Los personajes son de Step Meyer y la Historia de otra escritora... Espero y les guste


Capítulo 2

Bella, sentada al borde de la cama, miraba la única buena foto que tenía de Jacob y ella juntos.

«¿Por qué?», se preguntó. No sabía por qué no había sido lo bastante buena para él. Ni por qué había vuelto con Leah cuando, por lo que decía, le había amargado la vida con sus exigencias.

–Bella, eres un alivio después de ella –había afirmado Jacob.

En aquel momento, enredada en el principio de una nueva relación, se había sentido halagada. Pero ese «alivio» se había convertido en un dardo envenenado. Tuvo que sorberse la nariz, a pesar de que se había prometido no volver a llorar.

Sonó un teléfono. El del vestíbulo. Bella se sonó la nariz. El teléfono seguía repicando.

–¡Bella! –gritó uno de sus compañeros de piso.

Compartía casa con dos tipos desastrosos y desordenados. Tayler y Mike debían de estar ante su nueva consola de juegos, matando alienígenas y zombis y salvando el universo. No se moverían hasta que se les paralizaran los dedos y estuvieran bizcos. Corrió escaleras abajo.

–¿Hola? –contestó, sin aliento.

–¿Puedo hablar con Isabella Swan? –dijo una voz masculina.

El corazón de Bella se aceleró. Era una voz muy sexy. Grave y cálida.

–¿Hola? –insistió él.

–Sí, perdona. Soy Bella,,, Isabella.

–Ha pasado mucho tiempo, Bella –dijo él tras una breve pausa. Ella tuvo la sensación de que su voz se había suavizado, como si sonriera.

–Ejem, ¿quién eres?

Rezó para que no fuera un bromista. Por unos segundos había tenido la sensación de que realmente estaba interesado en hablar con ella, en escucharla. Si era una broma, se sentiría patética.

–Soy Edward Cullen. El hermano de Alice –añadió–. Ha pasado mucho tiempo pero, ¿no te dijo ella que te llamaría?

La comprensión golpeó a Bella como un rayo. Por supuesto. La voz era más grave y madura, pero reconoció su precisión y su deje de humor.

–Ah, claro. Hola, Edward.

Era cierto que Alice le había advertido que Edward llamaría. Según su hermana, era un maniático del control. Si querían que aceptara su plan para la inauguración del nuevo edificio, Bella o Rosalie tendrían que venderle la idea. Bella había intentado librarse, pero Rosalie había alegado que ella lo conocía. Bella había argüido que leer uno frente a otro, mientras sus familias hacían el ridículo jugando en el salón, no era conocerse. Rosalie se había mantenido firme.

–Tienes razón –dijo, con voz súbitamente aniñada– ha pasado mucho tiempo.

–Casi doce años.

La asombró su rápida respuesta. Casi nadie recordaba cosas sobre ella, porque solía ser invisible y retraída. Si no fuera por su pelo, todos la olvidarían dos minutos después.

Era obvio que Alice le había comentado su idea y le tocaba a ella convencerlo para que la aceptara. El plan les había parecido brillante a las tres mientras tomaban unas copas el jueves anterior. Cada una había dado sus ideas y las había defendido gesticulando y haciéndose oír.

Pero en ese momento estaba sola y no se había tomado dos cócteles que la animaran. Comprendió que carecía de información esencial: no sabía a qué se dedicaba la empresa de Edward Cullen.

No tenía sentido intentar salir airosa sin datos. El Edward que recordaba era demasiado agudo y, además, ella no sabía engañar a nadie. Tendría que pedirle a Rosalie que le diera lecciones.

–Alice dijo que tu empresa tiene que ver con los ordenadores, ¿no? –decidió aclarar datos antes de cavar su propia tumba.

–Típico de mi querida hermana no dar detalles. Suele ser muy eficiente, pero últimamente anda algo distraída. Mi empresa se dedica al desarrollo de software.

–¿Y cómo va? Sé que crear una empresa puede ser duro. ¿Te va bien?

–Sí –dijo. Ella oyó su sonrisa–. Yo diría que me voy apañando.

–¡Bien por ti! –exclamó. Se arrepintió de inmediato, había sonado falsa y condescendiente, sin pretenderlo. Entró en la cocina que compartía con los chicos y encendió la luz. Deseó que Edward no se tomara el comentario a mal–. ¿Qué te ha contado Alice exactamente?

–No mucho. No sé que le pasa últimamente. Desaparece cada dos por tres y está de lo más misteriosa. No consigo hacer carrera de ella.

Bella sonrió. Sabía lo irritantes que podían llegar a ser sus propios hermanos.

–Me habló de un baile, una orquesta de jazz y un espectáculo que daría el toque especial a la velada –dijo Edward, seco–. Me dio la impresión de que lo último tenía algo que ver contigo. Según Alice, eres una especie de gurú de la moda.

Ella estuvo a punto de soltar una carcajada. ¿Isabella Swan gurú de la moda? Ja, ja, ja.

Estuvo a punto de decirlo, pero imaginó el ceño fruncido de Edward y se contuvo. Tenía que inspirar confianza en su destreza como vendedora de moda de época, no ridiculizar su nueva carrera. La publicidad que generaría el trabajo para El ropero de Rosalie no tenía precio.

–Ya entiendo por qué has dicho que Alice economizaba detalles –dijo. Después le hizo un resumen de la historia de El ropero de Rosalie.

–Nunca habría pensado que elegirías algo así como profesión –dijo él con deje de asombro, cuando acabó.

Bella iba a contarle lo de su trabajo informático, pero le gustó haberlo sorprendido y decidió no poner fin al primer atisbo de misterio que provocaba en alguien. Lo disfrutaría.

–Bueno, creo que, si algo te gusta, hay que ir a por ello, cueste lo que cueste.

Ése sería su nuevo lema. Desde ya. No más distracciones. Dejaría de lloriquear por Jacob y se entregaría al trabajo. Al menos, el negocio de la ropa de época le gustaba de verdad.

–Eso mismo opino yo.

Bella sintió una conexión, como si Edward y ella funcionaran de la misma manera. Fue tan fuerte que se preguntó si él también la había sentido. Había sido igual cuando se conocieron. Aunque él le sacaba seis años, habían congeniado.

–Te cuento los planes para la inauguración…

Alice le había dicho a Rosalie que planificaba un baile para la inauguración de la nueva sede de Edward. Alice sólo había conseguido sacarle que el edificio era «antiguo» y «diferente». Alice buscaba algo que encapsulara la idea de la unión de lo nuevo y lo antiguo cuando había oído a Rosalie y Bella hablar de los desfiles de moda de época. Entonces había hecho la conexión.

Edward quería algo que sugiriera clase, éxito y elegancia. La mejor forma de unir esas cosas sería un desfile de modas benéfico, con el glamour y el romanticismo de épocas pasadas, que demostrara que la ropa de época podía añadir individualidad y estilo a un armario del siglo XXI. El ropero de Rosalie suministraría las prendas. Bella se lo explicó con entusiasmo, asegurándole que todos se sentirían como si hubieran retrocedido en el tiempo, hasta una época mágica.

Edward escuchó, asintiendo de vez en cuando, mientras detallaba el plan de subastar las prendas a lo largo del desfile. Bella notó que escuchaba de verdad, analizando cada detalle.

–Imagino que tu socia y tú no vais a regalar la ropa. ¿Cómo funcionará el lado benéfico?

–Me encantaría poder regalarla, pero aún no tenemos ni tienda. Hemos acordado con Alice que pondremos un precio de reserva a cada prenda, similar al que obtendríamos en el mercado. Todo lo que supere ese precio en la subasta, irá a la entidad benéfica.

–¿Y si no se alcanza el precio mínimo, o ninguna prenda lo supera?

–Alice sugirió que mi socia, Rosalie, se encargara de la subasta. Sabe mucho y, créeme, sería capaz de venderle un abrigo de armiño hasta a… bueno, a un armiño.

Se oyó una sonora carcajada.

–Bella –dijo él con voz risueña–, siempre tuviste una forma muy singular de ver las cosas.

Ella se preguntó si eso era bueno o malo.

–Si Rosalie es la subastadora, tendrás mucho que donar a la beneficencia, te lo prometo.

–Si Rosalie es tal y como la pintas, no lo dudo.

–Alice dijo que tú mismo harías una donación generosa.

–¿Eso dijo?

–Sí –Bella hizo una mueca.

El ropero de Rosalie podía permitirse donar el dinero extra a una de las asociaciones benéficas de la zona porque venderían muchas prendas de una sentada y, aún mejor, atraerían la atención de adinerados clientes potenciales. La publicidad gratuita sería fantástica. El ingreso, unido a la cobertura de prensa, podría hacer que el director del banco les prestara el capital necesario para alquilar y amueblar una pequeña tienda.

–Si lo hacemos bien, no será otra fiesta con las mismas bebidas, las mismas caras y los mismos canapés. Será memorable. Quienes compren algo en la subasta, pensarán en tu empresa cada vez que lo utilicen. Incluso los que no compren nada, la recordarán cuando vean una película antigua en televisión. Se sentirán transportados a la original y elegante noche en que inauguraste tus oficinas y tu empresa inició un nuevo capítulo de su historia. Eso es lo que quieres, ¿no? Que sea algo exclusivo y memorable –Bella calló, no tenía más que decir. Miró por la ventana, esperando la respuesta de Edward. De repente, le importaba mucho su opinión sobre ella, sus esperanzas y sueños.

–De acuerdo, Bella. Trato hecho. Me gusta.

Bella se alegró de que Edward no tuviera un videoteléfono, porque ejecutó una silenciosa danza de victoria por la cocina.

–Entiendo que estaras en contacto con Alice y que ella me mantendrá informado. ¿Crees que todo estará listo en cuatro semanas?

–Desde luego –dijo Bella. Nadaba en aguas profundas y desconocidas; no tenía gracia.

–Entonces, ya nos veremos. Lamento haber interrumpido tu velada, pero me intrigó lo que me contó Alice y quería saber más. Suele ser buena idea frenarla antes de que se emocione demasiado. A veces sus ideas no funcionan. En fin, te dejaré volver a… lo que estuvieras haciendo.

–Tranquilo. En realidad, no… –sabía que debería despedirse y colgar, pero no lo hizo.

–¿Sabes, Bella?, siempre pensé que tenías madera para sorprender a todo el mundo.

Posiblemente, eso era lo más agradable que le habían dicho en su vida. Cierto que sus clientes la alababan, pero habrían santificado a cualquiera capaz de poner en marcha su correo electrónico tras un desastre informático. Además, Edward decía cosas amables con una voz adorable que habría podido escuchar toda la noche sin cansarse.

–Gracias, Edd.

–Edd… –él se rió–. No creo que nadie excepto Alice me llame así a estas alturas.

–Perdón, Edward –arrugó la frente–. ¿Cómo te llama la gente?

–Ah, «su alteza» funciona bastante bien.

Esa vez fue Bella quien se rió.

–Nos veremos dentro de cuatro semanas, Bella –dijo él, y colgó.

Ella pensó que estaba siendo una velada de lo más surrealista. Llevó el auricular de vuelta al vestíbulo y subió a su habitación.

Eligió un libro con la intención de leer al menos cinco capítulos mientras disfrutaba de un baño caliente. Cuando tiró su ropa sobre la cama, la foto arrugada que había sobre el edredón cayó al suelo y se deslizó bajo la cama.

El móvil de Bella sonó y vibró en el bolsillo. Contorsionándose para contestar, se golpeó la cabeza con el escritorio bajo el que estaba. Se oyó una risita en algún lugar del despacho.

–¿Hola? –contestó al fin.

–Hola.

Esa sencilla palabra, dicha con una voz serena, grave y aterciopelada, disparó el pulso de Bella. Se preguntó por qué esa voz le hacía pensar en chimeneas encendidas y chocolate caliente.

–¿Edward? –carraspeó tras oír el tono agudo de su voz.

–Bella, tenemos un problema.

–¿Sí?

–¡Mi ridícula hermana ha decidido fugarse! –rezongó, paseando de un lado a otro–. Sabía que se estaba comportando de forma extraña, pero…

Bella había creído que ya sólo se fugaban las heroínas encorsetadas de las novelas históricas. En cualquier caso, era muy romántico. Pensó en carrozas, capas de terciopelo con capucha y una luna llena. La voz de Edward rasgó su fantasía.

–Si no hay Alice, no hay baile. Y eso implica que no hay desfile de moda.

«Gracias por darme la noticia poco a poco, Edward », pensó ella. Le pareció captar un tono de disgusto e impaciencia en su voz.

No podían cancelar el desfile. Rosalie y ella ya habían pensado en lo que harían con el dinero. Querían tener una tienda para febrero. Sin los ingresos y la publicidad del desfile, tal vez tuvieran que esperar hasta el año siguiente.

–Yo puedo hacerlo. Puedo organizar el desfile.

La asombró haber dicho eso. Un desfile en el mercado, con hermanas y primas como modelos, era muy distinto del elegante evento que Alice había estado planificando.

–Me gusta tu espíritu de lucha, Bella –aprobó Edward–. Ambos necesitamos que esto sea un éxito –dijo él–. Y estoy de acuerdo en que cancelarlo ahora no es una opción. Tendrás que asumir el mando –añadió casi para sí.

Bella parpadeó. Por un momento había olvidado dónde estaba. Había dejado de ver la desvaída moqueta azul y el barullo de cables que iban en todas direcciones. Volvió al mundo real.

–¿Disculpa?

–Tendrás que ayudarme. Has dicho que podrías organizar el desfile. ¿No podrías ocuparte del resto también? te pagaré lo que a Alice.

Mencionó una cifra que hizo que Bella lagrimeara. Con ese capital, El ropero de Rosalie tendría sede para navidades, sin esperar a febrero. Eso casi le hizo olvidar que no se lo había pedido por favor.

–Pero yo no tengo experiencia en…

–Yo tampoco. Pero estoy dispuesto a intentarlo si tú te atreves. Sólo nos quedan tres semanas y es demasiado tarde para empezar desde cero con otro planificador –su voz se suavizó–. Venga, Bella. Tenemos muchas razones para desear que esto salga bien.

–De acuerdo –dijo lentamente–. Lo pensaré.

Edward debió de tomarse eso como un sí, porque empezó a darle instrucciones y dijo que enviaría los archivos de Alice por mensajero.

–¡Tranquilízate un minuto!

Edward calló a media frase, por lo visto, atónito porque alguien pudiera tener algo mejor que hacer que cumplir sus deseos. Bella aprovechó el silencio.

–No puedes enviarme nada ahora. No estoy en casa, estoy en el trabajo.

–Oh, perdona. Debería haber… pero Alice me dijo que hoy no estabas en el mercado. ¿No te habré interrumpido en una visita a una casa, mientras rebuscas en un armario, verdad?

–No… ¡ay! –Bella, al intentar sentarse con las piernas cruzadas, había vuelto a golpearse la cabeza con el escritorio–. De hecho, estoy revisando una red de conexiones informáticas.

–¿Red de conexiones? –se asombró él.

–Alice es más que parca en detalles. Soy consultora informática durante el día y vendedora de ropa de época en mis ratos libres. Considéralo mi otra parte, mi identidad secreta.

–No tan secreta, ahora que me lo has contado.

Ella sonrió. Él tenía razón. Estaba segura de que Edward estaba sonriendo al otro lado de la línea telefónica. Tras un breve silencio, Bella se sacudió y decidió volver a concentrarse en el tema. Su cabeza empezaba a flotar en una nube.

–Necesito hacerme una idea de cómo serán las nuevas oficinas, para asegurarme de que nuestros planes encajan en el entorno. Al fin y al cabo, es el edificio en sí lo que vamos a celebrar, ¿no?

Igual que antes lo había percibido sonreír, en ese momento lo sintió henchirse de orgullo.

–Tienes que verlo. Es algo diferente, único. Una fabrica de 1930 en Isle of Dogs. Estilo art decó clásico. Hemos hecho lo posible por conservar las características originales.

Mientras hablaba, en la mente de Bella se formó una imagen: formas geométricas, paredes blancas, ventanas largas y apaisadas.

–Suena fascinante. ¿Cómo es la zona en la que se celebrará la fiesta? ¿Hay suficiente espacio? ¿Cómo es de grande? ¿Cuántos niveles tiene?

–Y tú me dices a mí que me tranquilice. Una pregunta cada vez, Swan –dijo él con ironía.

Pero no parecía en absoluto molesto. Contestó a sus preguntas con todo detalle y ella notó que disfrutaba hablando de su proyecto.

–Lo digo en serio. Tienes que verlo, Bella. ¿Qué vas a hacer mañana?

–Se supone que tengo que solucionar un…

–Cancélalo.

–¡No puedo hacer eso! –protestó Bella con el ceño fruncido–. Mis clientes dependen de mí.

–Dame la dirección y les enviaré a un equipo de mi departamento informático. Me aseguraré de que no pierdas clientes por esto.

Edward parecía creer que valía con agitar su varita mágica para librarse de sus objeciones, pero ella no estaba segura de querer que unos desconocidos hicieran su trabajo. Si embargo, era eso o renunciar al desfile de moda. Y eso retrasaría el inicio de su nueva carrera; algo impensable teniéndolo al alcance de la mano.

«Por cierto, señor Cullen… ¿Ve esa montaña de ahí? ¿No podría decirle que saltara al río Támesis? Me quita la vista», pensó, casi irritada.

Empezaba a darse cuenta de que el joven centrado y decidido que había conocido años antes había madurado hasta convertirse en una fuerza formidable. Algo empezaba a inquietarla, algo le rondaba el cerebro y no sabía qué era.

–¿Edward?

–¿Sí? –él detuvo su relato sobre la historia de su nuevo edificio.

–¿Cómo dijiste que se llama tu empresa? –acababa de darse cuenta de que no lo sabía.

–NewMoon –dijo él con extrañeza–. ¿No te lo dijo Alice?

–¿NewMoon? –susurró Bella. Estuvo a punto de dejar caer el teléfono–. ¿Soluciones NewMoon?

–Sí. Ésa es.

Todo encajó en la cabeza de Bella.

Unos minutos antes había encendido el ordenador del escritorio bajo el que estaba. Utilizaba software de NewMoon, como casi todos los ordenadores del planeta. De repente, le pareció que en la oficina faltaba el aire. Deseó abrir una ventana y sacar la cabeza, pero tenía la impresión de que eran ventanas fijas.

Acababa de acceder a organizar una fiesta para el director de Soluciones NewMoon, una de las empresas de software de crecimiento más rápido del mundo. Eso estaba muy por encima de su nivel. A años luz de su nivel.

Pero era Edward. El joven con quien se había escondido durante una fiesta navideña.

Era incapaz de casar esas dos ideas en su cabeza, aunque había sabido que él tenía que haber cambiado desde entonces. Había notado diferencias sutiles al hablar con él. Antes había sido reservado y preciso; en la actualidad hablaba con una confianza y fuerza inconfundibles. Se preguntó si también habría cambiado externamente. Doce años era mucho tiempo.

La imagen que conjuró su mente le resultó atractiva. Veía a un hombre alto y delgado, no larguirucho y desgarbado, con el mismo cabello cobrizo y alborotado cayendo por debajo del cuello de la camisa. Sus ojos seguirían siendo verde esmeralda muy cálidos, pero tendría arruguitas alrededor de los ojos y las comisuras de la boca.

Se oyó una tos al otro lado del escritorio. Bella vio unas perneras de pantalón de raya fina acercarse. El señor Rogers. Se había olvidado de él.

–Tengo que cortar –murmuró–. Hasta mañana.

–Nos veremos a medio día –le dio la dirección de su nueva oficina.

Mientras hablaba, ella estaba mirando un manojo de cables a su izquierda. Algo llamó su atención y se concentró en ello. Entonces descubrió la causa de los problemas del abogado. Iba a ser pesado de solucionar, pero eso implicaba más tiempo, y a su vez se traducía en más dinero. De lo cual se alegraba.

–¿Bella? ¿Te parece bien? –dijo la voz grave.

–No… Sí… me parece bien. Hasta entonces.

Edward colgó y Bella gateó hasta el nudo de cables que había estado inspeccionando. Se oyó un murmullo y las piernas se acercaron aún más.

–¿Puedo ayudar? –preguntó una voz fina.

El señor Rogers no estaba siendo amable, al contrario; daba la impresión de querer apresurarla. Comprensible, dado que le pagaba por horas.

–No, voy bien –dijo siguiendo un cable con los dedos para ver dónde desaparecía–. Pero me encantaría una taza de té, si hay.

Se oyó un quedo resoplido y las piernas desaparecieron por la puerta.

Bella no se sintió en absoluto culpable. Avanzaría mucho más si no había alguien atosigándola todo el tiempo. Tampoco se sentía culpable por haber charlado cinco minutos con Edward. Si no hubiera estado bajo el escritorio, mirando los cables, habría tardado horas en descubrir el origen del problema. Gateó hacia atrás, se puso en pie y se sacudió la ropa.

Edward llegó al edificio temprano, ansioso por reunirse con el capataz y recibir un informe antes de enseñárselo todo a Bella. Aunque era obligatorio llevar casco, era innecesario; todo el trabajo gordo estaba acabado. Sólo quedaban detalles como las puertas, los enchufes y el suelo.

Consultó su reloj. Lo animó inesperadamente pensar que ella llegaría en una hora. Bella había sido una chica agradable. Algo insegura de sí misma, como solían ser las adolescentes, pero bondadosa e inteligente. Lo alegró saber que su calidez no había disminuido con el paso de los años. Y le había parecido muy fogosa por teléfono. Era agradable conversar con alguien para variar, en vez de limitarse a dar órdenes.

Se preguntó si sería una amiga para él.

No tenía muchos amigos. No había tenido tiempo para ellos mientras trabajaba a destajo para llegar a donde había llegado. La mayoría de los hombres con los que socializaba eran colegas o competidores, y ambas categorías tendían a la falsedad porque querían impresionarlo o querían sacarle algo que los favoreciera.

Y las mujeres… Ellas nunca querían ser amigas suyas. También caían en dos categorías: tigresas y medusas. Las tigresas, como Jessica, no ocultaban su atracción por él y por su dinero. Las llevaba a los mejores sitios de Londres y las trataba como princesas. Siempre que entendieran que no buscaba nada permanente, nadie que compartiera su trono. Eran princesas temporales.

Las medusas, como su actual asistente personal, temblaban y tartamudeaban en su presencia. Pero también veía la atracción en sus ojos; simplemente le tenían miedo.

Estaba cansado de ambas variedades. No podía encajar a Bella en ninguna de ella y eso la convertía en una especie desconocida. Intrigante.

Había sido bonita, a su manera. Con ojos preciosos, que pasaban de miel a café en segundos. Un patito feo a punto de convertirse en cisne. A veces, cuando se movía de una forma determinada o cambiaba de expresión, había tenido la sensación de que una Bella gloriosa y nueva estaba a punto de salir del cascarón.

Movió la cabeza. Ése era su problema con las mujeres. Se dejaba llevar por la imaginación y pensaba cosas ridículas. Lo deslumbraba su idea de la mujer y siempre acababa decepcionado cuando no estaba a la altura de su sueño. Había salido con tantas cazafortunas que las veía llegar a treinta metros de distancia. Pero salía con ellas, encajaban con su idea de «princesa temporal». No esperaba mucho y no se sentía decepcionado. Y no dejaban cicatrices.

Cuando la gente intimaba demasiado, juzgaba. Descubrían cosas que uno no quería admitir y las comentaban, junto con otros fallos que uno mismo desconocía. Estaba harto de que lo juzgaran.

Pero ya daba igual. Estaba al mando y era él quien juzgaba. Si alguien era tan tonto como para ponerlo al microscopio, llegaba al veredicto de que era el mejor y tenía lo mejor. Llegar a ese punto había sido su objetivo durante largos años.

Una valla de tres metros de aglomerado pintada de verde rodeaba la nueva sede de Soluciones NewMoon. Varios carteles prohibían la entrada a personal ajeno a la obra.

La idea de ver el lugar y presentar sus ideas a Edward le encogía el estómago. Tendría que haber ido Rosalie, a quien se le daba bien charlar y persuadir. Ella se defendía mejor en las cosas prácticas, entre bastidores.

Una vocecita en su cabeza le dijo que no se persuadía a Edward. Se hablaba y él escuchaba. Deseó que siguiera siendo así, pero su estómago no creía a su cabeza, seguía hecho un nudo.

Y Rosalie no había ayudado esa mañana. Había insistido en que Bella fuera a su casa para comprobar que iba vestida como correspondía a una representante de El ropero de Rosalie. Tras mirar su traje pantalón, la había arrastrado a su dormitorio. La había obligado a desvestirse y se había ensañado con ella. Cuando por fin la dejó mirarse al espejo, dio un respingo.

Parecía la hermana gemela de Rosalie, con el pelo recogido formando un tupé. El vestido de flores de los cincuenta era fantástico, pero Bella no llenaba el corpiño y se perdía en la falda de vuelo. Lo peor era el carmín rojo chillón.

Estaba ridícula. Ella no era esa chica sexy y mohína. Era Bella. Y parecía disfrazada. Bella le dio su opinión a Rosalie sin tapujos y después se limpió los labios con un pañuelo de papel.

Rosalie había vuelto a la carga. Tras aceptar que el estilo retro no encajaba del todo con Bella, insistió en que hacía falta un toque de época para animar su aburrido traje de grandes almacenes.

Le había permitido conservar los pantalones anchos de color chocolate, porque le sentaban bien y le daban cierto aire a Katherine Hepburn, pero había sustituido la chaqueta por una de los años cuarenta, sin cuello, carmesí oscuro. Había eliminado el tupé, optando por una cola de caballo, y aceptado la elección de Bella de un carmín color vino, que entonaba bien con todo.

Habría sido una locura confesárselo a Rosalie, pero Bella se sentía elegante y estilosa, a su manera. Al menos, hasta que llegó ante la verja que le impedía entrar al edificio de Edward. Deseó darse la vuelta y correr hacia su coche.

–¿Isabella Swan? –preguntó un obrero a través de un agujero en la verja.

–Sí –admitió con voz ronca.

–Por aquí –abrió la verja para que pudiera entrar–. El jefe y algunos arquitectos están dentro. La llevaré con ellos. Tiene que ponerse esto.

Le colocó un casco amarillo en la cabeza. Bella se alegró, por segunda vez esa mañana, de haberse librado del tupé.

Aferró la vieja cartera escolar, con sus dibujos e ideas, ya que Rosalie había insistido en que era mejor que un aburrido maletín, y siguió al hombre.

De repente, alzó la cabeza y dejó de andar.

«Caramba», pensó.


Hola, he visto que hay muchas que han leido la historia, muchas gracias por tomarse esos minutos... Y si me dicen que les esta pareciendo?

Se los agradeciria infinitamente... Saludos! ( La historia es cortita, y si les gusta subo un capitulo diario)