El Taxi II


Aviso: Ambos capítulos que corresponden a taxi, tendrán contenido de carácter sexual.


Rose POV

Amor, no podré ir a buscarte a la hora de almuerzo. Me ha salido una reunión no prevista en las dependencias del señor Lawrence.

—No te preocupes, yo me quedaré aquí en el colegio, dedicaré ese momento a revisar unos test que les hice a los pequeños, en la primera clase de la mañana.

Te llamaré para confirmarte si puedo pasar por ti a la tarde.

—Royce, no te preocupes, hay harta locomoción colectiva en el sector, y puedo tomar cualquiera de ellas para llegar pronto a casa.

No me gusta que mi muñeca se ande paseando por las calles solitariamente. O en los vehículos de desconocidos.

—No seas melodramático, Royce.

Te compensaré, y tú ya sabes cómo lo haré…

—Royce, el segundo recreo está por terminar, debo de colgarte.

Besos y prepárate. Lo más probable es que esta noche tendremos acción, muñeca —corté la comunicación, puesto que el timbre acababa de terminar su chirrido informándonos del término del descanso, para que profesores y alumnos ingresásemos a las salas de clases.

Mi cabeza estuvo pensando en Emmett el resto de la hora.

Y eso no me podía estar pasando.

—Podría hablar con Vera, tal vez ella me dirá qué hacer, sabrá cómo aconsejarme —pensaba a medida que el grupito de niños que estaba a cargo mío, se iban acomodando en sus pupitres. Saqué mi móvil y le tecleé un mensaje a Vera, para saber si ella estaría disponible en la tarde.

Debo atender a un paciente, te llamaré apenas me desocupe —fue su contestación vía mensaje. Podría haber llamado a Steff, pero estaba tan 'ocupada' con su novio que no quería interrumpirla.

—¿Le pasa algo, profesora?

—No Michael, estoy bien. Muchas gracias por preguntar —le sonreí y le incité a que siguiera haciendo el deber que les había escrito previamente en el pizarrón. Saldré de dudas yo misma. Iré a ver a Emmett a la hora del almuerzo, y acabaré con todo tipo de vacilaciones. Sentencié en mi fuero interno.

.

.


Apenas el reloj marcó las doce con cincuenta y cinco minutos, despaché a todos los estudiantes. Corrí a la portería del colegio y marqué mi tarjeta con la hora de salida.

No tenía claro el lugar exacto donde se encontraba ubicado el gimnasio. Había anotado mentalmente la dirección, producto del comercial televisivo que había visto, mas no me ubicaba en este sector.

—Piensa Rose, él te dijo que su trabajo quedaba cerca de aquí —busqué con mi mirada la placa de la próxima esquina para que me indicase el nombre de la otra calle. Caminé hacia allí, y le pregunté a un transeúnte por la dirección que necesitaba encontrar. Me señaló un camino no tan difícil, y con más apresura, corrí.

Los pies me dolían un poco, correr con tacos no era algo fácil de hacer. La recompensa fue alegre, a pesar de todo.

Empujé la puerta de vidrio y vi el mesón de informaciones vacío.

—¿Hay alguien ahí? —preguntaba, mientras me movilizaba en el lugar. Se escuchaba una música que provenía de un pasillo. Ya que estaba allí, caminé en dirección al sonido.

A medida que iba avanzando, el sonido se escuchaba más y más fuerte. Los ruidos no provenían de la sección de pesas, tampoco de las máquinas para correr. Seguí caminando, y llegué hacia otra estancia.

Ahí se encontraba Emmett, bailando con un gran grupo de abuelitas. Todas ellas vestían estrepitosas vestimentas de colores que se ajustaban a sus cuerpos. Usaban cintillos para que el cabello no les molestase en los ejercicios que ejecutaban a medida que la música marcaba el ritmo.

Emmett me vio y dejó de bailar inmediatamente. Él sonrió mucho más, y eso hizo que mi corazón saltase de la emoción.

Las abuelas al vernos, comenzaron a reír entre sí.

—¿Quién es ella, Emmett? —le preguntaban.

—¿Ella? Ella es mi novia —contestó garladoramente. Me sonrojé y desvié mi mirada al piso. Escuchaba como mi corazón seguía latiendo con más alegría dentro de mi cuerpo, llenándolo de sangre con más prisa.

—¡Qué linda pareja! Ella parece una muñequita —me alabó una de ellas. Aquella palabra me recordó a Royce. Un escalofrío bajó por mi cuerpo.

—Nos vemos mañana, Emmett, ahora nos vamos a almorzar, ¿cierto, chicas?

—Claro, no hay como la intimidad en la pareja. Hasta mañana, Emmett —ellas se iban despidiendo al igual como lo hacían mis alumnos. Con mucho amor, y deseando volver al lugar donde se divertían y aprendían muchísimas cosas, todos los días.

Cuando nos quedamos solos, en aquella habitación, con la música en el aire, el nerviosismo recayó nuevamente. Emmett apagó el equipo de música y se secó la transpiración con una toalla que tenía amontonada en una mesa.

—¿No te molestó que dijese que eras mi novia?

—No, sé que era una broma para hacerles reír otro poco más —contesté, devolviéndole la sonrisa que me daba.

—Hola, Rose —me saludó, acortando la distancia, posando sus labios en mi mejilla. Su contacto me tomó por sorpresa. Cerré los ojos y disfruté de la sensación de tener sus labios ahí, por un instante.

—Hola, Emmett —contesté, devolviéndole el saludo. Su piel era suave, incluso haciendo ejercicio, su cuerpo emanaba un aroma a perfume varonil. Aquella electricidad volvió a recorrer mi organismo.

Nos distanciamos y nos quedamos observándonos. Esto no acabaría bien si seguíamos así.

—Y… ¿qué haces por estos lados?

—Ayer vi un comercial, en la televisión… de tu gimnasio.

—¿Lo viste? ¿Y qué te pareció? —preguntaba emocionado, como si fuese un niño pequeño.

—Está muy divertido, atraerá a mucha gente.

—Sabía que era una buena idea hacer un poco más de publicidad, mis instintos nunca me engañan —hizo una pausa, trató de relajar su emoción y adoptó una postura más seria—, pero todavía no me dices por qué viniste hasta aquí.

—Pues… creía que aún no te podía dar las gracias como correspondía, frente a lo que hiciste por mí.

—¿Planeas recompensarme? —su pregunta tuvo un deje de erotismo que se reflejó en mí inmediatamente. Mis mejillas adquirieron ese tono carmín tan característico de alguien que se avergüenza.

—Pensaba que tal vez, podríamos ir a almorzar a algún sitio. Te invito.

—¿Cuándo se ha visto eso de que las mujeres inviten a los hombres? Estás loca.

—¿Eres machista?

—Claro que no. Pero no dejaré que alguien como tú, cargue con mi almuerzo. Te puedo salir bastante costoso —rió frente a su propio chiste—, dejémoslo a media, aunque sea.

—Está bien —él me ofreció su brazo, para que yo me enganchara y así, saliéramos de aquella habitación. Me pidió que le esperase a la entrada del gimnasio, él iría a cambiarse ropa a los baños y volvería enseguida. Con una tenida igual de deportiva, fue a por mí. Haciendo el mismo gesto anterior, me sacó de la entrada principal y nos dirigimos a una fuente de soda que estaba ubicada en la otra esquina.

—Este es uno de los mejores sitios que hay para comer —me comentaba, mientras me llevaba a una de las mesas que se encontraban con la vista hacia el exterior de la calle. Me abrió la silla caballerosamente y luego se sentó al frente. Uno de los meseros se nos acercó con el menú. Pedí una ensalada primaveral. Emmett pedía y pedía comida. Ahí comenzaba a entender el por qué no quería que lo invitase a almorzar—, ¿pediste solamente una ensalada?

—Sí, la primaveral se veía bastante apetitosa en la fotografía del menú.

—Debiste de haber dado vuelta la página, las fotografías de las carnes también estaban bastante apetecibles —comentaba alegre.

La comida llegó, y junto a ella seguíamos conversando. Hablar con él era realmente agradable. No había que limitarse a hablar del trabajo, como solíamos hacerlo Royce y yo. Emmett me comentaba acerca de su vida, como yo también de la mía. Se reía por todo y eso me provocaba a mí también no poder contenerme y estallar en risas.

—¿Y hace cuánto tiempo que estas con tu novio? —preguntó de repente.

—Hace ya algún tiempo —respondí escuetamente.

—¿Cuánto? —volvió a curiosear.

—Hum… supongo que unos cinco años, quizás otro poco más que eso —en realidad, ni yo misma llevaba el tiempo de nuestra relación. Llevábamos juntos tanto tiempo, que se había vuelto una monotonía.

—¡Sí que es bastante! —se sorprendió, botando su tenedor al plato provocando un pequeño estruendo.

—Así es, cuando comienzas a sacar la cuenta, te sorprendes por la cantidad de tiempo. ¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tienes novia? —ya que él había comenzado con ese tipo de pregunta, sentía la curiosidad por saber si se encontraba en alguna relación

—No. Soy de las personas que les gusta la libertad. Me aburro con facilidad —contestó fríamente. Aquella mezcla de palabras me decepcionó un poco. Eso era lo que querías escuchar, Rose. Todo está bajo control, me decía mentalmente—, aunque últimamente he creído que ya está bueno eso de andar picoteando de flor en flor. Hay flores lindas, que me gustaría cuidar.

—Linda metáfora —respondí, dejando el servicio cruzado en el plato.

—¿No comerás más?

—Se me quitó el apetito, además, se me ha hecho tarde para mis clases.

—¿Te molestó mi comentario?

—Para nada, tú puedes hacer lo que quieras con tu vida. Yo no soy nadie para reprochar tus instintos.

—No te conozco demasiado, pero me dejas expuesto que lo que acabo de decir, fue de tu desagrado. ¿Te decepcioné acaso? Prefiero ser honesto —decía tranquilo.

—Esta conversación se está saliendo de control. Buenas tardes, Emmett —culminé, comenzando a ponerme de pie.

—¿Nos volveremos a ver? —consultó con una entonación distinta.

—No lo creo, tengo una vida bastante ocupada.

—Me lo imaginaba. Buena suerte, Rose —susurró a mis espaldas.

—La suerte no existe, Emmett —le respondí, observándolo por última vez.

.

.


Emmett POV

Verla desaparecer por la puerta de la fuente de soda, fue una de las cosas más extrañas que experimenté. No sé por qué, pero aquella mujer me traía loco desde el primer momento en que la vi. Creí que sería distinta, y eso me alentó a tratar de no imaginármela como alguien altanera. Pero me equivoqué. Es una calienta sopas, como cualquier otra rubia que he conocido, y probablemente, conoceré por el resto de mi vida.

Nunca se hubiera fijado en ti, grandulón, lleva cinco años con un exitoso Don Juan, que tiene vehículo, se reía mi fuero interno.

Desganado, pagué mi comida y la de ella, puesto que se le olvidó cancelarla.

Mientras tomaba el camino que fuese más extenso hacia el gimnasio, busqué entre mis contactos telefónicos a mis amigos solteros. Hoy, sí o sí, saldría y me emborracharía. Y quién sabe, tal vez terminaría en mi departamento o en el de alguna chica sencilla, bonita y algo fácil.

Pero lástima que no tuviese a alguien disponible. O ya estaban casados, o ya tenían planes, o tenían novias, o no querían salir conmigo. Me estaba comportando como una mujer que sufre de su período menstrual.

Llegué a mi trabajo.

Pero no quería trabajar.

No quería hacer nada, y eso era insólito. Las cosas no estaban saliendo bien. Maldita suerte, que no existe. Susurré.

Observé las citas que tenían hoy las personas. No habían demasiados clientes para la tarde. Me di el lujo de llamarles a cada uno de ellos, y pedirles por favor, la cancelación de su servicio. Obviamente nadie se rehusó de mi petición, si les ofrecí una semana gratuita, cuando me encontrase de mejor forma.

¿Aló?

—Hola, Edward.

Hola, Emmett. ¿No deberías de estar trabajando?

—¿Cómo es que tú sabes mi horario?

Bells tiene en las paredes del hotel, las hojas con los horarios de los clientes, en caso de que tú te olvides de alguno, y tuvieras dudas, ella te las aclararía.

—Tan servicial que salió Bells, dile de mi parte que cuando llegue, podrá gozar de vacaciones en la fecha que desee.

Se lo diré. ¿Por qué el motivo de tu llamada? ¿No sabes a quién tienes que atender?

—No, no llamo por motivos laborales.

¡Ah! Entiendo. Es por la chica que conociste.

—Algo así.

Cuéntame, ya sabes que trataré de ayudarte en lo que pueda a la distancia.

—Pensé que era distinta, pero me equivoqué. Es igual que todas las mujeres rubias.

No digas estupideces. Las personas no se caracterizan por algo físico —sabía que Edward llegaría a esa conclusión. Yo jamás le hubiera visto emparejado con Bells—, pero, ¿por qué llegaste a esa conclusión? —como si fuéramos amigas de toda la vida, y estuviésemos compartiendo un té de manzanillas con galletas horneadas, le conté lo que me había ocurrido.

—Y hasta ahí llegó mi historia.

Yo no me daría por vencido.

—Son tan complicadas las mujeres.

Eso las hace interesantes. Puede que de la noche a la mañana, ella llegue hacia ti.

—Te creería si aquello pasase en mis sueños.

Emmett, no sabemos en qué terminará la vida. Todo es posible.

—¿Inclusive la suerte?

Sí, yo creo que de cierta forma, la suerte también existe. ¿Estás mejor?

—Mucho mejor. Gracias, Edward.

De nada. Ojalá que estés de mejor ánimo cuando lleguemos.

—Y lo estaré. No te quito más tiempo. Hasta luego.

Nos vemos —Edward cortó la comunicación, y sintiéndome algo más animado, decidí quitar todo mal pensamiento de mi cerebro con ejercicio.

.

.


Rose POV

Lo mejor era terminar con aquello de forma abrupta. Ser pesada, demostrar superioridad, demostrar que mi vida está completamente bien.

Emmett debe de estar odiándome, porque yo, me odio en este preciso instante.

Ahora tengo que pensar en mi relación. Me auto dije. Royce no me había enviado ningún mensaje de texto o llamada, seguramente seguiría en su reunión. Qué mejor idea que ir a su departamento y prepararle algo para que cuando llegase, se sintiese como en su verdadero hogar.

Salí apresuradamente del colegio apenas terminaron las clases, y crucé las calles para llegar al supermercado más cercano. Compré las frutas que le encantan, algunas flores para decorar el amargo living que tiene mi novio, y todo por culpa de su extenuante trabajo.

El taxi no se tardó, puesto que le pagué los cuatro asientos, y así se encargó de llevarme exclusivamente a mí, al destino que me apremiaba.

No subí por las escaleras, necesitaba de todo el tiempo disponible para prepararle una rica cena, con postres, con adornos florales, con todo el amor que creí, estaba desvanecido en mi interior por él.

Así como Royce tenía llaves de mi departamento, yo tenía las de su hogar. Abrí con lentitud la puerta, para qué emitir demasiado ruido, me gustaba mucho el silencio, sobre todo cuando planeaba hacer cosas para sorprender.

Un desorden que no era común en Royce me llamó la atención. Su chaqueta estaba en el piso, a la entrada del living. La recogí y la doblé, dejándola en la espalda del sillón de tres cuerpos. Caminé otro poco más, y su camisa, con su corbata a tono, también estaban alborotadas. Un malestar en mi garganta me hizo llevarme inconscientemente mis manos a mi pecho. Con los pasos que iba dando, me iba encontrando con más ropa esparcida en el suelo, regando el camino de la entrada hasta el dormitorio principal. Mi problema no era sólo aquello, mi problema era que podía distinguir más ropa en el piso, que no era de hombre precisamente.

Unos jadeos comenzaron a sentirse al interior del dormitorio. Reconocí uno inmediatamente. Era Royce.

Lo que me hacía sentir más dolor en mi corazón, era que el segundo jadeo provenía de una mujer. Una mujer que no era yo.

La puerta estaba cerrada, aunque no del todo. Aún llevaba en mis manos las bolsas con las compras que había hecho hacía escasos minutos atrás.

Tenía que ser valiente. O podría ser cobarde.

Si salía corriendo de aquel sitio, jamás podría encararle.

Si enfrentaba todo esto, posiblemente no le dejaría entrar más a mi vida.

¿Qué podía hacer?

Con el dolor de mi alma, fui empujando lentamente la puerta para abrirla.

Royce estaba acostado, y tenía encima de su cuerpo a una mujer, que se mecía en abruptas contorciones arriba de su erección. Gemía al paso de las embestidas, haciéndole a él también gimotear. Aquella cabellera, aquella piel, aquella voz que reconocí cuando emitió la frase un poco más rápido

Las bolsas cayeron al piso, interrumpiéndoles el clímax. Vera se volteó, y su rostro se desfiguró cuando me vio al frente de ella. Se cubrió su cuerpo con las sábanas que estaban en el piso. Royce tenía el mismo rostro de asombrado.

¿Qué es lo que se tiene que decir en estos casos?

—Rose, no es lo que tú crees —musitó Royce, envolviéndose en la otra sábana. No entendía por qué hacía aquello, llevaba viéndolo desnudo desde muchos años atrás. Vera sollozaba, cubriéndose la cara.

—Hace cuánto —apenas dije. Ninguno de los dos me respondió— ¡Hace cuánto tiempo! —grité, sintiendo como mis ojos se iban llenando de lágrimas.

—No vale la pena decirlo —me habló él—, vayamos a casa y conversemos —pidió, mientras se dirigía a mi cuerpo.

—¡No me toques! —le empujé, Vera seguía llorando—, las reuniones eran excusas, me mentiste, ¿desde cuándo lo hacías? —su silencio me hacía creer que no era una relación pasajera. Quizás meses, quizás años. Su silencio era tan cruel como si dijese palabra alguna. No tenía que hacer más nada en aquel sitio.

—¿A dónde vas?

—¿Te interesa?

—Rose, no dejemos las cosas así.

—No me vuelvas a buscar, no quiero que pises mi casa nunca más. ¡No quiero saber nada de ti! —casi articulé, ya no tenía fuerzas, era increíble.

—Rose… —mi nombre fue dicho con angustia. No me atreví ver el rostro de Vera—, por favor, perdóname.

—No, Vera. No puedo, aunque quisiese —fue lo último que dije, mientras salía apresuradamente de aquel sitio. Dejando en el piso las bolsas, con las compras que nunca se llegaron a convertir en una especie de cena reconciliadora, tal vez cegadora.

No me dirigiría a mi departamento. Aquel lugar sería el primero en que alguno de los dos me abordaría para tratar de hacerme entender lo inentendible. Tampoco iría a casa de mis padres, mi progenitora me diría que tratase de entender a Royce, que yo no era una mujer completa y que quizás él, quería tener algún heredero a futuro, excusas absurdas.

Tomé el primer taxi que observé con la calidez del crepúsculo que ya se iba evaporando, así como mi dignidad, y le pedí que me llevase lo más lejos posible.

.

.


Las lágrimas no me dejaban ver con claridad el camino. Me tropecé unas cuantas veces en el asfalto por las grietas que este mantenía, y los tacos con un elevado índice de centímetros no ayudaban mucho en mi desesperación.

Hipeé con más fuerza, cuando vi que las puertas del gimnasio se encontraban completamente cerradas. Había una pequeña luz que alumbraba el mesón de informaciones, necesitaba saber si Emmett estaba ahí.

Moví ambas manillas que se encontraban en la puerta de vidrio polarizado, mas no se produjo cambio alguno. Estaba cerrado por dentro.

Taconeé con rabia. La cartera mal puesta en mi hombro se salió de su lugar y se resbaló hasta el suelo. El celular rodó unos pasos más allá, luego de su abrupto sonido ejercido al darse de frente con el piso, al igual que el espejo de mano y el maquillaje que estaba suelto. El perfume que permanecía hacía segundos atrás en el frasquito de forma irregular, bañaba con su aroma la vereda principal del gimnasio.

Recogí lo que servía del piso y lo volví a agrupar dentro de mi cartera. Caminé con pereza, para rondar la avenida donde se encontraba la entrada principal del trabajo de Emmett, y así doblar la calle para tomar un taxi o algo que me sirviese para ir a la zona central de la ciudad.

Fue ahí donde me di cuenta que el gimnasio ocupaba una gran parte del otro frontis de la calle, y que también, había otra puerta. Mi corazón latió con más premura, al punto de casi llegar a correr, acorté la distancia que me separaba de dicho umbral.

Mi mano se posó en la manilla, la giré lentamente y el mecanismo de ella me demostró que tenía libre paso hacia la estancia.

Estaba abierto.

Me adentré a lo que parecía ser la bodega. Tenía en el rincón una gran cantidad de colchonetas agolpadas entre sí. Al frente de aquello, se encontraba un estante con diferentes balones de al parecer, muchos colores. Busqué con mi mirada el interruptor de aquel sitio, lo encontré a los instantes, al lado de la puerta por donde hacía entrada.

Con la visibilidad más esclarecida producto de la energía eléctrica, mi audición reconoció un sonido, era Emmett hablando.

Malditos son todos, que no quieren compartir un momento conmigo —se quejaba. El agua de alguna ducha comenzó a entorpecer lo poco y nada que le escuchaba decir. La pequeña botella de cerveza que había solicitado en una botillería ya estaba casi vacía, tomé el último sorbo, y lo sentí como si fuese agua. No estaba ebria, pero sí algo fuera de mis casillas, no acostumbraba a beber.

Desencantada, dejé mis cosas y mis zapatos en la bodega, caminé con decisión hacia las duchas, y a medida que iba llegando al cuadriculo donde distinguía un cuerpo, me fui deshaciendo de mi camisa y falda. Abrí la puerta transparente de la ducha y vi su espalda. Le abracé por detrás, asustándolo. Emmett se volteó de inmediato, y se quedó estoico cuando me vio ahí.

No esperé a que dijese algo, me alcé para que mis labios tocasen los suyos, y lo besé con fuerza. El agua me mojó completamente, y con maestría, él me apoyó en la cerámica que daba como pared. Su cuerpo terminó por cubrirme, y no sentí frío alguno, al contrario. Un fuego que creí extinto, nacía en mi bajo vientre.

—¿Qué haces acá? —preguntó cuando terminamos de besarnos por falta de aire. Desvió su mirada de mi cuerpo, tratando de separarse del mío, algo complicado por el pequeño espacio—, estás algo bebida —susurró, al percatarse del sabor de la cerveza en mi boca.

—Quiero que me hagas tuya —respondí, tratando de besarlo nuevamente, mas él me interrumpió.

—¿Qué fue lo que acabo de escuchar? —interrogó, volviéndome a observar.

—Quiero ser tuya, por favor, hazme tuya —pedí casi en una súplica, llorando.

—No te haré mía en una ducha común y corriente, te mereces algo mejor que esto —su respuesta acabó por romper mi corazón. Cómo aquel sujeto, un completo desconocido, prácticamente, podía tener este tipo de cordura conmigo. Mis lágrimas ya no pasaron desapercibidas, Emmett cerró la llave de agua y salió de la ducha.


Emmett POV

Busqué la toalla más cercana que tenía a mí alrededor y me la enrollé en mis caderas. Esto no era un sueño, mucho menos una ilusión. Aquella rubia estaba a mis espaldas, casi desnuda, exigiendo y rogándome que la hiciera mía.

No podía negar que una parte muy libidinosa de mi cuerpo gritaba a mares que le hiciese caso ante tal petición. Pero otra parte de mí, la cual había sido contagiada por las mamonerías de Bella y Edward, me hacían pensar las cosas no con mi amigo de abajo, sino con el corazón. Que también estaba desenfrenado.

Haciendo caso omiso al cuerpazo que tenía frente a mi vista, busqué otra toalla de la estantería y se la pasé.

—Gracias —escuché que me dijo. Ya no había una vocalización sensual, si dirigía mi vista a su cuerpo, lo más probable era que la viese enrojecida por la vergüenza. De seguro que ya estaba arrepentida.

—Te llevo a tu casa, aunque no tenga vehículo, puedo pagar el taxi...

—¡No! ¡A mi casa no!

—Tranquila —le pedí, al verla tan alterada—, ¿qué ocurrió? —aquella pregunta no tuvo respuesta. Rose miraba avergonzada al piso. Notarla con el cabello ondulado, mojado, pegado a su cuerpo… esto no iba a resultar bien—, si quieres… podemos ir a mi departamento —di que no, di que no, por favor di que no.

—¿En serio puedo ir?

—Claro que sí. Ahí me dirás qué fue lo que te pasó —ella asintió—. Vamos entonces —la invité. Caminé hacia la bodega, sin embargo, ella no me siguió—, ¿te arrepientes?

—¿No nos vamos a vestir?

—Claro, la ropa —secundé. Me quité la toalla y ella hipó. Qué le angustiaba, si hacía instantes ambos nos besábamos con locura dentro de la ducha—, te dejaré sola, para que te vistas, te esperaré afuera —hablé, caminando con dirección a la bodega.

¿Cómo es que ella había terminado buscándome? Nuestro almuerzo no había terminado para nada bien… sí que eran extrañas las mujeres. Si que era extraño Edward, era como si supiese todo.

—Emmett —su voz me sacó de mis pensamientos, aún permanecía dentro de la bodega. Su camisa dejaba ver su sujetador, que se traslucía a la luz de la noche.

—Ponte esto, la noche está algo helada —le pasé una de mis chaquetas favoritas, no tenía frío. Aquella vestimenta le cubrió parte de sus piernas, le quedaba gigante. Rose sonrió, y por un momento, no la sentí tan alejada de mi vida—, pasaremos a comprar unas cuantas cosas, no tengo nada en la alacena.

—Yo me comprometo a pagar…

—Nada de promesas, Rose. Hoy dejaste tu ensalada primaveral, y eso que fuiste tú la que invitó —quería que sonriera, y lo conseguí—, ya habrá días en los que tú me podrás invitar, y yo no rechistaré.

Se acercó un poco más a mi cuerpo, y a medida que íbamos caminando por la calle, nuestros brazos se iban frotando. Llegamos al almacén más cercano enganchados, como si fuésemos novios.

Compré comida que se hiciera de forma casi instantánea, todo lo que se me veía apetecible a la vista. No sabía por cuánto tiempo le duraría la poca cordura a Rose. Tendría que tener reservas. Ella se dirigió al mostrador de revistas, y aproveché su descuido para sacar una caja de condones. La seguridad ante todo, recité mentalmente.

Pagué y le pregunté si quería alguna de las revistas que se encontraba observando. Me negó con la cabeza, y le tomé de la mano otra vez. Ella no se resistió, y caminamos en silencio hasta mi departamento.

—Prefiero que te quedes aquí por un instante —le pedí, cuando terminaba de abrir la puerta —si mi departamento se encuentra tal cual a como lo recuerdo en la mañana, está convertido en un chiquero.

—No te preocupes por el desorden, no soy nadie para reprochártelo —sonrió dulcemente.

—Es que tú no sabes cómo podría estar allí adentro.

—Me arriesgaré —diciendo aquello, buscó con sus manos el interruptor de la luz y encendió el circuito eléctrico. Efectivamente, todo estaba convertido en una mierda. Ropa, platos, revistas, balones, toallas… todo llenaba el piso del salón principal, comedor y parte de la cocina.

—Bienvenida a mi casa —contesté, con la misma sonrisa.

—Muchas gracias, es muy acogedora —contestó, sin dejar de ver hacia las paredes o cualquier objeto que le llamaba la atención.

—Por favor, siéntate donde puedas, yo… iré a poner un poco de agua en el hervidor eléctrico —me tropecé con un par de cosas, y torpemente llegué hasta la cocina—, si deseas, puedes encender la televisión —dije, alzando un poco la voz. Escuché como el aparato cuadrado se encendía, y así comencé a preparar algo para que cenáramos.

Serví parte de la comida en dos platos desiguales, y cuando me mentalizaba a esquivar las cosas en el piso, me percaté de que no había rastro alguno de desorden. Ella había ordenado todo en menos de quince minutos.

—Lo siento, tengo la manía del orden, espero que no te moleste —se disculpaba.

—Para nada, pero no lo debías de haber hecho, eres mi invitada —ella se sonrojó y aquello también me hizo sentir estúpido—, por favor, invitada, ven a sentarte aquí, conmigo —le señalé la mesa que estaba al lado de la cocina. Rose caminó y se colocó donde le sugerí. Dejé los platos servidos y fui en busca de servicio para que pudiésemos comer.

Tenía mucha curiosidad por saber qué era lo que había ocurrido, pero no hablaría hasta que ella lo encontrase necesario.

—Hoy… luego de nuestro almuerzo —comenzó a relatar, dejando su servicio a ambos lados de su plato—, pensé que tenía que reconciliar todas las dudas que tenía con respecto a mi relación con Royce.

—No pensé que tuvieses dudas con él, si llevas tanto tiempo a su lado.

—Las tenía, y no me equivocaba. Fui a su departamento... y ahí… y ahí…

—No es necesario que me lo digas —ya suponía en qué acabaría aquello, aunque no podía entender al descerebrado de su novio.

—Le vi intimidando con una de mis mejores amigas —su relato me conmocionó. Dos personas que son tan importantes en tu vida, encontrarlas engañándote, debe de ser horrible—, ambos trataron de pedirme disculpas, pero el daño fue demasiado. No tenía a dónde ir, tampoco con quien conversar, entonces…

—Te bebiste un poco de cerveza, y la loca idea de pagar con la misma moneda se te cruzó por la cabeza, llegaste hasta mí porque me viste cara de necesitar un poco de sexo.

—¡No! —contestó alarmada.

—¿No? —rebatí, de forma menos importante, no era mi idea hacerla sentir mal.

—O sea, en parte sí. Pero no te veía de aquella forma. La verdad… no sé por qué te dije aquello. Soy una completa imbécil.

—Imbécil no. Arriesgada sí. Eres alguien condenadamente bella, que no se merece el trato que le dieron.

—Muchas gracias por no haber… por no haber…

—No sigas hablando. Ya te puedo entender —le corté. Sabía lo que era estarse disculpando por mostrarse tan fácil—. Yo dormiré en el sillón, tú puedes adueñarte de mi cama.

—No puedo permitir algo así, es tu casa.

—Y tú mi invitada. A los invitados se les trata bien —Rose bajó los hombros y volvió a sonreír, cómo me encanta su sonrisa—, terminemos de comer. Mañana será un nuevo día —así lo hicimos. Ella se ofreció a lavar la loza, y acepté con tal de poder ordenar un poco el chiquero que tenía en mi habitación. Cambié las sábanas, oculté algunas revistas debajo de mi cama, unos bóxers a medio usar, entre otras cosas.

—¿Emmett?

—¿Rose?

—Podrías… ¿prestarme alguna polera tuya, para poder dormir?

—Escoge la que quieras, dentro del armario están las limpias —ella asintió con emoción, y comenzó a buscar la que fuese más pequeña. No tuvo mucha suerte. Caminé hasta el baño, me cepillé los dientes y esperé ahí dentro hasta escucharla adentrarse entremedio de las sábanas de mi cama.

—De verdad, Emmett, muchas gracias, no sé cómo podría agradecerte todo lo que estás haciendo por mí.

—No sufras por ese idiota. No vale la pena —aquella frase mamona se me tuvo que haber pegado por las novelas romanticonas de Bella. Me acerqué a su rostro para desearle unas buenas noches, pero su perfume, su tacto, su mirada, Rose completa, me hizo caer en un abismo, cuando mis labios fueron buscando de a poco los suyos.

El problema fue que los encontraron, y no podían separarse. Ni los de ella ni los míos querían hacerlo. Se sentía tan bien besarla, tan bien su cabello haciendo cosquillas en mi cuello, mezclando su aroma con el mío. Mis manos le afirmaban su cadera, mientras ella trataba de no zafarse de mi cuello. Rose no hacía nada por impedir mis caricias. Yo sabía que ella estaba dañada, y que probablemente haría algo de lo que después se podría arrepentir. Tenía que ser el fuerte y el consciente de la relación.

Con dolor, me fui separando de ella, besos cortos fueron siendo depositados en mi mentón, yo no podía dejar de acariciarle su cabello. Me tenía completamente loco.

—No me dejes —susurró, posando su cabeza en mi pecho.

—Créeme que no quiero hacerlo.

—Quédate conmigo, entonces —su mirada se cruzaba con la mía. Con este tipo de pruebas, difícilmente podría ser el razonable de la relación. Nos besamos otro poco más, y cuando sentí que no podría aguantar más, me coloqué dentro de las sábanas, invitándola a que se acomodara en mi pecho.

Había dormido con muchas mujeres anteriormente, pero aquella era la primera vez en que realmente me sentía en completo contacto con alguna. Era la primera vez que deseaba dormir acompañado de alguien.

.

.


Aquel despertar fue uno de los más bellos.

El molesto sol pasó a segundo plano, cuando no fue su calidez la que iluminó mi cuarto, sino el rubio cabello de Rose esparcido por la almohada y parte de mi pecho. Aún era temprano, y con sumo cuidado, fui dejando parte de su cabeza en la cama.

Me levanté y preparé el desayuno. Estaba a mitad de mi labor cuando su presencia me quitó el aliento. Verla ahí, de pie, junto al portal de la cocina, vistiendo nada más que mi camisa. Era mucho para mi vista, que todavía creía estar soñando.

—Buenos días.

—Buenos días, y son por ti, créetelo —le mencioné. Cielos, me emocionaba tanto el verla sonrojarse por mis cumplidos.

—¿Te ayudo en algo?

—No. Disfruta de la estancia, no quiero que te aburras.

—Para nada, estoy realmente bien.

—Si quieres, puedes colocar las tazas y la panera. Yo ya acabo con esto —Rose asintió y juntos alistamos la mesa para el desayuno.

Conversamos de temas más comunes, y cuando se nos dio la hora para dirigirnos a nuestros respectivos lugares de trabajo, cambió completamente el tema de conversación.

—Emmett… ¿tú me podrías acompañar a mi departamento?

—¿Quieres buscar más ropa?

—En realidad, deseo ir a cambiar la cerradura. Royce tiene copias de las llaves, y no quiero que aparezca cualquier día.

—Iremos juntos, y si nos topamos con ese imbécil, le desfiguraré el rostro.

—No quiero que te enfrentes a él. Royce es muy vengativo, y me preocuparía mucho que te comenzase a molestar.

—Rose, él se metió contigo, y eso para mí, es un pecado. Y para que te sientas tranquila, haría esto por todas las mujeres. Si el tipo este se pone muy cargante, juntos vamos a una comisaría y le denunciamos —ella volvió a asentir con su cabeza, y cortamos la conversación. Decidimos que yo le iría a buscar, en caso de que Royce se encontrase rondando por el colegio. Afortunadamente no se encontraba ahí. Tampoco en el departamento de Rose.

—No. Tampoco ha venido. Todo está igual a como lo dejé —me informaba.

—Llamaré al cerrajero entonces, para que comience a trabajar —Rose se adentró a su cuarto, y yo busqué en la guía telefónica algún número referente al tema. Ni que se le ocurriese aparecerse a Royce, porque la paliza no se la sacaría ni cinco kilos de hielo.


Rose POV

Encendí mi móvil en la habitación. Suponía que tendría algunas llamadas perdidas, pero no creí que fuesen tantas.

Ochenta y siete de Royce, y unas treinta de Vera. Las borré inmediatamente. El móvil también tendría que sufrir un cambio de número. Habían unos mensajes de textos que los salté olímpicamente. Olvidar el dolor no era tan difícil cuando contabas con alguien como Emmett. Ahora podía entender todas las reacciones de mi corazón al verlo, al conocerlo.

Y sus besos, sus caricias, el cariño que emana con cada tacto… dolía incluso más pensar la vida sin Emmett que sin Royce. Tantos años perdidos, tantas mentiras a mí alrededor, y yo sin poder darme cuenta.

—El cerrajero vendrá en una hora —su cabeza aparecía entremedio de la puerta—, bonito cuarto —agregaba.

—Pasa —le invité. Él se quedó al frente de mí, observándome. Su mirada castaña me estremecía— siéntate aquí, al lado mío —ahora Emmett era el tímido. Ocupó la otra parte de la cama y una pequeña distancia entre nosotros se sintió incómoda.

—Si te sientes insegura en este sitio, las puertas de mi habitación, digo, de mi departamento, están siempre abiertas a tu regreso.

—No te mentiré que me costará un poco, pero digamos que ya soy una experta en soportar situaciones algo extremas.

—A mí no me incomodaría tenerte por un tiempo, en mi hogar —aquellas palabras salieron de su boca con un tono sensual, difícil era pasarlas por desapercibidas—, en mi vida… —se fue acercando a mí, y fui cerrando los ojos cuando sentí su aliento cerca de mi boca. Nuevamente nos besábamos con dulzura, sin prisa, sin importar qué podría ocurrir dentro de minutos.

Comenzaba a entender que el amor tenía su propio tiempo, y que era maravilloso compartirlo con Emmett.

—¿Y así te atreves a hacer semejante espectáculo en mi departamento ayer, Rose? —la voz de Royce interrumpió todo lo mágico del momento. Emmett inmediatamente me puso detrás de él, defendiéndome de quien fue alguna vez mi novio—. ¡Y con este sujeto!

—Márchate ahora, si no quieres que te rompa la cara a puñetazos.

—No te comportes como un peleador de la calle, aunque pensándolo bien, tienes toda la talla para serlo.

—Royce, por favor, vete de mi departamento —hablé, detrás de Emmett. No me atrevía a encararle.

—Te escondes como si fueses la víctima de todo, Rose, y mírate, ya tienes en tu departamento a un sujeto, eres tan fácil…

—¡No sigas hablando así de ella!

—¡Yo la conozco hace más de cinco años, imbécil! ¿O ella ya te contó que a los meses de estar juntos, quedó embarazada? —No podía creer lo que estaban escuchando mis oídos, comenzaba a temer que Royce dijese todos mis años de sufrimiento de una manera fría y calculadora. Sentí como Emmett se tensó ante lo dicho por Royce, mas no articuló palabra alguna—, por tu carita creo que no, no te lo ha dicho. ¡No, no abortamos! Si es lo que estás pensando. Pero aquí va otro defecto que tiene la bella Rose.

—¡Por favor, Royce, ya basta! —le supliqué. Las lágrimas se estaban aglomerando en mis ojos.

—No te alteres, Rose —Emmett me pedía calma. En este caso Royce tenía razón, yo aún no le contaba nada de mi vida a Emmett.

—Grandulón, ¿tú quieres ser padre?

—¿Y qué con que quiera ser padre? Es algo que todo hombre desea, no preguntes esas cosas en este momento.

—Pues, si quieres ser padre, y quieres a Rose, tendrás que buscarte a otra persona, ella está mala —me apuntó con sorna. Su definición me quebró—, ¿no entiendes? ¿Tienes músculos en la cabezota que no puedes pensar? ¡Rose no sirve como mujer! Ella… —Royce no pudo seguir hablando. El puñetazo de Emmett le soltó uno o dos dientes. Él le golpeaba con rabia, con fuerza, si no lo detenía, lo podría matar.

—Emmett, detente, no vale la pena, por favor —le suplicaba, aunque sin energías.

—Quiero… que te marches… de su casa… de su vida… de Rose… para siempre —le decía, con cada golpe, manchando su ropa y la de él con sangre.

—Por favor, Emmett, no quiero perderte —articulé, pensando en cómo seguiría nuestra vida si él seguía golpeando de aquella forma a Royce. Fue descendiendo de sus golpes, empujándolo hacia el exterior del dormitorio. Royce apenas se podía levantar del piso.

—O te vas por las buenas, o te vas por las malas —amenazó Emmett, agitado. Royce no dijo nada. Se apoyó del living, agarró su chaqueta, con ella se limpió la sangre que le salpicaba de la boca, de la nariz, de la ceja; y se marchó.

Emmett se sentó en uno de los sillones. Tenía sus puños enrojecidos, casi rotos. Los acaricié, tratando de pensar que en algo podrían ayudar mis caricias. Él cerró los ojos y no habló. Temí entonces que me quisiese dejar.

—Si quieres… puedes marcharte. No creo que Royce vuelva. Yo estaré bien —dije, sintiendo una enorme pena.

—Estás loca si crees que te dejaré. Te gustó conocerme, ahora te aguantas de por vida.

—¿Es verdad lo que estoy escuchando?

—¿Crees que mentiría con algo así? —respondió con una pregunta, serio.

—No, pero… lo que le acabas de decir a Royce, eso de ser padre… yo no podré… —me interrumpió con un beso, un beso necesariamente necesario.

—Lo que diga Royce me importa una mierda. Lo que tú sientes es lo que me interesa. Eres tú a quien mi corazón escogió. Eres tú, y no va a importar nada más —le abracé con fuerza, no podía caber en más felicidad que la de tener su amor—. Verás que la vida comienza nuevamente para ti, Rose.

—Lo sé —le susurré en su oído, sabiendo que no nos podríamos separar jamás—, y será a tu lado —él me abrazó con fuerza, y me cargó hasta mi habitación. Ahí me depositó con la dulzura de siempre, y comenzó a besar cada parte de mi cuerpo. Iba dejando regadera de besos que me hacían sentir escalofríos. Sabía tan bien cuáles eran mis puntos débiles, como si nos conociéramos de siempre.

Se distanció un poco para sacarse su sudadera. Aquel pectoral marcado por los ejercicios se me hizo agua a la boca y lo recorrí con la punta de mis dedos. Su reacción me excitó un poco más, cuando comenzó a morder suavemente mi cuello, mientras trataba de desabrocharme el sujetador por debajo de la polera que llevaba encima.

Yo agasajaba mis pezones por encima, para que se diera cuenta de cómo me iba poniendo con sus caricias.

Me dejó entre la cama y su cuerpo, ya estábamos completamente desnudos, a casi segundos de entregarnos por primera vez. Mi interior ya sabía que lo deseaba de hacía tiempo, quizás desde el primer día en que lo conocí, y ahora por fin, ahora por fin, realmente, podría sentirme otra vez mujer.

Su miembro fue entrando con lentitud, haciendo que todo mi interior se comenzara a estremecer por su fricción, cerré los ojos por las nuevas sensaciones que recorrían mi cuerpo.

—¿Todo bien? —preguntaba preocupado, sin dejar de observarme, de perfilar mi rostro.

—Todo bien, realmente bien —confesaba, ruborizada. Emmett sonrió, enredando sus manos con las mías, para comenzar a ejercer otro poco más de fuerza. Se preocupaba de hacerme vibrar con cada embestida, con cada unión de nuestros cuerpos. Reducía su velocidad para hacerme sentir todo lo necesario, para que lo fuera disfrutando. Cuando gemía en su oído me lamía el lóbulo y aquello me estremecía aún más. Solté sus manos para aferrarme a su espalda, no podía esperar a que estuviese completamente dentro de mí.

Cuando le sentí dentro, un pequeño grito salió de mi garganta. Era recién el comienzo y me sentía en las nubes. Se fue adentrando otro poco más y mis jadeos se iban haciendo coro con los suyos. Me acariciaba el rostro, me recitaba frases lindas en mi oído, a medida que acelerábamos nuestro vaivén, escondía su cabeza entre mi cuello, lamiéndolo, mordiéndolo, besándolo. Ya no aguantaba más, y en el momento en que exploté, también le sentí hacerlo dentro de mí. Nos fundimos en un grito que acabó con nuestras respiraciones agitadas, con mi intimidad tiritando, aprisionando su erección todavía dentro de mí.

—Aún nos queda más por disfrutar —dijo jadeante, en mi oído. Rápidamente me tomó de las caderas, y me colocó encima de él. Verle tendido en la cama, y yo encima, teniendo el completo poderío de la situación, me hizo sentir más segura, y, moviéndome lentamente encima de su erección, iba acariciando su pecho, mientras él contorneaba mis senos con la misma calidez de sus besos.

Aumentaba la velocidad cuando él mordía alguno de mis pezones, me adentraba y salía cada vez con más fuerza, sintiendo como se iba apoderando más y más de mi interior, haciéndome estremecer por segunda vez. Emmett se aferró a mis caderas, y embistiendo tres veces más, volvió a inundarme.

Se fue saliendo con cuidado, sin dejarme de ver, invitándome a que me aferrara nuevamente a sus brazos.

—Serás la primera mujer a quien le diga esto, sin contar a mi madre –Me informó, luego de besarme la frente—. Te amo —temí que lo dijese por el clímax, y no de verdad.

—¿De verdad?

—Por supuesto que sí. No jugaría con algo así —cierto, qué tonta era todavía—, mi pregunta ahora es, si quieres ser mi novia. Sé que estás saliendo de una relación bastante larga, que apenas nos conocemos, pero…

—Sí, quiero ser tu novia. Hoy, mañana, y posiblemente, lo que me quede de vida —Emmett sonrió, mis dedos se posaron en los hoyuelos que se le hicieron en el rostro. Besé cada uno de ellos, y sintiendo el peso de mis párpados, me fundí en un sueño, del que quería despertar mañana, porque sabía que ya no estaría sola, sino con Emmett.

Siempre.


Nota de la autora:

Aclaro una cosita, escogí el nombre de Taxi porque con ese medio de transporte, todos entenderemos que me refiero al vehículo que acepta a cuatro pasajeros. Aquí en Chile, al igual que en México (y no sé si en otro país) Taxi es el vehículo que uno llama de forma privada. En mi país, al vehículo común y corriente se le denomina colectivo (hablé de él en el primer capítulo) pero como son varias las chicas que leen este fic, que son de distintas nacionalidades, preferí ocupar ese nombre más típico.

Creo que ha sido la actualización más larga de esta historia. ¿Pensaron que Royce engañaba a Rose? Peor aún, con una de sus mejores amigas… a mí no se me había ocurrido, hasta que comencé a escribir la primera parte de esta pareja, la idea surgió sola.

Lamento el retraso. Llevaba un tiempo actualizando cada veinte días más o menos, pero estoy en los finales de la universidad, además me encuentro trabajando en varias cositas chicas, y el tiempo para escribir las cuatro historias que llevo a la par se me ha visto reducido involuntariamente. Espero terminar este fic para navidad, ya sabrán por qué (:

Muchas gracias por los favoritos, las alertas, los rrs, por todo su amor, cariño y comprensión :D