Hola! NO me resisti hasta el Lunes, asi que les traigo un extra... muchas gracias por poner la historia en alerta y en sus favoritas, y kathow16
esto es por tu review, gracias por leer.

Los personajes son de SP Meyer y la historia de otra escritora...

Los sentimientos comienzan a aflorar...


Capitulo 4

Bella estaba a punto de taparse los oídos cuando vio a Edward. Ocurrió algo singular. Emitía una corriente invisible que hizo que todo el mundo enderezara la espalda, lo mirase y luego se apresurara a volver a sus asuntos. Incluso las dos mujeres, por fortuna, pusieron fin al cotilleo.

–Siento llegar tarde –besó su mejilla.

Bella farfulló una nadería en respuesta. De repente, se sentía incapaz de hilar una frase.

De inmediato, aparecieron dos camareros. Edward pidió sin mirar la carta y Bella dejó que eligiera por ella. Ni siquiera sabía qué era lo que había pedido con toda soltura.

Edward parecía estar en su salsa, con los camareros corriendo de un lado a otro para cumplir sus deseos. Ése era su mundo, mientras que ella se sentía cómoda en una cafetería. Hasta ese momento no había acabado de creerse que fuera un renombrado y rico empresario. Ver la realidad fue una especie de bofetada.

Por suerte, tras los entremeses empezaron a hablar del baile y ella le contó qué había organizado Alice y sus propios progresos. Edward parecía contento con todo lo que decía, pero Bella era incapaz de relajarse con él. Era como si lo estuviera viendo con ojos nuevos. Se preguntó si quedaba siquiera un atisbo del joven serio y sensible que había conocido años antes. Ese día era puro encanto, confianza y poder subyugado. Rezumaba algo magnético que hacía que todas las mujeres lo mirasen y Bella se sentía como si estuviera sentada ante un desconocido. Tal vez fuera mejor así. Lo pasado, pasado. Tenía que concentrarse en el futuro, sobre todo en las siguientes tres semanas. Durante ese periodo sería su jefe y, ella, una más de sus esbirras a sueldo.

Él se limitó a hablar de negocios y eso irritó a Bella. Ni siquiera la maravillosa comida palió su irritación. Le estaba haciendo un favor a él, no al revés. Habría estado bien ver alguna sonrisa. Pero Edward estaba tan centrado en el proyecto que parecía haber olvidado… su humanidad.

Las cosas no mejoraron cuando volvieron al trabajo. Bella fue a su despacho y se pegó al teléfono, tomando notas con frenesí mientras convertía el espacio en un caos. Cada vez que pensaba en él, incluso cuando recordaba el almuerzo con el frío y templado magnate, su cuerpo siseaba y pasaba del calor al frío en segundos. El tiempo y la distancia no parecían diluir el efecto que ejercía en ella, por desgracia; ni tampoco su irritación.

Empezaba a entender los múltiples dibujitos de Alice, porque ella misma había empezado a hacerlos. No eran iniciales ni corazoncitos, pero indicaban que no podía concentrarse. Irritante.

Al final del día, tras hacer la última llamada telefónica, fue hacia el ascensor con la visión borrosa. Las puertas se estaban cerrando cuando una mano enorme se interpuso, impidiéndolo. Bella no necesitó ver el resto del cuerpo para saber quién era. La sangre rebulló en sus venas. Edward la saludó con la cabeza. Mientras bajaban, en silencio, Bella contuvo el aliento para controlar las contracciones de su estómago.

–Gracias por lo que estás haciendo, Bella.

Ella intentó ocultar su sorpresa.

–Disfruté mucho con nuestro almuerzo –añadió él.

Bella se preguntó si sólo ella se había sentido como si caminara sobre la cuerda floja. Entonces él hizo algo aún más inesperado: sonrió.

–Me recordó aquella fiesta de navidad. ¿Tú te acuerdas de eso? –se estremeció y ella supo, sin duda, que pensaba en el maquillaje de tía Gertrude.

La sonrisa de Edward se ensanchó, haciendo que pareciera mucho más joven. Su expresión dejó de ser de granito y se hizo más suave, cálida y viva, infinitamente más atractiva. Ella rememoró la escena y le devolvió la sonrisa. Volvieron a ser compinches.


Edward llamó a la puerta del despacho, pero no esperó respuesta antes de abrirla. Bella estaba al teléfono. Lo miró pero, rápidamente, volvió a centrarse en la libreta que tenía ante sí.

Parecía que estaba hablando con alguien que organizaba decorados. En tono sedado, Bella argüía que la propuesta de pasarela que había recibido no estaba a la altura del evento y que si no la pasaban con alguien que supiera de qué hablaba, buscaría a otra empresa con la que hacer negocios.

Bella podía parecer tímida, pero en la semana que llevaba allí había comprendido que era una mujer que tenía ideas muy claras sobre lo que quería y cómo quería que se hiciera. Si se empeñaba en algo, no cejaba hasta conseguirlo.

Cuando colgó, sonreía; él infirió que se había salido con la suya una vez más. Sin gritos ni manipulaciones, por pura determinación.

–¿Querías verme? –preguntó Edward.

Ella se ruborizó. El rosa de sus mejillas complementaba el de su sencilla blusa bordada. Se pusieran lo que se pusieran las mujeres de la oficina, ya fuera elegante, atrevido o recatado, él apenas se fijaba. Pero la ropa de Bella siempre le llamaba la atención. Tal vez por el toque de época. Suponía que eso era un buen augurio para el baile y el desfile de moda. Sin duda, sería memorable si todos los conjuntos tenían un efecto similar en los invitados.

–Oh, no –Bella lo miró compungida–. No pretendía que dejaras lo que estabas haciendo. Podría haber esperado.

Cierto. Él tenía llamadas que hacer, informes que leer, reuniones a las que asistir. Pero ir al despacho de Bella lo había atraído más.

Hacía una semana allí sólo había habido un escritorio y un tiesto con una planta muerta. En ese momento había barras para ropa, bocetos en las paredes y dos maniquíes que parecían guardaespaldas. Miró a Bella.

–Aquí estoy –dijo–. A tu disposición.

A ella debió de parecerle gracioso, porque sus ojos brillaron y apretó los labios para contener una sonrisa. Él no lo hizo. Esbozó su sonrisa real, no la de negocios, y eso pareció afectar a Bella, que empezó a ordenar los papeles de su escritorio. Edward pensó que no entendía a esa mujer.

A veces le recordaba a la chica callada y tímida que había conocido años antes. Otras, era una profesional de ideas firmes y con confianza en sí misma. De repente parecía abstraerse y lo tiraba todo, estropeando esa imagen. Pero no le importaba no poder resolver el enigma que era Bella. Disfrutaba viéndola pasar de una actitud a otra y elucubrar sobre cuál sería la siguiente.

En ese sentido, era refrescante estar con alguien que no lo etiquetaba como un magnate del software, un ejecutivo agresivo o una aventura plagada de lujos.

–Tenemos que encontrar algo para que lo luzcas en la fiesta –dijo ella. Se levantó, salió de detrás del escritorio y lo miró de arriba abajo.

Edward pensó que no iba a ponerse ropa de segunda mano para el evento más importante de su carrera profesional, todo tenía un límite. Había invitado a personas a las que quería restregarles su éxito por las narices. Ya había llevado camisetas viejas y se había prometido no volver a hacerlo.

Movió la cabeza negativamente. Bella ni parpadeó. La mayoría de sus empleados habrían huido de la habitación si los hubiera mirado así.

–Todos los demás directivos han accedido a llevar algo de época, aunque sólo sea un chaleco o un sombrero.

–No pienso ponerme un sombrero.

–Vale –le sonrió con ironía–. No pierdas los papeles –fue hacia la barra de ropa y empezó a mover perchas. A él le pareció oír que murmuraba «Sólo se conformará con la corona, o nada».

Minutos después, le ofreció unas perchas.

–Todo el mundo ha accedido a arriesgarse un poco. ¿Qué te parece esto?

Eran unos vaqueros y una chaqueta de cuero. Él pensó que tenía que estar de broma.

–Pruébatelos. Pusimos ese biombo para que los modelos pudieran cambiarse el otro día –apoyó las perchas en su pecho y las soltó. Él no tuvo más opción que agarrarlas. Bella tenía tanta determinación como él, por lo que estaba viendo.

Las chaquetas de cuero no iban con él. Nunca había sido un rebelde, siempre había sabido hacia dónde quería conducir su vida. Pero la descolorida tela vaquera le pareció suave y el olor del cuero le hizo pensar en motos y espacios abiertos.

–Vale –farfulló–. Me lo probaré. Pero te lo digo ya: no me lo pondré para la fiesta –pensó que su plantilla se revolcaría por el suelo de risa.

Fue tras el biombo y se preguntó qué hacía quedándose en calzoncillos un jueves por la tarde. Era más alto que el biombo y, mientras se desvestía, observó a Bella trajinar con los papeles que había sobre el escritorio, ignorándolo. No recordaba la última vez que una mujer había actuado con impasibilidad cuando él estaba medio desnudo en la misma habitación. Se dijo que debía de ser bueno para su ego; pero no le gustaba.

Los vaqueros le quedaban de maravilla. Se sentía como si hubiera vivido dentro de ellos. La camiseta blanca era nueva, a Dios gracias; aún llevaba la etiqueta puesta. Salió de detrás del biombo poniéndose la chaqueta de cuero.

Bella parecía haberse quedado clavada en el sitio, silenciosa e impertérrita, pero tenía los ojos abiertos de par en par y lo miraba fijamente.

–¿Contenta? –preguntó él con voz más ronca de lo que habría querido. Bella asintió.

–Mucho –susurró ella cuando recuperó la voz–. Encaja de maravilla con… oh, está doblada.

Fue hacia él y estiró la solapa de la chaqueta, que estaba doblada hacia dentro. Él contempló la pequeña mano de dedos largos que se posaba en su pecho, sobre la camiseta blanca.

–Tienes razón –carraspeó–. te queda… bien…, pero no para la fiesta.

–Ajá –farfulló él.

Había estado mirando su rostro y se había distraído con la cualidad translúcida de su piel. Como la mayoría de las castañas, era pálida, pero parecía resplandecer. Se preguntó cómo lo conseguía. Se lamió el reseco labio inferior, anonadado por su deseo de saborear ese resplandor.

–No –dijo ella.

No, ¿a qué? ¿Al resplandor? ¿A saborearlo?

–Te buscaré otra cosa.

Sin darle tiempo a replicar, se escabulló y se perdió entre los expositores de prendas.

Nada funcionó. Edward intentó no pensar en las personas que habían usado los cinco trajes que se probó, en bolas de naftalina, funerales o ataúdes. Se alegró de que ninguno le quedara bien. O el pantalón acababa por encima de su tobillo, o la chaqueta era estrecha.

–¡Te aviso de que tengo trajes que me quedan muy bien! –gritó por encima del biombo, mientras volvía a ponerse su propia ropa–. El que pensaba ponerme para «mi» fiesta es de un sastre de Savile Row.

Ella pareció impresionada por la mención. El acceso a un sastre tan exclusivo requería estar en la cúspide del poder o el éxito.

–Suele ser difícil encontrar ropa de época para gente tan alta y tan… Bueno… con tu físico –concluyó, presurosa–. Podríamos buscar durante meses sin éxito. Tal vez sea mejor que nos centremos en los accesorios. Veré qué puedo encontrar.

–En otras palabras –dijo él, poniéndose su chaqueta y corbata–, acabo de desperdiciar cuarenta y cinco minutos, ¿no?

Ella hizo una mueca compungida.

–Mi tiempo es muy valioso –contuvo una sonrisa–. Debería cobrarte por esto.

Ella lo miró, seria y pensativa.

–Pagaría cada céntimo con gusto –dijo Bella, mirando la chaqueta de cuero y los vaqueros que volvían a colgar en el expositor. Sus ojos chispearon con un brillo travieso.

Edward alucinó. Parecía que Bella estuviera flirteando con él. A su manera, claro. Había captado algo en su mirada y en el tono de su voz. Tan sutil que no estaba seguro de que fuera real.

Cuando volvió a mirarla, ella estaba colgando el último conjunto, pura eficiencia, y decidió que su imaginación le había jugado una mala pasada. Frunció el ceño. Le decepcionaba pensar que era algo irreal y eso lo desconcertó por completo.

Se preguntó si quería que Bella flirteara con él. No era más que una chica con la que había sido amable en una fiesta navideña hacía muchos, muchos años. Ella se tocó el pelo, inconsciente de su escrutinio, y Edward sintió un nudo en el estómago. La sorpresa dio paso a la irritación. No le gustaba nada sentirse en desventaja, prefería tener todas las cartas en la mano.

–¿Puedo irme ya? –preguntó, al ver que ella volvía tras el escritorio. Bella lo miró y se mordió el labio inferior. Eso lo puso a cien y lo irritó más.

–Sí –dijo ella con tono frío y contenido–. He acabado de disfrazarte. Puedes irte.

Edward no sabía cómo responder a eso. Nadie lo despachaba así nunca. Y tampoco le gustó.

–Bien. Lo haré –salió rápidamente.

Bella se preguntó si se estaría volviendo loca. Ese día se estaba comportando de manera muy rara. Hizo girar la silla y miró por la ventana. Primero, por puro capricho, había hecho que Edward se probara un conjunto que sabía que no consentiría en ponerse para la fiesta.

Suspiró. Había merecido la pena.

Y después había flirteado con él.

No había servido de mucho, claro. Él se había irritado y ella lo había seguido pinchando. «Bien hecho, Bella. Acabas de enfurruñar a Edward Cullen, la llave de tu futuro. Muy profesional», pensó. Lo cierto era que cuando Edward empujaba, sentía la necesidad de devolverle el empujón con el doble de fuerza.

Se preguntó qué le ocurría. Según sus conocidos, era una chica felpudo que aceptaba la basura de los hombres de su vida. ¡Pero se había enfrentado a Edward Cullen! no había elegido el mejor momento para desarrollar carácter.

«Cállate ya. Siempre has tenido carácter y lo sabes. Sólo decidiste aparcarlo porque encajaba con tu plan de ser la chica adaptable y perfecta a la que ningún hombre podía resistirse».

Y ese plan tampoco había salido nada bien. Soltó el aire de golpe y se frotó los ojos.

No sólo su lengua se había descontrolado. Sus manos también parecían haber adquirido vida propia. Pero la camiseta blanca olía a hombre limpio y cálido, y parecía suave y… tocable. Sin saber cómo, se había encontrado sintiendo el calor de su pecho bajo la palma de la mano. Mal asunto. La fiesta y el desfile eran dentro de nueve días, después volvería a su mundo real. No podía enamoriscarse más.

«Sé realista, Bella. Es un cuento de hadas, un sueño. Él sale con supermodelos y mujeres de la alta sociedad. Si no consigues retener a tipos como Jacob, ¿Cómo diablos vas a mantener interesado a un hombre como Edward Cullen?».


Dos horas después, Bella llamó a la puerta de Rosalie. Rosalie abrió luciendo un kimono de seda negra bordado y una mascarilla de arcilla de color verde en la cara. Bella fue a la cocina, sacó dos copas del armario y empezó a servir el Cabernet barato que había llevado.

–¡Vaya! –exclamó Rosalie a su espalda–. ¿Qué ha ocurrido? –masculló entre dientes, intentando que no se rasgara la mascarilla.

Bella le dio una copa a Rosalie . Le temblaba la mano y derramó parte del vino.

–Yo…. ¡Soy la antinovia!

La mascarilla de Rosalie se rasgó y varios trozos cayeron sobre su kimono. Movió la cabeza.

–Se trata de Jacob, ¿verdad? Estás pasando por las cinco fases del duelo. Te creía en la de negación; es obvio que has pasado a la de ira –la miró fijamente–. ¿Y la fase de negociación? te la has saltado.

–Tú haz que fluya el vino y te lo contaré todo. ¿Te sirve eso como negociación? –señaló la botella con la cabeza y salió de la cocina.

Rosalie no tuvo más opción que seguirla a la sala, donde Bella se dejó caer en el sofá.

–¿Qué es eso de ser la antinovia? ¿Es cómo ser un antihéroe? no lo entiendo.

–Es más como ser un antídoto –dijo Bella apesadumbrada–. Ahora entiendo por qué Jacob dijo que yo era un alivio. Los hombres adoran a las chicas femeninas –estrechó los ojos y miró a Rosalie–. Chicas como tú. Chicas guapas que les hacen bailar al son que ellas tocan. Chicas que los torturan y maltratan para mantenerlos a sus pies. Pero, con el tiempo, o las chicas se cansan de que ellos no estén a la altura o ellos se cansan de sus juegos, y rompen. Entonces los tipos vienen a buscarme a mí, el antídoto perfecto tras una diva exigente.

–Eso es bueno, ¿no? –dijo Rosalie. Pensó un poco e hizo un mohín–. No para las chicas como yo, claro, para las chicas como tú –sonrió y acabó de destruir la mascarilla por completo.

–¿Qué tienen en común todos mis ex?

–Hum… ¿la escasez de pelo?

Bella negó con la cabeza y miró las cortinas.

–¿Los anoraks? –aventuró Rosalie. Bella recompensó su esfuerzo con una mueca.

–Lo he descubierto de camino aquí. Todos decían que era encantadora, que era muy fácil estar conmigo. Más bien soy fácil de abandonar cuando surge algo mejor –Bella miró a su amiga–. Soy, y seré siempre, una novia de transición.

–Creí que eras un antídoto…

–Dicen que están hartos de las exigencias de las mujeres, pero pronto encuentran una nueva sirena tras la que ir o, en el caso de Jacob, a la que regresar –su rostro se arrugó con pesar–. ¡Sólo soy un parche provisional hasta que eso sucede!

–¡Eres mucho más que un parche!- Rosalie la rodeó con los brazos y apretó con fuerza.

–¿Y por qué no lo entienden los tipos con los que salgo? –sollozó ella–. ¿Por qué soy siempre la chica con la que salen antes de encontrar el amor de su vida? ¿Por qué, para variar, ninguno piensa que yo soy lo mejor que le ha ocurrido?

–¿Quieres oír la verdad? –preguntó Rosalie.

Bella asintió. Se había hartado de que la desecharan como a un zapato viejo.

–Creo que hasta que dejes de considerarte un parche provisional, seguirás atrayendo a tipos como Jacob. Idiotas que no te valoran –Rosalie la soltó–. ¿A qué viene todo esto? Empiezo a pensar que no es por don patético Jake.

–Claro que sí –Bella desvió la mirada–. He estado muy ocupada, ¿cuándo iba a haber conocido a otro hombre?

–Hay un espécimen muy atractivo a quien ves a diario –sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa–. Lo he buscado en Google, ¿sabes?

–¿A quién? –Bella se temía la respuesta.

–A Don Soluciones NewMoon, por supuesto. ¿Sabías que estuvo saliendo con…? –Miró el rostro de Bella y cerró la boca–. No importa.

–Sí –Bella suspiró–. Sé que el año pasado salió con Tanya Denali. Ahora veo su foto en todas partes. En las paradas de autobús, agitando las pestañas, en las revistas, mostrando su perfecto cuerpo en biquini… Creo que la odio.

–Es una supermodelo –Rosalie se recostó con un suspiro–. ¿Cómo no ibas a odiarla?

Estuvieron en silencio unos segundos.

–te gusta ¿verdad? –susurró Rosalie.

–¡No! –escupió Bella. Luego enterró la cara en un cojín. Rosalie le dio un golpecito en el hombro–. Oh, Rosalie… me gusta en serio. Muchísimo. Es como un chiste malo, la verdad.

–Ay, ahora lo veo… –Rosalie sonrió, embobada–. Un amor de infancia, se pierde el contacto y luego él reaparece en su corcel y…

–¡Nada de eso! –Bella estalló en carcajadas–. Entonces era encantador. Sensible, considerado, amable… Estoy segura de que en el fondo sigue siéndolo, pero ha cambiado, Rosalie. Está acostumbrado a lo mejor de la vida, a tener cuanto quiere. Se ha vuelto duro y dominante. No sería buena idea relacionarme con él. En serio.

–¿Ni siquiera un poquito? –pinchó Rosalie.

Bella volvió a reírse. Fue hacia el revistero y hojeó dos o tres revistas de moda. Finalmente encontró lo que buscaba. Dobló la revista, alzó la página elegida y la puso junto a su cara.

A un lado estaba la foto de Tanya Denali: piel perfecta, chispeantes ojos azules, atractivo escote. Al otro, Bella Swan. Tan acostumbrada a ser «uno de los chicos» que era casi andrógina, con el rostro arrebolado y cuerpo de tabla de planchar.

Rosalie miró de una a otra, sombría.

–Creo que está claro –Bella se sentó de nuevo.

Rosalie le dio la copa de vino y una palmadita.

–Aprendí mi lección de un libro que leí de niña, Ana de las Tejas Verdes –Bella se llevó la copa contra el pecho y continuó–: Ana corrió mil aventuras en busca de su Don perfecto y, ¿dónde lo encontró? ¡Lo tenía delante de las narices! ¡Gilbert!

Rosalie la miró con desconcierto.

–El chico de la casa de al lado, de quien siempre había estado enamorada, sin saberlo hasta que casi fue tarde. No voy a ser tan estúpida. Hay montones de tipos ordinarios y encantadores ante nuestras narices, sólo tengo que encontrar al mío.

–Puedes buscar bajo las piedras, si quieres, pero no cuentes conmigo –rezongó Rosalie–. ¿Ana de las tejas Verdes? ¿No fue ella quien dijo que se moriría si no conseguía unas mangas de farol?

Bella se mordió el labio y asintió.

–Eso sí es algo con lo que puedo estar de acuerdo –Rosalie alzó la copa y tomó un trago.


Les gusto? ahora si, espero leerlas el lunes... Buen fin de semana ª.ª