Los personajes pertenecen a Stp Meyer y la historia a una gran escritora...

Gracias a las chicas que siguen esta historia y aquellas que alegran mi dia, por tomarse un minuto
y comentar lo que les esta pareciendo esta historia, que aunque no es mia, me alegra encontrar
a chicas soñadoras como yo, que disfrutan una historia imaginandose a los protagonistas de Meyer.

Gracias a Elle Cullen'.D,bere-cullen, ExodoOo,rumpelsinki, Umee-chan y Nekbhet, por sus comentarios.

Preparense para suspirar...


Capítulo 7

«AY, Dios. ¿Qué hago yo aquí?», pensó Bella.

Todas las miradas estaban fijas en ella. Todos aguzaban el oído para escucharla. El problema era que no sabía qué decir. Esperaban algo ocurrente y entretenido. Pero ella tenía la mente llena de frases inconexas.

Se preguntó por qué se había negado a hacer de modelo. Así sólo habría tenido que soportar que la miraran. Pero cuando Rosalie decidió sustituir ella misma a Amber, se había visto obligada a asumir el papel de subastadora. Además de ser vista, tenía que hablar.

El plan era subastar las prendas tras el pase de cada grupo, para que estuvieran frescas en la mente de la gente. La primera modelo, Annie, la que se parecía a Audrey, salió al escenario y se sujetó las manos a la espalda con actitud relajada y juvenil. Bella recordó varias escenas de Vacaciones en Roma, casi podía oír la música en su cabeza; sintió en su corazón los latidos del primer amor de una chica tímida que había escapado de sus obligaciones durante unos dí las palabras se ordenaron en su mente. Tomó aire y se inclinó hacia el micrófono.

–Damas y caballeros, imagínense en Roma, en pleno verano, recorriendo las concurridas calles en una Vespa, con el viento en el pelo y sensación de libertad en el corazón…


Si alguien le hubiera preguntado a Edward por cuánto se había vendido cada prenda, no habría podido contestar. Sólo había prestado atención a la suave claridad de las palabras de Bella, al movimiento de sus manos cuando describía una prenda, a la sonrisa que dedicaba a quienes ganaban la puja. Edward siempre sabía qué quería en la vida, y lo que quería en ese momento era una de esas sonrisas.

Estaban en la última fase de la subasta, la dedicada a Marilyn, con vestidos de noche de todos los colores del arco iris y todo tipo de materiales: encaje, satén, tafetán, organza…

Edward no sabía nada de telas, pero las palabras de Bella se habían grabado en su mente. Era impresionante. Tenía a la audiencia comiendo de su mano, pendiente de cada sílaba. Rosalie habría sido una gran subastadora, incrementando las pujas con sus curvas y su descaro, pero Bella… Bella era algo totalmente distinta. Tenía una forma única de ver las cosas y estaba sacando el mayor partido posible a ese don. No vendía las prendas, vendía el sueño, la esencia de esas películas clásicas. No se limitaba a describir cada prenda, la ponía en contexto, creando una historia sobre cada blusa, cada bolso, cada vestido, hasta que los invitados se desesperaban por sobrepujarse unos a otros y vivir esa fantasía. Tenía la sensación de que algunos artículos habían alcanzado precios desorbitados.

Había estado tan atrapado en su hechizo que no había pujado por nada, se había olvidado de ganarse una de sus sonrisas. Tampoco habría sabido qué comprar. Ya no había una mujer en su vida a quien regalarle una estola o un sombrero. Se acababa de subastar el último artículo, un vestido transparente con bordados metálicos parecido al que Marilyn había lucido en Con faldas y a lo loco. Un vestido memorable.

Pero no habría servido. A ella no le habría quedado bien. De repente, supo que había estado esperando comprar algo para Bella, sin saberlo.

Arrugó la frente, irritado consigo mismo. Tendría que haberse dado cuenta antes, todo se había vendido y había perdido la oportunidad de sorprenderla con un regalo con el que agradecer la fantástica labor que había hecho. Una vocecita lo urgió a ponerse en pie y exigir a uno de los felices ganadores que renunciaran a su compra. Era su baile, su edificio, su noche; sabía que nadie se negaría a complacerlo. Pero no lo hizo.

Imaginó la mirada de desaprobación de Bella; ella no aceptaría nada que hubiera obtenido así. Así que mantuvo la boca cerrada.


Se hizo un silencio, Bella agarró el micrófono y caminó hasta el centro del escenario.

–Tenemos una última prenda de época que subastar esta noche… –hizo un pequeño giro y a Edward se le desbocó el corazón–. Este vestido es de Elsa Schiaparelli.

Se oyó un murmullo de excitación en la sala.

–Es un vestido de noche de satén, esmeralda oscuro, diseñado en 1938 para…

Edward no escuchó los detalles. No los necesitaba. Ése era el vestido de Bella. Nadie más debería ponérselo nunca e iba a asegurarse de que nadie lo hiciera.

Iba a comprarlo para ella. Y, en el proceso, se ganaría una de esas sonrisas.


Había sido una decisión de último momento. Rosalie le había dicho que podía subastar el vestido y, aunque era lo más bonito que se había puesto nunca, no volvería a tener la oportunidad de lucirlo. Al día siguiente vestiría de nuevo vaqueros, camisetas y zapatillas deportivas.

La subasta había conseguido recaudar una cantidad impresionante para la asociación benéfica, mucho mayor de lo que habían creído posible, y prefería que el exquisito vestido añadiera un par de cientos de libras más a la suma a que quedara encerrado en la parte trasera de su armario, sin hacer bien a nadie.

–Iniciaré la subasta en cien libras –el precio de reserva era de quinientas. Estaba segura de que se vendería por mucho más–. ¿Tenemos cien libras?

Una mano se disparó hacia arriba rápidamente.

–Cien libras de la dama del fondo. ¿Oigo…?

–Doscientas.

Bella se detuvo y se volvió hacia la voz. Era Edward. Sus ojos se encontraron. Se preguntó para qué diablos quería él un vestido como ése.

–Doscientas. ¿Alguien…?

–Trescientas –pujó una mujer con una estola de armiño. Edward no tuvo tiempo de hablar.

–Quinientas –dijo esa voz grave y sexy como un fuego de leña.

Y así siguió el asunto. Cada vez que alguien pujaba, Edward subía la oferta. Ella dejó de mirar a los demás pujadores y, ruborizada, se centró sólo en él. Edward lucía una sonrisa secreta, compartida, "su sonrisa". La sonrisa que los vinculaba de tal manera que el resto de la sala pareció desvanecerse.

Bella se dijo que tenía que acordarse de respirar. Pero el modo en que Edward la miraba parecía estar oprimiéndole los pulmones.

«Está pujando por tu vestido. Por ti», pensó. De inmediato, se tachó de estúpida. Eso implicaría… demasiadas cosas imposibles. «Pero mira la calidez de sus ojos, su sonrisa…».

Supo que no se equivocaba cuando aceptó una oferta de mil libras de la pujadora inicial y se oyó un suspiro contenido por toda la sala. Edward sonrió y ella supo que volvería a pujar.

Y siguió haciéndolo. Pero Edward no era un hombre paciente y su rostro empezó a tensarse de irritación cada vez que lo superaban. Cuando alcanzaron las mil ochocientas libras, se hartó.

–Diez mil –dijo, con voz tersa y controlada. Nadie lo desafió. Estaban demasiado asombrados, murmurando por su empeño. El vestido era suyo.

Ella era suya.


Mientras la multitud se dispersaba en busca de cócteles, antes del inicio del baile, ella se quedó en el escenario y él en su asiento. Se sonreían.

Ella volvería a lucir ese vestido. Pronto. No sabía cuándo ni dónde, pero sí que Edward estaría a su lado.

Edward se encontró en medio de un grupo de hombres de negocios que, entre bromas, se congratulaban por haber invertido en su empresa. Él escuchaba a medias, buscando un vestido verde en el inmenso atrio.

No la había visto desde el final del paso de modelos. Estaba a unos pasos de ella cuando Rosalie la llamó de entre bastidores para algo urgente. Ella le había ofrecido una sonrisa de disculpa y había desaparecido.

En cuando pudo, se excusó y fue en su busca. Ése era el problema de ser el hombre del momento: todo el mundo quería estrechar su mano, darle una palmada en la espalda o comentar su puja de diez mil libras. Fue hacia el borde de la pista de baile, escudriñando entre la multitud. Por fin la vio, hablaba con la mujer que había pujado por el vestido y perdido. Parecía descontenta y le estaba poniendo algo a Bella en la mano.

Edward intentó llegar hasta ella pero, fuera por donde fuera, la gente se interponía en su camino, obligándolo a zigzaguear. Cuando consiguió rodear a un obstinado grupo de bailarines, Bella había desaparecido. Maldijo para sí. El desfile había acabado hacía una hora y eran ya las once. Necesitaba encontrarla antes de que acabara la fiesta.

Un hombre fornido, con chaqueta blanca, chocó contra él y empezó a farfullar disculpas. Edward percibió que había alguien a su espalda, esperándolo. Su instinto le dijo que era una mujer. Se volvió lentamente hacia ella.


Bella se detuvo en seco y la falda revoloteó alrededor de sus tobillos antes de asentarse.

Allí estaba él, a unos seis metros de distancia. Observó cómo se daba la vuelta y, sin verla, se enfrentaba a la mujer más deslumbrante que ella había visto en su vida. Era la definición del glamour. Rubia, alta, con una figura imponente. Era, en resumen, todo lo que ella no era. Su pose indicaba que se sentía con derecho a obtener cuanto su corazón deseara. Llevaba una exquisita reproducción del vestido rosa que Marilyn había lucido en Cómo casarse con un millonario.

La rubia puso la mano en el brazo de Edward y la bajó hasta entrelazar los dedos con los suyos. Le susurró algo al oído. Él estaba de espaldas a Bella, así que no pudo ver su expresión. Pero se inclinó hacia ella y le devolvió el susurro. Pensar en sus labios tan cerca de otra mujer, en su aliento cosquilleándole la oreja, hizo que a Bella se le encogiera el estómago de celos.

El camino se despejó. Podía acercarse, darle un golpecito en el hombro, sonreír y… no lo hizo.

Dejó pasar su oportunidad y Edward y la rubia desparecieron entre la gente. Había sido una estúpida, pero no quería ponerse al lado de esa fantasía en rosa. No quería que Edward hiciera comparaciones. Ella saldría perdiendo, nunca había sido la primera opción de nadie.

Lo vería después, cuando estuviera solo. Tal vez entonces podría comprobar si sus ojos seguían mirándola con calidez. Giró y se fue en dirección opuesta, mientras su euforia se desinflaba como un globo viejo. Parecía que ese «después» no llegaría nunca.

Bella estuvo ocupada la siguiente media hora. En el bar se estaban quedando sin hielo, alguien se había torcido el tobillo bailando el fox trot y hubo que sacar el botiquín, había que colgar y etiquetar las prendas subastadas para entregarlas a sus propietarios. Bella, como organizadora del evento, tenía que ocuparse de esas cosas o, al menos, encargarse de delegar.

A las once cuarenta seguía sin haber visto a Edward. Tenía la horrible sensación de que, si no lo encontraba esa noche, la cálida sonrisa se borraría de sus ojos y no volvería. A su alrededor, la gente bailaba. Algunos tan bien como Fred y Ginger, otros siguiendo a duras penas el ritmo de la música.

Contempló a una pareja tan acaramelada que no se podía decir que bailaran. Se mecían uno contra otro. Él rodeaba su cintura con una mano; ella tenía una de las suyas en su nuca. Las otras dos manos estaban unidas y apoyadas en el pecho de él. Se miraban a los ojos. Él besó su nariz. Ella suspiró y apoyó la frente en la suya.

«Un baile», pensó Bella, «Es lo único que quiero. Un baile». No era mucho pedir después de todo lo que había trabajado.

Entonces lo vio. Estaba bailando con alguien. Lentamente. Se le paró el corazón un segundo, pero volvió a latir cuando él giró y vio que su pareja era una mujer mayor, de pelo plateado, en el que lucía una cinta con una pluma negra, estilo años veinte. Edward le sonreía con indulgencia.

Puso rumbo hacia él, pero antes de acercarse lo suficiente para que la oyera decir su nombre, la rubia se materializó ante sus ojos y le robó a Edward a la mujer de pelo plateado. Edward miró por encima del hombro de la rubia y sus ojos se encontraron. Esbozó una sonrisa de disculpa. «Perdona. Estaré contigo enseguida…», decía.

Bella soltó el aire de golpe. Había habido calidez en su sonrisa y supo que en cuanto acabara la canción se excusaría e iría a buscarla.

Por primera vez en su vida, sintió el deseo de ir a retocarse el maquillaje. Sabía que había un cuarto de baño al otro lado de una puerta cercana, uno cuya existencia desconocerían la mayoría de los invitados. Estaría tranquilo y fresco; allí podría recomponerse antes de que Edward la buscara. Fue allí.


Cuando estuvo ante el espejo comprendió que, aunque se le hubiera corrido el carmín, no habría podido hacer nada al respecto. La barra de labios que le había prestado Rosalie estaba en su bolso, y su bolso, en el despacho de Edward. Pero no había por qué preocuparse. El carmín estaba a la altura de su campaña publicitaria, parecía tatuado en sus labios. Tardaría mucho en librarse de él.

La puerta crujió y Bella se enderezó instintivamente. No quería que la vieran con la nariz pegada al espejo. Se pasó los dedos por el flequillo ondulado que le caía sobre un ojo antes de mirar de soslayo a la persona, la mujer, que había entrado. Era ella.

Se dio la vuelta para salir, no quería compartir un espacio cerrado con la rubia de Edward, pero ella, con una mano en la cadera, bloqueó la salida y la miró de arriba abajo con cierto desdén.

–Discúlpame –dijo Bella, intentando rodearla.

Pero Rubiales no se movió. Se lamió los labios y esbozó una sonrisa lenta y depredadora.

–Creo que tenemos que hablar, querida.

La palabra «querida» sonó malvada en sus labios, a pesar de que su voz encajaba con su aspecto frío, culto y elegante. Bella no iba a darle ventaja mostrando su irritación.

–¿Hablar de qué? ¿Quién eres, por cierto?

–Creo que sabes qué tema tenemos en común –soltó una risa grave y sedosa–. Soy Jessica –alzó las cejas, obviamente esperando una respuesta.

Bella no tenía ninguna que darle. No tenía ni idea de quién era Jessica, sólo la había visto enroscarse alrededor de Edward como una…

–Jessica Stanley-Jones –añadió la mujer, como si eso lo aclarara todo. Bella se limitó a mirarla– Edward y yo… llevamos meses viéndonos. Estamos muy unidos, ya me entiendes.

–¿Y qué tiene eso que ver conmigo? –a Bella se le había revuelto el estómago.

Volvió a reírse. Seguramente esa risa volvía locos a los hombres, pero a Bella le sonaba peor que unas uñas arañando una pizarra.

–Vamos, vamos. No te hagas la ingenua, querida. Las dos somos mujeres –miró el pecho de Bella y luego su rostro–. Podemos ser francas.

Bella pensó que Jessica Satanley-Jones podía ser tan franca como quisiera. Pero no pensaba devolverle el favor.

–Es un hombre muy atractivo, estoy segura de que lo has notado… Bella se sonrojó y su ira por la reacción involuntaria acrecentó su rubor. Jessica sonrió.

–Lo utiliza para conseguir lo que quiere. Cerrar un trato, aplastar a sus competidores o conseguir que alguien trabaje duro en sus proyectos –miró hacia el atrio con ironía–. Pero nunca se involucra. Siempre avanza, buscando la elusiva mujer perfecta. Lo sabes, ¿no?

Bella se obligó a inspirar con fuerza, aunque sentía una horrible opresión en los pulmones.

–Ay, pobre niña –la miró con falsa piedad.

¿Niña? la señorita Stanley-Jones sólo debía de ser un año o dos mayor que ella. Bella se hartó. No iba a escuchar más tonterías.

Le costaba creer que Edward tuviera relación con alguien así. Pero el lenguaje corporal que había visto en la pista de baile confirmaba que Jessica decía la verdad. Había una historia entre Edward y ella. Sólo quedaba por dilucidar si era algo más que historia antigua.

Cuando Dave, del mercado, se había enterado de para quién trabajaba El ropero de Rosalie, se había dedicado a enviarle a Bella multitud de mensajes con la información sobre Edward que encontraba en Internet. Artículos de revistas de negocios y también cotilleos de la prensa rosa. En cada foto estaba con una mujer distinta, a cual más deslumbrante. Era obvio que a Edward le gustaba regalarse la vista; Bella, a pesar de su disfraz actual, no cumplía el requisito.

No quería creer que fuera tan frívolo, pero no podía ignorar los hechos. Tenía empuje, pero se sentía herido por dentro. Tras sus revelaciones la noche de la cena, lo creía muy capaz de hacer las cosas de las que Jessica lo acusaba, pero entendía el porqué. Resultaba patético que eso le hiciera anhelar paliar su dolor. Deseó poder endurecerse y alejarse de él sin mirar atrás.

Jessica había estado observándola y una sonrisa satisfecha curvó sus labios.

–Gracias por la información, Jessica –Bella se se irguió, orgullosa–. Ahora, si no te importa, me voy.

Esa vez Jessica se movió para que pasara; Bella se alegró de su pequeña victoria. No había permitido que Jessica Stanley-Jones la viera derrumbarse. Mientras iba hacia la puerta notó que sus ojos le taladraban la espalda. Giraba el pomo cuando Jessica lanzó el último dardo.

–Es un vestido precioso.

Bella abrió la puerta. No tenía más que decir.

–Estoy deseando poder lucirlo –añadió Jessica.

«Sal. No reacciones. Sigue andando», se dijo Bella. Pero la curiosidad la venció. Miró por encima del hombro. Jessica caminaba hacia ella con expresión venenosa.

–Eso es, querida. Lo compró para mí. ¿No me viste sentada a su lado, animándolo?

Bella gimió. Había estado demasiado ocupada mirando a Edward y dirigiendo la subasta para procesar otros detalles, pero, de repente, la imagen se formó en su mente. Jessica con la mano en el antebrazo de Edward. Jessica susurrándole al oído.

–Eddi siempre ha dicho que le gusta verme vestida de verde, de esa manera voy a juego con sus ojos –entornó los ojos y se acercó hasta estar a unos centímetros de Bella–. Le gusta tanto que al final prefiere verme desvestida.

Bella se sentía fatal. No sabía a qué jugaba esa mujer, pero imaginársela desnuda con Edward le daba náuseas. Y no podía desechar las imágenes que asolaban su mente, porque sin duda habían sido realidad en algún momento. Abrió la puerta y dejó a Jessica allí.

Sólo había una manera de reaccionar a la información. Bella hizo lo que mejor se le daba. Echar a correr.


EL aire frío la golpeó con fuerza. La puerta de cristal esmerilado se cerró a su espalda. Maldijo para sí. Su abrigo estaba en el despacho de Edward. A pesar del frío, se habría ido sin él. Pero su bolso también estaba allí y necesitaba el teléfono para llamar a un taxi y dinero para pagarlo. Suspiró y volvió a entrar. Al menos, no tenía que pasar por el atrio. Podía subir y salir de allí sin que la vieran. No la echarían de menos, excepto quizá Rosalie, y la última vez que la había visto estaba coqueteando con un saxofonista.

La subida a la tercera planta se le hizo eterna. Los tacones de plexiglás habrían anunciado su presencia a cualquiera. Pero sólo se oía su taconeo. Estaba segura de estar a solas. Por fin, los indiscretos zapatos quedaron silenciados por la alfombra del despacho de Edward. Bella, al ver el suave resplandor al otro lado de la puerta, comprendió que había olvidado apagar la luz del vestidor. Para no anunciar su presencia a los que estaban en el atrio, decidió no encender la luz general. Sólo tenía que encontrar su bolso y su abrigo.

Su bolso no estaba en la silla de metal y bandas de cuero sobre la que lo había dejado. Bella entornó los ojos; le pareció ver una sombra en el suelo. Supuso que se había escurrido entre las tiras de cuero. Se agachó y tocó el bulto. Sintió el tacto del terciopelo y agarró el bolso. Estaba estirándose cuando la puerta crujió. Llegaba alguien. Rezó por que fuera Rosalie.

Lo vio silueteado por la luz del pasillo; después se adentró en las sombras y la puerta se cerró tras él. Adivinó que la estaba mirando.

–No puedes irte aún, Bella.

No recordaba las palabras de Jessica con exactitud, pero habían hecho diana y rememoró la sensación de dolor. Venían a decir que Edward era muy agradable cuando quería conseguir algo. El baile estaba a punto de terminar, así que no entendía para qué la necesitaba. Se apretó el bolso contra el estómago. Su corazón y su cabeza tenían ideas muy distintas y necesitaba algo de tiempo para dilucidar cuál estaba mintiendo.

–Tengo que irme.

Tenía que marcharse antes de que él adivinara lo que le ocurría. Antes de darle lástima.

–No –dijo Edward con voz firme pero gentil.

Dio un paso hacia ella. Bella, con lágrimas en los ojos, deseó que fuera brusco y mandón, cualquier cosa menos amable. A pesar de su deseo de correr a por el abrigo, se quedó clavada en el sitio. Era como si la hubiera inmovilizado con la fuerza de sus ojos. Desvió la mirada y se sintió un poco mejor. Temblorosa, fue hacia el vestidor a por su abrigo. Todo iría bien si miraba sus zapatos, o cualquier cosa que no fuera él.

–Bella –sonó como una orden. Estiró el brazo y sus dedos rozaron la piel desnuda de su brazo; eso la detuvo–. No te vayas. Aún no.

Ella cometió su primer error fatal. Y cuando los errores eran fatales, bastaba con uno. Alzó la vista. Los ojos de él se habían tornado oscuros ocultaban un enigma.

–Ven –le quitó el bolso de las manos y lo dejó sobre el escritorio.

Su voz sonó suave y seductora. Ella lo siguió hasta el balcón. Acabaron apoyados en la barandilla, contemplando la fiesta.

–Mira –dijo él. Ella obedeció.

Desde allí arriba, suspendidos sobre la pista de baile, la vista era pura magia. Luces y colores. Oro y plata, rojo y púrpura, turquesa y jade. Los vestidos de noche contrastaban con los esmóquines de color negro de la mayoría de los hombres. Daba la impresión de que todas las parejas se movían en armonía, creando un caleidoscopio de colores y dibujos sobre el suelo de mármol.

Había estado tan ocupada, atrapada entre cientos de detalles, que había olvidado dar un paso atrás y contemplar el resultado de su esfuerzo. El atrio estaba espléndido, todo lo que había imaginado mientras tomaba notas y hacía llamadas telefónicas había adquirido vida. Era real. Como si lo hubiera conjurado de sus sueños. Había triunfado. La velada era todo un éxito.

La música de la orquesta ascendía por encima de las cabezas de los invitados hacia el techo de cristal, donde rebotaba y daba al sonido una cualidad distante, etérea.

–Te pedí algo exclusivo. Y me has dado más que eso. Mucho más.

Era el discursito de agradecimiento: «Bien hecho, Bella. Te mereces una palmadita en la espalda. Por fin has hecho algo que ha impresionado a la gente. Buena suerte en el futuro. Ya nos veremos…».

Pero si sólo era eso no entendía por qué su mera presencia la embriagaba. Por qué tenía el corazón acelerado y la respiración entrecortada. Ni por qué él había puesto la mano sobre la suya y le acariciaba el dorso con el pulgar.

–No te he visto bailar ni una sola vez. ¿Quieres bailar conmigo, Bella?

La situación no podía ser real. Tenía que ser consecuencia de la extraña sensación de cuento de hadas que se negaba a desvanecerse. Dejó que la atrajera hacia sus brazos. Carecía de la fuerza de voluntad necesaria para rechazarlo. No había bailado en toda lo noche porque sólo quería hacerlo con él. Y él había estado siempre distante, al alcance de las puntas de sus dedos, pero inalcanzable.

«Sigue siendo inalcanzable», se dijo. «No te engañes porque su brazo rodea tu cintura y su barbilla está junto a tu frente, ni por el olor limpio de su camisa de algodón; nunca será tuyo. Disfruta del momento. Sólo existirá esta noche».

Pero no iba a ser tan estúpida como para negarse el placer de ese recuerdo. Le había dado mucho más de lo que él suponía. Se lo había dado todo. Más que una fiesta, una buena idea o un desfile. Le había entregado su corazón, su alma y su aliento.

La banda inició una canción lenta y, suavemente, él empezó a bailar. Ella sentía un agridulce dolor de corazón. Podría haberse ido con el orgullo intacto si no hubiera subido allí, si él no le hubiera ofrecido una muestra de cómo podría ser la vida si los cuentos de hadas sucedieran a diario.

Por suerte, él no hacía movimientos ostentosos; no la inclinaba ni la hacía girar una y otra vez. La mantenía apretada contra sí, permitiéndole sentir su aliento en el cabello y mirar la solapa de su chaqueta, evitando sus ojos. Bella no podía negar la verdad. Estaba enamorada de Edward. Adoraba su integridad, su determinación. Adoraba verlo sorprenderse de sí mismo cada vez que soltaba una carcajada.

La canción acabó y empezó otra aún más lenta. Los movimientos de Edward se ralentizaron hasta que dejaron de bailar, limitándose a mecerse, abrazados.
Estar allí escuchando canciones de amor, con el rostro apoyado en su hombro, era demasiado bonito para ser verdad. Y acabaría pronto. Ese pensamiento cayó sobre ella como una losa. Él se apartaría, la miraría a los ojos y le daría las buenas noches. Le diría adiós.

Pero fue generoso. Alargó el momento y, en vez de soltarla, sus brazos la rodearon por completo y la besó en la frente. Era él, el hombre que amaba, sus brazos eran su fortaleza, deseaba seguir allí, que el baile no terminara, que el tiempo se detuviera, podría esperar un recuerdo mágico, pero ese era demasiado intenso. Estaba segura de que, cuando lo rememorara en el futuro, no la reconfortaría. La abrasaría y la dejaría anhelante de un alivio que no podría obtener.

–¿Bella? Mírame.

Ella notó un sabor salado en los labios. No estaba segura de cuándo había empezado llorar.

–Yo… –no pudo decir más.

Supo que, si decidía salir corriendo de allí, él no la detendría. Lentamente, alzó la barbilla. Esa noche él no parecía duro, todo ángulos y planos. Parecía desgarrado, casi triste. En sus ojos había una suavidad que no había visto antes. La sensación de conexión zumbó entre ellos y fue subiendo de nivel hasta resonar en sus oídos, hasta que la única manera de soportarla fue acercarse más y más y más…

El primer beso no fue más que un roce de labios, una promesa. Un contacto tan puro y dulce que Bella olvidó todos sus reparos. Subió las manos por sus brazos, hasta su cuello, y lo atrajo. Lo besó como si su vida dependiera de ello. Nunca había sentido esa abrumadora necesidad de tocar y saborear a un hombre. No habría podido detenerse aunque quisiera. Los labios de Edward recorrieron su cuello y sus clavículas. Con las manos firmes en su cintura, empezó a mover los dedos contra el satén del vestido, creando una deliciosa fricción.

Nunca había sido así con nadie. Con Edward se olvidaba de planificar cada movimiento de sus manos y sus labios. Se olvidaba de pensar en cómo hacerlo mejor, de preocuparse por no ser lo bastante sexy o experimentada. Con Edward se disolvía en el momento, perdía el sentido de sí misma y lo reencontraba en cada roce de sus labios, en cada caricia de sus manos.

El hombre al que abrazaba siempre estaba seguro de sí mismo y de lo que hacía, todas sus decisiones eran correctas; sentir que la apretaba contra él, oírlo murmurar su nombre e intuir que estaba tan entregado como ella la llenó de júbilo. Edward la deseaba. Con tanta intensidad que casi la asustaba. Y ella amaba a ese hombre. Estaba viviendo su sueño. Excepto que en su sueño él no se limitaba a desearla, no se dejaba llevar por la pasión del momento. En su sueño él la amaba también.

Pero un milagro ya era suficiente. No se había dado cuenta de que Edward compartía su intensa atracción hasta esa noche. Eso debería ser suficiente. Pedirle que además la amara… Sería portarse como una tonta. Puso las manos en la parte superior de sus brazos y se apartó un poco. No lo suficiente para mirar sus ojos, pero sí como para hablar y no ceder a su magnética atracción y besarlo otra vez.

–¿Edward, qué estamos haciendo?

Edward, más cómodo con las acciones que con las palabras, deslizó las manos por su espalda y dejó que descansaran en la curva de sus caderas. Bella sintió la tentación de callarse, cerrar los ojos y dejar de hacer preguntas difíciles. Preguntas cuya respuesta no estaba segura de querer oír, porque eso rompería el hechizo.

Sabía que él no iba a volver con Jessica Stanley-loquefuera. Edward no estaría con ella en el balcón, besándola como la había besado, si aún tuviera una relación con Jessica. No era de esa clase de hombres. Pero no estaba segura de que fuera un hombre que pudiera darle lo que quería. Se encerraba en sí mismo y convertía su ira en energía para seguir adelante. No sabía si tendría el valor de bajar su escudo protector y entregarse por completo a alguien. Y ella no estaba dispuesta a conformarse con menos que un Edward completo. Ya era hora de ser la primera opción para alguien, en vez de segundo plato.


oh my god! Sorry, pero es intrigante verdad, la historia tiene un final feliz, no se preocupen...
Un comentario , y les prometo un adelanto... Saluditos ª.ª