Hinata se había olvidado completamente de Hanabi, sabía que la regañaría cuando llegase por haberla dejado en lo de Ino. En ese momento se escucharon caballos y ruedas de carruaje, era el carruaje de los Haruno (N/A=mil disculpas me equivoque en el capi anterior) que momentos después se detenía frente a la puerta de los Hyuga.

—Buenas noches, Sakura, y gracias por traerme, siempre tan linda — Hanabi se despi­dió antes de descender ayudada por uno de los ayudantes del carruaje de Sakura.

La mano de Sakura cerro la puertecita del carruaje. El transporte de los Haruno arrancó a toda marcha. Dejando a una Hanabi muy furiosa.

Souta, que apareció por detrás del carruaje Hyuga, se en­contró con una Hanabi con la cara casi totalmente desfigurada por la furia, en ese momento Souta entendio que ahora el que la pagaría seria él.

—Sería mucho pedirte que me expliques por qué me dejas­te en el baile, ¿no? —vociferó Hanabi.

—Niña Hanabi, yo... —Souta tartamudeaba pues Hanabi tenía un carácter de los mil un demonios, y lo atemorizaba bastante.

—¡Cállate, Hanabi! No te atrevas a culpar a Souta por esto —in­tervino Hinata—. Yo le pedí que me trajera de regreso cuanto antes así que si a alguien le vas a reclamar es a mi. — la mirada de Hinata era de desafio completo.

—claro, su alteza —replicó Hanabi con tono sarcástico, odiaba cuando su hermana se ponia a defender a los criados—. Por supuesto —e hizo una reverencia—. Y el fiel y servil Souta jamás podría contradecir una urden de su Alteza, ¿verdad?

—¡Déjalo en paz! Fui yo la que te dejó en el baile y punto!

—¡Ya verás mañana cuando le cuente a la abuela todo el teatrito que hiciste en la fiesta de los Yamanaka!

—Niñas, ninas, es muy tarde y no es correcto que estén aquí paradas en la puerta discutiendo —intervino Souta, le temia a Hanabi pero la salud de las peque;as era más importante—. Además, se están mojando.

—Sí, Souta, mejor será entrar—respondió Hinata sin quitarle los ojos de encima a su hermana. Nunca se habian llevado muy bien, y todo por el carácter tan fuerte que tenian ambas aunque Hanabi era una explosiva bomba de tiempo pero Hinata no se dejaba de absolutamente nada ni nadie.

Hanabi ciertamente lanzaba chispas por los ojos, cuando levantó su Falda y se apresuro a ingresar a la mansión de su abuelo.

La puerta principal se abrió y dio paso a una ráfaga de aire caliente. Por allí se asomó Karura, que con ojos medio adormecidos animo a las jóvenes a entrar. Hanabi pasó rápidamente al lado de la sirvienta, que la miró curiosa. Hinata permaneció al lado de su fiel criada; había extrañado a su Karu toda la noche y ahora deseaba conversar con ella.

—¡por Kami! ¡Parece que lleva el demonio dentro de ella, pero que le paso a Hanabi, siempre la veo molesta pero hoy es más que de costumbre!

—No le hagas caso. Está furiosa porque tuvo que volver en el carruaje de los Haruno, es una exagerada como de costumbre, una ni;a malcriada.

—Y no sé por qué me huele que tú has tenido que ver con eso, ¿verdad? —Karu conocia bastante a su ni;a para saber que ella tambien hacia de las suyas cuando se lo proponía.

—¡Oh, Karu! Jamás adivinarías las cosas que han sucedido esta noche. Deseo contártelas todas ¡untas, y ahora mismo, vamos a mi habitación de inmediato porque si que son tantisimas cosas— Dijo ignorando el comentario anterior de Karu.

Y tomando a la mujer por el brazo, intentó arrastrarla hacia la cocina.

—Prepárame un vaso de leche caliente con unas galletas de las que solo tu cocinas y que te quedan deliciosas y te lo contaré todo porfavor.

—Un minutito, mi ni;a Hina —la sirvienta se detuvo,

—¿Que sucede?

—Sucede que alguien te espera en la sala.

—¿Que alguien me espera en la sala? ¿A esta hora, pero si es tardisimo, quien podria esperarme?

—Sí, mi niña. Es tu padre. Llegó esta noche, después que salieron para la fiesta de los yamanaka.

Las facciones de Hinata se contrajeron; su mirada se endure­ció. Su padre. Cuando de él se trataba, la joven se convertía en otra. Sus ojos se apagaban, sus labios se tensaban y comenzaba a respirar con dificultad. Fruncía la frente. Hinata odiaba a Hiashi Hyuga, el hijo de su abuelo, su padre. Estaba entrada en sus pensamientos cuando escucho un grito de Hanabi euforica por ver a su padre diciendole cuanto lo queria, valla si que eran diferentes ella y su hermana. Sin decir una palabra se dirijio al salón donde se encontraba su padre.

—Está bien. Hanabi, ve a tu alcoba. Debo conversar con tu hermana —dijo Hiashi cuando vio entrar en la sala a Hinata, su hija mayor.

—Por favor, padre, quiero y deseo quedarme con usted un momento más —suplicó Hanabi—. Hacía tanto que no venía a visitarnos.

Hinata se había detenido en la puerta y tenía los ojos fijos en los de su padre. Ni un solo músculo de la cara se le movía.

—Ya lo sé. Hanabi, pero ahora debes irte a dormir.

—¿Por qué no puedo quedarme aquí con ustedes? Por favor, padre...

Una vez más la súplica de Hanabi. Para Hinata, la humillante súplica. El odio que ella sentía por Hiashi y la idolatría que la otra le profesaba, habían provocado una grieta profunda entre las dos hermanas

Akemi, la madre de Hanabi y Hinata, había fallecido cuando la mayor de sus hijas tenía dos años y la otra, apenas seis meses. Había sido una hermosa e inteligente mujer que a la edad de veinte años, había abandonado su aldea, para aventurarse en las tierras de Konoha. A poco de llegar, cono­ció a Hiashi Hyuga y se casó con él. No mucho tiempo después nacieron sus hijas: primero Hinata, y un año y medio más tarde Hanabi, ambas hermosas como ella y saludables como él.

Poco después de cumplir veinticinco años, Akemi falleció a Causa de una aguda infección provocada por un forúnculo que había ido deformando su cara hasta convenirla en un monstruo irreconocible. Sus ojos azules ya no podían descubrirse tras la hinchazón y su rostro parecia que reventaría..

Hiashi jamás superó la culpa. O tal vez sí, pero sentía que su hija Hinata se encargaba de recordársela en cada oportu­nidad. Había sido él quien provocara la virulenta infección del rostro de Akemi con una aguja sin esterilizar.

¿Comprendería Hiashi algún día que no era eso lo que su hija le reclamaba? Hinata sabía que su padre jamás habría hecho algo así con la intención de provocarle la muerte a su madre. Sabía que su padre había amado a su madre. Así se lo había dicho el abuelo, tratando de suavizar el rencor de su corazón. Y Hinata creía en su abuelo; él jamás la había engañado. Pero el odio seguía vivo por­que no era eso lo que a ella la consumía de rabia por dentro.

A los pocos meses de fallecer Akemi, Hiashi contrajo ma­trimonio con otra mujer. La mujer se llamaba Kagura.

Es mas facil saltar sobre ella que caminar a su alrededor* . Sólo eso dijo su abuelo al regresar de la boda de Hiashi en el campo, cuando su esposa Rukia y sus hijas, que se habían queda­do en la mansion, le imploraron que les dijiera algo acerca de la nueva mujer de Hiashi. Se quedaron mudas observando cómo el viejo Hyuga se apoltronaba en uno de los sillones de la sala, mientras cargaba a su pequeña nieta Hinata.

—¿Y cuándo irán las niñas a la aldea con su padre? —preguntó Rukia.

—Nunca.

—¿Cómo que nunca, Chiaki?

—Ellas se quedarán a vivir aquí, junto a mí. Serán como mis hijas, les daré todo y nada les faltará. — Dijo abrazando más fuerte a su nieta Hinata.

—Chiaki, no seas necio, sabemos que te has encariñado con ellas pero...

—¿Es que acaso no comprendes, Rukia? La nueva mujer de Hiashi ha prohibido que las niñas vivan con ellos. No quiere hacerse cargo de ellas, dice que no las soporta y que no es buena con los ni;os.

—¡Maldita sea, mujerzuela del demonio! —exclamó Midori, una de las hermanas de Hiashi.

Rukia observó horrorizada a su hija antes de abofetearla. Pero la joven no lloró. Se acarició la mejilla y se marchó a su habitación, algo molesta pues sabia que tenía la razon esa tal Kagura no era mas que una cazafortunas.

Los ojos de Rukia quedaron fijos en la mano con la que acababa de golpearla, algo aturdida aún.

Había decidido que desistiria de castigar físicamente a su hija; sabía que no lograba nada con eso, sólo desgarrarse el cora­zón cada vez que la mirada inteligente e incriminatoria de Midori se clavaba en su rostro. Pero esta vez no había podido controlarse.

—Naoko, retírate a tu habitación —ordenó Chiaki.

— si, padre.

Las hermanas parecían el día y la noche. Naoko era obediente y tranquila, mientras Midori no dejaba nunca su rebeldia. Naoko era aplicada y minuciosa, Midori, desorganizada y libre. El día y la noche, sí, pero eran hermanas y se querían inmensamente.

—¿Por qué abofeteaste a Midori? —preguntó Chiaki a su esposa cuando estuvieron solos.

—Es que... no sé, Chiaki... ese vocabulario que empleó para referirse a la nueva de su hermano.

—Amor, tú sabes bien que es esa es una inmunda mujerzuela del demonio. Y aunque me duela más que un kunai clavado en el pie, mi hijo no tiene valor ni hombría. Es un cobarde; me avergüenzo de él. No quiero pensar cuáles serán las consecuencias de esta decisión nefasta. Al fin y al cabo, para mí esto es como una bendi­ción del cielo. Reconozco que soy egoísta por desear que mis niñas permanezcan aquí, junto a mí, para siempre, pues yo si las quiero.

—Vamos, Hanabi, déjame solo con tu hermana —ordenó Hiashi, impaciente.

—Pero...

—¡Te he dicho que no puedes quedarte! —grito su padre.

Hanabi retrocedió unos pasos, con el rostro espantado. Des­pués de unos segundos, corrió llorando a su habitación.

—No te atrevas a gritarle nunca más —dijo Hinata con los dientes apretados.

La joven había avanzado hacia su padre quitándose el abrigo y arrojándolo con rabia sobre una mesita.

Hiashi la miró con furia. Ya se había acostumbrado a que no lo tratara de usted, porque con ningún pariente lo hacía, pero una impertinencia como ésa, en otra familia habría significado el destierro a un convento de clausura. Con Hinata no. Ella era ama y señora de su vida. Y todo gracias a su abuelo y a su tía Midori, que no le habían enseñado otra cosa.

—¡Cómo te atreves!

Se acercó a su hija con el brazo alzado, dispuesto a descar­garlo sobre ella.

—¡Vamos, atrévete a ponerme encima un solo dedo!

Hinata se aproximó aún más a su padre, con la cabeza levan­tada, sacando pecho. Ante ese espectáculo, su padre no pudo más que bajar el brazo. La observó por unos segundos y se dejó caer sobre el sillón, con las manos en el rostro.

Ni una fibra se conmovió en el cuerpo de Hinata. Recogió el abrigo y se dispuso a partir hacia su dormitorio.

—No te retires aún, Hinata; debo hablar contigo —dijo Hiashi con tono abatido.

La muchacha se detuvo. Conociéndola, Hiashi no esperó que su hija volteara. Simplemente, comenzó a hablar.

—Es necesario que sepas toda la verdad para que compren­das la decisión que he tomado.

Se hizo un silencio. Hinata se volvió lentamente, tenia un muy mal presentimiento que le sofocaba el pecho.

—La situación económica de nuestra familia es alarmante. Estamos a punto de perder todas las tierras y, tal vez, esta casa.

Hinata no dijo una palabra; sus ojos encontraron los de su padre, que automáticamente bajó la vista al suelo.

—Tu tío Ryosuke y yo hemos tenido algunos problemas desde que tu abuelo nos encomendó la administración de las tierras que estan a su poder; ahora, los acreedores nos están acosando, pues debemos unas deudas. La verdad es que no tenemos ni un centavo.

De nuevo un silencio. Esta vez Hinata se dejó caer en un taburete y bajó el rostro, penso que lo peor estaba por venir.

—Por todo esto, tengo que decirte que he concertado un matrimonio que nos salvará de la ruina. Tú te casas con el hom­bre, y él se hace cargo de nuestras deudas.

Sorprendida, Hinata se incorporó como impulsada por un resorte, y en un instante estuvo frente a su padre.

—¿Que has hecho qué? —lo encaró.

—Hinata, no queda otra posibilidad si no queremos per­derlo todo.

—¿Cómo has sido capaz? ¿Con qué derecho? —lo increpó. Le acercó tanto la cara que él pudo sentir su respiración.

—¿Qué derecho? ¿Qué derecho, me preguntas? El derecho de ser tu padre, ¿o lo has olvidado, Hinata? —tronó Hiashi po­niéndose de pie.

Hinata se retiró hacia atrás; no estaba preparada para la re­pentina reacción de furia de su padre.

—Tú... tú... —balbuceó sin poder modular las palabras; su boca temblaba de cólera y sus puños se cerraban al costado del cuerpo—. Tú no eres mi padre; jamás lo has sido, y jamás lo serás —barbotó al fin.

Hiashi se dejó caer de nuevo en el sillón. Esta vez respiró profundamente, intentando contener el llanto. No quería mostrar­se débil frente a ella.

—¿Y quién es el hombre? —Trató de disimular el miedo con la furia—. No será Kotaku. ¡Por kami! —exclamó con gesto de repugnancia.

—¿Hitachin Kotaku? ¡No, Fiona! —Hiashi hizo una pausa—. En realidad, no lo conoces.

—¿Cómo que no lo conozco?

—Es un extranjero. Ha venido a Konoha para radicarse no muy lejos de aquí. Es millonario. Piensa, podrás viajar mucho, tal vez por todas las villas, hasta podrás ver a Midori. Tiene grandes proyec­tos y negocios en los que... —No pudo seguir.

—¡Qué me importan a mí los negocios de ese estúpido! ¡Qué me importa su dinero! ¡Nada de eso me importa un comino!

—Hinata... —Hiashi no sabía qué decir—. Hinata, sé que me detestas, lo sé. Si no lo haces por mí, hazlo por mi padre, por tu abuelo.

—Él jamás permitirá que yo me case en contra de mi volun­tad. Y menos aún para pagar las deudas que tú y el inútil de tío **** han contraído. Jamás lo permitirá.

—No comprendes...

—Sí que comprendo, no soy estúpida. Me vendiste al mejor postor para cubrir los errores que cometiste con las propiedades de mi abuelo. Me vendiste como a una esclava en el mercado, como a una cualquiera. ¡No, no, no! Jamás lo haré.

—Sí, lo harás.

—No, no lo haré.

—Entonces, sobre tu conciencia pesara la muerte de tu abuelo. Tuviste la posibilidad de salvarlo, y por una estúpida veleidad de niña malcriada no lo hiciste.

La certera estocada final había dado en el blanco. Hinata se quedó sin aliento.

—El doctor Keita nos dijo a tu tío y a mí que el corazón de tu abuelo jamás podrá resistir una noticia como ésta. Morirá en el mismo instante.

Hinata conocía muy bien la afección de Chiaki Hyuga. Su co­razón había comenzado a debilitarse cinco años atrás. En aquel momento, por indicación del médico, el estanciero había delegado el negocio en manos de dos de sus hijos, Hiashi y Ryosuke.

En ocasiones, la presión solía subirle a las nubes y no que­daba otra cosa que una sangría con sanguijuelas. En ese caso, sólo Hinata podía estar junto a su abuelo. Sólo ella sabía cuánto sufría, cuánto le dolían la cabeza, el corazón, el pecho, el cuerpo entero. Ella padecía cada vez que los ojos del viejo Hyuga se clavaban en los suyos y le aferraba la mano para tratar de soportar el tormento.

—Por eso te digo: en tus manos está la vida o la muerte de tu abuelo. Sobre tu concien...

—¡Cállate, cállate, te maldigo! ¡Maldito seas! Arruinaste mi vida cuando recién comenzaba. Y ahora, que soy feliz aquí, ¡vuel­ves a meterte en ella para colmarla de odio y dolor! ¡Te odio, te odio con toda mi alma, con todas mis fuerzas! ¡Y te maldigo, Hiashi Hyuga, te maldigo por siempre!

Desesperada, Hinata abandonó la casa a la carrera.

Tal vez fuese mejor morir.

Hinata no lograba ponderar aún lo que su padre acababa de confesarle. Los negocios de la familia, la salud del abuelo, la pér­dida de los campos y, por fin, su posible matrimonio. No podía creer que su padre la hubiese vendido. Ella jamás le había perte­necido, ni le pertenecería. Nunca aceptaría semejante locura. Sólo "deseaba enamorarse de un hombre, amarlo con toda su alma y entregarse a él. Pero su padre lo había arruinado todo.

Tomó por la calle Larga de la villa. Sabía que se estaba alejando de la casa de su abuelo. La casa de su abuelo... Estaban a punto de perder todos los campos y, tal vez, la casa también. Las palabras de su padre eran como un martillo. Los ojos le ardían del llanto contenido y su garganta latía con intensidad.

Caminaba por la estrecha vereda dando tumbos, como ebria. El barro se hundía bajo sus escarpines haciendo más difícil aún la cami­nata; el ruedo del vestido se complotaba en su contra, haciéndose cada vez más pesado a medida que recogía la mezcla de tierra y agua.

Tal vez fuese mejor morir. Su mente repetía la idea a medida que seguía avanzando hacia ningún lugar. La lluvia golpeaba su cara, sus brazos, le empapaba el calzado, le provocaba espasmos de frío.

Cayó al suelo de la calle y su cuerpo se sumergió de lleno en uno de los baches de agua sucia y maloliente. Sus manos se ente­rraban lentamente en el fondo del lodazal y la caída parecía no tener fin. Toda ella estaba desparramada en esa inmundicia. No pudo más, y comenzó a llorar. Sus brazos cedieron, y fue a dar con su rostro y todo su pecho sobre el agua mugrienta.

Tal vez fuese mejor morir.

Se irguió con dificultad. Su vestido, sus enaguas, sus mangas, su viso de crinolina, todo pesaba una tonelada. Su cuerpo no lo soportaba más. Comenzó a incorporarse como pudo, tratan­do de no resbalar, intentando no llorar más; eso le quitaba fuerzas.

Se levantó y permaneció allí, de pie, en medio de la calle, embarrada de los pies a la cabeza, toda ennegrecida por el lodo. Tanto que el coche que giró en la esquina de la calle del puesto de ramen y tomó por la de la villa, no logró distinguirla del resto del paisaje nocturno. Ella lo vio acercarse, imparable. Los cascos de los caballos chapoteaban en el barro, y las ruedas abrían surcos como arados. Aquello sería lo mejor. Con estoi­cismo, se dispuso a esperar la embestida mortal de la volanta que se precipitaba hacia ella.

—¡Abuelo!.

Por fin, el grito se hizo vivo en la garganta de la joven. Recién en ese momento el cochero comprendió que tenía frente a él a una persona.

—¡Alto! ¡Alto!

El hombre se había puesto de pie sobre el pescante; sus brazos, elevados en el aire, sostenían las riendas en un intento desesperado por detener el coche. Era poco menos que impo­sible: los caballos galopaban demasiado rápido. Además, el lodo se confabulaba para que la carrera alocada de los potros fuera más veloz.

Hinata vio que el carruaje se abalanzaba sobre ella pero no pudo moverse. Y después, la embestida final, esperada, casi sin miedo.