Pareja: Dean Winchester/Ellen Harvelle
. & .
(sin título)
A veces piensa que sería gracioso que la gente supiera que, aún a su edad, es completamente capaz de meter a un tipo de treinta y pico en su cama.
Y qué tipo.
Si él no fuera el condenado hijo de John Winchester (el mayor, ese rubio arrogante. El de los comentarios subidos de tono), sería su fan número uno y estaría presumiéndoselo a todas las vecinas de la cuadra con lujo de detalles. Pero ni él es otra persona, ni ella es de "esas" (y tampoco tiene tantas vecinas…). Hace dos días que Dean está ocupando su habitación y ella pasa la noche en la de Jo. En un colchón. En el suelo.
(Eso es lo que ha hecho por él y más le vale abstenerse de hacer ningún comentario desubicado o de querer tirarse a su hija por lo menos en lo que queda del mes…)
Ellen entra en la habitación con una bandeja en las manos. Lleva una taza de té caliente con miel y algunas rebanadas de pan tostado. Deja el desayuno a un lado de la cama, sobre la mesa de noche, antes de correr las cortinas para que la luz de la mañana ingrese en la habitación. Se sienta en el borde de la cama para quietarle el paño húmedo que Dean tiene sobre la frente. Al tomarle la temperatura con el dorso de la mano, el muchacho se mueve ligeramente por el contacto pero no abre los ojos.
Recién ahora se da cuenta de que sus pestañas son más largas que las de su hija y sus labios mejores y más rellenos que los suyos. Dean Winchester, vencido por la gripe, parece ciento por ciento menos detestable de lo que realmente es estando sano.
—Hey —la mujer llama su atención con dos palmadas firmes sobre su brazo (le parece mala idea tocarlo en cualquier otra parte). Dean abre los ojos, con pereza—. Abre la boca.
Tarda un minuto en tomar su temperatura con exactitud. Mientras trata de ver la línea de mercurio a contraluz, Ellen siente la mano de Dean sobre la suya. La sujeta con suavidad y la posa sobre su pecho.
—Eres la primera mujer que se hace cargo de mí desde que cumplí cinco años.
Ellen no encuentra maldad alguna en el comentario, ni una respuesta adecuada.
—Gracias —agrega, con los ojos verdes brillantes y cansados.
Ella siente que tiene que decir algo pero no sabe qué. Sam es un encanto pero tiene que reconocer que Dean es su puta debilidad.
Termina acariciando su mejilla con suavidad antes de inclinarse para besar su frente.
—Debes estar realmente grave, para no ser tan desagradable como siempre —comenta, liberando su mano para ponerse de pie.
—No lo sé. Culpa de la fiebre —contesta Dean, encogiéndose de hombros. Se incorpora con algo de esfuerzo para que Ellen pueda acomodar la bandeja de desayuno sobre su regazo.
—Si necesitas algo, llámame —le dice, observando que recupera el apetito con las tostadas. Dean asiente y ella contiene el impulso de revolverle el cabello.
Antes de llegar a la puerta, escucha una risa maliciosa.
—Tu corpiño es negro.
Se le nota en los ojos que no ha podido quedarse callado.
—Me equivoqué. Creo que ya estás recuperándote —gruñó la mujer, negando con la cabeza, antes de abandonar la habitación.
*** fin ***
