Furgón escolar I

Jasper POV

Día lunes.

Una nueva oportunidad para poder ingeniar otra nueva táctica.

Antes de que se dieran cuenta, bajé las escaleras con la máxima precaución posible. Pasé al baño rápidamente, sólo para lavarme los dientes y la cara, mojándome un poco el cabello. No decidí pasar por la cocina, escuché algo de ruido, y no quería que mi plan fracasase.

Caminé hacia la salida de mi casa. Até las campanillas que estaban en el costado derecho superior de la puerta, para que no emitieran sonido alguno y me delatasen. Abrí con lentitud, y me fui escabullendo lentamente, hasta pisar la madera del ante jardín.

Era temprano todavía. No habían muchos vecinos a las afueras de sus casas, tampoco mucho movimiento vehicular. El frío matutino también era un indicio de que había que ponerse alguna chaqueta para capear el hielo de la mañana. De mi boca, salía un poco de 'humo'.

Me acomodé la mochila, y cubrí mi cabeza con el gorro de la chaqueta. Programé mi mp3 con la selección de música que me acompañaba por siempre.

Ya podía salir con tranquilidad de mi casa, rumbo al colegio. Lástima que llegué hasta la esquina solamente.

—¿Creerías que nos harías lesos, Jazz? —siseó mi padre, mientras apretaba incesantemente la bocina del furgón escolar. Este aún tenía las gotitas del rocío que había caído durante la ventana—, bueno, me hubieras hecho necio a mí, pero tu madre es muy audaz. Supuso que saldrías temprano para que no te llevase a la escuela…

—¡Tengo catorce años! —grité exasperado.

—Y recién a los dieciocho serás mayor de edad —repuso energético—. Y si sigues viviendo con nosotros, seguirás las órdenes de tu madre y las mías, por supuesto —comenzó a reírse. ¡Cómo detestaba cuando hacía aquello!—. Anda, súbete de copiloto, que me estoy atrasando.

—Papá… ¿no entiendes que me da vergüenza? —no es que me avergonzara el trabajo de mi padre. Pero yo ya estaba lo bastante grandecito para llegar al colegio en uno de estos furgones amarillos. Más aún, si mi padre se dedicaba al transporte de niños y niñas de primaria. Por favor.

—Te resfriarás si caminas con este hielo a la escuela. Jasper, no me hagas enfadar y sube de una buena vez, de lo contrario, te haré sentar con los pequeñines, allá atrás —antes de que comenzara a reírse por su nueva broma, abrí la puerta del copiloto y la cerré bruscamente, una vez dentro, claro.

—Ni se te ocurra sintonizar las radios locales, tocan pura basura —premedité, antes de que su mano se desviara de la caja de cambios a la caja de sonidos.

—Claro, como si tu música fuese muy bonita —contraatacó—, el otro día me llamaron del colegio, quejándose por tu pupitre.

—¿Qué tiene de malo mi pupitre?

—¿Te parece normal que un chiquillo de catorce años, tenga rayado su pupitre con cruces invertidas, calaveras y nombres de grupos que tienen mensajes subliminales?

—¡Cómo si el reggaetón no tuviese mensajes subliminales!

—Jasper, es la música que escuchan todos los niños… y adolescentes, jóvenes de tu edad —le escuchaba decir, entremedio del estridente sonido del motor del vehículo, y las guitarras gloriosas de Rhapsody.

—Lamento comunicarte que formo parte del quince por ciento de jóvenes que NO —y aquel 'no' se lo grité, observándolo fijamente—, escucha esa música —me volteé y me di cuenta de la avenida que estábamos próximos a recorrer—, ¡Oh no, por Satán! —me quejé, hundiéndome en el asiento. Coloqué todo el volumen posible de mi mp3.

Fruncí mi frente cuando el ruido del motor del furgón se hizo más débil. Traté de concentrarme en la música, pero no. Todos los días, de lunes a viernes, hacía un año, ocurría esto.

—¡Bue-nos dí-as tí-o With-lock! —gritaba la mocosa de voz chillona. ¿Cómo era posible que su voz traspasase los vidrios del vehículo, además de mis audífonos?

—¡Muy buenos días, Alice! —le contestaba mi padre, desde su asiento de piloto. La madre de la duende le abría el portón trasero del furgón, y su hija se subía en la esquina del último asiento. Ella era la primera del recorrido, y la última en el retorno. No se podía subir sola al furgón, era tan chica para su edad, que la mochila rosada con motivos infantiles que utilizaba era casi, tan grande como ella. El peso de los cuadernos siempre la hacía tumbarse. Esto lo sabía porque le había visto varias veces en el suelo, sin poder ponerse de pie. El solo hecho de recordar aquello me hizo reír, lástima que no le suceda ahora tan a menudo, era divertido verlo en vivo y en directo.

—Hasta más ratito, mamita —se despedía empalagosamente, lanzándole besos por medio de la ventana—, tío Withlock, ¿puede colocar música? La del tío Jazz me da miedo…

—¡Yo no soy tu tío, duende! —le grité. Vi como se arrinconaba en el asiento, escondiendo su cabeza con la mochila, haciendo que sus estúpidas coletas cortas quedasen a la vista.

—¡Jasper, estás castigado! —me retó mi padre, cuando esperaba a que el semáforo cambiase de color.

—¿¡Pero por qué!

—Por cómo te comportaste con Alice —y diciendo aquello, sintonizó la radio con música más desagradable. Maldita niña. Susurré, tratando de desconectarme por los quince minutos que me quedaban de viaje con mi padre, el duende, y muchos otros chicos que se iban subiendo al furgón a medida que recorríamos las calles de la ciudad.

Si era desagradable compartir aquel viaje con infantes que no superaban los once años, catastrófico era el momento en que llegábamos al colegio.

Como la escuela contaba con cursos de primaria y secundaria, había realizado todos mis estudios en este mismo lugar. Mis padres nunca han contado con el dinero suficiente para darnos demasiados lujos, y por lo mismo, deseaban que siempre me transportase con su trabajo. El problema era que mi grupo de amigos se agolpaba a las afueras del colegio para esperarme; pero no por ser buenos amigos precisamente, sino, para burlarse de mis lastimeras llegadas en el tractor amarillo. Como le apodaban al furgón.

Era pan de cada día. Jane la gótica, Alec el hardcore y Dimitri el otaku, me esperaban para hacer ingreso oficial a las aulas. No era difícil encontrarlos. A pesar de que debíamos de vestir el horrendo uniforme del colegio, cada uno de nosotros tenía o utilizaba algo que nos diferenciaba de los demás.

—¿Cómo estuvo el viajecito?

—¿Limpiaste pañales?

—¿Alguno de los bebés te vomitó? —eran bromas repetitivas que no se cansaban de hacer.

—¡Me esperas a la salida, hijo, vendré por ti! —gritaba mi padre para rematar, haciendo que mis amigos estallaran en risas.

—Entremos, antes que nos cierren la puerta principal —hablé. Serenándome con Nebelpfade, de E nomine. ¡Oh, metal industrial, cuán feliz me haces!

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Alice POV

Por fin podríamos tener el fin de semana para jugar. Esto era lo mejor de los viernes, aunque igual me daba penita el no estar en el colegio, me gusta demasiado la clase de artes visuales, donde dibujamos y hacemos figuras con plastilina. Sin mencionar los recreos, ¡es tan divertido salir a jugar con los compañeros de salón!

—¿A quién observas, Ali?

—A nadie.

—Está mirando al grupo de niños malos —dijo María.

—No son malos… —me puse a mirar hacia otro lado.

—Ni tú misma te crees lo que acabas de decir —me regañaban. Me puse a reír.

—A mí me gustaría tener el pelo como la niña esa —María apuntaba a la amiga de Jazz.

—Pero si tu pelo también es lindo.

—Los pelos negros no son lindos. Los pelos rubios son más bonitos —hablaba Charlotte— si se pintara los labios de otro color, se vería como una muñequita.

—Es verdad —dijimos María y yo, a coro.

—¿El rubio se llama Jasper? —yo asentí.

—¿Y es mudo? Nunca lo he escuchado hablar.

—Yo tampoco.

—Pero si tú viajas con él todas las mañanas, Ali.

—Sí, pero eso no significa que hable con él. Jazz siempre grita. A su papá, a mí. Y cuando no grita, escucha esa música fea.

—Música muy, muy fea. ¿No le has dicho que escuche a los Jonas?

—¿Quieres que me bote del furgón? —dije asustada.

—Yo iría a preguntarle, no creo que muerda —nos comentó María. Charlotte y yo negamos con nuestras cabezas. María estaba completamente loca— vayamos antes que termine el recreo.

—Yo no iré.

—Yo tampoco —repetí lo mismo de Charlotte. Pero María nos fue arrastrando hasta donde se encontraban los cuatro amigos, bajo la sombra de uno de los árboles del colegio. El más apartado de todos.

Estando allí, al frente de ellos, tuvimos toda su atención. De lejos no se veía, pero dos de los chicos tenían pintado sus ojos con lápiz negro, aunque la niña, los tenía mucho más. No usaban los chalecos del uniforme del colegio, sino que utilizaban chaquetas negras. Uno de ellos tenía un bolso lleno de chapitas y tarjetitas de dibujitos chinos.

Miré a Jasper, y él hizo una morisqueta de asco. Eso me dio más miedito.

—Vámonos, niñas —les pedí.

—Hola… —dijo María, esperando a que alguno de ellos respondiese. María estaba loca, ellos no hablarían a un grupo de niñas de nueve años.

—Hola —respondió la niña rubia—, ¿quieren cigarrillos? —los tres chicos comenzaron a reírse, aplaudiendo la broma de ella. Charlotte salió corriendo.

—No, queríamos recomendarles música —no podía creer lo que María estaba diciendo.

—¿Ustedes? —apuntó el niño de las chapitas.

—Sí, así que los dejo con Alice —y María huyó del lugar.

—Te escuchamos, duende.

—¿Duende? —repetí. Solo una persona me decía así, y era Jazz.

—Te conocemos —susurró la niña rubia. Sus ojos eran rojos. No sabía que las personas también pudiesen tener ese color de ojos.

—Más de lo que tú crees —dijo otro de los niños. Me empezó a dar más miedo.

—¡Hey! Que la duende es mi juguete —era la primera vez que escuchaba a Jasper feliz. Aunque no era bonito saber que le causaba gracia lo que acababa de decir.

—Antes que nos muestres tu música, déjanos enseñarte la nuestra —habló el otro niño. Quería irme de ahí, pero la niña rubia me agarró de las manos.

—¡No me hagan brujerías! Soy una niña buena —pedía, asustada. La niña rubia se quitó los audífonos gigantes que tenía en su cuello, llevaba una cruz plateada enorme, que brillaba con el sol. Me colocó los audífonos que me quedaron enormes, pero no se escuchaba nada. De repente, muchas guitarras, gritos horribles, tambores y otras cosas que no supe entender, resonaban en mi cabeza.

Trataba de quitarme los audífonos, pero eran tan grandes que no me los podía sacar. La música era horrible, y las risas de los niños malos me hacían acordarme a los payasos asesinos. Pude por fin quitarme esa cosa, y salir corriendo de ahí. Me caí, y seguía escuchando como aquello les provocaba más risas. Sin importarme la herida que me hice en una de mis rodillas, seguí corriendo. Corrí hasta mi salón de clases, y sólo ahí comencé a llorar. Me dolía la rodilla, sangraba un poquito, ardía.

A lo lejos, se podía ver cómo los niños malos seguían riéndose de mí. Nunca más le haría caso a María. Y tampoco me acercaría a Jasper. Era malo. Él y su música eran malos, muy malos.

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No quería regresar en el furgón escolar a casa. Y eso no estaba bien, porque me encantaba el furgón del tío Withlock.

Desde que mi hermana se casó y se fue a vivir a otra ciudad, ninguno de mis padres podía llevarme al colegio, y así contrataron al tío Withlock. Me gusta su furgón porque es súper grande, tiene los asientos cómodos, y en la ventana de adelante, tiene unos arbolitos con aromas muy ricos. He conocido a muchos amigos mientras viajo, y eso es porque soy la primera en subirme, y la ultima en bajarme del recorrido.

—¡Alice! —el tío Withlock me llamaba, ya había llegado— ¿qué te pasó? Estás cojeando, déjame ayudarte con tu mochila —el tío se bajó y me ayudó a acomodarme en el asiento. Los otros niños fueron llegando de a poquito.

—Me caí, jugando —le dije. Si le contaba que había sido por culpa de los amigos de Jasper, lo habrían retado.

—Tienes que tener más cuidado —me decía—, ¿cuántos faltan? —nos preguntó. Al parecer, ya estábamos todos los niños listos para irnos a nuestras casas—. Llamaré a Jasper, para que nos vayamos —nos comentó.

Al ratito después, llegó Jasper con su grupo de amigos. Me escondí durante todo el viaje.

El tío Withlock me ayudó a bajarme, y cuando vi a mi mamá, me puse a llorar. El furgón fue avanzando, y Jasper me miraba fijamente. Lloré con más fuerza.

—Cariño, ¿qué pasó? —me preguntaba mi mamá, y le conté lo mismo que al tío Withlock. Me había caído, jugando.

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Jasper POV

Algo había cambiado hacía un mes. Y no era precisamente mi transporte, sino la duende.

No era que estuviese siempre atento a la niña de voz chillona, pero se me había hecho costumbre escuchar su estridente voz todas las mañanas. Podía escuchar mi música tranquilamente, no había morisquetas que debía de soportar producto del retrovisor.

No había risas, no estaba su alegría.

Con aquella reflexión me bajé del furgón, sin tomar en cuenta lo que me decía mi padre.

—¿Pasa algo? —me preguntó Jane. Inconscientemente miré hacia atrás, justo cuando Alice saltaba del furgón para pisar la vereda. Ella me vio, y agachó su cabeza.

—Vámonos a clases —corté, caminando con dirección al salón de historia y geografía. Como nunca, no me pude concentrar en mi clase favorita. El profesor me regañó dos veces, y me amenazó con quitarme puntaje en mi próxima evaluación.

Durante el recreo vi a Alice jugar con sus amigas, y algo extraño sucedía. Cada vez que la veía, ella también me observaba, mas cortaba de inmediato el contacto visual, y seguía entablando conversaciones con sus pares.

Las clases del día finalizaron y como de costumbre, tenía que esperar a que mi padre llegase a buscar a los niños y a mí.

Salí del colegio sin la compañía de mis amigos, puesto que yo me quedaba en las clases especiales que se hacían de historia y geografía universal. Todos los años, antes de las festividades de navidad, daban el resultado de muchos exámenes que se hacían en diversas localidades del país, los cuales se centraban en las áreas que uno escogía, las asignaturas donde uno era más hábil. El colegio te preparaba con estas clases. Este año me había atrevido a tomar el desafío y disponerme en la asignatura que más me gustaba. Dependía de mi esfuerzo, la obtención de una beca para estudiar en el extranjero.

—Pero qué carajos…

—Claro, si nunca me pones atención —me retaba mi padre—, te dije hoy, cuando te bajaste del furgón, que yo pasaría a la feria para retirar las cajas de frutas que le encargaron a tu madre.

—¿Y dónde se irán los niños? —pregunté. El asiento que solía ocupar de copiloto, estaba repleto de cajones con frutas, y las dos primeras filas de asiento, también lo estaban. Sólo quedaba un espacio reducido, para a lo más, unas dos personas.

Mi padre se golpeó la cabeza con sus manos.

—Hoy pasaría a buscar solamente a la Alicita. Tú te podrías haber ido en micro, pero como no me escuchaste, te subes atrás —abrí los ojos por la sorpresa. Ya podría haber estado en casa.

Apenas pude subirme, estaba arrinconado, entre la ventana y un montón de cajas apiladas. Alice llegó al momento después. Como era tan pequeña, se pudo escabullir entre las cajas, y se sentó al lado mío.

—Ali, tu madre sabe que pasaré a dejar estas cajas primero, y luego nos iremos a casa —le informaba mi viejo.

—Sí, ella también me dijo lo mismo, tío —era el colmo, eso significaba mucho rato en el furgón. El trabajo de mi madre estaba al otro extremo de la ciudad.

—¿Qué radio deseas escuchar, Alice? —preguntó mi padre, cuando comenzaba con la primera marcha del vehículo.

—No quiero escuchar música, tío —se excusó. Mi padre no insistió, y nos fuimos en silencio.

Alice a los minutos después comenzó a cabecear. No era el típico cabeceo que hacíamos con mis amigos producto de la música que escuchamos, sino, por el sueño. Su cabeza se iba hacia adelante y luego hacia atrás, a veces se contorneaba para la derecha, chocando con las cajas. Ahí se despertaba, y volvía a repetir la misma acción.

Hasta que se apoyó en mi hombro. Bajé mi vista, y sólo podía apreciar su cabello corto. Traté de no moverme mucho para que no despertara, nos quedaba un largo viaje.

Mi padre se estacionó a la entrada del trabajo de mi madre, y comenzó a bajar las cajas con ayuda de otros empleados. Por un momento, nos quedamos la duende y yo solos en el furgón.

Me saqué los audífonos, y pude escuchar su respiración. Era pausada, y pareciese como si estuviera suspirando en cada exhalación de aire. Su calidez se sentía bien, a pesar de tener mi brazo derecho adormilado por su cabeza. Cerré los ojos, y cuando los abrí, ya nos encontrábamos próximos a llegar a la avenida en donde vivía ella.

Nunca había dormido en el furgón. Me parecía incómodo para echarse una siesta. Supongo que hay una primera vez para todo.

—¿La despierto? —le pregunté a mi padre, indicándole con mi otra mano el bulto en que se había transformado Alice.

—No. La bajaré en brazos —asentí, y esperé a que estacionase el vehículo. Mi padre la cargó hasta la entrada de su casa, y ni siquiera se inmutó cuando fueron los brazos de su madre los que la llevaron a su habitación.

Papá y yo también llegamos a nuestra casa. Subí a mi habitación a cambiarme de ropa y prender el notebook para descargar un poco de discografía.

Mientras leía información acerca de mis clases especiales, la imagen de una Alice feliz y una Alice triste, no se cansaba de repetirse en mi mente. Trataba de entender por qué había cambiado tanto aquella niña, si era tan feliz.

De repente, un recuerdo vino a mi cabeza.

Antes que nos muestres tu música, déjanos enseñarte la nuestra.

¡No me hagan brujerías! Soy una niña buena…

Me sentí culpable. Había sido nuestra culpa. Mi culpa.

Sentí un sentimiento extraño y desagradable en mi pecho. Mi corazón comenzó a bombear sangre con mayor rapidez, y no entendía el por qué.

—Tendré que pedirle disculpas —musité.

Comencé a reírme. No era común que un chico como yo, le pidiese disculpas a una niña que no pasaba de los diez años, de seguro que es inmadura, y no tiene idea de las cosas que le diré. A lo mejor se ha sentido así porque no le va bien en el colegio, o su mamá no la mima tanto como quisiese…

—¿Aló?

¿Te juntarás hoy con nosotros?

—No creo, Alec. Estoy estudiando para el examen de historia.

¡No seas mamón, Jazz! Llevas estudiando para ese examen desde el primer día de clases.

—Quiero rendir un buen examen y obtener la beca, Alec —enfaticé algo molesto.

Sí, porque estás aburrido de esta mierda de país, como todos nosotros y blablabla. Sabemos tu discurso. Ahora haz caminar tus pies al cementerio. Iremos a escalar unas tumbas.

—No estoy con ánimos de escalar tumbas.

¿Tampoco de encontrar algún cráneo?

—No. Ya tengo un par en mi dormitorio —comenté, observando mi repisa decorada con dos imitaciones de cráneo, bastante convincentes.

Jane dijo que iría con un nuevo corsé. Y tú ya sabes lo bien que se ve cuando usa esas cosas.

—Pues, no me interesa. Hoy no.

No pierdo más tiempo contigo, señor tractor amarillo —eso fue el colmo. Apagué el móvil y me recosté en mi cama.

Sólo faltan tres meses…

Tres meses y posiblemente, todo el esfuerzo de mis estudios serán apremiados con la tan valiosa beca.

¿Londres? ¿Bélgica? ¿Inglaterra? ¿Tal vez Noruega? Cualquier lugar, lleno de cultura, me vendría bien.

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Otro día lunes apareció en mi vida. Era momento de hablar con la duende cuando se subiese al furgón escolar.

Pero no pude… La duende no tomó el transporte.

No importa, aprovecharía la buena suerte que me había dado el destino, para escuchar música sin sus gritos. Mañana hablaría con ella.

Sin embargo, tampoco apareció el martes, miércoles, jueves, viernes. Algo andaba mal. La duende nunca faltaba a clases.

—¿Papá?

—Dime, Jazz.

—¿Sabes por qué no está yendo a clases la duende?

—¿Te refieres a Alicita?

—Como se llame —hablé con indiferencia, observando los árboles que se difuminaban con el movimiento del furgón.

—Creo que está algo enferma. No tuvo un fin de semana agradable, y sus padres le llevaron al médico. Le dieron una semana de licencia. ¿Por qué la pregunta?

—Por nada en especial. Sólo curiosidad.

—¿Es eso solamente? —volvió a preguntar.

—¡Mira al frente, papá! Vas conduciendo —lo reté.

—¿No será que te gusta?

—¿¡Qué mierda estás diciendo!

—¡Jovencito, tu vocabulario!

—¡No vuelvas a decir una estupidez así. Ella es una niña enana e infantil. Yo ya soy un adolescente.

—Tu madre aún no nacía, y yo ya cursaba el segundo año de primaria. Nos llevamos por siete años.

—Tú y mi mamá. No me compares contigo. Viejo loco —susurré.

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Alice POV

—¡Mamá, mamá! —gritaba, desde el baño.

—Tranquila, Alice, ya verás que todo pasará. Intenta —me decía mamá, mientras me acariciaba la barriguita.

—No puedo mamá. No puedo hacer pipí, aunque quiera. Me duele mucho —comencé a llorar.

—Mi amor, no llores, verás que podrás hacer pipí, concéntrate. ¿Te sientes mejor si te acaricio? —me habría gustado decirle que sí, pero sus cariños no me provocaban ningún cambio.

—Quiero a mi papá.

—Papá ahora está trabajando, cariño —me consolaba—, ¿te sigues sintiendo mal? —asentí, con pucheros.

—Haremos una cosa. Iremos al médico nuevamente.

—Pero si el médico al que fuimos la semana pasada, me dijo que era una infección, y que se me tenía que pasar con pastillas y sigo sin poder hacer pipí bien, mamá. Me sigue doliendo.

—Vamos a tu cuarto, Ali. Desde allí, llamaremos al tío Edward.

—¿Al esposo de la tía Bella?

—Sí amor. Él tal vez, nos podrá ayudar. Ya verás que te sanará —mi mamá me arregló la ropa, y me cargó hasta mi habitación. Era temprano, pero no me sentía con ánimos de jugar con mis muñecas u ordenar mis esquelas por color y tamaño. Lo único que quería era abrigarme. Sentía frío, y quería acostarme.

—¿Bells? Hola cariño, soy Mary. Sí, estoy bien, ¿y ustedes? ¡Oh, qué maravillosa noticia! ¿Sabes? Alicita me comentó el otro día que había soñado que tú tenías un bebé. Espero que esté creciendo fuerte y sanito dentro de tu pancita… De ella misma quería hablarte. Necesito de la ayuda de Edward. Alice tiene algunos problemas para ir al baño. Un médico la vio el fin de semana pasado y por los síntomas, dijo que era una infección común y corriente. Me dio una receta para los remedios de ella, pero Ali es alérgica a toda píldora. Le he controlado la fiebre con paños húmedos, pero sigue con el problema de no poder hacer pipí. Alice ha seguido al pie de la letra las indicaciones, pero sigue sin encontrarse muy bien. Me gustaría que Edward le atendiera. ¿Sabes qué día tiene libre?... sí, sí, sería lo ideal… ¿de verdad? Oh cariño, sería realmente hermoso tenerles en casa. Esperaré entonces… ¿saben cómo llegar?… perfecto, les estaré esperando.

—¿Qué te dijeron, mamá?

—El tío Edward vendrá a verte mañana mismo a la casa. ¿Sabes Alice? Bella está embarazada.

—¿De verdad? ¡Cómo en mi sueño!

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El tío Edward vino a verme a la casa y pude volver a ver a Bella. Todavía no tiene guatita, posé mis manos en su pancita, y sigue siendo plana. Me dijo que deseaba tener una hija como yo. Eso me alegró mucho. El tío me dijo que no sabía lo que tenía con exactitud. Me dio una orden para que mi madre me llevara a un laboratorio y me hicieran unos exámenes. Podría ser alguna infección o inflamación extraña. Dijo que vendría la próxima semana para leer los resultados, porque tenía una convención de médicos en un lugar de nombre extraño. Por el momento, me dio otra semana de vacaciones.

Ya me estaba aburriendo en casa.

Con esta, serían dos semanas que permanecía acostada en mi cama, con la compañía de mis papitos.

—¡Ali! Alguien está subiendo a tu habitación. ¡Tienes visitas! —gritó mi mamá desde el primer piso. Pensaba en María y Charlotte, no las veía de hacía muchos días.

Golpearon a la puerta.

—¡Pase! —dije emocionada, arreglando las sábanas de mi cama—. ¡Jazz, digo, Jasper!

—Hola, duende —Jazz estaba vestido completamente de negro, con unas botas gigantes. Su pelo rubio bonito lo tenía suelto. Se veía más alto.

—E…entra a la pieza… sien…siéntate —estaba nerviosa, me fui escondiendo de a poco entre las mantitas, mientras él caminaba por mi cuarto, sentándose en la silla de mi escritorio.

—Tranquila, duende. No te haré nada. No soy brujo.

—¿Por qué has venido a mi casa?

—Pues… porque te debo una disculpa.

—¿Una disculpa?

—Sí. Y justo te dignas a faltar a clases cuando yo propongo disculparme contigo. Me haces venir a tu casa —me costaba entender lo que trataba de decirme. Decidí quedarme callada, y parece que él se dio cuenta—. La otra vez, cuando te acercaste a mi grupo de amigos, ninguno de nosotros nos comportamos como correspondía. Te hicimos una broma muy pesada. Jane se pasó con la música, y a mí se me olvidaron mis principios. Tú te caíste, y ninguno de nosotros te ayudó. Ni siquiera me delataste con mi padre.

—¿Y por qué las disculpas? Digo, por qué me las das ahora, si eso pasó hace tanto tiempo —Jazz miraba para todos los lados. Sentí de repente mucha vergüenza.

—Porque me di cuenta que cambiaste. Eras menos chillona en los viajes, no pedías escuchar la radio, preferías ir viendo el paisaje que conversando. Dejaste de ser tú. Y supongo que fue por el miedo que yo te causé, junto a mis amigos.

—Eres muy observador, sabes muchas de las cosas que yo hacía.

—Duende, llevamos un año viajando juntos.

—¡Es verdad! —contesté feliz.

—¿Entonces? ¿Estoy disculpado?

—Claro que sí. Pero no quiero volver a escuchar nunca más una música tuya.

—No toda la música que escucho es como la de Jane.

—No te creo.

—¿Quieres escuchar?

—¡No!

—Tranquila, que no te haré lo mismo de la otra vez, me pasaría de estúpido.

—Está bien, pero con volumen bajito —él se sacó los audífonos que tenía puestos por debajo de su chaqueta, y me dio uno. Él se quedó con el otro.

Comenzó a sonar un piano, luego unos señores cantaban en otro idioma. Empezaban después las guitarras, y supuse que había también una batería. Escuchamos toda la canción juntos, sin hablar.

—¿Te gustó?

—Está mucho mejor que la primera que oí —le confesé—, ¿cómo se llama la canción?

Join me in death

—¿Y qué significa?

—En nuestro idioma, quedaría así como Ven conmigo al más allá.

—Ah… o sea que igual habla de cosas feas.

—No. Al contrario… habla del amor que se tienen dos personas, y de cómo uno, le pide al otro que sigan unidos, a pesar de la muerte. Que disfruten de todo, pero que si llegase el día de partir, aquella persona estaría dispuesta también a marcharse junto a él.

—Bonito mensaje —concluí—. ¿Yo te puedo mostrar música?

—Podría ser otro día. Ahora tengo que ir al colegio.

—¿A esta hora?

—Tengo clases especiales.

—¡Ah! Las de historia.

—¿Cómo lo sabes?

—Tu padre se lo ha dicho a mi madre. ¿Es verdad que te vas?

—Me iría si me va bien en el examen.

—Pucha… y yo que pensaba decirte suerte en las clases.

—¿Por qué no me darás suerte?

—Porque eso significaría que te irías, y ahora te siento como un amigo. Me daría pena que te fueses.

—Vendré a verte mañana. ¿Te parece?

—¿En serio?

—Sí. Pero traeré mis libros. Así te hago compañía, pero por mientras, estudio.

—Es una buena idea. Gracias por venir, y gracias por las disculpas.

—Nos vemos mañana, duende —asentí, y me quedé por largo rato viendo la puerta. La visita de Jasper me había hecho muy feliz.

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Jasper POV

No podía evitarlo.

Estaba ocurriendo un problema, porque eso era lo único que calzaba en mi cabeza. No se me daban las matemáticas, y por eso no quería resolverlo. Esa era la analogía que practicaba mi cerebro cuando se ponía a pensar en Alice.

¡Y ahora la nombro! ¡Pasó de ser la niña chillona con su sonrisa socarrona, duende, a Alice!

No quería pensar en lo que decía mi padre, esos comentarios pervertidos o pedófilos, de que fácilmente podría existir una relación entre Alice y yo. ¡Por supuesto que no! Ella tenía nueve, y yo catorce. Se notaba la diferencia. Ella es una niña con gustos comunes, yo soy un metalero. Las cosas no pueden salirse de ese contexto. Yo soy su amigo, le acompaño en las tardes, porque dejó de ir al colegio por su extraña enfermedad, ella me pregunta el contenido que aparece en mis libros y yo le respondo. Ese es el mecanismo. Cuando ella se recupere, yo ya habré dado mi examen. Si apruebo, estaré en un lugar totalmente apartado de este sitio y ella seguirá parloteando, como siempre, en el furgón de mi padre.

Tres días, quedaban solamente tres días para rendir el examen.

Tres días para saber qué ocurrirá conmigo a partir del próximo año.

Tres días para separarme de Alice.

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—¡Jasper, que bueno que vienes!

—Señora Mary, ¿ocurre algo?

—Ali no está bien.

—¿Qué le pasó?

—Ahora la llevo al hospital, por favor hijo, tráela hasta aquí, yo estoy llamando a un taxi para poder llevármela al centro clínico. Edward me estará esperando allá.

—Llame a mi padre, él podrá venir a buscarnos —dije, mientras subía de a dos los peldaños de la escalera. Entré a la habitación de Alice. Ella estaba tirada en su cama, sudando y respirando con dificultad.

—¿Alice? ¿Te sientes bien?

—Hola… Jasper…

—Mamá te llevará al hospital, yo también te acompañaré.

—Jasper… la muñeca que está en la repisa me habla. Se ríe junto a mí. Es muy divertida —Alice estaba alucinando. Le toqué su frente, estaba hirviendo en fiebre. Saqué la manta que tenía siempre en los pies de su cama, la envolví y la cargué con cuidado, pero con rapidez—. ¡Los sapitos están en la cama! Hay muchos sapitos, están saltando por toda la habitación, no los vayas a pisar, Jazz —no habían sapos, lo único que había, eran montoncitos de calcetines pares, con forma redonda.

Mi padre llegó, y los cuatro fuimos al hospital, donde ese tal Edward les estaría esperando.

Había una camilla y tres enfermeras, sin contar al médico, que se impresionó al ver el estado de Alice. Hasta ahora, no podían saber con exactitud qué era lo que tenía. No se podía hacer mucho, puesto que ella era alérgica a todas las píldoras y pastillas que le pudiesen recetar para la fiebre y sus dolores.

—Lograremos estabilizarla —le decía el médico a la señora Mary, mientras ella lloraba. Me quedé junto a ella y mi padre en la sala de esperas. Al rato después, llegó el padre de Alice. El señor Michael estaba cansado, llevaba un par de horas viajando desde su trabajo. Mi madre también llegó. En mi familia querían mucho a Alice, y cómo no, si era una niña llena de vida, entusiasta, que podía alegrar fácilmente a cualquier persona, con sólo su sonrisa.

Creo que sí… si me podía gustar alguien como Alice…

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Nefritis.

Eso era lo que tenía Alice.

Si bien es cierto la nefritis podía ser mortal hacía unos cuarenta años atrás, hoy con toda la tecnología posible se podía contrarrestar. El problema era Alice. Su cuerpo no recibía los medicamentos como correspondía, su organismo no los aceptaba, y le provocaba fiebre superior a los cuarenta y un grados.

El diagnóstico se lo especificó Edward, luego de tener los exámenes en mano y una clara muestra de la orina de Alice. Era tan oscura como una infusión de café. Todos los presentes estábamos asustados. Alice tenía que quedarse en el hospital, en observaciones. La tenían envuelta en sábanas mojadas para que la fiebre se bajase de aquella forma, seguía con las alucinaciones.

Edward dijo que Alice había sufrido de nefritis porque la duende era una fanática de las corridas a pies descalzos en su casa. Sólo usaba calcetines cuando debía de vestir para el colegio. Además, le gustaba tomar y tomar helados, sin importar la hora, masticar hielo, salir con el cabello mojado… todos esos factores le habían helado sus riñones, y por ende, afectado todo su sistema urinal.

—Pueden pasar a verla —al decir aquello el médico, los padres de Alice se pusieron de pie inmediatamente, y caminaron por el pasillo.

—¿Estás bien, hijo?

—Sí mamá, estoy bien —era mentira. No me sentía bien. Pero no sabía por qué.

—Deberías de ir a casa. Nosotros nos quedaremos aquí con tu padre.

—Quiero quedarme aquí —mi madre me abrazó, y quise llorar.

Los padres de Alice salieron luego de un momento. La señora Mary se acercó a mí.

—Jazz, Ali quiere verte —susurró.

—¿A mí?

—Claro que sí, está preguntando por ti —miré a mis padres, y ambos sonrieron. Sentí mis mejillas algo cálidas, y la señora Mary me encaminó a la habitación donde permanecía Alice.

Entré con cuidado, como la misma vez en que entré a su cuarto por primera vez. Tal como había dicho Edward, a Alice la tenían envuelta como un capullo entre sábanas. Estaba despierta, aunque permanecía con su temple de inconsciencia.

Le tomé una de sus manos, ella débilmente la reconoció con un pequeño apretón.

—Estás aquí… —murmuró.

—Eres mi amiga, no te iba a dejar aquí.

—¿Estás desde mucho rato?

—Me vine contigo, te saqué de tu habitación, ¿no lo recuerdas? —ella negó pausadamente—. Te pondrás bien, ya verás.

—Tengo miedo de morir.

—No morirás, eres una duende a la cual le quedan muchos años por vivir.

—No te volveré a ver nunca más.

—¿Por qué dices eso?

—Te irá bien en el examen, aprobarás, y te irás muy lejos.

—Aún no doy la prueba, no puedes saber eso.

—Lo puedo sentir. Te irá bien, y no te volveré a ver —Alice se quedó callada.

—No es momento de pensar en eso. Ahora lo importante, es que te recuperes.

—En mi casa… dibujé algo para ti… espero poder entregártelo, antes de que te vayas.

—Alice, deja de decir eso, por favor, no pienses en mi supuesto viaje —le acaricié su cabello y ella cerró sus ojos. Recordé la primera vez en que la escuché dormir. Aquellos tiempos en que no me importaba en lo absoluto.

—Jasper, es mejor que la dejes descansar —asentí. Me dirigí a la puerta y Edward me detuvo.

—Si debes marcharte, quiero que sepas que todos cuidaremos a Alice, hasta que tú vuelvas —no entendía por qué Alice y este sujeto extraño me hablaban del futuro con tanta convicción.

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Deseé tanto rendir esta prueba, y ahora que acababa de entregarla, sentía una culpa inmensa.

Por fin había terminado el examen.

Siempre había pensado en mí y en mi futuro. Pero nunca había pensado en el futuro de los demás, luego de aprobar dicha prueba.

Si llegase a ser uno de los seleccionados, partiría no sólo de esta ciudad, sino también, a otro país. Dejaría a mis padres, a mis amigos, mi cultura, dejaría a todos. Volvería, eso estaba más que claro, pero, ¿cuándo?

Si no aprobaba este examen, no me sentiría tan mal. Ahora no quería marcharme, por una extraña razón, que no quería reconocer con totalidad.

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Lo agónico era esperar los resultados. Todo el año se resumía a dos semanas. Y las esperaba en el hospital, en la habitación de Alice.

Al parecer, pasaría las festividades en esta habitación, por lo que sus papás compraron un pequeño, pero modesto árbol de navidad. Mi madre, de religión católica, compró un pesebre de figuras pequeñas, y mi padre, sabiendo los gustos de Alice por los animales, trajo muchas figuritas de estos para decorar la compra de mi mamá.

—Veo que estás muy bien acompañada.

—Así es, tía Bella, estoy con mi amigo Jazz.

—Hola, yo soy Bella, la esposa de Edward. Mucho gusto —aquella mujer que traía un presente para Alice, se acercó a mí y me saludó.

—Jasper —me limité a decir, respondiendo a su saludo. Le cedí el asiento donde antes permanecía.

—Te compramos esto con Edward, Alice. Esperamos que te guste. Aún falta para la navidad, así que tómalo como un pequeño presente —le entregó el regalo. Alice, con una sonrisa traviesa, comenzó a romper con cuidado el envoltorio.

Era una colección de cuentos infantiles.

—Muchas gracias, tía Bells. Podré leer durante las tardes que me quedan aún por estar aquí.

—¿Cuándo te darán los resultados, Jasper? —me preguntaba Bella. Todos los cercanos a Alice sabían tanto de mi vida como la de ella.

—Dentro de dos semanas.

—Espero que los resultados que estás esperando, sean los que tú realmente deseas —asentí y agradecí su comentario.

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Las clases en el colegio acabaron, todos comenzábamos a gozar de las festividades navideñas en casa, y yo lo hacía junto a Alice, leyendo, viendo la televisión, escuchando música, jugando. A veces, estando en silencio, disfrutando de los atardeceres. Luego me iba a mi casa, escuchaba música, y buscaba cosas o temas con los que hablar con Alice al día siguiente. Aunque no me servía de mucho, puesto que ella siempre salía con cualquier cosa, y terminábamos conversando de temas divertidos.

Un día, mientras iba camino al hospital, me llamó la atención una tienda de múltiples objetos.

Entré a ella, y fui caminando por los pasillos. Entre tanto cachivache, encontré una cajita musical. Era rectangular y de color caoba, caía justo en mis dos palmas. Tenía tallados pintados en dorado, que brillaban con la luz de la estancia.

Le di cuerda, y comenzó a emitir una suave melodía. La abrí, y dentro de ella había compartimientos para guardar cosas de tamaño pequeño, forrados en terciopelo morado. El frontis tenía un espejo que reflejaba a una bailarina, la cual estaba al medio del interior de la cajita, la cual iba rotando a medida que la música iba naciendo producto de la cuerda que le había dado. Pensé en Alice inmediatamente. Pregunté su precio, y me la llevé envuelta. Aquel sería el regalo que le haría a la pequeña duende.

Antes de llegar al hospital mi móvil comenzó a sonar. Revisé el visor, para saber quién era la persona que me llamaba, pero el número que aparecía era desconocido.

—¿Aló?

Muy buenas tardes, ¿es el señor Jasper Withlock?

—Sí. Soy yo.

Felicitaciones señor Jasper, es usted uno de los aprobados para la beca.

—¿La beca? ¿Pero que no daban los resultados dentro de una semana más? —el asombro era tanto, que me senté en los escalones de la entrada principal del hospital.

Los resultados son entregados para todos los estudiantes reprobados la próxima semana. Nosotros como institución, obtenemos los resultados de los aprobados antes. Necesitamos de su presencia y la de sus padres en su colegio.

—¿A…ahora?

Correcto. Uno de nuestros asistentes les estará esperando, para llenar la ficha con sus datos personales.

—Señorita, ¿le puedo hacer una consulta?

Dígame.

—Este año… ¿Cuál será el destino de los becados?

Inglaterra —Inglaterra… estaba tan lejos…—, hasta luego, señor Jasper.

—Hasta luego —permanecí por un buen momento ahí, sentado. Tenía que llamar a mis padres, me tenían que acompañar.

—¿Jasper?

—Edward.

—¿Te encuentras bien? Estás pálido.

—Acabo de recibir una noticia.

—¿Con respecto a la beca? —asentí—, ¿la ganaste? —volví a asentir—. ¡Felicitaciones, todos sabíamos que obtendrías el beneficio! —me abrazó fraternalmente.

—Gracias.

—¿Ya saben tus padres?

—No, me acabo de enterar.

—Te dejo entonces, para que los llames.

—Ok, ¿cómo está Alice?

—Mimada, pero muy bien, estamos analizando con el cuerpo médico de darle de alta, así, podrá pasar la navidad en su casa. Es más, ahora espero a unos amigos de Bella y míos que vendrán a visitarla. Alice se hace de querer muy fácilmente —concluyó. No se lo hice saber, pero opinaba igual que él.

Informé a mis padres de la noticia. Emocionados, decidieron juntarse conmigo en las puertas del colegio. Entramos juntos a la dirección del rector, ahí nos estaba esperando el asistente, y nos informó detalladamente en qué consistía mi beca.

Serían dos años de estudio intensivo, donde debería de permanecer allí. En esos dos años tendría que aprender a hablar y escribir bien el idioma, acostumbrarme a los modismos, a la cultura, y recién podría pasar una temporada aquí, unas vacaciones en el país. Los siguientes cuatro años estarían cargados de investigaciones e ingresos universitarios, si me lograba acostumbrar y adaptar correctamente al estilo de vida, mantenía mis calificaciones y buena conducta, fácilmente podría seguir obteniendo más becas, para la gratuidad de mis estudios posteriores.

—Los dejaré un momento para que piensen bien qué responderán. Aquí les dejo los documentos. Si aceptan, deben de firmarlos. De lo contrario, me lo hacen saber, y así le damos la oportunidad a otro joven —diciendo aquello, el asistente salió del salón donde nos encontrábamos.

—Vamos, ¿dónde hay que firmar? escuché decir a mi padre.

—Papá… ¿firmarás?

—Por supuesto que sí. Es tu sueño, trabajaste arduamente durante todo el año para obtener esta beca. A tu madre y a mí nos dolerá en el alma el no verte por un par de años. Pero sabemos que nunca podremos darte este beneficio de nuestros propios bolsillos. ¿No es así, Marta?

Mi madre asintió, aunque con lágrimas en sus ojos.

—El hecho de que no estés con nosotros, no significa que nos olvidaremos de ti. Tu padre y yo te amamos desde antes que nacieras, desde antes que te sintiera dentro de mí, porque eras todavía una creación, un milagro de Dios dentro de mí, un milagro pequeñito, que con el tiempo se fue haciendo más grandecito, más hermoso —abracé a mi madre, y ella comenzó a llorar. Mi padre se nos unió en el abrazo, y luego de que ella dejara de gimotear, los dos firmaron los papeles.

Me iría a Inglaterra el dos de enero del próximo año.

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La noticia de mi beca se supo en toda mi familia, y debido a mi ausencia en el país durante los próximos años, decidieron juntarse en el norte del país, donde viven mis abuelos, para pasar una navidad y esperar el nuevo año en familia.

La última vez que vi a Alice, seguía en el hospital. Fue el día en que le comuniqué de la aceptación de la beca. Ella sonrió, como siempre, y me dijo que me deseaba lo mejor.

Le entregué el presente que le había comprado, mas ella me dijo que lo abriría para navidad. Nos despedimos como cualquier día, sin hacer demasiado amago de lo que sería, no vernos por mucho tiempo.

Partí con mi familia al norte, pasamos el año nuevo como nunca, cargado de emociones y despedidas. Hacía mucho tiempo que no veía a mis abuelos, tampoco a mis primos y tíos. Aprovechamos de compartir y sacarnos muchas fotografías para el recuerdo.

El mismo primero de enero retornamos camino a nuestra ciudad. Las maletas ya estaban listas en mi casa. Recorrí mi habitación. Por el momento, llevaría solamente mi ropa y algunos artículos personales. Terminando el mes, mis padres me comenzarían a enviar mis libros y mis otras pertenencias.

Llegamos casi al anochecer del día dos de enero al aeropuerto. Las luces estaban encendidas, y el ajetreo de personas y maletas era impresionante.

Como solía suceder en el colegio, divisé un grupo de sombras.

—¡Jazz! ¿Creías que te irías sin despedirte de nosotros? —Dimitri me daba un abrazo efusivo.

—No podríamos perdernos esto —acotaba Jane, sacando una cámara, comenzado a grabar la despedida.

—Supongo que recibiremos algún correo electrónico de ti, para saber que has llegado sano y salvo al país de ensueños.

—Claro que les avisaré, no soy ningún animal, Alec —más abrazos efusivos y muestras de cariño. Mi vuelo fue anunciado, tomé mis maletas, y comencé a caminar, siguiendo a las personas.

Miré hacia atrás, era lo único que podía hacer.

Dentro de mi cabeza se maquinaba la idea de que pudiese haber visto a Alice por última vez, pero aparecían luego las razones del por qué ella no podía estar aquí, despidiéndose. Venía saliendo de una enfermedad y era apenas una infante. No supe si mi regalo le gustó, tampoco si el viejito pascuero le cumplió en esta festividad.

Me volteé nuevamente. Estaban mis padres despidiéndose, también mis amigos. Seguí caminando hacia adelante, más allá.

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Nota de la autora:

No sé en qué momento esta actualización quedó sobre las siete mil palabras, si hace un momento, tenía solamente cuatro mil.

Algunas lectoras me preguntaban que cómo iba a hacer la pareja de Alice y Jasper, si ella era pequeña. Aquí está la respuesta, y espero que haya sido de su agrado.

A decir verdad, yo nunca he viajado en un furgón escolar al colegio. Tampoco sé si en otros países se brinda este servicio, o qué nombre adquieren. En cambio, he tenido compañeros y compañeras de bus :D

Aún no puedo creer que este sea ya, el penúltimo capítulo ;_;

Muchas gracias a todas las fieles lectoras que no solamente leen este fic, sino, la gran mayoría de mis publicaciones, les agradezco de todo corazón el apoyo que me han brindado y demostrado por medio de Facebook, Twitter y sobre todo, en sus rr. Así les he podido conocer, y ustedes, conocerme a mí ^^ de ante mano, espero que esta navidad haya sido hermosa, y que disfruten de un próspero año nuevo, deseo de todo corazón que sus deseos sean cumplidos, y que puedan pasar estas fiestas acompañadas de los seres queridos.

¡Nos estaremos leyendo en el último capítulo!