El Taxi I

Aviso: Ambos capítulos que corresponden a taxi, tendrán contenido de carácter sexual.

Rosalie POV

No fueron los rayos del sol los que me despertaron precisamente, sino más bien, las expertas manos de Royce recorriendo mi cuerpo con una especie de hambre carnal.

Me había acostado al ver que el reloj marcaba las once y media de la noche. No le escuché cuando llegó a mi departamento, muchos menos sentí cuando se acostó a mi lado.

Con fuerza me cambió de posición, ya que me encontraba dándole la espalda, y rápidamente quedó encima de mí, aprisionando mis manos con las suyas arriba de mi cabeza, dejándolas en aquella postura. Recién comenzaba a abrir mis ojos, para verle, para querer besarle, pero dejó una de sus manos en mi boca, para que no emitiera sonido alguno, y con la otra, trataba de bajar mis shorts que usaba como pijama. Sus labios no se perdieron en los míos, se dedicaron a morder mi cuello.

—Me duele, Royce… —musité.

Él no respondió, siguió tocando cada parte de mi cuerpo con la misma furia, como si estuviese apresurado. Mi ropa interior también quedó a mi media rodilla, y sin aviso alguno o toque de dulzura, entró en mí delirantemente.

—¡Ah! —gemí más por el dolor que por el placer.

—Me encanta hacerte gritar de esta manera —habló por fin, observándome con libido, moviéndose al compás que necesitaba para llegar primero al orgasmo. Trataba de seguir su ritmo para poder disfrutar del momento, mas cuando recién empezaba a llegar a un clímax, Royce eyaculó y cayó al lado izquierdo mío, respirando con fuerza.

—Anoche no te escuché llegar. ¿A qué hora llegaste? —pregunté. Royce seguía respirando con dificultad. Se quedó un momento callado, mirando hacia el exterior.

—Tarde, tenía asuntos que hacer en la oficina.

—¿Hasta tan tarde? Royce, creo que te explotan demasiado en aquel lugar, me acosté cuando bordeaba la medianoche —él se mofó de lo que dije, dibujando en su rostro una sonrisa torcida. Agarró mi cabeza y estampó un beso en mi frente.

—Me voy a bañar, ¿podrías preparar algo para comer? Tener sexo contigo me abre el apetito.

—Claro, enseguida te lo preparo —respondí, mientras ambos nos sentábamos en la orilla de la cama. Me volví a colocar mi ropa interior y mi pijama, además de la bata, y me dirigí hacia la cocina.

En el calendario que decoraba la puerta de esta, se encontraba marcado el lunes de la próxima semana. Aquel sería el día en que comenzaría con un nuevo trabajo.

Desde que me titulé como fonoaudióloga, hace medio años atrás, no había encontrado cupo alguno para trabajar en la ciudad. Había ofertas, pero estas no duraban más allá de las tres semanas, y prácticamente pagaba el arriendo de mi departamento con ciertas clases que hacía a pequeños de manera particular, desde que comencé a ejercer la práctica de mi profesión.

—¿Qué es ese olor a quemado? —la voz de Royce me asustó, y caí en cuenta que había dejado por más tiempo el pan a tostar al fuego, quemándolo—, ¿en qué rayos estás pensando, Rose?

—Me quedé viendo el calendario.

—¿Qué? ¿Acaso lo hicimos en una fecha peligrosa para ti? ¡Ah! Se me olvidaba, tú no puedes tener hijos —la forma en la que lo decía Royce era realmente dolorosa.

A los cinco meses de estar con él había quedado embarazada. Ambos teníamos recién diecinueve años de edad, comenzábamos nuestro segundo año en la universidad, y tener un hijo en aquel tiempo habría sido una locura. A pesar de aquello, por ningún motivo quise abortar, dejaría de estudiar para criar al frutito que tenía dentro de mí, y hubiera hecho lo posible para haberle dado lo mejor.

Sin embargo, un día común y corriente, antes de hacer la primera cita con el ginecólogo, comencé a sangrar. Me asusté demasiado. Llamé a Royce pero no le pude ubicar. Llegué solitariamente al consultorio, con más miedo acumulado en mi interior. El sangrado no se estancaba, y comenzaba a parecer una hemorragia. Perdí el conocimiento en medio de la consulta, y cuando desperté, sentía un enorme dolor en mi vientre. Una mascarilla me proporcionaba mayor oxigeno. Levanté mi mano izquierda y vislumbré una mariposa, de la cual se encontraba conectado el suero que goteaba su líquido con el paso de los latidos de mi corazón.

Mi madre estaba al lado mío, me miraba con una enorme pena. No sabía qué ocurría.

Hija, me enteré de lo que ha sucedido… lo siento tanto —susurraba.

¿Qué pasó mamá? —preguntaba. Sentía mi voz de forma distinta, por el extraño eco que le daba la mascarilla empañada—, ¿mi bebé? —volví a preguntar. Mi madre no sabía todavía de mi embarazo, pero suponía que a estas alturas, alguien ya le había mencionado aquello.

Ella sollozó y me tomó de las manos. Aquella expresión de su rostro jamás nunca la olvidé.

Tu hijito estaba creciendo en una de tus trompas de Falopio, allí se estaba formando… por lo que… su crecimiento más tarde sería imposible… por eso empezaste a sangrar… y…

¿Qué pasó mamá? —insistí con la misma pregunta, suponiéndome la respuesta, tratando de guardar las lágrimas.

Era salvar tu vida, Rose, tuvieron que practicarte un aborto médico, además de…

¿Además de qué mamá? —las lágrimas caían por mis dos ojos, haciendo que la vista se me nublara por el relato de mi madre.

Han tenido que extirparte una de las trompas, y cuando te recuperes de la operación, tendrás que hacerte unos exámenes para saber si… podrás seguir teniendo hijos.

Aquella noticia, además de enterarme de la pérdida de mi primer hijo, hizo que me sumiera en una depresión durante los próximos seis meses al saber que efectivamente, nunca más podría tener un hijo. El apoyo de mi madre y de Royce fue fundamental.

Te prometo amor mío que juntos saldremos de esto. Jamás te dejaré de amar, y nunca me separaré de ti. Porque te amo tal cual eres, y como seguirás siendo por siempre —sus palabras me hicieron quererlo mucho más.

—Perdóname por lo que acabo de decirte, amor —se disculpó. Supongo que se dio cuenta de mi silencio. El pan seguía quemándose. Royce apagó la cocina y me abrazó por detrás—, no te preocupes por el desayuno. Estoy algo atrasado. Nos vemos a la noche —depositó un beso en mi nuca y me quedé ahí por otro momento.

El sonido de la puerta cerrarse me activó nuevamente. Boté el pan negro y duro a la basura. Saqué la jarra con leche que tenía en el refrigerador. Me serví un vaso en silencio, pensando en cómo habría sido mi vida si aquel hijo que esperaba en el pasado, estuviese aquí, conmigo.

—No vale la pena pensar en las cosas que no ocurrieron, Rose —me dije mentalmente, mientras me desasía de mi ropa y me adentraba a la ducha. Me dedicaría luego a hacer el aseo de la casa y preparar el almuerzo, en caso de que Royce viniese a comer. A eso de las tres de la tarde visitaría a mi amiga Vera, por lo que dejaría todo impecable.

.

.

—A veces creo que entre tú y Royce, ya no hay amor.

—¿Por qué dices eso, Vera?

—Rose, es cosa de unir todo lo que ha pasado entre ustedes dos durante los últimos años. Ya no te lo digo como sicóloga, sino como amiga —Vera fue mi sicóloga desde que comencé con todo mi problema de la infertilidad, hace ya, cuatro años atrás. Ahora que me encontraba 'curada' le seguía visitando, porque se había formado un vínculo muy unido entre las dos—, lo que me has contado, más las extrañas horas de llegada de tu pareja, el constante cambio de humor que tiene contigo, la forma en la que te trata, son claras evidencias de que sencillamente, lo de ustedes ya no da para más. Rose, eres una mujer hermosa, dentro de poco, con un trabajo estable, que te llenará de alegría porque ejecutarás tu vocación como siempre lo has soñado. Eres independiente, no dependes de él.

—Pero no sirvo como mujer… y Royce me ama así —concluí seria.

—No cariño. No hables así de ti. Tienes que amarte tal cual eres, y lamentablemente la vida te ha jugado esta mala pasada. No dejes que esto te destruya. Que Royce siga junto a ti, no significa que te ame. Valórate más como mujer, amiga, e intenta dejarlo.

—¿Me estás proponiendo que termine con Royce? —Vera me dedicó una cara llena de pena. Ella también conoció a Royce, puesto que con él tuve que venir a muchas de las consultas. Cuando dejamos de ser psicóloga—paciente, y nos convertimos en amigas, ella me expuso que la compañía de mi novio no era la adecuada. La relación con él ha cambiado. No vivimos juntos de forma estable. A veces soy yo la que va a su departamento y convivimos ahí por un tiempo. Otras veces es él el que aparece en el mío, como la noche anterior.

—Esa es una decisión tuya, amiga, pero si yo fuera tú, le habría dejado hace tiempo.

—Pero Vera, tu no entiendes mi posición…tú le puedes dar a cualquier hombre todo, porque eres una mujer completa.

—Por amor a Dios, Rose, deja de decir tal estupidez. El hombre que te quiera, te querrá como eres.

—Pues, yo quiero a Royce, y él me quiere a mí. No tenemos por qué separarnos.

—¿Sientes las mismas emociones de la primera vez? ¿Te sientes enamorada? ¿Te encanta? ¿O solamente son dos seres humanos que se sacian sexualmente, tratan de convivir juntos y por eso siguen como pareja?

—¡Vera! Tú ni siquiera tienes pareja. No me puedes decir a mí este tipo de cosas —ella me dejó de mirar—, discúlpame… pero yo estoy bien con Royce, estoy segura. Él se preocupa de mí a su manera, y yo le quiero también a la mía. Llevamos casi cinco años juntos, ¿no te parece algo seguro?

El móvil de Vera comenzó a vibrar en la mesita de vidrio que tiene de centro en su casa. Se disculpó y se fue a hablar a la cocina. De seguro que es un paciente, debe de mantener todo código de confidencialidad con ellos, y por eso hablaba a solas con él o ella.

—Era un paciente —me confirmaba, mientras se volvía a sentar al frente de mí. Nos quedamos en silencio por unos instantes—, ¿estás preparada para el próximo lunes?

—No te negaré el hecho de que estoy muy nerviosa. Pero a la vez, demasiado feliz. Ya deseo que comience pronto el lunes. Podré estar con un grupito de niños, y tratar de ayudarles de la mejor forma posible.

—Ese es el espíritu, amiga. La conversación está muy interesante, pero debo de atender a la persona que me llamó, dentro de una hora más.

—¡Oh, no te preocupes! Yo también tengo que hacer unas cuantas cosas, así que te dejo.

—Ven a visitarme después de tu primera clase, así me cuentas todo, con lujo de detalles.

—Muy bien, te llamaré para avisarte —me despedí de ella, y me encaminé hacia el edificio donde se encuentra mi apartamento, que quedaba a unas cuantas cuadras del de ella.

Al abrir la puerta de mi departamento, me encontré a Royce, el cual cargaba una gran cantidad de globos, con frases tales como perdóname, te quiero, te amo, además de tener abrazado a un conejito sosteniendo un corazón, y un ramo de rosas rojas.

—¡Royce!

—Todavía me siento culpable por lo que te dije hoy en la mañana.

—No tenías que traerme todas estas cosas… me basta con tu cariño y tu amor —respondí abrazándolo, haciendo que los globos chocasen con el techo.

—Te amo muñeca ¿lo sabes, cierto?

—Por supuesto que sí —no entendía por qué Vera creía que no había amor entre él y yo, si todo marchaba a la perfección.

.

.

Los días faltantes al ingreso de mi trabajo transcurrieron de forma rápida y dinámica. Aproveché el máximo de tiempo libre que me quedaba, para esperar a Royce con comidas hogareñas, mimos y cualquier atención que él necesitase.

Por asuntos de su trabajo, no se quedó conmigo el fin de semana en mi departamento, pero me prometió que vendría por mí el lunes en la mañana, para ir a dejarme al colegio donde ejercería mi profesión. Este se encontraba localizado a la otra punta de la ciudad. Serían unos cuarenta y cinco minutos en metro, qué decir del tiempo que se tendría que ocupar para recorrer la distancia en micro o taxi.

Si todo resultaba bien, y el sueldo se agrandaba y mi contrato se extendía a un par de años como mínimo, podría ver la posibilidad de comprar un automóvil, o arrendar un departamento cercano a mi trabajo.

"Y ya son las siete de la mañana con cinco minutos, aprovecharemos de dar un resumen de las noticias que son actuales en el mundo…"

Apagué el televisor para llamar a Royce, estaba atrasado, y no quería llegar tarde a mi primera clase.

—Puede que le haya ocurrido algo —pesé preocupada, mientras le marcaba—, ¿Royce? —le llamé, al sentir que había contestado—, ¿dónde estás?

¡Muñeca! Me he quedado dormido —contestó apresurado, se escuchaba como si tratase de acomodarse la ropa—, ¿te sirve que te vaya a buscar ahora? —miré la hora del reloj, marcaba las siete y siete minutos. En que él se vistiese, encendiera el automóvil y llegara a mi casa serían unos quince minutos. Royce vive a la entrada de la ciudad.

—No, no es necesario, ya estoy abajo en el paradero de locomoción, esperando a que pase algún taxi o algo por el estilo —mentí. Ahora tomaba frenéticamente mi cartera y cerraba la puerta.

Te he fallado otra vez, muñeca.

—No te sientas culpable. Aprovecha de desayunar algo, aunque si no tienes nada, en mi departamento he dejado unas cuantas cositas —nos despedimos y apresuré mi paso. Era temprano aún para tomar un taxi, por lo que podría aprovechar de esta locomoción. Efectivamente, le hice la seña a un colectivo que venía con tan sólo un pasajero, ocupando el asiento que está al lado del chofer.

Este se estacionó cuando levanté la mano, y abrí la puerta del asiento de atrás.

—Buenos días.

—Buenos días, señorita —el chofer aceleró y luego descendió la velocidad, esperando a que el semáforo se pusiera en verde—, ¿hacia dónde va?

—Voy al sector sur, ahí se paga —le pagué, aprovechando que el color del semáforo seguía en rojo. Él me dio el vuelto y siguió con su recorrido.

Emmett POV

—¿Por qué está sonando mi celular tan temprano? —trataba de buscar el móvil que sonaba de forma más estrepitosa, me di un par de vueltas en mi cama, enredándome con las sábanas y las frazadas, cayendo al suelo. El golpe me hizo despertar completamente, lancé todo al piso y apareció el objeto vibrante. Vi quién era la persona que interrumpía mis sueños.

¿Emmett?

—¿Sí?

¿Estás despierto?

—Por supuesto, Bella.

¿Ya estás en el gimnasio?

—Claramente que sí.

¡Te dije que él no se olvidaría! —escuché la voz de Edward, regañándola—, me alegra tanto el saber que no te has olvidado de ir a abrir el gimnasio, podremos disfrutar con Edward entonces de nuestra luna de miel tranquilamente, ¿hace falta que te llame mañana?

—No hermanita, disfruta con Edward de su viajecito.

Gracias, nos vemos dentro de una semana —corté la llamada y, automáticamente, la sonrisa que se me había formado, al saber que Bella y Edward se encontraban bien, se deshizo de mi boca.

—¡MIERDA! —grité. Me había quedado dormido. Era el colmo que no me acordase en lo absoluto que Bella había partido de luna de miel el viernes junto a Edward, luego de casarse por el civil—, si hasta tú fuiste uno de los testigos—, me recriminaba, buscando cualquier cosa que me sirviese como ropa. Bella era la que llegaba siempre temprano para abrir el gimnasio, y ahora que no se encontraba, y no tenía una secretaria durante una semana, yo tenía que hacer ambas partes del trabajo.

Salí corriendo de mi casa, si seguía con aquel ritmo, llegaría dentro de la hora aceptable para abrir. Estaba a unos veinte minutos de trote, aquel era mi medio normal de llegar al trabajo. Calculando la hora, si corría, se reducirían a unos diez minutos y todo saldría perfecto. Llegaría a eso de las ocho y minutos.

Llevaba un excelente ritmo, ya había cruzado unas cuatro cuadras cuando recordé algo fundamental.

—¡DOBLE MIERDA! —me recriminé, puesto que había dejado las llaves en la mesa. Corrí más rápido, y cuando volví a ponerme en marcha, dándome cuenta que no se me quedara nada más, aunque corriese con pies y manos, no llegaría a tiempo.

Si descendía una cuadra hacia abajo, me encontraría con el paradero del transporte público, pero por la hora sería imposible acceder a la locomoción. Todo el mundo se dirigía a sus trabajos y los estudiantes parecían un montón de monos, mientras se colgaban de los pilares de las micros para no caerse. Sin importar aquello, bajé a dicho lugar y esperé a que apareciera algo.

Tuve suerte de que un colectivo dejase a uno de sus pasajeros —el que iba en el asiento de copiloto— en pleno paradero, me apresuré a subirme a este, sin saber si me servía su recorrido o no.

—¿Sigue derecho? —pregunté algo agitado—, buenos… días.

—Sí, hasta el final —me corroboraba el chofer—, buenos días.

—Aquí tiene —le di el dinero y él siguió con el recorrido. Eché mi cabeza hacia atrás para controlar mi respiración, cerré los ojos, inhalé y exhale un par de veces de manera prolongada, y cuando me estabilicé, mi mirada se fijó en el retrovisor del auto.

En la esquina, justo detrás del chofer, se encontraba la mujer más hermosa que había visto en toda mi vida.

No es que me gustaran las mujeres rubias y voluptuosas, he estado con todo tipo de chicas, desde morenazas, trigueñas, pelirrojas, algo anoréxicas o rellenitas, por habido y por haber en el mundo. Pero ella, sin lugar a dudas, era la persona más maravillosa que mi mirada había podido reconocer. Había un solo problema. Ella no estaba feliz. Se encontraba gimoteando, miraba a través de la ventana, cruzada de brazos, aumentando su busto aún más. Su expresión reflejaba una angustia y pena desmesurada ¿Qué le estaría pasando?

Mi vista siguió el recorrido de las personas que se encontraban en el asiento trasero del taxi. Habían dos hombres, el que estaba detrás de mí, lo observé por el vidrio que tiene el copiloto, al lado derecho. Iba marcando con su cabeza el ritmo de la canción que iba escuchando en lo que fuese que estuviera conectado sus audífonos. El otro tipo, el del medio, tenía una sonrisa boba, miraba para todos los lados, mas su mano izquierda no se quedaba quieta. Lancé una de mis monedas cerca a la caja de cambio del auto, y al recogerla, alcé mi vista hacia atrás. Ahí supe el motivo de la sonrisa del tipo y la angustia de la chica.

—¡Detenga el automóvil! —chillé. Mi grito hizo que el chofer frenase de improvisto, haciendo que todos los pasajeros nos fuésemos hacia adelante y luego hacia atrás con fuerza.

Me bajé y abrí la puerta de atrás.

—¡Por favor, bájate! —le pedí al chico de los audífonos. Él con miedo hizo lo que le pedí, y teniendo el camino libre, agarré del cuello de su camisa al hombre que me observaba con miedo—, ¡maldito pervertido! ¡Cómo se te ocurre aprovecharte de la señorita! —le estampé un puñete que le hizo saltar un par —o quizás tres— dientes.

La rubia no aguantó más y comenzó a llorar con más ahínco. Eso provocó que una rabia todavía más potente emergiera de mi interior, y le di otro puñetazo en el ojo.

—Por favor, detente —me pidió ella, saliendo del taxi, para tratar de calmarme.

El pervertido se subió al taxi, junto al tipo de la música, y sin esperarnos, el chofer siguió con su recorrido.

—¿Por qué no te defendías del tipo? —prácticamente le grité. El muy maldito frotaba su mano en el muslo de ella, y la mano y algunos de sus dedos se perdieron entremedio de sus piernas por escasos momentos.

—Necesitaba llegar a tiempo… —susurraba con pena, gimoteando—, no podía permitirme el hacer un escándalo… hoy comenzaba con mi nuevo trabajo… llegaría tarde —me daba explicaciones entrecortadamente—, y no sirvió de nada —miraba el reloj de su muñeca—, son las ocho, y no alcancé a llegar —rompía nuevamente en llanto—, esperé por tanto tiempo esta oportunidad, y la he acabado de perder, si te hubieras quedado callado, habría podido llegar.

¿Me estaba echando la culpa por haberla defendido? Sí que era rara la rubia.

—¿Hacia dónde tenías que ir? —le pregunté. Ella se pasó un pañuelo por su rostro, para quitarse las lágrimas. De cerca era muchísimo más hermosa.

—Al colegio que está dos cuadras más allá —apuntó con su dedo. Yo tenía mi trabajo asegurado, y digamos que los lunes no acudía mucha gente en la mañana al gimnasio, unos minutos más, otros menos no harían la diferencia.

—Te llevo.

—¿Qué?

—Dije que te llevo, todavía puedes llegar a tu trabajo, son recién las ocho de la mañana, y todos podemos tener un percance.

—¿Pero cómo me llevarás?

—Permiso —le pedí, sosteniéndola entre mis manos. Ella puso sus manos en mi pecho producto de la inercia, sentí una electricidad que me recorrió completamente—, tengo buena condición física, llegaremos en un par de minutos a tu trabajo —no permití que chistara, y antes de que se desalojara de la cómoda postura en la que se había puesto, comencé a correr. Ella se aferró a mi cuello, lo que provocó que sus senos se estrechasen mucho más a mi pecho y una vaga idea comenzó a surgir en mi cabeza. Tú no eres un pervertido, Emmett. Ninguno de los dos hablaba, puesto que si lo hacía ella, sería de forma entrecortada, y si yo emitía algún sonido, me cansaría con mayor facilidad y no rendiría la velocidad que ameritaba el momento.

Cuando el portero comenzaba a cerrar la puerta del establecimiento, ella se hallaba tocando suelo firme.

—Muchas gracias… pero si no entro ahora…

—Tranquila, fue un gusto el haberte ayudado —respondí. Ella sonrió y entró apresuradamente. Su cabellera ondulada fue lo último que vi antes de que el portero se interpusiera.

—Bien Emmett, a la otra, le preguntas el nombre —me auto recriminé, comenzando a caminar lo que me faltaba para mi trabajo.

.

.

Como supuse, no había nadie a las afueras del gimnasio. Abrí la puerta principal, encendí el aire acondicionado, prendí el computador que utiliza Bella en el mesón de informaciones. Revisé el listado de las personas que tendrían que acudir al gimnasio, hoy no eran muchas. El día lunes es el más fastidioso, luego del domingo.

Al no tener que atender gente hasta entrada las nueve de la mañana, cerré la puerta y me fui a las duchas, para darme un baño y quitarme el exceso de sudoración. No lo había hecho en la mañana, por haber salido tarde de casa, y lo necesitaba al haber corrido.

Mientras el agua recorría mi cuerpo, no podía dejar de pensar en aquella mujer que había conocido de tal extraña forma. Necesitaba saber más de ella, su nombre, sus gustos, todo. Por primera vez en mi vida, agradecía mi irresponsabilidad, además de las llamadas de Bella.

Iré a buscarla… no, no puedo, tengo a esa hora que atender al grupo de delgadas que se creen obesas… tal vez a la tarde… puede que ella esté aún ahí. Debatía en mi interior.

.

.

Estuve el resto del día en otro mundo.

Un mundo donde la sonrisa de aquella chica se convertía en el centro, donde el tacto de su mano era la mejor caricia, y sus ojos, del nítido color sin el rojizo de fondo por las lágrimas, hacían brillar aquel mundo con su fulguración.

Esto está mal, Emmett. Es una desconocida en tu vida —me iba diciendo, mientras cerraba las puertas del trabajo. Lo mejor sería llamar a Bella—, ¿Bellita?

Hola Emmett, ¿cómo va todo? —era Edward el que me contestaba.

—Todo va fenomenal, ¿han disfrutado del viaje?

Demasiado —me respondía con una pizca de picardía—, ¿por qué llamabas? ¿No encuentras algún papel o ficha?

—Hum no… no se trata del trabajo. Incluso, es mejor que me hayas respondido tú el teléfono.

Te escucho.

—Es una pregunta… no sé si personal o no —comencé a darme vueltas en lo mismo. Pensar en preguntar aquello que deseaba preguntar, era distinto a intentar preguntarlo de forma real. Oh, estaba hecho un lío incluso en mi fuero interno.

—… —Edward guardaba silencio al otro lado de la comunicación.

—Cuando tú conociste a Bella, ¿la conocías de antes?

Pues no, cuando conocí a Bella, fue la primera vez, Emmett —¡Qué tonta fue mi pregunta! La rubia me estaba atontando, decidí sentarme en la vereda, a las afueras del colegio, ya había llegado caminando.

—O sea, quiero decir, que cuando entablaste una relación con ella, eso de hablarse y todo lo que implica aquello, ¿te sentiste atraído inmediatamente? ¿A pesar de no conocerla todavía?

Cuando la vi por primera vez, supe que ella era ella. Aquella persona que aunque no la conozcas, no sepas su nombre, su grupo sanguíneo, sus manías y defectos, te hechiza y te atrapa, para toda la vida —efectivamente, eso era lo que me estaba pasando ahora con la desconocida—, ¿Emmett?

—Sí, sí sigo en la línea.

¿Por qué me preguntas eso?

—No… por nada en especial —no le iba a confesar todo lo que mi cabeza estaba maquinando en este preciso instante.

¿Será que habrás conocido a una rubia despampanante y te ha robado el corazón, y con suerte, sabes algo de ella?

—¡Hey! ¿Qué acaso lees mentes?

¡Cariño, Emmett está enamorado! —le gritaba Edward a Bella.

—¡Hasta pronto, Edward! —me despedía enojado por su seriedad en cuanto al asunto. Mi reloj digital me anunció que eran las siete de la tarde. Me puse de pie y me acomodé detrás de unos pilares que afirmaban un segundo piso del colegio. No quería que la rubia me viese así de repente, no quiero que piense que soy un psicópata y que la ando siguiendo. Dentro de poco, debería de salir.

—Un gusto haberte conocido, Rosalie. Los niños te adoran, todos me comentaban lo felices que se sintieron durante la clase.

—Dígame Rose, maestra Sue. Yo también adoré a los pequeños. Son realmente encantadores, y lo importante, es que desean de todo corazón superar sus pequeños problemitas en cuanto a la fonética y fonología.

—Nos vemos mañana entonces, descansa.

—Hasta mañana —aquella voz la había escuchado, ¿sería ella? Aguardé silencio en mi lugar, hasta tenerla casi frente a frente para saludarle—, ¡amor, viniste! —mi corazón latió con rapidez, pero así como se sobresaltó, también se encogió.

Sabía dos nuevas cosas de ella;

Se llama Rosalie.

Y tiene novio.

.

.

Rosalie POV

Royce me estuvo llamando durante todo el día, a pesar de haberle dicho en la primera llamada que le contesté que no se preocupara, que había llegado bien al colegio, que el día se mostraba prometedor, y que no podía contestarle todas las veces posible, porque me encontraba dando clases.

No le comenté nada con respecto al pequeño y gran percance que tuve en el taxi. Si se llegase a enterar, de seguro que provocaría un berrinche muchísimo mayor que el que produjo el chico que me ayudó.

Aquel desconocido, tampoco me dejó tranquila en todo el día.

Y no es que fuera a buscarme a la hora de almuerzo —situación que llegué a imaginar se cumpliría, deseaba que se cumpliera y me recriminaba por aquello— o me llamase al móvil… yo no podía dejar de pensar en él. Inconscientemente le invocaba.

No le aprecié hasta que le gritó al chofer que detuviese el auto. Yo trataba de concentrarme en mirar hacia el exterior, y no observar al maldito que se aprovechaba de la ocasión. Cuando le escuché exigirle al primer pasajero que descendiera, y luego, darle dos puñetazos al pervertido, un extraño encantamiento me recorrió de los pies a la cabeza. Agradecía el hecho de que golpeara al desalmado, mas no podía permitir que se acriminara con él en plena calle.

Sin conocerme, sin importarle otra cosa que mi bienestar, me cargó como si fuera una pluma hacia el colegio. No era su deber cuidarme, y lo hizo, tampoco el defenderme, y no dudó un momento en hacerlo.

Si tan sólo hubiera sabido su nombre, o qué hace por la vida, podría haberme acercado a su persona y agradecerle, presentarme, y quizás…

¡Me sentí culpable todo el día! Culpable porque pensaba en el desconocido, ¡le extrañaba! Y ni siquiera me acordaba de Royce. Llegué a hartarme de sus llamadas, apagando el móvil. Y cuando lo encendí, pasadas las seis treinta de la tarde, un mensaje de él decía que me pasaría a buscar para que pudiésemos celebrar con una cena mi primer día de empleo.

Sentí alegría al verlo. Nos abrazamos y me besó tiernamente, como pocas veces lo suele hacer. Me sentí feliz y le respondí de la misma forma, alegre, hasta que vi cómo una persona comenzaba a caminar en grandes zancadas.

Aquel cabello crespito, de ancha espalda y gran porte, era él, inconfundiblemente él.

—¡Hey, tú! —grité. Provoqué que descendiera de sus zancadas, pero también obtuve la atención de Royce, quien me apretaba contra su cuerpo. ¡Cierto, Royce!

El chico se volteó. La puesta de sol hacía que su cabello se tornase de otra tonalidad. Siempre tan sport, con una sudadera de otro tono, más claro que los shorts que ahora portaba.

—¿Se conocen? —Royce interrumpía el silencio. El extraño y yo nos mirábamos sin decir palabra alguna.

—Algo —respondió él, rascándose la nuca, realmente encantador.

—¿Rose? —Royce se separó un poco de mí.

—Quería darte las gracias por lo que hiciste hoy. No tuve tiempo, y me sentí con la culpa durante todo el día —me regaló una sonrisa encantadora, era como si se tratase de un pequeño en el cuerpo de un gran adulto.

—No debías de por qué agradecérmelo. Lo hubiera hecho con cualquier mujer que se viese en aquel embrollo.

—¿Ayudaste a mi novia?

—¡Sí! Él me ayudó hoy en la mañana… se me volaron unas hojas de la carpeta y las recogió. Me estaba atrasando, y si él no hubiese corrido detrás de los papeles, no podría haber llegado a tiempo —inventé rápidamente.

—Muchas gracias…

—Emmett. Dejémoslo en Emmett solamente —los dos se dieron la mano fraternalmente, aunque vi que Emmett no tenía una expresión de felicidad.

—Soy Royce, el novio de Rosalie —se presentaba.

—Me doy cuenta —argumentaba escuetamente. No sabía por qué sus palabras me dolían.

—Bueno amigo, no te quitamos más tiempo, mi novia y yo iremos a celebrar.

—Claro, que tengan una linda tarde. Hasta luego —se despidió levantando solamente su mano, y emprendió una caminata que terminó en trote.

—¿Lista para cenar? No tengo reservaciones pero sabes que si hablo con alguno de los garzones, nos pueden hacer un espacio en…

—No tengo mucho ánimo de salir a cenar, estoy un poco agotada por el trabajo. ¿Te parece si nos vamos al departamento mejor?

—Oh, ya entiendo, quieres tener otro tipo de degustación, muñeca —volvió a abrazarme, y de ese modo, caminamos hasta donde tenía estacionado el vehículo.

El viaje fue en silencio. Por alguna extraña razón no me sentía anímicamente bien. El rostro de Emmett seguía rondando con mayor fuerza, ahora que sabía un dato más de él en mi mente. Al llegar a la portería del edificio, Royce decidió ir a una pizzería cercana y pedir alguna promoción. Yo subí por mientras tanto a poner la mesa.

Las rosas que me había regalado Royce la semana pasada, estaban marchitas en el jarrón de la mesita principal del living. Las boté a la basura.

Fui por los vasos y los platos a la cocina, no sin antes colocar el canal de televisión local para escuchar un poco de noticias en cuanto a la ciudad. Me gustaba estar siempre informada. Aprovechando los comerciales, fui al baño a mojarme el rostro.

"…con la mejor tecnología, pero por sobre todas las cosas, con la mejor atención de toda la ciudad… te esperamos de lunes a domingo, en el horario que tú desees visitarnos…"

—Esa voz… —salí de forma apresurada al baño y me senté al frente del televisor. Emmett aparecía promocionando un gimnasio de nombre Bear's Sport. Mi memoria memorizó la dirección, además de la sonrisa de él, que se despedía mientras abrazaba a una muchacha de cabellos castaños, que no se veía tan entusiasta como Emmett.

—¿Con ganas de ir al gimnasio? —preguntaba Royce.

—Quizás…

—Muñeca, estás hermosa tal cual, no necesitas ir al gimnasio.

—Hacer yoga o aeróbica uno o dos días a la semana no le hace mal a nadie.

—Pues, puedes hacerlo aquí en la casa. Sintonizas alguno de esos canales de vida saludable.

—Tienes razón —contesté para acabar con aquella monótona conversación—, ¿te quedarás a dormir conmigo?

—Sí. Así que mañana no habrá problema alguno para que te pueda ir a dejar al trabajo.

Por primera vez tomé en cuenta las palabras de Vera, y la necesidad de querer utilizar el taxi, aunque me tuviese que aguantar a un nuevo pervertido.

Necesitaba ver nuevamente a Emmett, y saber qué otras cosas sentía cuando estaba más cerca de él.

.

.

Nota de la autora:

Con el descubrimiento de esta pareja, ya sabrán quiénes serán los últimos en las próximas actualizaciones.

Algunas me preguntan que cómo haré las actualizaciones que correspondan a Alice y Jasper, porque ella fue nombrada en la historia anterior con nueve años… ya verán ya verán.

Agradecer a todas las personas que han comenzado a leer este fic desde sus primeros días de fecundación, y también a quienes encuentran este fic y se animan a leerlo, a quienes dejan su opinión respecto a lo que escribo, y sobre todo, que interactúan conmigo, cuando me puedo conectar al MSN o Twitter.

Rose lleva una vida semi feliz junto a Royce… y aparece Emmett de la noche a la mañana. Me pregunto si se quedarán juntos xD

Por motivos de tiempo, no he alcanzado a revisar esta actualización (la triste historia de alguien que no tiene un Beta xD) por lo que si hay un error de redacción o falta ortográfica, me la hacen saber a través de un rr, y yo lo corrijo cuando el tiempo se apiade de mí :D