Les agradezco infinitamente sus comentarios chicas, les dejo un capitulo mas de esta maravillosa historia. Ya saben los personajes son de StpMeyer
y la historia de otra gran escritora.

Gracias a dukesisa,ExodoOo,rumpelsinki,Nekbhet,.- por sus comentarios.
Dukesisa, sorry no te pude enviar adelanto, por que tu review ya me llego tarde, pero te prometo el de hoy sin falta.
Ana cullen.- Gracias por tu comentario, no tengo como enviarte tu adelante, pero gracias por leer.


Capítulo 6

Un beso de cuento de hadas. Perfecto en todos los sentidos. Cálido y experto, la estaba volviendo loca. Y de pronto cambió, se hizo más intenso. Oyó algo parecido a un gruñido, unas manos firmes se cerraron alrededor de su cintura y se encontró sentada en su regazo.

Las manos siguieron deslizándose por su chaqueta, acariciando, palpando. Él apartó los labios de su boca y recorrió su mandíbula y su cuello. Bella se aferró a él, acariciando su espalda y su cabello. Se preguntó qué le estaba haciendo Edward.

Las oleadas de cosquilleo empezaron a menguar y la fría realidad cayó sobre ella. Era Edward Cullen. Un magnate de la informática. El hombre que tenía lo mejor de lo mejor. El beso había sido perfecto, pero no era real; era una reacción a un momento emotivo. Ella era Bella y, él, Edward. Era un momento de locura. Un error.

Lentamente, intentó apartarse de él, pero descubrió que Edward era más que persistente. Pero no la estaba besando a ella. Sólo se sentía vulnerable…

–Edward –consiguió susurrar entre besos. Apoyó la frente en la suya, jadeante. Notó que él sonreía, pero estaba demasiado cerca para verlo.

–Bella –dijo él.

Ella deseó cerrar los ojos y olvidar que tenía que poner fin a la situación, antes de que hicieran algo monumentalmente estúpido. Edward se acercó para besarla de nuevo, pero ella consiguió alejarse e impedirlo.

–Edward… tengo que…

No terminó la frase. Aprovechó su sorpresa para liberarse y ponerse en pie. Él parecía desconcertado, estaba adorable. Habría apostado a que poca gente había visto esa expresión en Edward Cullen. Fue hacia la puerta.

–No te vayas –se levantó de un salto.

–Tengo que irme… –se mordió el labio, sin detenerse–. Lo sabes, ¿no?

Corrió por el pasillo hacia el ascensor, dejando su bolso, su abrigo, todo, en su despacho. Entró y se apretó contra la pared de acero. Le pareció que la puerta tardaba una eternidad en cerrarse, pero ninguna mano impidió que lo hiciera.

«Es fácil estar contigo», repitió para sí; por lo visto, también era fácil dejarla marchar.

No la había seguido, maldito fuera.


Faltaban unas horas para el baile de inauguración de la sede de Soluciones NewMoon y Edward estaba de un humor pésimo. Su asistente personal había desaparecido hacía un rato, para un recado urgente, y aún no había vuelto.

Bella también estaba desaparecida.

Se preguntó por qué la había besado.

No la había visto desde el jueves por la noche. Aunque su cabeza le decía que seguramente estaría en el nuevo edificio, supervisando la construcción de la pasarela o dando instrucciones al catering, una parte de sí, más tozuda, se lo estaba tomando como algo personal.

Incluso Jessica y Tanya habían sabido cómo eran las cosas. Nada serio, ninguna atadura. Cuando se acababa, se acababa. Las mujeres no lo besaban y echaban a correr. Básicamente, se quedaban hasta que él decidía librarse de ellas.

Pensó que eso sonaba de lo más pomposo. Era insoportable y estaba tan pagado de sí mismo que se habría abofeteado. No sabía cuándo se había vuelto así. Ni por qué nadie se lo había dicho.

«Bella te lo dijo. Cuando te miró con asombro y horror y salió corriendo. Ella sabía lo que había hecho y en qué te has convertido tú».

Sin embargo, no dejaba de pensar en ese beso. Cuando besaba a otras mujeres hacía un papel, era un juego, una sutil lucha de poder en la que intentaban dilucidar quién tenía más control. Pero cuando besaba a Bella se había limitado a ser. El momento lo había atrapado y sólo había percibido lo agradable que era el contacto de su cuerpo y una extraña sensación de plenitud. Bella era pura honestidad. No pretendía ser lo que no era. Se ponía lo que quería y decía lo que quería decir. No se había inventado una persona que había pasado a dominar su vida. Él sí.

Era como si hubiera avanzado hacia su objetivo, sin mirar atrás, consumiendo todo a su paso. Bella le había hecho pararse y recordar de dónde había venido, quién había sido. lo había impactado darse cuenta de lo mucho que había cambiado. Y ya no podía olvidarlo. Su otro ser, el verdadero, era como un fantasma que llevaba al hombro y le susurraba al oído, haciéndole dudar de cuanto había conseguido. Incluso del maldito baile de esa noche.

Empezaba a parecerle un circo de tres pistas, en vez de un evento elegante. La única razón por lo que no lo había cancelado era porque Bella estaría allí. No sabía por qué quería verla ni qué iba a decirle; pero tenía que verla.

Bella no tenía fuerzas para discutir sobre peinados y maquillaje con Rosalie. Había bloqueado el recuerdo del beso de Edward y de su huida matándose a trabajar las últimas cuarenta y ocho horas. Estaba hecha puré.

Todo estaba listo y sólo restaba vestirse para representar con honra a El ropero de Rosalie.

No ayudaba nada estar en el nuevo despacho de Edward, ya amueblado. Era su espacio personal y, aunque aún no lo había ocupado, los intensos colores de la alfombra, los paneles de madera, la silla de metal y tiras de cuero e incluso la lámpara de bronce del escritorio, idéntica a la de su despacho anterior, hacían imposible olvidar que estaba en su territorio.

Como Rosalie y ella iban a pasar allí todo el día, finalizando los preparativos, habían acordado arreglarse para el baile en el despacho. Oculto tras una puerta casi invisible había un espacioso cuarto de baño y un pequeño vestidor.

Gracias a Dios, aunque estaba en el territorio de Edward, no había ni rastro de él.

Sin embargo, cada célula de su cuerpo anhelaba verlo de nuevo. Su cerebro hacía lo posible por protestar, pero perdía la partida.

Dejó que Rosalie la empolvara, cepillara y se burlara de ella mientras su mente regurgitaba lo sucedido aquella noche en el antiguo despacho de Edward. Se preguntó por qué la había besado. Tenía teorías, pero no datos sólidos. ¿Empatía? ¿Una conexión a cierto nivel? ¿O porque sus labios eran los que tenía a mano en ese momento?

Suspiró y Rosalie la regañó por moverse.

No había futuro para un hombre como Edward, seguramente multimillonario, y una chica normal y corriente como ella. Era una novia de segunda mano. Y sabía que Edward rechazaba de plano las cosas de segunda mano.

–¿Podrías dejar de suspirar, por favor? –estalló Rosalie–. He estado a punto de sacarte un ojo con el aplicador de máscara.

–Perdona –Bella volvió al mundo real.

Rosalie estaba ante ella con un vestidito negro que era una combinación de la modestia de los cincuenta y puro pecado. La falda tenía vuelo y largo medio, la cintura era de avispa y el corpiño estaba recubierto de lentejuelas. Los zapatos rojos de tacón de aguja, de diez centímetros de altura, habrían hecho llorar de gusto a cualquier hombre.

Dio un paso atrás para admirar su obra.

–Fabuloso. Aunque sea yo quien lo diga.

Bella sólo notaba que sus párpados pesaban más de lo habitual.

–Ahora, ¡el vestido! –Rosalie estaba como loca. Corrió al vestidor y Bella oyó que hacía algo. Volvió con expresión de superioridad.

–He tapado el espejo con mi abrigo. No puedes mirarte hasta que lleves puesto el vestido y los zapatos. Tienes que ver el efecto de conjunto.

Bella asintió y, obediente, fue al vestidor. El vestido estaba colgado dentro de una funda protectora. Lo sacó y se lo puso sobre la carísima lencería que Rosalie casi le había obligado a comprar. Había accedido porque el vestido se merecía que le hicieran justicia.

Subió la cremallera lateral y se inclinó para ponerse los zapatos con tacón de plexiglás. El esmeralda del vestido se reflejó en los tacones transparentes y eso le pareció pura magia. Por fin iba a estrenarlos, con un vestido digno de ellos.

–Puedes entrar.

Se dio la vuelta, esperando ver una sonrisa de satisfacción en el rostro de su amiga, que se creía la reina del cambio de estilo. Pero Rosalie la miraba boquiabierta.

–Caramba. Y más que caramba.

Bella hizo una mueca. Rosalie era la reina del drama. Y todo porque se había puesto un vestido y algo de maquillaje…

Rosalie retiró el abrigo del espejo. Y fue Bella quien se quedó boquiabierta.

–¡Te lo dije! –Rosalie estaba casi saltando–. ¡Te dije que era tu vestido!

Era cierto que le había parecido exquisito mientras se lo ponía, pero había estado demasiado estresada pensando en Edward para imaginar cómo le quedaría. Era increíble. Rosalie tenía razón, el conjunto era mayor que la suma de las partes. Ése era su vestido.

El satén cortado al bies fluía sobre curvas que ella no había sabido que tenía, tal vez porque las escondía en vez de acentuarlas con lencería apropiada. El color hacía que su piel pareciera de porcelana. Y su pelo… Seguía siendo tan fieramente brillante como siempre, pero llevaba la raya a un lado y caía sobre su rostro en suaves ondas; el flequillo casi le tapaba un ojo. Rosalie había farfullado sobre Rita Hayworth y Veronica Lake mientras la peinaba, pero Bella no había prestado atención. Le encantó el conjunto. El pelo, el vestido y los zapatos… sobre todo los zapatos.

–Gracias –musitó, emocionada.

–¡No te atrevas! –Rosalie se acercó y le dio un abrazo–. El baile empieza dentro de veinte minutos y no tendré tiempo para volver a pintarnos los ojos a las dos. Vamos, tenemos que bajar para solucionar los fallos de última hora.

Salieron del vestidor y Bella agarró su bolso.

–Déjalo –dijo Rosalie–. Necesitaremos tener las dos manos libres cuando lleguemos abajo.

A Bella le pareció buena idea. No sabía llevar un bolsito en la mano sin dar la impresión de que se aferraba a él. Y era poca cosa para el vestido.

–¡Que empiece el show! –Rosalie sonrió.

El show de Edward. Y con todo el trabajo que había hecho, también el show de Bella. Tenía que dar un paso al frente y convertirse en la primera dama, en vez de ser una actriz de relleno.


La fachada del edificio de Soluciones NewMoon estaba iluminada. Las luces blancas daban relieve a la piedra tallada, dando la impresión de que la columnas se alzaban hacia el cielo, sin fin. Según iban llegando, los invitados se maravillaban de la transformación que había logrado el indómito Edward Cullen. Habían tenido un edificio maravilloso ante las narices durante años, sin ver su potencial. Era pura magia.

Entraban y seguían admirándose de todo: los suelos de mármol blanco y negro, las lámparas art decó del techo y la oscura madera original.

El glamour del viejo Hollywood.

Los invitados habían acogido el tema central con entusiasmo. Las telas brillaban y crujían, las joyas destellaban y todo el mundo parecía sentirse importante. Algunos hombres llevaban sombrero de copa y bastón, como Fred Astaire.

Los murmullos subían de nivel cuando los invitados llegaban al patio. Entonces se hacía un silencio, tomaban aire y volvían a hablar.

Intencionadamente, la iluminación era tenue y pequeños focos blancos brillaban en el techo de cristal como estrellas. Había flores de color blanco cremoso por todas partes. En un extremo del atrio estaba el escenario, con filas de sillas delante; en el otro había una pista de baile y una orquesta de cuarenta músicos de jazz, con cantante vestida de blanco y orquídea en la oreja. Un ejército de camareros paseaba con bandejas de cócteles.

En el centro del atrio estaba la fuente y el agua fluía burbujeante, como champán. Estaba rodeada por un cuadrado de losetas de mármol negro, y en cada esquina había una maceta con un gran árbol. Allí, bajo uno de esos árboles, estaba Edward Cullen, tan sereno y compuesto como se esperaba de él. El anfitrión perfecto. Saludaba a sus invitados con calidez, por su nombre, haciendo que se sintieran bienvenidos en su pequeño rincón del universo.

Edward, sin embargo, estaba lejos de sentirse sereno y compuesto. Pero lo ocultaba muy bien. Se dio la vuelta con una sonrisa al oír su nombre. Sólo se permitió un microscópico parpadeo al ver quién había hablado.

–James Whiterdale–se guardó de decir que estaba encantado de ver al hombre que había convertido su época escolar en una pesadilla.

–Edward –el hombre le estrechó la mano con firmeza–. Muchas gracias por invitarme… por invitarnos –miró a la mujer que estaba a su lado, una morena de ojos agudos, embarazada–. Estamos encantados de estar aquí.

Eso era lo que había querido, ver y oír a James Whiterdale inclinarse ante él, sonriendo y simulando que el pasado no había tenido lugar. Edward siempre había sabido que cuando llegara ese día, él habría ganado. Olvidaría las palizas y sería libre.

En ese momento, como si el universo hubiera decido concedérselo todo, la vio. Jessica.

Iba hacia él, resplandeciente con un vestido largo, rosa oscuro y con un lazo, que le recordó la escena de una película de Marilyn Monroe, en la que ella cantaba sobre diamantes. Jessica también lucía unos cuantos.

Se preguntó por qué estaba allí y cómo había entrado. Él no la había puesto en la lista de invitados. Pero era Jessica Stanley-Jones y no necesitaba invitación para entrar en ningún sitio.

A pesar de que hacía semanas que no la veía y que la había dejado plantada en su piso con una mueca de odio en la cara, parecía sentirse muy cómoda. Se acercó y lo besó en la mejilla antes de darse la vuelta y sonreír a Whiterdale y a su esposa. Edward hizo las presentaciones.

Whiterdale no dijo nada, se limitó a dar un cariñoso apretón a su esposa. Sin saber por qué, eso complació a Edward.

–Por cierto –dijo Whiterdale en voz baja–, ¿podría hablar contigo un momento? –condujo a Edward a unos metros de allí, tras el árbol, que los ocultaba de los invitados que seguían llegando.


El pase de modelos iba a empezar en quince minutos y todo era un caos. Las modelos corrían de un lado a otro en ropa interior, había percheros con ropa por todos sitios y las nubes de laca que requerían los elaborados peinados retro empezaban a darle tos a Bella.

Aunque todas sus amigas del mercado estaban allí ayudando, era una locura. Bella se apoyó en una mesa y se preguntó por enésima vez por qué había aceptado ocuparse de todo. Aún no había podido salir de detrás del escenario para ver cómo iba la fiesta. Dependía de los informes de Jane, la asistente de Edward, que parecía estar disfrutando de lo lindo con todo.

Sintió una mano en el hombro y se tensó.

–Tenemos una emergencia –dijo Rosalie, pálida.

Era por lo menos la quinta vez que decía eso desde que habían bajado.

–No, esta vez es una auténtica emergencia –afirmó, como si le hubiera leído el pensamiento–. Una de las modelos, Amber, ¿sabes cuál es? Está vomitando en el cuarto de baño. Le echa la culpa a la ensalada de arroz que almorzó. ¡Tiene un aspecto horrible! no puede desfilar.

–¿No podemos repartir sus vestidos entre las demás modelos? –sugirió Bella.

–Los cambios son demasiado rápidos. Habría espacios muertos en el desfile y no sería nada profesional –dijo Rosalie.

Bella pensó unos segundos, en silencio. De repente, recordó que a Rosalie le encantaba el drama. Pero no estaba rechinando los dientes ni retorciéndose las manos. La miró con intención.

–Tienes un plan, ¿verdad?

–¡Lo tengo! –el rostro de Rosalie se iluminó.

–¿Y el plan es…?

–Tú –clavó una uña perfectamente pintada en su pecho–. Tú eres mi plan.


Edward había seguido a James, asombrado de que quisiera hablar con él. Cuando estuvieron solos, James se removió con inquietud.

–Quería pedirte disculpas –alzó la vista y volvió a bajarla–. Debería haberlo hecho antes… pero no lo hice. Tal vez sea un cobarde.

Eso había pensado Edward siempre.

James cuadró los hombros y lo miró a los ojos, algo que Edward no creía que hubiera hecho antes, ni cuando lo inflaba a puñetazos.

–Quiero pedirte perdón por cómo te traté en la escuela. Entonces… digamos que tenía problemas en casa y me desquitaba con gente como tú, fácil de atacar –su expresión se nubló con arrepentimiento genuino–. No es que fueras el blandengue que yo creía. Nunca te acobardaste, por más que lo intenté. Eso me incitaba a seguir probando. Sé que era una actitud inexcusable, pero me temo que no me educaron lo bastante bien para darme cuenta de eso. Mi padre era el único ejemplo que tenía.

Edward se había cruzado con Whiterdale padre unas cuantas veces en los últimos años. Era un importante banquero. No le habría gustado trabajar para él y mucho menos ser pariente suyo. Trataba mal a todo el mundo. Ser su hijo tenía que haber sido una pesadilla. Por lo que había visto, nada conseguía satisfacerlo nunca.

Lo miró y ya no vio a un enemigo arrogante y demasiado poderoso para él. Vio el residuo de un chico que no había tenido la fuerza necesaria para oponerse a un padre vengativo. Se preguntó cómo no había visto nunca lo débil y merecedor de lástima que había sido James Whiterdale Tampoco había visto cuánto se parecían por dentro. Ambos habían sido heridos por la mala opinión que sus padres tenían de ellos, aunque exteriormente lo manifestaran de formas muy distintas.

–Ya no soy así, Edward. He cambiado –miró a su esposa, que charlaba con Jessica–. Quería que supieras que me arrepiento de verdad.

Edward se quedó parado, parpadeando, mientras las ascuas de ira que había alimentado durante casi veinte años humeaban y se consumían. No podía simular que no había oído sus palabras, aunque en parte lo deseaba. Así habría podido seguir odiando, alimentándose de ese odio. Pero James Whiterdale se había disculpado sinceramente, y Edward no era hombre que ignorara el coraje y la integridad.

Estiró el brazo y estrechó la mano de James.

Éste soltó un largo suspiro de alivio y comunicó a su esposa, con una mirada, que había cumplido su cometido. Por desgracia, eso dio pie a Jessica para acercarse con la mujer. Se agarró a su brazo y se apoyó en él, con los enormes ojos azules abiertos y pestañeando, un truquito que sabía que gustaba a los hombres.

A Edward no le habría importado charlar con James y su esposa diez minutos más. Lo malo era que Jessica se había aferrado a él como una lapa.

Era obvio que la mujer de James estaba muy enamorada. Lo miraba con adoración y de vez en cuando se acariciaba el abultado vientre.

Edward se sintió muy raro. Miró al hombre que era James en la actualidad y, aunque no creía que llegaran a ser amigos, admitió cuánto había madurado. Hacía falta tener agallas para humillarse ante el mayor enemigo de uno.

Se preguntó dónde estaba esa esposa que lo adorara a él y la promesa de una nueva vida. No estaban. Porque había dedicado su vida a demostrar a los James Whiterdale del mundo que era su igual, y más. Y había decidido que la mejor manera de hacerlo era amasar tanto dinero como pudiera y pasear por la ciudad con criaturas insulsas como la que tenía colgada del brazo.

James no había dejado que el pasado definiera su vida. Edward llevaba años luchando contra fantasmas, sombras de chicos abusivos que, por su parte, habían madurado y formado una familia. De repente se dio cuenta de que librarse de su ira dejaba un agujero enorme en su vida. Y lo peor era que no tenía ni idea de cómo llenarlo.


–¿Qué quieres decir con que soy tu plan? ¡Ah, no! De eso nada. ¡Ni en broma!

El drama entró en acción. Rosalie alzó las manos y las agitó en el aire.

–¡Mira a tu alrededor! Muchas de las modelos tienen un físico parecido al tuyo. La pobre y enferma Amber podría ser tu doble.

Era cierto, más o menos. Pero Bella sabía que, aunque tuviera el cuerpo adecuado, era absolutamente incapaz de andar por la pasarela.

–Rosalie, estás loca. Tienes que haberme confundido con alguien capaz de dar más de cinco pasos con tacones sin tropezar. Hay escalones…

El escenario era plano, un rectángulo cuyo lado más largo miraba hacia la audiencia. Pero habían ahorrado espacio para la pista de baile construyendo unos escalones por los que bajarían las modelos antes de caminar por el suelo de mármol, darse la vuelta y volver atrás.

–Tonterías –dijo Rosalie–. Lo harás bien.

Bella se puso las manos en las caderas. Su futuro negocio estaba en juego y no iba a arriesgarlo con sus andares desgarbados. No iba a salir y dejar que todo el mundo la mirara. Sobre todo cuando habría alguien muy concreto mirando, desbocándole el pulso y encogiéndole el estómago. Había muchas probabilidades de que cayera a sus pies, literalmente.

–Esto no es un cuento de hadas ni un musical de Broadway –dijo, agarrando a su amiga–. Esta pobre insignificante no se pondrá los zapatos de estrella para salvar el día. ¡No puedo hacerlo!

Esperó el estallido, que Rosalie suplicara, rogara y manipulara, pero su amiga seguía mirando el escenario. Estaba absorta.

–Espera un momento –dijo. Luego corrió hacia los vestuarios.


Las luces se atenuaron, excepto en el escenario, y se oyó un ronroneo de excitación. Una música suave, de los años cincuenta, surgió de los altavoces. Las hileras de sillas estaban enfrentadas, con un pasillo central en medio por el que desfilarían las modelos.

Una figura solitaria salió al escenario y se oyó una exclamación colectiva. Edward, sentado en primera fila, sonrió. Sabía cuánta planificación había requerido el evento, hasta el último detalle.

Sabía, por ejemplo, que la mujer que había en el escenario, con falda de vuelo, zapatos planos, prístina blusa blanca y un pañuelo al cuello, no era Audrey Hepburn, sino una de las dobles profesionales que Bella había contratado para que el pase de modelos resultara más dramático. Por las expresiones de la gente, había funcionado. «Audrey» bajó los cinco escalones que llevaban del escenario al suelo manteniendo en todo momento su interpretación del personaje. Hubo un aplauso espontáneo del público. Después, salió otra modelo, con un vestido blanco estampado con rosas rojas. Llevaba un pañuelo blanco en la cabeza y gafas de sol. Le resultó familiar.

Era Rosalie. Se preguntó qué hacía ella desfilando. No era su trabajo, aunque teniendo en cuenta la reacción de los hombres que tenía enfrente, debería serlo. Parecían dispuestos a seguirla dondequiera que fuese.

–Disculpen –dijo una voz suave por los altavoces. A Edward se le erizó el vello.

Temió tener un infarto allí mismo, en su propia fiesta. Era Bella. Y estaba… Bella era… Era lo único en lo que podía pensar. Lo único que quería mirar. Era cuanto había imaginado que podía llegar a ser y mucho más.

Llevaba un vestido verde oscuro que fluía y se curvaba a su alrededor. ¡Y su pelo, sus ojos! Bella se dio la vuelta para preguntar algo a alguien que estaba detrás del escenario y Edward creyó que se le había parado el corazón de verdad.

Si la parte delantera del vestido era espectacular, la de atrás era… indescriptible.

Dos cintas de satén se cruzaban entre sus omóplatos, bajaban y seguían bajando hasta llegar a la parte baja de su espalda, al inicio de la curva de su trasero. Alguien soltó un silbido y Edward estuvo a punto de buscarlo para partirle los dientes. Consiguió contenerse. A duras penas. Ella giró de nuevo y probó el micrófono. Edward se preguntó qué hacía Bella allí, mirando a la audiencia con esos ojos enormes y redondos.


Y aparecio la bruja del cuento... Mañana mas de la fiesta, que sucedera en el baile?
Gracias a todas las chicas que dejaron su comentario, como recompensa tuvieron un adelanto... Quieren saber que pasara mañana?