Beyblade no me pertenece...
Edición a cargo de Hannika Adreatos
-oO0( Ojos del Corazón )0Oo-
Por Kiray Himawari
Capítulo II
Así transcurrió la noche y la mañana llegó. La alarma me despertó, tomé una ducha, desayuné y me preparé para ir a trabajar, había olvidado por completo lo ocurrido el día anterior y una reunión importante que había para este día.
Arribando a la oficina la secretaria, encargada de llevar la orden de las reuniones, me dijo que ya era tarde y que la reunión estaba a punto de comenzar. En ese momento recordé la reunión y tome mis bocetos y documentos necesarios. Entré a la sala de juntas del octavo piso y cuando fue mi turno de presentar mis bocetos, me paré al frente de la junta y me di cuenta que estaba justo enfrente del dueño de la compañía, ¿cómo ignorar su mirada? Por unos instantes perdí la noción de lo que iba a decir pero salvada por la presentadora comencé mi exposición. Él ni siquiera miró mi trabajo y para ser precisos el de ninguno de los que estábamos allí. Los consejeros murmuraban al final para tomar la decisión de qué boceto elegir, pero cuando uno de ellos pidió la opinión del dueño, éste se levantó y sin decir nada salió de la sala dejando con la palabra en la boca al consejero. Finalmente tomaron la decisión sin él y mi diseño fue el elegido.
Así pasaron varios meses, volví a la escuela e iba al trabajo por las tardes. A punto de terminar el semestre, mi personaje ya había salido junto con el juguete a la venta y todo marchaba a la perfección. Terminé el semestre y las vacaciones parecían prometedoras en mi empleo. Esta vez la empresa pensaba realizar una serie, la cual promocionaba al juguete y mi personaje junto con él. Estaba muy emocionada, ya que me habían pedido el perfil completo para poder crear la historia, además de pedir mi opinión para la creación de otros personajes que lo acompañarían.
Trascurrió el tiempo y pasaron otros seis meses, las vacaciones definitivas por fin llegaban. Al fin había terminado la carrera en Música Clásica que tanto había soñado, a pesar de que jamás pensé ejercerla; era sólo un hobby. Mi desempeño para la compañía iba cada vez mejor, así que decidieron darme un contrato indefinido, no podía pedirse más. Todo era tan agradable que hasta había olvidado que odiaba al dueño de la compañía, el cual ya podía maldecir con nombre completo: Kai Hiwatari.
Vaya que se escuchaban comentarios acerca de Kai, que si era un tipo amargado y pedante; otros comentaban que alguien lo había asustado y ahora le daba miedo hasta socializar y que esa era la razón por la que no hablaba con nadie; unos más comentaban que sólo era un tipo extraño del cual no debía tenérsele cuidado. Nada más fuera de la realidad.
Era invierno, la época más esperada del año por todo el mundo a excepción de mí. Yo odiaba las navidades, creía fielmente en que era una época de consumismo en la que sólo el dinero importaba. El veinticuatro de diciembre tendríamos una comida para convivir todos los empleados de la compañía. Con mucho pesar tuve que ir. Ya en la fiesta, intenté alejarme a toda costa; como pude me escabullí al décimo piso, en donde había una sala de descanso para todos; una linda vista, una sala cómoda, mesa para el almuerzo, televisión, era como un mini departamento; en fin, cuando abrí la puerta vi a Kai mirando por el ventanal. Entré sin titubeos y cuando me disponía a saludarlo:
– Desde este ventanal puedes ver toda la ciudad y darte cuenta de todo lo que pasa – dijo irónicamente.
– Así parece – le contesté sin profundizar en sus palabras.
Volteó a verme como si hubiera interrumpido su meditación, realmente había sido así.
– ¿Qué haces aquí? – preguntó con tono enérgico – Deberías estar en la reunión con todos los demás – continuó.
– Eso mismo te pregunto a ti – respondí con tono desafiante.
Al decir esto su cuerpo completo giró para colocarse frente a mí.
– ¡Vaya! Parece que eres una de esas mocosas altaneras. –
No contesté nada, no me había percatado del tono empleado y mucho menos el uso del 'tú' para dirigirme a él. Cerré los ojos y sacudí la cabeza:
– Lo siento, fue inconciente – me disculpé rápido.
Y antes de poder darle más explicaciones se dio la media vuelta y su voz se dirigió a mí:
– Ven conmigo. –
Como por inercia lo seguí. Nos dirigíamos a la azotea, aunque parecía extraño no dije nada. Una vez ahí me miró nuevamente y con voz firme y fría pronunció:
– Eres una chica curiosa, sin embargo no eres de la que anda con rodeos para conseguir la información. Podría decirse que eres casi como yo. –
Intenté decir algo para defenderme, aunque no sabía de qué, si todo lo que decía era verdad; pero él no me lo permitió:
– Déjame terminar, no hago esto a menudo. – fijó su vista en algún punto de la nada – Voy a confiar en alguien por primera vez. –
En ese momento su mirada cambió de retadora a introspectiva.
– He estado observando esta compañía desde hace tiempo y es tan ajena a mí que me pregunto siempre qué hago aquí. –
– Y ¿qué te has contestado? – interrumpí.
Cambió su mirada a retadora por unos instantes.
– No lo he hecho. Estoy aquí porque es mi obligación, no por el gusto de hacerlo. –
– Y ¿quién te obliga entonces? – indagué.
– Me obliga el orgullo, el dolor y finalmente yo. – dijo en tono desanimado.
Por un momento todo se quedó en silencio, luego él continuó:
– Y ¿qué es lo que quieres saber de mí?, me he percatado que en cada oportunidad que tiene me miras… Supe que estuviste en mi oficina… –
Volteó a otro lado, como para darme tiempo para pensar. La pregunta me tomó por sorpresa y no supe que responder, mi expresión lo decía todo.
– Eso supuse. – comentó luego de un tiempo – Las personas curiosas no saben aprovechar las oportunidades cuando las tienen enfrente. –
Caminó hacia las escaleras, fue entonces que reaccioné.
– ¿Cuál es tu color favorito? –
– ¿Es todo lo que se te puede ocurrir? – estaba burlándose de mí.
– Contesta, que es la primera que tengo de muchas preguntas. –
Caminó de regreso a mí y con su mirada fría vio directo a mis ojos:
– Odio los colores. –
Esto último lo pronunció con rabia o al menos eso parecía.
– ¿Por qué los odias? –
– Bien, te diré que los colores sirven para darle matices a la vida y como mi vida no tiene matices no tengo razones para que me gusten. –
Sus respuestas eran irónicas, como si con ello fuera a convencerme de alejarme de él.
– ¿Tienes hermanos? – dije antes de que intentara irse otra vez.
– No tengo familia, sólo soy yo y yo. –
Bajó la mirada al contestar a la pregunta, mas rápidamente la volvió a su lugar.
– ¿Cómo es que eres dueño de esta empresa? –
Fuimos interrumpidos por su secretaria personal, que muy sorprendida estaba cuando nos vio.
– Lo estuve buscando por todas partes. Es el momento de decir su discurso para los empleados. – dirigiéndose a Kai.
– Pues parece que no sabes buscar bien. – dijo en tono burlón – No pienso dar ningún discurso. –
Abandonó la azotea y desapareció ante nuestras miradas de confusión. La secretaria reaccionó y fue tras él, pero no lo encontró. Regresé a la fiesta, tomé mis cosas y volví a casa. La tarde había sido extraña.
