Beyblade no me pertenece...

Edición a cargo de Hannika Adreatos


-oO0( Ojos del Corazón )0Oo-

Por Kiray Himawari

Capítulo VIII

H

Varios paramédicos intentaban sacarme de allí, no sentía dolor ni miedo. Mis ojos permanecían cerrados mientras voces en mi cabeza murmuraban…

– Tenemos que sacarlo, está perdiendo mucha sangre…–

–… A la cuenta de tres…–

–… Con cuidado, pónganlo en la camilla…–

Abrí los ojos y vi muchas personas desconocidas, en un segundo las voces se detuvieron y una quietud me invadió. Vi el rostro de Hinata y comencé a recordar el día en que la conocí.

-o-

Iba caminando por la calle, ese día me habían dado la noticia de mi enfermedad, estaba mal emocionalmente. Los médicos me anunciaron que tenía un tumor cancerígeno en el cerebro que, a pesar de estar encapsulado, causaba presión a mi cerebro, lo que causaba mareos constantes y hemorragias. Iba muy triste y cabizbajo, me detuve por unos instantes, un mareo había aparecido, al tiempo una voz me preguntó si estaba bien. En verdad que no tenía ganas de soportar a una persona impertinente; le dije que me dejara en paz con un tono agresivo, sin embargo pedí disculpas y me fui, estaba aturdido. Unas calles adelante la sangre se hizo presente. En la mansión nadie se había percatado de mis malestares, decidí no comentar nada, al fin y al cabo, no eran sus problemas.

Un mes después tuve reunión en la compañía y la misma chica estaba allí, con su sonrisa inconfundible; tenía el cabello corto y grisáceo, ojos azules, tez blanca, portaba un pantalón negro y una blusa roja con figurines blancos. Intenté evadirla e ignorar su mirada curiosa y me fui de allí lo más rápido posible. Esa chica me hacía sentir algo especial.

Un día al pasar por la compañía se acercó a mí para presentarse, la ignoré, pero insistentemente trató detenerme, el hecho me molestó demasiado.

– No me interesa saber quién eres o dónde trabajas, así que ¡déjame en paz! – le dije enérgicamente.

Seguí mi camino hasta llegar al parque donde solía recostarme a meditar. Al día siguiente me esperaba una reunión de esa maldita compañía. Llegué temprano y me senté al centro de la junta. Se abrió la puerta y era esa chica de nuevo, iba a presentar un proyecto como todos lo que estaban allí. Una jaqueca me molestaba, la reunión me aburría demasiado. La sensación de malestar se hacía cada vez más evidente. Ya terminadas las presentaciones un consejero pidió mi opinión, pero no me interesaba decir nada. Salí de la reunión y fui a la azotea del edificio, era un lugar muy tranquilo, cada que iba a la compañía me escapaba a la azotea, donde nadie podía encontrarme. Un lugar tranquilo para huir de la realidad, aunque conciente estoy de que nunca se huye lo suficiente como para realmente escapar.

Esa chica me hacía recordar muchas cosas, entre ellas, a mi madre. Tenía un cierto parecido, aunque ya no recuerdo su rostro con claridad, recuerdo su voz. Hinata tuvo éxito con su propuesta, mas no me interesó demasiado, esa maldita empresa. Poco a poco Hinata fue ganándose un espacio allí, hasta conseguir quedarse definitivamente.

En ocasiones escuchaba todo lo que murmuraban de mí, a veces yo mismo me preguntaba porqué no podía cambiar y ser como ellos, porque es verdad que los envidiaba, algo en mí está mal.

Era víspera de navidad la estúpida compañía hacía reuniones anuales con el fin de acercar a los altos mandos con los demás trabajadores, mi abuelo decía que tenía que aprender a controlar a las masas a través de mis palabras, que ese era el secreto del poder, pero ¡a mí que va a interesarme el poder! Tenía que decir un discurso motivador, sin embargo no podía pensar en otra cosa que no fuera en salir de allí, decidí retirarme a la azotea. Al pasar por el décimo piso vi un lugar acogedor, era la sala de descanso del edificio, tenía un ventanal por el cual se podía admirar todo Tokio, me quedé parado mirando el tiempo transcurrir y a la gente pasar, en ese instante alguien entró justo cuando hablaba conmigo mismo, miré quién había roto mi quietud y era ella de nuevo, su voz era especial.

– ¿Qué haces aquí? Deberías estar en la reunión con todos los demás. – dije

– Eso mismo te pregunto a ti. –

Sus palabras me impresionaron, eran retadoras, como si me conociera de tiempo atrás. Le dije unas palabras que hicieron que ella pidiera disculpas, sin embargo algo de su primer tono me llegó y no permití que continuara disculpándose.

– Ven conmigo. –

No sabía en verdad que podía decirle, pero algo dentro de mí me pedía que confiara en ella. Me siguió hasta mi lugar predilecto, la azotea. Me había enterado de su búsqueda en tiempo anterior, era decidida, curiosa, hambrienta de saber sobre mí. Era algo como yo, siempre busco entre los escombros la verdad, no importa el costo; la diferencia entre ella y yo era la forma dulce y encantadora contra la desesperación y la frustración. Iba a confiar en alguien por primera vez y no estaba seguro porqué. Esa voz me insistía.

– He estado observando esta compañía desde hace tiempo y es tan ajena a mí que me pregunto qué hago aquí…–

– Y ¿qué te has contestado? – me interrumpió.

Era como si en verdad le importara.

– No lo he hecho. Estoy aquí porque es mi obligación, no por el gusto de hacerlo. – contesté.

¿Por qué iba a gustarme estar allí, si esa maldita compañía había elegido mi destino? Desde que tengo memoria esa compañía ha sido la causa de todos los males, mi padre obsesionado con mantenerla viva, sacrificando a mi madre para mantenerla en pie. Sólo el orgullo y el dolor me mantienen cerca de esta maldita compañía.

Le pregunté qué es lo que ella quería saber de mí, creo que nunca esperó eso de mí. Dejé de mirarla, ignorando lo que iba a preguntar, al no escuchar una respuesta de su parte me di cuenta de que personas como ella nunca saben que hacer cuando la oportunidad está frente a ellas y se lo hice saber, pero lo que estaba a punto de decir era un colmo, una pregunta inútil, al menos para mí; obvia como todas…

– ¿Cuál es tu color favorito? – preguntó.

Tal vez lo hizo sin pensar, me reí de ella, sin embargo algo me indicó que una pregunta tan simple podría ser un arma de doble filo. Resolví contestar a su pregunta con la mayor sinceridad posible…

– Odio los colores. –

Creí que mi respuesta había sido clara, pero me sorprendió el saber que quería saber el porqué de mi odio hacia los colores y ¿cómo no iba a odiarlos? Si mi vida no tiene colores, es gris, negra, oscura. No obstante su pregunta absurda, intentó saber de mi familia, yo lo único que pude contestar fue que no tenía familiares, sólo era yo y nada más. Cuando me preguntó cómo es que yo era dueño de esa empresa llegó la secretaría, molestándome como siempre, quería que dirigiera el estúpido discurso. Me fui de allí.

Al otro día, como de costumbre, fui a meditar a un parque cercano a casa. Todo estaba bien hasta que llegó, era ella de nuevo, con su gran parecido a mi madre, no podía soportarlo. Sorprendida me preguntó qué hacía allí, pero la pregunta era qué hacía ella allí, era molesto tener que escuchar la voz que me recordaba a mi madre. Hinata retrocedió un poco, no sé que estaría pensando, pero me enfadaba demasiado tener que verla, como si el destino se empeñara en que la encontrara. Intenté irme pero me pidió que no lo hiciera, yo iba caminando cuando tomó mi mano con desesperación la miré y me pidió disculpas por hacerlo, ¿qué se supone que tenía que decir?, yo no quería verla más. Quería hacerme creer que éramos una especie de confidentes.

– No tengo tiempo para estas cosas…– dije cuando su miraba se tornó extraña, asustada.

– ¿Qué te ocurre?, ¿te sientes bien? – me preguntó con insistencia.

No me había percatado de la hemorragia en mi nariz, traté de irme, pero al dar la vuelta un mareo y la visión oscura aparecieron, caí inconciente. Al despertar, me sentí confundido, le pregunté que había pasado y ella me explicó, ahora tenía una razón para irme y dejarla atrás. Quería que le diera explicaciones de lo que había ocurrido, pero las molestias me hacían caer en desesperación, sacudí la cabeza y me fui. Cuando llegué a casa los guardaespaldas preguntaron que tenía, pues mi camisa estaba manchada con la sangre, no quería hablar con nadie y menos dar explicaciones de lo que me pasaba, ¡qué les voy a importar!

H