que todo esto… es a causa de un malentendido?
—¡Tú eres la mujer del millón de pesos! —escuchamos que gritó con más ahínco. Vimos como levantó con fuerza a la señora Mary, que se encontraba sentada inmóvil en su asiento. Por su expresión, supuse que ella ya había entendido lo que estaba ocurriendo—, creías que pasarías inadvertida, pero no... Yo te escuché, y te vi el viernes.
—Estás equivocado, yo no traigo conmigo tal cantidad. Todo ha sido un error —respondía tratando de mantener la calma.
—¡Mentira! —le contraatacó, mientras colocaba el sable en toda la garganta de la mujer. Nuevos gritos en el bus llenaron el vacío de terror. La señora Mary colocó las palmas de sus manos en su cuello, para tratar de frenar el filo del arma—, me sigues mintiendo, y te juro que no responderé por tus manos o por tu cuello. A este paso me da lo mismo. Dónde tienes el maletín.
—En el maletín no hay nada de tu incumbencia —soltó con rabia—, ¡Ah!
—¡Señora Mary! —grité al ver como el arma blanca cortaba parte de sus palmas. Ella cerraba sus ojos para estancar las lágrimas que se agolpaban en sus ojos—, por favor, entregue el maletín —le pedía desde mi asiento.
—Hazle caso a la mujer y abre el maletín, si aprecias tu vida, sabrás lo que tienes que hacer —el secuestrador no le quitaba el arma. Cortó otro poco más de las manos de la señora Mary, haciendo que volviese a chillar producto el dolor.
Un bocinazo nos llamó la atención. Algunos de los pasajeros se acercaron a las ventanas. El panorama no se veía para nada favorable.
—¡No! ¡No! ¡Váyanse! —gritaban algunos a través de las ventanas, histéricos. El bus que partía media hora después de nuestra salida, comenzaba a estacionarse al lado del nuestro. No ocurría siempre, pero cuando un bus tenía alguna falla mecánica, el otro se estacionaba al lado o cercano a este para hacer el traspaso de pasajeros y así impedir el retraso de los usuarios que ocupaban la locomoción día a día. Las ventanas no se podían abrir, y los pasajeros del otro bus tenían las cortinas cerradas, por lo que no podían ver las señas que se creaban desde nuestro sitio. El chofer del otro bus terminó por estacionar la máquina y se bajó, dirigiéndose hacia nosotros.
El solo hecho de pensar que otras cuarenta personas más se pudiesen ver implicadas en este secuestro, provocaba que cada uno de los presentes esperase en silencio lo que podría acontecer. El secuestrador caminó con la señora Mary, con la misma posición de ataque en la que la tenía. Comenzó a quitarse la llave del cuello, y abrió la puerta.
Edward POV
—¡Oh, mierda! —el grito del segundo chofer al encontrarse de seguro, con la imagen de una mujer y sus manos sangrantes, acorralada por un arma blanca, la cual está sujeta por un desquiciado ser, no debió de haber sido la situación que se esperaba—, ¿Qué… qué significa… todo esto? —le escuchábamos nervioso.
—Entra al bus, ahora mismo —demandó el secuestrador.
El segundo chofer entró rápidamente, encontrándonos a todos nosotros apoyados en las ventanas.
—¡Soto! ¿Qué le has hecho? —exclamaba al ver a su compañero de trabajo inconsciente, con la sangre agolpada en la parte superior de su cabeza—, está… está… ¿está muerto?
—No, pero si no le llevamos a un hospital pronto, lo más probable es que pueda ser muy tarde después —hablé secamente. Había estado demasiado ausente de toda la situación que nos englobaba.
—¡Entrégame el maletín ahora mismo! —volvió a exigir, enterrando otro poco más el arma en las manos de la señora Mary.
—No me sigas haciendo más daño… por favor… ahí no hay nada del valor… no del valor que tú estás… buscando… —pedía sollozando—, es tan solamente un juego de niños, déjanos a todos libres, por favor —pedía.
—Edward, mira… —Bella me pedía que viese a través de la ventana. Algunos pasajeros del otro bus abrían sus cortinas para ver a dónde estaban—, tenemos que pedir ayuda, de seguro que si todos nos unimos, podremos quitarle el arma a este sujeto sin correr riesgos.
—¿Alguien tiene plumones, marcadores o algo para rayar? —pregunté a unos estudiantes que se encontraban abrazados en los asientos que estaban detrás de nosotros.
—No… no tenemos algo similar… sólo lapiceras y esas cosas —respondía uno de ellos nervioso.
—¿Si escribimos algo en una hoja? ¿Lo alcanzarán a leer? —preguntaba la otra estudiante.
—Intentemos —proponía un señor de otro asiento más atrás.
—¿Qué tanto cuchichean allá atrás? —nos gritoneó el hombre, descargando su furia aún más con la señora Mary, quien perdía la conciencia más rápidamente.
—Yo trataré de distraerle, ustedes intenten hacer contacto con los otros pasajeros —nos dijo el señor, quien se puso de pie valientemente y fue a encarar al sujeto—, no pierdan más tiempo, ¡apresúrense!
Uno de los estudiantes tomó su cuaderno y escribió la palabra ¡auxilio! Lo colocó en la ventana, pero los pasajeros aglomerados en el otro bus hacían señas que no entendían lo que teníamos escrito. Podríamos haberles llamado, pero todos nuestros teléfonos celulares se encontraban esparcidos en los primeros asientos.
—Tengo otra idea. Saquen las hojas de sus cuadernos. Margarita, Teresa, Ana, reunamos todos los lápiz labiales —propuso otra señora. Bella y yo ayudamos a sacar las hojas de los cuadernos tratando de no hacer ruido, teníamos que tratar de no levantar más sospechas.
Una de las señoras escribió con letra muy grande directamente en la ventana la palabra auxilio.
Nos pidió que le pasásemos las hojas, y las puso detrás de lo escrito. Así el color rojo del lápiz labial sobresaltó sobre el color blanco de las hojas, y supimos de inmediato que los otros pasajeros se habían enterado que algo no andaba bien, sus rostros de preocupación les delataron.
—Ustedes escribirán 'llamen a la policía', ustedes 'necesitamos una ambulancia', ustedes 'no salgan del bus, hay un secuestrador y está armado' —ordené. Seguimos cortando las hojas y facilitándolas a las personas que se encargaron de escribir los diversos mensajes en las ventanas.
—¡Ah! —aquel sonido era el alarido del señor que se ofreció para distraer al secuestrador. Se encontraba arrodillado en el piso, tocándose el cuello. No le había cortado con el sable, sino, con la gruesa cadena de oro que hacía pocos segundas atrás, portaba en su cuello.
—Esto no me lo habías pasado, viejo —se jactaba, riéndose del dolor ajeno.
—¡Rompan las ventanas y escapen! —gritaba el señor—, pídanle ayuda a los otros pasajeros, este infame no nos puede tener aquí por siempre.
—¡Alguien hace eso y le vuelo la cabeza de un sablazo a esta tipa! —amenazó, enterrando otro poco más el arma en las manos de la señora Mary.
—¡Déjala en paz! Yo te entregaré su maletín, pero por favor, suéltala —hablé enojado. La señora Mary se había comportado como una madre desde que la conocí. No había sido capaz de defenderla, y no podía pensar en lo que le podría seguir ocurriendo si este desalmado continuaba con su aprensión.
—¡Edward no vayas! —Bella me sujetaba del brazo, mirándome con lágrimas en sus ojos.
—Estaré bien, quédate aquí. Regresaré de inmediato —le besé en la frente y caminé hacia adelante. Busqué el maletín de la señora Mary, pero no lo podía encontrar. Se me ocurrió que podría estar en el maletero que se encontraba arriba de los asientos.
—¡Busca rápido! —me apresuraba. Le hice una señal de pausa con mis manos, y abrí el portamaletas que le correspondía a los asientos tres y cuatro. Ahí se encontraba el maletín que había causado toda esta tragedia.
Me volteé para encararlo y la codicia se vio reflejada en los ojos oscuros del secuestrador.
—¡Abre el maletín, ábrelo, ábrelo! —el maletín tenía un candado en su apertura.
—No puedo, tiene un candado.
—¡La llave, mujer! —el secuestrador zarandeaba a la señora Mary, que estaba desvanecida. La tiró al pasillo y se subió arriba de ella, para comenzar a hurguetearle entremedio de la ropa.
—¡No la toques! —me enfurecí ante lo que veían mis ojos. No pude evitar lanzarme encima de su cuerpo y tratar de golpearlo de alguna manera. Los gritos se volvieron a escuchar como siempre, cargados de mensajes.
'¡Hay que ayudarlo!' '¡Rompamos las ventanas y pidamos ayuda!' 'Ese joven morirá' '¡Edward!'
La voz de Bella escuchándola angustiada me golpeó de manera fría y me congeló. Aquel fue el momento preciso para que el secuestrador tratara de golpearme.
Por el ruido que se escuchó en el bus, supuse que los últimos pasajeros rompieron la ventana con el martillo de emergencia y comenzaron a saltarse hacia la carretera. Los gritos de ayuda, eran cada vez peor.
—¡No, por favor, déjalo! —gritaba Bella, yendo hacia nosotros.
—¡Bella no te acerques! —entremedio de mis gritos, podía escuchar los intentos de los pasajeros que se habían bajado por la ventana del bus, tratar de romper la puerta que estaba cerrada. Las personas que estaban a mí alrededor estaban heridas, semiconscientes y no aptas para mantener quieto al sulfúrico secuestrador.
—¡Viene la policía! ¡La policía!
—¿Quién carajos llamó a la policía? —el hombre me lanzó hacia atrás y Bella me sostuvo—, ¡Malditos sean todos! —pateó al señor que mantenía presionado su cuello y caminó hacia donde estábamos Bella y yo, dispuesto a atacarnos.
Empujé a Bella con todas mis fuerzas, tratando que se apartara lo más lejos de mí. Vi su rostro ennegrecerse por lo que supuse, estaría pensando. Ella cayó en los brazos de otras personas y me volteé para no ver su expresión de tristeza y congoja.
—¡No Edward, no! —fue lo que escuché, antes de sentir como el metal del sable marcaba de forma diagonal mi pecho, desde el costado de mi apéndice hasta la cercanía de mi corazón. Un ardor que se extendía por todo mi cuerpo, maximizándose al paso de los milisegundos, me hizo caer en la cuenta de lo que estaba pasando. La sangre comenzó a derramarse de forma rápida, y tiñó de inmediato mi ropa y la ropa de mi agresor—, ¡Asesino! ¡Suéltenme! ¡Edward! —la voz de Bella se escuchaba cada vez más baja. Mi visión era borrosa y mis dedos se movían de manera propia, sin ninguna orden de mi cerebro.
Mis párpados pesaron, y fui perdiendo el conocimiento a medida que me iba dirigiendo a la oscuridad de la inconsciencia.
Bella POV
Lo que estaban viendo mis ojos no podía ser cierto. Edward no podía yacer ahí, a mitad del pasillo haciéndole compañía a los otros pasajeros heridos. Él borboteaba sangre de manera irregular y extensa, su cuerpo estaba arriba de un charco de su propia sangre que me hacia doler la cabeza por todo lo que esto podría significar. No me importó que el secuestrador estuviese de pie, junto al cuerpo de Edward observando su crimen. Corrí y le abracé para poder cerciorarme que respirase.
—Por favor resiste —le pedía llorando, acercando mi oído a los orificios de su nariz, tratando de escuchar o sentir a través de su aliento la respiración. Era lenta, muy pausada, casi inexistente.
—¡Suelte el arma, está rodeado! —gritaron del exterior—, ¡Agáchense todos! —protegí el cuerpo de Edward con el mío—, uno, dos, tres —contaron desde afuera y dispararon hacia las ventanas de los primeros asientos. El estruendo de los vidrios provocó que chillásemos, mas no le quitó el miedo a los valientes que se atrevieron a lanzarse encima del secuestrador. Yo seguí abrazando a Edward, como si se me fuera la vida en ello. Mi ropa ya estaba teñida de su sangre y me asustaba que él respirase cada vez con menos intensidad.
—¡No! —gritaban nuevamente los pasajeros que estaban al interior de nuestro bus. Cuando levanté mi vista, el cuerpo del secuestrador caía por una de las ventanas, junto al cuerpo de dos hombres que lo habían empujado. En ese mismo instante, muchos médicos entraban por la puerta que había sido por fin abierta producto de los disparos del exterior, y comenzaban de inmediato a sacar a la señora Mary, al chofer y a Edward, que eran los tres más graves dentro del bus. Los otros pasajeros se saltaban por las ventanas, no esperaban a que el pasillo se desocupase para poder evacuar. La histeria había vuelto a sus corazones, y nos les importaba el hecho de que estuviera el secuestrador afuera.
Salí detrás de los médicos que cargaban con cuidado el cuerpo de Edward, y vi como le acostaban en una camilla que tenían preparada a las afueras del bus.
—¡Bella! —mi padre me abrazaba apenas tocaban mis pies la tierra.
—¡Papá! —sollocé lo que me faltaba por sollozar. Estar en los brazos de mi padre me hacía liberar todas mis emociones.
—¡Necesito un médico, mi hija está herida! —exaltaba asustado, al ver mi ropa teñida de carmín.
—No papito, yo estoy bien, pero Edward… ay Dios mío, no sé cómo está Edward, yo… necesito estar con él.
—Ve con él hija, yo estaré aquí siempre —me habló, poniendo sus manos en mi pecho, cerca de mi corazón. Nos abrazamos nuevamente, y me encaminé hacia donde estaba Edward.
—Todo estará bien, cariño —le susurraba, mientras me apartaban de su cuerpo para poder comenzar a inyectarle algún tipo de droga, supuse, para calmarle el dolor y adormecerlo.
—¡Suelta el arma y entrégate! —ordenaba uno de los policías que señalaba al secuestrador con una pistola a una distancia de unos cincuenta metros.
Alcé la vista para observar el panorama que no había presenciado producto de Edward y mi padre.
El sol ya alumbraba toda la carretera. En el lado izquierdo de esta, de norte a sur, se encontraban los dos buses estacionados. Nuestro bus tenía la mayoría de sus ventanas rotas, escasamente se percibían los mensajes con lápiz labial que habían escrito los pasajeros. Algunos de ellos descendían del transporte con miedo, mientras unos cincuenta más observaban la redada que hacían los policías armados para capturar con vida al secuestrador, que emprendía marcha hacia un lugar sin rumbo fijo.
El secuestrador comenzó a correr y trataba de agarrar a alguno de los pasajeros que se encontraban dispersos por los alrededores. Los policías también comenzaron a correr detrás del hombre, hasta que uno de ellos le disparó a la altura de su estómago.
El secuestrador dio tres pasos más, tambaleándose, y otro policía le apuntó a la frente, con una pistola con mira láser, haciendo que aquel hombre cayese muerto en el medio de la carretera automáticamente.
Las personas se abrazaban llorando. Nunca pensé que podría presenciar la muerte de un sujeto que se dejó llevar por la avaricia, al cual no le importó la vida de cuarenta personas que mantuvo cautivas durante una media hora que pareció eterna. Los policías corrían a cerciorarse del cuerpo del secuestrador, tapándolo para que no provocase más controversia de la producida.
Me di la vuelta y observé el cuerpo de Edward, conectado a una infinidad de máquinas dentro de la ambulancia.
—Si no llegamos pronto al hospital, puede que este joven fallezca —dictaminó uno de los médicos, entrando a la cabina con la disposición de cerrar las puertas para marchar con rapidez a la ciudad y así tratar de salvarle la vida a Edward. Yo corrí la poca distancia que me separaba de ellos y le detuve justo cuando iba a cerrar las puertas traseras.
—¿Es usted algún familiar?
—Soy la novia. Déjeme ir, por favor —rogué. El médico me tendió su mano y el reloj demostró que tenía poderío otra vez con la vida de las personas, haciendo que la ida al hospital se acrecentara.
No le solté su mano en todo el trayecto, y a pesar de haber visto a mi padre esperándome a la entrada del hospital, no le presté mayor atención y me dirigí junto con los médicos hasta la entrada de los pabellones.
—Espere aquí afuera, señorita —me pidió una enfermera, mientras otra me tironeaba de mi ropa.
—¡Edward! ¡Edward! —profesaba su nombre con fuerza. Quebrándome nuevamente, al medio del pasillo del hospital.
—Será mejor que vaya a la sala de espera, señorita —me aconsejaba una de las enfermeras—, hacer hora aquí, será lo mismo que hacerlo allá. Lo importante es que no pierda la esperanza, y confíe en los médicos, ellos harán todo lo posible por salvar al joven.
Me pusieron de pie y me llevaron en calidad de bulto hacia la sala de espera, donde estaba mi padre conversando con un grupo de personas. Ellas se voltearon al sentirme desvanecer en uno de los asientos, y fueron a preguntarme por mi estado de ánimo. No hablé con ninguno de ellos. Aquellas personas no habían estado con nosotros en el bus, por lo que no sabían lo que sentíamos cada uno de nosotros en estos momentos. La mayoría de los pasajeros estaban siendo tratados en este hospital, algunos para constatar hecho menores y recetarle algunas píldoras para que pudiesen dormir y seguir su vida con normalidad, no sería fácil olvidar lo que se había vivido instantes anteriores. Los que estuvieron heridos por lanzarse del interior del bus por la adrenalina y el miedo a través de las ventanas también se encontraban aquí, esperando sus diagnósticos. El chofer y la señora Mary, eran las dos personas que seguían en gravedad después de Edward, y ahí recaí en una pequeña niña que estaba sentada en un rincón de la habitación.
Sin haberla visto antes, supe de inmediato que era Alice, la hija de la señora Mary. Tenía su carita colmada de pena, sus mejillas rojas de tanto llorar, al igual que sus ojitos. Trataba de ocultar su llanto tapando su cara entre sus rodillas, pero no podía. Ella debía de estar sintiendo el mismo dolor que yo en este instante. Ambas teníamos a seres queridos que sufrían, y más aun, ella a su madre, que defendió su 'millón de pesos' a pesar de todo.
—Hola pequeña —le dije, sentándome al lado de ella.
—¿Tú también estabas en el bus? —preguntó, señalando mi ropa manchada.
—Así es —ella se lanzó a mis brazos y comenzó a llorar—, no quiero que a mamá le pase algo.
—Tu mami es una persona muy fuerte, Alice.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Yo soy la compañera de viaje de tu mami, mi nombre es Bella, y siempre me ha hablado de ti.
—¡También te conozco! —confesó un poco más animada. Le acaricié sus cabellos y ella se acomodó entre mis piernas.
—Las dos estamos esperando a que personas muy queridas, tenemos que tener la esperanza de que pronto estarán con nosotras —le hablaba, acariciándole con ternura su cabeza. Podía sentir que sollozaba con menor intensidad. Su compañía también me permitía tranquilizarme. Edward se salvaría, mi corazón le estaba cuidando, mi alma, y mi vida le esperaban aquí afuera.
Tres horas habían concurrido y todos los noticieros de la hora central reporteaban lo que habíamos vivido en la mañana. Ver a través de los televisores de la sala de espera el bus, y el sitio del suceso me daba escalofríos. Pensar que había estado allí, y que había visto cómo aquel sujeto, que yació muerto preso de su osadía y fue capaz de todo con tal de llegar a su objetivo, hacía que nacieran náuseas y apartara mi vista del televisor. Las imágenes grabadas por un camarógrafo cuando Edward ingresaba al hospital, con un médico encima de él, haciéndole recobrar sus sentidos me hizo sentir como si a mí me estuviesen atravesando un cuchillo en todo mi pecho. Edward, Edward, Edward… tienes que estar bien. Me dediqué a recitar en mi mente.
El médico que le estaba viendo llegó hacia la sala de espera. Corrí hacia él y le pregunté de inmediato por la salud de Edward.
—Todo depende de él. Si su cuerpo y sus ganas de vivir le permiten que pase esta noche, el joven estará estable dentro de los próximos días. Nosotros como médicos, hemos realizado todo lo posible —contestó, tomando mi hombro en señal de fraternidad.
—Lo puedo… ¿Lo puedo ver?
—Solamente dos minutos. Acaba de salir de cirugía —le agradecí asintiendo con mi cabeza. Le seguí hacia un cuarto, donde me hicieron vestirme con los atuendos similares a los de los médicos. Entré acompañada de una enfermera a la habitación donde se encontraba Edward, conectado a un respirador mecánico para ayudarle en su respiración, además de un suero que estaba inyectado en uno de sus antebrazos. Tenía el pecho al descubierto, y se apreciaba un enorme parche que cubría su herida.
—¿Sabe señorita lo que le salvó completamente la vida? —me interrogó la enfermera con una sonrisa en sus labios. Yo le hice entender que no, moviendo mi cabeza con tristeza. La imagen de Edward, tan indefenso, hacía que todas mis defensas se desvanecieran—. El joven llevaba consigo un medallón, guardado en el bolsillo de su camisa. El arma blanca se estancó en aquel medallón, y eso hizo que no lastimase la zona del corazón.
Sonreí ante lo que mis oídos estaban escuchando. Con mayor razón, sabía que Edward estaría más temprano que tarde nuevamente a mi lado.
Edward POV
—Muchas gracias por todo —me despedía de cada una de las personas que me había cuidado durante el mes y medio que permanecí en los cuidados intensivos del hospital. Bella me esperaba junto a mi madre en la sala de espera, con un enorme ramo de flores. Quise acortar la distancia rápidamente.
—No te esfuerces —me pedía, adelantándose hacia mí, besándome en los labios.
—Por fin de alta —susurré estrechándola en un abrazo. Nos separamos y me abracé con mi madre.
—Cuando llegues a la casa, te encontrarás con tu platillo favorito, esperándote —me comentaba ella, dándome su gancho al lado izquierdo, y Bella al derecho. El padre de Bella estaba en el asiento de conductor del vehículo de nuestra familia, y nos esperaba a las afueras del hospital, para que el viaje fuese más cómodo y así no utilizar la ambulancia.
Durante todos los días que permanecí en el hospital, Bella fue a verme sagradamente. Me comentó lo que había sucedido después de que me hiriesen, y que no hubo ningún fallecido, aparte del secuestrador. El chofer sí perdió completamente su oreja, mas su audición quedó intacta. Ahora trataban de poder hacerle algún tipo de cirugía estética para que quedase similar a como era antes del accidente. La señora Mary estuvo una semana internada en el hospital. Los cortes en sus manos no le afectaron mayoritariamente, y podría hacer su vida normalmente.
Estar con mi novia en los momentos más complicados de mi vida, hicieron que nuestra relación se afianzara mucho más, y supe de inmediato que ella era efectivamente, la mujer que deseaba para el resto de mi vida. Habíamos prometido ponernos nuestros obsequios cuando estuviésemos con la familia, pero luego de abrir los ojos, y contarme lo que me había salvado de morir, no dudamos un instante más, y estando los dos solos en la habitación, nos colocamos nuestros medallones, jurándonos el protegernos y cuidarnos.
De vuelta a nuestra ciudad, en la carretera, vimos como una mujer estaba sentada al lado izquierdo de esta, observando una nueva 'animita' que había en el camino.
—Esa es la… ¿animita del secuestrador? —pregunté.
—Así es. A los tres días del suceso, la madre vino aquí a construirle la casita —relataba mi mamá, con tristeza—, se pasa todos los días aquí. Se viene en el primer bus, y se regresa en el último. Pobre mujer.
—Agradece Elizabeth que tienes a tu hijo vivo, y no lo tienes que recordar a mitad de camino, como esa mujer —aconsejó el padre de Bella.
El silencio se hizo presente, y Charlie tocó dos bocinazos cuando terminamos de pasar por el sitio exacto donde había caído aquel sujeto.
Pensar que, infaliblemente, mi recuerdo se pudiese encontrar ahí me produjo cierto escalofrío. Bella entendió mi miedo y me entrelazó con más fuerza su mano.
—Ya todo está bien —murmuró, acomodándose en mi hombro.
—Sí. Todo está bien —acoté, acurrucando mi cabeza sobre la suya.
Nota de la autora:
Era un 11 de septiembre del 2001 y todo el mundo estaba conmocionado por el atentado de las Torres Gemelas en Estados Unidos. Sin embargo, horas antes de aquel atentado, entre la carretera que une a Mejillones (la pequeñita ciudad donde yo vivo) y Antofagasta (la capital de mi región, ubicada a una hora y media de mi localidad) un sujeto mantenía secuestrado a dos buses en medio de la carretera. ¿El motivo? Le habían informado que una señora de Mejillones llevaba en su maletín un millón de pesos, situación que nunca fue verídica. Esto provocó que el chofer del bus perdiese una de sus orejas, al tratar de mantener la calma en su locomoción. La dueña del presunto maletín con heridas en sus manos, y un policía que iba de civil aquel día en el bus, muerto, al tratar de defender a los pasajeros. Fueron alrededor de cuarenta minutos de pánico y horror, hasta que llegaron policías especializadas en el tema, y le dispararon al secuestrador.
Llevo más de seis años en la rutina de viajar de lunes a viernes a la ciudad. Primero fue por el colegio, ahora lo es por la universidad. Hay demasiadas historias en la carretera, y esta ha sido una de las que más me ha marcado. He perdido a muchos amigos y conocidos en estos sesenta kilómetros de desierto y cerros, y me pareció adecuado insertar este suceso en un fic. Cuando pensé en un bus, no pude evitar recordar el 11 de septiembre.
Como siempre, agradezco de todo corazón su visita a este fic. Agradezco de manera doble a quienes dejan su comentario acerca de las cosas que escribo, de manera especial a quienes comentan todos los capítulos.
De paso, les informo que la próxima actualización contendrá lemmon. Y se me han ocurrido unas cuantas cosas y uf… rezo para que todo quede tal cual a como me lo estoy imaginando xD. ¿Se animan a pensar en quienes serán los penúltimos de esta historia?
¡No se olviden de votar por las historias que están participando en el Halloween Cullen Contest! Tienen la opción de dar dos votos ^^ El link que encuentra en mi perfil.
