Mis buenos amigos;

Antes que nada, quisiera hacer una puntual aclaración: si bien es cierto, Ginny es fotógrafa; ella lo es de la Revista "Magical Geographic". Entiéndase por esto que aunque mande mails en la oficina, la trama sigue siendo eminentemente de corte mágico. No es fotógrafa Muggle.

Sin más dilaciones, el siguiente capítulo de La Rosa y la Serpiente, disfruten:

555

Capítulo III

Escalera al infierno

Draco nunca imaginó que algo así podía suceder. Lo que prometía ser la simple inauguración de la galería, terminó oscurecida por un terrible acontecimiento. La misma noche, tras el incidente, fue cerrada para las investigaciones policíacas de rigor. Él, Parvati, y obviamente Ginny fueron llevados a una comisaría local, donde fueron interrogados por agentes de Scotland Yard. Draco y Parvati salieron rápidamente, dado que Hannah hizo los trámites pertinentes, no así Ginny, que tras haber sido descubierta en la escena del crimen, debió pasar la noche en una celda de la comisaría hasta que las averiguaciones terminasen.

HL

Frío. Angustia. Ansiedad. Trataba de permanecer inmóvil, estática donde me hallaba sentada. Una oscura y sucia celda en una comisaría local. Dos mujeres más me acompañaban en aquel lugar. Una mujer rechoncha y sin pelo, vistiendo una simple bata de cuadros, que mientras fumaba, caminaba errática por toda la celda maldiciendo por lo bajo. La otra, una prostituta adolescente. Respiraba entrecortadamente, tratando de desviar mi atención de los moretones que lucía la joven frente a mí; sus piernas siendo cubiertas sólo por una minifalda, prodigaban un lastimero espectáculo. Nuestras miradas se cruzaron por primera vez en dos horas: una mirada perdida, un cuerpo vacío, sin alma, sola y a la deriva. Tan joven y tan…triste.

--Weasley, puedes irte—

La voz del celador llamando mi nombre me devolvió a la realidad. Le dediqué una sonrisa a la joven, una sonrisa que no me devolvió. La reja de la celda se abrió con un estrepitoso ruido metálico. Aguardé. El celador se hizo a un lado, permitiéndome salir. Caminé por el mismo pasillo desolado y sucio que me había recibido, tratando de mitigar la ansiedad que me consumía; sólo que esta vez no iba esposada.

--¡Gin!—

La figura de Ronald apareció al final del corredor. Cuando me vio, toda manchada y con expresión abatida, corrió a mi encuentro. Me estrechó casi con violencia entre sus brazos. Estaba tan contrariada, que ni siquiera reaccioné cuando me habló.

--¿Estás bien? ¿Estás bien, Gin?— podía leer sus labios, pero por alguna extraña razón el sonido de la voz de mi hermano no llegaba a mis oídos. Lo miraba sin ver, mientras largaba un suspiro. Cuando tuve la certeza de que no aguantaría más en aquel lugar, sólo alcancé a susurrar:

--Sácame de aquí…--

HL

El estridente cantar de un gallo daba la bienvenida al amanecer. La mortecina luz se colaba a través de los cristales de la habitación. Draco Malfoy, sentado detrás del inmenso escritorio en su estudio, se hallaba atrincherado en medio de decenas de libros de derecho, gacetas judiciales y tomos de jurisprudencia. Cansado, retiró de su rostro los lentes que usaba para las lecturas largas, mientras se masajeaba las sienes con los dedos. Se levantó del asiento con rumbo a su cuarto, esperando dormir un par de horas antes de ir al despacho. Al menos, esa era su intención, pero se vio interrumpido de momento, cuando un ruido sordo proveniente de la chimenea invadió la fría habitación. Draco inspiró profundamente, inquieto. Había sólo dos personas con autorización para usar la conexión de la red flu en su casa: una, era obviamente Hannah, la otra, el único pariente vivo de Draco Malfoy. La única.

Giró sobre sí mismo, a la vez que largas lenguas de fuego verde en la chimenea daban paso a una silueta oscura.

--¿Madre?—

La figura de una persona encapuchada entrando de improvisto en el estudio, despabiló por completo al adormecido rubio. Se sacudió con las manos el hollín que le cubría, y dio un par de pasos hacia Draco, quien mantenía una postura expectante y reflexiva. Con un trémulo movimiento retiró la capucha de su cabeza, revelando un cabello rubio, platinado, unos ojos verdes que denotaban cansancio y desasosiego, y una expresión de ansiedad que pareció conmover al hombre. Él le dedicó una sincera sonrisa, y la abrazó.

--He venido por tan sólo un momento— aclaró Narcisa Malfoy en un hilo de voz. Contempló con infinito amor el rostro de su hijo, mientras acariciaba con su mano la mejilla barbada de él. — Quería saber cómo estabas—

-- He estado mejor, madre. — respondió Draco. Tomó su mano y la guió hasta un asiento. Él se sentó junto a ella. — Sé que no querías que viajara nuevamente, pero…--

--No tenemos mucho tiempo— interrumpió Narcisa— la casa aún es vigilada por el Ministerio— recordó ella, visiblemente contrariada por este hecho. — Cuéntame, ¿cómo estuvo tu viaje a Noruega?—

Draco tenía muchas cosas que contarle, tanto que decirle, pero el sentimiento de bienestar que le encandilaba lo limitó.

--Todo estuvo bien, madre. La nieve, la soledad…la libertad. Tal como me gusta. — señaló emocionado. Acarició la mano de su madre con la suya propia, como si tratase de retener para siempre ese momento en su memoria. Un corto silencio se apoderó de la estancia. Parpadeó entonces un par de veces, saliendo así del constante estado de ensimismamiento que lo absorbía ultimadamente. — Y tú, ¿cómo estás? ¿Qué tal te va en el convento?—

La mirada taciturna de Narcisa Malfoy se ensombreció aún más. La de orden de monjas que le recibiesen hace varios años, tras la caída del Señor Oscuro la trataban bastante bien. Había cambiado una vida de lujos y privilegios, por una vida de trabajo abnegado y labor sacrificada. Difícil, más no imposible. Como su hijo, como todos, buscaba una paz que muy pocos tenemos la buenaventura de hallar. Se levantó del asiento, tomando por sorpresa a su hijo, quien se levantó también.

--Es arduo, pero no me quejo, Draco. Trato de enmendar mi camino de pecado, y ruego todo los días porque tú encuentres el sendero del bien—sentenció ella, con un marcado tono de convicción en su voz. — Ya es tiempo, hijo. Debo marcharme—

Caminaron lentamente hasta la chimenea, tomados de las manos, conscientes de que un nuevo adiós se acercaba. Se abrazaron, envueltos en un mutismo que se veía interrumpido únicamente por el alegre cantar de los pajarillos mañaneros. Ella entró en la amplia chimenea de mármol, cubrió su rostro con la capucha oscura y sacó de su bolsillo lo que Draco asumió, eran polvos flu.

La contempló en medio de las frías y tristes paredes, notoriamente desasosegado.

--Que la búsqueda de la redención, no se convierta en pretexto para vivir siempre en soledad, hijo. Encuentra el amor, y vuelve a vivir—

Una llamarada verde arrancó intempestivamente a Narcisa Malfoy del estudio, y con ella, la efímera sensación de regocijo en el interior de Draco.

HL

Al abrir los ojos me llevé una tremenda impresión. No lo podía creer. Había dormido todo el día sábado y la mitad del domingo, o al menos eso decía el reloj sobre mi cómoda, que en ese instante marcaba las tres de la tarde. El primer pensamiento que me asaltó, tras comprobar la hora fue, el de la joven muerta en la galería. Sangre. Terror. Angustia. Nuevamente me veía golpeada por esa sensación de ansiedad. Luna llamó entonces a la puerta, con su usual y tan peculiar forma, siempre lo hacía igual, tres golpes fuertes, y tres más con menor intensidad. La puerta se abrió lentamente, y ella asomó su rubia cabeza.

--Veo que ya estás despierta— dijo con una amplia sonrisa. Entró en la habitación y se sentó junto a mí, sobre la cama. — ¿Estás mejor?—

La verdad, no sabía que contestar a la pregunta de mi amiga. ¿Estaba mejor? ¿Mejor en comparación a qué? Me limité a sonreír. Primero tímidamente, luego, con algo de esfuerzo, de forma más abierta. Decidida a tomar las riendas de mi vida de una buena vez, hice a un lado los cobertores y me incorporé con cuidado de la cama. Luna me miró, en silencio, mientras yo dejaba la habitación.

El corredor que conecta mi cuarto con la sala me pareció demasiado frío y austero. No estaría mal poner un cuadro o alguna cosa, pensé distraída, mientras caminaba. En la sala del departamento que compartía con Luna, los gemelos debatían sobre la cantidad de polvos de tritón que debían poner en los nuevos caramelos longuilinguos. Al verme, ambos se pusieron de pie. La expresión en sus rostros me lo decía todo.

--Ginny—dijo Fred con un tono de preocupación paternal.

--Supimos por Ron lo que sucedió—continuó George, acercándose a mí y tomándome de las manos—

--¿Estás bien? ¿Necesitas algo?—preguntó Fred.

Y de nuevo, la pregunta. ¿Estaba bien? bien en comparación a qué. Me desentendí por un momento de mis hermanos, y me tumbé sobre un mueble. El exceso de atención hacia mi persona comenzaba a ponerme de mal humor.

--Estoy bien, en serio. — Mentí, con una sonrisa— ¿mamá ya lo sabe?— pregunté, algo inquieta.

--Ron no ha querido avisarles— contestó George— considerando que nunca han estado en Grecia, y de que es la primera vez que viajan solos desde que se casaron…bueno, tu entiendes—

Fred y George me prodigaron sendas miradas de complicidad.

Sí. Al no poder hacer mi tan anhelado viaje a las islas griegas por cuestiones de trabajo, preferí entonces endosar las entradas a mis papás; y que al menos ellos tengan la oportunidad de recorrer aquellas costas encantadas; como bien me lo recordó George, no han estado solos desde que mamá tuvo a Bill.

¡Maldito Percy!, dije para mis adentros, como pintaba la situación, entre las averiguaciones de la policía Muggle y el trabajo en la revista, yo no podría hacer durante mucho, mucho tiempo mi viaje soñado. Me percaté recién, de un precioso arreglo floral en la mesita de té. Brillantes rosas blancas y lirios azules se combinaban armónicamente dentro de una canastilla de mimbre. Extendí mi mano para ver la tarjeta, pero no la encontré.

--Toma— detrás de mí apareció la figura de Luna, quien dejó en mis manos una tarjetilla dorada— Es de Hermione.

--¿Hermione?—preguntaron al unísono los gemelos, mirando ambos alternadamente a Luna y a mí. Preferí ignorarlos.

Le dediqué una circunspecta mirada a la tarjeta, mientras la leía en voz baja:

Ginny;

He puesto a mis mejores agentes a trabajar en tu caso. No es que piense que los Muggles no puedan con esto, es que no deseo que te veas sometida a una engorrosa situación nuevamente. Espero verte a mi regreso de Francia.

Besos

Hermione.

Largué un profundo suspiro. El hecho de saber que el Ministerio de Magia tomaba cartas en el asunto me alivió sobremanera. De seguro y ellos hallarían al culpable. Mis hermanos continuaban mirando el arreglo floral, en una actitud claramente consternada. No aceptaban aún que siguiera carteándome con Hermione. Ni con Hermione ni con Harry.

--Espero que no les moleste que los deje. Pero debo salir. —

Y sin permitirles siquiera proferir palabra, regresé sobre mis pasos hacia mi cuarto. Había alguien con quien debía hablar, y esperaba poder hacerlo aquella misma noche.

HL

El sol de mediodía brillaba en todo su esplendor, iluminando los rutilantes rosales en el jardín. Los indistintos ruidos de los elfos domésticos realizando los quehaceres eran vagos y lejanos. El alegre cantar de los pajarillos se había apagado, ahora, sólo el eco triste del tic-tac, tic-tac proveniente del reloj de pedestal en el estudio, se hacía oír por los confines del lugar. El eco y…

--Lo hemos repasado cinco veces ya, Draco. ¡Necesito tomarme un descanso!—

La voz cansada de Hannah Abbot se alzaba por encima de todo: por encima de los indistintos ruidos de los elfos, por encima del triste tic-tac del reloj y por encima de los pensamientos de Draco.

No. No era un lunes normal. Tras la inesperada visita de su madre en la mansión de Wiltshire el día anterior, Draco continuaba envuelto por una sensación de zozobra y angustia muy inusual en él. Su único remedio: el trabajo a brazo partido. Como si no hubiese escuchado el lamento de Hannah, el rubio continuó con la vista clavada en una de las tantas carpetas esparcidas sobre el enorme escritorio de caoba.

Al verse ignorada por Draco, Hannah sacó del bolsillo de su desteñido jean la varita, y apuntando a la carpeta, dijo:

--¡Reducto!—

La pobre carpeta vio reducido su tamaño infinitesimalmente a causa del conjuro. Draco no tuvo más remedio que levantar la mirada, y observarla. Por primera vez en todo el día, se permitió sonreír. Y es que el tratar de abstraerse de la realidad, sus problemas y frustraciones a través del trabajo, comenzaba a vislumbrarse cada vez menos, como la opción más prudente.

--Está bien, mujer— dijo Draco soltando un suspiro— si quieres comer llama a los elfos y que te preparen algo, y ya que estás en eso, pide para mí un té. Gracias. —

Dicho esto, volvió a esconder la nariz en medio de otra carpeta.

--¿No quieres saber cómo está ella?—

Y como si hubiese pronunciado un poderoso encantamiento, la mirada de él se despegó de la carpeta, y se clavó con un matiz que denotaba suma curiosidad, en los azules ojos de Hannah. Al advertir su propia reacción, y el atisbo de sonrisa en el rostro de la rubia, Draco desvió instintivamente su mirada de la de ella, y consultó la hora en el reloj de pared. Luego, con el más ecuánime de los tonos, preguntó casual:

--¿Sabes lo que le pasó a Weasley?—

El consabido aire de suprema suficiencia con el que solía pavonearse Hannah, cuando ostentaba en sus garras la total y plena atención de Draco, se puso de manifiesto con una sardónica sonrisa. Levantó una ceja, divertida, mientras analizaba el semblante intrigado de su amigo. Lo que ella ignoraba, es que él no tenía intención alguna de verse envuelto en su ardid.

--¿Te interesa?—

--Me estoy cansando de tus jueguitos, Hannah. — El tono ecuánime en la voz del hombre cambió de repente, por uno de absoluta autoridad. — Si me vas a decir, hazlo de una buena vez, sino, guárdate tus chismes—

Un pesado silencio se hizo entonces en la habitación. Hannah bajó la cabeza, claramente contrariada por la actitud tajante del rubio; él, sin embargo, permaneció inmutable, hasta que tras luego de varios minutos sus miradas se cruzaron.

--Hoy estuve en su apartamento— dijo ella en voz baja. Draco sonrió— tenía buen semblante; de hecho, salía para el gimnasio cuando la encontré.

--¿Está bien, entonces?— preguntó él, cruzándose de brazos.

--Considerando lo que le sucedió el fin de semana, ella sí estaba bien— Draco ocultó su sonrisa cuando la mirada de Hannah se tornó más perspicaz.

--¿Sabes?— el tono del rubio pareció jovial de pronto. — yo también necesito un descanso.

HL

Nunca olvidaré ese lunes. Aún en Hogwarts, el lunes siempre era el día que trataba de evitar, ahora, recordarlo es simplemente frustrante. Llegué como siempre, cinco minutos antes de las nueve de la mañana. Me sacudí el hollín del cabello, preparándome para una nueva semana en la revista. Mientras caminaba hacia mi escritorio, advertía las miradas de todos mis compañeros sobre mí, escudriñándome en silencio. Una sensación terrible. Deben saber ya lo ocurrido en la galería, dije para mis adentros. Cuando yo les devolvía la mirada, todos evitaban el contacto con mis ojos, como si de una plaga apocalíptica se tratase.

Al cabo de varios minutos, un memo volador llegó flotando hasta mi escritorio: era Percy, y me quería urgentemente en su oficina.

Mientras caminaba hacia la oficina de mi hermano, podía sentir como las miradas de todos se clavaban impertinentes sobre mi nuca. El malestar duró sólo hasta que llegué a la puerta de cristal ahumado y la empujé. Dentro de la oficina de Percy, lo primero que noté fue que una vieja lechuza descansaba sobre el alfeizar de la ventana, batió en el aire sus alas y desapareció. Cuando Percy me sonrió, y me invitó en el más amable de los tonos a que tomara asiento, supe que las cosas no podían estar bien.

--Acaba de llegar esto— dijo él, blandiendo en su mano un sobre— es de recursos humanos. — su mirada se perdió en un punto indistinto de la oficina, luego me miró a los ojos, y me dijo: --Lo siento, Ginny pero me veo en la penosa obligación de despedirte. —

Primero, creí que se trataba de una mala broma de Percy. Llevé una mano a mi cabello, colocando detrás de la oreja un mechón rebelde. Al ver que el semblante de mi hermano continuaba impasible, supe que no era ninguna broma.; y es que Percy, nunca, jamás, ha sido un hombre de bromas.

--¿Puedo preguntar por qué?—

Aunque así no lo quería, mi tono estaba cargado de suprema aflicción y enojo. Sabía bien por qué me despedían, sólo quería averiguar cuál era la patética excusa que inventaron para deshacerse de mí. Percy me miró con un gesto que se debatía entre el cumplimiento del deber y el afecto por su hermana. Él abrió el sobre que aún tenía en la mano, se aclaró la garganta y habló:

--"La oficina de recursos humanos, en la interpuesta persona de su titular, Ingeniero John Stevens, en función de un recorte de personal llegó a la penosa situación de tener que prescindir de los valiosos servicios de la Licenciada Ginebra M. Weasley, bla, bla, bla…"— Percy tomó un respiro, y volvió a mirarme— lo siento Ginny, pero simplemente sucedió y no hay nada que… --

--Guárdate tus palabras, Percy— interrumpí molesta, haciendo un ademán para que se callara. Muy molesta. — Está bien, me voy, no sigas, por favor—

--Ginny, esto no es…--

--Por favor, Percy— volví a pedir, sólo que esta vez mi tono era frío, acerado. — Me importa un reverendo aguacate lo que tengas que decir. Es más, ahora que me voy por fin podré decirte algo que no podía antes— increíblemente, mi rostro se vio surcado por una intempestiva sonrisa, me acerqué a él, y mientras le dedicaba una mueca de fastidio, le dije: --Percy, ¡eres un imbécil!—

Salí de la oficina de mi hermano esbozando una enorme sonrisa, y extrañamente, aunque había perdido mi trabajo por un simple malentendido, no me sentí mal, ni mucho menos. De hecho, esperaba que esto fuera tan sólo una oportunidad para comenzar de nuevo. Para volver a empezar.

HL

Faltaba poco para las cinco de la tarde. El Profeta vespertino acababa de llegar, junto con la cuenta de luz y el Internet. Los maderos crispaban tenuemente al calor de la hoguera, inundando de un ambiente cálido y acogedor el departamento, un ambiente muy parecido a la Madriguera, haciéndome sentir como en casa.

Estaba algo cansada; por lo general, siempre termino así cuando trabajo mi rutina de piernas y tríceps en el gimnasio. Me tumbé sobre el sofá de la sala, más muerta que viva debido al cansancio y encendí el televisor; para mi mala suerte, sólo encontré telenovelas rosas, programas de cocina y películas con una anomia total de trama. Que horror, pensé contrariada, tantos canales y no hay nada que ver. Decidida a no amargarme, preferí tomar una corta siesta hasta que Luna llegara con la merienda. Lunes de comida Tai, dije para mis adentros, emocionada.

HL

El timbre sonó. Una vez. Otra vez más. ¿Había olvidado sus llaves?, me pregunté, irritada por verme despierta de mi siesta en forma tan abrupta. Y es que no sería la primera vez que Luna las deja olvidadas en su cuarto cuando sale. Me levanté con pesar del mueble y me estiré parsimoniosamente, en un bostezo audible. El camino hasta la puerta se me hizo demasiado largo. El timbre sonó de nuevo.

--¡Ya voy, tonta! ¡Espérate!— grité, comenzando a despabilarme. Giré el frío pomo de la puerta, y esta se abrió con un ruido metálico.

--Buenas tardes, señorita. ¿Ginebra Weasley?— El saludo de un hombre menudo, de rostro rubicundo terminó de despabilarme.

--Sí, soy yo. ¿Qué desea?—

El hombre sacó del maletín que cargaba sobre su hombro un sobre. Alcancé a advertir que ponía con letras grandes mi nombre. Lo tomé. El hombre se devolvió sobre sus pasos a través del corredor. Regresé al mueble, y me senté. Abrí el sobre y comencé a leerlo; conforme mi vista avanzaba rápidamente a través del oficio, una sensación de supremo malestar se apoderó de mí.

--¿Qué hay, Ginny?— la voz alegre de Luna al regresar a casa se perdió dentro de las cálidas paredes del apartamento. Con paso distraído, ingresó, e intrigada se colocó detrás de mí, tratando de leer por encima de mi hombro el contenido del oficio.

Aún anonadada al descubrir el motivo por el cual aquel sobre había llegado a mi manos, me incorporé, confrontando así el rostro de Luna, que comenzaba a verse surcado por una mueca de marcado interés.

--Tengo que comparecer a juicio— solté en un hilo de voz— he sido acusada por el homicidio de Gabrielle Delacour—

La puerta del departamento se cerró entonces, haciendo un sonoro estruendo.

555

Y así, llegamos a otro final de éste, mi proyecto de fict. Quisiera agradecer antes de despedirme a kamila black, kika, viris, adelis, la comadreja, Azazel Black, Gaby y Florentina por el constante, para ustedes fue este capítulo. Si les gustó, si no les gustó, si piensan que debería a lustrar zapatos en lugar de escribir, me gustaría saberlo; regálenme un review y déjenme así conocer lo que piensan. Sé que no es lo mejor, pero como diría mi sabia mentora: "es lo que hay".

Atentamente;

Eduardo Monar – Hermionelover

Patriarca de la Familia Malfoy (próximamente Malfoy-Granger)

Desde el Séptimo Círculo del Infierno.

PD; No se convertirá en una novela de Verónica Castro, despreocúpense.

PD2; Te quiero un montón, Zoe.