Beyblade no me pertenece...
Edición a cargo de Hannika Adreatos
-oO0( Ojos del Corazón )0Oo-
Por Kiray Himawari
Capítulo XVII
Poco a poco la tranquilidad fue regresando. El amigo del abuelo de Kai fue detenido y encontrado culpable de todo lo que había surgido, desde robo hasta conspiración terrorista, incluso nuestro accidente había sido planeado por él. La empresa de Kai apenas si logró sobrevivir, había quedado muy dañada su imagen. El gobierno ruso decidió disolverla e indemnizar a Kai por todo lo ocurrido, todo con la condición de desaparecer todos los tratos que se había hecho cuando el abuelo de Kai aún vivía. Una de las cosas más trágicas de ese conflicto fue que el amigo del abuelo de Kai comenzaba a experimentar con animales para crear armas biológicas, pero eso nadie lo pudo comprobar, pues el gobierno ruso también estaba involucrado. Todo parecía haber acabado, todo el tiempo de sufrimiento parecía haber terminado. Las negociaciones se dieron a favor de Kai.
Cuando todo eso fue concluido llegó el turno de aclarar nuestra situación y que la verdad saliera a la luz. Kai convocó a todos los empleados de la mansión.
– Los he convocado a todos, como se habrán percatado, para hacer un anuncio importante. –
En ese momento tomó mi mano, los empleados estaban realmente sorprendidos, incluso Irina.
– Lo que quiero anunciar es algo que debe manejarse con mucha discreción.- continuó – Aquí a mi lado…– apretando mi mano– … Está Hinata, quien es parte de la familia. Ella es mi prima. –
Las caras de asombro no se hicieron esperar. Irina abrió grandemente los ojos y entonces fue que entendió del todo mis palabras.
– No quiero preguntas de ningún tipo, es todo lo que tengo que decir. –
Terminó, dio la vuelta y subió a su habitación. Iba a ir detrás de él, pero Irina me detuvo.
– Tú eres la hija de Galia. –
De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas y me abrazó.
– Así es, Irina, pero no entiendo porqué sabiendo de la existencia de mi madre, se lo ocultaste a Kai. –
– Sé que lo que hice no fue lo correcto, pero el abuelo de mi niño Kai me quitó a mi hijo, lo aisló de mí, con la amenaza de matarlo si decía algo. –
El abuelo de Kai no fue un buen hombre. Con las averiguaciones se descubrió que su supuesto amigo lo había envenado, aparentando la muerte con un infarto y con su edad no había sido extraño.
Todas las piezas del rompecabezas estaban en su lugar, o al menos la mayoría. Kai seguía estando triste. El tumor y la ceguera acabaron con su vida emocional y física paulatinamente.
– Kai, hace tiempo que hablamos sobre la cirugía para quitar el tumor, ya no hay nada de que preocuparse. Ha llegado el momento de que yo te ayude. –
– No necesito tu ayuda. –
– Eres muy orgulloso, Kai. –
– Es lo que soy. –
– Si no quieres realizar la cirugía, está bien, al fin y al cabo es tu decisión. Yo no puedo decidir por ti. –
Por su cuenta había comenzado a salir, se escapaba, nunca supimos cómo. A pesar de su ceguera continuaba con el mismo carácter. Descubrí que iba al parque sombrío, el parque que había dejado por un tiempo. Se sentaba en su lugar acostumbrado, meditando como siempre.
Llegó el otoño y un día…
– ¿Puedo sentarme? – dijo una voz.
Se dirigía a Kai que estaba recostado en su lugar acostumbrado del parque sombrío.
– Si eso quieres – respondió con indiferencia.
– ¿A caso no vas a mirar a quién le permites acompañarte? – inquirió pircadamente.
En ese momento se levantó y abrió los ojos, cristalinos y tristes, mirando a la nada…
– No serviría de mucho – contestó.
Entonces la chica notó que Kai era ciego.
– Lo siento, no era mi intención. – se disculpó apenada.
– No te preocupes, no es tu obligación saber lo que le ocurre a todo el mundo. – dijo Kai secamente.
Entonces Kai se levantó y comenzó a caminar, regresaba a casa.
– ¿Quieres que te ayude? –
– Puedo hacerlo solo, no necesito ayuda – respondió fríamente.
– Sé que tal vez eres autosuficiente, pero nunca está demás la ayuda y menos en tu situación. –
Lo tomó del brazo y comenzó a caminar. En ese momento llegué yo.
– ¿Eres tú Hinata? – dijo Kai dirigiéndose a mí.
– Sí, soy yo. – contesté.
Miré a la chica que lo llevaba del brazo.
– Lo siento mi nombre es Elizabeth. – dijo sonrientemente.
Y estrechando la mano nos saludamos.
– ¿Quisieras decirle a esta señorita que no necesito su ayuda? –
–Lo siento, sé que es algo inusual. Mi nombre es Hinata y… –
Fui interrumpida por Elizabeth.
– Lo siento, no tenía idea de que era tu novio. – dijo apenada.
– No, no es eso. Iba a decir que él es mi primo Kai, Kai Hiwatari. Discúlpalo, no acostumbra hablar mucho con las personas – aclaré.
– Pude percatarme un poco de ello. –
– Vamos acompáñanos a casa – dije.
Ella aceptó y así íbamos viendo que Kai no fuera a caerse. Platicamos durante el trayecto a la mansión. Elizabeth era una chica de mi edad, incluso tocaba el piano, su profesión era diseñadora gráfica, trabajaba para la compañía rival. Cuando llegamos Kai subió a su habitación y se encerró como acostumbraba. Mientras tanto en la sala.
– Siento mucho lo ocurrido con tu primo. – dijo Elizabeth.
– No tienes de qué disculparte, no eres la primer persona que conoce a Kai de una manera tan singular. –
– Tal vez no, pero es que tiene tiempo que lo veo allí. Desde que lo vi, debo confesar, me gusta mucho. Creí que podía acercarme a él y platicar un poco. No pensé que lo podía molestar, se veía tan normal… Pero cuando me dijo que estaba ciego, me dio mucha pena haberlo molestado. –
– Tú no sabías nada. Al contrario, probablemente le haga bien platicar con más personas. Deberías venir a visitarlo y tal vez así logres que te haga caso. – le dije con una sonrisa.
Me entusiasmaba saber que Kai tenía una enamorada. Era divertido, no podía imaginarme a Kai con una chica a su lado con el carácter tan fuerte que tenía.
Elizabeth lo encontraba diariamente en el parque y lo ayudaba a volver a casa, aunque no era necesario. Kai por alguna razón lo permitía, tal vez también la estimaba o le gustaba. No lo sé. Un día, acercándose el invierno, Elizabeth llegó a casa, pero no venía con Kai; lo cual era extraño pues él no estaba en casa.
– ¿Dónde está Kai? – le pregunté
– No lo sé, lo esperé por varias horas, pero no apareció. Creí que había decidido no salir de casa, entonces pensé en venir a buscarlo. –
Era muy extraño. Lo busqué en los lugares que creí que podía estar, mas no lo encontré. Entonces recordé que siempre que no aparecía estaba cerca del lago, un lugar que no frecuentaba mucho. Efectivamente estaba ahí. Sentado en la banca en donde alguna vez lo encontré sin su mirada.
– ¿Qué haces aquí, Kai? –
– Vine a pensar, ¿tiene algo de malo? – su tono irónico acostumbrado.
– No, no tiene nada de malo. Vino Elizabeth, te estuvo esperando en el parque, pero no fuiste. ¿Te ocurre algo? –
– No tenía ganas de ir. Es todo. –
– Algo no está bien contigo, te noto raro. –
– Tengo una jaqueca, sólo eso. –
– Vamos al médico entonces. Sabes que esas jaquecas son a causa del tumor. –
– Tengo miedo. –
Era como un niño pequeño que teme a lo desconocido. Lágrimas rodaron por sus mejillas una vez más. Tomé su mano.
– No tienes por qué temer a nada, estoy contigo para ayudarte a afrontar tus miedos. Vamos alistémonos para ir al médico. –
Fuimos a su cuarto por un abrigo. Había olvidado que Elizabeth aguardaba en la sala.
– ¿Quieres venir? – le pregunté.
– ¿A dónde vas? –
– Encontré a Kai, tiene una jaqueca, iremos al médico, ¿vienes? –
Sin pensarlo dos veces me acompañó. Realmente le preocupaba Kai.
En el hospital nos atendió el médico de siempre. A Kai lo tuvimos que internar, la presión que ejercía el tumor era ya demasiada para soportarla sin la necesidad de un sedante, no sé como es que nunca se quejó. Elizabeth se preocupó mucho.
– No te preocupes. – le decía yo.
– ¿Por qué no me dijiste que Kai estaba tan enfermo? –
– A Kai no le gusta comentar esto con nadie. Inclusive eres de las pocas personas que saben de su ceguera y ahora esto. –
Miró con una sorpresa enternecedora.
– Estoy segura de que ahora es cuando. – dije al médico.
– Espero que esto sea lo correcto y que todo salga bien. –
Como Kai había perdido el conocimiento durante el trayecto y cuando despertaba el dolor era muy intenso, el médico, al conocer nuestro parentesco, accedió a darme la tutoría de Kai. Eso serviría para poder realizar la cirugía y extirpar el tumor. Su cirugía fue programada para ese mismo día. Inició por la noche y duró más o menos quince horas, era extremadamente delicada. Pasado ese tiempo el médico se acercó a nosotras.
– Lo único que nos queda es esperar, pudimos retirar el tumor con éxito, sin embargo no sabemos si pueda tener secuelas la cirugía, tendremos que esperar. –
Pasaron dos días y Kai por fin despertaba.
– ¿Qué ocurrió?, ¿por qué estoy aquí? –
Miraba a su alrededor, podía ver de nuevo.
– ¡Kai estás bien! –
Era Elizabeth quien corrió a abrazarlo, Kai se sorprendió demasiado al poder ver el rostro de Elizabeth. Cabello negro, ojos grisáceos, tez blanca, vestía un pantalón azul marino y una blusa blanca. No podía creerlo, ¡podía ver! Mayor fue mi sorpresa cuando Elizabeth le plantó un beso a Kai. En ese momento Kai no reaccionó, luego de unos instantes volteó a verme y me reí. Elizabeth se apenó y salió de la habitación, no sin antes repetir la acción. El doctor dio de alta a Kai luego de unos días, durante los cuales recibió visitas diarias de Elizabeth.
Cuando volvimos a casa, Kai comenzó a ir de nuevo a la compañía, la cual había progresado más desde que Elizabeth se había unido al equipo, con su ayuda y la mía la compañía fue absorbiendo a otras.
Pasó un año más, en el cual Kai había iniciado una relación formal con Elizabeth, aunque nunca lo quiso admitir abiertamente, no fue necesario cuando anunciaron su compromiso. Fui nombrada vicepresidenta de la compañía, ya que Kai había puesto a mi nombre la mitad de las acciones.
Llegó el Invierno y con él la víspera de navidad. La compañía hizo su acostumbrada fiesta…
Mirando por el ventanal desde un décimo piso en el edificio, estaba yo pensando en todo lo que había pasado en todo ese tiempo. Me sentía muy bien, mirar al infinito sin sentir miedo. De repente vino a mi mente él, uno de los recuerdos más tristes. No entendía muy bien porqué, pero tuve la sensación de que me observaba desde algún lugar, con esa mirada que contaba su historia.
– ¿Vienes? – me preguntó Kai.
Estaba en la entrada de la sala de descanso.
– ¿Vas a dar tu discurso motivador? –
– Sabes que no – dijo burlón.
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