Mis buenos amigos;

Como lo prometido es deuda, traigo a vosotros la continuación de este, mi proyecto de FF. Escrito en primera y tercera persona. Esta vez, el turno de la primera persona es para Draco, y la tercera para Ginny. Nada convencional, pero innovador al fin y al cabo. Gracias por los reviews y las palabras de apoyo en el MSN.

Ahora, sin más dilaciones, el nuevo capítulo. Disfruten

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Capítulo II

Atrapada

Un par de semanas habían transcurrido ya desde que el Norvarg zarpase de los hielos eternos de Noruega. Los primeros días de abril se vislumbraban cálidos, acogedores. Una pelirroja sentada frente a una pantalla de cristal líquido, tipeaba con rapidez sobre un teclado de letras desgastadas. A ratos, su mirada se perdía a través de los enormes ventanales que brindaban una espléndida vista del cielo londinense, ya que las instalaciones de la Magical Geographic estaban ubicadas en el piso 45 del edificio Océano, a escasas cuadras de la Abadía de Westminster. Una mujer rolliza se acercó a su escritorio, y tras dedicarle una mirada amable, le dijo:

--Percy quiere verte, Ginny. Y yo de ti, no me demoraba, anda con una cara de mortífago asesino.

--Gracias, Susana—la pelirroja sonrió inquieta ante la advertencia de su compañera. No es que le preocupase la actitud superior de Percy con respecto a los demás miembros de la revista, pero a nadie le gustaba que él comenzara con sus interminables peroratas sobre el trabajo correcto, y el desempeño prudente y todas esas tonterías de autosuperación que le encantaba predicar.

Se levantó algo molesta, luego de enviar el mail que estaba tipeando. Avanzó por un largo pasillo, atiborrado de pinturas de artistas contemporáneos, cuyos estilos a ella le recordaban siempre el camino que se apreciaba de la campiña, cuando iba a visitar a sus padres a la madriguera en su coche: aburrido. La puerta de cristal frente a sí se abrió lentamente cuando la empujó. La fría actitud de Percy la recibió, y como ya era costumbre, le invitaba a sentarse en el mullido asiento frente a su escritorio. Percy se aclaró la garganta, con infinita parsimonia, antes de comenzar a hablar:

--Éste es tu pase de prensa para la exhibición de hoy en la noche—Percy, que estaba de pie frente al ventanal, se acercó a Ginny, y puso en sus manos una credencial con un logotipo que la sorprendió.

--¿Corazón de Bruja?—

--Así es, Ginny. McAllister me pidió ayuda, ya que no tiene fotógrafos disponibles para esta noche, por lo tanto te necesito a las nueve en punto, en la dirección que está junto a la credencial.

--¿Es esto una broma, Percy? ¿Me estás pidiendo que vaya a una ridícula exhibición de arte en el centro? ¡A tomar fotos!— el tono de la pelirroja era de suprema aflicción; la indignación brillaba en el marrón de sus ojos.

--Un fotógrafo es un fotógrafo; y si quieres mantener tu puesto aquí harás lo que te estoy pidiendo. ¿Entendiste, Weasley?—

Ginny sabía que no podía debatir las contundentes palabras de su hermano; detestaba que él se comportase de esa forma, tan superior y desdeñosa con ella, sin contemplación alguna ni si quiera porque eran familia. Típico de los hombres, ¡todos son unos completos brutos!, pensó ella, tratando de no perder la compostura. Cuando Percy le dirigió otra de sus consabidas miradas de "soy todopoderoso aquí, y tú no vales nada", supo que era su señal para salir.

HL

El teléfono y el incesante ulular de las lechuzas comenzaban a volverme loco. Tenía sólo dos días de haber vuelto a Londres, y parecía que ya todo el mundo lo sabía. Y cuando me refiero a todo el mundo, créanme que no estoy exagerando, había recibido llamadas incluso de personas con los que no me comunicaba hace años…lo cual me desconcertó, ya que, según yo, eran pocos quienes conocían de mi intempestivo regreso.

La vieja mansión de Wiltshire me traía tantos recuerdos. A medida que recorría sus silentes pasillos y sus cuartos enormes, me embargaba un extraño sentimiento. Bien podía ser la nostalgia de una niñez privilegiada y elitista, o bien podía ser la repulsión de una sobrecogedora y triste juventud. Preferí de momento desechar el recuerdo de situaciones tristes y épocas de sinsabores. Me encaminé al estudio, donde ya me esperaban mis perros. No, no soy un hombre de mascotas ni mucho menos; los animales requieren tiempo y cuidados, cosas que yo no puedo darles. Lo más cercano a mascotas que he tenido, han sido mis sirvientes, meros juguetes que buscaban complacer el menor de mis caprichos. Ahora, mientras desciendo la escalera de mármol rumbo al estudio, trato de recordar el verdadero motivo de mi regreso a Londres.

¿La invitación de Parvati? No, eso no podía ser. Los eventos de la alta sociedad inglesa no son pretexto para traerme de regreso a esta basura de vida. ¿Los negocios de la familia? Hice un esfuerzo para no reírme. La idea de perpetuar un legado millonario del cual conocía su origen verdadero, no hacía más que mortificar mi existencia. El apellido que un día creí que me hacía superior a los demás, hoy sólo me ha dejado un sentimiento de vacío y animadversión hacia mi mismo. Entonces… ¿qué? Me vi interrumpido en mis cavilaciones, cuando llegué sin darme cuenta al estudio, donde dos de mis perros movían obedientes las colas, esperando alguna palabra de reconocimiento.

--Señor Malfoy, buenas tardes— saludaron los dos hombres al unísono. Moví la cabeza como respondiendo su saludo, la verdad, es que no tenía muchas ganas de interactuar con mis perros en aquel momento. — Aquí le hemos traído los folios con el caso que solicitó— se apresuró a decir uno de ellos, el más alto y de apariencia más formal; el otro, un gordito de aspecto bonachón, trataba de no cruzar su mirada con la mía.

Suspiré resignado, tomé de sus manos la carpeta manila y di un par de pasos hasta el reloj de pedestal, donde me permití arrimarme mientras la revisaba; una costumbre que había adquirido de niño, y que mi padre reprochaba. Casi podía oír su férrea voz regañando: Draco, deja el reloj de tu bisabuelo en paz, si sabes lo que te conviene…

--Draco, deja el reloj de tu bisabuelo en paz, si sabes lo que te conviene—

Una inconfundible voz femenina hizo que, por segunda ocasión en menos de diez minutos, saliera del ensimismamiento producto de los recuerdos de mi vida anterior. Dirigí enseguida mi vista a la puerta del estudio, donde una estilizada figura femenina esbozaba un gesto que difícilmente podía confundirse con una sonrisa, pero que a mí siempre lograba arrancarme de mi constante apatía y mal humor.

--Pero que sorpresa es esta— dije arrastrando las palabras, como no lo hacía hace ya bastante tiempo— y yo que juraba que tu marido no te dejaba salir de casa.—

--Primero— replicó la mujer, llevando sus manos a las caderas, en una actitud desafiante— no ha nacido el hombre que pueda con este cuerpito— su comentario me robó una lacónica sonrisa— Segundo, debería guardar su distancia, Doctor Malfoy, o me veré obligada a darle una tunda que le hará desear no haber regresado del infierno donde estaba escondido.—

Me acerqué a ella, dejando caer la carpeta al frío piso de mármol, y nos dimos un fuerte y afectuoso abrazo.

--Déjame verte— le dije sonriendo, mientras la tomaba de las manos y analizaba con detenimiento su femenina silueta, como estudiándola. — Definitivamente los años no pasan sobre ti—

Hannah Abbot era una mujer joven. Rubia y de brillantes ojos azules, más alta que el promedio; dueña de unas caderas de ensueño y una cintura que a más de uno ha quitado el aliento. Ya sé lo que están pensando y la respuesta es no, no la mantenía cerca de mí por ser una muñeca ni mucho menos, sino porque a través de los años, había demostrado ser eficiente y eficaz, ruda y aguerrida como ella sola. A veces discutíamos la posibilidad de que el Sombrero Seleccionador se haya equivocado con ella, y es que su mirada analítica y su actitud calculadora harían sentir orgulloso al mismísimo Salazar Slytherin.

--Yo no puedo decir lo mismo de tu apariencia— respondió ella, mientras pasaba su mano por una de mis mejillas— te ves lindo con la barba, pero ya sabes que prefiero al Draco sin pelos en el rostro. —

-- Gracias por el dato, pero esta barba es parte del nuevo Draco, y se queda— Como respuesta, ella sólo atinó a encogerse de hombros.

Me percaté entonces que los perros intercambiaban silenciosas miradas de complicidad y murmuraban por lo bajo detrás de nosotros, sorprendidos talvez por las claras muestras de confianza en nuestro trato. Le di un momento la espalda a Hannah para ver a mis perros; ambos, al advertir la expresión en mi rostro, adquirieron cierta lividez que me divirtió.

--Permiso— soltaron ambos al unísono, y desaparecieron a través de la puerta.

--Si esta es la clase de gente que tienes trabajando para mí, no quiero ni imaginar siquiera como va la oficina— me incliné para recoger la carpeta del suelo, caminé hasta el mueble de espaldar alto detrás del escritorio, donde tomé asiento, y nuevamente comencé a revisar los documentos. Al ver que ella continuaba de pie, me aclaré la garganta para hablar: — Ya no vas a crecer más, mujer. Siéntate de una buena vez— le pedí con tono jovial. Hannah se sentó frente a mí, a la vez que jugaba con un largo mechón de su cabello rubio.

Al cabo de unos instantes, interrumpió mi análisis de la carpeta.

--¿Y bien?—

-- Y bien, ¿qué?— inquirí con una media sonrisa en los labios, levantando la mirada de la carpeta. Ella tenía el azul profundo de sus ojos clavados en mí, observándome muy fijamente, analítica. Detestaba que hiciera eso. A veces creo que usa legeremencia durante nuestras conversaciones. Sólo a veces.

--Me vas a decir por qué volviste, o tendré que torturarte para averiguarlo.

Cerré la carpeta, lentamente, mientras estudiaba la circunspecta expresión en su rostro.

--Te lo había dicho ya. Este caso en particular me interesa bastante, y deseo hacerme cargo personalmente; hablamos de varios millones aquí, Hannah. —

--Es la peor y más patética excusa que haya escuchada de tus labios en mucho tiempo, Draco Malfoy. Y vaya que he escuchado las peores mentiras salir de esa boquita. Nunca antes un caso de narcotraficantes, ni promesa alguna habían interrumpido tus anteriores autoexilios al fin del mundo. — Dijo a manera de reproche, con un marcado tono de resentimiento en su voz. Aún no me perdonaba el no haber asistido a su boda. — Está bien, si no quieres decirme, no hay problema, pero al menos espero que te dignes aparecer en la noche. Hay un par de inversionistas que quieren conversar ciertas propuestas contigo y no quiero verme obligada a inventar excusas…de nuevo. —

Tenía la intención de replicar, pero ella fue más rápida que yo; me dedicó una mirada que en aquel momento no pude descifrar, se levantó del asiento, y sin permitirme siquiera despedirme, salió de la habitación. Cuando escuché el eco de los pesados pasos de mis perros provenientes de la sala, y luego el portón ser azotado, supe que ya habían dejado Wiltshire. Largué un suspiro, resignado.

--Mujeres…--

HL

La noche londinense se perfilaba perfecta: un cielo despejado, una suave brisa y una temperatura de lo más agradable. La única cosa de la que Ginny Weasley podía quejarse en ese momento, era de estar ahí, tomando fotos de una frívola exhibición de arte. Si ella hubiese sabido como terminaría la noche, lo más seguro es que se habría quedado en casa.

La galería Thanos, se inauguraba con la exhibición de una notable artista joven, que había despuntado en el círculo cultural londinense hace poco. Eso era lo único que sabía la pelirroja, y es que en verdad, no tenía intención ni necesidad de saber más. Consideraba un atropello a su categoría de fotógrafa y su nivel profesional, el que Percy la haya enviado a cubrir un evento tan mundano e intrascendente. Aunque, por otro lado, ella debía admitir que estos eventos solían reunir a la aristocracia y gente bonita de la ciudad. Ya que estaba ahí, bien podía ella aprovechar para conocer a alguien, y convertir así una afrenta a sus derechos, en una velada agradable. Estaba la pelirroja frente a un cuadro, que más que una obra de arte, le recordaba un graffiti pandillero; aprovechó que podía reflejar su imagen en el cuadro para arreglar un poco su vestido y el peinado. Acomodó con disimulo los finos tirantes de su escotado vestido negro, mientras comprobaba la blancura de sus dientes en la imagen que le devolvía el reflejo.

--Me da gusto que mi trabajo te sea de utilidad, Ginny—

No pudo contener el respingo que le provocase verse descubierta en una actitud tan pueril. Se giró sobre sus tacones, sólo para encontrarse de frente con una cara familiar, una cara que le dedicaba una afable y abierta sonrisa.

--¡Parvati!— soltó la pelirroja, sorprendida de encontrarse frente a frente con su vieja amiga y compañera de colegio. Se saludaron con un abrazo sincero.

--Que bueno volver a verte, amiga. —

HL

El ambiente era relajado y estético. Lienzos sobre paredes negras y blancas, fundiéndose con armónica sencillez. Reconocí a unas cuantas personas dentro de la galería, demasiado ensimismados en sus conversaciones superfluas como para notar a todo aquel que entraba. Así lo prefería, evitar en lo posible el contacto con los demás, encontrarme con Parvati, hacer acto de presencia y desaparecer discretamente en medio del mar de personas que llenaban la galería. Parecía ser un buen plan y esperaba llevarlo a cabo sin dilaciones.

Recorrí con la mirada varios cuadros, mientras caminaba lentamente por la galería. No era muy aficionado al arte, ni a esta clase de eventos, pero a éste en particular no podía negarme, y mucho menos cuando Parvati me asaltó emocionada a los pocos minutos de haber regresado de Noruega, blandiendo en sus manos la invitación. No me pregunten como lo hacía, ni cuál era su secreto, pero esa mujer tenía dotes excepcionales para la adivinación. Continué con mi peregrinación a través de la galería, contemplando cuadros llamativos y evitando con disimulo encontrarme frente a viejos conocidos.

Imaginen mi sorpresa cuando oí la voz de Parvati llamar mi nombre, y al voltearme ver que ella la acompañaba.

Me acerqué, estudiando parsimonioso su femenina silueta, desde la punta de sus delicados zapatos de diseñador, hasta los rizos pelirrojos que caían con suprema gracia sobre su rostro. A medida que avanzaba, sentía un espasmo de anticipación recorrerme. Una sensación que no me invadía hace mucho, una sensación que me invitaba a dejar los reparos y las reservas.

--Buenas noches, señoritas— saludé, arrastrando las palabras, sin quitar en ningún instante la mirada de sus infinitos marrones. No quería admitirlo, pero comenzaba a pensar que después de todo, no había sido tan mala idea dejar el exilio. Por toda respuesta, ella sonrío tímida.

--Ejem, ejem— la inconfundible caracterización de Madame Umbridge por parte de Parvati, me arrancó de mis galanterías. Me miró divertida; en su rostro se conjugaban el escepticismo y la jovialidad. — Hannah me dijo que sí ibas a venir, pero como contigo nunca se sabe, ya me estaban entrando las dudas— llevó sus manos al nudo de mi corbata, asegurándose de que estuviera bien hecho. — Así está mejor—

-- Una promesa es una promesa— dije con solemnidad.

-- Cómo me gustaría poder creer eso, infeliz—

Descubrí con agrado que Hannah estaba a mi lado, y al igual que siempre en estos eventos, lucía preciosa; vistiendo un traje carmesí largo y unos pendientes de zafiro que armonizaban perfectamente con el brillo azul en sus ojos. Le dediqué una media sonrisa a manera de saludo, ya que su comentario no me gustó para nada.

--¿Qué decías de las promesas, Doctor Malfoy?—preguntó Hannah, clavando sus ojos en los míos, con un tono cargado de ironía que no pasó desapercibido a nadie.

-- Déjalo en paz, Hannah— Parvati salió en mi rescate— el simple hecho de que esté aquí es un hito, deberías parar de atosigarlo—

--¡Yo no atosigo a nadie!— bramó Hannah con un falso tono de indignación. Sonrió en una actitud infantil, y se agarró a mi brazo. Por un momento, me pareció que su mirada se cruzaba con la de Weasley, amenazante, como si delimitase su territorio. Advertía en los ojos de la pelirroja ciertos indicios de curiosidad; seguramente se preguntaba a que se debía la camaradería y la aparente confianza entre sus antiguas compañeras y yo.

--Me contaba Parvati que eres socio de ella en esta galería de arte— puntualizó trivial Weasley, rompiendo el hielo. Debo reconocer que su comentario llegó justo a tiempo, era la excusa perfecta para iniciar una conversación.

--Si por socio te refieres a que yo puse todo el dinero para que Parvati comenzara una vida de bohemia y de placeres oscuros, pues entonces sí, me declaro culpable— ella ahogó una risita cuando Parvati me fulminó con la mirada, no así Hannah, a quien mi comentario le había hecho bastante gracia y reía divertida.

--Tonto— reprochó Parvati, haciendo un puchero. Ultimadamente, parecía que las mujeres a mi alrededor tenían ganas de recuperar sus infancias perdidas. —Mi vida de bohemia y placeres oscuros no comienza contigo, sólo toma nuevos bríos. — señaló parsimoniosa.

En ese momento Hannah y Parvati comenzaron una discusión por un motivo que no entendí, y preferí mantenerme al margen, contemplando divertido como discutían infantilmente. Weasley, algo incómoda, las interrumpió entonces.

--¿Les importaría posar para una foto?— preguntó. Fue en ese instante que recién advertí la cámara que sostenía entre sus manos. Hannah y Parvati compartieron una mirada de complicidad y se encogieron de hombros. Se colocaron junto a mí, asiendo ambas uno de mis brazos y esbozaron sendas sonrisas, a la vez que posaban radiantes para la foto. Sonrisas dignas de una portada de revista, pensé, mientras los flashes de la cámara nos enceguecían de momento. — Una más, por favor— solicitó ella, mientras volvía a disparar. Los curiosos comenzaron a rodearnos, cuando se percataron de los flashes. Maldición.

Esa fue la distracción que la pelirroja usó para escabullirse.

HL

El tocador de damas en el segundo piso se hallaba desierto. Era una habitación larga, que a Ginny le recordó sobremanera los lavatorios de la oficina: espejos de grandes dimensiones, paredes de azulejos pasteles, y un particular olor a lavanda y cereza. Seguramente es el mismo desinfectante, pensó distraída. Avanzó hasta la ventana al final del baño y la abrió con algo de esfuerzo. La fuerte brisa nocturna se coló enseguida a través de la ventana, jugando alevosa con los rizos pelirrojos de ella. Sacó de su pequeña cartera una cajetilla de cigarrillos, y encendió uno. Se permitió aspirar profundamente el humo del tabaco, sintiendo como se relajaban sus músculos en tensión. Exhaló el humo, ya más calmada, mientras miraba ensimismada las luces de un local de películas frente a la galería.

Su cabeza era una maraña de pensamientos y sensaciones, todos abocados a él. Su cabello platinado brillando con los destellos de los reflectores, la barba espesa que lo envolvía en un aura de adusto misterio, y esos ojos infinitamente grises que parecían acariciarla, con sutileza pero férreos a la vez. Podía escuchar con claridad los latidos de su corazón repicando con intensidad en sus tímpanos, como interpretando una extraña y difusa canción. Cerró los ojos por un instante, mientras volvía a aspirar el humo del cigarro, extasiada, sólo para volverse a ver envuelta en la sensación que la invadía cuando recordaba como en una solitaria cabaña, en los confines del mundo, él la había acariciado con suprema carencia y necesidad.

El rechinar de la puerta del lavatorio más próximo a ella, la arrancó con violencia de su ensoñación.

Abrió los ojos, inquieta y desconcertada con su propia actitud. No parecía una mujer de veinticinco años, madura y consciente, sino una chiquilla de colegio impresionable y tonta. Se obligó a dejar de pensar en él…al menos, de momento. Nuevamente el rechinar del lavatorio le llamó la atención. Le dedicó una rápida mirada, mientras tiraba la colilla del cigarro por la ventana.

--¿Sangre?— murmuró sorprendida. Pareció entonces despabilarse de todo pensamiento racional y coherente. Dio un par de pasos hacia la puerta del lavatorio, y fue consciente recién de que un charco de lo que parecía ser sangre provenía de éste. Impasible, empujó con una mano la puerta, abriéndola completamente mientras su rechinar destruía el silencio del lugar. --¡Dios mío!— soltó ella en un hilo de voz. Se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de terror ante la imagen que contemplaba. Una mujer, joven como ella, estaba sentada sobre el frío suelo. Su cabellera rubia y su vestido celeste se confundían con las manchas rojas, con las manchas rojas de su propia sangre. En medio de su estupor, Ginny se inclinó para comprobar el pulso de la mujer. Está…muerta, concluyó, al no detectar el pulso en su muñeca ni en su yugular. Un tímido destello en medio de la sangre le llamó la atención: era un cuchillo largo y de forma extraña, como de S. Lo asió del suelo, para contemplarlo mejor a la luz de los reflectores. La forma sinuosa del arma se le hizo familiar, reconocible, como si lo hubiese visto antes. El shock, producto de la impresión había sido contundente. No podía articular palabra alguna, no podía pensar con claridad. Estaba asustada.

Un murmullo de voces llegó a sus oídos. La puerta del tocador de mujeres se abrió, y por ella ingresaron tres jovencitas, quienes hablaban desenfadadamente sobre lo atractivo que era un actor que estaba en la galería también. Ninguna de ellas había notado a la pelirroja, aún. Una de las mujeres largó un estrepitoso grito, al advertir a Ginny frente a ellas. Igual lo hicieron las otras dos, al percatarse de que una pelirroja, manchada de sangre, blandía un afilado cuchillo, embadurnado en sangre también. Las tres amigas salieron corriendo del tocador, sin dejar de gritar.

Ginny salió de su ensimismamiento con los gritos de las mujeres. Parpadeó un par de veces, recuperando así la compostura perdida. Pero era demasiado tarde. Un nuevo murmullo de voces y pasos presurosos llegó a sus oídos: las personas que estaban congregadas en la planta baja habían respondido a los terribles gritos que en los que prorrumpían las mujeres. Llegaron al tocador, sólo para sorprender a Ginny blandiendo aún en su mano el cuchillo ensangrentado.

Parvati se abrió paso a través del mar de gente, y mientras contemplaba la escena, atónita, sólo atinó a soltar en un susurro:

--Ginny… ¿qué has hecho?—

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Y así, llegamos una vez más al final de otro capítulo de La Rosa y la Serpiente. Gracias de nuevo a todos, especialmente a: La Comadreja, Ghysella, Ruby Malfoy, María, Lindmie, Rut, Celeste y Viris. Pero el mayor agradecimiento es para mi queridísima Zoe. (Está semana ha sido muy difícil sin vos). Otra vez, siéntanse libres de dejar sus comentarios, y apreciaciones con respecto a mi terrible forma de escribir. Como diría mi querida mentora: "No es lo mejor, pero es lo que hay".

Atentamente;

Eduardo Monar – Hermionelover

Patriarca de la Familia Malfoy

Desde el Séptimo Círculo del Infierno