Pareja: Dean Winchester/Zacharías

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La Oferta Demanda

Dean creyó que no tendría que verle el rostro a Zacarías ni escuchar hablar de su séquito de ángeles por el resto de su vida. Pero, como le estaba ocurriendo a menudo —demasiado a menudo para su gusto—, estaba equivocado.

Cuando despertó en esa habitación blanca sin puertas ni ventanas, estaba convencido de que se trataba de un sueño loco. Cuando sintió que el ángel se materializó a sus espaldas, ya no estuvo tan seguro.

—¿Qué demonios-

No pudo terminar la frase. Al menos una parte de ese sueño era real, tan real como para que Zacarías, sin siquiera tocarlo, pudiera arrastrarlo y mantenerle callado, inmóvil contra una de las paredes.

—De acuerdo, de acuerdo. Olvidemos todo lo que hice para que le dieras el sí a Miguel. ¿Podemos dejarlo en el pasado? Sin rencores. Yo no los tendré por haber sido tú semejante dolor en el culo, créeme. ¿Así que, qué me dices? ¿Amigos? —propuso Zacarías, dándole suaves palmaditas en el hombro con la mano que no guardaba en el bolsillo de su pantalón oscuro.

Dean intentó sacárselo de encima pero fue inútil. Todo lo que intentaba era inútil. Había algo en su cuerpo que no estaba respondiendo y no quería saber cómo acabaría todo aquello. Las ilusiones a las que lo sometía Zacarías nunca terminaban bien...

—No tienes que decir nada ahora —continuó el ángel—. Sólo tienes que pensarlo bien, es una buena oferta. Estoy dispuesto a pagar el precio de tu amistad, muchacho. Mucho mejor que ese tontuno principiante, Castiel, por cierto. Te sacó del Infierno, sí, te devolvió a los brazos de Sammy y te salvó el culo en unas cuantas oportunidades, ¿pero yo? Yo soy su jefe, no te lo olvides. Lo conozco, y te conozco a ti más de lo que puedes imaginar.

Todavía lo observaba con ese aire pedante que tanto detesta y se atrevió a ponerle una mano sobre el rostro.

—Puedo… traer a papá de vuelta, solo si me lo pides. Piénsalo.

Con un simple chasqueo de sus dedos, a pocos centímetros de su nariz, Dean despertó de un salto en su cama.

Aún no había amanecido, Sam dormía en la cama contigua, y él estaba allí, otra vez con ese horrible y amargo gusto en la boca de estar considerando (de nuevo) ceder ante una idea descabellada.

*** fin ***