¿De verdad alguien me creería si dijera que FF7 o alguno de sus personajes me pertenece? Pero bueno, soñar no cuesta nada…

Bailando en el aire.
Diez

El lunes, todo el pueblo hablaba del incidente en casa de los Abbott. Todo el mundo había tenido tiempo para formarse una opinión, sobre todo aquellos que no lo habían presenciado.

—Buster dice que destrozaron todo lo que en­contraron por delante. Aeris, querida, tomaré un poco de ensalada de langosta —dijo Dorcas Burmingham antes de seguir cotilleando con su acom­pañante.

Ella y Biddy Devlin, sobrina segunda de Tifa y dueña de Surfside Treasures, comían juntas todos los lunes a las doce y media.

—He oído que el sheriff Grimore tuvo que sacar al hombre por la fuerza —comentó Biddy—. A punta de pistola.

—Vamos, Biddy, eso no es verdad. He hablado con Shera Highwind a quien se lo ha contado direc­tamente Anne Potter, que fue quien llamó a Zack, y me ha dicho que no sacó la pistola en ningún momento. ¿Puedes ponerme un poco de café con hielo con la ensalada, Aeris?

—Las discusiones familiares son una de las mi­siones más peligrosas para un policía —le explicó Biddy—. Lo he leído en alguna parte. La sopa huele de maravilla, Aeris. Creo que no he tomado gazpacho nunca, pero voy a probarlo, y uno de tus brownies.

—Les llevaré la comida si quieren sentarse en una mesa —se ofreció Aeris.

—No te preocupes, esperaremos —Dorcas re­chazó la oferta con la mano—. Ya tienes bastante trabajo. En cualquier caso, he oído que ella se que­dó con él a pesar de que el muy bestia le había de­jado el ojo morado y el labio partido. Que no pre­sentó ninguna denuncia.

—Es una verdadera lástima, eso es lo que es. Según he leído, es posible que el padre de ella gol­peara a su mujer y que la pobre se criara con la idea de que son cosas que pasan. Es un círculo vicioso. Eso dicen las estadísticas. Los malos tratos engen­dran malos tratos. Estoy segura de que si esa mujer hubiera crecido en una familia que se quería, no es­taría viviendo con un hombre que la trata así.

—Señoras, son treinta y cinco dólares.

A Aeris la cabeza le daba vueltas y tenía los ner­vios a punto de estallar mientras las dos mujeres cumplían con el rito semanal de decidir a quién le tocaba pagar. Solía ser entretenido y a ella incluso le divertía, pero aquel día quería que desaparecie­ran de su vista. No quería oír ni una palabra más de Diane McCoy.

¿Qué sabían ellas, se preguntó con amargura? ¿Qué sabían esas dos mujeres agradables con su vida agradable? ¿Qué sabían ellas del miedo y la impotencia? No era siempre un círculo vicioso, quiso gritar. No era siempre una norma. Ella había vivido en una familia donde los padres se adoraban y la adoraban a ella. Había habido discusiones y enfados, pero aunque se dijeran una palabra más alta que otra jamás se levantó una mano.

A ella no le habían pegado nunca antes de co­nocer a Sephiroth Faremis.

Ella no era una cifra más de una estadística. Aeris sentía como bandas de acero que le apretaban la cabeza cuando las dos mujeres se fueron hacia una mesa. Se volvió casi sin ver hacia el si­guiente cliente y se encontró con Yuffie que la mi­raba fijamente.

—Pareces un poco nerviosa, Aeris.

—Me duele la cabeza. ¿Qué quieres tomar hoy?

— ¿Por qué no te tomas una aspirina? Puedo esperar.

—No pasa nada. La ensalada de fruta y repollo está buena. Es una receta escandinava. Ha gustado bastante.

—De acuerdo, me apunto. Tomaré té frío. Esas dos —dijo mientras señalaba con la cabeza a Biddy y Dorcas— hablan como loros. Dan dolor de cabeza a cualquiera. Supongo que todo el mun­do habrá estado cotorreando sobre lo que pasó ayer.

—Bueno —lo único que Aeris quería era una habitación oscura y una hora para descansar—. Fue un acontecimiento.

—Zack hizo todo lo que pudo para ayudar a esa mujer, pero no quería que la ayudaran. No to­do el mundo quiere.

—No todo el mundo sabe qué hacer cuando le ofrecen ayuda, ni si confiar en quien se la da.

—Se puede confiar en Zack —Yuffie dejó el di­nero en la barra—. Quizá no sea muy expresivo, él es así, pero a la hora de la verdad siempre echa el resto. Deberías hacer algo con ese dolor de cabeza, Aeris —añadió antes de llevarse la comida a una mesa.

No tuvo tiempo para hacer otra cosa que no fuera tomarse un par de aspirinas. Rikku llegó tarde, se deshizo en disculpas y Aeris vio un brillo en sus ojos que le dejó muy claro que la tardanza se debía a un hombre.

Ella tenía una cita con Shera Highwind para ter­minar de una vez por todas con el menú de la fiesta de aniversario, así que primero tendría que ir co­rriendo a su casa para recoger las notas y las fichas.

Cuando llamó a la puerta de Shera, el dolor de cabeza era de auténtica pesadilla.

—Aeris ya te he dicho que no tienes por qué llamar, puedes darme un grito y entrar —dijo Shera mientras la invitaba a pasar—. Estoy muy emocionada. El otro día vi un programa en el ca­nal de jardinería y hogar. Me dio muchas ideas que quiero comentar contigo. Creo que deberíamos poner esas pequeñas lucecitas blancas en los ár­boles y unas bolsas con corazones y una vela den­tro por el camino de entrada y el patio. ¿Qué te parece?

—Señora Highwind, puede poner lo que le ape­tezca, yo sólo me encargo de la comida.

—Claro, cariño, pero te considero la coordina­dora de la fiesta. Vamos a la sala.

La estancia estaba reluciente, como si en aquella casa el polvo fuera un pecado contranatural. Todos los muebles entonaban con la tapice­ría del sofá, los zócalos y la estrecha franja de pa­pel pintado que discurría justo por debajo del techo.

Había dos lámparas idénticas, dos butacas idénticas y dos mesas auxiliares idénticas.

La alfombra hacía juego con las cortinas y las cortinas con los cojines.

Todos los muebles estaban hechos de madera de arce, hasta el mueble de la televisión de pantalla gigante, donde estaban dando un programa de cotilleos de Hollywood.

—Tengo debilidad por estos programas. Sale tanta gente famosa... Me encanta ver la ropa que llevan. Siéntate —le ordenó Shera—. Ponte có­moda. Voy a por un poco de té y luego nos pon­dremos a trabajar en firme.

Aeris se sintió tan perpleja, como la primera vez que Shera le había enseñado la casa para planifi­car la fiesta. Todas las habitaciones estaban tan in­maculadas como una iglesia y tan rígidamente or­denadas como si fueran parte de la exposición de una tienda de muebles. Las revistas estaban colo­cadas escalonadamente sobre la mesa que había delante del sofá; además había un centro de flores de seda en los mismos tonos malva y azul de la ta­picería.

Si a pesar de todo, la casa conseguía resultar acogedora, era mucho más mérito de los ocupan­tes que de la decoración.

Aeris se sentó y abrió el fichero. Sabía que Shera llevaría el té en unas tazas de color verde pálido que entonaban con la vajilla de diario y que las pondría sobre unos salvamanteles azules. Pensó que saber todo eso era, en cierto sentido, recon­fortante.

Empezó a repasar las notas hasta que la voz chillona de la televisión le provocó una punzada en el estómago.

—La gala de anoche fue una auténtica exhibi­ción de glamour y esplendor. Sephiroth Faremis, el influyente abogado de las estrellas parecía uno de sus clientes en un sensacional traje de Hugo Boss. Si bien Faremis niega los rumores de un idilio entre él y su acompañante de anoche, la encanta­dora Shura Winston, que estaba resplandeciente con su ceñido Valentino de pedrería, fuentes bien informadas sostienen lo contrario.

»Faremis enviudó el pasado septiembre cuando, al parecer, su mujer Aerith perdió el control del coche volviendo de Monterrey. El Merce­des se precipitó por el acantilado de la autopista 1. Desgraciadamente, su cuerpo nunca fue encon­trado. Nosotros nos alegramos de ver que Sephiroth Faremis ha vuelto a la vida social después de tan trágico acontecimiento.

Aeris estaba de pie y apenas podía respirar. La cara de Sephiroth llenaba la pantalla con sus hermosos rasgos y sus mechones de pelo plateado. Podía oír con toda nitidez su voz aterradoramente tranquila. «¿Crees que no puedo verte, Aeris? ¿Crees que voy a dejarte escapar?»

—Perdona que haya tardado tanto, pero he pensado que te apetecería un pastel hecho por otra persona, para variar. Lo hice ayer, pero Cid ya ha dado cuenta de la mitad. No sé dónde mete la comida ese hombre. Si yo comiera la mitad de la mi­tad... —Shera se quedó parada con la bandeja en la mano y su alegre cháchara fue dando paso a la sorpresa y la preocupación cuando reparó en la ca­ra de Aeris.

—Cariño, estás pálida. ¿Qué te pasa?

—Lo siento. Perdone. No me siento bien —el pánico le atenazaba las entrañas—. Me duele la ca­beza. No creo que pueda ocuparme de esto por el momento.

—Claro que no. No te preocupes. Pobrecilla. Te llevaré a casa y te arroparé en la cama.

—No, no. Prefiero dar un paseo y respirar aire puro. Lo siento, señora Highwind —Aeris recogió torpemente las fichas y estuvo a punto de echarse a llorar cuando se le resbalaron entre los dedos tem­blorosos—. Le llamaré. Volveremos a concertar la cita.

—No quiero que pienses en eso. Aeris, cariño, estás temblando.

—Sólo tengo que ir a casa —echó un último y aterrado vistazo a la televisión y fue hacia la puerta.

Hizo un esfuerzo por no correr. Si corría, la gente se fijaría en ella y se preguntaría el motivo. Le harían preguntas. Lo fundamental era pasar desapercibida. No hacer nada que pudiera llamar la atención. Aunque hacía todo lo posible por res­pirar lenta y profundamente, el aire le entraba con dificultad y luego no podía expulsarlo hasta que se atragantaba.

«¿Crees que voy a dejarte escapar?»

Sintió un sudor frío y pudo oler su propio mie­do. Miró aterrada por encima del hombro y la vis­ta se le nubló.

Nada más cruzar la puerta de su casa, sintió una náusea y una penetrante punzada de dolor.

Se tambaleó hasta llegar al cuarto de baño, es­taba espantosamente enferma. Vomitó y se tumbó en el estrecho espacio que quedaba en el suelo al lado de la taza a esperar a que se le pasaran los temblores.

Cuando pudo volver a levantarse, se quitó la ropa y la dejó en un montón antes de meterse en la ducha. Abrió el agua caliente, todo lo caliente que pudo soportar, quería que los chorros le atravesaran la piel y le calentaran los huesos congelados.

Se arropó con una toalla, se metió en la cama, se tapó hasta cubrirse la cabeza y se dejó llevar por el olvido.

Diego subió de un salto y se tumbó junto a ella, quieto y silencioso como un centinela.

No sabía bien cuánto tiempo había dormido, pe­ro se despertó como si saliera de una enfermedad que la había dejado frágil y cansada y con el estómago re­vuelto. Estuvo tentada de darse media vuelta y de volver a dormirse, pero eso no solucionaría nada.

Había salido adelante gracias a la acción, siem­pre lo había hecho.

Se sentó en el borde de la cama, como una an­ciana que probara la firmeza de sus huesos y el equilibrio. La imagen de Sephiroth podría volver a adueñarse de su mente si lo permitía. Cerró los ojos y dejó que se presentara.

Eso era también una especie de prueba.

Ella podía mirarlo, lo miraría cara a cara. Re­cordaría lo que había sido y lo que era. Se enfren­taría a lo que había pasado.

Se puso el gato en el regazo y lo acarició.

Había vuelto a ocurrir. Casi un año después, la imagen de su marido en la televisión le había ate­rrado hasta el punto de hacerla salir corriendo sin mirar adonde iba. Le había puesto enferma y le había arrancado la coraza que se había hecho con tanto esfuerzo, le había dejado temblando como una masa informe presa del pánico.

Porque ella lo había permitido. Había permiti­do que se apoderara de su ser. Sólo ella podía cam­biar las cosas. Había tenido el valor suficiente para huir y tendría que reunir el valor para quedarse.

No sería libre hasta que pudiera pensar en él y decir su nombre sin miedo. Dibujó en su mente la imagen de su enemigo y se imaginó que la destro­zaba, como si su voluntad fuera un martillo que golpeaba el cristal.

—Sephiroth Faremis —susurró—, ya no puedes tocarme. No puedes hacerme daño. Tú estás aca­bado y yo estoy empezando.

El esfuerzo la agotó, pero dejó a Diego en el sue­lo, se levantó y se puso una camiseta y unos pantalo­nes cortos. Volvería a trabajar, se concentraría en sus planes. Iba siendo el momento de pensar en cómo montar una oficina en el dormitorio pequeño.

Si Shera Highwind quería una coordinadora para su fiesta, la tendría.

Se le había caído el fichero cuando entró en la casa. Recogió las notas, los recortes de revistas y los menús cuidadosamente escritos y entró en la cocina. Se llevó cierta sorpresa al ver que el sol brillaba todavía. Se sentía como si hubiera dormi­do durante horas.

El reloj del horno le dijo que no habían dado las seis. Tenía tiempo para reconsiderar la propuesta de trabajo de Shera Highwind y de elaborar una extensa lista de menús y servicios que ofrece­ría Catering Las Hermanas, su nueva empresa.

Aceptaría la oferta de Tifa de utilizar el orde­nador de la tienda y diseñaría los folletos y las tar­jetas de la empresa. Tendría que calcular un presu­puesto y llevar las cuentas.

Nadie la tomaría en serio si no se tomaba en serio a si misma.

Sin embargo, cuando dejó las fichas y miró al­rededor, se preguntó por qué le parecía tan imposible la idea de poner agua en la cafetera.

Cuando llamaron a la puerta principal, se giró precipitadamente. Al ver acercarse a Zack, lo primero que pensó fue que no era el momento. Toda­vía no. No había tenido tiempo de recuperarse y de volver a ser lo que tenía que ser. Era demasiado tarde, él la estaba observando desde la corta distancia que había entre la entrada de la casa y la parte de atrás.

— ¿Te pasa algo, Aeris?

—No.

—No tienes buen aspecto.

Ella podía imaginarse qué aspecto tendría.

—Hace un rato, no me encontraba bien —se pasó tímidamente una mano por el pelo—. Me do­lía la cabeza y me he echado una siesta. Ahora ya estoy bien.

A Zack le pareció que estaba ojerosa y pálida, que su aspecto no era nada bueno. No podía darse la vuelta y abandonarla, como no podría abando­nar a un cachorrillo que estuviera perdido en la cuneta de una carretera.

Diego salió de una esquina y se abalanzó sobre los zapatos de Zack. Él lo tomó en brazos y le aca­rició mientras se acercaba a Aeris.

— ¿Has tomado algo?

—Sí.

— ¿Has comido?

—No. No necesito un enfermero, Zack. Sólo ha sido un dolor de cabeza.

Un dolor de cabeza no hacía que una mujer sa­liera disparada de la casa de alguien como alma que llevaba el diablo. Que fue exactamente lo que le dijo Shera.

—Tienes un aspecto espantoso, cariño, de mo­do que voy a prepararte el tradicional reconstituyente de la familia Grimore.

—Te lo agradezco, pero iba a trabajar un rato.

—Tú a lo tuyo —le dio el gato y fue a la neve­ra—. No paso mucho tiempo en la cocina, pero puedo apañarme con esto; como hacía mi madre cuando alguno de nosotros no se encontraba bien. ¿Tienes mermelada?

La tenía delante de las narices, pensó ella bas­tante enfadada. ¿Qué les pasaba a los hombres que se quedaban ciegos en cuanto abrían la nevera?

—En la segunda balda.

—No... ¡Ah, sí! Nosotros la poníamos siempre de uva, pero la de fresa servirá igual. Vete a traba­jar. No te preocupes por mí.

Aeris dejó a Diego junto a su plato de comida.

— ¿Qué estás preparando?

—Huevos revueltos y rollitos de mermelada.

—Rollitos de mermelada —estaba demasiado cansada como para discutir y se sentó—. Qué maravilla. Te ha llamado la señora Highwind ¿verdad?

—No. Me encontré con ella y me dijo que es­tabas contrariada por algo.

—No estaba contrariada. Me dolía la cabeza. Las sartenes están en el armario de abajo, a la izquierda.

—Ya encontraré yo lo que necesite. Este sitio no es tan grande como para no encontrar las cosas.

— ¿Haces huevos revueltos y rollitos de mer­melada a todo el que le duele la cabeza en la isla?

—Eso depende. Te los hago a ti porque me gustas, Aeris. Desde la primera vez que te vi. Me ha preocupado entrar y verte como si te hubiera pasa­do una apisonadora por encima.

Aeris no dijo nada cuando Zack cascó los hue­vos y los mezcló con leche y demasiada sal. Era un buen hombre. Amable y honrado. Ella no se mere­cía gustarle.

—Zack, no voy a poder darte lo que quieres. Ya sé que ayer di a entender que podría, que lo ha­ría. No debí haberlo hecho.

— ¿Cómo sabes lo que quiero? —batió los huevos en un cuenco—. Además, sea lo que sea es asunto mío ¿no?

—No es justo que yo te haga creer que puede haber algo entre nosotros.

—Ya soy mayorcito —puso tanta mantequilla en el cazo que Aeris no pudo reprimir una mueca de do­lor—. No espero que todo sea justo. Y la verdad es que hay algo entre nosotros. Que tú quieras fingir lo contrario no cambia las cosas —se volvió mientras se derretía la mantequilla—. Las cosas tampoco cam­bian porque no nos hayamos acostado. Lo habría­mos hecho ayer si no llegan a llamarme.

—Habría sido un error.

—Si la vida no estuviera llena de errores, sería algo muy aburrido. Si todo lo que yo quisiera fue­ra un revolcón, te habría llevado a la cama.

—Seguramente tienes razón..., eso es lo que quiero decir.

— ¿Tengo razón sobre los errores o sobre el se­xo? —preguntó Zack mientras empezaba a exten­der mermelada sobre el pan.

Ella decidió que aunque tuviera una respuesta iba a dar igual. Era amable y honrado, pero tam­bién terco como una mula.

—Hago café.

—No tomes café con esto. Pide té y yo lo haré.

Puso el agua a calentar y echó los huevos en la sartén con un gesto brusco.

—Te has enfadado.

—Al llegar estaba medio enfadado, pero al verte me enfadé del todo. Sin embargo, lo curioso es que puedo echar chispas contra una mujer, pero nunca la pegaría. Tengo un autocontrol asombroso.

Aeris dejó escapar un resoplido para tranquili­zarse y cruzó las manos sobre la mesa.

—Sé perfectamente que no todos los hombres expresan su genio con violencia. Es para que veas lo asombrosamente inteligente que soy.

—Mejor para nosotros.

Dio un par de vueltas hasta que encontró las bolsitas del té. Era una mezcla de hierbas que a él le pareció más apropiada para unas tazas de porce­lana que para los dos tazones de loza que había comprado Aeris. Puso los huevos revueltos en unos platos, sacó los tenedores y cortó un poco de papel de cocina a modo de servilletas.

Mientras Zack dejaba los platos en la mesa y se volvía para meter las bolsitas de té en los tazones, Aeris pensó que aunque él le había dicho que no pasaba mucho tiempo en la cocina, verlo cocinar tenía cierto atractivo. No hacía ningún movimien­to innecesario y se preguntó si aquello era un ras­go de elegancia o puro sentido práctico.

En cualquier caso, funcionaba.

Él se sentó enfrente de ella y dejó que Diego le subiera por la pierna y se acurrucara en su muslo.

—Come.

Aeris lo probó con el tenedor.

—Están mejor de lo que cabía esperar si tene­mos en cuenta que has echado medio kilo de sal por huevo.

—Me gusta la sal.

—No des de comer al gato en la mesa —suspi­ró y siguió comiendo.

Era conmovedoramente normal estar sentada mientras comía huevos revueltos con sal y merme­lada de fresa envueltos en pan.

—No soy el desastre que solía ser —le expli­có—, pero tengo rachas. No me consideraré preparada para complicarme la vida, ni la de nadie más, hasta que deje de tener esas rachas.

—Es muy sensato.

—Voy a concentrarme en mi trabajo.

—Todo el mundo debe tener sus prioridades.

—Hay cosas que quiero hacer y cosas que quiero aprender por mis propios medios.

—Ya —Zack terminó los huevos y se reclinó con la taza de té en la mano—. Yuffie me ha dicho que necesitas un ordenador. Los de la agencia in­mobiliaria están pensando en comprar unos nuevos. Seguramente podrías conseguir uno de segunda mano a buen precio. Prueba a pasarte por allí, pre­gunta por Marge. Es la directora.

—Gracias. Iré mañana. ¿Por qué ya no estás furioso?

— ¿Quién te ha dicho que no lo estoy?

—Sé reconocer la furia.

El se fijó en su cara. Le había vuelto algo de color, pero parecía agotada.

—Estoy seguro que sabes. No tiene mucho sentido —llevó el plato al fregadero y lo aclaró—. Es posible que más tarde me enfade por algo. Se­gún mi hermana, tengo verdadero talento para eso.

—Yo era la campeona de las caras largas —re­cogió su plato satisfecha al comprobar que volvían a estar en armonía—. Puedo intentar volver a ser­lo. Tenías razón sobre la receta tradicional de los Grimore. Ha surtido efecto.

—No falla, pero la mermelada de uva es mejor todavía.

—Compraré, por si acaso.

—Perfecto. Te dejaré que vuelvas al trabajo. Dentro de un minuto.

La atrajo contra sí, la levantó hasta ponerla de puntillas y la besó en la boca con pasión y autori­dad. Ella notó que la sangre se le acumulaba en la cabeza y luego la abandonaba de golpe, dejándola mareada, débil y anhelante. Dejó escapar un gemi­do antes apoyar los pies en el suelo y de agarrarse a la encimera para no perder el equilibrio.

—Eso no ha tenido nada de sensato —dijo Zack—, pero es auténtico. Tendrás que incluirlo en tu lista de prioridades. No trabajes hasta muy tarde.

Salió y dejó que la puerta se cerrara suavemen­te detrás de él.

Esa noche soñó con un círculo. Una línea muy fina sobre la tierra de color plateado como el brillo de las estrellas. Dentro había tres mujeres con tú­nicas blancas. Las voces eran melodiosas, pero no entendía lo que decían. Ellas cantaban y unos ha­ces de luz brotaban del círculo; eran como barras de plata contra el telón oscuro de la noche.

Vio una copa, un cuchillo con mango tallado y ramos de hierbas verdes como el verano.

Bebieron de la copa, una detrás de la otra. Ella notó el sabor del vino, dulce y ligero. La que tenía el pelo castaño oscuro dibujó unos símbolos en el suelo con la punta de cuchillo.

Olió a tierra, fresca y oscura. Una llama de oro puro surgió mientras ellas cantaban en círculo. Notó el calor sobre la piel.

Luego se elevaron por encima del fuego dora­do y de los gélidos haces de luz, como si bailaran en el aire.

Ella conoció la libertad y el júbilo cuando el viento la besó en las mejillas.

Continuara...

Y así, poco a poco irá apareciendo más de Sephiroth… más de uno va a desear matarlo lenta y dolorosamente, creanme. También Zack irá haciendo algunos avances…

nos leemos por ahí
R&R