Bueno aqui les dejo el siguiente capitulo ! espero que les guste y me dejen alguna opinion =)
intentare actualizar lo antes posible !
CAPÍTULO 01
Seis días después.
—Pero Rob, estoy bien para trabajar y mañana regreso a Dublín. No es que esté al otro lado del mundo —Bella no pudo evitar que la voz le temblara .
—Sí, claro, y yo acabo de ver un cerdo volando. Siéntate en ese taburete antes de que te caigas. No vas a trabajar en tu última noche aquí. Te he prometido el sueldo de dos semanas y aún te debemos las propinas —le dijo el guapo hombre mientras le servía una copa de brandy. —Toma. Ayer, en el funeral parecía como si fueras a caerte redonda.
Bella se dio por vencida y se sentó en el alto taburete. Lo que la rodeaba era un lugar oscuro, cálido y familiar, que había sido su hogar durante los últimos años. La emoción la embargó ante las atenciones de su viejo amigo.
—Gracias, Rob. Y gracias por venir conmigo ayer. No creo que pudiera haberlo hecho sola. Significó mucho para mí que Barny, Simón y tú estuvierais allí.
Él se acercó y le agarró la mano.
—Cielo, de ningún modo habríamos dejado que pasaras por eso tú sola. Emmet ya se ha ido. Se acabó. Y ese accidente no fue culpa tuya, así que no quiero volver a oír una palabra al respecto. Es un milagro que no te arrastrara con él. Sabes muy bien que era cuestión de tiempo que sucediera algo.
«Sí, pero podría haber intentado detenerlos... proteger a Rosalie...», Esas palabras resonaban en la cabeza de Bella, las palabras de Rob pretendían reconfortarla, pero no hacían sino remover las amargas emociones que siempre estaban presentes; el terrible sentimiento de culpabilidad por no haber logrado evitar que Emmet no condujera esa noche. Se había subido en el coche con ellos porque estaba sobria y quería asegurarse de que no cometían ningún descuido...
Pero Rob no necesitaba saberlo.
Bella le sonrió, intentando hacerle creer que se encontraba bien.
—Lo sé.
—¿Lo ves? Ésa es mi chica. Ahora, bébete eso y te sentirás mucho mejor.
—Parece que los primeros clientes están llegando.
Cara se giró para mirar atrás y vio una figura alta a través de la franja que quedaba entre las gruesas cortinas que separaban la barra VIP del resto del club. Por alguna razón que desconocía la recorrió un escalofrío, aunque no le dio importancia y se volvió para mirar a Rob. Decidió que se marcharía enseguida. Tenía poco equipaje que hacer para volver a casa, a Dublín, pero gracias a ello estaría lista cuando, por la mañana, llegara el abogado para tomar posesión de las llaves del apartamento. De pronto la idea de regresar a ese enorme y vacío piso sin alma la atemorizó al recordar la visita que había recibido allí mismo la noche anterior, tras el funeral.
Emmet , su hermano, la había dejado únicamente con la ropa que llevaba encima. Desde que sus padres murieron y él se había hecho cargo de su hermana de dieciséis años, no había dejado de dejar constancia de que lo enfurecía esa obligación fraternal que le habían impuesto. Pero pronto se había aprovechado de la presencia de Bella, al verla como una asistenta del hogar interna. Ella no se había esperado nada más, pero había sido un gran impacto descubrir que su hermano no sólo tenía unas deudas astronómicas, sino que...
Rob la sacó de esos pensamientos al reclamar su atención y ella se sintió agradecida.
—Cielo, no mires, pero esa figura que estaba mirando aquí dentro es el espécimen de hombre más divino que he visto en la vida. No lo echaría de la cama por hablar demasiado, eso seguro.
—Oh, vamos. Eso lo dices de todos.
—No. Éste... no se parece a ninguno que haya visto antes, pero por desgracia la intuición me dice que es heterosexual. Oh, aquí viene. Debe de ser alguien importante. Bella, levántate y sonríe. Te digo una cosa, un pequeño flirteo y una noche ardiente con un hombre así te harán olvidar para siempre los recuerdos sobre el tirano de tu hermano. Es lo que necesitas ahora mismo, un poco de diversión antes de volver a casa y empezar de nuevo.
Y entonces, vio a Rob dirigir su atención hacia el misterioso extraño, cuya presencia podía sentir a su lado.
—Buenas noches, señor —le dijo Rob alegremente. —¿Qué le pongo?
A Bella se le erizó el vello ante la presencia del hombre y decidió hacer caso omiso del consejo de su amigo. No tenía la más mínima intención de dejarse llevar por una noche de pasión con nadie, y mucho menos con un completo desconocido. Sobre todo, la noche después del funeral de su hermano, y especialmente porque en sus veintidós años de edad nunca había experimentado ninguna clase de pasión.
Con la intención de marcharse, se giró sobre el taburete, pero antes de poder darse cuenta se vio cara a cara con el extraño, un ángel caído que la estaba mirando fijamente. Un oscuro ángel caído, con unos brillantes ojos verdes y dorados bajo unas largas y negras pestañas. Cejas negras. Pómulos altos.
En cuestión de segundos, además de darse cuenta de que tenía unos hombros muy anchos y de que mediría más de un metro ochenta, supo que tenía la clase de cuerpo que le volvería loco a Rob, Llevaba un grueso abrigo, pero por debajo del botón de arriba de la camisa se veía una suave piel aceituna y un escaso y crespo vello negro.
Cara no podía entender la ardiente sensación que invadía su cuerpo, el crepitar en su sangre cuando sus miradas se quedaron enganchadas durante lo que parecieron siglos. Se le cortó la respiración y sintió un mareo, como si se tambaleara. ¡Y eso que seguía sentada en el taburete!
—¿Señor?
La voz del hombre era profunda y grave, acentuada, y antes de que pudiera darse cuenta, Rob estaba sirviéndole otra copa de brandy.
—Es de parte del caballero.
Rob se alejó mientras silbaba en voz baja.
—Oh, no, de verdad. Iba a marcharme ahora mismo...
—Por favor. No te marches por mí.
Esa voz dirigida directamente a ella la golpeó como si fuera una bola de demolición. Era intensa y tenía ese delicioso acento extranjero. Cuando él le sonrió, la habitación pareció darle vueltas.
—Yo... —dijo Bella, sin lograr nada.
El hombre se quitó el abrigo y la chaqueta revelando el impresionante cuerpo que Bella había sospechado que se escondería debajo. Su ancho torso estaba a escasos centímetros de ella y el tono oscuro de su vello era visible a través de la seda de la camisa, en la que se marcaban unos definidos pectorales. Se sentó en un taburete a su lado y entonces ella supo que estaba perdida porque en cuestión de segundos ese completo desconocido había despertado su cuerpo de un letargo de veintidós años.
—Bueno... está bien. Me tomaré la copa a la que me has invitado —logró decir antes de agarrar el vaso.
—¿Cómo te llamas?
—Bella. Bella Swan
Él le dirigió una mirada enigmática.
—¿Y eres de...? —le preguntó el hombre enarcando una ceja y adquiriendo así un aspecto algo diabólico.
—Irlanda. Regreso allí mañana. He estado viviendo aquí desde que tenía dieciséis años, pero ahora vuelvo a casa.
Bella estaba balbuceando y lo sabía. Él la estaba mirando con intensidad, como si quisiera meterse en su cabeza, y enseguida ella supo que un hombre como ése podía consumirla por completo. Al pensar en ello, sintió un calor en su vientre y humedad entre las piernas. Estaba perdiéndose en sus ojos mientras él la miraba.
—En ese caso, brindo por los nuevos comienzos. No todo el mundo tiene la suerte de volver a empezar.
—¿Y tú? ¿Cómo te llamas y de dónde eres?
Él tardó algo de tiempo en responder, como si estuviera meditando sobre ello, pero finalmente dijo:
—Soy de Italia... me llamo Edward. Encantado de conocerte.
A Bella se le cortó la respiración. Rosalie también era de Italia, de Sardinia. Era una coincidencia, y muy dolorosa, por cierto. Él extendió una gran mano de dedos largos y Cara se la estrechó con su pequeña mano cubierta de las pecas que tanto había detestado durante años.
Impotente por el torrente de sensaciones que estaban recorriéndole el cuerpo ante su tacto, se le secó la boca y lo miró con intensidad mientras él le dedicaba una sexy y devastadora sonrisa.
«¡Oh, Dios mío!».
Finalmente, Cara retiró la mano y la escondió bajo la pierna. De pronto sintió la necesidad de alejarse de esa intensidad, no estaba acostumbrada a algo así. Estaba asustadísima y bajó del taburete como pudo, aunque al hacerlo rozó el cuerpo del hombre provocando diminutas explosiones dentro de ella.
—Discúlpame. Tengo que ir al lavabo.
Con piernas temblorosas, salió de la zona VIP y cruzó el club, que estaba llenándose con rapidez y cuya música se oía a través de las cortinas de terciopelo. Entró en el aseo, cerró la puerta y se apoyó en el lavabo. Vio su reflejo en el espejo y sacudió la cabeza. Estar lejos de ese hombre no la estaba ayudando a calmarse ni a mitigar el rubor de sus mejillas. Tenía su imagen clavada en la mente.
¿Por qué le estaba pasando eso? ¿Y precisamente esa noche? Ella no tenía nada de especial: cabello castaño oscuro largo y liso, ojos chocolate con tonos avellana y una piel clara. Un cuerpo larguirucho y nada de maquillaje. Eso era todo lo que veía.
De pronto la invadió una extraña euforia: al día siguiente volvería a casa y se alejaría de Londres, que nunca había sido su hogar. El hecho de que ese club y sus empleados hubieran sido como su casa después de la muerte de sus padres, lo decía todo.
Pero entonces, de pronto, el terrible recuerdo del accidente volvió a incrustarse en su cerebro. Fue como revivir una película de miedo: ese momento en el que vio el coche ir hacia ellos y fue incapaz de gritar a Cormac para avisarlo. Sintió un fuerte dolor en su interior y bajó la mirada. ¿Cómo podía haberse olvidado por un segundo de la tragedia acaecida hacía escasos días y de la que, según los médicos, había sobrevivido milagrosamente?
Edward. El corazón se le detuvo un instante antes de volverle a latir. Él le había hecho olvidar por un momento y le estaba haciendo olvidar en ese mismo instante. Volvió a mirarse en el espejo ignorando el brillo de sus ojos; no le sorprendería que él se hubiera marchado cuando volviera a la barra. Conocía demasiado bien a esa clase de hombres; los que frecuentaban el pub eran hombres de negocios que competían por ver quién compraba el champán más caro y quién se iba con las mujeres más bellas.
Sin embargo, cuando Bella volvió a entrar en la zona VIP, Edward ya se había ido y, a pesar de habérselo esperado, la invadió una fuerte decepción. Aún estaba intentando controlar esa reacción cuando Joe, uno de los camareros, le entregó una nota:
Cielo, he tenido que irme... una crisis doméstica con Simon. ¡Te llamo mañana antes de que te marches!
Robbie.
De nuevo, decepción, ya que había tenido la esperanza de que la nota fuera de Edward. Lo cual era ridículo ya que sólo habían hablado durante escasos minutos.
Cuando estaba recogiendo su teléfono y su abrigo, oyó un ruido tras ella, una voz familiar.
—¿Es demasiado tarde para pedirte que tomes otra copa conmigo?
¡No se había ido! Un gran alivio la embargó y sintió que no quería que ese hombre volviera a alejarse de ella. Se giró y, al mirarlo a la cara, volvió a perderse en esos fascinantes ojos y quedó cautivada por la brusca belleza de su rostro.
—Bien. He reservado una mesa privada y he pedido una botella de champán.
Cara se vio incapaz de responder con coherencia y Enzo la tomó del brazo para llevarla hacia la mesa.
—Bueno —dijo él. —Pues aquí estamos.
Se inclinó hacia delante y su rostro quedó iluminado por la suave luz de la lámpara que pendía sobre sus cabezas. Sin duda era el hombre más guapo que había visto en su vida.
—Dime, ¿vienes mucho por aquí?
Cara sonrió.
—Es como mi segunda casa —inmediatamente imaginó lo mal que debían de haber soñado esas palabras y se apresuró a aclararlo. —Eso es porque...
En ese momento una camarera apareció allí con el champán interrumpiendo la explicación de Bella y, para cuando volvieron a quedarse solos y Edward sirvió las copas, ya había olvidado cuál había sido la pregunta.
—Brindo por esta noche.
—¿Por qué por esta noche?
—Porque creo que va a ser... emocionante —respondió él antes de dar un sorbo de champán.
Qué cosa tan rara por la que brindar, pensó Cara, que también bebió saboreando las burbujas que le recorrían la garganta. No podía creer que estuviera allí sentada, con su vestido de trabajo y bebiendo champán con ese enigmático hombre. En todo el tiempo que llevaba trabajando allí, nunca había conocido a nadie como él, y eso que por ese exclusivo local pasaban los hombres más ricos del mundo; las presas favoritas de su hermano, y la razón por la que ella había conseguido empleo allí.
Al menos el vestido era lo suficientemente apropiado: sencillo y negro. La única pega era que era demasiado corto, pero Simon el novio de Rob, insistía en que diera el aspecto de ser la chica más importante del local y con Barny allí para protegerla de las malas intenciones de algunos, por lo general evitaba situaciones comprometidas. Algo de lo que Simón había sido consciente al contratarla, ya que la vio demasiado joven como para trabajar en el club. Al final había decidido darle un puesto en la puerta.
—Háblame de ti, Bella.
Estaba haciéndolo otra vez, pronunciando su nombre con ese sutil acento, y entonces Cara se dio cuenta de que deseaba hacer exactamente lo que Rob le había sugerido: dejarse llevar y permitir que ese extraño la ayudara a olvidar su dolor y su pesar.
Para sufrir ya tendría tiempo cuando volviera a casa e intentara comenzar de nuevo. Al pensar en ello, la amenaza de la noche anterior volvió a colarse en su cabeza, pero logró volver a enterrar su miedo. Por el momento, y al lado de ese hombre, podía fingir que todo iba bien... ¿o no?
Edward enarcó las cejas.
—¿Tienes un título en Empresariales?
Bella asintió, orgullosa del título que había obtenido por fin hacía escasas semanas, y no muy segura de por qué él se mostraba tan incrédulo. Tal vez era uno de esos hombres que no creía que las mujeres pudieran estudiar y trabajar, aunque, por otro lado, no parecía ser de esa clase. La botella de champán estaba medio vacía y sentía una deliciosa sensación en la cabeza.
—¿Pero no has ido a la universidad?
—¿Te lo he dicho? —qué curioso, no recordaba haberle contado que había hecho el curso a distancia, desde casa. —Tienes razón, no he ido —estaba preguntándose cómo habían acabado hablando de ese tema cuando se oyó un pitido y él se disculpó para responder al teléfono. Al oír que decía algo sobre un padre enfermo, Bella le hizo una seria indicándole que le dejaría hablar en privado, pero él la detuvo agarrándola por el brazo.
Mientras hablaba en un fluido italiano, la miraba a los ojos y le acariciaba el interior de la muñeca. Cara tuvo que contenerse para no emitir un gemido, pero no pudo dejar de mirarlo y tampoco se apartó, a pesar de saber que con ello estaba dándole una señal tácita. ¡Era una locura!
Él terminó la conversación y la soltó con brusquedad, como si se arrepintiera de haberla agarrado.
—¿Va todo bien?
Le vio apretar la mandíbula mientras la miraba con intensidad.
—Es hora de salir de aquí.
¿Quería decir que se fueran juntos? No. ¿Por qué iba a querer un hombre así irse con ella?
—Mañana me espera un día duro, será mejor que yo también me vaya. Gracias por las copas.
Edward ya había pagado y no hizo caso cuando ella intentó darle parte del dinero, algo que para Bella fue un alivio, porque aunque no le gustaba que nadie le pagara nada, no tenía demasiado dinero en el monedero. Rob se había marchado antes de poder darle el dinero de las propinas y aún faltaban un par de semanas hasta que recibiera el cheque de su último sueldo.
Juntos salieron del club para adentrarse en la oscuridad de las calles y el frío aire de comienzos de primavera. Era casi medianoche. Bella se estremeció levemente cuando Edward la ayudó a ponerse el abrigo y le apartó su larga melena rozándole el cuello. Justo en ese momento alguien que hacía cola en la puerta del local la llamó y Enzo apartó las manos. Ella se giró y saludó con la mano a una actriz que frecuentaba el local.
—¿Es amiga tuya?.
—No exactamente —dio un paso atrás, aunque descubrió que alejarse de él era más difícil de lo que quería admitir. —Mira, gracias por todo... y por las copas. Me ha gustado charlar contigo.
El se la quedó mirando con las manos metidas en los bolsillos,
—¿De verdad quieres irte?
A ella se le helaron el corazón y el cerebro.
—¿Qué has dicho?
—Ven a mi hotel conmigo.
No era una pregunta, era prácticamente una orden que volvió a acelerarle el corazón. ¿Pero a quién intentaba engañar? No estaría preparada para un hombre tan viril como ni en un millón de años. Y sin embargo, mientras pensaba eso, su cuerpo se despertó haciéndole creer que él era el único hombre del mundo con el que podría hacer el amor.
Confundida, se apartó negando con la cabeza.
—Lo siento, yo no... —«no hago esa clase de cosas porque nunca antes lo he hecho». Independientemente de lo que su cuerpo pudiera estar diciéndole, su cabeza le estaba advirtiendo que saliera corriendo en la otra dirección.
Edward estaba bajo la farola; tenía unos hombros enormes, un cuerpo esbelto e impresionante, y un rostro oscuro y pecaminoso. Todo lo que tenía que ver con él resultaba pecaminoso. Recordó las palabras de Rob. ¿Podría ese hombre hacerle olvidar? Sin embargo, mientras pensaba en ello para tomar una decisión, Enzo retrocedió. Al parecer, había perdido la oportunidad y eso la hizo sentirse decepcionada.
—Allora, buenanotte, Bella.
En ese instante, ella se dio cuenta de que nunca más volvería a ver a ese hombre y de pronto se preguntó cómo sería besarlo. Por otro lado, se recordó que todo eso formaba parte de una fantasía porque él estaba fuera de su alcance y, además, ¿no detestaba a los hombres que entraban en el club? Sin embargo, una voz dentro de ella le decía que tal vez era diferente.
Su recién despertado cuerpo parecía estar pidiéndole a gritos que le dijera: «Sí, espera, acepto tu ofrecimiento», pero en lugar de eso, dijo:
—Buenas noches, Edward.
Se giró bruscamente y se alejó, con la respiración acelerada y el corazón palpitando con tanta fuerza que temió que se le fuera a salir del pecho. Y, por ridículo que parezca, en ese momento se sintió más sola de lo que se había sentido en toda su vida hasta la fecha. Cuando las lágrimas se acumularon en sus ojos, decidió que debían de ser causa de todos sus problemas y de la terrible semana que había pasado, y no de la increíble noche que había surgido como de la nada.
Al pasar por delante de la cola de gente que aguardaba para entrar en el club, oyó a una chica decir:
—Míralo... debe de estar loca para no irse con él...
Cara se detuvo en seco y se giró lentamente. Enzo ya no estaba mirándola, y ella podía verlo de espaldas esperando a que le entregaran su coche; podía ver su ancha espalda, su cabello negro, la masculina belleza de su cuerpo y el poder que denotaban su orgullosa pose y su altura. Pensar en no volver a verlo nunca le estaba causando un fuerte revuelo dentro del pecho.
De pronto no fue consciente de que sus pies la estaban arrastrando hacia una inevitable dirección: de vuelta a él. Y al instante se encontraba allí, tras él, aliviada. Le dio un toquecito en la espalda. Inmediatamente él se giró.
—¿Has cambiado de idea?
La sardónica arrogancia y el cinismo de su expresión no tuvieron ningún efecto en la patética debilidad que la había hecho volver a él. No pudo responder. Nunca en su vida había hecho algo tan impulsivo, aunque por otro lado, nunca había deseado ni nada ni a nadie con tanto anhelo. Se sentía protegida al pensar que se trataría de una única noche con ese maravilloso hombre y que después dejaría que todo su dolor y toda su pena volvieran. Pero durante las horas que estaban por delante podría ser otra persona. No la chica que se quedó huérfana con dieciséis años, ni la hermanita de la que se aprovechó su hermano mayor mientras ella esperaba que cambiara. Tampoco sería la chica que trabajaba día y noche para obtener una titulación. Ni la chica que se había visto involucrada en un terrible accidente de coche al que sólo ella había logrado sobrevivir.
Quería aferrarse a ese momento en el que podía dejarse llevar por la pasión, y así le respondió:
—Sí. Me gustaría acompañarte al hotel.
