Ya, ¿de verdad es necesario recordar en cada capi que nada de nada me pertenece?¬¬

Bailando en el Aire

Siete

Estaba oscuro todavía cuando Aeris entró de puntillas en la cocina de Tifa. La casa era enorme y le costó un poco encontrarla. No sabía a qué hora se levantaba Tifa, pero le hizo un puchero de café y le escribió una nota de agradecimiento.

Aeris, conducía a la tenue luz previa al amane­cer, pensó que pronto tendrían que hablar de una serie de cosas. Y decidió que lo harían en cuanto supiera por dónde empezar.

Casi podía convencerse de que lo que había visto a la luz de la luna había sido sólo un sueño in­ducido por el champán. Casi. Sin embargo, lo re­cordaba con demasiada claridad como para que fuera un sueño.

La luz que se derramaba de las estrellas como plata líquida. El viento que se levantaba envuelto en una melodía. Una mujer que brillaba como una antorcha.

Todo eso parecía producto de la fantasía. Pero no lo era... Y si era real y ella había participado en ello, tenía que saber lo que significaba.

Por primera vez en cuatro años Se encontraba completamente segura y tranquila. Por el momen­to, eso era suficiente.

A mediodía estaba demasiado ocupada como para pensar en otra cosa que no fuera el trabajo que tenía entre manos. Tenía el cheque con su sa­lario en el bolsillo y un día libre a la vuelta de la es­quina.

—Capuchino helado con avellana, grande. —El hombre que lo pidió estaba apoyado en la barra. Aeris le echó treinta y tantos años, dedujo que era un asiduo al gimnasio y de fuera de la isla. Ser ca­paz de deducir este último dato la llenó de orgullo. Se sintió casi una isleña—. ¿Cuánto afrodisíaco pones en las galletas? —le preguntó el hombre.

Ella lo miró.

— ¿Cómo dices?

—No he podido olvidarme de ti desde que probé la galletita integral de pasas.

— ¿De verdad? Yo juraría que había puesto to­do el afrodisíaco en las de nueces de macadamia.

—Entonces, me llevaré tres —replicó el hom­bre—. Me llamo Jim y me has seducido con tus dulces.

—Entonces, será mejor que no pruebes la en­salada de tres legumbres. Si lo haces, no volverás a mirar a ninguna otra mujer.

—Si me llevo toda la ensalada ¿te casarás con­migo y serás la madre de mis hijos?

—Lo haría, Jim, pero he jurado solemnemen­te no comprometerme con nadie para poder coci­nar para todo el mundo —le puso la tapa al vaso de café y lo metió en una bolsa—. ¿Quieres esas galletas?

—Cómo no. Comparto una casa con unos amigos y esta noche vamos a hacer almejas. ¿Quie­res venir?

—Esta noche unas almejas y mañana una casa en una zona residencial y un cocker spaniel —le cobró con una sonrisa—. Más vale prevenir que curar. Pero gracias de todas formas.

—Me estás rompiendo el corazón —el joven suspiró profundamente y se marchó.

—Caray, está muy bien —Rikku alargó el cuello para verlo hasta que desapareció por las escale­ras—. ¿De verdad no te interesa?

—No.

Aeris se quitó el delantal y se encogió de hom­bros.

—Entonces ¿no te importa si yo le tiro los tejos?

—Es todo tuyo. Hay un montón de ensalada de legumbres en la nevera. Ah, Rikku. Gracias por haber sido tan comprensiva por lo de ayer.

—Vamos, cualquiera tiene un día malo. Venga, nos vemos el lunes.

«Hasta el lunes», pensó Aeris. Era así de senci­llo. Formaba parte del equipo, tenía amigas. Había esquivado la proposición de un hombre atractivo sin que le entrara el pánico.

En realidad, le había divertido, como solían divertirle antaño ese tipo de cosas. Quizá llegara el día en el que no se vería impulsada a esqui­varlos.

Quizá un día fuera a tomar almejas con un hombre y sus amigos. Charlar, reírse y disfrutar de la compañía. Una amistad superficial y sencilla. Eso era algo que podría llegar a hacer. Sin embar­go, no podría entablar un compromiso más serio en el futuro, aunque aprendiera a manejarse emocionalmente.

Después de todo, seguía legalmente casada.

En ese preciso momento, se lo tomaba más co­mo una red de seguridad que como la pesadilla que había vivido. Ella era libre de ser quien quisiera ser, pero no lo suficientemente libre como para volver a comprometerse, no con un hombre.

Decidió premiarse con un helado y un paseo por la playa. La gente la llamaba por su nombre y eso era emocionante.

Al bajar a la arena, vio a Peter Stahr y a su pe­rro infame. Zack estaba junto a ellos, con las ma­nos apoyadas en las caderas, y tanto el animal co­mo su amo parecían muy dóciles.

Zack no llevaba nunca sombrero, aunque le hubiera recomendado a ella que no dejara de ponérselo cuando se dedicara a la jardinería. Eso ha­cía que su pelo fuera más claro en las puntas y que estuviera siempre despeinado por la brisa del mar. Tampoco solía llevar insignia, aunque su arma re­glamentaria le colgara de la cintura dentro de la pistolera con un aire casi displicente.

Pensó que si Zack se hubiese pasado por el ca­fé para invitarle unas almejas, tal vez no se hubie­ra desecho de él.

El perro levantó la pata esperanzadoramente, pero Zack sacudió la cabeza y señaló a la correa que llevaba Pete en la mano. En cuanto se la pusie­ron, el perro y el hombre se alejaron apesadum­brados.

Zack se giró y el sol destelló en las gafas oscu­ras. Aeris supo instintivamente que estaba mirán­dola; reunió fuerzas y se dirigió hacia él.

—Sheriff.

—Hola, Aeris. Pete ha vuelto a dejar el perro suelto. Matt huele a pescado. Te gotea el helado.

—Hace calor —Aeris lamió el cono y de­cidió ir al grano—. Respecto a ayer...

— ¿Estás mejor?

—Sí.

—Me alegro. ¿No vas a darme un poco?

— ¿Cómo? Ah, claro —le acercó el helado y sin­tió un cosquilleo cuando él lo lamió justo encima de donde ella tenía el dedo. Pensó que era curioso que el tipo de las almejas no le hubiera producido nin­gún cosquilleo—. ¿No vas a preguntarme nada?

—No, porque tú prefieres que no lo haga —efec­tivamente, sólo con mirarla había notado que Aeris cogía aire antes de acercarse a él—. ¿Por qué no me acompañas un rato? Viene una brisa muy agra­dable del mar.

—Me preguntaba... ¿qué hace todo el día Luky mientras tú velas por la ley y el orden?

—De todo un poco. Cosas de perros.

Ella se rió.

— ¿Cosas de perros?

—Claro. Hay días en los que un perro tiene que quedarse en casa, revolverse en la hierba y me­ditar profundamente. Otras veces, viene conmigo a la oficina, cuando está de humor. Se baña, me muerde los zapatos. Estoy pensando en comprarle un hermano o una hermana.

—Yo estaba pensando en comprarme un gato. No creo que fuera capaz de adiestrar a un cachorro. Con un gato sería más fácil. He visto en un anuncio en el tablón del mercado que regalan gatos.

—Los gatitos de los Stuben. He oído que to­davía les quedan uno o dos. La casa está junto a la bahía. Es de madera blanca con contraventanas azules.

Ella asintió con la cabeza y se paró. Se recordó que seguir sus impulsos le había funcionado muy bien hasta aquel momento. ¿Por qué iba a dejar de hacerlo?

—Zack, voy a probar una receta nueva esta no­che. Atún con linguini, tomates secos y queso feta. Me vendría muy bien un conejillo de indias.

Él le levantó la mano y volvió a lamer el helado.

—Bueno, da la casualidad de que esta noche no tengo ningún plan urgente y como sheriff estoy obligado a hacer todo lo que pueda para atender las necesidades de la comunidad. ¿A qué hora?

— ¿Te parece bien las siete?

—Perfecto.

—Muy bien, hasta luego. Ven con apetito —di­jo ella mientras se alejaba precipitadamente.

—Estate segura —replicó Zack, mientras se bajaba las gafas para ver cómo se iba corriendo hacia el pueblo.

A las siete, los aperitivos estaban ya prepara­dos y el vino enfriándose. Aeris se había compra­do una mesa de segunda mano y había pensado pasar parte del día lijándola y pintándola, pero para la ocasión se conformó con tapar con una tela la madera arañada y la pintura verde descon­chada. La había puesto en el césped de la parte de atrás de la casa con las dos butacas viejas que había comprado por cuatro duros. En ese mo­mento no eran nada del otro mundo, pero tenían posibilidades.

Y eran suyas.

Había puesto la mesa con dos platos, dos cuen­cos y dos copas de vino; todo ello comprado en el todo a cien de la isla. Nada hacía juego, pero le pa­reció que el conjunto era alegre y encantador.

Lo opuesto a la porcelana y la plata de su pa­sado.

El jardín iba quedando cada vez mejor y a la mañana siguiente pensaba plantar los tomates, los pimientos, las calabazas y los calabacines.

Volvía a estar al borde de la ruina y completa­mente satisfecha.

—Vaya, qué bonito.

Aeris se volvió y se encontró con Shera Highwind que estaba en el borde del césped agarrando un bolso enorme.

—Es tan precioso como un cuadro.

—Hola, señora Highwind.

—Espero que no te importe que me presente de esta manera. He llamado por teléfono, pero no has contestado.

—No, claro que no. Mmm ¿le apetece algo de beber?

—No, no, no te molestes. Es una visita de ne­gocios.

— ¿Negocios?

—Sí, así es —el pelo oscuro cuidadosamente peinado apenas se movió cuando asintió con un movimiento brusco de la cabeza—. Cid y yo cele­bramos nuestro treinta aniversario a finales de julio.

—Enhorabuena.

—No es para menos. Que dos personas pasen tres décadas juntas no es ninguna tontería. Por eso quiero hacer una fiesta y le he dicho a Cid que, además, no va a librarse de ponerse un traje. Me preguntaba si tú podrías ocuparte de organi­zaría.

—Bueno...

—Quiero que me lo preparen todo —dijo rotundamente—. Y quiero que salga estupendamen­te. Cuando se casó mi hija, hace dos años, el abril pasado, contratamos un servicio de catering de fue­ra de la isla. Fue demasiado escaso para mi gusto y demasiado caro para el de Cid, pero no tenía­mos mucho donde elegir. No creo que tú vayas a escatimar conmigo ni a cobrarme un riñón por un cuenco de gambas frías.

—Señora Highwind, le agradezco que se haya acordado de mí, pero yo no me dedico a eso.

—Bueno, tienes tiempo ¿no? Tengo una lista con los invitados y sé cómo quiero que sea —sacó una carpeta del enorme bolso y se la dio a Aeris—. He pensado hacerlo en mi casa y que podría sacar la porcelana buena de mi madre y esas cosas. Échale una ojeada y hablaremos mañana. Pásate por casa por la tarde.

—Me encantaría ayudarla. Quizá pudiera... —miró la carpeta y vio que Shera había escrito «Treinta Aniversario» y dibujado un corazón con sus iniciales y las de Cid en el centro. Conmovida, se metió la carpeta debajo del brazo—. Veré lo que puedo hacer.

—Eres una chica encantadora, Aeris —Shera miró por encima del hombro al oír el motor de un coche y arqueó las cejas al reconocer el todoterreno de Zack—. Y tienes buen gusto. Ven mañana y hablaremos. Ahora, que tengas una buena cena.

Fue hacia su coche y se paró a intercambiar unas palabras con Zack. Le dio una palmada en la mejilla y se fijó en las flores que llevaba. Cuando se sentó tras el volante, empezó a pensar a quién lla­maría primero para comunicarle la noticia de que Zack Grimore estaba rondando a la buena de Aeris Gainsborough.

—Llego un poco tarde. Lo siento. Ha habido un pequeño accidente automovilístico en el pueblo.

—No pasa nada.

—He pensado que te podían gustar estas flores para tu jardín.

Ella sonrió al ver el tiesto con margaritas.

—Son perfectas. Gracias. —Las cogió y las de­jó junto a las escaleras que llevaban a la cocina—. Iré por el vino y los aperitivos.

Él la siguió a la cocina.

—Ummm... huele de maravilla.

—Ya metida en faena he probado un par de re­cetas diferentes. Te he multiplicado el trabajo.

—Estoy preparado. ¿Qué es esto?

Se puso de cuclillas y acarició un gatito gris que estaba hecho un ovillo en un cojín.

—Es Diego. Vivimos juntos.

El gatito maulló, se estiró y se puso a jugar con los cordones de los zapatos de Zack.

—Qué ocupada has estado: has cocinado, has comprado muebles y te has buscado un compañe­ro de piso —tomó en brazos a Diego y se volvió ha­cia ella—. No eres de las que se quedan cruzadas de brazos, Aeris.

Zack permanecía de pie, grande y atractivo, con un gatito gris que se acurrucaba en el hombro. Le había traído margaritas blancas en un tiesto de plástico.

—Maldita sea —Aeris volvió a dejar la bandeja con los aperitivos en la mesa y tomó aire—. Más vale que te lo diga ahora. No quiero que saques una conclusión equivocada de la cena... y todo eso. Me gustas mucho, pero no estoy en condicio­nes de dar rienda suelta a mis sentimientos. Me pa­rece justo decírtelo. Tengo buenos motivos, pero no voy a entrar en ellos. De modo que si prefieres irte, no lo tendré en cuenta.

Él escuchó sin alterarse mientras acariciaba las sedosas orejas del gatito.

—Te agradezco que me expliques todo eso, pe­ro me parece una pena desperdiciar tanta comida —cogió una aceituna rellena de la bandeja y se la metió en la boca—. Me quedaré, si no te importa. ¿Llevo a la mesa el vino?

Tomó la botella y empujó la puerta con la ca­dera y con Diego en brazos todavía.

—Ah, y hablando de justicia y juego limpio, te diré que voy a sacarte de donde estás metida —abrió la puerta—. ¿Te importa sacar eso?

—No soy tan fácil de mover como tú te crees.

—Querida, nada de lo que tiene que ver conti­go es fácil.

Ella tomó la bandeja y salió con paso majes­tuoso junto a él.

—Me lo tomaré como un halago.

—Es lo que pretendía ser. ¿Por qué no toma­mos un poco de vino, nos ponemos cómodos y me cuentas lo que quería Shera Highwind?

Se sentaron. Aeris sirvió el vino y él se puso el gatito en el regazo.

—Yo creía que el sheriff siempre sabía lo que se cuece en la isla.

—Bueno —se inclinó sobre la bandeja y eligió un ñoqui—. Puedo deducir, dada mi práctica como observador, que sobre la encimera hay una car­peta con unas palabras escritas por Shera que me llevan a pensar que está preparando una fiesta de aniversario. Y, dado que lo que acabo de meterme en la boca, sea lo que sea, está a punto de provo­carme el éxtasis, y como sé que a Shera no se le escapa nada, creo que quiere que le organices esa fiesta. ¿Qué tal?

—Diana.

— ¿Vas a hacerlo?

—Voy a pensarlo.

—Lo harías muy bien —tomó otra pieza de la bandeja y la miró con recelo—. ¿Tiene setas? Me espantan las setas.

—No, esta noche no hay setas. ¿Por qué crees que lo haría bien?

—He dicho muy bien —se lo metió en la boca. Era queso cremoso con especias sobre una especie de hojaldre—. Porque cocinas como si fueras una bruja, tienes aspecto de ángel y eres más organiza­da que un ordenador. Sacas las cosas adelante y tie­nes estilo. ¿Por qué no comes nada de todo esto?

—Quiero comprobar si sobrevives —Zack sonrió y siguió comiendo y ella dio un sorbo de vino—. Soy buena cocinera. Dame una cocina y go­bernaré el mundo. Soy presentable, pero no parez­co un ángel.

—Eso lo diré yo.

—Soy organizada porque llevo una vida sen­cilla.

—Lo cual es otra forma de decirme que no vas a complicártela conmigo.

—Diana otra vez. Voy por la ensalada.

Zack esperó a que se hubiera dado la vuelta pa­ra bromear un poco.

—Es fácil desconcertarla si sabes cuáles son sus puntos débiles —le dijo a Diego—. Te diré una co­sa: con los años he aprendido algunas cosas de las mujeres. Si cambias de ritmo constantemente, no saben a qué atenerse.

Ella volvió y Zack le contó la historia del pe­diatra de Washington y el corredor de Bolsa de Nueva York que habían chocado delante de la far­macia de la calle principal.

Consiguió que se riera y que volviera a tran­quilizarse. Antes de que ella se diera cuenta, estaba contándole las inquinas que había presenciado en las cocinas de varios restaurantes en los que había trabajado.

—Personalidades fuertes y utensilios afilados —dijo Aeris—. Una combinación peligrosa. Tuve un jefe de cocina que me amenazó con una batido­ra eléctrica.

Estaba oscureciendo y él encendió una maciza vela roja que Aeris había dejado en la mesa.

—No sabía que hubiera tantos peligros e intri­gas detrás de esas puertas batientes.

—Y tensión sexual —añadió ella mientras en­rollaba unos linguini con el tenedor—. Miradas ar­dientes por encima de cazuelas humeantes de sal­sa, corazones destrozados que flotan en crema batida. Es un caldo de cultivo para la pasión.

—La comida tiene toda esa sensualidad. Sabor, textura, aroma. El atún está poniéndome a tono.

—De modo que el plato pasa la prueba.

—Es fantástico —pensó que estaba muy favore­cida a la luz de la vela. Reflejaba destellos azules en los pozos verdosos—. ¿Cómo lo haces? ¿Te inven­tas las cosas o buscas recetas?

—Las dos cosas. Me gusta experimentar. Cuando mi madre... —se detuvo, pero él se limitó a rellenar las copas—. Le gustaba cocinar —si­guió—. Y hacer disfrutar.

—Mi madre... bueno diremos que la cocina no era su fuerte. Yo tenía veinte años cuando descubrí que una chuleta de cerdo no tiene por qué rebotar si la dejas caer. Vivió en una isla casi toda su vida, pero para ella el atún salía de una lata. Sin embar­go, es una fiera con los números.

—Números.

—Es contable; bueno, ya se ha jubilado. Ella y mi padre se compraron una de esas grandes latas ro­dantes y llevan un año recorriendo las autopistas de Estados Unidos. Se lo están pasando de maravilla.

—Es fantástico —como lo era el cariño que ex­presaba su voz—. ¿No les echas de menos?

—Sí. No voy a decir que eche de menos la co­cina de mi madre, pero sí añoro la compañía de los dos. Mi padre solía sentarse en el porche de atrás a tocar el banjo. Lo echo de menos.

—El banjo —le pareció encantador—. ¿Tú lo tocas?

—No. Nunca conseguí que mis dedos colabo­raran.

—Mi padre tocaba el piano. Solía... —volvió a callarse mientras ponía en orden sus ideas y se le­vantaba—. Yo tampoco conseguí nunca que mis dedos colaboraran. Hay tarta de fresa de postre. ¿Puedes con ella?

—Seguramente podré con un poco, aunque sólo sea por quedar bien. Déjame que te ayude.

—No —hizo un gesto para que no se levanta­ra—. Está ya preparada. No tardaré ni... —miró hacia abajo mientras retiraba el plato de Zack y vio a Diego boca arriba en su regazo y completamente extasiado—. ¿Le has dado comida a escondidas al gato?

— ¿Yo? —Zack, todo él inocencia, levantó la copa y bebió—. No sé por qué dices eso.

—Vas a malcriarlo y a empacharlo —fue a re­coger el gato, pero se dio cuenta de que, dada la situación de Diego hacerlo iba a resultar un poco embarazoso—. Déjalo en el suelo para que corra un poco y baje el atún antes de que vuelva a meter­lo en casa.

—A sus órdenes, señora.

Aeris ya había preparado el café y estaba a pun­to de cortar la tarta cuando Zack entró en la coci­na con un cuenco.

—Gracias, pero los invitados no recogen.

—En mi casa sí lo hacían —miró la tarta. Era de un blanco espumoso y un rojo suculento. Lue­go la miró a ella—. Querida, tengo que decirte que es una obra de arte.

—La buena presentación es la mitad del éxito —replicó ella complacida.

Se quedó inmóvil cuando él le pasó la mano por la espalda y casi volvió a relajarse cuando se limitó a tomarle la mano para que hiciera más gran­de el trozo de tarta que iba a cortar.

—Soy un profundo admirador de las artes.

—A este paso, Diego no va a ser el único en empacharse —protestó pero le cortó un trozo el doble de grande que el suyo—. Llevaré el café.

—Te diré otra cosa —dijo Zack mientras suje­taba la puerta—. Tengo pensado tocarte. Mucho. Así que ve acostumbrándote.

—No me gusta que me pongan las manos en­cima.

—No había pensado empezar así —Zack fue a la mesa dejó los platos con el postre y se sentó—. Aunque ponerse las manos encima, si es recíproco, puede tener resultados satisfactorios. No dejo marcas en las mujeres, Aeris. No uso las manos pa­ra eso.

—No voy a hablar de ese asunto —replicó se­camente.

—No te pido que lo hagas. Hablo de mí y de ti y de cómo están las cosas en este momento.

—En este momento, las cosas no están de nin­guna manera... así.

—Van a estarlo —probó un poco de tarta—. Caray, si vendieras esto por tu cuenta, te harías millonaria en seis meses.

—No tengo ningún interés en hacerme rica.

—Otra vez esa soberbia —comentó Zack mientras seguía comiendo—. A mí me da igual. Hay hombres que buscan mujeres sumisas —se encogió de hombros y se comió una fresa enor­me—. Yo eso no lo entiendo. Me parece que sólo conduce a que las dos partes se aburran pronto. No hay chispa, sabes lo que quiero decir.

—Tampoco necesito chispas.

—Todo el mundo las necesita. Sin embargo, la gente que las apaga cada vez que se las encuentra, acaba agotándose. —Algo le dijo que ella no era de las que se agotaban fácilmente—. Pero si no encien­des una chispa de vez en cuando —continuó—, te pierdes el calor que produce. Si tú cocinaras sin es­pecias o condimentos, conseguirías hacer algo comestible, pero no resultaría placentero.

—Todo eso es muy ingenioso, pero para mu­chos, lo más sano es una dieta suave.

—Mi tío abuelo Frank —dijo Zack antes de volver a clavar el tenedor en la tarta—. Úlcera. Hay quien dice que de pura mezquindad y no es una afirmación fácil de rebatir. Era un yanqui cabezota y desgraciado. No se casó nunca. Prefería meterse en la cama con su libro de cuentas antes que con una mujer. Vivió hasta los noventa y ocho años.

— ¿Y cuál es la moraleja?

—No estaba pensando en moralejas sino en mi tío abuelo Frank. Cuando yo era niño, íbamos a comer a casa de mi abuela todos los terceros do­mingos del mes. Hacía el guiso de carne más im­presionante que te puedas imaginar; ya sabes ése con patatas y zanahorias. Mi madre no heredó el talento para hacer ese plato. En cualquier caso, el tío abuelo Frank llegaba y comía arroz blanco mientras los demás nos atiborrábamos. Ese hom­bre me aterraba. No puedo ver el arroz blanco sin que me dé un escalofrío.

Aeris decidió que si no podía relajarse cuando estaba con un tipo como Zack, debía ser culpa de algún tipo de hechizo.

—Creo que exageras mucho.

—Ni una palabra. Puedes comprobarlo en el registro de la Iglesia Metodista. Francis Morris Bigelow. Mi abuela se casó con un Ripley, pero era Bigelow de nacimiento y la hermana mayor de Frank. Vivió lo justo para cumplir los cien años. Mi familia es bastante longeva, por eso la mayoría no nos casamos y formamos una familia hasta ha­ber cumplido los treinta.

—Entiendo —Zack había terminado su trozo de tarta y Aeris le acercó su plato. No se sorprendió lo más mínimo cuando vio que él cortaba un gran trozo con el tenedor—. Siempre había pensado que los yanquis de Nueva Inglaterra eran unos ta­citurnos. Ya sabes: aja, no, quizá...

—En mi familia nos gusta hablar. Puede que Yuffie sea de pocas palabras, pero tampoco es que le entusiasme la especie humana. Es la mejor co­mida que he tomado desde que iba a casa de mi abuela los domingos.

—Es el halago definitivo.

—El final perfecto sería dar un paseo por la playa.

A ella no se le ocurrió ningún motivo para de­cir que no. Quizá fuera que no quería encontrarlo.

Estaba oscureciendo y una línea fina y brillan­te como una aguja recorría el horizonte mientras el oeste se teñía de un resplandor rosado. La ma­rea había bajado y había dejado un paseo amplio y oscuro de arena mojada. Las olas se entrometían de vez en cuando dejando su rastro de espuma y pájaros de cuerpos estrechos y patas como zancos picoteaban en busca de su cena.

Había otros paseantes en la playa. Aeris com­probó que casi todos eran parejas, que iban agarra­das de la mano o del brazo. Ella, como precaución, se metió las manos en los bolsillos después de ha­berse quitado los zapatos y de haberse remangado los pantalones.

Por todos lados había montones de leña que se convertirían en hogueras cuando oscureciera del todo. Se preguntó qué se sentiría al estar sentado junto a las llamas con un grupo de amigos, al reír y hablar de cosas intrascendentes.

—No te he visto dentro todavía.

— ¿Dentro?

—Del agua —le explicó Zack.

No tenía traje de baño, pero no veía el motivo para decirlo.

—Me he metido un par de veces.

— ¿No sabes nadar?

—Claro que sé nadar.

—Vamos.

La tomó en brazos tan rápidamente que se le subió el corazón a la garganta. Apenas podía res­pirar y mucho menos gritar. Estuvo en el agua mucho antes de que el pánico la dominara del todo. Se cayó, rodó e intentó ponerse de pie cuando él la sujetó por la cintura y la levantó de nuevo.

—No puedes vivir en Tres Hermanas sin ha­berte bautizado.

Zack se apartó el pelo mojado de la cara y la arrastró más adentro.

—Está congelada.

—Tonificante —corrigió él—. Tu sangre no tiene consistencia todavía. Ahí viene una buena. Agárrate a mí.

—No quiero...

Quisiera o no, el mar tenía sus ideas propias. La ola la arrolló, la tumbó y le enredó las piernas con las de él.

—Idiota —le espetó, pero se reía. Notó el viento sobre la piel y volvió a meterse en el agua hasta el cuello—. El sheriff debería tener el senti­do común suficiente como para no meterse en el mar completamente vestido.

—Me habría desnudado, pero no nos conoce­mos lo suficiente todavía —se tumbó de espaldas y quedó flotando a merced del océano—. Están sa­liendo las primeras estrellas. Nunca has visto nada parecido. No hay nada igual en el mundo. Ven.

El mar la mecía, hacía que se sintiera ingrávida mientras miraba el color cambiante del cielo. Las estrellas cobraban vida a medida que el firmamen­to se oscurecía poco a poco.

—Tienes razón, no hay nada igual, pero el agua sigue estando congelada.

—Después de un invierno en la isla te habrás curtido —la tomó de la mano. Fue un contacto deli­cado mientras la corriente los separaba la distancia de un brazo—. Nunca he estado más de tres meses seguidos fuera de la isla y eso fue mientras iba a la universidad. Fue hace tres años y no volvería a repe­tirlo. Sabía lo que quería y es lo que he conseguido.

El ritmo de las olas, la extensión del cielo, el suave sonido de la voz de Zack en la oscuridad.

—Es una forma de magia ¿verdad? —suspiró al notar la brisa fría y húmeda sobre la cara—. Sa­ber lo que quieres, sencillamente saberlo, y conse­guirlo.

—La magia no viene mal. El trabajo ayuda. Como la paciencia y todo ese tipo de cosas.

—Yo sé lo que quiero ahora y lo estoy consi­guiendo. Eso es magia para mí.

—A esta isla nunca le ha faltado de eso. Supon­go que será porque la fundaron unas brujas.

— ¿Crees en esas cosas? —no pudo evitar que la sorpresa tiñera su voz.

— ¿Por qué no iba a hacerlo? Esas cosas están ahí, crea la gente en ellas o no. Anoche hubo unas luces en el cielo que no eran estrellas. Si se quiere, se puede mirar hacia otro lado, pero las luces estu­vieron ahí.

Él volvió a ponerse de pie y la levantó hasta que la tuvo de frente con el agua por la cintura. La noche había caído y la luz de las estrellas salpicaba la superficie del agua.

—Puedes dar la espalda a algo como esto —le apartó el pelo de la cara y dejó la mano en su ros­tro—, pero no por eso va a dejar de existir.

Aeris le puso la mano en el hombro y él bajo los labios hasta encontrarse con los de ella. Ella quiso marcharse de allí, se dijo que debía irse donde to­do fuera seguro, sencillo y ordenado.

Pero la chispa de la que Zack había hablado se encendió en su interior dándole luz y calor. Agarró con los dedos su camisa mojada y se dejó llevar por las sensaciones.

Estaba viva. Sentía frío donde el viento le roza­ba la piel y calor en las entrañas, donde el deseo empezaba a dominarla. Aeris se puso a prueba, se inclinó hacia él y separó los labios.

Zack se lo tomó con calma, tanto por sí mismo como por ella. Se deleitó. Ella sabía a mar. Olía a mar. Por un momento, se dejó cubrir por las olas cubiertas de estrellas.

Después, se apartó y le recorrió con las manos los hombros y los brazos hasta entrelazar las ma­nos con las de ella.

—No es tan complicado —volvió a besarla con delicadeza, aunque no le resultó fácil esa suavi­dad—. Te acompañaré a casa.

Continuara...

Beshos a todos…

R&R

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