Los personajes son de Meyer y la historia de otra gran escritora, yo solo la doy a conocer por fan fic, para aquellas soñadoras como yo
que no vemos mas que a Edward y Bella en cualquier historia...

Gracias a todas las que leen, las que han puesto esta historia en favoritos, y a una servidora como autor favorio, que aunque repito esta historia
no es mia, se los agradezco.

Alas chicas que conoci por medio de esta historia mil gracias... bere-cullen,ExodoOo,Elle cullen,Umee-chan,dukesisa,eviita cullen,Bkpattz,rumpelsinki
y Ana.


Capítulo 9

Bella pasó una noche horrible. Le costó dormirse y, cuando lo hizo, sus sueños fueron un caos de imágenes: vestidos de colores brillantes, kebabs y zapatos. Montones de zapatos.

Edward la había presionado demasiado la noche anterior. Y demasiado pronto. Había tenido que rechazarlo para darse tiempo y espacio para aclararse. Sabía que él creía lo que había dicho, y ella anhelaba creerlo también, pero…

La farola que había al otro extremo de la calle se apagó. Había amanecido.

Edward no era una buena apuesta. Saltaba de relación en relación y ella quería un futuro con un hombre que no estuviera siempre escrutando el horizonte en busca de algo mejor. No necesitaba a un mujeriego que se aburriera de ella. Se dijo que estaba siendo injusta. Edward no era despiadado, tenía corazón. Pero no lo creía preparado para el amor y el compromiso. Cuando le había dicho que no quería algo momentáneo había visto la duda y el miedo en su rostro. Él nunca lo habría admitido, por puro orgullo. Y mientras siguiera alimentando ese orgullo, esa necesidad de ser Edward Cullen, el soltero millonario y magnate informático, no estaría preparado. Ella nunca sería bastante para él.

Inspiró con fuerza y miró el techo. Ninguna mujer era el ser perfecto que él buscaba. Esa idea la alivió.

Se abrazó a la almohada. Su dormitorio estaba sobre la puerta principal; oyó que alguien la golpeaba con suavidad pero insistentemente.

No había ninguna posibilidad de que Tayler o Mike bajaran a abrir. Los domingos no salían de sus cubiles hasta pasado el mediodía. Pero Bella estaba harta de ser la única que hacía algo en aquella casa, así que decidió abrir la ventana y gritarle a cualquiera que fuese que se largara. Eran las ocho de la mañana del domingo, la gente civilizada estaba durmiendo o, al menos, en casa.

Abrió la ventana y asomó la cabeza.

–¿Por qué no te vas a…? –se encontró mirando el rostro de Edward. No sonreía, señalaba una gran bolsa de papel que tenía en los brazos.

–Es por la mañana y ya lo veo más claro. ¿Puedo entrar, por favor?

Bella lo miró boquiabierta. Era increíble que se hubiera tomado sus palabras de forma literal. Estaba demasiado sorprendida para discutir con él y, además, no quería hacerlo por la ventana y dar un espectáculo a los vecinos. Cerró la ventana, bajó de puntillas y abrió la puerta.

–Te he traído el desayuno –Edward le ofreció la bolsa. Olía de maravilla.

Sin mirar dentro, Bella supo que contenía cruasanes calientes y café fuerte. Justo lo que habría comprado ella. No dijo nada, sencillamente lo condujo a la cocina.

Él llevaba la misma ropa que la noche anterior. El traje oscuro… pero faltaba la corbata y llevaba el botón del cuello de la camisa desabrochado. Así estaba aún más sexy, porque no era el Edward perfecto de todos los días. Olía igual. A loción para después del afeitado y a algodón limpio. El aroma más embriagador del mundo. La asaltó el recuerdo del rato que había pasado en sus brazos, en el balcón.

Cuando Edward dejó la bolsa en la encimera y la atrajo para besarla fue incapaz de resistirse.

Fue todavía mejor de lo que recordaba. Mejor porque ya no parecía un sueño. Estaba allí, en su cocina, y seguía queriendo besarla. Deseaba tener esperanza, pero sólo pensar que llegara el día en que la mirase como había hecho Jacob la noche que la dejó echaba por tierra su optimismo.

Puso fin al beso y dio un paso atrás. Se puso las manos tras la espalda, para controlarlas.

–No veo cómo puede haber cambiado nada desde anoche –dijo–. Fue hace unas pocas horas.

Él sacó cruasanes, café y mantequilla de la bolsa y buscó platos y cuchillos.

–He estado pensando en lo que dijiste. Pero no puedes rechazarme sin darme una oportunidad. No te lo permitiré.

Dejó lo que estaba haciendo y la miró. Una mirada auténtica. De repente no era Edward, el ejecutivo agresivo, sino un chico inseguro, lleno de pasión, duda e inseguridad.

Eso era injusto.

Bella podía resistirse al hombre acorazado, pero no a eso. Empezaron a arderle los ojos. Él ya tenía su corazón, ¿acaso pretendía jugar con él, probárselo para ver si encajaba con el suyo? No lo permitiría de ninguna manera.

La antigua Bella, la que había permitido que Jacob la utilizase como felpudo, habría hecho cualquier cosa que le pidiera el hombre de su vida para complacerlo. Y sin duda, complacer a Edward le reportaría muchos beneficios. Era tentador seguirle el juego y vivir un cuento de hadas durante un tiempo. Pero la nueva y mejorada Bella, la que había surgido en las últimas dos semanas, la que se enfrentaba a él, no estaba dispuesta a rendirse a sus pies.

Tal vez porque había demasiado en juego. Nunca había sentido algo así por nadie, ni siquiera por los hombres a los que había intentado convencer de que ella merecía la pena.

No se había planteado si ellos se merecían ese esfuerzo. Como una tonta, había perseguido el sueño de encontrar a un hombre a quien amar sin preguntarse si él era capaz de corresponderla.

Pero esa vez necesitaba saberlo.

No podía soportar la idea de ser el parche temporal de Edward hasta que apareciera alguien mejor. Si veía cómo su interés se desvanecía mientras ella se desvivía por él, si un día aparecía con una mueca apesadumbrada a decirle que había otra mujer, nunca se recuperaría. Se pasaría el resto de la vida torturándose con imágenes de Edward mirando a los ojos de otra mujer, acariciándola o besándola. Tenía que protegerse.

–Edward, no podemos estar juntos. Somos de mundos distintos –arguyó. Tomó aire para darse fuerzas, sabía que él estaba dispuesto a discutir.

–No seas tonta. Tu hermano estuvo a punto de casarse con Alice. Casi fuimos parientes. Tus padres siguen estando en la lista de tarjetas de navidad de mi madrastra, por Dios santo.

Bella dejó caer los hombros. Iba a tener que probar con otra táctica. Pero él demolió cada argumento, uno tras otro, hasta que se sintió atrapada, desesperada. Media hora después, cada uno seguía firme en su postura. Bella estaba agotada y Edward estaba perdiendo los nervios. De repente, Bella sintió una descarga de adrenalina y volvió a la batalla con furor.

Edward la vio ir hacia la puerta de atrás y volver de inmediato. Tenía la respiración entrecortada y él comprendió que estaba al límite. La verdad era que él también. No estaban llegando a ningún sitio.

Nunca había visto a Bella enfadada. Exasperada y nerviosa sí, pero nunca rezumando ira como en ese momento. Su plan estaba fallando. Había pretendido aplacarla, convencerla, pero cada palabra que decía sólo la endurecía más.

–Dímelo a las claras –dijo, mesándose el cabello–. Dime por qué no quieres aceptar ni siquiera una cita. No lo entiendo.

–Apuesto a que no –soltó una risa amarga–. Tengo noticias para ti, Edward Cullen. Hay cosas que no puedes comprar y yo soy una de ellas.

–Yo no quiero…

Ella agitó la mano, señalando el desayuno que aún no habían tocado.

–¿Qué es esto entonces? ¿Y qué me dices del vestido? Crees que puedes chasquear los dedos y todo el mundo caerá a tus pies. Pero yo no voy a ser tuya porque hayas decidido, de repente, que quieres que lo sea.

Él se preguntó si realmente lo veía así, o si era la desesperación la que hablaba. Estiró los brazos y la atrajo hacia sí con gentileza. La tuvo así largo rato, sintiendo su cálido aliento en el hombro. Cuando percibió que sus hombros se relajaban un poco, la apartó para mirarla a los ojos.

–Creía que me conocías, Bella –musitó.

La quietud y tristeza que siguió le hizo más daño que su tensión y sus palabras.

–Te conozco –con los ojos húmedos, alzó la mano y acarició su mejilla.

Las últimas defensas de Edward se derrumbaron. Se sintió tan desprotegido como el primer día que los bravucones del colegio se habían ensañado con él.

–Todo esto es nuevo para mí –dijo con voz ronca–. No sé hacerlo. Yo no suplico. ¿por qué crees que estoy en tu cocina una mañana de noviembre? te estoy suplicando una oportunidad.

Ella lo miraba apesadumbrada; una lágrima se deslizó por su mejilla. Deseó abrazarla de nuevo.

–No puedes imaginar lo difícil que es para mí decir esto… –se mordió el labio e hizo una pausa para recuperar la compostura–. Soy una chica normal y me corresponde un tipo normal. Tú siempre necesitas tener lo mejor de todo. Y no estoy segura de poder ser eso para ti. Tal vez te lo parecería un par de meses, pero después…

Él abrió la boca para protestar, pero ella puso un dedo en sus labios, silenciándolo.

–Incluso si, por algún milagro, llegara a serlo, he llegado a la conclusión de que tal vez… –su voz se quebró–. Tal vez tú no seas lo mejor para mí. No creo que estés listo, Edward. No creo que puedas darme lo que necesito –las lágrimas empezaron a fluir por su rostro–. Ojalá me esté equivocando, pero no lo creo.

Él empezó a hablar, pero lo silenció de nuevo.

–Sé que estás madurando, pero a mí también me han hecho daño. No puedo arriesgarme. Para mí es todo o nada, y esta vez no cederé. No me conformaré con algo de segunda clase.

–¿Estás diciendo que yo soy de segunda? –Edward tensó la mandíbula.

Había creído que tenía mucho que ofrecer a una mujer, y le había ofrecido a Bella eso y más. Sin embargo, ella seguía diciendo que no era suficiente. Qué él no era suficiente.

–Digo lo que opino, Edward –bajó la cabeza–. Simplemente, te estoy diciendo la verdad.

Él sintió la ira como una bofetada de calor que lo abrasaba. Se dio la vuelta y se marchó. Era lo único que podía hacer para no perder los papeles del todo. El portazo resonó por toda la casa.

Estaba pálido. Tal vez porque la ira era mejor que sentir la quemazón de las palabras de Bella. Ella no creía que fuera lo bastante bueno. Se había declarado juez y jurado y lo había sentenciado. Era injusto. Odiaba esa sensación, siempre la había odiado; era como si lo midieran con un rasero invisible y no estuviera a la altura. Durante años había conseguido evitar esa sensación. Se había asegurado de que cuanto hacía y construía sirviera para erradicarla. Y Bella le estaba diciendo que se había equivocado al hacer precisamente eso.


Aunque era domingo, fue a la oficina, hizo unas cuantas llamadas telefónicas y ladró a la gente. No había mucha gente a la que ladrar, por cierto. Tuvo que ir en su busca y sólo encontró a limpiadores y proveedores del escenario, que eliminaban la última evidencia de la fiesta. Resultó poco satisfactorio. Lentamente, su cólera se apaciguó, dejándolo con una sensación de pesadez que le hizo recordar el árbol que había a un lado del campo de críquet de la escuela, al que trepaba para esconderse de Whiterdale y su banda.

Bella había dado su veredicto. Pasó el resto del día dando vueltas a sus palabras. Al final, por más que le doliera, tuvo que admitir que tenía razón, parcialmente.

Había estado tan ocupado creando una fachada perfecta que presentar al mundo que había olvidado que sólo era eso: una fachada. Sumido en su estupidez había dejado de prestar atención al hombre que había dentro de la coraza de hierro. Nadie lo había cuestionado, se habían dejado engañar por la fachada. Pero Bella no.

El hombre con quien se había reencontrado hacía unas semanas no había estado listo para una relación. Había sido orgulloso, arrogante y vano. Pero ella había cambiado eso. Ya no era el mismo hombre. Se preguntó qué le había hecho.

La respuesta surgió en su consciencia de repente, como cuando llevaba días intentando recordar el título de un libro, o algo así, y de pronto, sin venir al caso, destellaba en la mente.

La quería. Estaba enamorado de Bella. Cada molécula de su cuerpo vibró al pensarlo y supo que era verdad. Igual que el mundo era redondo y la montaña más alta del Reino unido era el Ben Nevis. Y al saber que la quería también supo que estaba listo para pasar con ella el resto de su vida. No tenía ninguna duda al respecto.

Irónicamente, no estaba seguro de que Bella estuviera preparada para oírlo. Él no era el único que estaba luchando contra el miedo. «A mí también me han hecho daño», había dicho. Se preguntó quién la había herido.


Bella estaba convencida de que lo que sentía por ella no duraría, así que iba a tener que demostrarle lo contrario. Y la única forma era ser paciente, dejar que pasara el tiempo y demostrarle que no había cambiado de opinión. Aunque tardara cien años en conseguirlo.

La mañana siguiente, cuando Bella salió a recoger la leche, encontró una gran bolsa de papel en el escalón. Una bolsa que olía a cruasanes calientes y café recién hecho. La recogió y miró a su alrededor. No había rastro de Edward, sólo un coche negro que se alejaba.

En la bolsa había una nota, breve y directa.

Tu veredicto era correcto. Pero recurriré…

Entre tanto, disfruta del desayuno.

Cuando estés lista, te estaré esperando.

Edward c.

Y críptica. Se preguntó qué quería decir con ese «recurriré».


Al día siguiente encontró una bolsa idéntica en el escalón, y al siguiente… Bella empezó a odiar salir a recoger la leche. El sexto día se enfadó y dejó la bolsa fuera. Se preguntó si pretendía agotarla, o volverla loca.

Si ése era el plan, estaba funcionando. Estaba enfadada con él. Muy enfadada. Estaba intentando desesperadamente sacárselo de la cabeza y él la obligaba a quererlo aún más. Eso no estaba nada bien.

Después de no recoger la bolsa durante tres días más, y amenazar a sus compañeros de piso con una muerte lenta si se atrevían a tocarla, no hubo más entregas. Ni más notas. Ni más llamadas. Ni siquiera un mensaje de texto. No hubo más Edward.

Se había rendido. Tal y como ella había vaticinado. Lo odió por confirmar su predicción.

Lo odió muchísimo.


ALICE entró en el despacho de su hermano y le tiró un beso con los dedos.

–Esto es fabuloso –dijo, sentándose en un extremo del escritorio.

–¿Dónde diablos has estado este último mes? –gritó Edward, levantándose.

–Las Vegas… –agitó una mano con elegancia–. Acá y allá…

Edward hizo acopio de paciencia. Lo había abandonado cuando tendría que haber estado ayudándolo en un momento clave de su carrera, y aparecía sin más, como si no hubiera ocurrido nada. Además, se había fugado. Había estado tan preocupado que hasta se había planteado contratar a un detective privado para que la buscara. Y allí estaba, tan campante. No sabía si darle un abrazo o retorcerle el pescuezo.

La preocupación fraternal ganó la batalla al enfado. Rodeó el escritorio y la miró de arriba abajo, para comprobar su estado.

–¿Estás bien? ¿No te ocurre nada?

–De maravilla –esbozó una sonrisa radiante–. ¿No ves mi bronceado? lo conseguí en Acapulco.

Eso era típico de Alice. Él había estado preocupándose por su bienestar emocional y ella pensaba que un buen bronceado era una clara evidencia de que todo iba bien. Le dio un fuerte abrazo. Aunque lo volviera loco, se alegraba de tenerla allí de nuevo.

–¡Eh! ¿Estás bien, Edd? –se rió–. Pareces una condenada pitón.

–Perdona –farfulló él, soltándola. Le dio un beso en la coronilla y retrocedió.

Alice estrechó los ojos y lo contempló. A pesar de ser una cabeza loca, a veces era horriblemente perspicaz. Edward decidió despistarla, no quería un montón de preguntas sobre el baile. Eso podría conducir al tema de Bella y no estaba seguro de no delatarse.

Tras una semana y pico de café y cruasanes, había comprendido que incluso eso era presionarla, y lo había dejado. Pero no hacer nada lo estaba matando, por mucho que Bella hubiera dejado claro que necesitaba espacio. Estaba harto de pasar todo el día pensando en ella. Miró a su hermanastra con fijeza

–¿Dónde está ese tipo?

–¿Qué tipo? –parpadeó con inocencia.

Él volvió a plantearse retorcerle el pescuezo.

–¡Ése con el que te has casado! –dijo, con un leve deje de impaciencia en la voz.

Alice lo miró confusa, luego la sonrisa radiante volvió a su lugar. Hizo un ruidito con la boca y le dio un suave empujón.

–¡No me digas que te tragaste ese cuento! –se echó a reír y a Edward empezó a subirle la tensión sanguínea–. La verdad, Edd, ¡a veces te tomas las cosas de forma demasiado literal!

–Ali –dijo él, apretando los dientes–, con un mensaje en mi buzón de voz que decía: «lo siento, cielo, me fugo a las Vegas para casarme», unido a tu desaparición, ¿qué iba a pensar?

–Te ocurre algo, Edward Cullen, y quiero saber qué es –se bajó del escritorio y lo miró con suspicacia–. Estás suave y blandengue.

«¿Suave y blandengue?, ja, ja». Sin duda Jane no pensaba lo mismo. Había estado tan insoportable toda la semana que casi esperaba que se escondiera bajo el escritorio al verlo.

–¿Es por Bella, verdad?

Edward dio un respingo. Se preguntó cómo hacía eso. Cómo era capaz de meterse en su cerebro y ver cosas que nadie veía. Tendría sentido si fueran gemelos. Pero solo compartían al mismo padre.

–He oído que hizo una gran labor, y que trabajaron mucho juntos.

Esbozó una sonrisa dulce como la miel. Era la que utilizaba cuando temía estar pasándose con él.

–Siempre pensé que sería mucho mejor para ti que las mujeres tipo Jessica Fantasía-animada, o como se llame –se inclinó hacia él y su voz se convirtió en un susurro–. ¿Cómo van las cosas entre tú y la adorable Bella?

Edward flexionó los nudillos.

–¿Así de bien, eh? –comentó ella con voz seca–. ¿Qué diablos hiciste?

–No hice nada –rodeó el escritorio y se dejó caer en la silla–. Sigo sin hacer nada…

Le hizo un resumen de todo, punto por punto. Alice, por una vez, lo escuchó con expresión compasiva, no con cara de doña Sabelotodo.

–Dice que quiere ser la primera opción de alguien –concluyó él. Alice le acarició el brazo.

–Bonitos gemelos –dijo, mirando los puños que sobresalían de la chaqueta–. Inusuales.

Él asintió. No se había puesto otros desde la noche del baile.

–¿Y ella es tu primera opción? –preguntó Alice con voz dulce.

Edward apretó la mandíbula y asintió.

–Oh, Edd –Alice rodeó el escritorio y lo abrazó desde detrás del sillón ejecutivo.

–Pero parece que yo no soy la suya –dijo él, intentando que el dolor no se reflejara en su voz.

–Apuesto a que sí lo eres –Alice lo apretó con más fuerza–. De hecho, tras días de práctica durante mis vacaciones en las Vegas, me jugaría un buen dinero. Sólo necesitas demostrárselo.

–Ya lo he intentado –rezongó él.

Alice, sin cortarse, le dio una colleja.

–¡Ay!

–¡No a tu manera, tonto! Es obvio que esa forma no puede funcionar –fue hacia la ventana y miró el atrio–. Tengo una idea… pero requerirá un poco de planificación…

Edward apoyó la cabeza en las manos. Que Dios lo ayudara.


Penultimo capitulo, mañana gran final... llego Alice al rescate!

Quieren saber que pasara? Mandame tu comentario, jijii. Como agradecimiento a todas uds, subire hoy el capitulo 1 de la nueva Historia, estoy segura
que les encantara como a mi, solo que esta no la actualizare diario, solo 2 dias a la semana. ª.ª