Y aquí está el primer capítulo!!! Disfrútenlo!!

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"Bailando en el Cielo"

Uno

Isla de las tres hermanas

junio de 2001

La mujer mantenía fija la mirada, mientras el promontorio, que aparecía verde y desigual en la distancia, iba revelando sus secretos. El faro, na­turalmente. No era imaginable una isla de la cos­ta de Nueva Inglaterra sin uno que se irguiera firme y robusto. Ése, de una blancura inmacula­da y deslumbrante, se alzaba sobre un abrupto acantilado. Aeris pensó que no podía ser de otra forma.

Cerca del faro había una casa de piedra de un color gris como la niebla bajo la luz resplandecien­te del verano. Tenía un alto tejado a dos aguas y lo que esperaba que fuera una balaustrada alrededor de la planta de arriba.

Ya había visto antes cuadros del Faro de las Hermanas y de la casa que se alzaba a su lado firme y sólida, pero fue el cuadro que vio en la pequeña tienda de la costa el que hizo que se montara en el trasbordador sin pensárselo dos veces.

Llevaba seis meses siguiendo su instinto y ac­tuando por impulsos, justo dos meses después de que su meticuloso plan organizado con todo deta­lle la hubiera liberado.

Cada momento de aquellos dos meses había si­do aterrador. Luego, poco a poco, el terror había dado paso al desasosiego y a un temor distinto, pa­recido al ansia, a perder lo que había vuelto a encontrar.

Había muerto, luego podía vivir.

Ya estaba cansada de correr, de esconderse, de perderse en ciudades bulliciosas. Quería un hogar. ¿Acaso no era eso lo que había querido siempre? Un hogar, raíces, familia, amigos: la compañía que no juzga a los demás con demasiada severidad.

Quizá encontrara algo parecido allí, en ese tro­zo de tierra mecido por el mar. Casi con toda seguridad no encontraría un lugar más alejado de Los Angeles que aquella pequeña y encantadora isla... a no ser que abandonara el país.

Si no encontraba un trabajo, por lo menos po­dría pasar allí unos días. Una especie de descanso en su huida, se dijo. Disfrutaría de las playas roco­sas y del pueblecito; pasearía por los acantilados y se perdería en la espesura del bosque.

Había aprendido a disfrutar y a apreciar cada momento de su existencia. Era algo que no volvería a olvidar jamás.

Encantada con las casas de madera desperdiga­das por detrás del muelle, Aeris se apoyó en la barandilla del trasbordador dejando que el viento agitara su cabello. Había recuperado el tono castaño claro, que era su color natural. Cuando emprendió su huida, se lo cortó a lo chico, feliz por deshacerse de los largos y mullidos rizos. Luego se lo tiño de negro. Con el paso del tiempo, fue cambiando de color: pelirrojo, rubio, marrón... Seguía teniéndolo algo corto y trenzado. Para Aeris el ser capaz de dejarse el pelo en paz significaba algo. Tal vez que empezaba a recupe­rarse a sí misma.

A Sephiroth le gustaba que lo llevara largo, con mu­chos rizos exuberantes. A veces la había arrastrado por el suelo o escaleras abajo tirando de ellos, co­mo si fueran cadenas.

No, nunca volvería a dejárselo largo. Sintió un escalofrío y miró por encima del hombro a los coches y personas que había en el barco. Se le secó la boca y le ardió la garganta mientras buscaba a un hombre alto y delgado con el cabello plateado y ojos duros y transparentes co­mo el cristal.

Él, naturalmente, no estaba allí, sino a cinco mil millas de distancia. Para él, ella estaba muerta. ¿Acaso no le había dicho cientos de veces que la muerte sería la única forma que tenía para liberarse de él?

Aerith Faremis había muerto, luego Aeris Gainsborough podía vivir.

Furiosa consigo misma por haber rememorado su anterior vida aunque sólo hubiera sido por un instante, Aeris hizo un esfuerzo por tranquilizarse. Respiró hondo. Aire salado, agua. Libertad.

Relajó los hombros y esbozó una sonrisa vaci­lante. Era una mujer pequeña con un rostro de rasgos finos enmarcado por un pelo trenzado y claro que se agitaba con alegría. Sonrió abiertamen­te y sus labios, delicados y sin pintar, dibujaron la sombra de unos hoyuelos en las mejillas. El pla­cer hizo que su piel adquiriera un delicado tono sonrosado.

No llevaba maquillaje; otro acto deliberado. Había una parte de ella que aún se ocultaba, que se sentía perseguida, y por eso hacía todo lo po­sible para pasar desapercibida. Hubo una época en la que era considerada una belleza y ella se arreglaba en consonancia. Se vestía como le decían que se vistiera, con ropa sofisticada, elegan­te y provocativa que elegía un hombre que ase­guraba quererla por encima de todo. Sabía lo que era sentir la seda sobre la piel y llevar unos diamantes alrededor del cuello. Aerith Faremis conoció todos los privilegios que da una gran fortuna.

Y durante tres años se había sentido atemori­zada y desgraciada.

Aeris llevaba una camisa rosa de algodón y unos va­queros desteñidos. Calzaba unas zapatillas de de­porte blancas, baratas y cómodas y su única joya era un medallón que había sido de su madre.

Algunas cosas eran demasiado preciosas como para dejarlas atrás.

Volvió hacia su coche mientras el trasbordador reducía la velocidad a medida que se acercaba al muelle. Llegaría a Tres Hermanas con una bolsa pequeña en la que llevaba todas sus pertenencias, un destartalado Buick de segunda mano y 208 dólares.

Nunca había sido tan feliz.

Aparcó el coche y empezó a deambular por el muelle; pensó que no podía haber nada más aleja­do del glamour y los palacios de placer de Beverly Hills. Se dio cuenta de que ningún otro lugar le había atraído tan poderosamente como aquel pueblecito que parecía salido de una postal. Las casas y las tiendas tenían un aspecto cuidado y primoro­so aunque hubieran perdido algo de color por el viento y el sol. La calles, adoquinadas y limpias co­mo patenas, ascendían en curva por la colina o ro­deaban el muelle.

Los jardines estaban cuidados con mimo, co­mo si las malas hierbas estuvieran prohibidas. Los perros ladraban detrás de vallas de tablones de ma­dera rematados en pico y los niños montaban en bicicletas de color rojo brillante o azul eléctrico.

Los mismos muelles eran todo un dechado de laboriosidad. Había barcos, redes y hombres de mejillas sonrosadas que calzaban botas de goma hasta la rodilla. Olía a pescado y sudor.

Subió la cuesta y se volvió para mirar atrás. Desde allí podía ver los barcos de turistas fondea­dos en la bahía y la playa de arena, como una cu­chillada curva, donde los bañistas se tumbaban en toallas o se dejaba balancear por la marea. Un pe­queño tranvía rojo con el rótulo TOUR DE TRES HERMANAS se llenó enseguida de visitantes con cámaras.

Dedujo que el turismo y la pesca eran lo que mantenían a flote la isla. Pero eso era economía. La isla se mantenía firme frente al mar, las tor­mentas y el tiempo y era capaz de sobrevivir y flo­recer a su propio ritmo. Eso era valentía.

A ella le había costado demasiado descubrirla.

La calle principal ascendía en cuesta, flanqueada por tiendas, restaurantes y lo que supuso que eran negocios locales. Pensó que debía hacer la primera parada en uno de los restaurantes. Quizá pudiera conseguir un trabajo de camarera o cocinera, aun­que sólo le durara la temporada de verano. Si encon­traba un trabajo, podría alquilar una habitación.

Podría quedarse.

Al cabo de unos meses, la gente la conocería. La saludarían con la mano al verla pasar o la llama­rían por su nombre. Estaba cansada de ser una desconocida, de no tener nadie con quien hablar. De que nadie la apreciara.

Se paró para ver el hotel. Era de piedra, a dife­rencia de los demás edificios, que eran de madera. Los tres pisos tenían balcones de hierro y una de­coración recargada, los tejados eran puntiagudos y el conjunto resultaba indiscutiblemente románti­co. Se llamaba La Posada Mágica, un nombre, pen­só, que resultaba muy apropiado.

Sería fantástico trabajar allí, como camarera en el comedor o como camarera de habitaciones. En­contrar un trabajo era la primera de sus prioridades.

Pero no podía entrar, así de golpe. Quería un poco más de tiempo antes de empezar a ocuparse de las cosas prácticas.

Sephiroth la habría llamado frívola. Habría dicho que era demasiado frívola y alocada como para cuidar de sí misma, y que, gracias a Dios, le tenía a él para ocuparse de ella.

Se dio la vuelta y empezó a andar en dirección contraria porque aquella voz le retumbaba con de­masiada claridad en los oídos, porque aquellas pa­labras le robaban la confianza que con tanta difi­cultad había logrado.

Conseguiría aquel maldito trabajo cuando es­tuviera preparada, pero de momento iba a dar una vuelta, a hacer de turista, a explorar. Cuando ter­minara de recorrer la calle principal, volvería al coche y exploraría la isla. Ni siquiera pasaría por la oficina de turismo para conseguir un mapa.

Se colocó la mochila y cruzó la calle dejándo­se llevar por su intuición. Se detuvo en los esca­parates de las tiendas de artesanía y de regalos. Vio cosas preciosas expuestas en baldas sin orden ni concierto. Un día, cuando se asentara, se haría un hogar a su gusto, lleno de cosas, colorido y alegre.

Sonrió al ver una tienda de helados. Tenía me­sas de cristal y sillas blancas de hierro. Una pareja con sus dos hijos estaba sentada en una de ellas y todos se reían mientras tomaban helados con cre­ma y virutas de caramelo. Un muchacho con gorra y delantal blancos estaba detrás del mostrador y una chica con vaqueros cortados y ceñidos coque­teaba con él mientras decidía qué pedir.

Misao grabó aquella imagen en su retina y siguió su camino.

La librería hizo que se detuviera y que suspira­ra. Su casa estaría llena de libros, pero no de valio­sas primeras ediciones que rara vez alguien abre o lee. Tendría libros viejos y gastados y libros nuevos de tapa blanda, todos ellos mezclados y revueltos en las estanterías. En realidad, eso era algo que ya podía empezar a hacer. Una novela no supondría mucho peso extra. Miró el rótulo en letras góticas que había en el cristal del escaparate: Libros & Café. Bien, era perfecto. Buscaría algo entretenido y le echaría una ojeada ante una taza de café.

Cuando entró, el ambiente olía a flores y espe­cias y se oía una música de gaitas y arpas. No sólo el hotel era mágico, pensó Aeris en el preciso mo­mento en que cruzó el umbral de aquella tienda.

Libros. Todo un festín de formas y colores ali­neados en estanterías azul oscuro. En el techo, pe­queños puntos de luz brillaban como estrellas. El mostrador era una vieja mesa de despacho de roble tallada con duendecillos alados y lunas crecientes. Detrás, sobre un taburete, una mujer con el pelo oscuro y cortado a trasquilones pasaba tranquila­mente las páginas de un libro. Levantó la mirada y se colocó bien las gafas de montura plateada.

—Buenos días. ¿Puedo ayudarle en algo?

—Sólo voy a echar un vistazo, gracias.

—Adelante. Si puedo ayudarle, dígamelo.

La dependienta volvió a su libro y Aeris empe­zó a dar vueltas. En el otro lado de la habitación había dos butacas de considerable tamaño frente a una chimenea de piedra. Sobre la mesa que estaba en medio había una lámpara hecha con la escultura de una mujer envuelta en una capa y con los brazos levantados. En otras estanterías había estatuillas de piedras de colores, huevos de cristal, dragones y multitud de objetos. Avanzó entre libros a un lado y velas al otro.

Al fondo, unas escaleras ascendían en curva al piso superior. Subió y se encontró con más libros, más objetos y el café.

Junto a la ventana había media docena de me­sas de madera lustrosa y a lo largo del costado se disponía un mostrador con vasos y una impresio­nante variedad de bollos y sándwiches, además de una olla con la sopa del día. Los precios eran más bien altos, pero no excesivos. Aeris decidió que to­maría un poco de sopa y un café.

Al acercarse, oyó voces que salían de la puerta que había detrás del mostrador.

—Garnet, eso es ridículo. Una completa irres­ponsabilidad.

—No lo es. Es la gran oportunidad de Yitán y la forma de salir de esta maldita isla. Vamos a aceptar.

—La mera posibilidad de una audición para una obra en el Off Broadway, que a lo mejor no se lleva a cabo, no es una gran oportunidad que diga­mos. Ninguno de los dos tendrá un empleo. No vais...

—Vamos a hacerlo, Tifa. Te dije que trabajaría hasta mediodía de hoy y lo he hecho.

—Me lo dijiste hace menos de veinticuatro horas.

La voz, grave y encantadora, denotaba impa­ciencia. Aeris no pudo evitar acercarse.

—¿Cómo demonios voy a sacar adelante el ca­fé si no tengo cocinera?

—Sólo te preocupa lo que te pase a ti¿verdad? Ni siquiera vas a desearnos suerte.

—Garnet, te desearé un milagro, porque es lo que necesitas. No, espera... no te vayas de morros.

Aeris sintió que se acercaban y se apartó de la puerta, aunque siguió escuchando.

—Ten cuidado. Sé feliz. ¡Maldita sea! Ve con mis bendiciones, Garnet.

—De acuerdo —se sorbió las lágrimas—. Lo siento, de verdad que siento dejarte así, pero Yitán tiene que hacer esto y yo tengo que estar con él. Te echaré de menos, Tifa. Te escribiré.

Aeris consiguió esconderse detrás de las estan­terías justo en el momento en que una mujer salía y bajaba a toda prisa las escaleras entre sollozos.

—Vaya, es genial.

Aeris se asomó y parpadeó admirada.

La mujer que estaba junto a la puerta era como una aparición. A Aeris no se le ocurrió otra palabra para describirla. Tenía una espléndida cabellera de color negro azabache, que con la luz despedía reflejos rojizos. Los largos cabellos negros caían sobre el rojo de un vestido que de­jaba los brazos desnudos para mostrar las pulseras de plata que adornaban las dos muñecas. Los ojos, brillantes por el ataque de genio, eran rojos, como el fuego de una hoguera y relucían en un rostro inmaculado. Los pómulos eran perfectos y la boca ancha y pintada de rojo, como la de una mujer fatal. Y la piel... Aeris había oído comparar el cutis con el alabastro, pero aquélla era la primera vez que lo veía.

La mujer era alta, esbelta como un sauce y per­fecta.

Aeris miró a su alrededor para comprobar si al­guno de los clientes estaba tan impresionado como ella, pero ninguno parecía fijarse en la mujer o en la ira que le bullía como si fuera agua hirviendo.

Cuando se asomó un poco más para verla me­jor, aquellos ojos rojos cambiaron de dirección y se clavaron en ella.

—Hola. ¿Puedo ayudarle en algo?

—Yo estaba... pensaba... quisiera tomar un capuchinoy un poco de sopa. Por favor.

Aeris estuvo a punto de volver a esconderse de­trás de las estanterías ante la mirada de fastidio que le lanzó Tifa.

—Puedo servirle sopa, hoy es de langosta, pero me temo que no soy capaz de manejar la máquina de café.

Aeris miró la preciosa máquina de cobre y latón y sintió un ligero hormigueo.

—Puedo hacérmelo yo misma.

—¿Sabe cómo se maneja esa cosa?

—Sí, la verdad es que sí.

Tifa, pensativa, asintió con un gesto y Aeris pa­só detrás del mostrador.

—Podría hacerle uno a usted ya que estoy aquí.

—¿Por qué no? —Tifa pensó que era una mujer decidida—. ¿Cómo es que has llegado hasta aquí¿Eres una excursionista?

—No. Ah... —Aeris se sonrojó al acordarse de la mochila—. No, estoy dando una vuelta. Busco un trabajo y alojamiento.

—Ya.

—Disculpe, sé que no hice bien, pero escu­ché... la conversación. Si he entendido bien, está en un pequeño apuro. Yo sé cocinar.

Tifa observó el vapor que subía y escuchó el silbido.

—¿De verdad?

—Soy muy buena cocinera —Aeris ofreció a Tifa el café espumoso—. He trabajado en una empresa de catering y en una panadería. Tam­bién he sido camarera. Sé preparar comida y servirla.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintiocho.

—¿Tienes antecedentes penales?

A Aeris casi se le escapó una carcajada. Los ojos le chisporrotearon un instante.

—No. Soy honrada hasta el aburrimiento, una empleada digna de confianza y una cocinera crea­tiva. —«¡No parlotees, no parlotees!», se ordenó a sí misma, pero no podía parar—. Necesito el tra­bajo porque quiero vivir en la isla. Me gustaría es­te trabajo porque me gustan los libros y me ha gustado... la sensación de su tienda desde que en­tré en ella.

Tifa, intrigada, inclinó la cabeza.

—¿Qué has sentido?

—Oportunidades.

Tifa se dijo que era una respuesta excelente.

—¿Crees en las oportunidades?

Aeris lo meditó un segundo.

—Sí. He tenido que hacerlo.

—Disculpen —una pareja se acercó al mostra­dor—. Nos gustaría tomar dos helados de moca y dos pasteles de chocolate.

—Naturalmente. Un momento —Tifa se volvió hacia Aeris—. Estás contratada. El delantal está de­trás de la puerta. Concretaremos los detalles más tar­de —dio un sorbo al capuchino—. Muy bueno —aña­dió mientras se retiraba—. Ah... ¿cómo te llamas?

—Aeris. Aeris Gainsborough.

—Bienvenida a Tres Hermanas, Aeris Gainsborough.

Tifa Lockhart dirigía el café como dirigía su vida: Con un estilo fruto del instinto y, sobre todo, para su disfrute personal. Era una empresaria muy ca­paz que disfrutaba obteniendo beneficios, pero siempre según sus condiciones.

Pasaba por alto lo que le aburría y perseguía lo que le intrigaba.

En ese momento, Aeris Gainsborough le intrigaba.

Si Aeris hubiera exagerado sus virtudes, Tifa la habría despedido con la misma facilidad con la que la había contratado y sin remordimientos. Quizá, si se hubiera apiadado de ella, la habría ayudado a encontrar otro trabajo, pero sin dedicarle dema­siado tiempo siempre y cuando no interfiriera en la marcha de su negocio.

Había dado aquel paso porque le había impre­sionado una cosa en el preciso instante en el que los enormes ojos verdes de Aeris se habían encon­trado con los de ella.

Inocencia herida. Ésa había sido la primera impresión de Tifa, quien por definición confiaba en sus primeras impresiones. También había nota­do aptitud, aunque la confianza en sí misma pare­cía vacilar un poco.

De todas formas, en cuanto Aeris se puso a tra­bajar, todas sus dudas se disiparon.

Tifa la observó durante la tarde y notó que ma­nejaba sin aturullarse los pedidos, los clientes, la caja registradora y la misteriosa y desconcertante máquina de café.

Tifa decidió que tendría que adecentarla un poco. Esos vaqueros gastados eran habituales en la isla, pero resultaban un poco desaliñados para su gusto.

Satisfecha, en cualquier caso, Tifa entró en la cocina. Se quedó impresionada al ver que las encimeras y los cacharros estaban limpios. Garnet nunca había conseguido ser una cocinera pulcra, y eso que casi toda la repostería se hacía fuera.

—¿Aeris?

Aeris dio un respingo y se apartó de un salto de los fogones que estaba limpiando. Se ruborizó y miró a Tifa y a una joven que estaba con ella.

—No quería asustarte. Es Rikku. Ella trabaja en el mostrador de dos a siete.

—Ah. Hola.

—Hola. ¡Caray! No puedo creer que Garnet y Yitán se marchen. ¡Nueva York! —Rikku parecía un poco envidiosa. Era baja y alegre y tenía una mata de rizos decolorados hasta parecer casi blancos—. Garnet hacía unos bollos de arándanos impresio­nantes.

—Sí, es verdad, pero Garnet y sus bollos ya no es­tán. Ahora tengo que hablar con Aeris, de modo que te quedas a cargo de la tienda.

—Muy bien. Hasta luego, Aeris.

—Vamos a mi despacho. Concretaremos las cosas. En verano abrimos de diez a siete. En invierno cerramos a las cinco. Rikku prefiere el turno de tarde. Le gusta salir y no es madrugadora. En cualquier caso, como empezamos a servir a las diez, te necesito aquí por la mañana.

—Me parece perfecto.

Aeris subió otro tramo de escaleras detrás de Tifa. Se dio cuenta de que no se había fijado en que la tienda tenía tres pisos. Unos meses antes no se le habría escapado ese detalle. Habría compro­bado el espacio y las salidas. Se recordó que el tranquilizarse no significaba descuidarse. Tenía que estar preparada para salir corriendo en cual­quier momento.

Atravesaron un gran almacén lleno de estante­rías con libros y entraron en el despacho.

La mesa antigua de cerezo encajaba perfecta­mente con Tifa. Aeris se la imaginaba rodeada de objetos preciosos y bellos. Había flores y plantas, y cuencos con trozos de cristal y piedras pulidas. Además de muebles elegantes había un ordenador de última generación, un fax, archivadores y baldas para los catálogos de las editoriales. Tifa señaló una silla y se sentó en la que había detrás de la mesa.

—Ya has pasado unas horas en el café de modo que has podido ver lo que ofrecemos. Cada día hay un sándwich especial, una sopa distinta y una pe­queña selección de sándwiches alternativos. Hay dos o tres variedades de ensaladas frías. Pasteles, galletas y bollos. Yo dejaba que la cocinera se en­cargara de hacer el menú. ¿Te parece bien?

—Sí, señora.

—Por favor, soy un año menor que tú. Llámame Tifa. Hasta que veamos si todo funciona, me gustaría que me enseñaras el menú del día si­guiente para que le dé el visto bueno —sacó una hoja de papel del cajón y se la pasó a Aeris—. ¿Po­drías escribir lo que tienes pensado para mañana?

Aeris notó que el pánico amenazaba con apode­rarse de ella y que le temblaban los dedos. Respiró hondo y esperó hasta que se le aclararon las ideas.

—Creo que en esta época del año deberíamos hacer sopas ligeras. Un consomé con hierbas. Una ensalada de tortellini, otra de judías blancas y otra de gambas. De sándwiches... uno de pollo con especias en pan de pita y algunos vegetarianos, aunque ten­dría que ver qué hay de temporada. Puedo hacer tar­tas, pero también según la fruta que haya ahora. Los pasteles de crema y chocolate gustan mucho, puedo hacer el doble. Y tartas de seis pisos. Maravillosos bollos de arándanos y de nuez también. Hay poco biz­cocho de avellana. ¿Galletas? De chocolate, de nue­ces de macadamia... En vez de un tercer tipo de galletas, yo haría brownies. Hago unos buenísimos.

—De todo lo que has dicho¿qué es lo que po­drías hacer aquí mismo?

—Supongo que todo, pero si vas a servir los pasteles y los bollos desde las diez, tendría que em­pezar sobre las seis.

—¿Y si tuvieras tu propia cocina?

—Bueno —eso era una fantasía maravillosa—. Podría preparar parte del menú la noche anterior y hacer los pasteles por la mañana.

—Mmm... ¿Cuánto dinero tienes, Aeris Gainsborough?

—Suficiente.

—No seas susceptible —le dijo despreocupa­damente Tifa—. Puedo adelantarte cien dólares. A cuenta del sueldo, que para empezar sería de siete dólares a la hora. Anotarás todos los días las horas que emplees en comprar y cocinar. Carga­rás lo que necesites de comida a cuenta de la tien­da, siempre que sea prudencial. Quiero los recibos de todo; todos los días.

Aeris abrió la boca para decir algo pero Tifa le­vantó un dedo delgado y con la uña pintada de co­lor coral.

—Un momento. Deberás servir y limpiar las mesas cuando haya demasiada gente y ayudarás a los clientes en la librería cuando tengas tiempo. Tendrás dos descansos de media hora, los domin­gos libres y un quince por ciento de descuento en las compras, excepto en la comida y bebida que, salvo que resultes ser una glotona, forman parte de tu salario. ¿De acuerdo hasta ahora?

—Sí, pero yo...

—Perfecto. Yo estoy aquí todos los días. Si tie­nes alguna duda o problema, dímelo. Si yo no puedo atenderte, díselo a Gevurah. Suele estar en el mos­trador del piso principal y está al tanto de todo. Pa­reces suficientemente espabilada como para ente­rarte. Otra cosa. Estás buscando alojamiento ¿no?

—Sí —era como si la arrastrara un vendaval inesperado—. Espero...

—Acompáñame.

Tifa sacó un llavero del cajón, se apartó de la mesa y se levantó; Aeris se dio cuenta de que llevaba unos tacones de aguja impresionantes.

Cuando llegaron al piso principal, Tifa fue di­rectamente a una puerta trasera.

—¡Gevurah! —gritó—. Vuelvo dentro de diez mi­nutos.

Aeris, que se sentía torpe y un poco estúpida, la siguió y entró en un pequeño jardín con un camino de losas de piedra. Una enorme gata negra to­maba el sol sobre una de ellas y abrió un ojo dora­do cuando Tifa le pasó por encima.

—Es Isis. No creo que te moleste.

—Es preciosa. ¿Has hecho tú el jardín?

—Sí. Sin flores no hay hogar. ¡Ah! No te lo ha­bía preguntado¿tienes medio de transporte?

—Sí, tengo un coche. Aunque llamarlo medio de transporte es un poco exagerado.

—Te vendrá bien. Las distancias no son gran­des, pero te resultaría un incordio tener que cargar con la compra todos los días.

Al llegar al final del jardín giró a la izquierda, mantuvo el paso vivo, pasó por la parte trasera de algunas tiendas y entre casas muy bien cuidadas.

—Señora... lo siento no sé cuál es su apellido.

—Es Lockhart, pero te he dicho que me llames Tifa.

—Tifa, te agradezco el trabajo. La oportuni­dad. Te prometo que no te arrepentirás, pero... ¿puedo preguntar dónde vamos...?

—Necesitas alojamiento —dio la vuelta a una esquina, se paró y señaló—. Eso te servirá.

Al otro lado de una estrecha calle lateral se veía una pequeña casa amarilla. Era como un rayo de sol al final de una arboleda. Las contraventanas eran blancas, como el pequeño porche. Tenía también flores que le daban un brillante colorido veraniego.

Estaba a espaldas de la carretera, en una parce­la cuadrada con árboles que la ocultaban entre manchas de luz y sombra.

—¿Es tuya? —preguntó Aeris.

—Sí. Por el momento. Tifa avanzó por el ca­mino adoquinado mientras hacía sonar las llaves— La compré la primavera pasada.

Se había visto obligada, recordó Tifa. Se había convencido de que era una inversión. Aunque ella, una mujer de negocios hasta la médula, no había hecho nada por alquilarla hasta ese momento. Ha­bía esperado, como había esperado la casa.

Abrió la puerta principal y se apartó.

—Está bendecida.

—¿Cómo dices?

Tifa se limitó a asentir con la cabeza.

—Bienvenida.

El mobiliario era escaso. Un sofá que pedía a gritos una tapicería nueva, una butaca mullida y unas mesas dispersas.

—Los dormitorios están a los lados, aunque el de la izquierda es más apropiado para despacho o estudio. El cuarto de baño es pequeño pero agra­dable y acabo de arreglar la cocina, que debería funcionar perfectamente. Está justo detrás. He adecentado el jardín, pero necesita cuidados. No hay aire acondicionado, pero la chimenea funciona y lo agradecerás cuando llegue enero.

—Es preciosa —Aeris dio una vuelta y asomó la cabeza al dormitorio principal, donde había una cama muy bonita con un cabecero de hierro blan­co—. Es como una casita de cuento. Debes estar encantada de vivir aquí.

—Yo no vivo aquí. Tú sí.

Aeris se dio la vuelta lentamente. Tifa estaba en el centro de la habitación con las llaves en la palma de la mano. La luz se colaba por las dos ventanas y parecía tener la cabellera con llamas brillantes.

—No entiendo.

—Tú necesitas un sitio para vivir y yo lo tengo. Yo vivo en el acantilado, lo prefiero. Esta es tu ca­sa, por el momento. ¿No lo notas?

Aeris sólo sabía que se sentía feliz y muy ner­viosa al mismo tiempo. Y que en el mismo momento en que entró en la casa quiso desperezarse y quedarse, como la gata que tomaba el sol.

—¿Puedo quedarme?

—La vida ha sido dura¿verdad? —murmuró Tifa—. Tiemblas ante la buena suerte. Pagarás un alquiler porque no se valora lo que es gratis. Ya acordaremos las condiciones y haremos los pape­leos mañana. El mercado es el mejor sitio para encontrar los ingredientes que necesitas para el me­nú de mañana. Les diré que vas a ir para que lo carguen todo a la cuenta de la tienda. Los cacha­rros, sartenes o utensilios van por cuenta tuya, pe­ro te los adelantaré hasta fin de mes. Espero verte a ti y a tus creaciones a las nueve y media.

Se acercó y dejó las llaves en la temblorosa ma­no de Tifa.

—¿Alguna pregunta?

—Demasiadas. No sé por donde empezar. No sé cómo agradecértelo.

—No malgastes tus lágrimas, hermanita —re­plicó Tifa—. Son demasiado valiosas. Vas a tener que trabajar mucho.

—Estoy deseando empezar —Aeris alargó la mano—. Gracias Tifa.

Se estrecharon las manos. Saltó una chispa azul como una llama. Aeris retrocedió con una risa nerviosa.

—Debe haber mucha electricidad estática o al­go así.

—O algo así. Bueno, bienvenida a casa, Aeris.

Tifa se dio la vuelta y fue hacia la puerta.

—Tifa —Aeris tenía un nudo en la garganta—, dije que era como una casita de cuento; tú debes de ser mi hada madrina.

La sonrisa de Tifa era deslumbrante y la risa, grave y sonora, le recordó al chocolate caliente.

—Pronto te darás cuenta de que disto mucho de serlo. Sólo soy una bruja con sentido práctico. No te olvides de llevarme los recibos —añadió mientras cerraba lentamente la puerta.

Continuara...

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Espero que les haya gustado. Dudas, sugerencias o comentarios con gusto los recibiré…

Que les vaya bonito…