Aquí les traigo un nuevo capítulo recien sacadito del horno nn
Le dedico este capítulo a Barbara-Maki, de verdad muchas gracias por tu apoyo, no sabes cuanto me eleva el ánimo :)
Aprovechando, si alguien de los que lee esto también leyó el primer capítulo del fic que estoy leyendo…. Porfis, dejen review!!! TT
En serio, no saben que feo se siente ver que al pobrecito no le ha llegado ni uno. Si no fuera por los hits, ni sabría si alguien lo está leyendo ¬¬ Si les da flojera registrarse para dejar un review firmado, ya de perdida uno anónimo, no? Aunque me dejen una carita, una palabra, de verdad harían mi día .
Bueno, ya que acabó la quejumbres, ahora sí aquí los dejo con el siguiente capítulo…
Bailando en el Aire.
Cuatro
El primer día que tuvo libre, Aeris cambió la distribución de los muebles. Regó las flores y las hierbas aromáticas, hizo la colada y una barra de pan integral.
No habían dado las nueve de la mañana cuando cortó la primera rebanada para desayunar.
Sephiroth detestaba su costumbre de madrugar y se quejaba de que ése era el motivo por el que luego estaba sin ánimo durante las fiestas. En su casa junto al mar, no había nadie que la criticara, ni tenía que moverse sigilosamente. Podía dejar las ventanas abiertas de par en par y era dueña de su tiempo.
Salió a dar un largo paseo por la playa con el pico de la barra de pan en el bolsillo de los pantalones cortos, masticando todavía el trozo que acababa de meterse en la boca.
Los barcos estaban en alta mar y se mecían o avanzaban con suavidad sobre la superficie. El mar estaba en calma y las olas, de un azul de ensueño, rompían formando un encaje en la arena. Las gaviotas sobrevolaban el agua en una elegante danza acompañada por sus penetrantes gritos, y al fondo se oía el rumor constante y sordo del oleaje.
Se giró con un paso de baile de su invención, sacó el pedazo de pan del bolsillo, lo partió en trozos que arrojó al aire para contemplar cómo las aves caían sobre ellos desde las alturas.
Miró al cielo y pensó que estaba sola, pero no solitaria. Dudó que volviera a sentirse sola.
Oyó las campanas y se volvió hacia el pueblo. Se miró los pantalones cortos y desgastados y las zapatillas llenas de arena y decidió que no iba vestida apropiadamente para ir a la iglesia, pero que podía rezar por su cuenta una oración en muestra de su agradecimiento.
Se sentó en la orilla mientras las campanas repicaban. Pensó que había encontrado la paz y la felicidad. Nunca, nunca daría por sentada ninguna de las dos cosas. Todos los días se acordaría de compensarlo de alguna manera. Aunque sólo fuera con unas migajas de pan para las gaviotas. Cuidaría lo que había plantado. Se acordaría de ser amable y de ofrecer una mano a quien la necesitara.
Mantendría sus promesas y no esperaría nada que no fuera llevar una vida tranquila que no hiciera daño a nadie. Se ganaría lo que le fuera dado y lo guardaría como un tesoro.
Se contentaría con las cosas sencillas y empezaría a hacerlo en ese momento.
Se levantó y comenzó a recoger conchas que fue guardando en los bolsillos. Cuando los tuvo llenos, se quitó las zapatillas y las llenó también. Llegó al final de la playa, donde las rocas emergían de la arena y caían hacia el mar. Había guijarros del tamaño de una mano erosionados por el mar. Recogió uno y luego otro con la idea de hacer un borde para el lecho de hierbas.
Notó un movimiento a su izquierda, cerró la mano sobre una piedra y se volvió precipitadamente. El corazón le latió con violencia al ver a Zack que se acercaba por unos escalones de madera.
—Buenos días.
—Buenos días.
Instintivamente, se volvió a la defensiva y comprobó con intranquilidad lo lejos que estaba del pueblo. La playa ya no estaba vacía, pero los bañistas se encontraban a cierta distancia.
—Un día precioso para dar un largo paseo por la playa —comentó Zack mientras se apoyaba en la barandilla y la observaba—. Seguro que has disfrutado.
Él había visto su baile con las gaviotas. Era una pena, pensó, lo rápido que un rostro podía pasar de la alegría al recelo.
—No me había dado cuenta de lo lejos que estaba.
—En realidad, nada está muy lejos en una isla de este tamaño. Va a ser un día caluroso —comentó con desenfado—. La playa estará abarrotada antes de mediodía. Es agradable aprovecharla cuando aún no está llena de toallas.
—Sí, bueno...
—Sube.
— ¿Cómo?
—Sube a casa. Te daré una bolsa para las conchas y las piedras.
—Ah, no te preocupes. No hace falta...
—Aeris. ¿Qué te preocupa¿Los policías en general, los hombres en particular o yo en concreto?
—No estoy preocupada.
—Demuéstralo —Zack se quedó donde estaba, pero alargó un brazo.
Ella lo miró a los ojos. Eran unos ojos bondadosos. Inteligentes, pero pacientes también. Se acercó con lentitud y llevó su mano hacia la de él.
— ¿Qué piensas hacer con las conchas?
—Nada —tenía el pulso desbocado, pero se obligó a subir los escalones con él—. Bueno, nada interesante. Las tiraré por ahí, supongo.
Él le sujetaba la mano con suavidad, pero, aun así, Aeris notaba que era una mano enérgica y curtida. No llevaba anillo ni reloj en la muñeca.
Pensó que no era dado a los caprichos ni a los adornos.
Iba descalzo, como ella, y llevaba unos vaqueros cortados por la rodilla con el borde deshilachado. Tenía el pelo quemado por el sol y la piel tostada; parecía más un dominguero indolente que un sheriff. Ello consiguió aplacar en parte su ansiedad.
Al llegar al final de las escaleras, giraron y siguieron avanzando por una ladera poco inclinada. Al otro lado de las rocas, había una ensenada donde un barquito rojo se mecía perezosamente amarrado a un muelle desvencijado.
—Todo esto parece sacado de un cuadro —murmuró Aeris.
— ¿Has navegado alguna vez?
—Sí. Un poco —aclaró rápidamente—. ¿Es tuyo ese barco?
—Sí, es mío.
Se oyó un súbito chapoteo en el agua y una cabeza oscura y delgada emergió entre las rocas. Aeris se quedó mirándola hasta que una enorme perra negra saltó a la orilla y se sacudió frenéticamente.
—Ella también es mía —afirmó Zack—. ¿Te gustan los perros? Dime. Puedo mantenerla alejada y hacer que las cosas empiecen bien.
—No, me gustan los perros —Aeris parpadeó y lo miró—. ¿Qué quieres decir con que las cosas empiecen bien?
Zack no se molestó en contestar, se limitó a sonreír mientras el animal subía la ladera a grandes zancadas. Se abalanzó sobre el joven, moviendo el rabo y salpicando, y le lamió la cara con entusiasmo. Dio dos ladridos breves y profundos, tensó los músculos, y habría dado el mismo trato a Aeris si Zack no llega a sujetarla con fuerza.
—Se llama Luky. Es cariñosa, pero maleducada. Abajo, Luky.
Luky se bajó con todo el cuerpo en constante movimiento. Incapaz de controlar la felicidad y el cariño, volvió a saltar sobre Zack.
—Tiene dos años —le explicó mientras se la quitaba de encima con firmeza y le empujaba los cuartos traseros contra el suelo—. Es un labrador negro. Me han dicho que se calman con los años.
—Es preciosa —Aeris le acarició la cabeza y la perra se tumbó en el suelo patas arriba.
—Tampoco tiene orgullo —empezó a decir Zack antes de ver con sorpresa cómo Aeris se ponía de cuclillas y acariciaba el vientre del animal hasta hacerle completamente feliz.
—No se necesita orgullo cuando se es tan bonita ¿verdad, Luky? No hay nada como un perro grande y hermoso. Yo siempre... ¡Ay!
Luky presa del placer, se había dado la vuelta, se había apoyado sobre Aeris y la había tumbado. Zack estuvo rápido, pero no lo suficiente como para evitar que la lamiera y la arrollara.
— ¡No, Luky¡No! Lo siento —Zack apartó a la perra y levantó a Aeris con una mano—. ¿Te ha hecho daño?
—No. Estoy bien.
La había dejado sin aliento, pero ése era sólo uno de los motivos por los que no podía respirar. Zack la limpiaba, mientras la perra se sentó cabizbaja, moviendo el rabo con precaución. Aeris notó que él estaba contrariado y preocupado, pero no enfadado.
—No te has dado en la cabeza ¿verdad? Este maldito animal pesa casi tanto como tú. Te has hecho daño en el codo —añadió antes de darse cuenta de que Aeris se reía entre dientes—. ¿Qué es lo que te parece tan gracioso?
—Nada, de verdad. Es enternecedor ver cómo finge sentir vergüenza. Está claro que la tienes aterrorizada.
—Claro, le doy una paliza un par de veces por semana, lo merezca o no —recorrió los brazos de Aeris con las manos—. ¿De verdad que estás bien?
—Sí —Aeris se dio cuenta de que estaban muy cerca el uno del otro, tanto que casi se abrazaban; que él tenía las manos sobre ella y que su piel estaba demasiado caliente por el contacto—. Sí —repitió mientras daba intencionadamente un paso atrás—. No hay daños.
—Eres más fuerte de lo que parece —Zack comprobó que esos brazos tenían músculos largos y esbeltos. Ya se había fijado en los de las piernas—. Pasa adentro. Tú, no —añadió señalando a la perra—. Estás castigada.
Recogió del suelo las zapatillas de Aeris y se dirigió hacia el amplio porche. La joven, llena de curiosidad y sintiéndose incapaz de encontrar una excusa convincente, cruzó la puerta que él había abierto y entró en una espaciosa cocina, luminosa y desordenada.
—La doncella tiene una década de permiso —cómodo en aquel ambiente caótico, dejó las zapatillas de Aeris en el suelo y abrió la nevera—. No puedo ofrecerte limonada casera, pero tenemos algo de té helado.
—Está bien, gracias. Es una cocina maravillosa.
—La usamos sobre todo para calentar la comida que compramos precocinada.
—Es una pena.
Había metros y metros de encimeras imitando el granito y unos preciosos armarios de madera tallada con los frentes de cristal emplomado. La ventana de encima del hermoso fregadero doble daba al mar y a la ensenada.
Aeris pensó que había abundante espacio para cocinar y almacenar provisiones. Con un poco de imaginación y de organización, sería una fantástica...
« ¿Tenemos, usamos?» Zack había empleado el plural. ¿Estaba casado? No lo había pensado, ni siquiera se le había pasado por la cabeza esa posibilidad. No era que le importase, naturalmente, pero...
Él había coqueteado con ella. Quizá Aeris hubiera perdido algo de práctica, pero sabía perfectamente cuándo un hombre estaba coqueteando.
—Te rondan demasiadas cosas por la cabeza —Zack sacó un vaso—. ¿Quieres compartir alguna?
—No. Quiero decir, estaba pensando que es una cocina preciosa.
—Estaba mucho más presentable cuando mi madre se ocupaba de ella. Ahora que Yuffie y yo estamos solos, no le hacemos mucho caso, la verdad.
—Yuffie. Ah, entiendo.
—Te preguntabas si estaba casado o si vivía con alguien que no fuera mi hermana. Eres muy discreta.
—No es asunto mío.
—No he dicho que lo fuera, sólo he dicho que eres discreta. Te enseñaré el resto de la casa, pero seguramente esté peor que la cocina. Y tú eres muy ordenada. Vamos por aquí.
Volvió a tomarla de la mano y salieron fuera.
— ¿Dónde? Yo debería volver.
—Es domingo y nos hemos encontrado en nuestro día libre. Tengo algo que te gustará —dijo Zack mientras tiraba de ella a través del porche.
Dieron la vuelta a la casa, bordeada por un jardín cubierto de maleza y un par de árboles nudosos. Unos escalones desgastados por el tiempo conducían a otro porche en el segundo piso que miraba al mar.
Zack los subió con ella de la mano.
El viento y el sol la bañaron de la cabeza a los pies y ella pensó en lo agradable que sería dejarse caer en una tumbona de madera y limitarse a dejar pasar el tiempo.
Había un telescopio junto a la barandilla.
—Tenías razón —ella se inclinó sobre la barandilla y tomó aire—. Me gusta.
—Estás mirando hacia el oeste. Cuando el día está claro, puedes ver tierra firme.
—No tienes el telescopio apuntando hacia el oeste.
En ese momento, Zack concentraba toda su atención en las hermosas piernas de la joven.
—Supongo que no.
— ¿Qué miras entonces?
—Lo que me llame la atención en cada momento.
Aeris se apartó y echó un vistazo alrededor. Él la miraba a ella; de hecho, con una mirada intensa e inquisitiva, y ambos lo sabían.
—Me dan ganas de pasarme el día aquí —dijo Aeris mientras doblaba la esquina y miraba hacia el pueblo—. Viendo las idas y venidas.
—Yo te he visto esta mañana mientras dabas de comer a las gaviotas.
Zack se apoyó en la barandilla y bebió té helado.
—Está mañana, al despertarme, pensé que tenía que buscar alguna excusa para dejarme caer por la casita amarilla y volver a verte, luego salí a tomar el café y allí estabas. De modo que no tuve que inventarme ningún motivo.
—Sheriff...
—Es mi día libre —le recordó. Fue a levantar la mano para acariciarle el pelo, pero ella se apartó y él se metió la mano en el bolsillo—. ¿Por qué no pasamos un par de horas en el mar? Podemos ir a navegar.
—No puedo. Tengo que...
—No hace falta que busques excusas. Otra vez será.
—Sí —se le soltó el nudo que se le había formado en el estómago—. Otra vez. Tengo que irme de verdad. Gracias por el té y las vistas.
—Aeris... —volvió a tomarle la mano y aunque no la apretó, la de ella se crispó—. Hay un límite entre poner un poco nerviosa a una mujer y asustarla. Es un límite que yo no quiero traspasar. Lo creerás cuando me conozcas mejor.
—Por el momento estoy conociéndome mejor a mí misma.
—Me parece bien. Te traeré la bolsa con las piedras y las conchas.
Zack decidió pasar todas las mañanas por el café. Una taza de café, un bollo y cuatro palabras.
Pensaba que ella se acostumbraría a verlo, a hablar con él, y que la próxima vez que se las apañara para estar a solas con ella, Aeris no se sentiría apremiada a buscar una escapatoria.
Era perfectamente consciente de que no era la única que se había dado cuenta de su nueva costumbre matutina. Al sheriff no le importaban los comentarios jocosos, los guiños maliciosos ni las risitas. La vida de la isla tenía su ritmo y todo el mundo se daba cuenta si alguien añadía un compás.
Dio un sorbo del delicioso café de Aeris mientras escuchaba en el muelle las maldiciones que Cid Highwind dedicaba a los pescadores furtivos de langostas.
—Ya van tres días esta semana con las nasas vacías y no te creas que por lo menos vuelven a cerrar las cestas. Sospecho de esos universitarios que han alquilado el Boeing. Aja —escupió—. Son ellos. Como los pille, esos malcriados gamberros universitarios van a acordarse de mí.
—Muy bien, Cid, todo apunta a que los culpables son veraneantes y, sobre todo, chicos jóvenes. ¿Por qué no me dejas que hable con ellos?
—No se justifica que jueguen de esa manera con el sustento de un hombre.
—No, pero ellos no lo verán igual.
—Pues deberían empezar a hacerlo —el curtido rostro del pescador se tornó sombrío—. He ido a ver a Tifa Lockhart y le he pedido que haga un conjuro a mis nasas.
Zack hizo una mueca.
—Vamos, Cid...
—Será mejor eso a que les llene sus pálidos traseros de perdigones ¿no? Te juro que pienso hacerlo si siguen así.
—Deja que yo me ocupe.
— ¿Te he dicho acaso que no lo hagas? —Cid frunció el ceño y meneó la cabeza—. Prefiero jugar todas las cartas. Cambiando de tema, ya me he fijado en la nueva forastera cuando he ido a la librería —en el rostro rudo y arrugado de Cid se dibujó una sonrisa burlona—. Ahora entiendo que seas un cliente tan habitual. Aja. Seguro que unos ojazos verde esmeralda como esos hacen que un hombre empiece su día libre con buen pie.
—No te diré yo que no. Tú guarda la escopeta en el armario, Cid. Yo me ocuparé.
Volvió a la comisaría para buscar la lista de veraneantes. El Boeing estaba lo suficientemente cerca como para ir andando, pero decidió llevar el todoterreno para dar un aire más oficial.
El Boeing era un edificio de espaldas a la playa que se alquilaba en verano y que tenía un amplio porche en un costado. Las toallas y los bañadores colgaban lánguidamente de una cuerda que había entre dos columnas. La mesa rebosaba de latas de cerveza y de los restos de la cena.
Zack sacudió la cabeza y pensó que ni siquiera habían tenido la prudencia de eliminar las pruebas. Los caparazones vacíos de las langostas estaban esparcidos por encima de la mesa como insectos gigantes. El sheriff sacó la placa del bolsillo y la dejó a la vista.
Llamó a la puerta y siguió haciéndolo hasta que ésta se abrió. El muchacho que le recibió tendría unos veinte años. Entrecerró los ojos, cegado por el sol; estaba despeinado, llevaba unos calzoncillos de rayas y lucía el típico bronceado dorado de veraneante.
—Ugh —dijo.
—Soy el sheriff Grimore, de la policía de la isla. ¿Le importa si entro?
— ¿Para qué¿qué hora es?
Zack decidió que eso se llamaba resaca y juerga.
—Para hablar con usted. Son alrededor de las diez y media. ¿Sus amigos están por aquí?
—Estarán. ¿Algún problema? Ay, Dios mío.
Tragó saliva, hizo una mueca de malestar, y fue tambaleándose hasta el fregadero. Abrió el grifo y metió la cabeza debajo del chorro de agua.
—Una fiesta ¿eh? —comentó Zack cuando el muchacho reapareció con la cabeza empapada.
—Eso parece —se secó la cara con unas toallas de papel—. ¿Hemos hecho demasiado ruido?
—No ha habido quejas. ¿Cómo te llamas, hijo?
—Josh, Josh Tanner.
—Muy bien, Josh ¿por qué no despiertas a tus amigos? No quiero robaros mucho tiempo.
—Sí, vale. De acuerdo.
Zack esperó y escuchó. Oyó juramentos, algunos ruidos sordos, agua corriendo y la cisterna del retrete.
Los tres muchachos que entraron detrás de Josh tenían un aspecto lamentable. Permanecieron de pie, en distintos grados de desnudez, hasta que uno se dejó caer en una butaca y sonrió afectadamente.
— ¿De qué se trata?
Zack pensó que aquello era pura chulería.
— ¿Te llamas?
—Steve Hickman.
Zack percibió el acento de Boston. De clase alta, casi kennedyniano.
—Muy bien Steve. Se trata de lo siguiente: la pesca furtiva de langostas se multa con mil dólares. El motivo es que, aunque puede resultar muy divertido vaciar las nasas y cocer un par de langostas, hay gente que vive de su captura. Lo que para ti es una diversión, para algunas personas supone una pérdida de dinero.
Zack vio que los muchachos se movían incómodos, mientras los sermoneaba. El que había abierto la puerta estaba sonrojado por la culpabilidad y miraba hacia otro lado.
—Lo que os comisteis anoche en el porche costaría unos cuarenta dólares en el mercado. De modo que buscad en el muelle a un hombre que se llama Cid Highwind, dadle los cuarenta dólares y asunto zanjado.
—No sé de lo que habla. ¿Ese Highwind pone acaso etiquetas en sus langostas? —Steve volvió a sonreír afectadamente y se rascó la tripa—. No puede demostrar que nosotros hayamos pescado furtivamente.
—Muy cierto —Zack miró alrededor y echó una ojeada a las caras de los chicos. Nervios y algo de vergüenza—. Este sitio cuesta unos mil doscientos en plena temporada de verano y el barco que habéis alquilado otros doscientos cincuenta. Si le añadimos la diversión, las cervezas y la comida, pasar una semana aquí suma una bonita cifra.
—Que va a parar directamente a la economía de la isla —dijo Steve con una sonrisa sarcástica—. Es una tontería molestarnos de esta forma por un par de langostas que dice que hemos pescado furtivamente.
—Quizá. Pero es una tontería mayor no poner diez dólares cada uno para facilitar las cosas. Pensadlo. Es una isla pequeña —concluyó Aoshi mientras se ponía en marcha hacia la puerta—. Las cosas se saben enseguida.
— ¿Es una amenaza? Amenazar a un ciudadano puede ser delito.
Zack se volvió para mirarlo y sacudió la cabeza.
—Estudias derecho ¿verdad?
Salió y se montó en el todoterreno. No tardaría en salirse con la suya.
Yuffie bajaba por la calle principal y se encontró con Zack en la puerta de la Posada Mágica.
—La tarjeta de crédito de los muchachos de las langostas se ha atascado en el bar de las pizzas —empezó a contarle—. Al parecer la conexión falló o algo así y los chicos han tenido que rascarse los bolsillos para pagar.
— ¿De verdad?
—Sí. Y todos los vídeos que han querido alquilar estaban ya alquilados.
—Qué mala suerte.
—He oído también que las motos náuticas estaban reservadas o estropeadas.
—Una pena.
—Y el colmo de las coincidencias, el aire acondicionado de la casa que han alquilado ha dejado de funcionar.
—Y hoy hace calor de verdad. Esta noche hará bochorno. Van dormir francamente mal.
—Eres un maldito hijo de perra, Zack —Yuffie se puso de puntillas y le dio un breve y sonoro beso en los labios—. Por eso te quiero.
—Voy a tener que esforzarme un poco. Ese Hickman es duro de pelar. Los otros tres se rendirán antes, pero él va a necesitar un poco más de persuasión —Zack pasó el brazo por los hombros de Yuffie—. ¿Vas al café a comer algo?
—A lo mejor ¿por qué lo dices?
—He pensado que podías hacerme un pequeño favor ya que me quieres y todo eso.
Su cola de caballo se movió de un lado a otro cuando Yuffie se dio la vuelta para mirar a su hermano.
—Si quieres que hable con Aeris para organizarte una cita, olvídalo.
—Puedo organizarme mis propias citas, gracias.
—Con poco éxito, por el momento.
—Estoy en el dique seco todavía —replicó Zack—. Quiero que le digas a Tifa que estamos ocupándonos del asunto de las langostas y que ella... que no haga nada.
— ¿Qué quieres decir con que no haga nada ¿Qué tenía que hacer ella? —Yuffie se calló con un arrebato de ira—. Maldita sea.
—No te pongas furiosa. Cid ha hablado con ella. Estamos a tiempo de que nuestra bruja local no haga un conjuro o algo así —Zack apretó el brazo alrededor de los hombros de Yuffie—. Se lo diría yo mismo, pero esos chicos van aparecer por aquí dentro de unos minutos y quiero que me vean con toda mi autoridad.
—Hablaré con ella.
—Sé amable, Yuffie. Recuerda que fue Cid quien se lo pidió.
—Sí, sí, sí.
Se soltó del brazo de Zack y cruzó la calle. Brujas y conjuros. Un montón de tonterías para idiotas. Un hombre como Cid Highwind debía saberlo. Estaba bien para que los crédulos turistas compraran los típicos recuerdos de Tres Hermanas; era uno de los atractivos que los llevaba hasta allí. Pero no podía soportarlo cuando alguien de la isla caía en semejante superstición.
Y Tifa lo fomentaba. Sólo con ser Tifa. Yuffie entró en el café y miró con el ceño fruncido a Gevurah, quien estaba llamando por teléfono a un cliente.
— ¿Dónde está Tifa?
—Arriba. Muy ocupada.
—Ya, es una abejita muy atareada —dijo Yuffie antes de subir las escaleras.
Vio que Tifa estaba con un cliente en la sección de libros de cocina. Yuffie sonrió.
Tifa parpadeó.
Yuffie, presa de la impaciencia, fue a la barra, esperó su turno y pidió bruscamente un café.
— ¿Nada de comer?
Aeris, que estaba sofocada por el gentío de mediodía, se lo sirvió de una cafetera recién hecha.
—He perdido el apetito.
—Es una pena —intervino Tifa zalameramente desde detrás de Yuffie—. La ensalada de langosta está especialmente buena.
Yuffie se limitó a levantar un pulgar, pasó detrás de la barra y entró en la cocina, donde, con los brazos en jarras, encaró a Tifa.
—Zack y yo estamos ocupándonos de ese asunto. Quiero que te quedes al margen.
Un tazón de nata montada habría sido menos suave que la voz de Tifa.
—No se me ocurriría obstaculizar la labor de las autoridades de la isla.
—Perdón —Aeris dudó un instante y se aclaró la garganta—. Sándwiches. Tengo que preparar unos cuantos.
—Adelante —Tifa hizo un gesto—. Supongo que la dócil ayudante y yo casi hemos terminado.
—Ahórrate tus ingeniosos comentarios de mierda.
—Ya lo hago. Los guardo todos para ti.
—Quiero que no hagas nada y que le digas a Cid que no has hecho nada.
—Demasiado tarde —Tifa estaba disfrutando y sonrió—. Ya está hecho. Un conjuro muy sencillo; incluso alguien con unas facultades tan escasas como las tuyas podría haberlo hecho.
—Rómpelo.
—No. ¿Qué te importa? Tú dices que no crees en la Hermandad.
—Y no creo, pero sé cómo funcionan los rumores por aquí. Si les pasa algo a esos chicos...
—No me insultes —el humor desapareció como por ensalmo de la voz de Tifa—. Sabes muy bien que no haría nada que pudiera hacerles daño. Sabes, ésa es la esencia. Eso es lo que tú temes. Temes que si dejaras salir lo que hay en ti, no serías capaz de controlarlo.
—No temo nada y no vas a llevarme a ese terreno —señaló a Aeris que intentaba denodadamente mantenerse muy ocupada haciendo sándwiches—. Tampoco tienes derecho a arrastrarla a ella.
—Yo no concedo los dones, Yuffie, sólo los reconozco. Como tú.
—Hablar contigo ha sido una pérdida de tiempo —Yuffie salió precipitadamente de la cocina.
Tifa suspiró, fue su único gesto de cansancio.
—Las conversaciones con Yuffie nunca resultan especialmente productivas. No debes permitir que eso te preocupe, Aeris.
—No tiene nada que ver conmigo.
—Puedo notar tu ansiedad. La gente discute y a veces lo hace con acritud. No todos resuelven los conflictos con los puños. Vamos... —le pasó las manos por los hombros—. Olvídate, la tensión es mala para la digestión.
Aeris sintió que aquel contacto era como una oleada de calor que derretía la gelidez que se había apoderado de su estómago.
—Os aprecio a las dos. Detesto que os llevéis tan mal.
—Yuffie no me disgusta. Me irrita, me contraría, pero no me disgusta. Te preguntas de qué hablábamos, pero no vas a preguntármelo ¿verdad?
—No. No me gustan las preguntas.
—A mí me fascinan. Tú y yo tenemos que hablar —Tifa se apartó y esperó a que Aeris preparara el pedido—. Tengo cosas que hacer esta tarde. Mañana. Te invito a tomar algo. Vamos a quedar pronto. A las cinco en la Posada Mágica, en el bar. Se llama El Aquelarre. Si quieres, puedes olvidarte de las preguntas —dijo Tifa mientras salía—. En cualquier caso, yo llevaré las respuestas.
Continuara...
SAyonara…
R&R
