Prusia
Amor en frio –finjo que no me importa pero me vuelves loco–
Reducido
El espacio en el que se encontraban era muy reducido para su gusto ¿Cómo habían terminado ahí? La razón por la cual estaba ahí era muy sencilla: buscaba a su mascota pero la razón para que él estuviera haciendo compañía en un lugar tan estrecho era todo un misterio.
Suspiro.
¿Qué hacia él ahí? Normalmente disfrutaría de su agradable compañía si eso haría normalmente pero la situación y la posición en la que ambos se encontraban no eran precisamente "circunstancias normales".
-Gilbert-susurro su compañero
¿Qué pasa, Antonio?-pregunto el prusiano
¿Qué haces aquí?-cuestiono el de ojos verdes
-Esa pregunta debería hacértela yo ¿No crees?-replico Gilbert
-¿Cuál?-pregunto el español
-La razón por la cual estas aquí-replico el prusiano
-Yo quería saber si estabas bien-dijo el español-¿Qué haces aquí?-cuestiono de nuevo
-Busco a Gilbrid-dijo Gilbert-y ahora si no te importa ¿Podrías salir de aquí?-pregunto
Llevaba mas de una hora metido en una caja de cartón en una posición realmente incomoda y con Antonio sentado sobre sus caderas. Si alguien –especialmente Elizabeth–los encontraba así…
No quería ni pensarlo.
Lo que quería era salir de esa estúpida caja de cartón, correr y buscar a su pollito y hubiera salido desde hace mucho rato si Antonio no se hubiera metido en la caja para empezar, no es que no le agradara su compañía, solo que prefería estar con Antonio en lugares mas amplios, con Gilbrid cerca de él y en una situación que no pudiera malinterpretarse.
-Antonio-llamo Gilbert
-¿Qué pasa, Gilbert?-cuestiono Antonio
-Sal de aquí por favor-le pidió el albino
-¿Por qué?-dijo Antonio-no quiero
-Esto es muy incomodo y quiero salir de aquí, tengo que buscar a Gilbird y todo eso-explico el de ojos carmesí haciendo acopio de toda su paciencia para no sacar a Antonio de la caja de un puñetazo.
-Por tu pollito no te preocupes-dijo Antonio-Feliciano y Lovino lo encontraron hace rato y lo están cuidando ahora-explico el ibérico
-¿Qué?-exclamo Gilbert-entonces ¿Por qué no me quieres dejar salir?-cuestiono
-Simple-dijo Antonio-me gusta estar contigo y meterme aquí me pareció una oportunidad muy buena para estar juntos a solas y además tú me debes algo-añadió con una sonrisa maliciosa.
-¿Qué te debo?-cuestiono el prusiano teniendo un mal presentimiento
-Tú sabes-dijo Antonio-la apuesta que hicimos antes de que jugara contra tu hermano en el mundial.
-¿Te refieres a…?-a Gilbert se le erizaron los pelos de la nuca, nunca pensó que Antonio le pediría el pago de la apuesta precisamente en ese momento y en ese lugar.
-Así es Gilbo-dijo Antonio con una sonrisa perversa en la cara-es hora de pagarle al jefe-susurro
Las manos de Antonio se colaron bajo la camisa del uniforme militar que Prusia llevaba puesto, Gilbert cerró los ojos, obligándose a pensar en cualquier cosa que no fueran las manos ardientes del español bajo su ropa, patatas, sus diarios, Gilbrid, cerveza, Hitler, su hermano, el señorito, Feliciano y Lovino…cualquier cosa era buena, lo importante era evitar ceder ante España costara lo que costara.
"Patatas, cerveza, Italia, Gilbrid, el señorito y la loca..." eran las cosas que Prusia se repetía a si mismo mientras las agiles manos españolas recorrían su torso y espalda.
Antonio le beso de improviso, Gilbert gruño débilmente al sentir que la legua del ibérico pasaba la barrera de sus dientes y recorrían los confines de su boca explorando cada rincón mientras una de sus manos se metía dentro de sus pantalones.
"Demonios" pensó
Las manos de Antonio recorrían su intimidad de arriba para abajo, apretó los puños, Antonio era un maldito desgraciado. "Pollitos, entrenamiento militar, la loca" se repetía Gilbert con esfuerzo, las manos de Antonio lo estaban haciendo perder el control pero no le daría la satisfacción de verlo rogar por más ¡No señor! El era el gran Prusia y tenia muy bien marcado su orgullo alemán ¿Rogarle a España? Eso ni soñarlo, estaba decidido a que Antonio se quedara con las ganas de oírlo gemir.
-Gilbo-llamo Antonio-abre los ojos
Prusia permaneció con los ojos cerrados mientras no le mirara a la cara todo seria más sencillo
-Gilbert mírame por favor-dijo Antonio en un susurro ronco y sensual mientras acariciaba su intimidad
Gilbert se sonrojo y abrió lentamente los ojos, maldiciendo su debilidad, el calor que desprendía el cuerpo de Antonio se había encargado de demoler toda su resistencia
-Así esta mejor-dijo Antonio sonriendo dándole un mordisco en cuello.
Jadeos. Gemidos. Calor. Antonio sobre él volviéndole loco. Su espalda dándole golpes frenéticos a una de las paredes de la caja.
Al final, todo lo que quedo fue una caja de cartón destrozada, un español nadando en felicidad y un prusiano maldiciendo entre dientes al reino del sol y como su ardiente calor podía derretir la resistencia del hombre más serio de la tierra.
