Los personajes son de Meyer y la historia es de otra gran escritora...

Gracias chicas por seguir esta historia... y a todas las chicas que comentan:
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Capítulo 8

Algo inquietaba a Bella. Lo notaba. Si contara con la famosa intuición femenina, podría descubrir qué estaba arrugando su frente y tensando su boca. No le gustaba que apretara los labios, endurecía sus rasgos. Y preferiría que utilizara esos labios para besarlo de nuevo. No sabía por qué, pero tenía la extraña sensación de que no iba a gustarle lo que ella iba a decir.

Tal vez podría convencerla para que suavizara su expresión y utilizara sus labios para algo mucho más placentero. Tal vez, sólo tal vez, podría evitar la conversación. Estaba bastante seguro de que podría conseguir que se hundiera contra él, acariciara su piel y suspirara de deseo. Y no le haría falta decir una palabra.

Subió las manos desde la curva de las caderas y rodeó su cintura con ellas. Era tan delgada que sus manos casi se rozaban; eso le hizo sentirse más grande y fuerte. Parecía diminuta y delicada entre sus manos, sin embargo su respuesta a él había sido todo menos delicada. De hecho, le había dejado sin aire.

Otras mujeres intentaban ser sexys cuando estaban con él. Creían que si querían salir con un millonario soltero tenían que impresionarlo para mantenerlo interesado. Y tenía que admitir que esperaba eso de ellas. Quería que fueran las mujeres de fantasía que ambos pretendían que eran. Incluso las mujeres como Jessica. No quería conocer ni que lo conocieran. No quería intimar para no mostrar cómo era en realidad, para no exponerse y volverse vulnerable. Las relaciones temporales eran la solución perfecta. Pasaba a la chica siguiente, diciéndose que estaba buscando el tesoro al final del arco iris, cuando en realidad estaba huyendo, escapando.

Pero con Bella era distinto. Ella no utilizaba trucos. Eso era lo que la hacía tan maravillosa y desconcertante al mismo tiempo. Era sensual y sexy porque cada roce y cada beso era sincero, como si estuviera desnudando su alma ante él. La palabra «desnudando» en asociación con Bella hizo que su temperatura se disparara. Se imaginó bajándole los tirantes de los hombros y observando el bonito vestido caer al suelo.

Ella lo miraba y, bajo la expresión cautelosa de sus ojos vio un ardor y un deseo equivalentes a los suyos. No necesitó más para inclinar la cabeza y darle un beso apasionado. Bella respondió un segundo después, como si hubiera intentado resistirse sin éxito. Eso lo excitó aún más.

Bella le había preguntado qué estaban haciendo. Él lo sabía muy bien. Sabía lo que quería. En su mente, la escena concluía con Bella y él tumbados en largo sofá de cuero, y el seductor vestido esmeralda en el suelo. Siguió besándola para borrar la mirada de preocupación de sus ojos, acariciándola hasta que consiguió introducir las manos bajo los sedosos tirantes. Entonces la condujo suavemente hacia el interior del despacho.

Él no era un hombre que presionara en situaciones como ésa. En realidad, nunca le había hecho falta hacerlo. Pero lo que preocupaba a Bella y que él había intentado alejar resurgió con toda su fuerza y él supo no se iría hasta que se ocuparan de ello. Lentamente, sacó las manos de debajo de los tirantes y apartó sus labios de los de Bella. Colocó las manos a ambos lados de su cabeza y esperó.

Se trataba de hacer lo que Bella quisiera. «Hacer lo que Bella quisiera». La frase resonó en su mente. Comprendió que, hasta ese momento, había sido horriblemente superficial. Todas sus relaciones con mujeres se habían centrado en lo que él quería. No las hería ni dominaba, siempre había tratado bien a las mujeres de su vida. Pero sólo porque le había convenido. Había salido con ellas para reforzar su estatus, pera demostrar al resto de la población masculina que podía tener aquello con lo que ellos sólo podían soñar. Esa noche le había dado un vuelco a todo eso.

Primero James, al demostrarle que sus relaciones eran menos que una mala imitación del vínculo que compartía con su esposa. Y después Bella, la dulce y encantadora Bella, lo había vuelto del revés con su honestidad y su frágil poder. Así que, en vez de intentar persuadirla, dio un paso atrás, para darle espacio.

–¿Bella? Cuéntamelo.

Había intuido, no sabía cómo, que tenía que iniciar la conversación él. Lo de ser abierto era algo nuevo y desconocido, tendría que ir tanteando el camino a seguir. El dolor que vio en sus ojos lo asustó. Debió de notársele, porque la expresión de ella se endureció.

–No puedo tener una aventura contigo, Edward. Sabes que puedes conseguir que me quede, pero te suplico que me dejes ir. Deja que me vaya. No soy una de tus mujeres perfectas –soltó una risita seca y movió la cabeza–. ¡No sabría ni por dónde empezar a serlo!

Después lo sorprendió yendo hacia él y deslizando los dedos por su corbata. Cuando llegó a la punta, le dio la vuelta y abrió la costura un poco, revelando un colorido forro.

–Aquí está –murmuró Bella–. La otra noche olvidé decírtelo…

Las manchas de color del forro adquirieron sentido. No era un dibujo abstracto, sino una foto. De una mujer estilo Betty Grable, con el pelo rizado, labios rojo escarlata y una diminuta blusa blanca. Le guiñaba un ojo.

–Ésta es la clase de mujer que necesitas. Siempre lista, siempre glamurosa, sin días malos. ¿A quién le importa que no sea real? nunca exigirá nada, nunca pedirá un trocito de tu alma. Siempre será tu mujer perfecta.

Soltó la corbata y la colocó en su sitio.

–Este tipo de corbatas son ejemplares de colección, ¿sabes? Si alguna vez decides deshacerte de ella, conseguirás un buen precio –le sonrió, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas–. El Ropero de Rosalie la pagaría bien.

–Yo no quiero que tú seas como… –agarró una de sus manos.

–¡Por favor, Edward! –ella se soltó y las lágrimas surcaron sus mejillas.

Él se odió por haberlas provocado, por no ser lo bastante hombre para que ella se quedara.

–Tengo que irme a casa –musitó Bella.

–Puedes usar mi coche. Está…

–Sólo necesito mi bolso y mi abrigo.

Él fue por el abrigo mientras ella recogía el bolso del escritorio. Antes de salir, Bella se dio la vuelta y susurró una última frase.

–Gracias… por no hacer que me quede.

Edward se quedó un largo rato mirando la puerta. Deseaba seguirla, explicarse. Pero eso sería lo peor que podía hacer. Dio la vuelta a la corbata y estudió a la mujer que ocultaba. ¡Eso no era lo que él quería!

Estaba harto de mujeres falsas de dos dimensiones. Quería a alguien que le hiciera sentirse vivo, alguien que le hiciera sentir, sin más. Alguien como Bella. Exactamente igual. No podía culparla por no haber captado que había cambiado, él mismo acababa de darse cuenta. Pero tenía que intentar hacérselo ver…

Pensó en Bella volviendo a casa sola y llorosa. Pensó en la limusina que había fuera, lista para llevarlo donde él quisiera. Ella le había pedido que la dejara marcharse, pero no había dicho que no la siguiera. Necesitaba otra oportunidad. Tenía mucho que ofrecerle a una mujer. E iba a ofrecérselo todo a Bella.


Cuando Bella salió del despacho de Edward, el baile estaba a punto de concluir. Seguía sonando música, pero provenía de los altavoces. Habían contratado a la orquesta hasta medianoche y ya estaban recogiendo. Sólo quedaban unas docenas de personas en el atrio. Algunos seguían bailando, la mayoría charlaba y, minuto a minuto, pequeños grupos iban hacia la salida.

Fue hacia la parte de atrás del escenario. Todo estaba tranquilo. Las barras de ropa estaban vacías, todo estaba empaquetado y sólo se oía ruido en un rincón. Era Rosalie, sentada en una de las maletas antiguas, de cuero azul cielo y remates de cromo, en las que habían llevado las prendas. Intentaba cerrarla, con la ayuda de sus curvas y la fuerza de la gravedad. Alzó la cabeza y la vio.

–Bella, échame una mano, ¿quieres? no puedo cerrarla.

Bella se dejó caer en la maleta de golpe. Funcionó, porque Rosalie se inclinó y encajó lo cierres. Después sonrió a Bella.

–Ahora, siempre que no decida abrirse de golpe antes de que suba al taxi, estoy lista.

–¿Sigue en pie la oferta de compartir taxi? –suspiró Bella.

–Claro que sí –Rosalie arqueó una ceja.

Bella soltó un suspiro aún mayor y Rosalie le echó un brazo por los hombros y apretó.

–Eh, vamos. ¡Nos ha ido genial! Sólo estás sufriendo el bajón después de tanta adrenalina. Vete a casa, tómate un chocolate caliente que te suba el azúcar y estarás de maravilla.

Eso debía de ser, depresión «post-adrenalínica». No tenía nada que ver con haberse alejado del hombre al que amaba. Bien. Entonces estaría bien por la mañana.

Pero sabía que no lo estaría.

El amor no era el cómodo sillón que siempre había imaginado. No era seguro, cálido y mullido. Daba miedo, hacía daño y era excitante. No se parecía nada a la versión descafeinada que había infligido a los hombres de su vida.

Se preguntó si eso era lo que sentía Jacob al mirar a Leah: algo que provocaba temblores, aceleraba el corazón y freía el cerebro. Por fin entendía por qué se había marchado. Por qué tenía que hacer lo posible para encontrar a alguien que le hiciera sentirse así, y que sintiera lo mismo por él. Le deseó buena suerte, de corazón.

–El taxi llegará en cinco minutos. Será mejor que salgamos –Rosalie agarró su mano y tiró de ella.

Bella se limitó a asentir. Miró la maleta.

–¿No tendría que estar con todo lo demás, en la furgoneta de Dodgy Dave?

–¿Estás loca? Toda la bisutería esta ahí, envuelta en pañuelos y una capa de armiño. ¡no voy a dejar que Dave le ponga las manos encima!

Tenía sentido.

Salieron del edificio y subieron al taxi. Bella, atontada, no habló en todo el trayecto. Había hecho lo correcto. Huir a tiempo.

Si hubiera sido débil y se hubiera rendido a Edward, habría acabado hecha un auténtico desastre, con el corazón roto en pedazos e inutilizado. Eso no significaba que no le doliera un montón. Pero cuando encontrara a alguien que la considerase la mujer de sus sueños, le quedaría corazón con el que devolverle el amor. Esperaba que se hubiera recuperado para entonces. Al menos, tendría su nuevo negocio en el que concentrarse.

Por lo que decía Rosalie, habían recibido una marea de peticiones de ropa del mismo estilo, de clientes potenciales muy ricos. Incluso se estaba planteando alquilar la tienda en un barrio mejor que el que tenían en mente.

Rosalie vivía más cerca, así que el taxi la dejó a ella antes. Bella sintió alivio cuando ella y su maleta azul desaparecieron. Por fin podía dejar la sonrisa falsa y derrumbarse en el asiento.

«Es hora de volver a la vida real, Bella. El baile ha sido un éxito. El ropero de Rosalie va a despegar. Tienes el mundo a tus pies».

Pensando en pies, miró sus zapatos de plexiglás. Seguían siendo tan fabulosos como siempre, pero los dos seguían allí. No era Cenicienta. Todo había sido un juego de luces, espejos y humo. Volvía al mundo real y a convertirse en calabaza. Bajo del taxi y se dirigió a las escaleras del edificio donde vivía, hasta entonces habían durado sus zapatos, el tacón de uno de ellos se había despegado, su noche no podía ser peor. Ahora, si era cenicienta pero no tenía el valor para dejar allí su zapato, no estaría el príncipe azul para recogerlo.


La limosina no tuvo problemas para seguir al taxi de Bella. Edward tamborileó con los dedos en el reposabrazos cuando el taxi se detuvo y ella bajó. Se fijó atentamente y en cuanto estuvo seguro de qué la puerta se había abierto y cerrado, bajó de la limusina y llamó.

No abrió Bella, sino un tipo bajo con una camiseta manchada de curry. Ni siquiera parpadeó cuando preguntó por Bella, a pesar de que era la una y media de la mañana.

–Será mejor que entres –abrió la puerta de par en par–. No sabemos qué hacer con ella.

Edward siguió al tipo a una sala dominada por una enorme televisión de pantalla plana y suficiente equipo audiovisual de alta tecnología para hacer feliz a cualquier loco de los videojuegos. En la pantalla se veía un juego en pausa; un monstruo de dientes largos y afilados estaba parado en el aire, a punto de caer sobre un dragón sanguinolento. Por la alfombra se veían restos de comida india y latas de cerveza vacías. En mitad de ese desastre estaba Bella, con su traje de noche, guapísima y sollozando desconsolada.

Fue hacia ella, se agachó y le agarró las manos. Ella ni se inmutó, estaba demasiado triste para sorprenderse al verlo. Alzó un zapato.

–He roto mi zapato –dijo y empezó a llorar con más fuerza–. Mi precioso zapato…

A Edward le sentó un poco mal. Tal vez su ego masculino fuera excesivo, porque había pensado, incluso había tenido la esperanza, de que estuviera llorando por él.

Agarró el zapato. El tacón transparente estaba colgando. Desconcertado, miró a Bella.

Sabía que a las chicas les gustaban los zapatos pero, ¿tanto? ni siquiera había sospechado que Bella fuera de esa clase de chicas. En las últimas dos semanas había descubierto muchas cosas insospechadas sobre ella: era divertida y tenaz, rebosante de recursos y determinación.

–Sólo son unos zapatos –dijo, sentándose a su lado–. Puedes comprarte otro par.

–¡No, no quiero otro par! –Bella lo miró como si la hubiera insultado–. Quiero éste. Pero uno está roto y no sé cómo arreglarlo y no podré volver a usarlos –hizo una pausa y se sorbió la nariz–. Y nunca encontraré un par igual. ¡Puede que nunca encuentre otros zapatos! pasaré sin zapatos el resto de mi vida. ¡Vieja, sola y… y sin zapatos!

Edward la miró. Odiaba verla así. Si pudiera revolvería el mundo entero para entregarle lo que quería y dárselo en una bandeja de plata. Con gentileza, le quitó el otro zapato de la mano y puso los dos en el suelo, evitando un contenedor de aluminio con salsa de curry.

Si Bella quería esos zapatos, y no otros, haría que los reparasen costara lo que costara. Y si no tenían arreglo, encontraría unos similares.

Tomó aire y deseó que el universo tuviera ánimo de conceder deseos esa noche. Quería convencer a Bella de que le diera una oportunidad, de que se aviniera a explorar lo que había entre ellos, fuera lo que fuera.

–Bella, yo me ocuparé de los zapatos. Cualquier cosa que quieras, la conseguiré para ti.

Ella lo miró, buscando la verdad en sus ojos.

–Lo que quiero saber es qué quieres tú, Edward ¿Por qué estás aquí?

Una pregunta sencilla a la que no podía dar respuesta. En parte porque no sabía cómo expresarla con palabras y en parte porque no sabía si era lo bastante valiente para hacerlo, si supiera cómo. Optó por pedir algo concreto.

–Me gustaría pasar más tiempo contigo. No quiero que… esto… acabe –por fin se había cansado de las relaciones temporales.

–¿Por qué? –sus ojos se nublaron con una mezcla de suspicacia y sorpresa–. ¿Por qué yo?

«Porque no puedo dejar de pensar en ti. Porque me encanta estar contigo. Porque tengo la sensación de que, si no vuelvo a verte, algo dentro de mí se arrugará y secará».

Las palabras le sonaron a diálogo de película romántica mala. Edward fue incapaz de decirlas, aunque fueran verdad. Agarró una de sus manos.

–Porque mereces que te traten como a una princesa –dijo. Eso estaba mejor, a las mujeres siempre les gustaba oír esa clase de cosas.

Sin embargo, Bella apartó la mano y alzó la barbilla con determinación.

–No soy una princesa y nunca lo seré. No te engañes –afirmó.

Una nube de frustración invadió la mente de Edward. Se preguntó por qué estaba siendo tan testaruda, tan ridícula. Parecía no saber lo dulce, divertida y lista que era. Le habría gustado encontrar a la persona que le había dicho lo contrario y hacer que se tragara sus palabras, y seguidamente los dientes.

Ella se levantó y se alejó. Ya en el rincón se volvió hacia él con una mano en la cadera.

–¿Querías a Jessica?

Edward se tensó, preguntándose qué tenía que ver Jessica con él y con Bella. Tal vez Jessica le hubiera dicho algo. Conociendo a la «querida» Jessica, habría sacado las garras si hubiera tenido la oportunidad. Tenía que aclarar las cosas.

–No, no la quería.

De hecho, al final ni siquiera le había gustado. Tras cuatro meses de salir con ella a ratos, ni siquiera la había conocido. Jessica también alzaba una coraza de sensualidad que nada podía atravesar. Y eso nunca lo había molestado. Tal vez fuera tan cobarde como él. Se preguntó cómo sería detrás de su fachada de chica entregada a las fiestas y a la diversión. No tenía ningún interés romántico por ello, pero acababa de darse cuenta de que bajo la superficie había mucho más de lo que se había molestado en buscar.

–En realidad, ni siquiera la conocía bien –añadió.

Había esperado que eso tranquilizara a Bella, sin embargo, ella arrugó la frente aún más.

–Entonces, ¿qué te llevó a salir con ella para empezar? Creo que es una pregunta obvia…

Edward desvió la mirada hacia la televisión. El monstruo seguía parado en el aire y, el dragón, debajo. No quería abrirse y hablar de eso. En retrospectiva, su comportamiento le parecía patético. Bella pensaría mal de él si le decía la verdad: que tenía miedo, que a pesar de su poder seguía siendo un cobarde. Estuvo a punto de soltar una carcajada al comprenderlo.

Pero ella lo despediría si no decía algo, así que tenía que intentar que no sonara demasiado mal. No podría soportarlo si ella lo miraba con desagrado, si cambiaba de opinión sobre él.

–Es difícil de explicar…

Intentó aclarar que no había sido algo tan cínico como parecía. No había estado enamorado de las mujeres con las que salía, pero sí deslumbrado por ellas. Pero el resplandor de perfección que lo atraía al principio nunca duraba. Cuando empezaba a perder el interés, otra mujer llamaba su atención y el ciclo se repetía.

Mientras hablaba sintió que se vaciaba por dentro. Una sensación horrible, porque después una gélida corriente de miedo rellenaba el hueco.

–No era algo calculado. Sólo…

–Sólo estabas haciendo honor a tu apodo.

–¿Qué? –la miró desconcertado.

–No me digas que no sabes como te llaman en las Revistas de Corazon? Edward "Hunter". Edward «cazador». Es obvio que te gusta la emoción de la caza –miró al suelo–. Pero no te gusta tanto conservar a la presa. Siempre pasas a la siguiente, más grande y mejor…

Hasta ese momento, él siempre había creído que ese aspecto de su personalidad era positivo; era la razón de su desmedido y rápido éxito. Pero tal y como lo decía Bella… Sonaba triste, desesperanzada. Se levantó y fue hacia ella.

–Nada de eso importa ya –se le tensó el estómago–. No quiero a Jessica. No quiero a nadie como ella. Te quiero a ti.

–Esto no es real –dijo ella–. Es por la fiesta, una descarga de adrenalina, es momentáneo…

Él no entendía que dijera que no era real. El ambiente pulsaba de autenticidad. Bella tenía que sentirlo, máxime cuando él empezaba a ver las cosas claras por primera vez en su vida.

–Y no puedo hacerlo si va a limitarse a algo momentáneo –lo miró con expresión seria–. Entiendes lo que quiero decir, ¿verdad?.-Él asintió.

Tampoco quería algo momentáneo. Pero lo que eso implicaba hacía que le diera vueltas la cabeza y le revolvía el estómago de miedo. Lo opuesto a temporal era permanente, y él nunca se había planteado un «para siempre» con nadie. No sabía si podría hacerlo, aunque quisiera.

–Creo… creo que hay algo entre nosotros, Edward. Pero no estoy segura de que pueda durar –asintió, más para sí que para él–. Y yo quiero algo duradero, a largo plazo.

Él deseó decir que quería lo mismo, pero tras lo que acababa de contarle sobre sus anteriores relaciones, sonaría vacío, hueco. Empezaba a desesperarse. Y cuando Edward se encontraba en situaciones difíciles, recurría a técnicas que había utilizado con éxito en el pasado.

Quería hablarle de la vida que tendría con él, de la vida que ella se merecía. Sólo los mejores restaurantes. Ropa de alta costura, nada de segunda mano para ella; sería la primera en lucir las prendas que se subastarían como «de época» en el futuro. Pero no dijo nada de eso, consciente de que equivaldría a cavar su propia tumba.

Ella parecía abatida, resignada.

–Una noche, es lo único que pido –dijo. Para empezar. Cuando la deslumbrara con el más puro estilo Edward Cullen, ella cambiaría de opinión. Tenía que hacerlo.

–No quiero sólo una noche, Edward.

Se quedó callada un buen rato, como si estuviera debatiéndose consigo misma. Luego fue hacia la puerta de la sala y la abrió.

Él volvió a encontrarse en la situación de querer discutir, pero carente de argumentos. No sabía si estaba preparado para algo permanente, pero deseaba estarlo. Eso tenía que contar para algo.

–Espera ahí –dijo ella. Desapareció escaleras arriba y volvió poco después. Llevaba un pijama de franela y el vestido verde en los brazos. Se lo ofreció. Las lágrimas, al igual que el maquillaje, habían desaparecido. Tenía el rostro rosado y algo hinchado. Edward deseó besarla.

–Quería darte esto antes de que te fueras –le dijo–. Es tu vestido.

–Pero lo compré para ti.

Ella se tomó un momento para pensar. Edward lo supo por cómo se arrugaba su frente y miraba el suelo. Después alzó la cabeza y lo miró como si hubiera llegado a una conclusión.

–Sé que lo hiciste –se lo ofreció–. Pero no soy yo en realidad. La mujer que lució este vestido no es la Bella real –señaló el pijama de franela–. Ésta es la Bella real. Y no encaja en tu mundo. Lo verás más claro por la mañana –añadió–. Entonces estarás más despejado.

Él sabía que cuanto más insistiera, más se resistiría. Sin duda había infravalorado su determinación. Era dura como el diamante. Aceptó el vestido. Ella recogió los zapatos y los puso encima, en sus brazos.

–Ahora, por favor, vete, Edward –susurró, sin mirarlo–. Te lo suplico. Vete.

Él no podía soportar el daño que le estaba causando, así que obedeció. Pero cuando salió por la puerta dejó un trozo de sí mismo atrás. Su chófer estaba profundamente dormido y decidió no despertarlo. No tenía ganas de ir a ningún sitio. Sentado en la limusina observó como, una a una, se apagaban las luces de la casa de Bella, preguntándose cuál sería la de ella.


Se rendira tan facil Edward? Como convencera a Bella para que le crea que la ama?

Quieren saber que pasara mañana? Dejame tu comentario,,, Bueno chicas este es el penultimo capitulo
La historia ya esta por terminar.

Tengo otra que acabo de terminar de leer y me gustaria compartirla con uds.

Diganme Que opinan?

EL DESEO DE UN AMOR:
Isabella Swan acepto trabajar sin que nadie supiera quien era en realidad a cambio su padre dejaria de buscarle pretendientes, ella queria encontrar
un hombre que la quisiera por ella misma, no por el dinero que tenía. Sin embargo a Edward Cullen, el primer hombre que se encontró al comenzar su nueva vida, lo único que le interesaba era el dinero.

La historia es muy fresca, Bella es fuera de Serie, es muy chispa y simpatica, Edward es el clasico rico snob. Pero Bella si que lo saca de sus casillas.

Les gustaria leerla?