Los personajes son de y la historia de otra gran escritora.

Muchas gracias a todas las chicas que han dejado su comentario, el capitulo de hoy esta dedicado para:
rumpelsinki.- La espera no fue tan larga y creeme que vale la pena..
bere-cullen.- Bienvenida al mundo de las fanaticas de Twiligth
ExodoOo.- Gracias por comentar...

Espero y les agrade el capitulo, si les agrada y me lo hacen saber, les prometo un capitulo extra hoy mismo... y no es soborno. jejeje


Capítulo 5

Una semana después, Bella empezaba a pensar que no había nada excepto el interior del despacho cedido por Edward y el maldito espectáculo que estaba organizando. Nunca había habido otra cosa. Nunca la habría. Su eternidad se compondría de listas de cosas pendientes, llamadas telefónicas y una bandeja de entrada que no se vaciaba nunca.

Faltaban dos días para el baile de inauguración del nuevo edificio de Edward y empezaba a fantasear con la idea de entrar en coma cuando todo acabara por fin.

Por suerte, Alice era fantástica en su trabajo y no había sido tan difícil tomar las riendas; sólo había supuesto un ajetreo incesante. Todos los contactos de Alice se habían portado de maravilla cuando les dijo que ella estaba de luna de miel y que era su sustituta. Pero en un evento de esas dimensiones era inevitable que surgieran problemas de última hora.

Además, sólo tenía cuarenta y ocho horas para encontrar algo que ponerse.

Apartó la silla del escritorio y se echó hacia atrás, tenía los hombros tensos y los hizo girar un par de veces para soltar los músculos. Se recostó y apoyó la cabeza…

–¡Nada de dormir en el trabajo, Swan!

Bella abrió un párpado lentamente.

–Hola, Rosalie. ¿Qué haces aquí? ¿No tendrías que estar en el mercado?

–Dave ha cuidado hoy del puesto –movió la cabeza–. Y el mercado cerró hace una hora.

Bella se estiró. Oscurecía a las cinco de la tarde y era fácil perder la noción del tiempo.

–¡Tengo algo increíblemente fabuloso que enseñarte! –Rosalie botó en sus espectaculares zapatos de plataforma. Bella miró la bolsa que tenía entre los brazos–. He encontrado tu vestido.

–¿Mi vestido?

Rosalie sonrió, bajó la cremallera del guardapolvo y sacó el más fantástico… Bella se quedó muda. Saltó de la silla y fue hacia ella.

–Eso no puede ser mío –gimió, tapándose la boca–. Es demasiado… demasiado.

–Tonterías. Es fabuloso.

Eso era indudable. Era un vestido de noche largo, cortado al bies, de satén de color esmeralda. Lo más bonito que Bella había visto en su vida. Pero no lo sería si lo lucía ella. Además, estaba el problema de su pelo. Abrió la boca.

–¡Calla! –Rosalie alzó un dedo y lo movió de lado a lado–. No te atrevas a decirlo. Es un Elsa Schiaparelli genuino y te quedará de impresión. Tengo instinto para estas cosas, ya lo sabes.

Bella estiró el brazo y tocó el lustroso satén.

–¿Dónde lo has conseguido? –murmuró.

–En una subasta –la sonrisa de Rosalie se diluyó un poco.

–¡Una subasta! –clamó Bella. Nunca compraban en subastas. La ropa solía ser de alta costura, de gran calidad y muy cara. Nunca recuperarían lo gastado en su pequeño puesto de mercado–. ¿Cuánto ha costado?

–Pagué la cuarta parte de lo que vale –dijo Rosalie–. Si te preocupa el dinero, no tienes que quedártelo. Lo subastaremos en la fiesta. Junto con todo lo demás…

–¿Qué quieres decir con «todo lo demás»? –preguntó Bella, inquieta.


Edward notó algo diferente. Iba hacia los ascensores tras un largo día de trabajo, pero se detuvo en el pasillo. Percibía una luz de más en algún sitio. Entonces vio una raya amarillenta en la moqueta, al final del pasillo, bajo la puerta del despacho temporal de Bella.

Había intentado evitar ese despacho durante la última semana pero, por una razón o por otra, iba allí a menudo, a pesar de que estaba ocupadísimo. Su trabajo habitual, unido al que implicaba el traslado, lo obligaba a levantarse al amanecer y acostarse de madrugada. Tal vez fuera el cansancio lo que hacía que ese despacho lo atrajera como un imán. Y allí ocurrían cosas raras.

Había pasado años creando una personalidad que encajara con sus ambiciones, pero cuando estaba en el despacho de Bella parecía olvidarse de sí mismo. Hacía cosas poco habituales, como reír, bromear e incluso hablar de temas no relacionados con el trabajo. Notaba cosas que no solía notar: la delicada curva de una oreja, un leve perfume floral, la forma en que unos dedos se curvaban sobre un lápiz… tal vez el aire acondicionado estuviera mal graduado.

De repente, oyó un grito de frustración seguido por el ruido de papeles, como si alguien hubiera lanzado una carpeta al otro lado de la habitación. Corrió hacia la puerta. Cuando la abrió, hojas de papel revoloteaban hacia el suelo.

Bella estaba sentada, con la cabeza entre las manos, farfullando para sí.

–¿Bella? ¿Va todo bien?

Ella se levantó de un salto y golpeó con el codo un montón de papeles, que cayeron al suelo.

–Perdona… tengo una pataleta.

Él movió la cabeza. Bella no tenía pataletas. Era tranquila y serena, igual que él.

–¿Necesitas que llame a alguien?

–¿Conoces a algún matón? –preguntó ella, pensativa–. La única forma de superar momentos como éste es con humor. Humor negro, creo.

–¿Problemas?

–Hoy Rosalie ha perdido la cabeza. Recuerdas a Rosalie, ¿verdad?

Era imposible olvidarla. Cuando iba a visitar a Bella lo miraba de arriba abajo como si fuera un buen corte de carne. Tenía la sensación de que una vez había estado a punto de perseguirlo por el pasillo y acorralarlo contra el escritorio. Recordaba muy bien a Rosalie. Era una jovencita capaz de perder la cabeza, y mucho.

Fue hacia el escritorio y se apoyó en el borde. Bella llevaba una chaqueta de color crema con bordados de lana y perlitas. Debía de ser de cachemira; eso explicaría el deseo que tenía de tocarla. Le cosquilleaban los dedos.

–Rosalie fue a una subasta de ropa porque quería elegir un par de vestidos para la gran final del desfile. Tuvo suerte. Una heredera famosa falleció recientemente, a los noventa y dos años, y toda su ropa estaba en venta.

–Eso es bueno, ¿no?

Bella hizo rodar un lápiz por la mesa y Edward siguió sus dedos con la vista.

–Lo habría sido si se hubiera conformado con un par de prendas. Pero se volvió loca y lo compró todo –le puso una mano en el brazo–. Tranquilo, eso no afectará a la fiesta ni al desfile.

–Pues se diría que supone un problema –miró su mano, que había vuelto a la mesa, y luego los papeles que había por el suelo.

–Habíamos estado ahorrando –suspiró– para montar nuestra propia tienda. Pero Rosalie se ha gastado casi todos nuestros ahorros. Si no recuperamos lo que ha pagado… En fin, digamos que se trata de un gran riesgo.

Sus miradas se encontraron y él sintió algo en su interior. No eran los ojos más bonitos que había visto, si sólo se tenía en cuenta su forma y estructura, pero sí los más inusuales. Tenían… profundidad. Esa noche habían perdido su brillo. Parecían cansados.

Bella debía de estar agotada. Agotada por trabajar para sacarlo del pozo en el que lo había dejado Alice. Y no había oído una sola queja hasta esa noche, y no estaba dirigida a él. Tendría que haberse dado cuenta antes. Pero había disfrutado tanto de su compañía que no se le había ocurrido sugerirle que se marchara temprano o se tomara un día libre. «Eres un egoísta, Edward», se recriminó.

–Ven conmigo –dijo, ofreciéndole la mano.

Ella enarcó una ceja y lo miró con suspicacia.

–lo del matón era broma. Lo sabes, ¿no?

–Lo sé –dijo él. La magia del despacho volvía a actuar; estaba sonriendo.

Ella parpadeó y aceptó su mano.

Bella se sentía como si una traca de fuegos artificiales siseara en su interior. Edward la había llevado a su despacho, le había indicado que se sentara en el sofá de cuero y había levantado el teléfono. Ella, ignorando el sofá, había ido al enorme ventanal que ocupaba toda una pared. Desde allí se veía toda la ciudad. Estaban tan altos, y el cristal tan limpio, que era como estar suspendido en el aire, lejos de las luces de la ciudad y de los coches. Era una vista maravillosa, pero también algo solitaria.

De pronto, notó que Edward estaba a su espalda. Se le erizó el vello de la nuca.

–Es precioso –dijo, para romper el silencio.

–Sí –la voz de Edward sonó algo ronca.

Ella cerró los ojos y apoyó la mano en el cristal. «Piensa en tía Gertrude y la naranja».

Tenía que controlarse. Sólo era un enamoramiento pasajero. Sólo tenía que abrir los ojos, mirar a su alrededor y recordar que pertenecían a mundos muy diferentes. Ella era una simple mortal, y él era… Edward Cullen.

Abrió los ojos, pero sólo vio el reflejo de Edward, que la estaba observando.

No podía ser. Él no podía estar mirándola así. Tenía que ser un efecto de la luz al rebotar en el cristal tintado. Cuando se dio la vuelta, Edward era el de siempre, con ojos y expresión inescrutables. Se había imaginado esa mirada.

–Debes de tener hambre –dijo él. Bella volvió al mundo real, a las cosas prácticas que le sacarían esas tonterías de la cabeza–. He pedido comida a domicilio –añadió él–. Dudo que estemos de humor para hablar cortésmente en un restaurante.

Empezó a protestar, pero él alzó una mano.

–Es lo menos que puedo hacer para darte las gracias. Te has matado a trabajar para sacarme de un lío descomunal. Bella tendría que haberse imaginado que la noción de «comida a domicilio» de Edward no se parecía a la suya. Nada de grasientas bolsas de papel.

Les llevaron comida de uno de los restaurantes de moda de la zona. Tras pagar al chico y darle una generosa propina, Edward fue al escritorio y empezó a despejarlo.

–¿Qué estás haciendo? –preguntó ella.

–Hacer sitio –Edward la miró desconcertado–. Siempre como en el escritorio. Tú puedes utilizar mi silla y yo acercaré…

Bella lo cortó moviendo la cabeza con vigor.

–No puedes comer en el escritorio, como si simularas estar en un restaurante.

–Pero es comida de restaurante.

Bella fue al centro de la enorme habitación, se sentó en la alfombra y cruzó las piernas.

–Para apreciar los sabores y texturas de la comida a domicilio, se impone un picnic. En serio, hace que la comida sepa mejor.

–¿Estás diciendo que ponga mi cena en el suelo? –Edward parecía a punto de atragantarse.

–No –agitó la mano para callarlo; estaba hambrienta–. Digo que te sientes en el suelo y pongas la cena en los platos que han traído.

Por primera vez desde que lo conocía vio a Edward confuso. Era bastante divertido, la verdad. Él, obediente, agarró las bolsas de comida y se sentó a su lado. Se le subieron las perneras del pantalón y vio sus calcetines. Eso hizo que le pareciera más humano, menos peligroso.

La comida estaba deliciosa y Bella descubrió que estaba muerta de hambre. Mientras daban cuenta de los múltiples platos que había pedido Edward, él empezó a relajarse y charlaron de trabajo y de los planes para el baile antes de pasar al tema de los libros que habían leído y odiado. De eso pasaron a hablar de la familia. Bella sabía bastante sobre Alice, pero apenas nada de Edward. Decidió satisfacer su curiosidad.

–¿Qué edad tenías cuando tu Padre se casó con Esme?

Él tardó en contestar, como si lo hubiera sorprendido y tuviera que reagruparse.

–Ocho –dijo, mirando su comida.

Bella sintió dos impulsos igual de intensos. Una parte de ella quería hacer caso a la advertencia de «deja el tema» que emanaba de él, de su postura tensa y de cómo evitaba sus ojos. Le extrañaba, porque parecía que su familia era feliz. ( El papa de Edward, Carlisle Cullen se había casado con Esme Plat una joven y hermosa viuda y a raíz de ese matrimonio nació Alice Cullen.) La otra parte quería ignorar la advertencia y seguir investigando.

Era una noche de alianzas extrañas: Edward y ella, comida de cinco estrellas y un picnic sobre la alfombra. Bella decidió dejarse llevar por la parte de sí misma que solía acallar.

–¿Y antes de eso? nunca hablas de tu madre.

La atmósfera se espesó. Edward la miró.

–Técnicamente, participó en mi existencia –pareció vagamente asqueado por la idea–, pero para ganarse el título de «madre» uno tiene que ocuparse de su vástago. Para mí esa mujer no es más que una desafortunada conexión biológica.

Ella deseó acariciarle la mano, pero intuyó que él no lo permitiría. Había tocado un nervio sensible. Su instinto no le había fallado. Quisiera o no, Edward necesitaba hablar del tema. Lo estaba quemando por dentro.

–¿Cuándo se marchó?

–A los quince días de mi quinto cumpleaños –contestó, mirando la pared.

Su rostro dejó entrever destellos de las emociones que intentaba ocultar. Ella adivinó que estaba recordando. Tal vez si se limitaba a esperar, él se abriría y…

–Estaba cansada de nosotros.

Edward parpadeó. Parecía sorprendido por haberlo dicho. Ella contuvo el aliento.

–No le gustaba la rutina doméstica ni nuestra vida ordinaria. Pensaba que merecía algo mejor –la miró a los ojos–. Mi padre y yo no éramos bastante para ella, así que nos dejó y se fue a la Costa Brava con un Barman del pub local. No he vuelto a verla.

Bella inspiró. Era el discurso más largo que le había oído a Edward sobre temas personales.

–Lo siento mucho –dijo, algo anonadada.

Él se encogió de hombros. La máscara volvió.

–La verdad es que ya no me importa. No me perdí nada con su marcha. Lo que me enfadó fue el lío en el que dejó a mi padre. Él era profesor, tenía muy buen sueldo, y de repente desapareció. A él le costó mucho sacarme adelante solo. Tuvimos que vender la casa. Paso de ser profesor a ser amo de casa a pluriempleado para poner comida y cuidar de mi. Gracias a Dios que se apiado de él y le mando a Esme, ella es la única madre que reconozco.

Bella le pasó un contenedor con arroz, intentando aparentar normalidad. Temía asustarlo si demostraba cualquier tipo de emoción.

–No lo sabía. Como estudiaste en St. Michael, supuse que…

El exclusivo colegio para chicos, en las afueras de Greenwich, era muy caro.

–Becas. Estaba en trámites para obtener un cupo cuando mi madre se fue y nos dejó sin dinero, pero conocían a mi padre, después hice el examen y pude obtener un cupo.

–Debes de haberlo agradecido mucho.

–Cuando pienso en mis días escolares, «agradecido » no es la palabra que me pasa por la cabeza, te lo aseguro –soltó una risa seca.

Se levantó y fue hacia la ventana. Bella tuvo la impresión de que había llegado a su límite y decidió dar un giro a la conversación y, con suerte, animarlo un poco. Se puso en pie.

–Volveré enseguida –dijo. Salió y corrió a su despacho. Cuando volvió, Edward seguía mirando por la ventana, abstraído.

«Llegó el momento», pensó ella.

–¿Recuerdas que dijiste que llevarías algo de época a la fiesta?

–Buen intento, pero no recuerdo haber dicho nada similar –la miró por encima del hombro.

–Pero no te negaste, y eso equivale a un «sí», por defecto.

–Eres una mujer muy persistente, Bella –Edward soltó una carcajada.

–Lo siento –lo miró avergonzada.

–No lo sientas –fue hacia ella–. Me gusta.

Ella sacó el primer objeto de la bolsa que llevaba unos días bajo su escritorio. Abrió una caja y se la enseñó.

–¿Gemelos? –enarcó las cejas pero no dejó de sonreír. Bella pensó que era buena señal–. Son muy… inusuales.

Los gemelos eran un simple octógono estilo art decó. Sencillos, discretos y elegantes. Él alzó uno de los gemelos entre índice y pulgar.

–¿Qué es la piedra que hay en el centro?

–Esmeralda –tragó saliva. Le habían recordado a Edward, pero no podía decírselo.

Había otro regalo en la bolsa y ella rebuscó dentro para ocultar el rubor que estaba a punto de delatarla. Cuando alzó la cabeza, él se estaba quitando los gemelos de su camisa azul oscuro. Los dejó en el escritorio. Eran de platino, sin duda con diamantes.

Bella pensó que por eso tenía que poner fin a su enamoramiento. Ella le regalaba plata vieja con gemas semipreciosas y él podía pagar las joyas más exquisitas de los mejores diseñadores. No necesitaba lo poco que podía ofrecerle.

Estuvo a punto de guardar de nuevo el segundo regalo, temiendo que le pareciera una broma barata, pero Edward estaba ocupado admirando sus nuevos gemelos.

–Me gustan. Son difer… –hizo una pausa y sonrió–. Son exclusivos.

Ella le devolvió la sonrisa.

–Si los gemelos te parecen diferentes, espera a ver esto –le ofreció la bolsa y dio un paso atrás.

Edward examinó la pequeña bolsa de regalo de color negro con cinta dorada a modo de asas. Las palabras El ropero de Rosalie estaban estampadas por delante, con letras cuadradas que le recordaron los carteles de películas antiguas. Miró dentro.

–Es una corbata –dijo, con alivio.

Y para ser una corbata vieja y desechada, era muy bonita. La seda era de un verde tan oscuro que parecía negro. Perfecta para el traje de color carbón que iba a ponerse. Miró a Bella sin molestarse en ocultar su sorpresa.

–Gracias. Me aseguraré de devolverte todo en buenas condiciones tras la fiesta.

Bella se sonrojó intensamente y movió la cabeza de lado a lado.

–Son regalos.

Edward no supo qué decir. Había recibido muchos regalos de mujeres, y mucho más caros, pero sabía que, aunque buscara por todo el mundo, nunca encontraría un duplicado de esas cosas. Y nadie le había dado nunca algo que resumiera tan bien su personalidad. Bella lo conocía. Eso tendría que haberlo preocupado, pero no fue así. Más bien sintió algo parecido al alivio, como si pudiera respirar libremente por una vez.–

-¿Te los pondrás para la fiesta?

La pregunta lo sorprendió. No podía pensar que él fuera tan grosero. Se los habría puesto aunque los odiara, pero lo cierto era que empezaba a gustarle la idea de unirse al tema de la velada, en vez de estar solo, ser el diferente.

–Por supuesto que sí.

–Es sólo que… –arrugó el rostro–. Tenía la sensación de que no te gustaba la idea.

A él le molestó haber estado a punto de herir sus sentimientos. Bella se había esforzado mucho y tenía la sensación de que le debía algo. Fue al sofá y se sentó. Pidió su compañía con una mirada. Ella se sentó a su lado y se giró hacia él.

–Puedo hablar contigo, Bella. Es muy fácil estar en tu compañía.

Ella no dijo nada, le lanzó una mirada extraña. Él titubeó un segundo. No sería capaz de contarle nada si veía compasión en sus ojos. Esos ojos que lo tenían hechizado. No dejaba de imaginar sus párpados cerrándose y sus labios dejando escapar un suspiro. Había sido mala idea pedirle que se sentara con él, su proximidad lo distraía. Estuvo en silencio un rato, mirando la lámpara.

–La gente cree que ir a una escuela como St. Michael es una bendición, un privilegio. Pero sólo lo es si se encaja allí dentro.

–¿Tú no encajabas? –preguntó ella, con un leve deje de preocupación.

–No. Claro que no –soltó una risa seca.

Apenas lo habían tolerado los dos primeros trimestres. Había recibido muchas miradas de odio por ser el empollón de la clase. Pero él se negaba a hacerse el tonto, por más que murmuraran James Witherdale y sus amigos.

–Pronto se corrió la voz de que era un caso de caridad, becado. Había un grupo de chicos, una banda, en realidad. Ya sabes cómo son los chicos –de reojo, vio que ella asentía–. Cuando se enteraron de que también me daban las comidas gratis, se centraron en amargarme la vida.

No iba a contarle cómo, pero los chicos de colegio privado no solían limitarse a las palabras y Witherdale había sido especialmente creativo.

–Todo culminó el día que uno del grupo se dio cuenta de que llevaba una de sus viejas chaquetas de uniforme. Mi padre se había entusiasmado al encontrarla en una tienda benéfica y en tan buen estado.

Sintió náuseas y apretó la boca. Aún podía oír la cantinela: «pobretón. Perdedor. Don nadie».

Esa vez, en lugar de ignorar los infantiles insultos, de irse de allí y no rebajarse a su nivel, había peleado, y con saña.

Había merecido la pena, a pesar de las semanas de castigo y el sermón del director.

Witherdale y sus colegas no habían vuelto a tocarlo, pero siguieron con los insultos. Dejaron de importarle. Se negó a volver a ponerse la chaqueta del uniforme, a pesar de que supusiera un castigo. Había repartido periódicos unos meses y ahorrado para comprarse una maldita chaqueta nueva. Y la había llevado con orgullo. Pero al grupito le había dado igual. Ya lo habían etiquetado e impuesto su veredicto. Hiciera lo que hiciera, no cambiarían de opinión.

No le contó nada de eso a Bella, pero cuando volvió a mirarla supo que lo intuía, que entendía su humillación. Lo enfureció pensar que podía ser porque había pasado por algo vagamente similar. Sabía que ella entendía lo difícil que era no estar a la altura de las expectativas de la gente.

–Así que no tengo buen recuerdo de lo que supone ponerse ropa de segunda mano –bromeó.

Ella tocó su mano. Un gesto sencillo, sin importancia, pero que a él le atenazó la garganta.

–La calidad supera el paso del tiempo –dijo ella, mirándolo a los ojos–. Sobrevive a la moda, al prejuicio, a las opiniones erróneas, al final sale a la luz, aunque nadie la viera en un principio.

Él se sentía muy extraño cuando lo miraba así, con los ojos muy abiertos, brillantes y húmedos. Alzó una mano y pasó el pulgar por debajo de cada ojo. Ella no podía llorar por él.

Aunque lo había emocionado su sinceridad, no podía permitir que las lágrimas se derramaran. Temía su propia reacción, lo que podría llegar a sentir si caían. Así que desvió la mirada hacia su boca. Tenía unos labios preciosos y sintió el impulso de probarlos. Y esa vez no se molestó en ignorarlo. Bella sintió un escalofrío. Edward la miraba con sus ojos de esmeralda y las chispas doradas parecían brillar más. Su corazón se desbocó.

Se obligó a pensar en la tía Gertrude, y en cómo arrugaba la cara y resoplaba para que no se le cayera la naranja. Pero esa imagen se transformó en la de Edward, con sus ojos oscuros e intensos, concentrándose en sostener la maldita fruta. Y un segundo después no se la pasaba a la tía Gertrude, sino a ella, acercaba el rostro y levantaba la barbilla para hacer el intercambio. La naranja desapareció y sólo hizo falta un mero ajuste de ángulos para que sus labios y los de él se encontraran.

Dejó escapar un leve suspiro…

Y de repente sintió una descarga eléctrica.

Era real. Los labios de Edward estaban sobre los suyos, besándola. Al principio, se quedó demasiado atónita para responder, pero luego no pudo evitar devolverle el beso, y labios y lengua se encontraron con dulzura equivalente.


cha cha chaaannn... Quieren saber que pasa?
Haganmelo saber... Saludos a todas la chicas que leen la historia y aquellas que la han puesto en sus favoritos y alertas, y a las fantasmitas
que son muchas, muchas gracias.