Beyblade no me pertenece...
Edición a cargo de Hannika Adreatos
-oO0( Ojos del Corazón )0Oo-
Por Kiray Himawari
Capítulo XIV
Varios días pasaron para que pudiera hablar con él sin sentir pena y sin sentir la desconfianza. Fui a su habitación para hablar con él y tratar de disculparme, el otro día había sido demasiada emoción, mas no estaba en su habitación. Creí que había ido a la habitación donde estaba el piano, pero tampoco estaba allí. Lo busqué dentro de la casa y no aparecía, comencé a preocuparme y entre tanto recordé el parque sombrío, fui para ver si con un poco de suerte lo encontraba y así pasó. Estaba llegando apenas, no podía caminar muy rápido.
– No deberías salir de esa manera, además todavía no estás bien para andar solo. –
– ¿Me estás regañando a caso?, porque si es así puedes ahorrarte tus comentarios, estoy bien conciente de lo que hago. – dijo un tanto molesto.
– No te estoy regañando, te estoy diciendo la verdad. Volvamos a casa. –
Lo tomé lentamente del brazo, pero enseguida lo quitó.
– ¡Déjame solo! –
– No voy a hacerlo. Siempre tratas de deshacerte de mí, pero te tengo noticias, ahora más que nunca me quedaré a tu lado. –
Mi tono de voz iba elevándose con cada palabra.
– Puedes hacerlo, si así lo deseas, pero en lo que a mí concierne todo sigue igual. –
Sus palabras eran frías, no entiendo porqué. A pesar de que lo dicho era un tanto cruel para mí, decidí saber más, esta vez de su enfermedad. Tomó lugar sentándose en una banca cercana, no podía acostarse como siempre. Me senté a su lado.
– Tienes que decirme lo que ocurre con tu enfermedad, no es sencillo saber que mi único familiar tiene cáncer. –
– Estaré bien. – pronunció secamente.
– No es lo que tú quieras ver, sino la realidad, el médico dijo que tu cáncer está encapsulado y que con lo sucedido corrías riesgos, estás conciente de ello, ¿verdad?-
– Por supuesto que estoy conciente, deberías preocuparte más por ti que de mí, sé cuidarme solo. –
– Ya lo sé, pero estoy yo aquí ahora y no voy a dejarte solo. –
– Suenas muy convencida de lo que dices, pero no necesito compañía para estar bien. –
– Tal vez creas que no la necesitas, sin embargo estoy segura de que te has sentido muy solo por mucho tiempo y no puedes ver que ahora puedes contar conmigo, no importa si estás mal o bien, porque estaré para aconsejarte y apoyarte. De cierta forma sólo nos tenemos mutuamente. –
Ese fue el final de esa conversación puesto que no habló más conmigo. Lo ayudé a volver a casa con todo y su negativa.
Pasaron meses en los que no pudo viajar, ni pudo salir a sus caminatas acostumbradas, sólo iba al médico, yo lo acompañaba por supuesto. Seguía recibiendo sus llamadas de Rusia. La compañía en Tokio marchaba bien, recibía visitas de abogados, todo iba bien. Su recuperación fue lenta y estuve a su lado.
Pronto se acercó el invierno, comenzó entonces a retomar su rutina. Lo próximo que hizo después de saber que podía viajar fue empacar e irse a Rusia, pero antes de eso…
– Me gustaría ir contigo a Rusia, saber qué es lo que haces allá. –
– Tienes el derecho de saberlo, pero no es el momento todavía. Por si no lo has notado sólo sabemos esto tú y yo. No estoy seguro de lo que debemos hacer ahora, necesito tiempo para arreglar y poner en claro las cosas. –
Respeté su opinión y la traté de comprender, no sé porqué debíamos esperar tanto, para mí todo esto era increíble y digno de gritar a los cuatro vientos.
Cuando volvió estaba más raro de lo normal, intenté hablar con él, pero me evadía, algo no andaba bien. Se encerró en su habitación y fui a tocar a su puerta.
– Kai ¿estás bien?, dime algo. –
No contestó a mi llamado. Intenté abrir la puerta, pero tenía seguro.
– ¿Qué te ocurre?, ¿por qué no me contestas? –
Escuchaba ruido, pero seguía sin recibir respuesta.
– Por favor ábreme, sólo quiero saber si estás bien…–
La perilla comenzó a girar y la puerta se abrió.
– ¿Qué quieres? –
Se veía pálido, muy desmejorado, como si no hubiera dormido en días.
– Te ves muy pálido, ¿estás bien?, ¿cómo te fue en tu viaje? –
– Estoy bien, solamente necesito descansar. –
Cerró la puerta sin decir nada más, ya no insistí más ese día. Creí que sólo estaba cansado por el viaje y después de saber que hacía allá, no estaba segura si quería saber más.
Pasaron varios días y no me dirigía la palabra, me sentía rara y no quería hostigarlo demasiado, pero la verdad me preocupaba demasiado.
Se aproximaba la navidad, la época que menos me gustaba y, la que al parecer, a él tampoco. Lo encontré en la sala y me armé de valor para platicar con él.
– Siento que me odias – le dije.
Volteó a verme y se acercó un poco.
– Yo no siento odio por nadie, es sólo que no tengo humor para hablar con nadie. –
– Te he notado más serio y decaído de lo normal, ¿te ocurre algo? –
– No me ocurre nada. – decía en tono de fastidio.
– Si te sientes mal deberías decirme para ir al médico. –
– No necesito tu ayuda, estoy bien. – recalcaba.
– Si en verdad estás bien, vamos al médico para que me quite la incertidumbre a mí, porque yo a ti no te veo nada bien. Te ves pálido y cansado y no es de hoy, es de días atrás. –
– Ya te dije que estoy bien, no necesito probarte nada. Sólo déjame en paz. –
Salió de la sala. Quise seguirlo, pero decidí dejarlo en paz por un rato, se oía cansado. No salió a sus caminatas en esos días, lo cual era muy extraño, porque desde que lo conocí eso hacía sin faltar, no le importaba si yo iba o no; sin embargo desaparecía por horas dentro de la misma mansión. A veces la recorría para ver si veía donde se ocultaba, pero nunca lo encontraba.
Así llegó la víspera de navidad, las cosas no mejoraban, se habían estancado. Fui a verlo a su habitación, toque la puerta y estaba entre abierta.
– ¿Qué quieres? – me dijo desde dentro.
– ¿Puedo pasar? –
– Hazlo si quieres. –
Entré.
– ¿No festejas la navidad?, veo que no has decorado ni nada por el estilo. –
– Y ¿qué se supone que se festeja en la navidad?, para saber y poder disfrutarla. – dijo con ironía.
– Entonces a ti tampoco te gusta, eso supuse desde aquél día. ¿Te has sentido mejor? –
– ¿No tienes otra cosa mejor que hacer? Deja de molestarte por mí, yo no necesito que me cuides, me basto solo. –
– De acuerdo, te dejaré en paz, pero me gustaría que habláramos más, hay muchas cosas que resolver todavía. –
– Estoy conciente de eso. –
– ¡Qué bueno que lo estés! Ahora te dejo tranquilo. –
Salí de su cuarto. Al día siguiente era navidad e Irina traía consigo un pastel muy elaborado
– ¿Para quién es ese pastel, Irina? –
– Es para el joven Kai, naturalmente. –
– ¿Para Kai? y ¿cuál es el motivo? –
– Es su cumpleaños. –
– ¿Su cumpleaños? ¿Por qué no me lo dijiste antes? Pude haber traído un regalo. –
– No te preocupes, ni te esfuerces mucho, nunca acepta regalos y nunca habla de su cumpleaños, tú sabes… De cualquier forma trato de hacer ameno este día para él. –
– Entiendo. Te acompañaré a buscarlo. –
Llegamos a su cuarto, mas no estaba allí. Irina alzó los hombros y suspiró, lo había hecho de nuevo. Huía de todos. Irina dejó el pastel sobre el escritorio que había dentro de su habitación y salió de allí un tanto desconsolada.
– No te preocupes Irina, ahora mismo lo buscaré para que disfrute del pastel que le has preparado con tanto cariño. –
Sonrió dulcemente, enseguida fui a buscarlo por la casa. No lo encontré en el interior, pero no era raro, nunca lo encontraba. Salí a buscarlo al jardín y tampoco lo vi. Comencé a preocuparme un poco. Luego fui al parque sombrío, pero tampoco estaba allí, no estaba en la compañía puesto que no le gustaba y no teníamos ninguna reunión. Regresé, de repente me di cuenta que había olvidado buscar en la parte trasera donde estaba el lago. Era obvio que estaría allí, pues su madre había muerto dentro del lago, tal vez estaba torturándose al recordar lo ocurrido.
Llegué hasta el lago y en una banca que estaba allí, junto al lago, estaba sentado, como mirando a la nada; se podía sentir su tristeza a distancia. Me acerqué para hablarle y cuando me paré frente a él, no se inmutó ni nada. Noté que seguía mirando a la nada, como si yo no estuviera frente a él, pude notar también que sus ojos se veían cristalinos, con lágrimas.
– Kai, te estaba buscando, qué bueno que te encuentro. –
Hice un silencio porque no reaccionaba.
– ¿Te encuentras bien?, no deberías torturarte de esa manera, venir aquí no creo que fuera la mejor idea. –
Seguía sin contestarme, ni nada, ya un poco molesta.
– ¡Kai!, mírame, te estoy hablando. –
En eso unas palabras salieron de su boca.
– No puedo. –
Su voz era entrecortada, como sí un nudo en la garganta le impidiera hablar, se quebraba mientras sus labios temblaban
– ¿De qué estás hablando?, estoy frente a ti. ¿Estas ignorándome de nuevo a caso? –
– No puedo, no te veo. –
