Como siempre espero que os guste.


Recuerdos

Mientras se debatía entre morir en ese instante o hacer un último esfuerzo y alargar su lamentable agonía los recuerdos inundaban su mente.

Su mirada ahora azul ceniciento estaba entornada, y la piel que se dejaba entrever de la sangre escarlata ya cuajada que cubría su cuerpo, relucía por los rayos de sol que se colaban entre el espesor del cielo atormentado. El dolor era tan agudo y penetrante que amenazaba con terminar con su poca cordura... pero solo la fe de que su amada volviese de regreso a el mantenía el vago latir de su corazón.

Claro que vendría por el... le había prometido amor eterno. Aunque también el se lo hubiera prometido a otras dos personas siendo eso una vil y cruel mentira. Pero eso no podía pasarle, era el Príncipe de la Tierra, conseguía todo lo que quería. Si se le antojaba cualquier persona, sea quien sea, si se lo proponía caía completamente rendida a sus pies. El se había enamorado una vez de la Princesa de la Luna, siendo esta algo prohibido e inalcanzable, pero finalmente lo consiguió. Aunque se dio cuenta que no era lo que quería aquel amor, ahora se trataba de algo diferente, no era un juego, como lo había sido la sailor de la belleza, o un encaprichamiento obsesivo, como la Princesa.

Recordaba el color miel de sus hermosos ojos, adornados con espesas y largas pestañas negras. Su voz tan suave como seda, que lo acariciaba por doquier. Entonces un escalofrío recorrió su malherido cuerpo arrancándole una expresión de dolor al llegar a su mente escenas pasadas que lo llenaban de emociones:

Su cabello castaño estaba suavemente rizado y pequeños bucles caían por sus desnudos hombros mientras fijaba su vista en el. En los carnosos labios escarlatas de la joven se dibujaba una pequeña y sutil sonrisa, mientras que se apoyada sobre el pequeño muro, el que fuera parte de la antigua casa de Mina.

Parecía un espejismo. Un pequeño oasis en medio de un desierto mortífero. No sabía quién era, nunca la había visto, pero aquellos ojos hacían retorcerse algo en lo más profundo de su ser.

Y entonces fue cuando comprendió que aquella mujer ataviada con aquel vestido color jade gaseoso que resplandecía en la oscuridad de aquella fresca noche y que había aparecido de la nada tendría que ser suya a cualquier precio.

-Adara…-

De entre sus labios resquebrajados salió aquel nombre en un último suspiro mientras sus pupilas levemente visibles se acrecentaban más y más.

Estaba tomando conciencia de que había llegado a su final. Y en su mente se dibujaba el último contacto que había recibido de su amada, un beso con el sabor a sangre de su propia lengua entre los afilados colmillos de la dama que había sido su perdición.

Muriendo desolado, sin la mujer que amaba y con su planeta tan seco y acabado como aquella rosa mugrienta que llevaba entre sus manos solo una única idea se le cruzaba como un puñal. Venganza…

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Su cabello estaba sucio y mohoso, hacía mucho lo recordaba de un color azabache, pero ahora el blanco lo cubría por completo, ni tan siquiera el gris asomaba en el.

Había perdido por completo el olfato, aunque dado su condición esto era más una alegría que una desgracia. El hedor insufrible de aquel lugar era tan intenso.

Pero lo que no podía soportar era el ardiente sol que quemaba su piel las pocas veces que salía, como tampoco soportaba el tono ennegrecido de las nubes que lo tapaban.

Echaba de menos la tierra, aunque sabía de antemano que ahora aquel lugar también era un planeta muerto en todos los sentidos.

La única especie de consuelo que le quedaba, o más bien otro martirio es que no compartía esta pena totalmente sola. Otros seres aún más desgraciados que ella también habitaban esas áridas tierras.

Eran muchos, y aunque no conseguía entender el por qué de su estadía en esta tierra, estaba claro que no era por propia voluntad.

El jefe de aquel numeroso grupo que se asentaban debajo de las tres únicas y enormes rocas rojizas que emergían en medio de la nada era el más enorme de todos. Iban tapados de pies a cabeza, lo único que lograba ver de ellos eran sus manos, tan huesudas y llenas de manchas que daban escalofríos, con unos dedos demasiado largos para ser humanos que acababan en unas uñas puntiagudas y descoloridas. También podía ver sus ojos, eran amarillos con unas enormes pupilas rajadas de arriba a abajo. Cuando estaba más oscuro, dado que en el desierto maldito no existía la noche ni el día completo, estos ojos que tenían brillaban como los de un gato en la penumbra.

Al principio les causó terror tener a otro ser rondando por los lares, sobre todo a los pequeños que huían a esconderse dentro de las tiendas blancas en las cuales vivían nada más verla. Pero pronto se acostumbraron, y la fueron acogiendo, aunque siempre guardaban algo de distancia y alguno se comportaba de forma misteriosa en su presencia.

Cuando descansaba, dado que la mayor parte de su tiempo lo ocupaba en vagar como una autómata por el planeta entero en busca de alguna forma de escapar de el, cosa que no le era posible dado que una fuerte barrera mágica lo envolvía, siempre soñaba con ella…

La veía reírse junto con sus demás compañeras, o luchar a su lado. La divisaba de una y mil formas, oía su voz.
Eso hacía que no perdiera sus esperanzas, algo dentro de ella le decía que su princesa seguía viva. Y ese algo también era lo que hacía que la pequeña llama que había en su interior siguiera prendida.

Después de todo seguía siendo la guerrera del fuego…

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Su precioso cabello dorado del cual emanaban mil y un destellos en aquel paisaje de ensueño le decía que era ella. Aquel perfume tan suave con olor lilas que desprendía su cuerpo también le hacía recordar a la Princesa que había amado. Y el rostro en forma de corazón enmarcado por esa pequeña boca a juego con su nariz no le dejaba lugar a dudas. Si no fuera por esos ojos...

Esos ojos que lo estaban matando con su curiosa mirada.
No era los enormes ojos azules que quería ver... ni si quiera su tonalidad se asemejaba a ellos. El ámbar amarillento los inundaba por completo.
Una pena enorme lo embargaba, aquella mujer no era Serena... no podía serlo aunque guardase un parecido espectacularmente asombroso con ella. Puesto que la Princesa de la Luna tenía una mirada de un celeste oscuro tan hermosa como el mismo firmamento. Y la persona, o lo que fuera que tenía delante solo era otro repulsivo ser de ese planeta, el cual estaba empezando a aborrecer terriblemente.

-Perdona... ¿Nos conocemos de algo?-

El moreno quedo helado al escuchar su voz. Esto debe de ser una extraña estratagema de la Princesa de ese planeta, en su ahínco por acercarse a él. No podía existir otra persona que además del físico poseyera exactamente la misma voz que Serena.

Hizo un esfuerzo descomunal porque su propia voz no saliera como un fino hilo de inseguridad. No sabía qué era lo que estaba ocurriendo pero se encontraba desconcertado por completo.

-No, le aseguro que no nos conocemos de nada.-

Había sido tajante en sus palabras. Y la verdad que ahora se arrepentía un poco. La joven perdió el brillo de esperanza que tenía sus ojos, y el color escarlata de su rostro poco a poco se perdió volviendo a su tonalidad color nácar y melocotón de siempre.

-Ah...bueno. Yo me llamo Electra, o eso creo... ¿Y usted?-

Algo no iba bien en esa joven. Estaba insegura y se veía algo asustada. De repente empezó a mirar a un lado y a otro, como si hubiese cometido una completa desfachatez.

-Seiya.-

La rubia lo miro fijamente. En su cabeza miles de imágenes se arremolinaban creándole una terrible sensación de angustia. Ella sabía quién era aquel hombre que hacía que su corazón latiera con tanta rapidez, solo que no podía recordarlo. Entonces... ¿Por qué él decía que no la conocía de nada?. Desde que había salido de sus aposentos notaba como su mirada se iba enturbiando... estaba tan confundida y se sentía realmente mal. No podía dejar de pensar que si Dymas la descubría hablando con aquel joven lo mataría... no sabía porque, pero en su mente aquella escena terrorífica se hacía presente.

-Señorita, ¿Se encuentra bien?-

Seiya estaba preocupado, tan solo había pronunciado su nombre y por el rostro de aquella joven habían pasado miles de emociones en cuestión de segundos. ¿No podía ser que en realidad esa joven fuera Serena?, ¿Acaso el mismo se estaría volviendo loco?

-Si... es solo que... desde hace un rato me molesta un poco la vista. Si fuera tan amable de acercarme a algún lugar donde me pudiese sentar.-

Era verdad. No podía ver absolutamente nada, tan solo un borrón oscuro donde antes se imponía la figura de aquel misterioso hombre.
El joven, dispuesto a ayudarla dado su estado rápidamente la tomo con delicadeza de uno de sus brazos y la condujo a un banco cercano.
Y así, ambos permanecieron unos minutos que les resultados eternos sentados uno al lado del otro. Seiya todavía retenía el brazo de la rubia entre sus manos, no quería soltarla por miedo a que solo fuera una estratagema o una extraña treta del destino. Pero no había duda que la leve energía que despedía aquella joven era tan pura como la de la mujer que un día amo sin ser correspondido.

Una alarma de alerta se activo en su cabeza. No podía esperar a mañana. Debía de entrar en contacto con sus hermanos en cuanto pudiera.

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-Yaten... ¡maldita sea!, ¿Que es lo que esta ocurriendo?-

Hacía años que no lo llamaba de esa manera, pero siempre que se enfadaba o se encontraban en una situación de peligro acababa llamando a sus compañeras por el nombre que tomaron prestado en la tierra. Desde que volvieron de aquel lugar seguían sintiendo que eran de la misma familia, que no había sido ninguna mentira y verdaderamente eran hermanos.

-¡No lo se!, ¡es imposible contactar con ellos!-

La más pequeña de las dos se revolvía inquieta por la sala. Andaba frenéticamente de un lado a otro con su cabello plateado ondeando en una larga cola que subia y bajaba a medida que sus pasos circulares se hacían más rápidos.

La castaña, que se encontraba inmóvil frente a una enorme piedra rojiza solo juntaba las cejas en una expresión de preocupación y sufrimiento.

-No podemos atender a las llamadas de las sailors de la tierra... eso dalo por hecho. Mientras que no consigamos informarnos del porque nuestra princesa no responde, no podremos hacer nada.-

Ambas se miraron largamente. Sabían desde un principio que la monarca no debería de haber abandonado su reino, pero no podían retenerla a la fuerza.

-Taiki. Debemos ir a ese planeta. Siento que se está fraguando una gran conspiración... y no quisiera pensar que nuestra tierra se encuentra en el centro de esta.-


Siento el retraso (enorme, por cierto), y también lamento la brevedad de este capítulo. Pero he estado muy muy ocupada.
He sido mamá hace un mes :D , así que imaginaos!

Muchas gracias por todos los comentarios, os estoy enormemente agradecida.